Psicología crítica: pasado, presente, futuro

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Conferencia en la Universidad Católica Luis Amigó, en Medellín, Colombia, el jueves 2 de mayo de 2019

David Pavón Cuéllar

Se me ha invitado a que les hable sobre las perspectivas actuales y futuras de la psicología crítica. Es lo que haré, pero no sería capaz de hacerlo satisfactoriamente sin antes definir lo que entiendo por psicología crítica y relatar su historia en el último siglo. Este rodeo por la definición de lo que nos ocupa y por el relato de su pasado nos permitirá comprender mejor todo lo que está en juego en su presente y en su porvenir.

Psicología crítica

La psicología crítica no es algo de lo que sea fácil hablar. No es una línea precisa de trabajo académico sobre la que podamos hacer un manual, un balance o un estado general del arte. No abarca un área bien definida y delimitada. No constituye una corriente ni mucho menos un campo de especialización de la psicología. No posee conceptos propios ni sigue un desarrollo claro ni tampoco acumula ningún saber.

La psicología crítica no es ni siquiera una forma de psicología. Es más bien algo que ocurre en la psicología y que le ocurre asimismo a la psicología. Es una manera de abordarla, tratarla, trabajar en ella y conducirse con respecto a ella. Es, entonces, algo que se hace y no exactamente algo que ya sea. No consiste en un cuerpo de conocimiento psicológico, sino más bien en un conjunto diverso y disperso de actitudes y de actos de cuestionamiento. Es un retorno crítico de la psicología sobre sí misma. Es un gesto reflexivo por el que la misma psicología se relaciona críticamente con lo que es y con la forma en que procede.

Si me pidieran definir la psicología crítica, diría simplemente que es una relación crítica de la psicología consigo misma. Podría también describirla metafóricamente como la mala conciencia de la psicología, como el tribunal de su autoconciencia, como aquello en ella que la escruta, que duda y desconfía de lo que es, que la vigila y que termina desenmascarándola. Desenmascarada por su instancia crítica, la psicología se nos descubre, por ejemplo, como pseudociencia, como instrumento ideológico o como dispositivo disciplinario, como destrucción de lo que estudia o como encubrimiento de lo que existe.

Sea como sea que aparezca, la psicología es el objeto de la psicología crítica. Podemos decir, por lo tanto, que la psicología crítica es una especie de metapsicología, no en el sentido freudiano, sino en el de Stam, Rogers y Gergen. En este sentido, la psicología crítica es metapsicológica por ir más allá de la psicología para criticarla, por salir de ella para volverse hacia ella y analizarla críticamente, por ser así un análisis crítico de segundo grado, por ocuparse de la ciencia y no de su objeto, del conocimiento y no de lo que se conoce, de la propia teoría psicológica y no de lo psíquico teorizado en sus diferentes formas espirituales, conductuales, mentales, cognitivas, personales, relacionales o discursivas.

En lugar de estudiar el psiquismo, la psicología crítica estudia la psicología misma. Sin embargo, al estudiarla, no la ve como ella misma se ve habitualmente. No la concibe tan sólo como una ciencia o como un saber, sino como la manifestación de algo de índole política, social, económica o cultural que la fundamenta, que la conforma y a lo que pertenece. Los diferentes modelos psicológicos dominantes, por ejemplo, son concebidos como expresiones ideológicas de la sociedad clasista y capitalista, burguesa e individualista, liberal o neoliberal, colonial o neocolonial, racista y eurocéntrica, patriarcal y hetero-normativa. Estas formas de sociedad son las que se expresan en la psicología y son por ello también cuestionadas por la psicología crítica. El cuestionamiento, a su vez, tiende a insertarse en una lucha social más amplia que puede ser anticapitalista, anticolonial, antirracista, antipatriarcal u otra.

Así como la sociedad vigente se expresa en los modelos psicológicos dominantes, así también las sucesivas propuestas de psicología crítica suelen derivar y participar de luchas sociales que marcan los distintos períodos históricos. Tenemos derecho a sostener, entonces, que la historia de nuestro mundo moderno constituye la trama histórica de la psicología crítica. Esto es así, como alguna vez nos lo enseñó Althusser, porque ni la ciencia ni la ideología ni la crítica tienen su propio camino, sino que siguen la ruta de todo lo demás. Obedecen a la transformación del contexto y a la sucesión de los acontecimientos. La historia es aquí la única historia y ha sido también la historia de la psicología crítica.

Recordemos brevemente la forma en que las principales propuestas de psicología crítica se han implicado en las situaciones históricas y en varias de las grandes luchas sociales de los últimos cien años.

Pasado

Los primeros psicólogos críticos, Georg Politzer en Francia, Lev Vygotsky en la Unión Soviética y Wilhelm Reich en Austria y Alemania, denunciaron entre los 1920 y los 1930 la forma en que la psicología reflejaba los vicios de pensamiento de la sociedad clasista y burguesa de la época. Estos vicios operaban, por ejemplo: según Politzer, en el culto burgués del alma de la psicología clásica; según Vygotsky, en el idealismo empirista y las banalidades pequeñoburguesas de los conductistas; según Reich, en el individualismo de los psicólogos adlerianos y en la represiva moral burguesa de muchos psicoanalistas. En los tres casos, la crítica de la psicología es una denuncia explícita de la forma de pensar de la burguesía y la pequeña burguesía de la etapa de entreguerras. La psicología crítica es, pues, una trinchera del combate anti-burgués.

Posteriormente, en la tradición de la Escuela de Frankfurt, entre los años 1940 y 1960, el problema se ve como algo estructural y ya no sólo personal. El problema deja de ser la burguesía y su pensamiento para convertirse en la modernidad capitalista. El problema, de manera más precisa, es ahora lo que esta modernidad les hace a los seres humanos a través de la psicología. ¿Y qué es lo que les hace? Los animaliza y los cosifica en Max Horkheimer y Theodor Adorno, los enajena y los deshumaniza en Erich Fromm, les proporciona satisfacciones represivas y los reduce a una existencia unidimensional y por ende cuantificable en Herbert Marcuse. En cada una de estas denuncias, los frankfurtianos que impugnan la psicología están oponiéndose al capitalismo que hace de las suyas a través de la psicología. Lo que vemos aquí, de modo retrospectivo, es un movimiento intelectual anticapitalista que lucha con las armas de la crítica.

El anticapitalismo de los frankfurtianos se transmitió a la psicología radical desarrollada entre los años 1960 y 1980 y especialmente conocida por los textos clásicos de Phil Brown y Philip Wexler. Esta corriente de la psicología crítica, una de las más comprometidas con las luchas sociales de su tiempo, atacó frontalmente el capitalismo, pero también otros aspectos definitorios de la sociedad moderna capitalista, como el individualismo, el adaptacionismo, el conservadurismo represivo, el belicismo, el imperialismo, el colonialismo, el racismo, el machismo y la segregación de la enfermedad mental. Fue así como adhirió abiertamente a los movimientos antipsiquiátricos, pacifistas, antirracistas, anticoloniales, feministas y de liberación sexual.

Paralelamente al radicalismo psicológico, la multiplicación de las luchas sociales y su insistencia en la dimensión personal, cultural e ideológica se manifestó en otros cuatro frentes importantes de la psicología crítica en los años setenta y ochenta del siglo XX. Uno, prácticamente ya extinto, fue el marxista estructuralista de Louis Althusser y de sus seguidores, entre ellos los franceses Michel Pêcheux (firmando como Thomas Herbert) y Didier Deleule, así como los argentinos Carlos Sastre y Néstor Braunstein, quienes insistieron en denunciar el funcionamiento de la psicología como instrumento ideológico del capitalismo. El segundo frente, igualmente marxista y aún vivo y vigoroso, fue el de la psicología crítica fundada y encabezada por Klaus Holzkamp en Alemania, quien le reprochó a las teorías psicológicas de su tiempo su carencia de un sentido emancipatorio, su utilidad únicamente para quienes tienen el poder y su representación burguesa de un sujeto del que se abstrae su contexto histórico-social dominado por el capitalismo. El tercer frente crítico, el de Michel Foucault y seguidores suyos como los ingleses Nikolas Rose, Diana Adlam y Couze Venn, concibe a la psicología como parte de los dispositivos de producción y regulación disciplinaria de un individuo que así es preparado para su explotación. Por último, el cuarto frente de psicología crítica, situado en América Latina e inaugurado por Ignacio Martín-Baró, Maritza Montero, Bernardo Jiménez Domínguez, Ignacio Dobles, Jorge Mario Flores Osorio y otros psicólogos de la misma generación, propone una crítica indisociable del trabajo comunitario y de la práctica de liberación de los pueblos en contextos de marginación social, opresión política y explotación económica.

Tanto en la tradición latinoamericana como en la althusseriana, la foucaultiana y la holzkampiana, el problema de la psicología es fundamentalmente el del sistema socioeconómico en el que se inserta. Este sistema es el impugnado en sus expresiones psicológicas de tipo ideológico, invisibilizador y conservador, individualizador y regulatorio-disciplinario, colonial y opresivo. La psicología crítica puede así abrir el campo psicológico a diversos movimientos antisistémicos de aquellos años. Hay coincidencias, complicidades, alianzas e identificaciones entre los althusserianos y los militantes comunistas marxistas-leninistas y maoístas en Francia, entre los holzkampianos y la izquierda radical estudiantil alemana, entre los foucaultianos y las acciones micropolíticas en las sociedades avanzadas, entre los psicólogos liberacionistas y los movimientos antiimperialistas de liberación nacional en América Latina. En todos los casos, como vemos, los psicólogos críticos están altamente politizados y su trabajo teórico es una forma de militancia en las grandes luchas sociales de su época.

Entre los años setenta y noventa del siglo XX, paralelamente a la politización de los psicólogos radicales y de los seguidores de Martín-Baró, Foucault, Holzkamp y Althusser, observamos también una despolitización de los psicólogos críticos en su frente posmoderno, relativista, discursivo y socioconstruccionista, que se desarrolló especialmente en Estados Unidos, el Reino Unido, Barcelona y la Ciudad de México, y en el que destacaron figuras como las de Kenneth Gergen, Rom Harré, Jonathan Potter, Steinar Kvale, Tomás Ibáñez, Lupicinio Íñiguez y Pablo Fernández Christlieb. La falta de compromiso político por la que se caracterizan las propuestas de muchos de estos exponentes de la denominada “psicología social crítica” no delata de ningún modo una desvinculación de la historia y de la sociedad. Por el contrario, confirma su conexión estrecha con amplios sectores sociales urbanos desconcertados y desencantados, así como desmovilizados y despolitizados, en los tiempos de la resaca del movimiento del 68, el aburguesamiento de la clase trabajadora, el avance imparable del neoliberalismo globalizado, el imperio del pensamiento único, las dictaduras o falsas democracias latinoamericanas, la caída estrepitosa del muro de Berlín, el descrédito del marxismo, el derrumbe del socialismo real, el debilitamiento de las organizaciones comunistas y la pulverización micropolítica de los movimientos sociales. Todo esto suscita en la sociedad reacciones de confusión, incertidumbre, duda, estupefacción, rechazo, desconfianza, incredulidad, indiferencia y hasta evasión de la realidad que alcanzan a vislumbrarse en el pensamiento posmoderno y en sus manifestaciones en la psicología social crítica.

La psicología social crítica posmoderna es verdaderamente crítica, pero lo es de un modo más bien teórico-epistemológico y no directamente político, aunque sí político de manera indirecta. El trabajo de los psicólogos al servicio del poder se ve indirectamente minado y deslegitimado por la demoledora crítica posmoderna del cientificismo, el universalismo, el objetivismo, el empirismo, el positivismo y el realismo ingenuo de la psicología dominante. Recordándonos la vieja crítica trascendente de la psicología en filósofos como Kant y Dilthey, esta crítica teórico-epistemológica realizada por los posmodernos fue quizás lo mejor que pudo hacerse en circunstancias tan adversas para la crítica política inmanente como las que imperaban en ciertos espacios geográficos y sociales durante el último cuarto del siglo XX.

Los contextos en los que han prosperado las corrientes discursiva y socioconstruccionista suelen ser muy diferentes de aquellos en los que se ha sostenido y desarrollado una psicología crítica radical y abiertamente politizada. Esta psicología responde a la experiencia de una realidad implacable que se burla de cualquier discursividad o constructividad social. Es la realidad que la gente sufre durante los años 1980 en El Salvador, en donde Ignacio Martín-Baró elaboró su programa de psicología de la liberación y en donde terminó siendo asesinado junto con otros sacerdotes y dos trabajadoras el 16 de noviembre de 1989. Como por casualidad, esta matanza ocurrió exactamente una semana después de la caída estrepitosa del Muro de Berlín, confirmándose así que la nueva concordia universal no era para todos y que la misma historia no era la misma para Europa que para Centroamérica. Las diferentes regiones tampoco podían conocer, por lo tanto, una misma psicología crítica. Es muy significativo que la psicología de la liberación de Martín-Baró, siempre vinculada con luchas sociales y con una praxis comunitaria y política, se haya mantenido tan viva en ciertos países latinoamericanos al mismo tiempo que los psicólogos críticos europeos y estadounidenses preferían volcarse a las especulaciones teórico-epistemológicas de la psicología crítica posmoderna.

Lo cierto es que el escenario imaginario de la posmodernidad, aunque bien sostenido por el neoliberalismo globalizado, empezó muy pronto a resquebrajarse y finalmente a derrumbarse. El derrumbamiento fue precipitado, en los años 1990, por acontecimientos históricos reveladores. Por ejemplo, entre septiembre y octubre de 1993, Boris Yeltsin ordenó bombardear a los parlamentarios que rechazaban su imposición del capitalismo neoliberal en Rusia. Tan sólo tres meses después, en enero de 1994, al sureste de México, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se levantó en armas contra el mismo capitalismo neoliberal y su proyecto de aniquilación de los pueblos originarios. Tales acontecimientos y otros más nos mostraron que la tendencia a la despolitización estaba revirtiéndose y nos dejaron claro que no habíamos llegado al final de la historia, que no estábamos ni siquiera después de la modernidad, que no había consenso en torno al pensamiento único y que nuestras luchas sociales debían continuar con tanta fuerza como antes. Despertamos así del sueño posmoderno, lo cual, como era de esperarse, tuvo efectos inmediatos en la psicología crítica.

El mismo año en que Yeltsin bombardeaba el Parlamento Ruso, el anarquista Dennis Fox, Isaac Prilleltensky y otros fundaron en Toronto la Red de Psicología Radical. Esta Red se declaró abiertamente de izquierda, llegó a tener centenares de miembros y se convirtió en un espacio de repolitización de la psicología crítica en Estados Unidos y en otros países. Tres años después, en 1997, los mismos Fox y Prilleltensky coordinaron un libro colectivo en el que se apreciaba una vez más el compromiso político de varios psicólogos críticos, su reacercamiento a diferentes luchas sociales y su distancia con respecto al paradigma discursivo y socioconstruccionista. Otro libro colectivo más afín a este paradigma, el publicado por Ibáñez e Íñiguez en el mismo año de 1997, permitía escuchar, empero, algunas voces disonantes, altamente politizadas y abiertamente desfavorables al posmodernismo.

Presente

La repolitización de la psicología crítica se ha hecho particularmente visible desde los últimos años del siglo veinte. Hacia 1998 y 1999 alcanzó un punto álgido con el cuestionamiento que Ian Parker, desde su trinchera marxista y realista crítica, dirigió contra el relativismo de la psicología discursiva de Potter, Edwards y otros. Hay que decir que la propuesta de Parker, tal vez la más influyente de la psicología crítica en el mundo actual, se nutre de la herencia discursiva y relativista de los posmodernos, pero al mismo tiempo adopta una posición radicalmente anticapitalista y anti-neoliberal que se vincula de manera estrecha con luchas sociales de nuestra época. Esta vinculación ha continuado siendo evidente, durante los últimos veinte años, en el trabajo de Parker y de sus compañeros, discípulos y seguidores, entre los que se encuentran marxistas, feministas, anarquistas, antipsiquiatras, decoloniales, antirracistas, zapatistas, psicólogos latinoamericanos de la liberación y otros militantes, defensores de causas o participantes de movimientos colectivos en varios lugares del mundo.

Entre los factores que han favorecido la politización de la órbita de psicología crítica asociada con Parker, está su difusión en las periferias del mundo globalizado y su conexión con el trabajo psicológico más radical realizado en tales regiones periféricas. Otro factor favorable a la politización de la misma corriente de psicología crítica pudo haber sido el de su desarrollo en tiempos de crisis económica mundial, agudización de los conflictos sociales y polarización política generalizada.

Es el mundo el que se agita en una psicología crítica profundamente implicada en el mundo. Esto es claro en la órbita de Parker y lo es aún más en una psicología latinoamericana de la liberación que ha seguido siendo fecunda e inspiradora, no sólo para diferentes formas de trabajo comunitario y de praxis social o política, sino también para la crítica de la psicología dominante por su persistente subordinación de tipo neocolonial y por su falta de compromiso con el pueblo.

Es verdad que durante los últimos años, paralelamente a lo que se desarrolla en la órbita de Parker y en el campo liberacionista latinoamericano, hemos visto subsistir una versión más bien apolítica de la psicología crítica en otras dos tradiciones a las que ya nos hemos referido, a saber, la fundada por Holzkamp y la posmoderna discursiva y socioconstruccionista. Sin embargo, en ambos casos, el trabajo suele realizarse al abrigo del mundo, en santuarios académicos bien protegidos contra las inclemencias de la historia. Y además, de cualquier modo, se notan ciertas formas de claudicación y reabsorción por las que tal vez ya ni siquiera sea correcto seguir hablando aquí de psicología crítica.

En el caso del enfoque holzkampiano, aún confinado al estrecho y privilegiado contexto alemán y escandinavo, se ha vuelto cada vez menos rebelde y más disciplinado, menos deconstructivo y más reconstructivo, menos crítico y más psicológico. Toda su energía se ha concentrado en su construcción de una psicología desde el punto de vista del sujeto en la que algunos continuamos encontrando ciertos presupuestos ideológicos de las corrientes psicológicas dominantes y de la sociedad capitalista en la que surgen, como el individualismo, el idealismo y el psicologismo. Estos presupuestos pueden llegar a disimularse hasta resultar irreconocibles, pero no por ello se corrigen. Después de todo, la psicología desde el punto de vista del sujeto, como su nombre lo indica, no es más que otra psicología, quizás mejor que otras, pero otra más, como si no tuviéramos ya demasiadas.

Aunque haya todavía una crítica realizada por el enfoque holzkampiano, se trata cada vez más de una simple argumentación a favor del propio modelo y en contra de los modelos psicológicos rivales. Ya no es, pues, una impugnación de la psicología como tal, en bloque y en general. Ya no es la crítica propia y distintiva de la psicología crítica, sino parte de la vieja guerra intestina que siempre se ha dado en la psicología. De lo que se trata es de criticar otras corrientes psicológicas y no la sacrosanta ciencia y profesión de la que uno sigue formando parte.

En lo que se refiere al posmodernismo, quizás haya logrado actualizarse con transiciones como aquella del giro discursivo al afectivo, así como también ha conseguido repolitizarse en cierto grado a través de su proximidad al feminismo, el movimiento queer y diversas luchas micropolíticas, pero esto no le ha impedido perder el aspecto disruptivo y subversivo que tenía en sus orígenes, así como domesticarse, institucionalizarse y plegarse a las reglas del mercado académico. Lo hemos visto así convertirse en una opción más de la psicología dominante en departamentos universitarios de países anglosajones y grandes urbes hispanohablantes. Hay amplios espacios académicos en los que reina esta opción que alguna vez fue marginal y alternativa. Esto ha sido reconocido por varios de sus mejores exponentes. Lo que no parecen dispuestos a reconocer todavía es que sus entrañables ideales teórico-metodológicos de libertad, relatividad y generatividad han resultado ser perfectamente compatibles con la forma neoliberal de producción y circulación del saber.

El neoliberalismo, de hecho, despliega imágenes del mundo subjetivo y social demasiado semejantes a las ofrecidas por Gergen y Potter. Esta semejanza, como lo ha observado Parker, no puede ser una simple casualidad. No puede ser casual que las teorías psicológicas posmodernas conciban las relaciones intersubjetivas exactamente como conviene que aparezcan en la sociedad neoliberal: como interacciones estratégicas, expeditivas, flexibles, cambiantes, libres, ágiles y ligeras, insustanciales, puramente formales y sin contenido, sin fundamento ni determinación estructural, sin estructura subyacente, sin pasado, sin historia, sin ataduras ni posiciones fijas.

Digámoslo claramente: las interacciones fantaseadas en el neoliberalismo son las mismas imaginadas en la psicología social crítica socioconstruccionista, relativista, discursiva o afectiva. Son interacciones constitutivas de las identidades, más productivas que reproductivas, más constructivas que destructivas. No son ni opresivas ni represivas, ni explotadoras ni segregativas. No son como las relaciones que se establecen frecuentemente entre los ricos y los pobres, entre el Primer y el Tercer Mundo, entre ciudadanos e inmigrantes, entre blancos y negros o indígenas, entre hombres y mujeres. No son luchas, sino simples comunicaciones. Son cordiales y no brutales, provechosas y no dañinas, divertidas y no agresivas. Resultan análogas a las que se establecen en los juegos. Son predominantemente apolíticas o micropolíticas, entre individuos y no entre clases, entre iguales y no entre desiguales, dialógicas y no monológicas, a través de palabras y no con golpes ni con armas, no como son tan a menudo en Asia o África o Latinoamérica, no en la violencia más despiadada, no con la boca cerrada, no con amenazas, no con sordera, sino con escucha, con turnos de conversación y no con censuras, con silencios y no en el silencio, discursivas o afectivas y no socioeconómicas, del estilo de la negociación mercantil y no de la confrontación política.

El capitalismo neoliberal nos quiere hacer creer en la misma ficción relacional promovida por el discurso de la psicología social crítica posmoderna. Tal vez ya sea hora de admitir que este discurso expresa cada vez más la sociedad vigente y cada vez menos las aspiraciones de las diversas luchas que se oponen a tal sociedad. Esto nos confirma que el mismo discurso tiende a distanciarse de la psicología crítica para constituir un modelo de psicología dominante.

Lo que les ha ocurrido a los posmodernos y a los holzkampianos es una importante lección para nosotros los psicólogos críticos. Nos enseña que tan sólo mantendremos viva nuestra psicología crítica si resistimos contra su positivización, es decir, contra su conversión en otro modelo psicológico positivo. Es verdad que esta conversión ya era un propósito explícito de los trabajos pioneros politzeriano y vygotskiano, los cuales, al criticar la psicología de su época, preparaban sus respectivas propuestas psicológicas alternativas, a saber, la psicología concreta de Politzer y la teoría psicológica materialista general que terminará dando lugar a la psicología histórico-cultural de Vygotsky. Sin embargo, aunque estos modelos psicológicos estuvieran en el horizonte, la psicología crítica tuvo su momento de existencia y elaboración independiente más acá del horizonte. Fue así como logró desenvolverse con tanta amplitud como ciertamente lo hizo también después, durante el último tercio del siglo XX, en Gergen y en Holzkamp.

El problema en las corrientes inauguradas por Gergen y por Holzkamp, al igual que en la tradición iniciada por Vygotsky, no es la falta de una psicología crítica, sino que la psicología crítica se hiciera tan sólo al principio y luego se dejara de hacer para ceder su lugar a la construcción de ciertos modelos psicológicos positivos cultivados eufóricamente por los discípulos y seguidores de los maestros fundadores. Fue así como la psicología triunfó al final sobre la crítica. Fue así también como la psicología crítica terminó auto-suprimiéndose al suprimir su retorno crítico hacia la psicología y al transformarlo en una simple relación crítica de cierto modelo con otros modelos psicológicos diferentes del propio.

El desenlace al que acabo de referirme representa un lamentable retroceso para quienes pensamos que el problema no es una u otra psicología, sino la psicología misma bajo cualquiera de sus formas, todas ellas culpables de hacer lo mismo bajo formas diferentes que a veces no sirven sino para disimular el contenido. Es precisamente lo que sucede con las psicologías herederas de Gergen y de Holzkamp. Lo mejor de estas psicologías, de hecho, es que no parecen psicologías. Lo peor es que son verdaderamente psicologías.

Desde luego que el trabajo de los holzkampianos y de los posmodernos tardíos está entre lo más valioso, atractivo y prometedor que se hace actualmente en el campo disciplinario psicológico. Podemos incluirlo, en efecto, entre lo más pensado, lo más reflexivo, lo más creativo, lo que mejor evita los vicios reinantes en la psicología, tales como la cursilería sentimental y la charlatanería esotérica en los márgenes, así como también, más hacia el centro, la asfixiante banalidad burguesa, el fanatismo cientificista, la metodolatría, el empirismo ingenuo, la vaciedad teórica y el arrogante positivismo decimonónico. Todos estos vicios y otros más consiguen sortearse con agilidad en las psicologías desde el punto de vista del sujeto y social crítica socioconstruccionista, discursiva o afectiva. Sin embargo, aunque logren esquivarse aquí muchos vicios de la psicología, no se logra escapar de la propia psicología. El retorno crítico de la psicología sobre sí misma termina recayendo en la misma psicología y se deja reabsorber por ella. No es posible entonces enmendar, sino a lo sumo encubrir, los principios ideológicos definitorios de la psicología, todos ellos asociados al proceso que la hace existir, la psicologización que es también una objetivación, una abstracción y una despolitización.

Futuro

Psicologizar, hacer psicología, es destruir al sujeto al convertirlo en un objeto de estudio, sí, un objeto, es decir, exactamente su contrario, su contraparte que lo excluye, lo que no es por definición. Como bien lo demostraron Kant y Hegel en su momento, el sujeto no puede estudiarse objetivamente por la simple razón de que existe subjetivamente. Su existencia, de hecho, no puede ser nada preciso y debe estar al mismo tiempo involucrada en todo lo que la concierne y la constituye. De ahí también que no pueda reducirse a un objeto puntual, supuestamente bien definido y bien delimitado, como el concebido por los psicólogos. Este objeto sólo puede concebirse al abstraerse de todo lo demás que lo concierne y que lo constituye como sujeto.

Hacer psicología es también, pues, abstraer lo psicológico de todo lo demás y luego hacer como si fuera verdaderamente algo existente por sí mismo y diferente de lo demás. Hacer psicología es entonces hacer como si lo psicológico no fuera sólo un producto ideológico de la abstracción. Es olvidarse de su abstracción, pero asimismo de aquello de lo que se abstrae, aquello que sigue constituyéndolo concretamente por dentro, aquello que no deja de ser político, por más que se le despolitice. Como nos lo explica muy bien Jan De Vos en su libro que presentamos el sábado pasado aquí en Medellín, despolitizar es también lo que se hace al psicologizar, al convertir lo político en psicológico, al hacer psicología precisamente ahí en donde tendría que hacerse política.

Desde luego que el psicólogo, al hacer psicología, sigue haciendo política sin darse cuenta de ello. Sin embargo, si no se percata de que hace política, es porque su política es aquella que pasa desapercibida, la que no se percibe porque se confunde con todo, porque lo impregna todo, porque no consiste sino en seguir la corriente. Su política es, en pocas palabras, la política hegemónica, la del orden establecido, la del pensamiento único, la que domina en el conformismo de cada período histórico. Es, por ejemplo, en la actualidad, aquella política neoliberal que desentrañamos anteriormente en la forma en que la psicología social crítica posmoderna se representa las interacciones y relaciones intersubjetivas. Esta representación, por ser neoliberal, es conformista.

El conformismo afecta irremediablemente el trabajo psicológico apolítico, y todo trabajo psicológico tiende a ser apolítico, pues la psicología se basa en una psicologización que es también, como hemos visto, una despolitización. Esta despolitización hace que la psicología sea predominantemente conformista y por ende también predominantemente acrítica. Para protegerse contra su conformismo acrítico y apolítico, hay que politizarla, hay que recobrar lo político ahí en donde ha sido psicologizado y así neutralizado. Esto es también lo que hace la psicología crítica y es por esto que necesita mantener su politización al mantener su vínculo interno con aquellas luchas sociales que rompen con el conformismo de cada época. Este vínculo no es accesorio, sino que es una condición indispensable para la subsistencia de la psicología crítica.

El porvenir de la psicología crítica dependerá de su politización. Dependerá, pues, de su relación con aquellas luchas sociales anticonformistas que son las que le permiten resistir contra la despolitización conformista, contra la psicologización despolitizadora, contra la reabsorción en la psicología apolítica y acrítica. Para que la psicología crítica no se convierta en una psicología más entre otras, necesita mantener todo el vigor de su elemento crítico inmanente, que es también su elemento político. Esto sólo es posible a través de su compromiso con luchas sociales anticonformistas, opuestas a la política hegemónica, la cual, recordemos, es la que pasa desapercibida en la psicología.

Así como la política hegemónica impone la despolitización conformista de la psicología acrítica dominante, así también las luchas sociales contrahegemónicas determinan la politización anticonformista de la psicología crítica. El conflicto entre las dos trincheras psicológicas, la crítica y la dominante acrítica, no es más que una prolongación del conflicto más amplio que se da en el contexto social, cultural, económico e histórico. Las luchas que se dan en dicho contexto son las que deciden lo que ocurre en la psicología. El futuro de la psicología crítica, por lo tanto, dependerá de esas luchas sociales y de su capacidad para movilizar a los psicólogos y para incidir como crítica inmanente en el ámbito disciplinario académico y profesional de la psicología.

El futuro de la psicología crítica es el de nuestras luchas contra una hegemonía que se ejerce lo mismo fuera que dentro de la psicología. Esta hegemonía hoy capitalista neoliberal y neocolonial deberá seguir desafiándose con los movimientos que se han manifestado constantemente en el ámbito psicológico, durante el último siglo, a través del trabajo de los psicólogos críticos marxistas y liberacionistas. La psicología crítica del futuro seguramente continuará también su trabajo en las trincheras feminista antipatriarcal y LGBT, pero deberá tomar posiciones cada vez más claras, como las del movimiento queer, ante formas heteronormativas y homonormativas de control, dominación, discriminación y segregación en el ámbito psicológico y no sólo social. Podemos estar seguros de que el antirracismo y el anticolonialismo se mantendrán vivos en la sociedad y en la psicología crítica. Muy probablemente veamos reactivarse entre los psicólogos críticos el antifascismo inaugurado por Wilhelm Reich. Quizás también asistamos a la consolidación y estabilización de opciones anti-ecocidas en las que se cuestione a la psicología dominante por su papel decisivo en la destrucción del mundo al favorecer el individualismo, el hedonismo, el especismo y el antropocentrismo. Además habría que esperarse a ver profundas articulaciones entre estos diferentes frentes, pues lo ecocida tiende a ser lo mismo que lo fascista, lo racista, lo patriarcal y lo capitalista. La hidra tiene muchas cabezas, pero es una sola y no deja de operar en el campo psicológico.

En todos los casos, el futuro de la psicología crítica es el de nuestras luchas sociales. Mientras la sociedad siga luchando, siempre habrá psicólogos críticos para introducir esa lucha en el interior del ámbito académico y profesional de la psicología. Este ámbito seguirá siendo atravesado y agitado por la historia mientras haya historia, mientras haya vida, mientras no hayamos sido eliminados por aquello contra lo que estamos luchando.

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Escuchar por escuchar: la escucha de los pueblos originarios como praxis transformadora en la esfera psicosocial

Conquista

Intervención en el Panel Lo psicosocial y las praxis transformadoras en la Universidad Católica Luis Amigó, en Medellín, Colombia, el martes 30 de abril de 2019

David Pavón Cuéllar

Hablaré sobre los pueblos originarios de México. Ellos no hablarán, sino que seré yo quien hable sobre ellos. Al hablar sobre ellos, hablaré en lugar de ellos. ¿Por qué no serán ellos mismos quienes hablen sobre ellos? Porque no están aquí, sino allá, en México, trabajando como campesinos en sus milpas, como vendedores en mercados, como albañiles en construcciones, como sirvientas en casas ricas o como obreros en inmensas fábricas. Están allá, trabajando en silencio con sus manos, mientras yo estoy aquí, hablando sobre ellos y dándome así el gusto de trabajar con mi cabeza gracias a mi trayectoria de posgrado, enseñanza, investigación y publicaciones.

Mi trayectoria es mía y no de un indígena porque está prácticamente vedada para él. Es por esto y por más, que él, por lo general, no puede hablar sobre él ni en la academia ni en la política ni en los medios. Es verdad que a veces abrimos un espacio para que se exprese, pero suele ser un espacio bien acotado, controlado, predeterminado y además brevísimo, demasiado estrecho, de ningún modo proporcional a lo que es.

Los pueblos originarios en México son un 10% de la población, es decir, en términos absolutos, más de quince millones de indígenas, más que en cualquier otro país latinoamericano, incluso más que en Perú, Bolivia o Guatemala. Sin embargo, para medir mejor aquello de lo que estamos hablando, tenemos que ir más allá de censos y estadísticas, pues los pueblos originarios de México son mucho más que simples números. Constituyen algo incuantificable que impregna y atraviesa todo lo que somos en México. Son un ingrediente fundamental de la cultura mexicana, una cultura intrínsecamente mestiza, toda ella mezclada con lo indígena. Es indiscutible que hay algo indígena en todo mexicano, por más blanco o blanqueado que esté, por más racista que sea, pues no es un asunto de raza biológica ni de opción política, sino de constitución cultural de la subjetividad.

Ahora bien, por más indígenas que seamos los mexicanos, es demasiado poco lo que sabemos acerca de los pueblos originarios. Los concebimos como algo diferente y distante de nosotros. Ni siquiera nos los representamos como algo verdadera y plenamente humano. Más bien los vemos como partes del paisaje o como atractivos turísticos.

Miramos poco y mal a los pueblos originarios, pero no los escuchamos nada. No les damos la palabra. No los dejamos hablar. Tan sólo hablamos entre nosotros, acaparando todo lo que se dice en las esferas mediáticas, políticas y académicas. Nos dedicamos así a monologar entre nosotros. No dialogamos con los pueblos originarios. Ellos aparecen tan sólo como testigos mudos cuyo silencio ensordecedor hace dudar y desconfiar de todo lo que nos decimos unos a otros. Nuestra comunicación, en la que reposa todo nuestro mundo, carece absolutamente de importancia y de legitimidad mientras continuemos excluyendo a quienes deberían estar entre nuestros principales interlocutores, como lo muestra magistralmente Enrique Dussel en su debate con Karl-Otto Apel.

El caso es que olvidamos a los pueblos originarios. Ignoramos lo que tienen que decirnos. Los ignoramos, y, al hacerlo, nos ignoramos, pues también somos ellos. Nos callamos al callarlos. Al no escucharlos, no escuchamos lo que somos.

La falta de escucha de lo indígena, quizás uno de los más graves problemas de la sociedad mexicana, sólo tiene una solución: empezar a escuchar lo que no escuchamos, escucharlo por escucharlo, porque debemos escucharlo. Esto es lo que hay que hacer. No parece mucho, pero es enorme. Hacerlo es ya una revolución, una transformación radical en los ámbitos económico, social, político, ideológico y cultural, y, por eso mismo, en la esfera psicosocial. Tenemos aquí una praxis transformadora, una praxis en la acepción más propia de la palabra, en tres niveles de sentido.

En primer lugar, la escucha por la escucha, como la praxis de Aristóteles, es una acción cuyo propósito estriba en ella misma, que logra su fin al efectuarse, al escuchar por escuchar. En segundo lugar, en el caso preciso de los pueblos originarios, la escucha es, como la praxis de Gramsci, una acción que desafía cualquier determinismo, cualquier fatalismo, como el de la condena de silencio que pesa desde hace más de quinientos años sobre los pueblos originarios. Por esto mismo, en tercer lugar, la misma escucha es, como la praxis de Sartre, lo contrario de la hexis, es decir, lo contrario de la práctica solidificada, rigidizada, consistente en ignorar a los pueblos originarios, hacer como si no existieran, excluirlos de la palabra como de todo lo demás.

Ante los pueblos originarios a los que no se les escucha, lo primero transformador que podemos hacer es abrirnos paso hasta su palabra y escucharla con la mayor atención. Esta escucha ya es en sí misma una revolución, pero es también un gesto con el que puede llegar a desencadenarse un auténtico movimiento revolucionario con el que se transformen profundamente las relaciones que se establecen con los pueblos originarios. Es por esto que ante ellos la escucha debe ser el primer paso de cualquier praxis transformadora. En cuanto a los siguientes pasos, tendrán que ser acordes a lo que hayamos escuchado. La escucha es la acción de la que debe proceder cualquier acción para evitar intervenciones sordas, insensibles e impositivas, que reproduzcan lo mismo que debería transformarse.

Para ser transformadora en la relación con los pueblos originarios, la praxis debe comenzar por escuchar su palabra. Este primer paso puede recibir un valioso auxilio del método psicoanalítico, uno de los pocos métodos favorables a la escucha en la ciencia occidental moderna, la cual, en parte por causa de su complicidad con el poder sobre lo que se ve, se caracteriza por el privilegio dado a la visión, a la mirada objetivadora, siempre a costa de la escucha del otro como sujeto. En contraste con esta actitud constitutivamente sorda, el psicoanálisis ha preservado al menos una parte del arte de la escucha que resulta indisociable de lo humano, que se ha perdido en una civilización tan deshumanizada como la nuestra y que aún se cultiva cotidianamente entre los pueblos originarios mexicanos, en sus comunicaciones y en sus prácticas asamblearias, como nos lo han mostrado Carlos Lenkersdorf y otros investigadores.

Tanto la sabiduría indígena como el método psicoanalítico pueden enseñarnos mucho sobre la praxis de la escucha, sobre la mejor manera de escuchar a los pueblos originarios, sobre lo que debemos hacer para escucharlos, pero también sobre lo que no debemos hacer. ¿Qué no debemos hacer? Mencionemos, como simple ilustración, tres vicios comunes que hacen degenerar la praxis de la escucha.

Un primer vicio es el de escuchar como si estuviéramos viendo y no escuchando lo que escuchamos. En lugar de escuchar al sujeto indígena, se le reduce a un objeto de estudio. Estudiarlo es verlo y objetivarlo mientras pretendemos escucharlo. No se le escucha como a un interlocutor. No se discute con él como con otro académico, de igual a igual, sino que se toma distancia para examinarlo mejor y se le ve desde arriba, desde el pedestal de nuestro saber, situando sus palabras en otro nivel de comunicación diferente de aquel en el que se articulan. Empleamos así una terminología científica, propia de iniciados en la psicología o en otras ciencias, para dar sentido a las palabras profanas de un indígena que suponemos que no sabe lo que dice cuando habla. Sus palabras son designadas y elucidadas por las nuestras. Hablamos de lo que él habla. Escucharlo es recabar información. El indígena es el informante y aquello sobre lo que informa. Es nuestro material, nuestro medio y nuestro objeto. Él es el estudiado mientras que nosotros somos los estudiosos. Nosotros lo estudiamos a él en lugar de simplemente dialogar con él como con uno de nuestros colegas. Por un lado están los sujetos, quienes discuten sobre el indígena unos con otros, y por otro lado está el indígena que es aquello de lo que hablan y que no podría entenderlos cuando hablan.

Un segundo vicio de la escucha es el de precipitarnos al comprender, escuchando más de lo que se dice, escuchando también lo que imaginamos que se quiere decir con lo que se dice. En realidad, no es que el otro quiera decir algo, sino que nosotros queremos que lo diga. Lo queremos y creemos conseguirlo. Creemos lograr que lo diga, pero somos nosotros los que lo decimos. Acabamos escuchándonos a nosotros mismos en lugar de escuchar al otro. En lugar de escuchar las palabras del indígena, escuchamos el significado que damos a esas palabras. Escuchamos nuestras ideas y se las atribuimos a él y luego las presentamos como si fueran de él. Es así como nos convertimos en su portavoz, como si él no tuviera su propia voz. Lo cierto es que no queremos escuchar su voz porque no corresponde a nuestras ideas. Estas ideas, las nuestras, son todo lo que nos interesa escuchar. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando utilizamos el método hipotético deductivo, formulamos ciertas hipótesis en la universidad acerca de los pueblos originarios y luego vamos con ellos y nos las arreglamos para escucharlos decir de algún modo lo que valide o invalide nuestra hipótesis. Evidentemente no lo dicen, pero nosotros creemos que lo dicen pues creemos escucharlos al escucharnos. Es algo que nos ocurre también a los marxistas cuando vamos hasta las comunidades más remotas para escuchar nuestras propias ideas sobre la acumulación primitiva, para escucharnos así a nosotros mismos al pretender escuchar a los indígenas, contando siempre con ellos para escucharnos hablar sobre lo que significan sus palabras, escuchándonos con la mayor atención, pues ellos sí que saben escuchar.

Un tercer vicio de la escucha es el de arrancar las palabras, forzar y controlar o decidir la comunicación, convertir la escucha en un interrogatorio en el que somos nosotros los que preguntamos y el otro debe responder nuestras preguntas. Es lo que sucede cuando llegamos a las comunidades indígenas con encuestas, cuestionarios o pautas de entrevistas más o menos estructuradas, y claro, también con un formato de consentimiento informado para protegernos legalmente y para disculparnos estúpidamente ante nuestra conciencia. Llegamos así, como una suerte de mineros del alma, con instrumentos para extraer de los indígenas los materiales que deseamos o necesitamos en función de nuestros intereses laborales o universitarios. Es por estos intereses, y no simplemente por escuchar, que escuchamos a los indígenas y que no podemos regresarnos a la ciudad sin haberlos escuchado. Además de que este comportamiento reproduce las relaciones de explotación que siempre se han mantenido con los pueblos originarios, no se nos ocurre pensar que los interrogados quizás tengan otras formas de hablar, o tal vez necesiten discutir y expresarse como comunidad, o simplemente prefieran guardar silencio, no quieran decir nada y únicamente nos respondan por cordialidad, por su infinita generosidad o bajo presión, aunque sea, por supuesto, una presión bien disimulada.

Los tres vicios a los que acabo de referirme, el del científico, el del portavoz y el del minero del alma, impiden una verdadera escucha de los pueblos originarios. A diferencia de la extracción del minero, la escucha de verdad es una que escucha por escuchar, por el deseo de escuchar a los indígenas, por el interés en lo que tienen que decirnos y no en lo que necesitamos que nos digan. Es una escucha que se abstiene de interrogar, limitándose a despejar un espacio para la palabra, para cualquier palabra, esperándola con paciencia. Y mientras llega la palabra, si es que llega, debe respetarse el silencio, atenderlo, tomarlo en serio e intentar escucharlo, escuchar algo de todo lo que dice, algo de todo aquello que no puede ser expresado por diversas razones: porque robamos las palabras con las que podría expresarse, porque no hemos asegurado las condiciones de posibilidad para que se exprese, porque todavía no merecemos escucharlo, porque tal vez tan sólo un indígena podría entenderlo o porque no tiene lugar en el mundo en el que vivimos ni en las formas de comunicación que establecemos entre nosotros.

Nuestro primer problema es que hablamos demasiado. Nos arrebatamos la palabra y no dejamos ni una breve pausa para escuchar al indígena. Para escucharlo, deberíamos callarnos, atender a lo que nos dice o esperar a que nos lo diga, no precipitándonos a decirlo en su lugar, no convirtiéndonos en su portavoz, no usurpando su voz. Esta voz es irremplazable y tan sólo puede ser de él y escucharse de modo silencioso y respetuoso.

Escuchar en silencio y con respeto no significa de ningún modo que nos condenemos a enmudecer. Mejor dialogar con los pueblos originarios, entretejer sus voces con las nuestras, comentar y discutir lo que dicen, escucharlos y hablarles, responder lo que nos preguntan y preguntar lo que nos intriga. Pienso que tenemos incluso el derecho de completar lo que escuchamos: por un lado, al indagar lo que los pueblos originarios han dicho en el pasado, al recobrar sus palabras perdidas, al escuchar así también su voz en los tiempos más remotos; por otro lado, al tratar de escuchar esa misma voz indígena en el rumor silenciado y ahora silencioso de nuestra propia voz, haciendo resonar las palabras que han resistido en todas las fibras de nuestras culturas latinoamericanas, intentando exhumar así lo enterrado en el fondo más oscuro de nuestro corazón mestizo.

Es válido, pues, comentar, discutir e incluso intentar completar las palabras de los pueblos originarios, pero esto no debe autorizarnos a ver esas palabras como un objeto de estudio. No se trata de polemizar entre colegas acerca de lo que dicen o quieren decir los indígenas, sino de conversar con los propios indígenas en una relación de igualdad, tal como hablaríamos entre colegas académicos. Es muy importante aquí evitar el prejuicio que nos hace imaginar que nuestro saber científico es más fiable o más veraz, entiende mejor o sabe más que los saberes ancestrales de los pueblos originarios, justificándose así la violencia epistémica de aclararlos, explicarlos, rectificarlos o dar cuenta de ellos.

La relación entre los saberes ancestrales y los de la ciencia moderna tiene que ser horizontal y con derecho a réplica para unos y para otros. La sabiduría de los pueblos originarios debe poder cuestionar las teorías científicas occidentales al dialogar con ellas. Este diálogo y este cuestionamiento requieren evidentemente una cuidadosa traducción entre saberes, pero la traducción tiene que hacerse en los dos sentidos, no planteándolo todo tan sólo en los términos del saber dominante.

La ciencia debe atreverse a escuchar al indígena en los propios términos del indígena y tiene que tratar de responderle y justificarse ante él en esos términos. Es en los mismos términos en los que hay que aprender humildemente de los pueblos originarios. Escucharlos de verdad es también permitirles enseñarnos todo lo que ignoramos.

Melancolía, historia y capitalismo

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Presentación del libro Aflicciones del alma. Melancolía, naufragios y desastres del cuerpo, de Samuel Hernández Huerta, el viernes 29 de abril de 2019, en el Auditorio Aníbal Ponce de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana, Morelia, Michoacán, México

David Pavón Cuéllar

El melancólico

El melancólico resulta indisociable de la civilización occidental. Nos acompaña desde hace unos veinticinco siglos. Quizás no esté ya tan presente como antes, pero todavía se encuentra entre nosotros.

El melancólico es un personaje singular, enigmático, nadie y muchos a la vez. Lo imaginamos tradicionalmente como un hombre de personalidad triste y taciturna. Decimos entonces que “alguien es un melancólico”. Pero también podemos afirmar que “alguien está melancólico” para expresar que anda nostálgico, recordando, echando algo de menos. Algunos preferirán utilizar el término de un modo más general, para describir el ánimo de quien está decaído y desalentado, quizás incluso deprimido, pero serán corregidos por los psicólogos y psiquiatras, quienes les explicarán que el melancólico no está deprimido, sino que es un depresivo.

Habrá evidentemente quienes corrijan con razón a los profesionales de la salud mental y les recuerden que la depresión es tan sólo un aspecto de la melancolía. El melancólico no es tan sólo aquel al que hoy denominamos depresivo. Es también el desdichado, el tenebroso, el sin consuelo de Gérard de Nerval. Es asimismo un loco, no un loco disminuido y embrutecido por la industria farmacéutica, sino un loco verdadero como el propio Nerval, un loco verdaderamente loco, fantásticamente loco, digna y plenamente loco, lúcida y genialmente loco. El melancólico es al menos un genio, el hombre excepcional, irremediablemente melancólico para Aristóteles.

El melancólico es muchos personajes a la vez. Es todo ellos, pero es también como si ellos nos lo mostraran, lo anunciaran, lo representaran para nosotros. Es como si ellos fueran sombras de él, como si él se valiera de ellos para existir y para comunicarnos algo que tiene que decirnos, algo sobre lo que debe alertarnos, algo que podríamos considerar su verdad, su mensaje. Para entender este mensaje, habría que reconstruirlo. Habría que rastrear las huellas y las apariciones del melancólico en la civilización occidental. Es el trabajo que emprende Samuel Hernández Huerta en su libro Aflicciones del alma: melancolía, naufragios y desastres del cuerpo.

Como nos lo explica el autor, su propósito es aproximarse a las “formas en que aparecen los espectros melancólicos en el territorio del cuerpo y la palabra”. El territorio corresponde ni más ni menos que a veinticinco siglos de historia de la civilización occidental. Es una extensión inmensa que tan sólo puede explorarse, desde luego, de manera parcial y fragmentaria, tal como Hernández Huerta lo hace al seguir los rastros del melancólico.

Los rastros van cobrando sentido a medida que el autor nos los va descubriendo. Poco a poco vamos entendiendo algo de todo lo que el melancólico tiene que decirnos. El mensaje no deja de ser en su mayor parte ilegible, pero hay que tratar de leer algo, algunas palabras, aunque sean pocas, muy pocas. Es lo que intentaré hacer al recordar brevemente la exploración de Hernández Huerta.

De lo mítico a lo somático

El recorrido comienza en los orígenes míticos de la antigüedad griega. La sombra de la melancolía se proyecta en el mito de Áyax y en la tragedia homónima de Sófocles. Vemos cómo Áyax enloquece y se arroja enfurecido sobre un rebaño de ovejas al confundirlas con sus enemigos aqueos. Al tomar conciencia de lo que ha hecho, el héroe griego se compadece de sí mismo y termina quitándose la vida. Sabemos que su melancolía y el resultante suicidio son porque no recibió la armadura de Aquiles como recompensa por sus esfuerzos en la guerra de Troya, pero también porque la diosa Atenea quiso castigarlo porque no imploraba la protección divina en el combate.

Áyax enloqueció, como él mismo lo reconoce, por hacer a un lado a los dioses, por no ceder ante ellos, y no sólo por haber perdido algo tan valioso para él como era la armadura de Aquiles. Podemos plantear aquí una hipótesis: la melancolía de Áyax no es tanto por la pérdida, sino por soberbia, por la soberbia que se manifiesta lo mismo en su feroz convicción de merecer lo que no ha recibido que en su total desprecio por la divinidad. Esta doble soberbia irrita lógicamente a los dioses. Los hace querer destruir a Áyax. Y como reza el proverbio atribuido a Eurípides y citado por Hernández Huerta, “a quien un dios quiere destruir, antes enloquece”.

¿Qué significa el enloquecimiento de Áyax para nosotros? ¿Qué nos enseña que se enloquezca por despreciar lo que nos trasciende y por creer merecer lo que no se tiene? ¿Y si esta doble soberbia fuera precisamente la que nos anima en la modernidad, tanto al negar la trascendencia como al precipitarnos furiosamente, a través del progreso, hacia todo aquello de lo que imaginamos ser merecedores? ¿Y si esta soberbia ya estuviera irritando a eso que encarnan los dioses en el mito de Áyax? ¿Y si los dioses irritados ya estuvieran enloqueciéndonos y destruyéndonos? ¿Y si ya estuviéramos tan enloquecidos como Áyax? ¿Y si ya hubiera empezado nuestro suicidio, nuestra destrucción, a través de la devastación del planeta en el que habitamos?

Nuestro presente parece anunciado por Áyax y por su destino trágico. Su melancolía es como una profecía. Lo profetizado empieza a cumplirse muy pronto, en el umbral de nuestra locura, ya en Grecia, cuando Hipócrates incurre en la misma soberbia de Áyax al renegar de los dioses, al despreciarlos, al descartar que sean ellos los que enferman a los hombres. Lo que los enferma, según el médico griego, es “el desequilibrio de los humores afectados por los aires o por la dieta”.

La melancolía hipocrática ya es una enfermedad objetivada por la medicina. Es algo del más acá y no del más allá. Ya no es profecía ni castigo ni advertencia de la divinidad, sino efecto de la bilis negra. Significa lo que la provoca y no lo que podría expresarse a través de ella. No es una expresión de nuestro drama subjetivo, sino una consecuencia de la naturaleza objetiva. Es algo fisiológico y no trágico, somático y no mítico, real y no simbólico.

El sujeto aún preservado en el método hipocrático

En la historia de la medicina inaugurada por Hipócrates, pareciera que la melancolía ya no tiene absolutamente nada que decirnos. El médico la calla. No hay que escucharla, sino curarla. ¿Y cómo se se le cura? En el método hipocrático, hay que expulsarla, purgar de ella al sujeto y así armonizar la composición humoral del cuerpo. Esto se consigue con las propiedades purgativas del Eléboro, el primer fármaco, remedio real para lo real de la enfermedad.

El eléboro saca la bilis negra del cuerpo. Sirve para liberar al sujeto de aquello por lo que está como poseído. A diferencia de los fármacos modernos, el remedio hipocrático no confunde la enfermedad con el enfermo, sino que distingue claramente al sujeto de su bilis negra y es por eso que intenta liberarlo de ella. Lo purga de lo que lo invade. Lo desembaraza de algo en lugar de proceder como un fármaco actual que intentaría modificarlo al agregarle algo. Esto es fundamental por dos razones. En primer lugar, porque nos revela que Hipócrates no está negando todo lo que está en juego en la melancolía, ya que está reconociendo al menos que se trata de algo ajeno al sujeto, algo que lo enajena y que de algún modo lo posee, algo que no es él y que vive en él, algo quizás ya no trascendente y divino, pero sí al menos vivo y sustancial. En segundo lugar, por lo mismo que le da su lugar a la melancolía por no confundirla con el sujeto que la sufre, la concepción hipocrática le da también su lugar al sujeto, no lo asimila de ningún modo a su bilis negra, no lo objetiva como nosotros lo hacemos al concebir a quien es un depresivo como si fuera su depresión.

Es verdad que la medicina griega es el primer paso hacia nuestra psiquiatría y nuestra psicología, pero no es todavía eso tan mezquino y tan peligroso en lo que ya hemos caído. No lo es porque reconoce respetuosamente al sujeto al reconocerlo como sujeto que se relaciona exteriormente con su melancolía. Esto se pone en evidencia en dos situaciones reveladoras evocadas por Hernández Huerta en su libro.

La primera situación es una leyenda narrada por Jean Starobinski en la que el médico Hipócrates conoce al filósofo Demócrito, juzgado loco por la sociedad, y concluye que no es exactamente un loco, un enfermo, sino simplemente un sujeto, un sabio que trasciende la enfermedad al reflexionarla y al relacionarse reflexivamente con ella, al “disecar a los animales para encontrar dónde está la bilis negra y así comprender mejor la causa de la locura”, con lo cual, en las palabras de Starobinski, “domina, desde la altura de un conocimiento preciso y objetivo, a aquellos que pusieron en duda la salud de su espíritu”. Y si Demócrito no deja de reírse como un loco, es porque se ríe “del hombre lleno de despropósitos, desprovisto de obras firmes, pueril en sus designios, y sufriente, sin ninguna utilidad, a causa de sus inmensos trabajos”. Lo que hace reír a Demócrito es nuestra locura y no la suya. Su melancolía sigue siendo reveladora hoy en día porque nos descubre cuán risibles somos al reírse de aquello en lo que nos hemos ido convirtiendo hasta llegar a ser lo que somos.

Hay otra situación análoga que Werner Jaeger encuentra en Las Leyes de Platón y que nos muestra igualmente cómo la medicina griega no ha caído tan bajo como nuestra psiquiatría y nuestra psicología. Me refiero a la diferenciación entre dos clases de médicos en Grecia, el de los hombres libres y el de los esclavos. Por un lado, recordándonos demasiado a los actuales profesionales de la salud, el médico de esclavos es un tirano que pasa de un enfermo a otro, los diagnostica y los despacha precipitadamente al prescribirles de modo autoritario los tratamientos que infiere del supuesto saber de su profesión. Por otro lado, recordándonos al buen psicoanalista que no es tampoco muy común, el médico de los hombres libres les dedica tiempo, los escucha y así los reconoce como sujetos, como Demócritos potenciales, haciéndolos comprender que la clave de su enfermedad está en ellos mismos, en el recuerdo que tienen de sus propias experiencias, en la verdad sobre sí mismos que sólo ellos conocen.

La divinidad y la religión medieval negadas por el melancólico

Tanto los hombres libres como Demócrito son reconocidos por la medicina griega como sujetos que se relacionan con su melancolía como con algo sustancial y exterior. Lo melancólico conserva todavía, por lo menos, una exterioridad y una sustancialidad que vienen a compensar de algún modo lo que se ha perdido, a saber, la trascendencia y la subjetividad que se manifestaban a través de los dioses por los que Áyax fue castigado. Este aspecto subjetivo y trascendente no se perderá definitivamente, sino que se recobrará en el cristianismo de la Edad Media. Se manifestará en el diablo que viene a ocupar la posición de las antiguas divinidades. No obstante, como lo señala Hernández Huerta, el castigo singular que los dioses griegos infligían a un sujeto como Áyax ahora cede su lugar a una culpa generalizada como la heredada con el pecado original de Adán y Eva.

El yerro de nuestros primeros padres que se dejaron tentar por la serpiente, esa pecaminosa insensatez que les hizo comer el fruto prohibido y merecer la expulsión del paraíso terrenal, es lo que estaría en el origen del enloquecimiento de los seres humanos, de su locura generalizada que antes hacía reír tanto a Demócrito y que actualmente nos está llevando a suicidarnos en masa con la devastación del planeta. Nuestra locura normal, normalizada, empieza por el gesto por el que Adán y Eva sucumben a la tentación. Es al menos la opinión de Santa Hildegarda, quien pensaba, como lo explica Hernández Huerta, que “los hombres se oscurecieron al desviarse de las instrucciones divinas” y que la manzana prohibida fue “la semilla de la melancolía de Adán, a quien se le coaguló la sangre” por haberla comido.

La manzana es un instrumento diabólico para enloquecer, pero no es el único, así como el enloquecimiento que deriva del pecado original tampoco es la única locura en el mundo medieval. Además de esta locura generalizada, están aquellas que afectan a individuos o a sectores precisos de la sociedad. Tal es el caso, evocado por Hernández Huerta, de la acedia, el taedium vitae, el abatimiento melancólico provocado en los monjes por el demonio meridiano que los posee, que los aleja de sus obligaciones religiosas y que puede terminar incluso haciendo que nieguen a Dios. El diablo es aquí, una vez más, el responsable de una melancolía siempre igualmente lúcida y premonitoria: una melancolía que en tiempos medievales parece anunciar y prefigurar, con su negación de Dios, el advenimiento de una modernidad profundamente atea.

El melancólico fue moderno antes de la modernidad. Antes de nosotros, ya era de algún modo nosotros cuando era el monje que se dejaba poseer por el demonio meridiano y se apartaba de su fe, caía en el tedio, se distraía de sus oraciones y se aburría al intentar concentrarse en sus lecturas de textos religiosos. Todo esto era ya demasiado moderno. Sin embargo, una vez llegados a la modernidad, el melancólico volvió a encontrarse desfasado, un paso más allá, y por eso volvió a transgredir las creencias y los valores de su tiempo. Es algo que parece haberle ocurrido ya desde los albores de la modernidad.

La razón y la ciencia moderna desafiadas por el melancólico

La transición entre la Edad Media y la Moderna es un extraño umbral en el que la melancolía debe desafiar simultáneamente lo que termina y lo que empieza, la fe medieval y la razón moderna, la religión declinante y la ciencia emergente. ¿Cómo ir más allá de lo primero y también más allá de lo segundo que ya está más allá de lo primero? Vislumbramos la respuesta en los posesos, brujas, licántropos y otros monstruos que proliferan entre los siglos XV y XVIII y que perturban lo mismo a los hombres de fe que a los de razón, lo mismo a los religiosos que a los científicos, y lo mismo a los poderes feudales que a los primeros capitalistas rurales, como lo muestra muy bien Silvia Federici, a quien Hernández Huerta cita oportunamente. Debiendo siempre trascender su época, la melancolía es aquí lo que está en el imposible reverso tanto de la fe como de la razón. Es hechicería y monstruosidad que acechan lo mismo a nobles que a burgueses, lo mismo a sabios que a sacerdotes. Unos y otros, al ser perturbados, quizás ya estén situados en la frontera, pero sienten lógicamente una gran inquietud ante lo que brota en la orilla o extremo de la frontera, en ese límite del mismo límite, en ese borde bordeando al borde, en ese espacio radicalmente intersticial en el cual, citando a Hernández Huerta, “la palabra, al ser silenciada o patologizada, tiene que armarse desde el imaginario, hablar desde otros cuerpos y otros lugares oscurecidos, hablar desde la verdad”.

La revelación melancólica de la verdad tiene que modificarse nuevamente al dejarse atrás las últimas tinieblas medievales. Llegados al tiempo de las deslumbrantes luces de la ciencia y de la razón ilustrada, tan sólo podemos aclarar algo a través de las sombras del sol negro de la melancolía. Es el momento de escudriñar en los rincones sombríos olvidados por el saber. La negrura de la bilis negra cobra un sentido profundo. La melancolía se reconcilia con el oscurantismo. Los motivos religiosos reinan en los delirios de la modernidad atea. Ya no hay necesidad alguna de pelearse con el cristianismo.

Tras negar a Dios en la Edad Media, el melancólico puede ya dedicarse a negar la ciencia y la razón en la Edad Moderna. Es así como desafía la religión de la modernidad, el culto cientificista y racionalista, y se atreve a despreciar al dios adorado en templos como esta universidad. El desprecio melancólico hacia nuestra divinidad secular moderna es comparable a los anteriores desprecios melancólicos, primero el desprecio hacia los dioses del politeísmo en la antigüedad griega, luego el desprecio hacia el único Dios aceptado en el monoteísmo cristiano medieval. En todos los casos, la melancolía es la denuncia del punto ciego y débil de cada época, la refutación de las respuestas fáciles y rápidas para todas nuestras preguntas, el reconocimiento de cada uno de nuestros desconocimientos, la profanación de lo sagrado con lo que rodeamos nuestros vacíos, la fisura en los bloques de nuestras más firmes convicciones. Entendemos, entonces, que los melancólicos deban enloquecer. Entendemos también que la sociedad moderna los encierre y los oculte a los ojos de quienes definitivamente no estamos preparados para descubrir el abismo en el fondo insondable de todo lo que llena el hueco de nuestras vidas.

Como lo señala Hernández Huerta entre citas de Michel Foucault, los manicomios y los demás espacios asilares no son tan sólo sitios de encerramiento y distanciamiento, sino también lugares destinados a reparar las fisuras, a tapar los agujeros melancólicos, a “reconformar el saber ante la verdad”, a “imponer la razón ante el acontecimiento”. De lo que se trata, en otras palabras, es de corregir todo aquello anormal por lo que se ve amenazada la ciencia con su rigurosa moral de la normalidad. Sabemos que los valores de esta moral pretendidamente amoral son la claridad, la regularidad, la adaptabilidad, la universalidad y la replicabilidad o previsibilidad. También sabemos algo sobre los vicios correlativos: lo oscuro, lo extraño, lo desajustado, lo singular y lo sorpresivo, que son rasgos patológicos, males que vuelven a ser condensados por lo melancólico y que se persiguen como los peores pecados medievales. Hay que disiparlos al conjurarlos con los exorcismos del método científico. Hay que investigarlos para suprimirlos. Hay que desconocerlos al conocerlos.

Psicología como neutralización del sujeto, como epistemología, como ciencia de las ciencias

El conocimiento correcto, epistemológicamente autorizado, no puedo sino desconocer todo aquello que lo subvierte. El problema es que aquello que lo subvierte es aquello mismo en lo que se funda. Me refiero al sujeto del conocimiento y de su desconocimiento, el sujeto de la ciencia y de todo lo demás, el sujeto que precisamente por ser fundamento de la ciencia resulta potencialmente subversivo para la ciencia. Es por esto que tal sujeto debe neutralizarse al tornarse el objeto del saber objetivo psicológico.

Al neutralizar al sujeto, la psicología nos demuestra que es más que una ciencia. Es el agente de la neutralización del sujeto de la que depende toda cientificidad. Es también, por lo tanto, el incómodo secreto de las ciencias. Es una especie de matona que les hace el trabajo sucio que necesitan para tener éxito en todo su trabajo limpio. Es la ciencia que debe asesinar al sujeto para que las demás ciencias puedan ocuparse tranquilamente de sus respectivos objetos. La psicología constituye así, en cierto sentido, la ciencia de las ciencias. De ahí que apareciera en su origen como una especie de epistemología, lo que Hernández Huerta nos recuerda al citar a Starobinski.

La epistemología psicológica es la doctrina de la transformación de la subjetividad en la objetividad. Ahí en donde hay seres humanos debatiéndose con la naturaleza en su cuerpo y en el mundo que los rodea, la psicología mata al sujeto, convirtiéndolo en objeto de estudio psicológico, y le deja el cadáver objetivo sobrante, mundano y corporal, físico y fisiológico, respectivamente a médicos o fisiólogos y a biólogos, químicos o físicos. Al final sólo queda una objetividad visible y muda en lugar del sujeto invisible que no dejaba de hablar. Podemos decir también, por lo tanto, que la epistemología psicológica nos prescribe observar un objeto ahí en donde hay un sujeto que espera ser escuchado. Por ejemplo, ahí en donde hay miserables que protestan o enfermos que se expresan, la psicología se deshace de los sujetos y se queda con la miseria y con la enfermedad que los mismos psicólogos y los demás científicos podrán estudiar objetivamente.

El marxismo y el psicoanálisis ante las ciencias obsesionadas con la visibilidad y la objetividad

Una vez que tenemos la psicología y las demás ciencias objetivas de la miseria y de la enfermedad, como la economía o la sociología y la medicina con todas sus especialidades, ¿qué ocurre con los sujetos? ¿Qué sucede con los miserables que protestaban y con los enfermos que se quejaban? Muy sencillo: continúan protestando y quejándose. Y mientras la ciencia los mira, los observa como objetos, ¿quién los escucha como sujetos? Sus familiares, vecinos, amigos y enemigos. ¿Y en la ciencia? ¿Nadie los escucha en la esfera científica? Sí, aquí hay también, todavía, quienes intentamos tomarlos en serio como sujetos y nos obstinamos en escucharlos. Algunos de nosotros nos presentamos como comunistas o psicoanalistas, como freudianos o marxistas, y a veces incluso como ambos. 

El marxismo escucha con la mayor atención a los miserables que protestan, uniéndose a ellos en su protesta, mientras que el psicoanálisis escucha también del modo más atento a los enfermos que se quejan, haciendo un arte del oficio de acompañarlos en su queja. Tenemos aquí una escucha de lo acallado por médicos y psicólogos especialistas en la enfermedad objetiva o por sociólogos y economistas que sólo se interesan en la miseria objetiva. Subsistiendo en el universo de la ciencia con su obsesión de la visibilidad y la objetividad, el marxista y el freudiano son algo tan absurdo como especialistas en la escucha de un sujeto intrínsecamente invisible e inobjetivable. Mantienen así, como lo enfatiza Hernández Huerta, un compromiso con la verdad y con su revelación radicalmente subversiva para el saber científico de la modernidad. Esto los hace estar comprometidos con la verdad de una melancolía cuyo rasgo distintivo en la época moderna, como lo vimos con anterioridad, es precisamente la subversión del nuevo dogma, el de la religión de la ciencia, tan absolutista, tan represiva y tan persecutoria como el cristianismo de la Edad Media. 

Lo melancólico nos ha dicho mucho y tiene aún mucho que decirnos. Para no ignorarlo, disponemos de la escucha que se nos ha enseñado en la tradición marxista y freudiana. Sabemos que Freud ya empezó a escuchar al melancólico, y al hacerlo, como lo ha observado Hernández Huerta con mucha razón, el médico vienés ha incorporado la melancolía y su verdad en el campo de lo político, del vínculo con el Otro, en el que vemos reaparecer la melancolía como un malestar general, como el síntoma social de la falta de vinculación al que se refirió Lacan al recordarnos que todos somos proletarios como los de Marx.

Por una vez podemos decir “todos” en psicoanálisis y es aquí significativamente en donde nos encontramos con el marxismo, pero también con la verdad universal que nos ha ido enseñando la melancolía, esa verdad que Áyax y Adán heredan a toda la humanidad, esa misma verdad que hacía reír a Demócrito ante Hipócrates, la misma que hace que todos tengamos algo de monje poseído y distraído, algo de bruja y de licántropo. Recordemos las pocas veces en que Lacan se refiere a todos y encontraremos los rastros de lo que el melancólico nos ha ido enseñando. Todos tenemos algo bestial y salvaje. Todos estamos desvinculados, incomunicados, tan solos como locos. Todos alucinamos nuestro mundo. Todos estamos desprovistos de cordura y de saber. Todos somos ajenos a una ciencia que también es ajena a nosotros y en la que sólo podemos reconocernos al enajenarnos. Todos avanzamos en la oscuridad hacia quién sabe dónde.

El capitalismo ante melancólicos, depresivos y suicidas

Todos nos encontramos en esas condiciones que las religiones y las demás ilusiones de las diferentes épocas intentan ocultar por los más diversos medios. Todos estamos ahí en el vacío, pero el melancólico lo sabe tan bien que lo sufre hasta dejarse caer. Para salvarlo y para salvarnos, podemos escucharlo, hacer lazo de nuestra soledad compartida y así entrar con él en el campo de la política, pero también podemos hacer lo que hacemos generalmente. Podemos protegernos al negar su verdad, nuestra verdad que le duele tanto, y convertirlo en un simple depresivo cuyo vacío, nuestro vacío, podrá llenarse entonces con antidepresivos o con palabras tan estúpidas como reconfortantes. Es lo que hacen respectivamente psiquiatras y psicólogos con sus fármacos y saberes o dispositivos terapéuticos destinados precisamente a disolver la verdad que el melancólico tiene que decirnos. Es la forma común de proceder en los tiempos en los que estamos. Es lo que Hernández Huerta cuestiona en su penetrante crítica del capitalismo neoliberal y neuroliberal con su “marketing de la felicidad”.

La comprensible aspiración a ser feliz es rentabilizada por todos los medios. Es explotada por la publicidad lo mismo que por industrias como la cosmética, la farmacéutica, la narcótica, la turística, la cultural o la de entretenimiento. Sirve para vender juegos de vídeo lo mismo que películas o viajes o pastillas legales o ilegales. De hecho, al emplearse en estrategias publicitarias, termina sirviendo para venderlo todo, incluso paradójicamente instrumentos de trabajo y seguros de vida o planes funerarios de previsión. La llamada “felicidad” es aquí, según la esclarecedora expresión de Hernández Huerta, “un slogan que produce capital”.

Evidentemente, para que al final se produzca el capital, es preciso antes producir y consumir o destruir muchas otras cosas. Entre lo que se produce y se consume, tenemos el aburrimiento y las onerosas diversiones que lo remedian, así como la depresión y los antidepresivos que la curan. Entre lo que se destruye, entre lo que se está destruyendo ahora mismo, está el mundo, pero también la experiencia melancólica de tal destrucción del mundo. El capitalismo, en efecto, busca la manera de acabar con la melancolía que es en sí misma una denuncia, que pudo haber sido tal denuncia en lugar de su banalización depresiva y de su neutralización antidepresiva, pero que sigue siendo lo que es al perseverar a pesar de todo lo que se hace para disipar su verdad. Hernández Huerta ilustra esta perseverancia con el célebre caso de Alejandra Pizarnik y su afán terminal de “no querer ir / nada más / que hasta el fondo”.

Ir al fondo es dejar atrás nuestra vida y el mundo al que se aferra. Es quizás en el reverso de todo esto vital y mundano que se encuentra la clave del suicidio. Sin embargo, aquí en donde estamos, el capitalismo es derrotado por el único acto victorioso, el del suicidio que le arrebata nuestra vida y que le impide seguir explotándola como fuerza de trabajo y de consumo.

El melancólico se queda con su propia sangre y es así como triunfa sobre el vampiro del capital. Aquello que vive de matarnos, de absorber nuestra vida para convertirla en algo tan muerto como su riqueza, debe detenerse, frustrado, ante quien se mata por su propia mano. Suicidarse es robarle a eso que roba nuestras vidas.

Aun cuando no llegue a consumar el acto suicida, el melancólico ya triunfa sobre el sistema por el simple hecho de sentir un dolor tal que “elimina el rastro de la vida”. Esto hace decir a Hernández Huerta, hacia el final de su libro, que los melancólicos son “los ‘verdaderos’ suicidas”. Lo son al menos para quien sufre su falta de vida, quien los ama, pero también aquello que los explota, explotando su vida como fuerza de trabajo y de consumo. Es por esto que todo lo que son los melancólicos, toda su verdad, puede reducirse al fenómeno de la desvitalización y de su cura, de la depresión y de los antidepresivos. Esto es todo lo que interesa en el sujeto. Es lo que tiene un valor de uso y puede comprarse al precio de su valor de cambio. Es lo que puede convertirse en una mercancía como cualquier otra.

Marx, educación y universidad

MarxRivera

Intervención en la Mesa de Discusión “Los teóricos de la sospecha ante el discurso de la universidad”, con Carlos Alburquerque y Carlos Gómez Camarena, el lunes 25 de febrero de 2019 en el auditorio Dra. Silvia Macotela de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)

David Pavón-Cuéllar

Educación para la transformación

Hay quienes piensan que el mayor problema de nuestra sociedad es la falta de educación. Este problema estaría en el origen de todos los demás problemas. La violencia, la corrupción, la miseria y la desigualdad, por ejemplo, serían provocadas por una insuficiente educación. Bastaría educar al pueblo para volverlo más pacífico, más honesto, más próspero y más igualitario. Un pueblo educado tendría también más criterio y sería lógicamente más exigente con su gobierno, más democrático, menos conformista y menos manipulable.

Todo se resolvería con educación. Esto es al menos lo que muchos piensan desde hace muchos años. Entre quienes más lo han pensado, está el primer gran socialista utópico del siglo XIX, el empresario británico Robert Owen, quien intentó construir el socialismo a través de una estrategia educativa. Educar, para Owen, era el medio más efectivo para transformar la sociedad. El cambio social promovido por Owen, que no era una revolución en el sentido estricto del término, pasaba necesariamente por la educación.

Owen recibió un rápido y agudo cuestionamiento por parte de Karl Marx en la tercera de sus Tesis sobre Feuerbach. Lo que Marx le cuestionó al socialista inglés fue su extraña concepción del educador como agente de cambio social. ¿Cómo podría un profesor transformar la sociedad existente cuando se le encarga precisamente que la represente ante los estudiantes, que los familiarice con ella, que la justifique y racionalice, que los ajuste a sus normas, que los haga someterse a sus instituciones, que les enseñe a obedecer y respetar sus leyes y valores?

Educación como reproducción

Hay que entender bien que el docente no sólo es un transmisor de habilidades y conocimientos. Es también, en los términos del marxista francés Louis Althusser, un promotor de las “reglas del orden establecido”, es decir, de modo más preciso, un agente de “reproducción del sometimiento a la ideología dominante”. La función del educador es permitir que la cultura humana con sus habilidades y conocimientos, pero también cierta sociedad con su ideología dominante y con su orden establecido, se transfiera a las nuevas generaciones y se perpetúe a través de ellas. El educador, en efecto, desempeña la función conservadora de reproducir la sociedad existente y no la función revolucionaria de transformarla.

Si Owen piensa que los maestros pueden transformar la sociedad, es porque olvida que forman parte de ella y que la encarnan ante los estudiantes. Prefiere imaginar que los profesores están fuera de la sociedad, por delante de ella, más arriba que ella. Esto es algo que Marx le reprocha explícitamente a Owen: su ilusión de que los educadores están “por encima de la sociedad”. Bien sabemos que no es así, que los maestros, aunque nos guste considerarnos espíritus particularmente avanzados o elevados, no estamos por encima ni por delante de nadie, sino aquí atrás, aquí abajo, entre los demás, en donde se despliega la sociedad en la que nos tocó vivir. Es por eso que no estamos en condiciones de cambiar la sociedad, porque somos como ella, somos ella, la personificamos, la reproducimos por el simple hecho de ser lo que somos.

Como bien lo sugiere Marx en la misma tercera Tesis sobre Feuerbach, para que el educador pudiera transformar al educar, él mismo debería transformarse al educarse. Él mismo, “a su vez, necesita ser educado”. ¿Y quién podría educarlo de tal modo que lo convirtiera en agente de cambio cuando sabemos que todos los educadores disponibles, todos los que hay, están atrapados en lo que es y se reproduce a través de ellos?

Nos guste o no, todos perpetuamos de algún modo el capitalismo, el clasismo, el racismo, el colonialismo, el sexismo, el especismo y los demás ismos con los que designamos aquello ideológico de lo que no logramos desprendernos como educadores. ¿Cómo liberarnos de todo eso a nosotros para poder liberar después a los demás? ¿Cómo transformarnos para transformar la sociedad?

Revolución y educación

¿Cómo cambiarnos para cambiar el mundo? La respuesta de Marx es desconcertante. La única manera de cambiarnos para cambiar el mundo es paradójicamente cambiando el mundo. Esta respuesta es diametralmente opuesta a la de quienes imaginan que el cambio empieza por uno mismo. Para Marx, por el contrario, el cambio empieza por el mundo. Mientras no hayamos cambiado el mundo, el mundo será un impedimento infranqueable para que yo cambie tanto como tal vez quiera cambiar. Es por esto que debo unirme a nosotros y juntos cambiar el mundo que nos impide cambiar a cada uno de nosotros.

El cambio no empieza por uno mismo, sino por el mundo. En otras palabras, el cambio emana de la revolución y no de mi educación. Los educadores no pueden verdaderamente cambiar la sociedad al cambiarnos a cada uno de nosotros, como lo cree Owen, sin que antes la sociedad se haya transformado hasta el punto de reeducarlos para convertirlos en agentes de un verdadero cambio, como lo sugiere Marx. Esto es así porque la esfera educativa no está fuera de la sociedad, sino que forma parte de ella y sólo puede transformarla cuando ella misma se transforma.

Si es la sociedad la que siempre educa a los educadores, es la sociedad renovada, ya transformada por ella misma, la que debe reeducar a los mismos educadores en un sentido transformador. Es el mundo, en otras palabras, el que puede perpetuarse o mudar a través de la educación y de otros medios, pero la mudanza debe ser del mundo y no sólo de la educación. El cambio no puede ser tan sólo educativo, sino que debe ser un cambio social revolucionario. La modificación debe ser de la sociedad para poder ser también de la educación en la sociedad.

Educación para la dominación

Es poco lo que la educación puede hacer por sí sola. Reconocer esto es también una forma de ser materialista y no idealista. Mientras que el idealismo de Owen lo hace considerar únicamente su ideal educativo, el materialismo de Marx le permite remontarse a condiciones materiales tan determinantes para la educación como son el contexto cultural-histórico en el que se realiza, el régimen económico en el que reposa, la sociedad a la que sirve o pretende servir, la clase dominante en esta sociedad, sus intereses de clase, la ideología fundada en tales intereses y todo lo demás que hace que la escuela y la universidad sean lo que son.

Marx es consciente de que la educación responde a determinaciones culturales, históricas, económicas, sociales e ideológicas. Estas determinaciones atraviesan el espacio educativo y dejan poco margen de maniobra para quienes educan a las nuevas generaciones, ya sean familiares, canguros, maestros de escuela e incluso catedráticos de universidad. En todos los casos, los educadores no proceden tan libremente como parece a primera vista. Ni siquiera sería correcto decir que la educación que proveen sea tarea exclusiva de ellos o que estén solos con aquellos a quienes educan. Tampoco podríamos afirmar que hay una relación directa, inmediata, entre educadores y educandos.

Existe siempre lo que Marx y Engels describen en el Manifiesto Comunista como una “intromisión de la sociedad en la educación”. Esta intromisión resulta inevitable. Marx y Engels ni siquiera piensan que deba ser abolida en el comunismo. Lo que sí consideran que los comunistas deben suprimir es la “influencia de la clase dominante” en la educación. El problema de tal influencia es que tiende a subordinar el proceso educativo al propósito de dominación de la clase dominante en turno. Esto es algo que el marxista argentino Aníbal Ponce mostró de manera magistral en cada una de las etapas de la historia en las que se detuvo al escribir su famoso libro Educación y Lucha de Clases. El recorrido histórico de Ponce nos permite apreciar cómo la educación fue sucesivamente utilizada en Grecia para entrenar a valientes guerreros o a hombres prósperos y ociosos, en Roma para defender los intereses del Estado, en la Edad Media para fortalecer al clero y la nobleza o para permitir ascender a la naciente burguesía, en el Renacimiento para convertir a los hombres de negocios en diplomáticos hábiles y en el capitalismo industrial para formar económicamente a los capitalistas y para suministrarles ingenieros, técnicos y obreros bien capacitados.

Como vemos, en cada período histórico, de un modo u otro, la educación es convertida en un instrumento al servicio de la clase dominante. Es para dominar que se enseña lo que se enseña y que se enseña como se enseña. Los contenidos y las formas de la enseñanza obedecen así, al menos en cierto grado, a una lógica de poder, control y dominación. Esto es algo que puede comprobarse con facilidad en la educación universitaria de nuestra época. Recordemos, completemos y actualicemos algunos ejemplos esclarecedores que encontramos en la conferencia Marxismo, educación y universidad que el marxista colombiano Estanislao Zuleta dictó en 1975 y que resulta profundamente consonante con lo elaborado por Marx en torno a la cuestión.

¿Cómo enseñar para dominar?

En lo que se refiere a la forma en la que se educa, Zuleta detecta dos fenómenos interesantes a los que deseo referirme. El primero es la enseñanza de los resultados y no de los procesos que producen esos resultados. En otras palabras, en lugar de enseñar a pensar, proporcionamos un saber, el cual, por cierto, resulta indisociable de la dominación. El maestro, en efecto, sólo transmite una ración de saber, del saber siempre internamente imbricado con el poder, en lugar de instruir en algo tan subversivo para el poder como es nuestro pensamiento.

Inspirándonos en Lacan y en su lectura de Marx, podemos decir que el problema del pensamiento, su problema para el poder, es que proviene de quien lo piensa, del sujeto con su existencia y su experiencia, con su deseo y sus anhelos, con su verdad que le da un criterio y un parámetro para juzgar el saber y sus restos degradados, erosionados y desintegrados, como son los datos o las informaciones. Todos estos pedazos de saber, indispensables para el buen funcionamiento del sistema, pueden reflexionarse, cuestionarse y refutarse al pensarse. De ahí que no convenga estimular el pensamiento en la institución universitaria. Desde luego que la universidad enseña un poco a pensar, pero sólo un poco, lo justo necesario para que el profesionista cumpla su función al manipular el saber y así mantener el sistema en funcionamiento. El profesionista debe aprender a pensar únicamente lo suficiente, no demasiado, no tanto que resulte riesgoso para el sistema y para su dominación.

La otra forma en que la universidad le sirve a lo que domina o a quienes dominan, según Zuleta, es la sectorialización y la especialización, es decir, el aprendizaje de sólo un sector del saber y no de lo demás, de tal modo que las diferentes facultades universitarias se reparten el saber como si fuera un pastel homogéneo, fácilmente divisible en porciones iguales, y no lo que es, una estructura en la que las diferentes partes sólo tienen sentido por su relación con las demás. La Facultad de Economía se queda con los mecanismos económicos mientras que Sociología monopoliza los fenómenos sociales, Psicología los procesos mentales y Medicina las enfermedades físicas. Al hacernos perder la imagen de conjunto de la realidad, esta fragmentación del saber, como lo denunció Georg Lukács, nos vuelve incapaces de realizar una crítica de la sociedad en la que vivimos, pues nos impide ver, por ejemplo, que el proceso capitalista estudiado en la Facultad de Economía suscita la situación de incertidumbre social aprendida en Sociología que a su vez provoca formas de ansiedad enseñadas en Psicología y aumenta la incidencia de las enfermedades cardiacas revisadas en Medicina. Los estudiantes de cada carrera tienen sólo una pieza del rompecabezas, pero les faltan las demás. Esto les impide aclarar cómo se perpetran los crímenes cotidianos del capitalismo. Es así como la dominación capitalista recibe un servicio valiosísimo de la fragmentación universitaria del saber. Fragmentar es una estrategia infalible para borrar las pistas del sistema.

¿Qué enseñar para dominar?

Fragmentar el saber e inhibir el pensamiento son dos aspectos en los que la forma de educar sirve para dominar. Ahora bien, además de la forma de transmitir lo que se enseña, Zuleta se refiere también a lo enseñado, lo transmitido, el contenido educativo. En este caso, llama la atención que no se enseñe lo que uno podría considerar lo más importante de cada profesión. Resulta llamativo, por ejemplo, que los estudiantes de leyes y derecho no aprendan algo tan crucial como explicar y entender los actos de las personas. Esto es así porque el poder tan sólo requiere que aprendan las leyes y sepan aplicarlas al establecer los delitos, condenarlos, imputarlos a alguien, responsabilizarlo y castigarlo por cometerlos, o a lo sumo defenderlo y excusarlo por algunas circunstancias atenuantes, pero no entenderlo, no explicar sus actos, no ir a las causas últimas de tales actos, las cuales, como bien sabemos, suelen encontrarse en la sociedad.

Los futuros abogados, fiscales y jueces no vienen a la universidad para aprender a hacer justicia al descubrir al verdadero culpable, que es muy a menudo la sociedad capitalista, sino para aprender a ser injustos al descargar la culpa de la sociedad en cada sujeto. El condenado será el ladrón y no el capitalismo que lo ha convertido en ladrón, el capitalismo que lo ha sumido en la miseria o que ha encendido su ambición insaciable, el capitalismo que le ha enseñado a robar al despojarlo de todo, al explotarlo sin cesar, al empujarlo a explotar a los demás, al identificar el robo con el éxito en la vida.

Si los estudiantes de derecho aprendieran verdaderamente a impartir justicia, entonces quizás sus profesores debieran enseñarles a luchar contra el capitalismo y no a encubrirlo para culpar a sus víctimas. Lo cierto es que los estudiantes de derecho deben formarse en este encubrimiento, deben aprender así el arte de la injusticia, porque es lo que la dominación requiere de ellos. La dominación misma es una forma de injusticia y tan sólo puede reproducirse a través de especialistas en injusticia como lo son la mayoría de los participantes en el supuesto sistema de justicia

El derecho que se enseña en la universidad sirve para encubrir al capitalismo. Es exactamente lo mismo que ocurre con otras carreras, como la psicología o la medicina, con las que la dominación capitalista se encubre al distraernos con sus consecuencias, con sus efectos nocivos, con sus manifestaciones sintomáticas. Los futuros médicos, en efecto, deben aprender a tratar los síntomas, como el cáncer o la desnutrición y la gastroenteritis, y no las causas patógenas más profundas, como la mortífera lógica del capitalismo que sume a los sujetos en la miseria, en el hambre y la insalubridad, o que los envenena con sustancias cancerígenas altamente redituables.

¿Y qué decir de los estudiantes de psicología que se adiestran en el tratamiento de síntomas como nuestro stress, nuestra soledad, nuestra depresión o nuestra agresividad, en lugar de prepararse para curarnos de la sociedad capitalista que nos estresa, nos aísla, nos deprime y nos vuelve tan agresivos? Los futuros psicólogos también deberían aprender a luchar contra el capitalismo para aprender lo que dicen que aprenden mientras estudian. Igual quienes estudian medicina. Los estudiantes de las profesiones de salud física y mental deberían estar entrenándose para solucionar el mayor problema de salud que tiene la humanidad actual, el capitalismo del que provienen una gran parte de nuestras enfermedades, en lugar de aprender solamente a tratar las enfermedades, los síntomas del capitalismo.

Al especializarse en los síntomas, los futuros médicos y psicólogos están aprendiendo a encubrir el capitalismo, pero también a reducir las tensiones que podrían ponerlo en peligro. Los profesionales de la salud, en otras palabras, están instruyéndose en el mezquino arte de aliviar los efectos de tal modo que se mantenga lo que los causa. Es así también como la educación de futuros médicos y psicólogos, al igual que la de futuros abogados, está contribuyendo a perpetuar la devastadora dominación capitalista que no sólo desgarra la sociedad y pervierte o embrutece al individuo, sino que destruye el planeta, extingue a los seres vivos y pone en riesgo la subsistencia misma de la humanidad.

¿Qué hacer?

¿Cómo detener o al menos estorbar un poco al capital en el terreno educativo? ¿Cómo hacer para que la educación deje de ser tan útil como lo es para la dominación capitalista? Podemos deducir de lo planteado por Marx, especialmente de su revisión crítica de las iniciativas para educar a los obreros en El capital, que lo primero es intentar que el proceso educativo se desvincule y se distancie lo más posible de las clases que dominan y de aquello que domina a través de ellas.

La educación debe liberarse al menos en cierto grado, aunque sea mínimo, de la esfera de influencia de las empresas y de los empresarios, de los sectores económicos dominantes y de sus intereses, del capital y de los capitalistas, de los burgueses y de su ideología que lo impregna todo en la sociedad. Aunque se diga fácil, no lo es. Puede resultar imposible en una escuela o universidad privada que sólo existe para formar a los señores o lacayos de la clase dominante, pero puede ser también imposible en la institución pública de un Estado capitalista, como el neoliberal, totalmente subordinado a los intereses de la misma clase dominante.

Entendemos a Marx cuando se indigna en su Crítica del Programa de Gotha contra el Partido Obrero Alemán porque reivindica una “educación popular a cargo del Estado”. Marx piensa que el gobierno debe limitarse a suministrar los recursos logísticos, legales, económicos y humanos que se necesiten para sostener la educación pública, pero protesta con vehemencia contra la decisión de “nombrar al Estado educador del pueblo”. Esta decisión es una manera quizás indirecta, pero efectiva, de mantener la subordinación del proceso educativo a la dominación de la clase que se vale del Estado para dominar.

Para limitar la incidencia de la dominación en la educación, es preciso restringir también la influencia gubernamental en las instituciones educativas. Marx dice tajantemente: “lo que hay que hacer es sustraer la escuela a toda influencia por parte del gobierno”, y agrega: es “el Estado el que necesita recibir del pueblo una educación muy severa”. Lo que Marx plantea, de manera provocadora, es que la enseñanza debe ir del pueblo hacia el gobierno y no del gobierno hacia el pueblo, es decir, de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo, ya que el Estado no tiene absolutamente nada que enseñar, no está en condiciones de educar al pueblo, sino que más bien debe ser educado por el pueblo.

Educación como práctica social y popular

Así como para el joven Marx los educadores de Owen debían ser educados por la sociedad, así también, para el viejo Marx, el gobierno debe ser educado por el pueblo. Es así, como práctica social y popular, como la educación puede cobrar sentido para Marx. Lo que él quiere es la revolución de un pueblo educándose a sí mismo y de paso educando al gobierno hasta el punto de hacerle comprender que lo mejor que puede hacer es desaparecer y dejar de interponerse en la relación del pueblo consigo mismo. Esto presupone la existencia de una sociedad revolucionaria transformándose a sí misma y educando a sus educadores en la dirección revolucionaria que ella misma decide. No hay aquí más educación que la impartida por la misma sociedad y por el mismo pueblo. Es el pueblo el que educa y se educa. La gran educadora es la misma sociedad.

¿Cuál podría ser, entonces, la suerte de nosotros los maestros de profesión? ¿Acaso los profesores perderemos nuestro empleo en la visión de Marx? No exactamente. Desde luego que podemos continuar ejerciendo la docencia, pero siempre y cuando nos reconozcamos como el pueblo que somos, como el pueblo que se basta para educarse a sí mismo y en el que nos confundimos con los estudiantes y con todos los demás.

De lo que se trata, en otras palabras, es de resignarse a que nuestra escuela y nuestra universidad no están fuera de la sociedad, sino adentro, por la simple razón de que no hay ningún afuera, ningún puesto asocial externo de observación objetiva, ningún exterior científico para observar el interior ideológico, ningún metalenguaje que pueda ser hablado, como bien decía Lacan. Sólo hay eso que fue tan bien descrito por Lukács: eso que no deja de hablar cada vez de manera diferente a través de cada uno de nosotros. Únicamente hay eso que podemos concebir como una sociedad expresándose de manera diferente por la boca de cada uno, permitiéndole así enseñarnos algo único a todos los demás.

Todos tenemos demasiado que aprender y algo absolutamente diferente que enseñar. Al ser absoluta, la diferencia no puede reducirse a una desigualdad entre más y menos que enseñar, entre más y menos derecho a enseñar, entre docentes y estudiantes, entre sabios e ignorantes, entre expertos y aprendices, entre doctos e indoctos, entre doctores y maestros, entre maestros y licenciados, entre maestros de escuela y masas populares, entre vanguardias intelectuales y retaguardias obreras. Todos estos binarismos, como bien lo denunció Rosa Luxemburgo en su momento, existen solamente para que no aprendamos todo lo que todos podemos enseñarnos. Es para no saber que supuestamente sabemos lo que nos corresponde según el nivel en el que nos encontramos.

Los niveles del supuesto saber son capas impermeables que tan sólo sirven para impedir que se difunda el saber. Independientemente de esta función de censura, tales niveles no tienen razón de ser. No tiene sentido situarnos unos encima de otros en una jerarquía porque somos incomparables, irreductiblemente singulares, absolutamente diferentes. Esto nos hace iguales, iguales en nuestra diferencia, y nos impide ser desiguales, reduciendo a ficción todo lo que aparentemente nos vuelve superiores, como los títulos universitarios, las distinciones que recibimos del gobierno en la educación pública y los demás pedestales curriculares, es decir, los halagadores precios a los que se nos compra día tras día, esos objetos en los que radica nuestro goce de maestros, nuestra posición de poder y de supuesto saber.

Para ser educadores en el hondo sentido que Marx le confiere a esta palabra, es preciso que nos pongamos en el humilde lugar que nos corresponde y que renunciemos a la posición fantasmática por la que imaginamos volar por encima de la sociedad. Es necesario que pongamos los pies en la tierra, observando la severa lección que recibimos del propio Marx en su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, y que aceptemos que estamos en la sociedad y que es ella misma la que nos hace imaginar que flotamos por encima de ella. Debemos reconocer que es ella, la sociedad que se obstina en perseverar en su propio ser, la que nos ha maleducado, la que nos ha enseñado nuestra engreída estupidez burguesa, pero que es también ella, tan sólo ella en lo que tiene de contradictoria y de potencialmente revolucionaria, la que puede reeducarnos, transformarnos, liberarnos.

Educación, verdad y libertad

¿Pero cómo diablos puede liberarnos la sociedad a través de nuestra educación? ¿Qué podemos recibir del proceso educativo social que se traduzca en libertad para nosotros? ¿Qué sería capaz de hacernos libres? La respuesta de Marx, como bien lo notó alguna vez Erich Fromm, es la misma de Freud, la misma que encontramos en el Evangelio. Ya la conocen: es la verdad la que nos hará libres.

Tan sólo podemos liberarnos cuando la sociedad nos revela de algún modo nuestra verdad. Esta verdad, que se refiere a nosotros y que no debe confundirse con el saber, es lo que aprendemos de la sociedad cuando somos educados por ella en un sentido liberador como aquel por el que se guía una pedagogía tan hondamente inspirada por Marx como la de Paulo Freire. El pedagogo brasileño entiende muy bien que es por la verdad que la educación, como lo apunta un fabricante vidriero citado por Marx en El Capital, puede ser “peligrosa” al volver “independiente” al obrero que se educa. El proletario no puede pensar en liberarse mientras no haya pensado en la verdad indignante de su proletarización. Este pensamiento es la conciencia de clase de cada obrero. Es la forma en que él y sólo él resiente su condición de clase. Es una conciencia de ser nosotros que por ser de él resulta liberadora para él, para él como uno de nosotros y así también siempre de algún modo para nosotros, aunque nunca de ningún modo para todos, ni siquiera para todos nosotros, lo que Marx tenía claro muchos años antes de Freud.

Nuestra libertad, sea lo que sea, tan sólo puede provenir de la verdad propia de la existencia y de la experiencia única de cada uno de nosotros. Me refiero aquí a la verdad irreductiblemente singular del ser nosotros de cada uno de nosotros, la verdad insoportable de la inserción de cada uno en aquello que denominamos “pueblo” y “sociedad”, la verdad económico-política de lo que Freud se representa como el malestar en la cultura, la verdad del sufrimiento del saber, de la opresión y la represión, de la enajenación y de la explotación de cada vida como fuerza de trabajo del sistema. Esta verdad, que se descubre lo mismo en la histérica de Freud que en el proletario de Marx, es una diferente para cada uno, en cada momento histórico y en cada punto de la sociedad, y es por eso que tan sólo puede conquistarse a través del pensamiento de cada uno, de cada sujeto, de cada clase en cada coyuntura en la historia, de cada comunidad y de cada cultura o subcultura, y no a través del saber que resulta del pensamiento de otros y que pretende ser válido para todos.

La simple transmisión de saberes pretendidamente universales, como en la educación bancaria denunciada por Freire, no sirve sino para desviarnos de nuestra libertad al distraernos de nuestra verdad y de su particularidad. Si queremos aprender a reconcentrarnos en esta verdad liberadora, tenemos que enseñarnos a pensar, a situarnos por nosotros mismos en el nivel de la universalidad, a conocer las heridas por las que nos vinculamos con los saberes ya elaborados.

En cuanto a nosotros los docentes, no debemos continuar dedicándonos a entregar cúmulos de saberes ya elaborados, por más verdaderos que sean. Mucho menos tenemos que seguir limitándonos a suministrar paquetes de supuestos saberes tan engañosos como los datos y las informaciones que inundan cada vez más los ámbitos escolares y universitarios y que tan sólo sirven para ahogar la verdad en donde sea que se encuentre. Mejor será que guardemos un poco de silencio para escuchar la verdad que resuena en cada estudiante al contacto del saber.

¿Es El capital de Marx un libro de psicología?

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Presentación del libro Marx y la psicología social del sentido común de Jorge Veraza en la Feria Internacional del Libro de Minería, el domingo 24 de febrero de 2019, en la Sala Filomeno Mata del Palacio de Minería de la Ciudad de México

David Pavón Cuéllar

Antes me gustaba provocar a mis estudiantes, futuros psicólogos, al decirles que el mejor texto de psicología que yo conocía era El capital de Marx. Fue una frase que repetí varias veces, pero que luego, de pronto, desapareció de mi repertorio. Creo que ya no me atrevería hoy a proferir algo semejante.

Aún pienso de algún modo lo que decía, pero lo pienso de manera diferente. Si El capital sigue siendo para mí el mejor libro de lo que hoy se conoce como “psicología”, es paradójicamente porque no es un libro de psicología. Esto no excluye, desde luego, que El capital contenga valiosos conceptos y hallazgos de alcance psicológico tales como los fetichismos y las transfiguraciones que Jorge Veraza examina en su libro Marx y la psicología social del sentido común.

Veraza nos muestra de manera convincente, según sus propios términos, que la crítica de Marx al capitalismo se realiza en “términos psicológicos” e involucra “elementos psicosociales” y no sólo económicos.1 Marx no escribe sólo una obra de economía porque sabe muy bien que el capital no sólo es algo económico, no sólo es una cuestión de riqueza y dinero, no sólo es un modo particular de producción caracterizado por la economía de mercado, el trabajo asalariado, la propiedad privada de los medios productivos y la valorización del capital a través de la extracción del plusvalor en la explotación de la fuerza de trabajo de los proletarios desprovistos de medios productivos. Además de ser todo esto, el capitalismo debe ser otras cosas más que ya no son estrictamente económicas y que pueden tener un carácter psicosocial o psicológico.

El capital opera con la vida misma de los seres humanos, con sus comportamientos, pensamientos y sentimientos, y no sólo con propiedad privada, mercancías y dinero. La economía capitalista no puede bastarse a sí misma para ser lo que es. No hay capital constante sin capital variable, ni valorización del capital sin explotación del trabajo, ni trabajo sin fuerza de trabajo, ni valor de cambio sin valor de uso, ni productos sin consumidores, ni modificación y producción de objetos sin “formación” y “transformación” de los sujetos.2

El capital no es nada sin nosotros. No puede prescindir totalmente ni de quienes lo personifican, dándole conciencia y voluntad, ni mucho menos de quienes lo producen al trabajar o lo realizan al consumir. Todos ellos, con sus respectivas existencias, hacen que el capital sea lo que es.

Para vivir, el vampiro necesita de la sangre de sus víctimas, pero esta sangre no es tan sólo fuerza de trabajo, sino todo lo demás de lo que se compone la vida humana: la existencia misma, la experiencia, el esfuerzo, la motivación, las emociones, los deseos, los gustos, las necesidades, las inclinaciones, las fantasías, las ideas, los ideales o las esperanzas. Todo esto debe nutrir el proceso del capital. Para funcionar, el capitalismo requiere de las personas y no sólo de las cosas designadas por las categorías económicas. El reconocimiento de algo tan evidente como esto, de hecho, forma parte de la crítica dirigida por Marx contra los economistas ingleses.

Como bien lo comprendió Marx, el sistema capitalista no puede consistir exclusivamente en sus operaciones objetivas, sino que necesita de ciertas actitudes o disposiciones subjetivas en las que se apoya o sustenta. Las necesita y las genera para proveerse de ellas. El capitalismo, según los términos del propio Marx, produce a sujetos para los objetos y no solamente objetos para los sujetos. En otras palabras, el sistema capitalista no puede limitarse a fabricar productos consumibles, sino que debe crear también a quienes los producen y los consumen. Y además de crearlos, debe dominarlos en todos los ámbitos de su vida, no sólo en la esfera de la producción y del trabajo, sino también en las de consumo y circulación.

Cabe afirmar, pues, en los términos de Veraza, que el capital ejerce un “dominio simbólico-práctico social” y no sólo una dominación “práctico material”.3 Puede también sostenerse, empleando la terminología del mismo autor, que además de consistir en relaciones de producción, el capitalismo comporta “relaciones de encubrimiento y trastocamiento de la conciencia” con las que se posibilita la explotación y el dominio del capital.4 Estas relaciones, tal como son concebidas por Veraza, constituyen el sentido común de una sociedad capitalista y adoptan al menos dos formas diferentes, la fetichización y la transfiguración, que encontramos respectivamente en el primer y en el tercer tomo de El capital de Marx.

Por un lado, en la fetichización, pareciera que ciertas cosas, como las mercancías, el dinero y el capital, actúan como personas, deciden en lugar de ellas, dominan sus vidas y establecen relaciones que remplazan las relaciones interpersonales, de tal modo que nuestra sociedad se presenta como una sociedad compuesta de cosas, protagonizada por las cosas, gobernada por las cosas. Tenemos así “una personificación de las relaciones cósicas” y una simultánea “cosificación de las relaciones sociales”, y más allá, en el aporte propio de Veraza, una “erotización de las cosas” correlativa de una “famelización de las personas” con la que se enciende el “hambre de gentes”.5 Por otro lado, en la transfiguración, el plusvalor que se extrae del trabajo explotado se transfigura y aparece bajo aspectos engañosos como los de salarios de empleados, rentas de propietarios o ganancias de empresarios o especuladores, de tal modo que toda la sociedad imagina estar produciendo con sus cosas, con sus herramientas o tierras o inversiones, lo que en realidad producen los trabajadores con su fuerza de trabajo. Esta ilusión proviene de lo que Veraza describe como una “visión emanacionista” en donde la riqueza parece “brotar de las cosas”.6

La idea central del libro de Veraza es que los dos procesos de fetichización y transfiguración configuran el sentido común de nuestra sociedad, el cual, por lo tanto, según los propios términos del autor, está “históricamente determinado”.7 Se trata de un sentido común “mercantil capitalista” que resulta “adecuado a la acumulación del capital”8. Su estructura es la “estructura de la mercancía y se caracteriza por “su cuantitativismo y su formalismo”, por “su mirada cosificada y atomizada”, por “su utilitarismo y su racionalismo”.9

Todos los rasgos característicos del sentido común en tiempos capitalistas hacen que pensemos y procedamos de modo compatible con el capitalismo. El sentido común permite así, como lo dice Veraza, “el sometimiento real de la psique humana al capital”.10 Crea una “mente humana mercantificada” y perfectamente adecuada para el funcionamiento del sistema capitalista y específicamente para la “explotación del plusvalor”.11 Hace que nuestro psiquismo pueda convertirse en un momento del proceso capitalista. Lo vuelve algo subsumible al capital. He aquí la función principal del sentido común mercantil capitalista: posibilitar la subsunción del psiquismo en el capital, una subsunción real y no sólo formal, es decir, una subsunción en la que se modifica internamente lo mismo que se incorpora y subordina al capitalismo.

Veraza distingue claramente su concepto de sentido común y las ideologías de clase tan estudiadas en la tradición marxista. Mientras que estas ideologías pertenecen a una clase u otra, el sentido común se asocia con el campo social en su totalidad. Es el “conjunto de encubrimientos” que deben realizarse “para todas las clases sociales” a fin de que el sistema capitalista “funcione adecuadamente”.12

Podemos decir, pues, que el sentido común es regido por las funciones del sistema que son las mismas para todos, mientras que los diferentes intereses de clase fundamentan y orientan las distintas posiciones ideológicas. Ahora bien, si las clases pueden comunicar y entenderse cuando se encuentran en un mismo contexto social, es también porque tienen un mismo sentido común en el que vemos confluir sus respectivas ideologías. Este sentido común es como el marco de referencia en el que se ubican las orientaciones ideológicas enfrentadas entre sí. Es, como dice Veraza, “la ideología de las distintas ideologías” o “la ideología de la sociedad civil donde todo mundo coincide”.13

Aunque pueda verse como una ideología de ideologías, el sentido común opera de manera diferente que las ideologías. No es exactamente ideológico, sino psíquico y psicosocial. Está compuesto de operaciones como encubrimientos, fetichizaciones y transfiguraciones. Estas operaciones exigen una psicología social del sentido común como la propuesta por Veraza, pues no pueden abordarse tan sólo a través de una teoría de las ideologías que se limita a criticar las racionalizaciones discursivas de intereses con sus “trucos lógicos” y con sus “verdades parciales” y “mentiras parciales”.14

La “piedra clave” del sentido común, para Veraza, es “el fetichismo del capital a interés”.15 Tenemos aquí la ilusión fundamental de la finanza, de la banca y de la bolsa, de los intereses o beneficios por acciones o por otras inversiones: esa extraña ilusión por la que el dinero parece bastarse para engendrar más dinero, como si pudiera incrementarse a sí mismo sin que se le agregara subrepticiamente cierta cantidad de plusvalor proveniente del trabajo explotado. Esta ilusión fetichista es aquella por la cual, según Veraza, Lenin y otros perderían de vista el “brutal dominio del capital industrial”, del capital basado en la explotación del trabajador, al suponer que el capital financiero dominaba en el imperialismo entendido como fase superior del capitalismo imperante desde principios del siglo XX.16 Llegamos aquí al punto exacto en el que la teoría crítica psicosocial de Veraza converge con su reflexión económica sobre el capitalismo.

Al pensar en la economía capitalista, Veraza mantiene la convicción, lo cito, de que “el capital industrial domina sobre la realidad económica toda y la sociedad burguesa entera”.17 Esto no impide que el mismo Veraza piense que “el fetichismo del capital a interés domina sobre la conciencia cotidiana de todos los individuos que integran la sociedad”.18 El dominio del capital financiero en el sentido común es perfectamente correlativo de la dominación del capital industrial en el sistema capitalista. La fetichización contribuye a la explotación. El fenómeno económico se ve disimulado y así protegido y favorecido por el fenómeno psicosocial. Ambos resultan indisociables entre sí.

La psicología social del sentido común le sirve a Veraza para explicar el error que atribuye a la teoría económica del dominio de la finanza en el imperialismo. La idea misma de un capitalismo financiero no sería verdaderamente una realidad económica, sino más bien una realidad psíquica. La psicología es aquí necesaria, como en Attila József, Wilhelm Reich y Max Horkheimer, para entender por qué las ideas no se corresponden fielmente con los hechos, es decir, por qué el psiquismo no refleja la realidad.

Como lo muestra Veraza, la determinación de lo psicosocial por lo económico es más compleja que un simple reflejo del exterior en el interior como el que describe Lenin en Materialismo y empiriocriticismo. Si la realidad económica tan sólo se reflejara en el pensamiento sobre ella, entonces lo económico y lo psíquico serían prácticamente lo mismo y no habría necesidad alguna de los psicólogos además de los economistas. La psicología es necesaria y la misma economía necesita de la psicología porque la determinación económica tan sólo puede ser efectiva cuando se transforma en algo totalmente diferente de ella para encubrirse a sí misma, cuando se distorsiona además de reflejarse, cuando se deforma o se invierte, cuando se vuelve psíquica o ideológica. Esto es algo que Engels entendió muy bien, que desarrolló magistralmente en Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana19 y que hace que su teoría del reflejo discrepe de la de Lenin exactamente en la misma forma y en el mismo sentido en que la psicología de Vygotsky difiere de la de Leontiev.20

Sabemos que Vygotsky se basó en Engels al criticar a los primeros psicólogos marxistas soviéticos por el modo forzado en el que desplazaban los conceptos de Marx al terreno de la psicología. Para Vygotsky, antes de cualquier incursión marxista en el campo psicológico, era necesario que la psicología “creara su propio El Capital”.21 Es decir, los psicólogos necesitaban una crítica general de la psicología tan elaborada como El capital de Marx, pues la crítica general de Marx a la economía política no era suficiente ni adecuada para el terreno psicológico. Sin embargo, cuando uno lee El Capital y luego lee el libro de Veraza y después vuelve a leer ciertos pasajes de El Capital, uno se pregunta si El Capital de Marx, la crítica de la economía política, no es ya El Capital de la psicología que Vygotsky anda buscando. Es lo que yo creo desde hace ya varios años, y aunque Veraza tal vez no esté de acuerdo conmigo, yo sigo creyéndolo. Es por esta creencia que de algún modo continúo pensando que El Capital es el mejor texto de psicología que yo haya conocido. E insisto: lo es precisamente por no ser un texto de psicología, ya que tan sólo al exterior de la psicología, en el capitalismo, puede aclararse lo que está en juego en lo que hoy se conoce como “psicología”.

Referencias

1 Jorge Veraza Urtuzuástegui, Marx y la psicología del sentido común (contribución a una teoría marxista del sentido común), Ciudad de México, Ítaca, 2018, p. 20.
2 Ibíd., p. 125.
3 Ibíd., p. 81.
4 Ibíd., pp. 49, 85.
5 Ibíd., pp. 130-132.
6 Ibíd., p. 123.
7 Ibíd., p., 65.
8 Ibíd., p. 85.
9 Ibíd., p. 77.
10 Ibíd., pp. 119-120.
11 Ibíd., p. 122.
12 Ibíd., p. 23.
13 Ibíd., p. 22.
14 Ibíd., pp. 50-51.
15 Ibíd., pp. 64-65.
16 Ibíd., p. 64.
17 Ibíd., p. 65.
18 Ibíd.
19 Friedrich Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1888), en Obras filosóficas Ciudad de México, FCE, 1986, pp. 535-575.
20 David Pavón Cuéllar, Marxism and psychoanalysis, in or against psychology? Londres, Routledge, 2017, pp. 68-71, 96-100.
21 Vygotsky, El significado histórico de la crisis en psicología, en Obras escogidas, Madrid, Visor, 1991, p. 388.

Pink, su muro y nosotros

Ladrillo

Conferencia del 8 de febrero de 2019 en el marco del Coloquio Interdisciplinario “A 40 años de la publicación del álbum The Wall de Pink Floyd”, en el Instituto Marista de Querétaro

David Pavón-Cuéllar

Pink es cada uno de nosotros

Empecemos por lo más obvio. Pink es cada uno de nosotros. Cada uno está encerrado en sí mismo, aislado, rodeado por un muro que lo separa del mundo y de los demás.

Necesitamos del muro para ocultarnos detrás de él, para estar a salvo, para no ser vulnerables, para conservar la dignidad, para no mostrar nuestra debilidad. Parecemos fuertes gracias al muro. Nos envolvemos con su fuerza y con su dureza como con un manto protector. Es como una armadura que nos protege de sarcasmos, burlas, humillaciones, agresiones, acosos, regaños, amenazas, castigos, rechazos, desprecios, incomprensiones, manipulaciones, engaños, chantajes y tantas otras inclemencias del exterior.

El mundo es hostil. Nos ataca. Nos oprime. Nos lastima. Nos golpea, hiere y mutila. Intenta destruir nuestra singularidad, borrarnos el rostro, callarnos, aplanarnos, limarnos, desvanecernos, triturarnos, molernos, hacer carne molida con lo que somos. Es por todo esto que debemos escaparnos al interior de nosotros mismos y simultáneamente salvaguardar ese interior al hacer callo, al endurecernos, al construirnos un muro. Nos lo vamos construyendo a medida que nos fortalecemos y nos templamos en la resistencia constante contra los embates del exterior, pero también a medida que vamos desengañándonos, decepcionándonos de los demás, desilusionándonos de nuestros ideales, perdiendo nuestra inocencia, volviéndonos fríos e insensibles.

Aprendemos poco a poco a sentir y dar cada vez menos, a desconfiar y calcular cada vez más, a maniobrar y mentir cada vez mejor. Este aprendizaje ha sido magistralmente narrado por los más grandes novelistas franceses del siglo XIX, por Stendhal en El rojo y el negro, por Balzac en Las ilusiones perdidas y especialmente por Flaubert en La educación sentimental. Construyéndose intrincados muros de silencios y mentiras, sus protagonistas respectivos, Julien Sorel, Lucien de Rubempré y Frédéric Moreau, son otras versiones del mismo personaje de Pink. Y no son las únicas. Al deambular por los inabarcables territorios literarios occidentales de los últimos dos o tres siglos, nos encontramos con más versiones de Pink, muchas más, cada una de ellas con sus propios rasgos distintivos y con sus destinos únicos e inigualables.

En todos los casos, cada vez de modo absolutamente diferente, asistimos a la misma construcción del muro. Los constructores, por más que se distingan de nosotros y por más lejos que estén en el tiempo, corresponden siempre de algún modo a cada uno de nosotros. Nos reconocemos en ellos. Nos conocemos a través de ellos. Nos vemos construir nuestro propio muro aquí y ahora cuando ellos construyen el suyo allá en sus lugares y en sus tiempos, allá en la Francia del siglo XIX, allá en la Gran Bretaña del siglo XX.

En Occidente, desde hace ya un buen tiempo, todos nos hemos convertido, como Pink, en constructores de muros que nos protegen. Los construimos y luego les agregamos un techo y habitamos en su interior. Nos recluimos en lo que nos construimos.

Las paredes remplazan el horizonte. Al no ver a lo lejos, nos vamos quedando miopes. Nuestra inteligencia también se acorta. Nos desacostumbramos de la intensa luz que hay en el exterior. Terminamos deslumbrados por cualquier destello artificial como los de televisores y computadoras. Desde luego que nos aburrimos en este espacio tan estrecho. Tal vez incluso tengamos ataques de soledad claustrofóbica, pero lo importante es que estamos bien seguros, bien protegidos, bien fortificados contra los demás. Parecemos fortificaciones defendiéndose unas de otras.

Cada uno de nosotros encarna la misma individualidad amurallada. Somos individuos atrincherados tras el muro que nos hemos construido. Somos eso que se personifica de manera tan clara en Pink y por lo que Pink Floyd nos dice tanto acerca de lo que somos.

Al igual que Pink, somos eso que se dota de un muro para defenderse de todo lo que hay alrededor. Somos eso agazapado tras el muro construido con el auxilio de madres, hermanos, maestros, amigos, parejas. Somos eso a lo que todos han ayudado a edificar su muro, a encerrarse y aislarse, a separarse de ellos y de los demás, a estar solo. Somos eso que puede terminar completamente solo al dejar de relacionarse de verdad con los demás, al interponer el muro entre ellos y él, o peor, como Pink, al hacerlos formar parte de su muro, al convertirlos en ladrillos, al usarlos para no vincularse en lugar de vincularse con ellos.

Pink nos muestra lo que somos y lo que es nuestra sociedad. Nuestros familiares y amigos más íntimos no son más que ladrillos del muro con el que nos protegemos del mundo. Los demás, los menos íntimos, están detrás de nuestro muro, pero también detrás de sus propios muros.

Aparentemente somos tan amenazantes para los demás como ellos lo son para nosotros. Así como construimos nuestros muros para protegernos de ellos, así ellos construyen los sujetos para protegerse de nosotros. Los muros de unos y otros van superponiéndose. Varias capas de muros están siempre entre nosotros.

Un asunto de muros

Nuestra sociedad está compuesta de muros y no sólo de personas. Si esta imagen nos parece extraña y asombrosa, quizás tan sólo sea porque no hemos examinado con atención lo que nos rodea.

Pensemos en las calles por las que nos desplazamos cotidianamente. ¿Qué vemos todo el tiempo en ellas? Los muros de las casas de las demás personas, es decir, en definitiva, los muros de las demás personas, los muros que las protegen de los demás, incluyéndonos a nosotros. Hay toda clase de muros, altos y bajos, de cantera o de tabique, de lámina o de vidrio, pintados o despintados, recubiertos de yedra o de grafitis, rematados por alambres electrificados o con púas.

Es verdad que hay muros que sirven solamente para cargar techos o resguardarse del viento y de la lluvia. No estoy refiriéndome a ésos, desde luego, sino a todos los demás, los incontables muros que sirven para distanciarse y protegerse de los demás. Dicho propósito es el principal o incluso el único de millones y millones de paredes que cierran el horizonte. Es el único propósito evidente, sincero y obsceno, de aquellos endebles y ridículos muros, las bardas y las alambradas, que no pueden cobijar a nadie ni sostener ningún techo. Su único propósito es el de apartarnos y defendernos a unos de otros. Es también el propósito de variantes complementarias de los muros como las rejas, las chapas, los candados, las claves de seguridad, las alarmas, las contraseñas y tantos otros dispositivos protectores y separadores que operan lo mismo en los espacios reales que en los virtuales.

Tanto adelante como atrás de la pantalla de la computadora, el mundo está repartido, recortado, fragmentado entre millones de espacios encapsulados entre muros. Incluso la llamada “vía pública” está siempre cercada por los muros, encerrada en ellos, como si fuera más privada que pública. Luego, creyendo liberarnos, podemos entrar a nuestras casas, pero seguiremos encontrándonos atrapados entre paredes, entre los muros de nuestros familiares, los de las habitaciones de nuestros padres, hermanos, hijos. Y además de estos muros de adentro y los de afuera y todos los demás que vemos alrededor, están desde luego los más importantes, aquellos a los que se refiere Pink, los que no vemos, los que sentimos o presentimos, aquellos con los que no dejamos de tropezar al acercarnos al otro, al intentar descubrir su verdad, al tratar de revelarle nuestra verdad, al querer ser escuchados, al ofrecer lo que somos, al esperar comprensión, al buscar una mirada, al vincularnos con los otros.

Prácticamente no hay vínculo humano en el que no se interponga, tarde o temprano, el muro de Pink. El muro está siempre ahí, entre los individuos, rodeándolos, aislándolos y ocultándolos a unos de otros. Es así en la sociedad en la que vivimos, la cual, por lo tanto, puede ser descrita como una “sociedad individualista”. Se trata de una sociedad sin consistencia propia, consistente sólo en individuos con intereses individuales, pero también en muros que mantienen a los individuos bien separados unos de otros, bien centrados y concentrados en sí mismos y en sus intereses, bien encerrados en su individualidad, bien individualizados.

El individuo no puede abrirse al otro porque siempre hay muros que se lo impiden. Los muros limitan su generosidad, lo hacen olvidar a los demás, cortan sus vínculos con ellos, lo hacen replegarse en sí mismo y en sus propios intereses, lo vuelven egoísta, cada vez más egoísta. Los muros hunden y ahogan al individuo en su propia individualidad.

El individualismo es un asunto de muros. ¿Pero acaso la misma individualidad no es también un asunto de muros? El espacio que ocupa el individuo es el contenido en sus muros. Éstos delimitan y definen lo que uno es y no es. Lo distinguen de lo demás. Son lo más distintivo de él, sí, de él, porque forman parte de él. No son otra cosa diferente de él. No sólo han sido construidos por él, sino que son él, constituyen su piel, su caparazón, y al mismo tiempo, como hemos visto y como también lo sabe Pink, están compuestos de los demás, de nuestros amigos y familiares, de los que son ladrillos del muro porque no están detrás del muro.

Aunque separe al individuo y a los demás, el muro está hecho del propio individuo y de los demás, de sus familiares y amigos íntimos, de las personas más próximas a él, de aquellas tan próximas que terminan siendo ladrillos de su propio muro. Estas personas, al formar parte del muro que forma parte del individuo, resultan inseparables del individuo, son él, están indisociablemente ligadas con su propio ser. Por lo tanto, por más que el individuo consiga separarse de los demás con su muro, no dejará de mezclarse también con ellos en el mismo muro que él y ellos constituyen, el muro en el que se funden y se confunden entre sí.

El muro no sólo nos aleja de los otros, sino que es un punto de contacto con ellos. Es lugar de encuentro y no sólo de desencuentro. Esto es algo que no debe olvidarse. Tampoco debe olvidarse lo que hay en el interior del muro que el individuo construye. ¿Qué hay? El individuo, sí, pero ¿qué diablos es el individuo?

Soy nosotros

¿Qué somos cada uno de nosotros? ¿Qué es, por ejemplo, eso que soy yo? Si alguien de ustedes me lo preguntara, yo me presentaría y le diría cordialmente que soy un ser vivo, humano, latinoamericano, mexicano, defeño, varón, psicólogo, filósofo, marxista, comunista, freudiano, lacaniano, etc. Y si la persona que me preguntara quién soy me inspirara más confianza que todos ustedes juntos, quizás le abriera mi corazón y le diría lo que aquí no diré, que soy homosexual o heterosexual o asexual, que soy depresivo u obsesivo, que soy drogodependiente o alcohólico, etc.

En todos los casos, sea lo que sea que yo sea, lo soy con otros y no solo. Soy mexicano con los demás mexicanos. Por más alto que sea el muro con el que intente apartarme de mis compatriotas, están conmigo, no estoy solo, sino que formo parte de aquello multitudinario que somos los mexicanos, constituyo algo colectivo con ellos, comparto mucho con ellos, ningún muro puede separarme de lo que somos al tener una patria en común. Lo mexicanos que somos lo somos juntos. Es por esto que me siento ridículo cuando nos descubro despreciando ridículamente a los centroamericanos, o me siento humillado cuando nos veo humillar a los indígenas que también somos nosotros. Puedo tener sentimientos como éstos porque hay algo que siente con los otros mexicanos, algo que es con ellos, algo que somos al sentirnos.

De igual manera, soy latinoamericano con los demás latinoamericanos, estoy con ellos y es por esto que puedo preocuparme por el ascenso del neofascismo en Brasil o puedo sentirme ultrajado por la injerencia neocolonial de los Estados Unidos y de los países europeos en los asuntos internos venezolanos. Si me afecta lo que le ocurre a Venezuela o a Brasil, es porque no hay un muro que me separe de mis hermanos latinoamericanos, porque de algún modo pertenezco a lo que denominamos “Latinoamérica” y a lo que también pertenecen los brasileños y los venezolanos. Aquello a lo que pertenecemos lo somos juntos y no solos, en compañía y no en soledad, colectivamente y no individualmente.

Es así también como soy varón. Lo soy de modo colectivo. Lo soy por compartir el mismo género con los demás varones, por ser varón como ellos y con ellos, por coincidir en la misma posición, por concebirnos juntos como lo mismo varonil que somos. Somos varones y me permito confesarles que me avergüenzo cada vez más de lo que somos como varones, de nuestra debilidad comparada con la fuerza de las mujeres, de nuestros abusos y privilegios, de nuestra violencia contra nuestras compañeras, de las violaciones y feminicidios en México y en el mundo. Esta vergüenza que siento por mi condición masculina basta para evidenciar que no estoy solo como varón, sino que estoy con los varones, formo parte de ellos y es por eso que me avergüenza lo que ellos son, lo que nosotros somos. ¡Cuánto me gustaría construir un muro entre los demás varones y yo! Pero desgraciadamente no es posible.

Tampoco puedo levantar un muro que me separe de los demás humanos porque soy humano, y, como decía Terencio, “nada de lo que es humano me es ajeno”. Es también por eso que puedo sufrir por lo que se les hace a las mujeres. Lo sufro porque soy también ellas, porque lo soy al menos como humano, y porque lo que se les hace a ellas se nos hace a todos como la humanidad que somos. Cuando una mujer sufre, nuestra humanidad también sufre y uno debería sufrir con ella como cuando un palestino es injustamente despojado, como cuando un sirio es asesinado por bombas rusas o estadounidenses, como cuando un anciano español es arrojado a la calle por no poder pagar su alquiler, como cuando un africano se ahoga en el Mediterráneo, como cuando los europeos expulsan a cualquier inmigrante y lo obligan a vivir en un país que ellos mismos han destrozado.

Podría seguir acumulando más y más ejemplos análogos para mostrar que lo que soy como individuo lo soy con los otros, lo somos juntos, unos con otros, por más altos que sean los muros que podamos construir entre nosotros. Cuando me rodeo con el muro, no me aíslo sólo a mí como individuo, sino que me encierro con todo lo colectivo que soy, con mi humanidad, mi condición de varón y latinoamericano, mi mexicanidad, mi identidad profesional compartida con los demás psicólogos y filósofos, y todo lo demás que soy con los demás. Todo esto se encierra conmigo dentro del muro. Somos aquí nosotros y no yo, una multitud y no sólo un individuo, por una razón muy sencilla, porque el individuo es una multitud y es por eso que piensa y siente con ella.

El muro de Pink es ideológico

Insistí en los sentimientos compartidos porque son los más fácilmente discernibles, pero pude haberme referido a la manera en que pensamos juntos cuando pienso. Lo importante es ver que soy una multitud, soy nosotros, y no puedo encerrarme sin encerrarnos más acá del muro. Vemos, entonces, que el individuo, su aislamiento y soledad no son tan evidentes como parecen a primera vista, sino que tienen un carácter profundamente ideológico. Son productos de la ideología individualista que nos hace imaginar que somos individuos y que podemos aislarnos con respecto a los otros y estar solos en la sociedad.

Lo cierto es que el individuo nunca es de verdad tal y nunca está verdaderamente solo y aislado. No lo está por la simple razón de que está hecho de sociedad, es lo que es con los otros, está con ellos aunque no se percate de ello. Esto es algo que Marx nos muestra magistralmente cuando concibe al ser humano como un anudamiento de relaciones sociales y como una individualización de la clase, la sociedad, la historia y todo lo demás entra en su composición. Es lo mismo que será corroborado por el psicólogo soviético Vygotsky en su refutación de Piaget. Y es también algo que Freud confirmará y reafirmará por su lado y a su modo al explicarnos que no son las masas las que están hechas de individuos, sino que son los individuos los que están conformados por las masas por las que han pasado, por sus identificaciones con los ideales de tales masas, por todo eso colectivo que son. Inspirándonos en Freud, podríamos decir que el individuo no es tan sólo una muchedumbre, sino un concentrado de muchedumbres. ¿Cómo podría, entonces, estar solo? ¿Qué es nuestra soledad y nuestro aislamiento cuando pensamos con los otros, como lo muestra Vygotsky, y cuando somos a través de los otros, como lo demuestra Marx?

Para saber qué nos pasa exactamente al sentirnos aislados y solos, debemos ahondar en la ideología individualista en la que se crea lo que sentimos. Esto no significa, desde luego, que nuestros sentimientos de soledad y aislamiento sean falsos o engañosos. Tan sólo quiere decir que tienen un origen y un trasfondo ideológico, lo que no impide que sean sinceros y auténticos, legítimos y justificados, íntimos y profundos.

Hay que entender bien que la ideología no es tan sólo pura ilusión. Aunque ciertamente pueda enredarnos y distorsionar la realidad, lo ideológico es real y tiene importantes consecuencias en la existencia de los sujetos. Padecemos la ideología, la sufrimos en carne propia, nos remueve las entrañas, nos encoleriza, pero no sólo por ser el objeto de nuestra cólera, sino por ser lo que se encoleriza cuando nos encolerizamos.

La ideología siente lo que sentimos, nos dicta en un susurro lo que pensamos y resuena en la voz con la que hablamos. Logra enfurecernos o deprimirnos, paralizarnos o movernos, animarnos o desanimarnos, enfermarnos o curarnos. Podemos amarla en aquella o aquel a quien amamos u odiarla cuando adopta el aspecto de nuestros peores enemigos. Nos repugna o la deseamos, la gozamos y la vivimos, la percibimos en todo lo que percibimos. La tocamos, la besamos, la habitamos, nos aprisiona por todos lados.

La ideología puede ser un muro como el de Pink. También puede ser lo que hay detrás del muro y delante de él. Es lo que se encarna en Pink y en cada uno de nosotros. Nos hace vivir así como puede hacer que nos suicidemos o que matemos a otros. Y, sin embargo, es ideología, o, en otras palabras, es lo que es por su vinculación esencial con una clase en un contexto social, cultural e histórico determinado. Es por esto que, por más extraño que nos parezca, hubo y sigue habiendo sociedades en las que el individuo, su muro, su aislamiento y soledad sencillamente no existen, ya que no tienen cabida en sus configuraciones ideológicas. Es por lo mismo que la experiencia de Pink será más o menos común y estará más o menos acentuada según el contexto cultural-histórico en el que vivamos. Hay suficientes indicios para conjeturar que es menos frecuente y menos grave entre nosotros latinoamericanos que entre los europeos, que es más rara en las comunidades indígenas que en las grandes ciudades, que fue prácticamente inexistente antes del siglo XIX.

La experiencia de Pink no se ha sentido con la misma intensidad siempre y en todo lugar porque no es una experiencia humana universal. Como ya lo he señalado, es más bien una experiencia de la moderna sociedad individualista occidental característica de los siglos XIX, XX y XXI. Esta sociedad, como sabemos, es la sociedad burguesa basada en un sistema económico de tipo capitalista en el que la propiedad privada reina como nunca antes lo había hecho en la historia.

El capitalismo es un régimen en el que todo tiene dueño, incluso el mismo dueño. Nada puede ser así, de manera simple, sólo siendo, sin tenerse. El tener se confunde con el ser. Lo ontología es economía. Todo se apropia y se privatiza. La propiedad privada termina comprendiéndolo todo, todo, incluso la existencia misma de los individuos. Ellos también se conciben como su propiedad privada.

Sobra decir que la propiedad privada exige muros que la protejan. Estos muros terminan sirviendo para proteger al mismo individuo que se concibe a sí mismo como su propiedad privada. ¿No es acaso la concepción que Pink tiene de sí mismo? ¿No es aquello por lo que insiste en acapararse, aferrarse a sí mismo, arrebatarse de los otros, como si no fuera ellos, como si no les perteneciera desde el origen, como si pudiera privarlos de lo que son a través de él, como si pudiera poseerse privativamente a sí mismo, como si pudiera ser parte de su propiedad privada? Es la misma experiencia del capitalista que imagina poseerse a sí mismo cuando tan sólo es capaz de poseer el capital por el que es poseído. Es la experiencia que termina siendo la de todos en el universo capitalista. Podemos decir, pues, que la experiencia de Pink es una experiencia del capitalismo, del apogeo de la propiedad privada y de su correlato social individualista.

Podemos decir también sencillamente que el muro de Pink es ideológico. Si tiene tanto sentido para nosotros, es porque estamos confeccionados con su ideología, porque miramos con los ojos de Pink, porque vemos lo mismo que él ve, porque estamos familiarizados con el planeta repartido entre capitalistas, entre aquellos a los que aún podemos llamar “burgueses”, entre propietarios privados que están completamente solos, que se aíslan al competir unos con otros y que saben rodearse de muros para proteger tanto lo que tienen como eso tan extraño que son y que se confunde con lo que tienen. Los comprendemos porque somos ellos. Al igual que ellos, al igual que Pink, no podemos dar un paso hacia adelante sin tropezar con el muro con el que protegemos lo que somos, lo que poseemos, nuestra propiedad privada, nuestra existencia privada, nuestro ser fundado en el tener. Esto es algo que Marx y Engels comprendieron sagazmente al analizar y criticar a quien es El único y su propiedad, a su autor Max Stirner, un típico Pink del siglo XIX, en la Ideología Alemana.

Me permito reiterar que Pink es cada uno de nosotros. Nos emociona porque lo somos, porque tenemos algo, sólo algo, de modernos, de europeos, de burgueses, de propietarios privados aferrados a lo que poseen, incluido su propio ser, al que protegen con muros en los que ellos mismos terminan encerrados. Y si tenemos eso que se emociona y nos emociona con la música de Pink Floyd, es porque somos eso que es producto de la expansión planetaria del capital a través de siglos de colonización y ahora de globalización imperial neocolonial. Desde luego que no sólo somos eso, pero también lo somos, ya que se trata de un ingrediente fundamental de nuestro mestizaje cultural como latinoamericanos.

El sistema capitalista y colonial o neocolonial está en el origen y en el centro más íntimo de nosotros mismos. Esto es también lo que sentimos cuando sentimos en sintonía con Pink. Sentir nuestra soledad y nuestro aislamiento es también sentir nuestra modernidad y nuestra burguesía, nuestra condición de propietarios privados, nuestra identidad occidental y europea, su configuración ideológica individualista, lo que el capitalismo y el colonialismo han hecho de nosotros al hacernos creer que somos individuos y que podemos poner un muro entre nuestra individualidad y todo aquello que la constituye.

Del individualismo al fascismo

El individuo, en realidad, no debería poder interponer un muro entre lo que es y lo que somos porque se trata exactamente de lo mismo. Soy lo que somos. Resulta imposible arrancarme de nosotros. Hay aquí algo demasiado evidente como para desconocerse por completo. Se trata de algo que todos consiguen al menos intuir de algún modo. Lo contrario, lo supuesto por el individualismo, es absolutamente contraintuitivo, absurdo, insensato.

Cualquier sujeto sensato sabe que no es tan sólo su individualidad, que no se agota en ella, que aun cuando es ella, ella no hace más que individualizar algo que la trasciende. Es por esto que el muro del individualismo ha tenido que desdoblarse en otros muros más convincentes e igualmente característicos de la modernidad capitalista y occidental: el del sexismo, el del familiarismo, el del racismo, el del clasismo, el del nacionalismo e incluso el del humanismo, es decir, el del especismo humano. Es entonces el nosotros, el yo que se reconoce como nosotros, el que procede como Pink.

Así como el individuo se construía su muro para separarse de los demás, así también se han levantado altos muros que se interponen entre estadounidenses y mexicanos en la frontera norte, entre europeos y africanos en Ceuta y Melilla, entre israelíes y palestinos en la franja de Gaza y Cisjordania, entre cristianos y musulmanes en la visión de los nuevos cruzados, entre burgueses y trabajadores en cualquier ciudad del mundo, entre blancos y negros en la Sudáfrica del Apartheid, entre alemanes del Este y del Oeste en el Berlín de la Guerra Fría, entre arios y judíos, entre varones y mujeres, entre familiares y extraños, entre humanos y los demás animales. En todos los casos, Pink ya no se imagina estar solo, pues cae en la cuenta de que se encuentra en compañía de otros. El problema es que estos otros no serán más que sus otros yos, sus iguales o semejantes, los suyos, los que son lo que él es. El yo se reconoce en cierta medida como nosotros, pero el nosotros no es más que agregado reiterativo de espejos, de reflejos especulares, de otros yos imaginarios. El reconocimiento del nosotros no llega demasiado lejos, ya que sigue apartándose de los demás, de una parte de nosotros, de los que aparentemente no son lo que él es.

Después de levantarse entre yo y nosotros, el muro se levanta en el seno de nosotros, entre nosotros y nosotros, entre nuestros yos y los otros. Pink se rodea con su muro para encerrar lo que es, ya no individualmente, sino grupalmente: humano, varón, ario, blanco, burgués, israelí, europeo, estadounidense. Lo que se busca es defendernos a nosotros de los demás, como si nos atacaran, como si pusieran en peligro lo que somos, como si lo que son excluyera lo que somos, como si no fueran ellos también lo que somos.

Llegamos al acto decisivo en el que Pink se vuelve dirigente del partido neonazi de los Martillos Cruzados. Recordando la expresión de Pink Floyd, es el momento de “mandar a su casa a nuestros primos de color”. Es lo que ocurre ahora mismo con Donald Trump en Estados Unidos, con Jair Bolsonaro en Brasil, con Viktor Orbán en Hungría, con Matteo Salvini en Italia y con los demás en otros lugares del mundo. Todos están decidiendo atrincherarse detrás de sus muros.

Las fortalezas colectivas terminan siendo una vez más tan importantes como las individuales. El individualismo debe coexistir y a veces competir con el fascismo. Sin embargo, como hemos visto, uno y otro proceden según la misma lógica, la de Pink, la de los muros. Como también hemos visto, esta lógica es indisociable del apogeo de la propiedad privada en la modernidad capitalista occidental.

El proceso de colonización y expansión global del capital ha fraccionado y despedazado con sus muros todo lo que hay en el planeta en que habitamos. No sólo ha sido el muro del individualismo, sino también, de manera subsidiaria, los muros de las naciones y del nacionalismo, de las razas y del racismo, de las clases y del clasismo, de las familias y del familiarismo, de los sexos y del sexismo, de las especies y del especismo. Todo tiene que estar separado en todos lados con respecto a todo lo demás. 

Cuando no hay el muro

Tenemos que estar separados entre nosotros. Esta separación parece natural y universal, pero no lo es. Para convencernos de que no lo es, basta considerar eso que no tiene absolutamente nada que ver con Pink y que subsiste y resiste en algunos pueblos originarios de nuestro país. Eso que también somos debería ser más que suficiente para persuadirnos de que puede no haber nada en donde estamos habituados a tropezar con un muro infranqueable.

Me acuerdo todavía de aquel momento, hace ya más de veinte años, en que me percaté de que un yaqui de Sonora era mucho más que un simple individuo. Era su comunidad y la historia de lucha de esta comunidad a la que pertenecían también los seres no-humanos, los animales y los vegetales de la naturaleza, los seres visibles e invisibles. No había ningún muro entre lo humano y lo inhumano, entre el pueblo y el desierto, así como tampoco lo había entre el individuo y el pueblo y el desierto con sus seres visibles e invisibles.

No había nada parecido al muro de Pink entre los yaquis. No lo había tampoco en esas chozas nahuas y tzotziles que parecían jaulas con sus tablas entreabiertas y sin paredes interiores. Y tampoco tropecé con absolutamente nada parecido al muro de Pink más abajo en las cañadas, en un pueblo tzeltal en donde las familias no estaban mezquinamente centradas en su propio interés familiar, no estaban encerradas en sí mismas ni rodeadas por ningún muro para separarse del exterior comunitario, sino que permanecían totalmente abiertas a la comunidad que sabía ocuparse de ellas, cuidar a sus hijos y resolver sus asuntos en las asambleas comunitarias. No había necesidad aquí de ninguna madre sobreprotectora como la de Pink. ¿Para qué? ¿Para protegerlo de qué?

Tal vez la sobreprotección materna tan sólo sea necesaria en las comunidades indígenas para proteger a sus niños de nosotros y de nuestros muros, de nuestro capitalismo, de nuestro nuevo colonialismo, de nuestras devastadoras empresas legales e ilegales, de nuestras compañías mineras y de nuestras demás organizaciones criminales. Todo esto que acecha peligrosamente a los pueblos originarios emana de la misma lógica de los muros de la que Pink intenta liberarse. La única liberación posible, como bien lo saben Pink y su juez, nos exige derrumbar el muro, pero este derrumbe significa una catástrofe, un fin del mundo, el fin del único mundo que muchos conocemos, el dividido en razas y naciones, el de la propiedad privada y el capitalismo, el de los muros, el de la sociedad individualista con sus individuos atomizados y ensimismados, el de las parejas y familias que anteponen sus intereses a los de la sociedad, el de los varones blindados contra las mujeres, el de los humanos que no se resignan a ser una de las incontables especies de la naturaleza.

Que peut la psychanalyse aujourd’hui ? Entretien avec David Pavón-Cuéllar

Entrevista realizada por Félix Boggio Éwanjé-Épée y publicada en francés el 7 de enero de 2019 en la revista Période

La psychanalyse semble de nos jours enterrée tant par le dédain militant que par les postures conservatrices de certains psychanalystes. La découverte freudienne et l’héritage lacanien sont-ils pour autant voués à défendre les rôles sociaux patriarcaux, à proclamer une indifférence à la politique, voire à jeter la révolution aux oubliettes de l’histoire ? Dans cet entretien, David Pavón-Cuéllar fait l’hypothèse du contraire. Contre l’uniformisation générale des subjectivités promue par le capital, la psychiatrie, les formes d’oppression, la psychanalyse est le lieu où un autre discours peut être tenu, où peut se dire la singularité de chacun. Pour Pavón-Cuéllar le communisme a pour premier fondement notre solitude commune, le fait que la différence soit universelle et se dresse contre toute uniformisation. Avec clarté, depuis la perspective située du Sud global, il souligne l’urgence d’une psychanalyse émancipatrice, et la situe du côté des affinités ontologiques entre Freud et Marx, de la critique de la psychologie, de la possibilité d’une mystique féministe révolutionnaire, d’une révolution tant sociale que poétique. « Qu’il n’y ait pas de réponse définitive à la question ne veut pas dire du tout qu’il n’y ait pas de réponses. Il y a même trop de réponses, précisément parce qu’il n’y a pas de réponse définitive. Autrement dit, on a plus d’une raison de faire la révolution. Des raisons, on en a trop, en fait. »

Psychanalyse et marxisme sont, de nos jours et en particulier en France, rarement envisagés comme compatibles. Les tentatives qui croisent Lacan et Marx viennent surtout du champ de la philosophie (Badiou, Žižek) et sont peu concernées par les rapports avec le débat en psychologie, sans même parler des questions cliniques. L’originalité de votre travail porte dans deux directions : les liens entre psychanalyse, marxisme et critique de la psychologie d’une part, et d’autre part l’apport de Lacan à la théorie du discours. Quel a été pour vous l’enjeu politique de ces deux entreprises théoriques ?

Peut-être que je surestime ces entreprises en considérant que l’enjeu politique est ni plus ni moins que l’existence d’un espace théorique, un parmi d’autres, de résistance contre le capitalisme et de lutte pour le communisme. On sait que la cause de cette résistance et de cette lutte, la cause pour laquelle on lutte et on résiste, a toujours concerné la tradition marxiste. Or, pour moi, une telle cause est également ce qui est en cause dans la psychanalyse, à savoir, l’irréductible singularité de chacun, le fait d’être singulier au point de ne pouvoir se mesurer à personne, qui est précisément la seule vérité que chacun partage avec les autres, la « solitude commune » dont parle Jorge Alemán, ce que nous avons en commun, le fondement du communisme. Il est vrai que ce fondement implique aussi de l’égalité entre des singuliers. Pourtant, l’égalité que Marx associe au communisme, comme Alfred Schmidt l’a bien remarqué, ne mesure pas tous les sujets avec le même standard, mais fait justice à leurs différences, à leur diversité, qui est celle de leurs désirs. Leurs différences sont telles qu’elles ne peuvent se résoudre en aucune inégalité.

On peut dire que le fondement du communisme, tel qu’il est conçu par Marx et le marxisme, réside dans ce qui est traité par la psychanalyse, dans la différence absolue de chacun, dans sa réponse unique au fait d’exister, c’est-à-dire, dans la condition du sujet au sens le plus radical du terme. Voilà, paradoxalement, le matériel toujours atypique avec lequel on tisse tout ce qu’il y a de vrai dans la communauté. Voilà aussi le substrat de toute vraie universalité, le singulier universel ou ce que Louis Althusser décrivait comme l’exception qui est la règle. Voilà, enfin, ce qui est mis en danger par ce que le capitalisme fait aux sujets.

La réflexion de Marx et de plusieurs auteurs de tradition marxiste nous apprend beaucoup sur les effets du capitalisme dans les sujets : l’annulation de la singularité de chacun et donc le déchirement de leur tissu communautaire, leur atomisation et la massification qui s’ensuit, leur homogénéisation et leur normalisation, leur adaptation jusqu’ à la confusion mimétique avec l’environnement, leur transformation en travailleurs et consommateurs échangeables et la réduction de leur vie à son aspect purement énergétique en tant que force de travail, force évaluable, force mesurable, vendable, exploitable. Certains de ces effets sont produits avec l’aide professionnelle des psychologues. La psychologie, en tant que prétendue science objective et générale, ne peut s’approcher du sujet singulier, non-objectif et non-général par définition, qu’en le niant théoriquement et en le détruisant dans la pratique. C’est ce qui arrive, par exemple, dans la plupart des évaluations quantitatives d’aptitudes ou d’intelligence, dans les diagnostics automatiques et d’autres catégories prêtes-à-porter, dans les classifications objectivantes et généralisatrices, dans les différentes stratégies de l’ingénierie humaine, dans la clinique normalisatrice ou dans les interventions rectificatives vouées à l’adaptation aux environnements scolaires ou industriels.

En contribuant à la suppression capitaliste du sujet avec son irréductible singularité, le travail scientifique et professionnel psychologique n’élimine pas seulement ce qui justifie la psychanalyse, mais aussi la seule vérité que l’on puisse mettre en commun pour construire le communisme. C’est pour cela qu’un engagement communiste comme le mien ne peut éviter de s’affronter à la psychologie, surtout à présent, non seulement à cause de l’influence croissante des psychologues, mais aussi en raison de la diffusion de la psychologie, de sa popularisation et de son débordement de la sphère scientifique, académique et professionnelle.

Il y a, en effet, une progressive psychologisation de la société capitaliste. Comme le montrent Ian Parker et Jan De Vos, le capitalisme se manifeste de manière de plus en plus psychologique. Ceci m’a amené à renforcer le caractère politique anticapitaliste et non purement théorique antipsychologique de ma critique de la psychologie, d’autant plus que la psychologisation implique toujours une certaine dépolitisation, un remplacement du politique par le psychologique. Il faut toujours essayer de reconstituer le politique là où il semble absent. Cela doit s’appliquer aussi à la théorie la plus apparemment apolitique. De toute façon il n’y a aucun métalangage théorique en dehors de l’univers politique.

Ce qu’il faut trouver, c’est la voie pour que la théorie s’ouvre au politique et sorte de son isolement spéculatif, mais sans tomber pour autant dans l’empirisme régnant dans les sciences humaines et sociales. C’est là où j’ai besoin d’une méthode comme l’analyse lacanienne de discours élaborée par Ian Parker, moi et d’autres collègues en employant certains apports de Jacques Lacan. Une telle méthode, qui n’est pas sans rapport avec la tradition marxiste de critique de l’idéologie, me permet constamment d’envisager l’enjeu politique de mon questionnement de la psychologie et de mes autres entreprises théoriques en les ramenant, par un travail d’écriture militante ou journalistique, au champ discursif des événements, de l’histoire et de la société.

– Dans votre livre sur la psychanalyse et le marxisme, vous rappelez combien le matérialisme de Freud et celui de Marx sont non seulement compatibles, mais peut-être même complémentaires. Pouvez-vous rappeler sur quels aspects les critiques marxiennes et freudiennes s’avèrent affines ?

Il y a d’abord les coïncidences ou ce que Lacan appellerait les « homologies » entre les deux critiques. C’est une question inépuisable. Je ne donnerai ici qu’un exemple qui vous intéressera peut-être, puisque vous faites référence au matérialisme de Marx et de Freud. C’est vrai, ils sont matérialistes, pas idéalistes. Le problème c’est que le matérialisme peut vouloir dire bien des choses différentes. Une d’elles, soulignée par Siegfried Bernfeld, c’est que Marx et Freud ne se tiennent pas seulement aux idées. Ils se méfient d’elles. Ils y voient des prétextes pour dissimuler des causes réelles et des véritables raisons. Dans les idées, en fait, les critiques de Marx et Freud découvrent des mécanismes d’idéologisation ou d’idéalisation. Elles y démêlent aussi d’autres processus matériels qui fabriquent des choses idéales ou idéologiques, plus ou moins illusoires et trompeuses, mais aussi révélatrices : des rationalisations de l’irrationnel qui offrent des raisons et produisent des effets de rationalité, la naturalisation constituant l’apparence de la nature et ce que l’on accepte comme tout à fait naturel, des justifications et des autojustifications pour faire et se faire justice, des mécanismes économiques ou pulsionnels inconscients engendrant et organisant intérieurement les contenus de la conscience, l’individualisation du social et l’identification à l’autre au fond de toute identité individuelle, des assujettissements au sein de la subjectivité, des pertes produisant la présence positive des objets, la projection et l’aliénation à la base de ce qui apparaît comme extérieur et étranger, l’introjection à l’origine de l’intériorité ou l’appropriation et l’exploitation des égaux à l’origine de toute propriété et inégalité.

Il y a ensuite les complémentarités. Ici aussi je ne peux donner qu’un exemple, mais j’aurais besoin d’un long détour. Il s’agit d’une étrange recherche que je développe lentement depuis l’année dernière. Allons-y… Je voudrais encore m’imaginer que je vous fais plaisir en vous parlant des orientations matérialistes du marxisme et de la psychanalyse. Parmi les différentes notions de matérialisme, il y en a une que j’attribue à Marx et à Freud et dans laquelle je découvre la complémentarité de leurs critiques : celle de la matérialité comme totalité qui fut explicitée dans la tradition marxiste occidentale de Georg Lukács, Karl Korsch et d’autres, que vous retrouvez chez certains freudo-marxistes comme Bernfeld et Otto Fenichel, qui se transmet à l’École de Frankfurt et à laquelle certains français, comme le surréaliste René Crevel et puis Louis Althusser, arrivent par d’autres chemins. Ce que ces auteurs ont en commun, c’est que leur matérialisme ne consiste pas à envisager exclusivement l’aspect économique ou physique ou physiologique de la totalité, ce qui ne serait pour eux qu’une forme de réductionnisme idéaliste qui réduirait la totalité à un aspect, à une idée que l’on a d’elle, et qui ferait abstraction de tout le reste. Être matérialiste, c’est ici considérer une totalité matérielle qui inclut également ses composantes idéales et idéologiques, spirituelles et fictionnelles, et donc sa considération même, ce qui pose toute sorte de problèmes, dont le caractère incomplet ou l’impossibilité de fermeture de la totalité sur elle-même. C’est ce que Lacan désigne avec l’idée qu’il met dans la base du structuralisme, celle de l’absence de métalangage.

Le matérialisme dont je parle nous oblige à repousser toutes les conceptions abstraites du sujet comme quelque chose de purement idéal ou matériel, spirituel ou corporel, intellectuel ou manuel. Or, dans la division capitaliste du travail qui atteint son apogée au XIXème siècle, ces conceptions constituent des modèles de subjectivité que l’idéologie bourgeoise, au moyen de ses ressources éthiques et économiques, impose aux deux classes de la société. L’économie politique bourgeoise fait abstraction du côté animique ou spirituel des prolétaires et les réduit à leur survie physiologique et à leur force de travail manuel, alors que l’éthique victorienne fait abstraction du côté corporel et réduit les bourgeois et tout particulièrement les bourgeoises à leur aspect animique, intellectuel ou spirituel. C’est une situation qui a été entrevue par Gueorgui Plekhanov quand il associe le matérialisme au prolétariat et l’idéalisme à une bourgeoisie qui réussit à se libérer de toute détermination matérielle dans son miroir littéraire. Ces modèles subjectifs matérialiste et idéaliste, ou plutôt idéaliste-matérialiste et idéaliste-idéaliste, seront précisément les objets des critiques marxiste et freudienne.

La psychanalyse permet aux hystériques bourgeoises de se rappeler leur corps et leurs pulsions corporelles, leur inconscient traversé par la sexualité, ce qui est refoulé par l’éthique idéaliste victorienne. De son côté, le marxisme permet aux travailleurs manuels, aux prolétaires, de se souvenir de leur conscience de classe, de leur condition intellectuelle, de ce qui est refoulé par l’économie politique matérialiste bourgeoise. Ces deux retours freudien et marxiste du refoulé sont les résultats des critiques parfaitement complémentaires de l’économie politique chez Marx et de l’éthique victorienne chez Freud. L’une se dirige à l’abstraction matérialiste de l’esprit dans la classe des travailleurs manuels, tandis que l’autre se réfère à l’abstraction idéaliste du corps dans la classe des travailleurs intellectuels.

Les deux critiques, aussi bien marxiste que freudienne, sont nécessaires dans leur complémentarité pour atteindre ce personnage matériel-idéal exigé par le matérialisme de la totalité, l’homme nouveau et la femme nouvelle du socialisme, l’être sexuel-sentimental dont nous avons un aperçu étonnant dans les réflexions d’Alexandra Kollontaï sur l’amour-camaraderie. Il s’agit là, bien évidemment, d’une tâche pratique, mais aussi théorique. Il faut une pensée libre, invariablement utopique, mais nécessaire pour que quelque chose change, toujours en fonction de l’utopie, comme Lacan l’a bien reconnu, tout en s’écartant logiquement de cette pensée qui n’est pas poussée jusqu’à ses dernières conséquences, qui n’est pas conséquente au point de situer le sujet là où il réside, en-dehors de la totalité, dans une ex-sistence qui n’est rien, qui ne participe d’aucun être, ni idéal ni matériel.

– En tant que lacanien, vous accordez un intérêt à la tradition freudo-marxiste qui peut sembler déconcertant. Il est plutôt d’usage pour les disciples de Lacan de considérer Reich et Marcuse, pour ne citer qu’eux, comme des théoriciens naïfs, aveuglés par leur biologisme et leur utopisme, porteurs d’une politique sexuelle qui se voulait libératrice mais qui s’est avérée absolument compatible avec le « discours capitaliste ». Alors, que reste-t-il pour vous à sauver dans cette tradition ? Que répondre à « l’immense condescendance de la postérité » ?

C’est en avril 1969, seulement une année après Mai 68, que Lacan explique dans son séminaire, comme je viens de le rappeler, que l’utopie est inséparable de la pensée libre, laquelle, à son tour, est indispensable pour que quelque chose change au niveau des normes de la société. Lacan ne se montre alors pas du tout intéressé à un changement révolutionnaire de la normativité sociale, non pas exactement parce qu’il est plutôt conservateur dans l’échiquier politique et plutôt sceptique à l’égard des révolutions sociales, ce qui est d’ailleurs vrai, mais parce qu’il donne un séminaire de psychanalyse et il veut expliquer pourquoi, selon ses propres termes, son propre discours, le savoir et l’expérience analytique doivent se développer « là où on travaille sérieusement », et non pas dans le champ de la pensée libre, de l’utopie et du changement social, où « c’est la foire ». Cette même idée apparaît sous d’autres formulations dans d’autres endroits des écrits et de l’enseignement oral de Lacan.

Les disciples de Lacan apprennent par cœur la leçon de leur maître et méprisent tout utopisme, toute pensée utopique, c’est-à-dire, toute pensée libre, toute occasion de changement de la société. De toute façon, comme Lacan l’aurait bien dit, c’est la foire, ce n’est pas sérieux, on ne peut rien gagner d’un côté sans perdre de l’autre, les révolutionnaires ne veulent qu’un maître et les révolutions changent tout uniquement pour ne rien changer et revenir finalement au point de départ. Ces formules automatiques remplacent la théorie lacanienne, laquelle s’appauvrit ainsi pour devenir tout ce que Lacan ne voulait pas qu’elle devienne, à savoir, du lacanisme, une doctrine politique et même une vision du monde, une Weltanschauung. Il n’y a pas ici de place pour une pensée certainement utopique et liée à l’imaginaire, souvent même naïve, enfoirée et pas très sérieuse, mais aussi libre et révolutionnaire, comme celle des surréalistes et des freudo-marxistes, de Reich et de Marcuse. Mais il n’y a pas non plus de place pour tout ce que nous apprenons de Lacan lui-même, par exemple, sur l’utilité de la psychanalyse pour ouvrir le cercle de la révolution, en empêchant qu’elle revienne au point de départ, ou sur la nécessité de l’utopisme et de la pensée libre pour la transformation des sociétés. D’où la tendance réactionnaire de ces lacanistes qui sont tout ce qu’il y a de moins lacanien.

Certes, Lacan était conservateur et votait De Gaulle, mais ceci est indépendant de ce qu’il nous apporte dans son enseignement. Le problème est que ses disciples interprètent souvent son apport comme une justification implicite de son conservatisme et adoptent ce même conservatisme comme une partie essentielle de son héritage. Ils s’imposent alors d’être conservateurs, même quand ils sont de gauche, et ils font tout pour se détacher des non conservateurs de la gauche freudienne. De toute façon, comme vous le savez bien, l’attachement de la plupart des lacaniens à Lacan est tel qu’ils s’acharnent à se détacher de tout ce dont Lacan se détachait dans son époque. C’est leur façon d’être conséquents. Et c’est peut-être ce qui les empêcherait de savoir, par rapport à ce que vous dites, que le biologisme de Reich ne s’impose qu’au moment où il s’écarte du marxisme ou que Marcuse lui-même est peut-être celui qui est allé le plus loin dans la dénonciation de la compatibilité entre le capitalisme et l’émancipation sexuelle à travers des concepts comme celui de la « désublimation répressive ».

– Dans Marxisme lacanien, vous proposez une relecture systématique de la théorie lacanienne des 4 discours (+1, celui du capitaliste) en la comparant au Capital de Marx. Si j’ai bien compris, vous lisez dans la rencontre Marx/Lacan une analyse du capitalisme comme un régime fondé sur la renonciation généralisée, excessive et imposée pour les exploités, tandis qu’elle est choisie par les exploiteurs du fait des impératifs de l’accumulation du capital. Est-ce, implicitement, une réactualisation des analyses de Freud dans Malaise de la civilisation sur les inégalités face au fameux « travail de la culture » ?

Vous avez absolument raison de voir là un effort de reprendre et peut-être même de mettre à jour certaines idées que l’on trouve dans L’avenir d’une illusion et dans Malaise dans la civilisation. Je voudrais seulement ajouter une idée extrêmement problématique de Freud qui est devenue centrale dans ma réflexion et dont je ne mesurais pas encore la portée il y a dix ans.

L’imposition de la renonciation, telle qu’elle est soufferte par les exploités, apparaît comme pénurie, manque d’opportunités, nécessité de longues journées de travail, salaire de survie, risque du chômage et de la misère, mais aussi comme répression, violence d’État, CRS, obligation d’obéir aux lois, caméras de surveillance, menaces d’amende et de prison, murs intérieurs et frontières internationales. Dans tous les cas, il s’agît de contraintes externes qui s’avèrent indispensables pour imposer des sacrifices à ceux que Freud caractérise gentiment comme une « majorité récalcitrante », comme « la grande foule des illettrés, des opprimés », qui n’ont pas « intériorisé » les « interdictions culturelles », qui « n’aiment pas les renoncements » et qui ont de bonnes raisons d’être des ennemis de la civilisation ». Freud oppose d’abord ces opprimés aux oppresseurs qui « s’approprient les moyens de puissance et de coercition », mais ensuite il ne distingue pas ces oppresseurs des « hommes cultivés » qui font le choix de la renonciation et qui n’ont pas besoin de contraintes externes parce qu’ils les ont intériorisées, devenant ainsi des « porteurs de la culture ». Il y a donc ici, dans cette représentation freudienne aristocratique de la société de classes, une opposition entre les minorités qui incarnent la culture et les majorités qui la menacent, entre les oppresseurs qui s’imposent ou imposent une renonciation et les opprimés auxquels ils l’imposent, entre ceux qui disposent et ceux qui ne disposent pas en eux d’un surmoi qui les dispense de la police.

La répression externe policière des opprimés serait seulement nécessaire parce qu’ils ne souffriraient pas une répression interne surmoïque comme celle soufferte par les oppresseurs. Au contraire, l’homme cultivé qui opprime les masses n’aurait pas besoin d’être opprimé parce qu’il s’opprimerait lui-même, parce qu’il serait son propre oppresseur, parce qu’il serait intérieurement déchiré entre ses pulsions et son propre surmoi comme expression des contraintes intériorisées et de la culture dont il est porteur. Cette différence de classe fut reconnue par Antonio Gramsci et suffit pour expliquer pourquoi il pense que la psychanalyse ne peut être utile que pour les sujets des classes dominantes qui souffrent un déchirement interne entre leurs pulsions et leurs valeurs culturelles, entre le réel et l’idéal, car ils s’identifient à ses idéaux et les éprouvent comme quelque chose de « spontané » au lieu de les reconnaître comme une imposition. Voilà pourquoi il faut des psychanalystes pour les oppresseurs, alors qu’il ne faut que des policiers ou des révolutionnaires pour les opprimés.

L’hypothèse de Freud et Gramsci est précieuse et révélatrice, mais elle est extrêmement problématique et elle doit être considérée uniquement comme un point de départ. Je suis convaincu, tout d’abord, que les opprimés souffrent un déchirement interne comparable à celui des oppresseurs. Une des meilleures réflexions sur ce déchirement se trouve dans l’œuvre du marxiste mexicain José Revueltas. On y voit les effets déchirants de l’oppression et leur étrange rôle dans la constitution du sujet et de ce qu’on appelle le « surmoi » dans la psychanalyse.

Qui oserait dire que les opprimés sont dépourvus de surmoi ? N’est-il pas évident qu’ils s’identifient eux aussi aux idéaux culturels et qu’ils intériorisent aussi les contraintes corrélatives ? D’ailleurs, puisque l’idéologie de la classe dominante est en une certaine mesure l’idéologie de toute la société, les idéaux et les contraintes des opprimés peuvent être les mêmes que celles des oppresseurs. Mais on retrouve en plus des configurations idéologiques différentes chez les opprimés, particulièrement à l’époque de la société néocoloniale et dite multiculturelle, ce qui provoque des déchirements supplémentaires au sein de la subjectivité. Voilà pourquoi, d’après le raisonnement de Gramsci, les opprimés pourraient eux aussi bien profiter de la psychanalyse. Ils en profiteraient parce qu’ils sont aussi des sujets et ils ne peuvent être que déchirés par le discours, par la culture, par les idéologies que les traversent. On pourrait déjà s’arrêter là. Or, pour moi, il faut aller au-delà de ce plan idéologique.

Il faut considérer notamment l’exploitation économique sous-jacente à l’oppression idéologique, politique et culturelle. Il faut penser à ce que Marx dit de la personnification du capital par les exploiteurs, mais également sur les implications subjectives de la subsomption des exploités dans ce capital et sur leur conversion dans la partie variable du même capital. Aussi bien les exploités que les exploiteurs sont possédés par la même figure surmoïque du capital, par le même signifiant des signifiants dans le capitalisme, par cette même entité que Marx décrit avec perspicacité comme un vampire qui suce la vie pour la transformer en quelque chose d’aussi mort que l’argent. Donc on peut supposer que les exploités et les exploiteurs sont tous les deux internements déchirés par la contradiction principale entre leur vie et le capital mortifère où ils s’aliènent.

L’aliénation au sens d’être le capital, d’être Autre ou d’Enfremdung, implique déjà chez Marx une aliénation comme Entausserung, comme division ou déchirement d’avec l’Autre qu’on est, telle que celle proposée par Gramsci comme justification du besoin de la psychanalyse et plus tard élaborée par Lacan dans Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse. Mais cette aliénation comme division n’est pas évidemment la même chez les exploités que chez les exploiteurs. Il faut se rappeler ce que Marx nous dit à ce propos d’abord dans les Manuscrits de 1844 et puis dans le sixième chapitre inédit du Capital : des capitalistes s’enracinent dans l’aliénation et y trouvent leur propre satisfaction, tandis que le prolétariat la souffre et c’est pour cela qu’il se révolte contre elle. C’est aussi pour cela que les prolétaires sont conçus comme les agents de la révolution. Mais c’est peut-être pour la même raison qu’ils devraient pouvoir profiter plus de la psychanalyse que les capitalistes, ce que Wilhelm Reich a très bien compris. Je pense que l’on peut accepter cette idée à condition de ne pas essentialiser les figures du capitaliste et du prolétaire, de ne pas les prendre, en suivant Laclau et Mouffe, comme des identités données, mais plutôt comme des positions à l’égard du capitalisme et de l’aliénation.

– Si, comme vous le prétendez dans ce même livre, l’être parlant est condamné à s’auto-exploiter ou à être exploité par d’autres du fait du langage et de la parole, comment éviter le cynisme lacanien qui veut que les révolutionnaires se trouvent toujours un nouveau maître ? Le lacanisme n’a-t-il pas à cet égard, et au moins en France, une lourde responsabilité dans la promotion d’une psychanalyse dépolitisée, voire dans l’ascension des Nouveaux philosophes et leur croisade anti-totalitaire ?

Je ne sais pas s’il est juste de tenir le lacanisme responsable des niaiseries de Bernard-Henri Lévy et des autres Nouveaux philosophes, mais on peut effectivement le responsabiliser d’une certaine dépolitisation de la psychanalyse, et ceci pas seulement en France, mais aussi en Amérique Latine. La gauche freudienne latino-américaine a toujours eu de très bonnes raisons de se méfier des lacaniens. Ce sont à peu près les mêmes raisons pour lesquelles beaucoup de marxistes conséquents, aussi bien en Amérique Latine que dans le reste du monde, ressentent la plus grande méfiance envers ce qu’on appelle aujourd’hui la « gauche lacanienne ».

Ce qui est assez amusant, c’est que le lacanisme est fier de la méfiance qu’il inspire. Même quand il se dit être de gauche, il se croit trop lucide pour être compris par les gauchistes en général. Cependant, aux yeux de la gauche radicale, cette prétendue lucidité paraît plutôt du cynisme. Les propres lacaniens, même quand ils se prétendent gauchistes, paraissent trop cyniques pour être de gauche. Mais ce malentendu n’est-il pas un cas extrême et exemplaire de ce qui arrive avec la gauche qui est touchée par le structuralisme et par ce que les anglais et américains appellent « poststructuralisme » ?

De même que d’autres penseurs comme Foucault, Deleuze, Derrida et même d’une certaine façon Althusser, Lacan représente un défi au marxisme conséquent et à la gauche radicale, communiste et révolutionnaire. Le défi apparaît sous la forme d’une longue série d’énigmes impossibles à résoudre. Je pense qu’une de ces énigmes plus fondamentales s’exprime nettement dans la première partie de votre question.

Puisque le signifiant est maître, puisque nous ne pouvons être qu’exploités par ce que nous énonçons, puisqu’il n’y a pas moyen de se libérer du malaise dans la civilisation, à quoi bon faire la révolution pour changer de malaise, de signifiant, de maître ? Je pense qu’il n’y a pas de réponse définitive à cette question. C’est pour cela que je dis qu’il s’agit d’une énigme insoluble, c’est-à-dire, pour Lacan, d’une vérité. On ne peut que faire avec. Et que faire ? Voici la question des questions, des « questions brûlantes », comme disait Lénine. Et comme Lénine le dit également, il faut le travail théorique, les tentatives toujours insuffisantes et approximatives de savoir la vérité, de résoudre l’énigme, de répondre à la question qui se pose. Qu’il n’y ait pas de réponse définitive à la question ne veut pas dire du tout qu’il n’y ait pas de réponses. Il y a même trop de réponses, précisément parce qu’il n’y a pas de réponse définitive. Autrement dit, on a plus d’une raison de faire la révolution. Des raisons, on en a trop, en fait.

Pourquoi faire la révolution ? Pour qu’elle ne soit pas uniquement ce qu’elle est, pour ne pas la solidifier dans la forme qu’elle a, pour qu’elle puisse continuer, pour ne pas s’arrêter dans le constat du changement de malaise et de maître, pour ne pas se limiter à être cynique, pour ne pas rester dans ce point où l’on est arrivé, pour traverser notre fantasme, pour aller au-delà dans la direction que Lacan lui-même nous marque, pour ouvrir le cercle de la révolution, pour transformer le cercle en une spirale, pour que la révolution devienne permanente, pour qu’elle soit culturelle, pour qu’elle nous fasse voir ce qui est encore invisible, pour qu’elle nous permette de savoir pourquoi nous aurons fait la révolution, mais peut-être aussi, au moins, pour que nous puissions encore nous poser la même question, pour qu’il y ait encore des questions, pour empêcher que le maître capital finisse par nous taire et nous supprimer, pour qu’il y ait encore un sujet qui puisse ressentir le malaise et tomber dans les pièges de la maîtrise, pour qu’il y ait aussi encore de la civilisation dans le malaise et de la signifiance dans la maîtrise, pour que le signifiant de l’argent ne dévore pas toute autre signifiance et toute civilisation, pour qu’il n’élimine pas toute condition d’existence du sujet, pour que le capitalisme néolibéral ne poursuive pas sa destruction de plus en plus rapide de notre vie et de notre monde.

Comment concevez-vous l’alliance générale que vous semblez prôner entre les psychologies marxistes anti-psychogisation, et les différents courants de la psychanalyse ? Avez-vous une conception fondamentalement pluraliste ? Y aurait-il du coup une urgence à constituer des espaces éditoriaux ou théoriques pluralistes autour de la psychologie ou des psychanalyses critiques ?

S’il y a là du « pluralisme », je pense que c’est l’effet de la destruction dont je parlais, du vertigineux mouvement historique dévastateur que nous vivons et qui devrait nous obliger nous, les anticapitalistes, à nous unir et à utiliser tous les morceaux que nous retrouvons dans les ruines, toutes les ressources à notre disposition, même les plus hétérogènes. Ce qui en résulte, c’est le style hétéroclite de la barricade, ce qui n’exclut pas, bien évidemment, certains principes de méthode et de rigueur, puisqu’il faut que la barricade soit consistante et tienne les coups.

Je suis donc persuadé qu’il s’agit effectivement d’une question d’urgence. La critique ne peut que suivre le rythme des circonstances. Et c’est indiscutable que ce rythme ne cesse pas de s’accélérer. Voilà un autre effet du capitalisme qui a été souligné par Lacan lorsqu’il a décrit le discours capitaliste à Milan.

Comme dans les tornades, peut-être que l’accélération passe inaperçue, curieusement, là où elle devrait passer moins inaperçue, dans quelques centres intellectuels privilégiés situés dans le vortex. Ce que je peux vous assurer, c’est qu’elle est plus qu’évidente dans certaines marges, banlieues ou périphéries comme celle où je me situe, à Morelia, à l’ouest du Mexique, dans une université publique où les professeurs ne sont pas toujours payés et où les étudiants ne cessent de s’agiter et de cavaler entre leurs boulots et leurs études pour essayer d’échapper aux dangers de la misère, le trafic de drogues et l’émigration forcée. Ici et maintenant, en effet, on n’a pas de temps pour un luxe comme celui des merveilleuses et interminables controverses théoriques de l’époque de l’État Providence dans le Premier Monde, ce qui est d’ailleurs assez regrettable.

Comment ne pas regretter le temps ? Comment ne pas faire tout ce qui est dans nos mains pour le récupérer, pour freiner, ralentir ? C’est d’ailleurs le plus sensé qu’on puisse faire contre le capitalisme néolibéral. Je veux dire que je ne prônerais jamais une stratégie accélérationniste. Je suis plutôt partisan de la vieille tactique d’obstruer, d’entraver, de bloquer la route, de se mettre en grève. Mais je reconnais qu’on devrait faire la révolution pour nous arrêter, pour avoir enfin vraiment le temps et tout ce qu’il peut contenir, pour nous libérer de l’urgence et de tout ce qu’elle nous fait sacrifier, comme c’est le cas de l’idéalisme spéculatif, lequel, en fait, comme Plekhanov l’a bien dénoncé, a toujours été le privilège de certaines classes, époques et nations. Rosa Luxemburg a raison là-dessus quand elle considère que le droit à l’idéalisme doit être aussi une cause révolutionnaire. Peut-être que ce droit n’est finalement qu’une expression du droit à la paresse, à l’inaction et à l’oisiveté, dont parlait Paul Lafargue au XIXème siècle.

Ce qui est sûr, c’est que l’urgence nous écarte de l’idéalisme et favorise des positions pragmatiques plutôt matérialistes comme celle que vous appelez « pluraliste ». Ce pluralisme, tel que je l’envisage, consiste à privilégier des alliances politiques en fonction de la matérialité historique des luttes de classes, de la conjoncture et des événements, et aux dépens de l’idéalité prétendument anhistorique des conflits entre des écoles théoriques ou des guildes professionnelles. D’ailleurs, faute de métalangage, une telle idéalité n’est souvent qu’une élaboration idéologique, une rationalisation au sens freudien du terme, du vrai enjeu matériel. C’est pour cela que je ne m’inquiète pas beaucoup du fait que mes compagnons de tranchée, de barricade, ne soient pas les lacaniens, mais plutôt des psychologues critiques, des représentants de la gauche freudienne, des anticapitalistes, certains anarchistes, des féministes et des décoloniaux, des zapatistas et des psychologues de la libération de la tradition d’Ignacio Martín-Baró, et bien évidemment des communistes et des marxistes conséquents, parmi lesquels on trouve heureusement de nombreux lacaniens.

Etonnamment, vous ne développez pas fondamentalement les apports de Wilfred Bion dans vos ouvrages, alors qu’il se prête à la fois à d’intéressants dialogues avec Lacan et propose une théorie de la psyché radicalement portée vers le social. Plus étonnant encore, vous dites très peu de choses de Deleuze et Guattari, alors qu’il y aurait beaucoup à dire sur leur rapport au lacanisme et à la politique. Pourquoi ces deux omissions ?

Il y a précisément pas mal de compagnons deleuziens dans ma tranchée, tels que le brésilien Domenico Hur ou l’américain Hans Skott-Myhre. Je me sens proche d’eux et j’ai toujours été sincèrement intéressé au travail monumental de Deleuze et Guattari. Je mentionne de temps en temps certaines de leurs idées, mais je les prends de manière isolée, je les décontextualise et je m’en sers avec légèreté, voire irresponsabilité.

J’essaie toujours de tenir à distance l’ensemble de la pensée de Deleuze et Guattari, peut-être simplement parce qu’elle me submerge et que je ne saurais pas comment l’articuler correctement avec la mienne et celle de mes auteurs. Elle me paraît, en plus, trop proche et simultanément trop éloignée. C’est à peu près la même chose qui m’arrive avec Bion. Là aussi je trouve une pensée étrangement familière, unheimlich, et en plus hautement systématisée et élaborée, assez achevée et fermée, avec des conceptualisations précises qui ramènent les unes aux autres et qu’il n’est pas facile de reprendre dans une autre perspective.

Il faut dire, enfin, que je suis déjà trop occupé par mon travail d’articulation entre Marx, Freud, Lacan et mes auteurs des traditions marxiste et freudo-marxiste. Et ma barricade est déjà trop hétéroclite comme ça ! Imaginez seulement si maintenant j’y incorpore du Bion et du Guattari !

L’un des points les plus forts pour contester la psychanalyse concerne la question de l’Œdipe et, dans le cas des lacaniens, le primat du phallus et de la castration. Que répondez-vous par exemple aux critiques queer de la différence des sexes ou du phallocentrisme des écoles de psychanalyse ?

Je viens de m’occuper de ces critiques dans un livre qui apparaîtra dans les prochains mois. Je leur y consacre un chapitre. Je vous surprendrai peut-être en vous disant que je les trouve justes et nécessaires. Elles ont raison de mettre en question la normalisation de la sexualité au sein de la psychanalyse. Mais il y a là un détail assez évident sur lequel je voudrais insister.

Le phallocentrisme et l’essentialisme de la différence sexuelle ne sont pas un problème spécifique de l’héritage freudien. Comme Juliet Mitchell l’a bien montré, la psychanalyse ne fait que manifester d’une manière peut-être idéologique, mais aussi profondément véritable, révélatrice et dénonciatrice, une composante hétéro-patriarcale inhérente à la société de classes et fondamentale dans une civilisation précise, dans le système capitaliste et dans un modèle moderne de subjectivation. C’est là où réside le problème et non pas dans la révélation freudienne. Une telle révélation ne devrait pas être l’objet des critiques, lesquelles, selon moi, devraient plutôt s’attaquer à ce qui se révèle.

Ce que la psychanalyse nous apprend sur le patriarcat fut déjà magistralement exposé par Mitchell et d’autres. Il reste encore beaucoup à dire là-dessus. Je voudrais m’arrêter seulement sur un point qui me paraît crucial et auquel je réfléchis depuis quelques années. C’est un point qui nous renvoie au niveau radical de la vérité, lequel ne peut s’aborder malheureusement que de manière mythologique, dans sa structure de fiction. Il s’agit de l’interprétation de la différence sexuelle en termes d’une distinction entre l’être féminin et l’avoir masculin, entre être et avoir le phallus, qui s’établit par la castration et qui inaugure une dialectique symbolique où viennent s’opposer l’existence et la possession, l’ontologie et l’économie, le monisme de l’être et le dualisme sujet/objet de l’avoir. Une telle dialectique permet de sonder tout ce qui est en jeu dans l’instant mythique du surgissement de la propriété privée tel qu’il se présente chez Johann Jakob Bachofen, chez Lewis Morgan, dans les Cahiers ethnologiques de Marx et dans L’origine de la famille d’Engels.

Ce n’est pas par hasard que le surgissement de la propriété privée coïncide avec la défaite finale du matriarcat et le début du règne du patriarcat victorieux. Ce que la psychanalyse nous apprend, c’est que la transition de la logique matriarcale à la celle proprement patriarcale est un passage de l’être à l’avoir, de la communauté à la propriété, de la continuité à la discontinuité entre le sujet et l’objet, du monisme existentiel-ontologique au dualisme possessif-économique. Voici l’enjeu de cette disparition du communisme primitif qui est aussi l’entrée en scène d’une société de classes qui atteint sa forme achevée dans le capitalisme. Voilà aussi l’enjeu d’une lutte féministe qui doit être conçue alors comme quelque chose d’inséparable de notre combat communiste.

Ce que je vous dis là n’est pas de l’essentialisme et même pas de l’essentialisme stratégique. Il s’agit tout simplement, comme je l’ai déjà indiqué, d’une interprétation mythologique, adjacente à celle de Totem et Tabou, qui peut contribuer à raffermir le fondement de notre mystique révolutionnaire. On en a besoin, surtout dans un mouvement collectif, comme celui du communisme, où nous luttons pour une vérité qui reste inaccessible au savoir et à sa rationalité. C’est une des leçons de Max Eastman et particulièrement d’Henri De Man dans l’époque d’entre-deux-guerres. C’est quelque chose que les intellectuels communistes doivent encore bien comprendre afin de s’écarter des positions d’avant-garde fondées sur un supposé savoir, dont le savoir du fait que les signifiants sont vides, et sur la rationalité qui en découle, comme celle stratégique d’une manipulation du peuple qui s’attacherait naïvement au contenu des signifiants.

Ce qui est certain, c’est que la naïveté n’est pas celle du peuple. Il y a bel et bien un contenu, une vérité, qui ne peut se manifester que de manière approximative, irrationnelle, mythologique, esthétique. Il faut bien avoir le courage de manifester ce contenu, ce qui n’a rien à voir avec la stratégie fasciste que Walter Benjamin appelait « esthétisation de la politique ». Il ne s’agit pas d’esthétiser pour escamoter la vérité, mais de reconnaître, au contraire, qu’il y a une vérité du communisme qui n’est pas rationnelle et qui ne peut se manifester que de manière esthétique. Cette manifestation peut contredire la réalité, mais elle est vraie au sens le plus radical du terme, celui précisément où la vérité doit contredire une réalité aussi fausse que celle où nous vivons. On touche là une idée fondamentale de Lacan. Or, au moins dans cette idée, Lacan n’est pas seul. Ernst Bloch, Theodor Adorno et Herbert Marcuse ont déjà insisté, chacun à sa manière, que ce n’est pas dans la réalité où nous trouverons une quelconque vérité. Voilà pourquoi nous avons encore besoin de la mythologie dans le communisme. Il s’agit d’y croire et non seulement d’en faire semblant, comme des leaders populistes avec leurs signifiants vides. Il s’agit, en peu de mots, de se rapporter esthétiquement à la vérité de notre lutte, sans aucune prétention de savoir et de raison qui nous autoriserait à être leader ou avant-garde, et de renouer ainsi des rapports sincères et horizontaux avec ce que nous sommes toujours, avec ce qui est exprimé par des termes comme « peuple » ou « masse », au lieu de continuer à nous laisser dans les mains des néofascistes avec leur stratégie traditionnelle d’esthétisation de la politique.

– Êtes-vous sensible au fait qu’aujourd’hui, la psychologisation voire les catégories psychiatriques ont fait un grand retour dans les milieux militants de gauche radicale (notamment via les politiques féministes et trans, autour des questions de trauma, de résilience, d’anti-validisme et de dysphorie de genre) ? Quels sont les effets idéologiques à en attendre et comment les combattre ?

Je connais bien cette psychologisation dans la gauche radicale. Elle m’entoure de tous les côtés. Je la déplore parce qu’elle est aussi la dépolitisation dont je parlais au début et donc une sorte de claudication dans nos luttes. Si je ne l’ai pas critiquée, c’est tout simplement par solidarité avec mes camarades, mais aussi, pour être sincère, parce que j’hésite en ce qui concerne l’aspect stratégique. J’oscille ici entre deux extrêmes. D’une part, je me dis que la psychologie est devenue une arme très puissante dans notre époque et qu’il ne faudrait peut-être pas nous en priver et la laisser dans les mains de nos ennemis, ce qui serait seulement à leur avantage. Mais, d’autre part, je sais très bien, comme disait Althusser, qu’on ne peut se servir d’une idéologie qu’en lui étant soumis. Et se soumettre à la psychologie ce n’est ni plus ni moins que se soumettre à tout ce contre quoi on lutte. Il y a là notamment l’objectivation entendue comme neutralisation du sujet, ainsi que ce que j’ai déjà évoqué en répondant à votre première question, ce qui fait la force du capitalisme dans le terrain subjectif, à savoir, l’individualisme universaliste qui dissout le singulier universel, c’est-à-dire, la singularité que l’on a en commun, avec laquelle on tisse toute communauté et qui est le fondement du communisme.

– Enfin, on a beaucoup parlé des effets politiques (dans le registre de la théorie) de la psychanalyse, mais la clinique psychanalytique a-t-elle pour vous un rôle politique à jouer (à la fois dans et hors l’institution)

Ma réponse est affirmative. La clinique psychanalytique peut avoir un rôle politique subversif, révolutionnaire et émancipatoire, mais à condition de ne pas être ce qu’elle est le plus souvent. Il faudrait que la psychanalyse cesse d’être une psychologie travestie et qu’elle cesse d’accomplir des fonctions psychologiques habituelles comme celles de valve d’échappement, défoulement cathartique, distension et pacification, individualisation et généralisation du singulier universel, normalisation et pathologisation, objectivation neutralisante du sujet, fausse réponse à ses énigmes, supposition d’un savoir général, conversion dans une Weltanschauung et dans une religion laïque, identification à la figure de l’analyste, promotion de certains courants et recrutement pour certaines écoles ou associations en concurrence, soumission aveugle à certains leaders, endoctrinement et idéologisation, diffusion du relativisme et du subjectivisme, justification du scepticisme et du cynisme, solution individuelle des conflits sociaux, révolutions personnelles pour empêcher des révolutions collectives, individualisation et renfermement sur soi, dissolution des classes et des communautés, dépolitisation par la psychologisation du politique, exercice du pouvoir de suggestion, occultation du fonctionnement de la psychanalyse comme profession libérale rémunérée ou refoulement de son caractère de classe et de ses profondes complicités avec le capitalisme néolibéral et néocolonial.

Pour mesurer les services que la psychanalyse rend à ce qui nous opprime, il faut toujours garder à l’esprit combien elle a été complaisante avec l’oppression et débrouillarde au sein des systèmes oppressifs. On en a des exemples frappants comme ceux des psychanalystes nazis Felix Boehm et Carl Müller-Braunschweig, ou celui du tortureur freudien Amilcar Lobo Moreira dans la dictature brésilienne, mais il faudrait penser aussi à ceux beaucoup plus nombreux, mais plutôt discrets et presque invisibles, qui sont délatés par Lobo Moreira : les psychanalyses qui savaient très bien ce que ce dernier faisait, qui ne l’ont pas dénoncé et qui se limitaient à exercer tranquillement la psychanalyse sous le régime dictatorial.

Les psychanalystes signalés par Lobo Moreira sont un peu partout en Amérique Latine. Ils sont majoritaires et ils ne se laissent déranger ni par les dictatures ni par la répression politique ni par l’impérialisme des États-Unis ni par les conditions d’extrême injustice et inégalité dans cette région du monde. Leurs analysants appartiennent souvent aux oligarchies d’oppresseurs. Ils s’en fichent, mais en profitent pour s’enrichir et appartenir eux-mêmes à ces oligarchies. Alors il arrive qu’ils commencent à faire de la politique pour dénoncer des régimes populistes de gauche comme celui de Chávez et Maduro au Venezuela. Ils leur reprochent précisément ce qu’ils n’ont jamais su reprocher aux dictateurs de droite. Et les psychanalystes français, bien entendu, s’unissent à leurs chorales plaintives. Les uns et les autres appartiennent aux mêmes classes sociales. Ils ont les mêmes intérêts et les mêmes orientations idéologiques.

Même quand ils ne se mêlent pas dans la politique, les psychanalystes ne devraient pas croire que leur pratique est apolitique. Elle ne l’est pas et ne le sera jamais, comme Lacan l’a bien constaté. Voilà pourquoi il faudrait maintenir une réflexion permanente sur les implications politiques de la clinique psychanalytique et prendre au sérieux les critiques lucides qu’elle a reçue à ce propos de part de Valentin Voloshinov, Georges Politzer, Wilhelm Reich, Theodor Adorno, Michel Foucault, Robert Castel et tant d’autres.

En plus de réfléchir à la politique de leur pratique, les psychanalystes devraient aussi continuer à s’aventurer par des voies qui permettent à la clinique de s’ouvrir à l’histoire et d’échapper de son mirage d’apolitisme, de son enfermement bourgeois, de son inertie et de sa récupération et domestication par le système. Je pense, par exemple, aux pratiques où le marxisme et la psychanalyse s’unissent pour la transformation radicale des institutions et de la société. Il y a bien évidemment les cliniques SEXPOL de Reich et les expériences pédagogiques libératrices de Siegfried Bernfeld à Baumgarten et de Vera Schmidt à Detski Dom, ainsi que les stratégies poétiques révolutionnaires de Tristan Tzara ou la psychothérapie institutionnelle de François Tosquelles et ce à quoi elle donne lieu chez Frantz Fanon. Il y a également certaines formes de psychanalyse groupale et institutionnelle comme celles associées au mouvement Plateforme et aux figures de Marie Langer et d’Armando Bauleo en Amérique Latine. Je pourrais donner bien d’autres exemples que j’examine dans le dernier chapitre de mon livre Marxism and Psychoanalysis : in or against Psychology ? Je voudrais seulement, pour finir, ajouter la récente expérience brésilienne de psychanalyse gratuite dans les rues, dans les parcs et les gares, qui est étroitement liée à des organisations de gauche radicale et à laquelle on consacrera une section spéciale dans le prochain numéro de la revue Teoría y Crítica de la Psicología.

Propos recuellis par Félix Boggio Éwanjé-Épée.