Universidad Michoacana: entre la insolvencia y la resistencia

Conferencia en el panel ¿Hacia dónde llevan a nuestra universidad?, convocado por el Frente para la Defensa de la Educación Pública y realizado el jueves 23 de noviembre de 2017 en el Aula Mater del Colegio de San Nicolás, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Evaluación

No hay nada que me entristezca tanto como aquellos estudiantes que tan sólo piensan en sus calificaciones. Están siempre concentrados en el diez que desean y no en todo lo que pueden aprender en sus clases. No les interesa lo que se evalúa, sino su evaluación. Todo su aprendizaje sirve para obtener una buena calificación final. Después, una vez que la obtienen, pueden olvidar todo lo demás, pues la evaluación era lo que les importaba, el sentido mismo del curso, la verdad a la que podía reducirse todo lo demás. Para estos recolectores de calificaciones y no de saberes, todo puede ignorarse en la carrera que se estudia mientras uno haya juntado suficientes dieces que luego puedan canjearse por un buen título.

Afortunadamente, al menos en las tres facultades en las que laboro, hay relativamente pocos estudiantes que sólo piensen en sus dieces. Me temo que son cada vez más, pero son aún pocos. El fenómeno de anteponer la evaluación a lo evaluado es más común entre los docentes, cada vez más obsesionados por sus constancias, por sus puntos, por sus promociones, por su perfil PRODEP, su puntaje en el ESDEPED y su permanencia o su nivel en el SNI. A veces tengo la impresión de que estas evaluaciones han terminado siendo lo que verdaderamente importa en la actual vida universitaria, la verdad secreta de todo lo que enseñan los profesores, tal como las calificaciones también son como la verdad secreta de todo lo que aprenden los malos alumnos a los que ya me referí.

Así como hay estudiantes que únicamente piensan en sus calificaciones, así también hay docentes que tan sólo piensan en sus evaluaciones, y así también hay funcionarios, al interior y al exterior de la universidad, que solamente son capaces de pensar en acreditaciones y en otros indicadores análogos. Observamos el mismo fenómeno en los tres casos, pero no en el mismo grado, pues me parece que se agrava a medida que ascendemos en la jerarquía universitaria. Como lo había dicho, aquellos a quienes únicamente les importan las evaluaciones son aún escasos entre los estudiantes, pero son muy numerosos entre los docentes y me atrevo a decir que son la inmensa mayoría de los funcionarios. Considero que esta diferencia corresponde a un grado variable de perversión por el sistema que rige las evaluaciones. Los funcionarios serían los más pervertidos, los docentes lo serían un poco menos y los estudiantes apenas estarían empezando a pervertirse.

En todo caso, tanto entre funcionarios como entre docentes y estudiantes, las evaluaciones tienden a volverse cada vez más importantes y no dejan de avanzar a costa de lo evaluado. Esto se ha puesto en evidencia en los últimos años con la campaña de orgullo nicolaita y con las múltiples declaraciones en el marco de la conmemoración del centenario de la universidad.

Cuantificación

¿Qué es lo que más hemos conmemorado y lo que nos hace sentir más orgullosos? Nuestras buenas evaluaciones, nuestros muchos dieces, nuestro número de estrellitas en la frente: número de licenciaturas acreditadas, número de posgrados incluidos en el programa nacional de posgrados de calidad, número de profesores con perfil deseable, número de miembros del SNI, etc. Pareciera que estos números captan la esencia de la universidad, su más profundo sentido, sus mayores logros, su verdad más íntima, lo que se conmemora, lo que nos enorgullece. En realidad, no se trata más que de unos simples números detrás de los cuales desaparece nuestra historia, nuestras luchas, nuestros logros, lo que nos hace únicos. Pero todo esto, lo realmente importante, no parece importarle a nadie. Lo que nos importa son unos cuantos números. Hemos terminado reduciendo todo el contenido de la universidad a estos números, procediendo así como los malos estudiantes que reducen todo el contenido de sus clases a unas cuantas calificaciones.

Comportándonos como los peores de nuestros estudiantes, muchos docentes y la mayoría de los funcionarios tienden a reducir la universidad a un conjunto de evaluaciones. Han llegado así a extremos tan desoladores como el de fincar nuestro valor en la posición que ocupamos en los rankings nacionales e internacionales de las mejores universidades. Nos envalentonamos con una lista que nos dice que somos la séptima mejor universidad nacional, desatendemos otra lista en la que ocupamos el decimosexto lugar, ignoramos otra lista más en la que ni siquiera aparecemos y exhibimos una suficiencia trágica, desalentadora, por ser la universidad número 1236 en el mundo.

El espectáculo es triste, patético y obsceno, e indigno de nuestra universidad. No encuentro semejante ejemplo de indignidad entre mis estudiantes, a los que todavía no he visto compararse unos con otros por su lugar en el ranking de su grupo ni tampoco jactarse de ocupar un séptima posición. Pero quizás vea esto muy pronto. ¡Con el mal ejemplo que les estamos dando!

Mercantilización

Los rankings y las demás evaluaciones tienen un propósito claro y explícito. De lo que se trata es de traducir lo cualitativo, como puede ser la calidad intrínseca del aprendizaje o del desempeño de un docente o de un estudiante o una institución, en los indicadores cuantitativos de las evaluaciones, como pueden ser puntos, niveles en el SNI, puntajes en el ESDEPED, números de programas acreditados, lugares en los rankings, etc.

¿Y por qué traducir así lo cualitativo en lo cuantitativo? Todos lo sabemos, aunque tal vez de un modo un tanto intuitivo: necesitamos convertir lo cualitativo en cuantitativo para poder intercambiarlo por dinero, quizás directamente, o tal vez indirectamente, a través de una serie de intercambios de unos valores cuantitativos por otros. En el caso del ESDEPED, por ejemplo, es muy claro: el puntaje se traduce en el número de salarios mínimos que recibimos. El funcionamiento del SNI es también transparente, al menos en esto: cada nivel corresponde a cierta cantidad de dinero. La misma lógica directa opera en el número de programas de calidad, pues todos ellos reciben recursos para la universidad, principalmente en concepto de becas para los estudiantes. En cuanto a las calificaciones de los estudiantes, ya sabemos que se canjean por títulos que a su vez se truecan por trabajos más o menos remunerados. Estas remuneraciones también se verían favorecidas por las acreditaciones de los programas en los que se estudia, los cuales, además, al estar acreditados, permitirían obtener mayores recursos para la universidad. Es al menos lo que se nos dice, y era ya el argumento de los rectores anteriores, desde Jaime Hernández, para impulsar la acreditación de los programas universitarios.

En todos los casos, es por los recursos, por los presupuestos, por los futuros salarios, por los dineros que se miden siempre cuantitativamente, por los que debemos cuantificarlo todo. Solamente las cantidades exactas de lo que sea pueden intercambiarse por cantidades exactas de pesos. El reino del dinero en el sistema capitalista impone el reino de las cantidades, el dominio de los valores cuantitativos sobre los cualitativos, el dominio del valor de cambio sobre el valor de uso, y aquí, en el seno de la universidad, el poder cada vez mayor de las evaluaciones cuantitativas, de los números, de los niveles, de las calificaciones, de las acreditaciones, de los puntos y puntajes. Todo esto es cada vez más decisivo en la universidad porque el dinero es cada vez más importante en el gran mercado en el que se está convirtiendo nuestro mundo.

Lo que se nos quiere hacer aceptar es que nuestra universidad, aunque pública, está en el mundo, es decir, en el mercado, y, por lo tanto, es una suerte de mercancía o conjunto de mercancías que debe aprender a venderse como todo lo demás que hay en el mercado. Y para venderse, tiene que expresarse en los términos cuantitativos del dinero. Es en estos mismos términos en los que la universidad intenta obtener más recursos, venderse al mejor precio, al exhibir sus números de miembros del SNI, de eficiencia terminal y de programas acreditados o de calidad.

Privatización

Se nos dice que los números sirven para convencer al gobierno de que nos proporcione más recursos. Y el gobierno, presentándose como cliente, quiere lógicamente dar menos dinero, y regatea, y la universidad se hace publicidad con sus números e insiste en que vale más. Y aquí estamos, negociando, cada vez más atrapados en la mezquina lógica del mercado. Es en esta lógica y sólo en esta lógica en la que puede hablarse de una “quiebra técnica” de nuestra universidad. ¡Como si lo público pudiera estar en quiebra! ¡Como si lo que es de todos pudiera ser insolvente! ¡Como si no dispusiera precisamente de la solvencia de todos! Con esta riqueza de la sociedad, lo público no puede estar quebrado, sino tan sólo despojado, saqueado, expoliado, privatizado, mercantilizado.

Se me ha preguntado hacia dónde están llevando a la Universidad Michoacana, y ya puedo responder lo que pienso: lo que pienso es que la están llevando, nos están llevando, al terreno del mercado. Esto ya es una forma de privatización de la universidad pública. Lo es, en primer lugar, porque se hace con el apoyo de instancias privadas, como el CENEVAL, que usurpan funciones públicas trascendentes, privatizándolas al tiempo que se privatizan también los recursos que les pagan. Pero tenemos una privatización más fundamental, una privatización de carácter ideológico, en el hecho mismo de operar como una empresa debe hacerlo en el mercado, vendiéndonos por los recursos que necesitamos y compitiendo con las demás empresas en los rankings, y reproduciendo esto en el interior de la universidad, al hacer que los profesores e investigadores también se vendan por dinero, por los apoyos del SNI y por los estímulos al desempeño, y compitan unos con otros como empresarios de sí mismos.

La universidad que se vende y que funciona como debe funcionarse en el mercado, de manera estratégica publicitaria, productivista, individualista y competitiva, es una universidad que se está privatizando. Es ya una universidad parcialmente privatizada, porque lo público, en donde sólo existe lo de todos nosotros, lo de toda la sociedad, se debería distinguir precisamente de lo privado por no funcionar en su lógica mercantil en la que uno tiene que venderse y publicitarse, producir más y más, pensar en uno para competir con el otro, e intercambiar lo privado por lo privado, lo tuyo por lo mío, tu dinero a cambio de mi producto entregable, tu estímulo a cambio de mi desempeño, tus pesos a cambio de mis puntajes, tus recursos a cambio de mis números de miembros del SNI o de programas acreditados o de calidad.

¿Pero por qué lo privativamente mío y tuyo y el intercambio mercantil entre lo uno y lo otro no podría tener un lugar, al menos un lugar bien acotado, en una universidad pública? Por algo muy sencillo: porque lo público, insistamos, es lo de todos nosotros, lo que no puede ser de nadie porque es de todos, lo que es de todos porque fue pagado con los impuestos de todos, con el trabajo de todos, con el esfuerzo de toda la sociedad. Esto es lo que nunca se entenderá en el mercado, en su ámbito mercantil-empresarial, que es también la esfera del capitalismo neoliberal.

Insolvencia

Ni siquiera debería plantearse la cuestión de que no hay recursos para una universidad pública: los hay porque los hay, porque hay riqueza pública en la sociedad y esa riqueza no le pertenece al gobierno, sino que nos pertenece a todos, precisamente porque es pública, es nuestra. Y cuando no se nos da, sencillamente se nos quita, se nos roba, pues hay que robarnos para no darnos lo que es nuestro. Y al decir “nuestro”, no estoy pensando sólo en los empleados y en los docentes de la universidad, sino también y especialmente en los estudiantes, en los futuros profesionistas, en sus familias de trabajadores y hasta en la población que se ve beneficiada por todo lo que gastamos los universitarios en Michoacán.

Desde luego que puede e incluso debe hacerse todo lo posible para que los recursos no sean malgastados, pero esto ha de lograrse en el consenso, en el diálogo sobre cómo administrar nuestro patrimonio público, y no como lo han hecho los gobiernos federal y estatal: no haciendo como si fuera el dueño de lo que sólo es el administrador, no acaparando los recursos que son de todos, no recortándolos arbitrariamente, no usándolos con fines políticos diferentes de los establecidos, no desviándolos discrecionalmente desde la educación hacia la seguridad, no impidiendo el funcionamiento de instituciones educativas, no empobreciendo lo público, no robándole su riqueza, no privatizándola, no entrando en una lógica mercantil de chantaje, de coacción económica, de regateo, de intercambios de lo privado por lo privado.

¿Pero acaso no es la misma universidad la que ha ido claudicando y entrándole al juego del mercado?  Es verdad que ha sido presionada, casi extorsionada para hacerlo, pero también es verdad que no ha resistido lo suficiente y que se ha dejado llevar a un terreno en el que tenemos todas las de perder, como lo estamos viendo, y esto por una simple razón: porque somos una universidad pública y tenemos que dejar de ser lo que somos, debemos perdernos, para funcionar en el mercado, en el ámbito de lo privado y en su lógica mercantil, comerciante y empresarial. Y de cualquier modo, como lo muestra nuestra supuesta quiebra técnica, ni siquiera conseguimos funcionar bien en el mercado, lo cual, por cierto, quizás debiera ser lo que más nos enorgullezca, pues demostraría que no hemos logrado pervertirnos lo suficiente y que no hemos llegado a ser lo que se quiere que seamos, lo que sencillamente no somos.

Resistencia

Aunque no hayamos resistido lo suficiente, aunque nos hayamos dejado llevar al mercado, hay algo que aún resiste, algo en lo que me parece que radica la poca dignidad que todavía nos queda, algo que nadie quiso recordar en la conmemoración del centenario, algo que paradójicamente suele avergonzar a muchos sencillamente porque es algo que no puede venderse. Estoy haciendo alusión a algo que se expresa en las casas de estudiantes, en el vínculo profundo que nos une con las comunidades indígenas, pero también en algunos aspectos de nuestra ley orgánica, en el sistema de jubilaciones, en el vigor de las bases de nuestros sindicatos, en los estudiantes que se movilizan en las calles y en la figura de aquellos docentes, entre los que desafortunadamente yo no me encuentro, que entregan sus vidas a la enseñanza y que no se dejan corromper ni distraer por el SNI, el ESDEPED y todos los demás sobornos con lo que se nos compra cotidianamente.

Hay algo, pues, que no se deja comprar, que no ha cedido, que todavía resiste y subsiste. Me refiero a eso en lo que reposa todo mi orgullo nicolaita, eso que no tiene absolutamente nada que ver con las acreditaciones y los demás artilugios con los que buscamos vendernos al mejor precio. Estoy pensando en lo que nos distingue, lo que nos hace cualitativamente únicos, algo que resulta necesariamente incuantificable, inconmensurable, y que, por lo tanto, no puede situarnos en ningún ranking ni tampoco representarse numéricamente para compararnos con otras universidades. Pienso en eso que nos hace incomparables y que vemos aparecer una y otra vez en la historia de nuestra universidad.

Aquello a lo que me refiero es lo que hizo que nuestro fundador, Vasco de Quiroga, defendiera a los indígenas contra los conquistadores y les dejara nuestro Colegio de San Nicolás para que en él se educaran “gratuitamente, sin pagar y sin que se les pidiera ni llevase cosa alguna”. Es lo mismo por lo que nuestro antiguo rector, Miguel Hidalgo y Costilla, exigió que cesara “toda exacción” contra los indios. Es eso por lo que otro nicolaita, José María Morelos, abolió en nuestro país cualquier “distinción de castas”, ordenando que “todos quedáramos iguales”, y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”. Fue lo que impulsó a Melchor Ocampo a luchar por la libertad, por la justicia y contra los privilegios, y lo que hizo que el socialista Isaac Arriaga, alumno y maestro nicolaita, participara en la revolución, repartiera tierra entre los campesinos michoacanos y fuese asesinado en 1921 por una turba de conservadores enfurecidos. Fue lo defendido por valientes rectores como Natalio Vázquez Pallares, Porfirio García de León y Eli de Gortari. Es aquello por lo que fueron asesinados los mártires nicolaitas Héctor Tavera Torres y Agustín Abarca Xochíhuatl, quienes exigían precisamente mayor presupuesto para la universidad.

En lo que estoy pensando es también aquello por lo que fueron encarcelados Efrén Capiz y Ramón Martínez Ocaranza. Es lo que atrajo a nuestra universidad a tantos intelectuales críticos e insumisos, entre ellos el gran Aníbal Ponce, así como exiliados de la Guerra Civil Española como los filósofos José Gaos, María Zambrano y Juan David García Bacca, el escritor alemán antifascista Ludwig Renn, y finalmente quienes secundaron el proyecto elidegortarista, como el comunista Juan Brom y el marxista Adolfo Sánchez Vázquez. Pienso en aquello por lo que le otorgamos el doctorado honoris causa a Salvador Allende póstumamente en 1974, a Pablo Neruda en 1943, y, en el mismo año, al injustamente menos conocido Rómulo Gallegos, el escritor y futuro presidente venezolano que se atrevió a defender la soberanía de su país y elevar los impuestos para las compañías petroleras, lo que le valió un golpe de estado, en 1948, que nos lo trajo de nuevo a Morelia.

Desconfianza

Nos guste o no, lo mejor de nuestra universidad, lo más destacado, aquello por lo que se le recordará y en lo que se ha condensado su mayor inteligencia y su mayor osadía intelectual, contradice diametralmente la orientación ideológica mercantil-empresarial y capitalista-neoliberal que se le impone desde hace algún tiempo. Lo único por lo que podría justificarse esta orientación, la obtención de recursos del gobierno, parece no estar dando muy buenos resultados, puesto que, según dicen, estamos en situación de insolvencia. ¡Es por esta miseria por la que renunciamos a lo mejor de nosotros! Es como si quisiéramos perdernos, prostituirnos y convertirnos en una vulgar empresa tan sólo para estar en quiebra.

Vamos a seguir perdiendo cada vez que entremos en el juego de un sistema que sólo sabe ganar tramposamente contra los ingenuos que juegan según las reglas que él impone. Obtuvo nuestros indicadores, pero no quiere darnos la retribución que les corresponde. No ha pagado ninguna compensación por todo aquello a lo que renunciamos para satisfacerlo. Tampoco solucionó los problemas económicos de varias instituciones de educación superior que accedieron a reformar su régimen de pensiones y jubilaciones para solucionar sus problemas económicos. Ahora el mismo sistema nos asegura que basta reformar tal régimen para salir de la insolvencia y para que todo se arregle. ¿Seremos tan ingenuos como para creerle una vez más?

Tenemos que desconfiar del sistema. Ciertamente vamos a tener que negociar con él, pero debemos hacerlo con prudencia, con la mayor desconfianza, y no en sus términos, precisamente porque son los suyos y están marcados, trucados, viciados, cargados para beneficiarlo. Tenemos que recobrar nuestros propios términos, que no son los de todos esos números por los que nos dejamos cautivar y entrampar. Mientras continuemos obsesionados con las evaluaciones, vamos a seguir perdiendo en el juego, y además, lo peor, vamos a seguir perdiéndonos a nosotros mismos.

¿Cómo no recordar a esos malos estudiantes que obtienen las peores calificaciones precisamente por estar obsesionados con sus calificaciones? Esta obsesión los distrae de lo realmente importante y les impide comprender todo lo que está en juego en lo que aprenden. Me parece que esto es lo que nos está pasando en la universidad: andamos tan concentrados en la estrategia para vendernos, que ya ni siquiera sabemos lo que vendemos. En definitiva, tan sólo sabemos que vendemos estrategias para vendernos, como acreditaciones, reconocimientos de calidad a los posgrados y pertenencias al SNI.

Ahora que fundaron significativamente la carrera de mercadotecnia, me dije que habría de sernos muy útil, pues es a lo que nos dedicamos desde hace algún tiempo, desde que sólo pensamos en vendernos. Y hay que insistir en que no lo hacemos nada bien. Lo repito: parece que nos hemos convertido en una gran empresa tan sólo para estar en quiebra. Desde luego que también tendríamos problemas económicos si hubiéramos preservado lo mejor de nosotros, pero al menos podríamos consolarnos con la satisfacción de preservar eso, lo mejor de nosotros. No perdamos lo que nos queda.

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Repetir en lugar de recordar: la memoria del sujeto atrapado en su pasado

Intervención en el Coloquio Memoria, sujeto y educación histórica, Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), Morelia, Michoacán, México, lunes 30 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Memoria e inconsciente

El inconsciente de Freud no se define de manera negativa. No es algo menos existente o menos presente que lo consciente. No es un vacío ni tampoco está más vacío que la conciencia. No se compone de lo desconocido, sino de lo que se conoce de otro modo. Es un saber particular y no una falta de saber. No está constituido tampoco por lo que se olvida o se borra de la memoria, sino por lo que se recuerda o se inscribe de otra manera.

Para Freud, paradójicamente, hay una memoria inconsciente: hay formas inconscientes de recordar. Una de ellas es la repetición de lo que no conseguimos rememorar conscientemente. No pudiendo evocarlo en la conciencia, debemos escenificarlo en la realidad.

Muchos de nuestros actos no suceden sino porque no pueden ser pensamientos conscientes. La ausencia e insuficiencia de nuestra conciencia es lo que se manifiesta, entonces, en la presencia y la suficiencia de nuestra actividad. En otras palabras, actuamos por no poder pensar. Esta idea genial será desarrollada por Freud entre 1900 y 1912, entre el caso Dora y el texto intitulado “Recordar, repetir y reelaborar”. Permítanme detenerme un momento en estos dos textos.

Freud: repetir y recordar

El caso Dora, como sabemos, es la historia de una joven atrapada en una intrincada red erótica en la que se entretejen las relaciones entre ella y la señora K, entre la señora K y el señor K, entre el señor K y Dora, entre Dora y su padre, entre su padre y la señora K. Esta red es aquello de lo que Dora tendría que liberarse a través del análisis con Freud, pero el proceso analítico parece complicarse y fracasar demasiado pronto. Una de las razones del fracaso es que no se consigue desenmarañar y destejer la red a través de la transferencia en el vínculo entre Dora y Freud. Este vínculo reactualiza la red erótica de un modo que impide reflexionarla y superarla. Según los términos del propio Freud (1905), la joven Dora “actuó un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo en la cura” (p. 104).

El caso Dora le permite a Freud trazar una distinción fundamental entre la reproducción en la cura y el acto que no cura, es decir, entre el método transferencial del psicoanálisis y el pasaje al acto que viene a liquidar el proceso analítico. Esta distinción habrá de profundizarse diez años después en el pequeño texto “Recordar, repetir y reelaborar”, en el que se distingue claramente: por un lado, el “recordar”, la “reproducción como recuerdo”; y, por otro lado, el “actuar”, la reproducción como “acción” (Freud, 1914, p. 152). Actuamos lo que no podemos recordar. A falta de un recuerdo propiamente dicho, lo que tenemos es un acto, y, de manera más precisa, una repetición, y, de modo aún más exacto, la “compulsión de repetición”, descrita por Freud como una “manera de recordar” (pp. 152-153).

Freud plantea, pues, que repetir es una manera de recordar, y nosotros podemos entender que se trata de una manera inconsciente de recordar, y, por ende, también, en cierto modo, una manera de no-recordar o de olvidar, pues el repetir no deja de oponerse al recordar. Se trata de un dilema entre la rememoración y la repetición. Hay, en efecto, dos posibilidades mutuamente excluyentes: o reproducimos en el recuerdo o reproducimos en la acción. Estamos condenados a repetir de modo incesante, crónico y patológico, lo que no estamos en condiciones de recordar y de curar a través del recuerdo.

Pensamiento y liberación

No pudiendo evocar algo conscientemente dentro de nosotros, debemos hacerlo persistir inconscientemente en la realidad, fuera de nosotros y a través de nosotros, en lo que somos y hacemos. Debemos quedar así atrapados en aquel pasado que nos hace actuar y en el que no podemos pensar. Pensarlo nos haría objetivarlo, desprendernos de él, escapar de su esfera y dejarlo atrás al dejar de actuarlo. El pensamiento, en el sentido más radical de la palabra, condiciona entonces nuestra liberación. Tan sólo podemos liberarnos de aquello en lo que pensamos, aquello que aprehendemos reflexivamente, aquello que nos representamos conscientemente.

En cuanto a los acontecimientos pasados que se resisten a nuestros intentos de representación consciente y de aprehensión reflexiva, debemos aceptar que se mantengan inconscientemente presentes y que sean más bien ellos los que nos aprehendan al poseernos como seríamos poseídos por un demonio. Muchos de nuestros actos, quizás incluso casi todos, acaban siendo repeticiones del pasado que domina implacablemente nuestras vidas. Lo que ya vivimos ayer decide lo que habremos de vivir hoy y mañana. La vida futura le pertenece a la pretérita.

No podemos vivir, en definitiva, sino al repetir esos acontecimientos pasados en los que nos hemos quedado trabados. Nos llevan con ellos a donde ellos quieren ir. Después de todo, al no poder pensarlos, es como si pensaran por nosotros. Es en ellos en donde radica la clave de nuestros pensamientos y es por eso que nos dominan como lo hacen. Tan sólo podemos liberarnos de ellos cuando nuestra conciencia es capaz de capturarlos, comprenderlos, y así, como de dice, “tomarlos por los cuernos”. De lo contrario, son ellos los que nos mantienen atrapados en ellos y los que hacen que debamos experimentarlos en carne propia, desplegarlos a través de nuestras vidas, vivirlos, actuarlos y sufrirlos.

Por ejemplo, cuando nuestra conciencia es incapaz de aprehender lo que está en juego en la colonización europea y en la opresión porfirista, corremos el riesgo de mantenernos colonizados y oprimidos en diversos aspectos de nuestra existencia. Es, entonces, como si la Independencia y la Revolución hubieran fracasado. Nosotros mismos repetimos la colonia y el porfiriato: nos doblegamos, renunciamos a la democracia, nos sometemos a un despotismo demasiado semejante al porfirista, nos vendemos al mejor postor y establecemos con él vínculos neocoloniales de franca dependencia. ¿No es acaso lo que ocurre cotidianamente en México? Todo tiende a neutralizar las conquistas de la Independencia y la Revolución. Podríamos decir que estos dos intentos de liberación han terminado fracasando, al igual que el proceso analítico de la joven Dora, porque no hemos sido capaces de reflexionar seriamente sobre nuestra historia de colonialismo y despotismo. No hemos podido hacer consciente lo inconsciente, y entonces nos hemos condenado a repetir el colonialismo y el despotismo, actuándolos inconscientemente y así quedando atrapados en el pasado.

Reelaboración y resistencias

Liberarnos del pasado nos exige recordarlo. Sin embargo, para llegar a recordarlo, no basta que otro nos lo recuerde. Freud nos advierte que el intento de alguien más de recordarnos lo que estamos repitiendo sólo sirve para fortalecer nuestra compulsión a la repetición y nuestra correlativa resistencia a recordarlo. Para que lleguemos a recordarlo realmente, se nos debe “dar tiempo” y permitir que nos “enfrasquemos en la resistencia” y que la “reelaboremos” (Freud, 1914, p. 157).

La reelaboración, que nos permite pasar de la repetición inconsciente a la rememoración consciente, sólo será verdadera y efectiva cuando sea hecha por el propio sujeto, es decir, en un plano socio-histórico, por nosotros mismos como ente colectivo, como colectividad, como pueblo. Es el mismo pueblo el que debe reelaborar su pasado y así recordarlo de verdad y liberarse de él al dejar de actuarlo y repetirlo. Nadie puede hacer todo esto en lugar del pueblo, ni las vanguardias ni los “maestros de escuela” repudiados por Marx y por Rosa Luxemburgo, ni los dirigentes ni los intelectuales orgánicos o inorgánicos, ni los historiadores ni los psicólogos sociales ni los supuestos “psicoanalistas de la sociedad” ni los demás usurpadores del pueblo.

Es el mismo pueblo el que ha de superar sus resistencias. ¿Pero por qué superarlas? Para liberarse de lo que lo impiden liberarse, a saber, la repetición inconsciente y sus redes: redes tan opresivas como las del caso Dora.  El colonialismo en México, por ejemplo, se perpetúa debido a las resistencias del pueblo para liberarse de él, para independizarse, para concretar los ideales de Hidalgo, Morelos y Guerrero. Soy las mismas resistencias por las que Dora no podría curarse. De ahí que las resistencias tengan una connotación claramente negativa en Freud: nos resistimos a recordar, a pensar, a reflexionar, a hacer consciente lo inconsciente, a liberarnos del pasado en el que permanecemos atrapados. Nos resistimos, pues, a nuestra propia liberación, a nuestra propia curación.

Cuestionamiento y problematización

Para conquistar nuestra libertad, habría que empezar por vencer nuestras propias resistencias. Ésta es la convicción de Freud. Pero tal vez debamos cuestionarla y problematizarla, preguntándonos si resulta siempre deseable acabar con las resistencias del sujeto, hacer consciente lo inconsciente, liberarnos del pasado y dejar de actuar lo que no alcanzamos a pensar.

¿Y si las acciones inconscientes del pueblo preservaran algo popular trascendente, valioso y significativo, que no pueda preservarse de otro modo: algo que deba repetirse para conservarse, un pasado que sólo pueda mantenerse presente al actuarse en lugar de pensarse de modo consciente? Consideremos, por ejemplo, toda esa fabulosa opacidad impenetrable de las tradiciones populares y de aquello que Halbwachs (1950) designaba con el nombre de “memoria colectiva”. ¿Por qué habría que liberarse de esas formas de repetición que nos permiten resistir a muchas cosas, no sólo a los procesos independentistas y revolucionarios, sino también a los órdenes coloniales y despóticos? ¿Por qué habría que vencer aquí la resistencia?

¿Por qué no respetar los últimos reductos de resistencia que hay dentro de nosotros y en las comunidades? ¿Por qué abrir esos refugios en los que el pueblo se ha escondido y protegido exitosamente contra las adversidades más violentas de la historia? ¿Por qué habría que hacer consciente lo que sólo puede mantenerse vivo a través del inconsciente? Y de modo aún más radical: ¿por qué habría que dejar de actuarse lo que tal vez necesite actuarse para concebirse, reflexionarse, pensarse? ¿Por qué habría que dejar de repetirse lo que sólo puede recordarse al repetirse? Esto es algo que sabemos bien en el marxismo: hay cosas de las que sólo podemos tener una idea clara y distinta por medio de la acción. Es por esto que algunos marxistas consideramos que la práctica no es aplicación de la teoría, sino continuación de la teoría por otros medios y en campos en los que debe practicarse para teorizar.

Hay cosas que resisten intrínsecamente a la teorización, al pensamiento y a la conciencia. Freud no lo ignoraba: la resistencia está en el cuerpo, en la profundidad insondable del ello, en el meollo pulsional, en el núcleo del sueño, en el corazón del pueblo y de su cultura. Es un hueso imposible de roer por el pensamiento y que debe hacerse y vivirse para existir. Es también para esto que existe la práctica psicoanalítica.

El psicoanálisis es mucho más que un simple ejercicio por el que el yo adviene en donde era ello y se hace consciente lo inconsciente. A diferencia de la psicología dominante, el psicoanálisis coincide con el marxismo al desconfiar del yo y de su conciencia. Lo consciente, para Freud, es peligroso y no sólo impotente.

Nuestra conciencia jamás puede agotar lo que debe hacerse y vivirse para existir, pero sí quizás exista el peligro de que lo degrade y hasta lo destruya por obstinarse en sacarlo a la luz. Es un peligro que debemos tener presente quienes queremos pensarlo todo: nosotros los académicos, los universitarios, que imaginamos que todo lo existente es también pensable. Esta imaginación es lo que nosotros, los marxistas, denominamos “idealismo”. Es la certeza de que las ideas engloban todo el mundo material, como si fuera el mundo entero el que está en ellas y no ellas las que están en el mundo.

Referencias

Freud, S. (1905). Fragmento de análisis de un caso de histeria (caso Dora). En Obras completas, volumen VII. Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Freud, S. (1914). Recordar, repetir y reelaborar. En Obras completas, volumen XII. Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Halbwachs, M. (1950). La mémoire collective. París: Albin Michel, 1997.

 

Dos caras de un mismo pueblo: notas para un acercamiento psicosocial a María de Jesús Patricio y Andrés Manuel López Obrador

 

Publicado en Rebelión del 27 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Legado

El pueblo de México ha llegado a una encrucijada. Su camino se ha bifurcado entre un hombre y una mujer. Él es el Peje, Andrés Manuel López Obrador, a la cabeza del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA). Ella es Marichuy, María de Jesús Patricio, vocera de una entidad que emana del Congreso Nacional Indígena (CNI) y que es apoyada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

El Peje y Marichuy representan dos tradiciones paralelas y dos opciones opuestas de la izquierda mexicana. Él aparece como heredero de un cardenismo al que le debemos en gran parte, como pueblo que somos, lo que ahora intentan arrebatarnos, lo mejor de nuestras instituciones públicas, las mayores conquistas sociales concretas del proceso revolucionario, la poca justicia y la poca igualdad que hay en México. Ella se presenta como depositaria de la herencia histórica de un zapatismo del que recibimos, también como pueblo, nuestros más altos ideales de justicia e igualdad, nuestro más íntimo ímpetu rebelde, nuestra lucha por tierra y libertad, nuestra indomable dignidad y nuestra inagotable capacidad de resistencia.

Ella nos anima con todo aquello que anhelamos y que nunca hemos conseguido. Él nos consuela con las pocas aspiraciones que realizamos en el pasado. Nos decimos que él nos hará volver a ganar algo, quizás muy poco, aunque sea para mantener viva nuestra esperanza. Contamos con ella para desear algo más, algo prácticamente inalcanzable, aunque sea para que no muera ese misterioso deseo latente del que siempre depende nuestra esperanza manifiesta.[1]

Amistad

Tanto María de Jesús como Andrés Manuel parecen merecer nuestra confianza. Los dos nos han dado suficientes pruebas de buena fe, de honestidad y de legitimidad. Son quienes son, y no, como se pretende, artimañas de quienes corrompen, saquean y destruyen todo lo que nos rodea.

Ella no es el producto de una conspiración orquestada para dividir los votos de la izquierda. Él no es una cabeza más de la hidra capitalista contra la que arremeten los zapatistas. Ni él ni ella son los verdaderos enemigos de quienes han decidido seguirlos.

Ni él ni ella parecen estar manipulando al pueblo que los apoya con tanto ardor y entusiasmo. ¿Por qué habrían de manipularlo? ¿Y cómo habrían de hacerlo? Este pueblo tiene memoria, criterio e inteligencia.[2] Piensa con toda la capacidad intelectual de nuestros millones de pensamientos que se han ido entretejiendo poco a poco, generación tras generación, hasta componer el abrigo que nos protege y nos cobija en las circunstancias más adversas.

El pueblo no se dejaría engañar como aquellos torpes votantes aislados que lo traicionan al desprenderse de él y al caer en las redes comerciales y mediáticas de compra y promoción del voto. El pueblo no es como ellos, pues tiene conciencia de clase: conocimiento colectivo, práctico, material e histórico.[3] Es por esto que no se ha dejado atrapar, devorar, subsumir totalmente ni como productor en el capital[4] ni como consumidor en su ideología[5]. Sabe mantenerse también afuera y es precisamente por eso que es pueblo. Es pueblo porque no es tan incauto como se lo representan quienes lo desprecian.

Mismidad

El pueblo es tan prudente y tan juicioso que tan sólo acepta seguirse a sí mismo. Digamos que no se aliena sino en sí mismo: al desalienarse a sí mismo de todo lo demás. Es lo que hace al elegir su propio reflejo en Andrés Manuel y en María de Jesús. Él y ella no pueden ser más que pueblo: dos caras de nuestro mismo pueblo proyectado en aquello que debe obedecerlo, manifestarlo, identificarse con él, ser él.[6]

Ella, indígena, es la fisonomía femenina, reveladoramente femenina, de quinientos años de lucha subterránea por la vida y resistencia invisible contra la colonización, la dominación, la discriminación, la marginación y la devastación. Él, mestizo, es el doble rostro masculino, significativamente masculino, de la victoria en la derrota, de la obstinación en la claudicación, de la independencia en la dependencia, de la revolución en la institucionalización, de la incesante guerra contra el poder en el seno mismo del poder.

Él, inevitablemente contradictorio, tiene que hacer concesiones para llevarnos hacia donde queremos ir. Ella, necesariamente consecuente, debe mantenerse firme y no hacer concesiones para que no terminemos una vez más en donde no queremos estar. Es verdad que ella, en sintonía con el zapatismo, se nos presenta como una utopista que no deja de apostarle histéricamente a lo imposible.[7] También es cierto que él ha sabido ser un realista que se atiene obsesivamente a lo posible.[8] ¿Pero acaso él no ha demostrado ya cuán utópico es el realismo en una sociedad como la nuestra?[9] ¿Y acaso los zapatistas, en la heterotopía de sus comunidades, no han demostrado que hay un lugar en el que lo imposible puede realizarse?[10]

Tal vez dudemos, con mucha razón, de que el proyecto purista y anticapitalista de ella sea realizable a nivel nacional. Sin embargo, con igual razón, también podemos desconfiar de un proyecto, como el de él, que sólo parece realizable con la adhesión de nuestros peores enemigos y en el contexto del sistema capitalista que todo lo degrada y lo destruye. ¿Pero acaso, volviendo al viejo debate, no resulta imposible deshacerse del capitalismo en un solo país?[11]

Mientras seamos un solo país, quizás mejor convenga que nos limitemos a contener el capitalismo globalizado y atenuar localmente sus peores efectos. Es al menos lo que Andrés Manuel parece proponer. ¿Vejez claudicante o madurez ante una suerte de infantilismo izquierdista? ¿Realismo u oportunismo? ¿Derrotismo y resignación o sensatez y buen sentido? ¿Buen o mal aprendizaje de lo que nos enseñan las últimas experiencias populistas latinoamericanas?

Valentía

El caso es que el Peje restringe su movimiento al ámbito nacional. Ofrece ni más ni menos que un país en el que todos tengamos nuestro lugar. Marichuy, en cambio, prefiere un mundo en el cual, siguiendo la máxima zapatista, quepan muchos mundos.

Quizás ella y sus adeptos muestren una respetuosa humildad al no pretender que nadie se asimile a nada, pero por eso mismo son tan histéricamente intrépidos como para querer cambiar el mundo. Tal vez el Peje se muestre modesto y mesurado al buscar tan sólo transformar nuestra nación, pero exhibe su obsesiva osadía cuando no tolera que nadie quede afuera de su proyecto. Él nos acoge tanto como ella nos respeta.

Ella no insiste, pero sólo admite a quienes estén dispuestos a situarse abajo y a la izquierda. Él tiene ciertamente una orientación hacia la izquierda y una inclinación hacia los de abajo, pero sabe que debe abarcar a todos o al menos a casi todos, entre ellos muchos de arriba y de la derecha, para llegar al poder y para proponer un proyecto de nación que sea verdaderamente inclusivo, auténticamente nacional.

El Peje cultiva la respetable y esperanzadora política populista y quiere triunfar por la unidad, por la universalidad, por la hegemonía, por las equivalencias entre diferentes reivindicaciones de nuestra sociedad.[12] Marichuy prefiere la otra política, la compartida por los zapatistas: no sólo mantiene un respeto irrestricto por la diferencia y por la particularidad, sino que ni siquiera se interesa en triunfar, aun cuando sabe muy bien lo que desea.[13]

Complementariedad

María de Jesús parece atraer uno por uno, caso por caso, a los diferentes, a los más conscientes de sus diferencias, mientras que Andrés Manuel es masivamente seguido por los iguales, por los más sensibles a la igualdad. Lógicamente, si los de él tienen la obsesión de la unidad política y colectiva, los de ella están empecinados en la organización micropolítica y transindividual.

Ella busca entrelazar y él necesita sumar. Él debe ser estratégico y pensar en los términos cuantitativos de la democracia representativa y de la sociedad moderna o hipermoderna, mientras que ella puede plantear la situación en los términos cualitativos de la comunidad tradicional o posmoderna y de una democracia directa como la practicada milenariamente por los pueblos indios.

Hay que decir que ella no sólo tiene afinidad con los indígenas y los campesinos, sino también con individuos solitarios de las clases medias, con pequeños grupos de soñadores, con las más diversas tribus urbanas, con equilibristas que alcanzan a vivir tanto en los márgenes de la sociedad, en las orillas del abismo circundante, como en los intersticios que se abren entre los grandes bloques sociales. En cambio, él suele atraer a estos grandes bloques, a sectores enteros de la población, a muchedumbres maltratadas e indignadas, a las masas de trabajadores que sufren todo el peso de los núcleos industriales y empresariales. Quienes optan por él se concentran por lo general en los grandes centros de producción y circulación, mientras que los de ella tienden a disiparse en la periferia de nuestro universo simbólico.

Podríamos conjeturar que las minorías excluidas y marginadas la necesitan a ella, mientras que las mayorías oprimidas y explotadas precisan de alguien como él. Es verdad en parte, pero lo cierto es que todos somos como sujetos, en uno u otro aspecto de lo que somos, tan minoritarios como mayoritarios, tan excluidos como explotados, tan marginados como oprimidos.[14]

Resolución

Al menos aquí, en el pueblo, todos tenemos buenas razones para sentirnos representados por Marichuy y por el Peje. Quizás necesitemos de los dos para no sacrificar nada en lo que somos, pues quienes los apoyamos, nos guste o no, estamos irremediablemente divididos entre lo que se nos explota y lo que se nos excluye, entre el interior y el exterior del sistema capitalista, entre nuestra universalidad como ciudadanos y nuestra particularidad como sujetos, entre lo que negocia y lo que se resiste a cualquier negociación, entre el país y la madre tierra, entre la sociedad y la comunidad, entre lo mestizo y lo indígena, entre lo que intenta regenerarse y lo que busca preservarse.[15]

Es desde siempre que nos hemos desgarrado entre las dos opciones que ahora se nos imponen tan abiertamente. Desde luego que son diferentes y hasta contradictorias. Quizás incluso resulten inconciliables, pero estamos en condiciones de respetarlas y ver cómo se anudan en el pueblo y en cada uno de nosotros, como cuando pensamos con una y sentimos con la otra, o cuando profundizamos en una tan sólo para llegar a la otra.

El Peje y Marichuy podrían ser los dos términos de la ecuación que debemos resolver para vencer al sistema capitalista que amenaza con aniquilarnos. Esto es urgente, pero difícil. ¿Cómo relacionar lógicamente dos términos que nos parecen a veces inconmensurables y otras veces mutuamente excluyentes?

¿Cómo no sentirse tentado a ceder a la facilidad al quedarnos con uno de los términos y descartar el otro? Es lo que haremos al elegir simplemente una opción, reconocernos en ella y desconocernos en la otra, defender la elegida y descalificar la rechazada. Pero entonces lucharemos contra nosotros mientras luchemos por nosotros. Es algo que hacemos a menudo en la izquierda. Nos ha costado muy caro: aún pagamos con la pesada cadena de fracasos de la que no conseguimos liberarnos.

Referencias

[1] Jacques Lacan, Les non-dupes errent (1973-1974), París, L’Association Freudienne Internationale, 2001.

[2] Maurice Halbwachs, La psychologie collective (1938), París, Flammarion, 2015.

[3] György Lukács, Historia y conciencia de clase (1923), Madrid, Sarpe, 1985.

[4] Karl, Marx, El Capital, libro I, capítulo VI inédito (1866), México, Siglo XXI, 2009.

[5] Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana (1846), Montevideo, Pueblos Unidos, 1974.

[6] Sigmund Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), en Obras completas XVIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1998.

[7] Jacques Lacan, Le séminaire, livre XVII, L’envers de la psychanalyse (1969-1970), Paris, Seuil, 2006.

[8] Ibíd.

[9] Ver Jacques Rancière, Aux bords du politique (1998), París, Gallimard, 2004.

[10] Ver Michel Foucault, Le corps utopique suivi de Les hétérotopies (1966), Paris, Lignes, 2009.

[11] Leon Trotsky, El gran debate (1924-1926), La revolución permanente, Buenos Aires, Pasado y presente, 1972.

[12] Ernesto Laclau, La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2005. Laclau y Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy (1985), Londres, Verso, 2001.

[13] David Pavón Cuéllar, Elementos políticos de marxismo lacaniano, México, Paradiso, 2014.

[14] Jacques Lacan, Écrits, París, Seuil, 1966.

[15] Karl Marx, Sobre la cuestión judía (1843), en Escritos de juventud, México, FCE, 1987.

La psicología crítica y su necesaria sensibilidad ante la violencia estructural: una opción ante el ocultamiento psicológico del racismo y la miseria en México

Conferencia en el auditorio de la Universidad La Salle de Pachuca, Hidalgo, México, martes 17 de octubre 2017

David Pavón-Cuéllar

Autocomplacencia y autocrítica

Todos conocemos bien la autocomplacencia. Uno es autocomplaciente cuando se muestra indulgente o poco exigente consigo mismo. Digamos que uno se ve a sí mismo con demasiada tolerancia y hasta optimismo. Uno piensa que es mejor de lo que realmente es. Aunque uno actúe mal, considera que actuó bien. Encuentra la manera de presentar sus propios actos como correctos al embellecerlos o al justificarlos. Es así como uno, complaciéndose a sí mismo, se conduce de modo autocomplaciente.

La autocomplacencia no sólo es frecuente en los individuos, sino también en los grupos. Todos conocemos el caso de los partidos políticos o de otros entes colectivos que son demasiado condescendientes consigo mismos. Intentan convencernos y quizás convencerse a sí mismos de que todo lo que hacen está bien, es correcto o al menos aceptable. Nunca se exigen a sí mismos todo lo que les exigen a los demás. Son tan severos con los otros como son poco severos consigo mismos. Cuando se trata de juzgarse a sí mismos, los grupos tienden a ser tan complacientes como los individuos.

La autocomplacencia es un rasgo común de casi todos los grupos, incluidos los de científicos y profesionales, entre ellos los psicólogos. Independientemente de nuestras especialidades y de nuestras orientaciones teóricas, los profesionales de la psicología constituimos un grupo, y, como los demás grupos, tenemos la buena o mala costumbre de mostrarnos demasiado complacientes hacia nosotros mismos. Nuestra idea sobre la psicología suele ser extremadamente optimista.

Muchos de nosotros los psicólogos valoramos demasiado nuestra profesión. Consideramos que lo que hacemos es tan valioso y tan útil que acabamos creyéndonos una especie de salvadores del género humano. De hecho, es tanto lo que nos embriagamos con la convicción de saber todo sobre la humanidad, que terminamos prescindiendo alegremente de las demás indagaciones en torno a su misterio.

Llegamos a ser despiadados con la psiquiatría, desde luego, pero no con la psicología. Y aunque a veces critiquemos con dureza una corriente psicológica particular diferente de la nuestra, es muy raro que nos atrevamos a dirigir nuestras invectivas a nuestra propia corriente o a la psicología en general. Esto es así porque la mayoría de nosotros nos caracterizamos por ser muy poco autocríticos.

La autocrítica es minoritaria en el campo de la disciplina psicológica. La psicología es mayoritariamente autocomplaciente y minoritariamente autocrítica. Somos pocos los psicólogos que intentamos criticar nuestra profesión. Y los demás, los mayoritarios, nos ven con desconfianza. Nos juzgan a veces como traidores, como simples inútiles o como una suerte de paranoides o depresivos que piensan demasiado mal sobre sus semejantes y que no saben divertirse con la gran fiesta de los psicólogos. Y es verdad que no seguimos el ritmo de la disciplina, sino que permanecemos en un rincón, malhumorados, murmurando contra lo que nos rodea.

Psicología crítica: más allá de la autocrítica de la psicología

Somos los aguafiestas de la psicología. Nos presentamos como “psicólogos críticos” y describimos nuestra labor con la expresión de “psicología crítica”. Tal vez pudiéramos llamarla también “psicología autocrítica”, ya que se trata, como hemos visto, de una psicología que se retorna críticamente contra sí misma. Sin embargo, aunque nuestra crítica sea principalmente una autocrítica, no es ni puede ser tan sólo eso, por diversas razones, entre ellas una que es quizás la más importante y en la que me gustaría concentrarme ahora.

Los psicólogos críticos no podemos limitarnos a criticar la psicología por algo muy sencillo: porque la psicología, por así decir, es más que ella misma, y, por lo tanto, no puede criticarse de verdad más que al criticar más que ella misma. Una verdadera crítica nos exige ir más allá de la psicología para impugnar lo que está en juego en ella, lo que presupone, lo que implica, sus determinaciones y sus condiciones de posibilidad. Todo esto está envuelto en la psicología y debe discutirse al discutirla.

De hecho, aun cuando intentamos limitarnos a criticar la psicología, no lo conseguimos, ya que su crítica nos conduce necesariamente a criticar muchas otras cosas que la trascienden y que la desbordan. La psicología se ve atravesada por todo aquello que debemos cuestionar al cuestionarla. No podemos ponerla en cuestión sin poner en tela de juicio al menos algo de aquello que la moldea y de lo que forma parte, como es la sociedad, la cultura, la ideología o simplemente la ciencia en general. Desde luego que tenemos derecho de hacer abstracción de todo esto, pero entonces no quedaría sino la psicología y deberíamos encerrar nuestra crítica dentro de su esfera. Nos encerraríamos así en lo mismo que intentamos criticar, lo cual, por lo tanto, no podría ser criticado en su conjunto.

¿Cómo criticar algo en su conjunto sin verlo desde fuera? La psicología crítica debe salir de la psicología, pero sin dejar de estar dentro, ya que, por más que sea crítica, no deja de ser también psicología. Es por esto que Ian Parker sitúa la psicología crítica tanto en el interior como en el exterior de la disciplina psicológica: tan psicológicamente adentro de ella como críticamente afuera y en contra de ella. Si nuestra situación interior nos permite conocer las entrañas de lo criticado, nuestra situación exterior es indispensable para conocer el aspecto unitario, el funcionamiento en bloque, de aquello que nos dedicamos a criticar. Y además, por lo mismo, nuestra crítica debe ser exterior para insertar lo criticado en el contexto en el que funciona. La necesidad lógica de contextualización, de consideración de la totalidad social y cultural, ideológica y científica, es también lo que hace que nuestra psicología crítica no sólo contenga una autocrítica de la psicología, sino más, mucho más que eso.

Más allá del retorno autocrítico del saber psicológico sobre sí mismo, la psicología crítica debe dirigirse críticamente al contexto que hace que la psicología sea precisamente lo que es. Todo lo criticable de nuestra psicología tiene que reconducirse a su origen y a su fundamento en el mundo en el que vivimos. Este mundo no debe ser ni sorteado ni obviado por la psicología crítica, la cual, por consiguiente, no puede restringir su horizonte al ámbito psicológico.

La psicología crítica ante el sistema socioeconómico y sus configuraciones ideológicas

La psicología crítica involucra primeramente una autocrítica de nuestra psicología, pero también, por necesidad, una crítica de todo aquello por lo que nuestra psicología se ve interiormente determinada y conformada. Tal es el caso, actualmente, del capitalismo neoliberal con su configuración ideológica individualista, presentista y adaptacionista, productivista y consumista. En esta ideología subyacente a las corrientes psicológicas dominantes, el ser humano se reduce a un simple individuo centrado en sí mismo, desvinculado y desarraigado, arrancado brutalmente de su historia y de su comunidad: un individuo mezquino, interesado y ambicioso, que será tanto mejor cuanto mejor se adapte a su entorno, cuanto más produzca y más consuma, cuanto más gane y menos pierda, y cuanto más capaz sea de pensar estratégicamente al traicionar su compromiso con el pasado y al renunciar al sueño de un futuro completamente diferente del presente.

La ideología recién mencionada, característica de la psicología contemporánea, cercena y destruye una parte inmensa de lo que somos: una parte que bien podríamos considerar la más valiosa de nuestra subjetividad. Me refiero a lo que excede y hace estallar nuestra individualidad, lo que nos trasciende, que es también lo que se mantiene fiel a lo más hondo en lo que somos, a nuestros orígenes y a nuestros sueños. Estoy pensando en lo histórico y comunitario, lo desinteresado y generoso, lo rebelde y revolucionario, y también, por qué no decirlo de otro modo, lo indomesticable y desadaptativo, lo imprevisible y heroico, lo idealista y soñador, lo irrealista y enloquecido, lo estigmatizado como anormal, desadaptativo y psicopatológico. Esto es quizás lo más grande y lo mejor de nosotros. Lo es al menos desde cierto punto de vista. Y es generalmente lo que se intenta curar en el trabajo profesional psicológico.

Si quisiéramos comparar la psicología con una máquina, diríamos que es una suerte de prensa y trituradora de nuestra subjetividad. Lo es al comprimirnos, quebrantarnos, hacernos menos, convertirnos en trozos de lo que somos. En este sentido, un psicólogo crítico estaría en condiciones de aseverar que una de las principales funciones sociales de la psicología contemporánea es confinar a los sujetos a su estrecha individualidad y ahí empequeñecerlos, contraerlos y mutilarlos, degradarlos y devaluarlos, para que así puedan cumplir mejor los papeles que deben desempeñar en el sistema capitalista: papeles realmente miserables y despreciables, como los del empresario insaciable, el trabajador explotable, el consumidor manipulable, el espectador sugestionable, el ciudadano dominable o el votante comprable. Aquí lo importante, sobre lo que deseo atraer su atención, es que no podemos criticar ni tales papeles ni las ideologías que los constituyen sin criticar el sistema en el que se desempeñan y los procesos que realizan en tal sistema, como es la dominación, la explotación o la manipulación. Al decir esto, intento poner de manifiesto la manera en que procedemos los psicólogos críticos al criticar cierto sistema socioeconómico a través de la crítica de la psicología, de las funciones que debe cumplir en este sistema y de la forma en que tiene que exteriorizar las configuraciones ideológicas del mismo sistema.

En suma, no hay manera de criticar la psicología sin criticar sus presupuestos ideológicos, pero tampoco hay manera de criticar estos presupuestos y la psicología misma sin criticar el sistema socioeconómico en el que se desarrollan. El capitalismo no puede soslayarse al cuestionar el actual individualismo, el cual, al igual que el capitalismo, tampoco puede ser obviado al aproximarse críticamente a la psicología. De ahí que nuestra psicología crítica deba incluir objeciones contra el sistema y contra su ideología, o lo que es lo mismo, actualmente, réplicas ante el capitalismo y el modo en que los recursos ideológicos del capitalismo nos hacen percibir el mundo, actuar en él y relacionarnos unos con otros. Estos recursos y el propio sistema que dispone de ellos operan también a través de la psicología y han de ser considerados en una crítica radical de la psicología, es decir, en una crítica de la psicología que vaya verdaderamente a la raíz de lo criticado.

La violencia y su psicologización

La raíz de la psicología estriba, pues, en sus operaciones ideológicas y en las funciones que debe cumplir en el sistema socioeconómico. De estas operaciones y funciones, la más básica y elemental, implicada en todas las demás, es aquella que hace existir a la psicología y que Jan De Vos y otros psicólogos críticos han identificado y estudiado con el nombre de “psicologización”. Psicologizar es hacer que algo sea psicológico para que luego pueda ser concebido, explicado y tratado psicológicamente.

La psicología vive y se nutre de la psicologización. Es ella la que abre una esfera psicológica y la llena de todo aquello de lo que se ocupan los psicólogos. Estos profesionales de la psicología carecerían de razón de ser si no hubiera la psicologización que les suministra sus temas y objetos. Una vez que psicologizamos un amplio sector del mundo, este sector se torna el ámbito de la psicología. Es aquí en donde la disciplina psicológica efectúa sus operaciones ideológicas y cumple con las funciones que le han sido asignadas en el sistema socioeconómico. Todo esto sólo puede funcionar sobre algo que ha sido primeramente psicologizado, es decir, convertido en algo psicológico.

Pensemos en un ejemplo como el de la violencia. Lo que denominamos “violencia” es algo que se observa en las más diversas situaciones: en la guerra de un país contra otro, en el exterminio de un pueblo, en los homicidios cometidos por el crimen organizado, en la tortura policiaca de un sospechoso, en las diferentes formas de represión o persecución política, en el maltrato físico de una mujer por su pareja o incluso en el puñetazo que da un chico a uno de sus compañeros, pero también en los insultos o las humillaciones que alguien puede recibir de otra persona, o en la discriminación o segregación de una persona por su color de piel o por cualquier otra causa.

En todas las situaciones mencionadas, tenemos escenarios en las que se inflige deliberadamente un daño a ciertos sujetos, lesionándolos o afectándolos de algún modo, tanto en su integridad física o corporal como en su dignidad moral o en otro aspecto de su persona. Esto es la violencia y es algo de lo que nos ocupamos frecuentemente los psicólogos. Ahora bien, cuando recurrimos a nuestro saber psicológico al abordar situaciones violentas, lo que suele suceder es que cedamos a la tentación de psicologizar la violencia. ¿Cómo es que la psicologizamos? Describiéndola como el acto de un sujeto individualizado y explicándola por los rasgos de personalidad antisocial de este sujeto, o bien por sus motivaciones internas, por sus pulsiones o sus emociones, o también por sus actitudes o representaciones de la realidad, por sus incapacidades para tolerar la frustración o controlar sus impulsos, o, en el mejor de los casos, por sus relaciones con el ambiente o con sus semejantes.

La psicologización hace que nos representemos la violencia como algo puramente psicológico, personal o interpersonal, individualizable y explicable psicológicamente por lo que ocurre dentro del individuo y en el curso de sus interacciones. La psicología coloniza el problema. Lo absorbe en su totalidad. El fenómeno violento se ve completamente asimilado a un fenómeno psicológico. Este fenómeno psicológico tiene sus causas y sus condiciones dentro de él mismo. Es como si no hubiera ya nada fuera de él. Se ignora todo lo demás, todo lo determinante que hay más allá de la psicología, como es la causalidad y el condicionamiento de índole social, cultural, económica, política o histórica. Se hace abstracción, en particular, del origen mismo de una gran parte de las situaciones violentas, de su arranque o de su desencadenamiento en las estructuras, es decir, de lo que denominamos “violencia estructural”.

El racismo como violencia estructural

El concepto de “violencia estructural”, tal como es propuesto y elaborado por Johann Galtung, se refiere a una violencia, generalmente constante y sistemática, ejercida por las grandes estructuras de la sociedad, por sus instituciones, por sus sistemas y por sus formas de organización, distribución y operación. Para Galtung, esta violencia no es necesariamente directa ni deliberada, y además resulta difícilmente detectable. Sin embargo, aunque poco evidente, la violencia estructural no deja de ser la más fundamental y originaria, la más insidiosa y perniciosa, quizás la más grave, la que tiene más y peores efectos, y, de hecho, la que suele suscitar las demás formas de violencia.

Encontramos innumerables ejemplos de violencia estructural en México. Mencionemos tan sólo un par de ellos. El primero al que deseo referirme es la discriminación y la segregación por motivos raciales. Nos gusta situar el racismo en Europa o en los Estados Unidos, pero lo cierto es que México se caracteriza por una violencia racial extrema y predominantemente estructural. Para empezar a vislumbrar el racismo feroz por el que se caracteriza nuestra sociedad, basta detenerse un momento en la publicidad comercial y apreciar cómo todos los modelos de belleza, riqueza, éxito y comportamiento adecuado suelen ser predominantemente europeos y blancos, aun cuando la mayoría de la población, al ser mestiza, difiera de ellos.

La violencia del racismo publicitario consiste en comunicarles una y otra vez a los indígenas y a los mestizos, mayoritarios en nuestra sociedad, que están desprovistos de belleza, que no pueden triunfar en la vida, que no son competentes, ya que los competentes, los triunfadores y los bellos, los guapos que merecen anunciar lo que se vende, tienen siempre la tez blanca y la fisonomía europea. La industria de la publicidad, en otras palabras, no deja de humillar a la mayor parte de los mexicanos, a los indígenas y a los mestizos, diciéndoles una y otra vez que son feos, incompetentes, fracasados. Y, al menos en lo que se refiere al fracaso, las imágenes publicitarias dicen una parte de verdad, no porque los indígenas y mestizos tengan una predisposición al fracaso en la vida, sino porque la sociedad mexicana hace todo lo posible para que fracasen.

Pensemos un momento en la exclusión y la inferiorización que sufren los indígenas entre los mestizos y los mestizos entre los blancos. No me refiero tan sólo al desprecio generalizado y a las humillaciones incesantes que sufren los pueblos indios en México. Estoy refiriéndome a algo todavía más grave: al hecho de que aquí, en este país, entre más moreno es uno, tendrá más obstáculos y dificultades en la vida, más pobreza, más violencia, menos servicios de salud y de educación a su disposición. Los mexicanos, en efecto, viven peor y viven menos a medida que su piel se ensombrece y que sus rasgos adquieren características menos europeas y más indígenas.

Aunque los indígenas sean los amos y los dueños originarios de este país, y aunque hayan sido constantemente despojados y masacrados en los últimos quinientos años, ahora paradójicamente se les castiga a ellos, a las víctimas, por todos los crímenes que se cometieron contra ellos. Digamos que se les hace pagar a ellos la deuda que se ha contraído con ellos. No sólo se les castiga como grupo, sino también como sangre, castigando a los mestizos por el simple hecho de tener algo de sangre indígena en sus venas. Esta sangre, en un país tan racista como México, se castiga con la pobreza, con el hambre, con la marginación, pues todos estos males, repito, afectan más a los mexicanos cuanto mayor es la proporción de sangre indígena que corre por sus venas.

La miseria como violencia estructural

Llegamos aquí al segundo ejemplo de violencia estructural que deseo mencionar, el de la miseria, que mata mucho más que el narco y que el crimen organizado, pues hace morir prematuramente, año tras año, a decenas de miles de mexicanos que habrían podido vivir más tiempo si hubiese un mejor reparto de la riqueza en México. Permítanme recordar aquí una banalidad: nuestro país es sumamente rico, pero su riqueza está muy mal repartida. En otras palabras, es la menor parte de la población la que acapara la mayor parte de la riqueza de México. Si consideramos la riqueza de los mexicanos, tal como puede valorarse por los indicadores per cápita del PIB y del ingreso, descubrimos que es comparable a la de países, como Letonia, Rumania o Uruguay, en los que no hay niveles de miseria como los de nuestro país. Esto sólo significa una cosa, y es que la miseria de los mexicanos, mucho mayor que la de otros países igualmente ricos, tiene su origen en la injusticia y no en la pobreza de México.

Podemos decir, entonces, que es la injusticia la que hace que decenas de miles de mexicanos pobres mueran año tras año prematuramente, a los treinta o cuarenta años, debido, por un lado, a sus malas condiciones de vida y especialmente de alimentación, y, por otro lado, a los deficientes servicios de salud para los sectores desfavorecidos. Estas personas habrían podido vivir hasta los setenta u ochenta años en caso de que su muerte hubiera obedecido a la esperanza de vida correspondiente a un país con la riqueza del nuestro. Al hacerlas morir antes de tiempo, las estamos asesinando, les estamos arrancando la mitad de su vida, tal como lo hace el crimen organizado al matar a personas de la misma edad. Se trata en los dos casos de violencia, pero el homicidio criminal en manos de un sicario es violencia directa que se persigue y se castiga como un delito, mientras que el asesinato masivo de personas por causa de la injusticia y de la miseria constituye una violencia estructural que no se castiga ni se persigue, aun cuando mate mucho más que la primera.

Considerando que es la estructura la que no deja de matar, ¿a quién habríamos de perseguir y castigar por el exterminio de los miserables? Desde luego que podríamos responsabilizar a nuestros gobernantes y a los empresarios que se enriquecen desmedidamente a costa de la muerte por miseria de la mayoría de los mexicanos. Es verdad que muchos ricos mexicanos, que sólo pudieron enriquecerse al empobrecer y así matar prematuramente a una gran parte de la población que trabajaba para ellos, podrían ser culpados por homicidio, como culpamos a los líderes de los cárteles de la droga. Sin embargo, en el caso de los ricos empresarios, no ordenaron directamente matar a sus empleados y a los trabajadores de sus empleados. Su responsabilidad, en efecto, se disuelve en la estructura. Es la estructura la que mata. Ellos únicamente son los operadores y beneficiarios de la estructura y de los crímenes de la estructura. Es por esto por lo que hablamos de “violencia estructural”.

Aquí lo interesante es que la violencia estructural, como ya lo he señalado, subyace a otras formas directas de violencia. Los delitos violentos que hemos visto incrementarse exponencialmente en México, muchos de ellos ejecutados por el crimen organizado, suelen tener sus causas primeras y más básicas en una violencia estructural como la del racismo y la miseria. No es tan sólo que los más pobres y discriminados reaccionen con la violencia directa delictiva contra la violencia estructural de la que han sido siempre víctimas por parte de los empresarios explotadores y de los gobernantes opresores. Esto puede ser verdad, al menos en parte, pero no pienso que sea todo ni tampoco lo más fundamental. Me parece que lo más fundamental aquí es que la violencia estructural de nuestro país, una violencia como la del racismo y la miseria, hace que vivamos en un mundo violento en el que no se deja de matar injustamente al prójimo.

En México, desde hace mucho tiempo, la violencia forma parte de nuestras vidas. Nos hemos acostumbrado a ella. La hemos naturalizado y banalizado. La hemos vuelto normal, cotidiana, tolerable. ¿Acaso no toleramos toda esa violencia que se adivina en los rostros de hambre y en los paisajes de penuria y escasez que nos rodean?

¿Por qué sorprendernos ahora cuando la guerra del narco asesina, desde hace diez años, a cien mil personas, cuando la sociedad mexicana viene asesinando siempre y en todo lugar, desde hace varias décadas y hasta siglos, a centenares de miles y hasta millones de indígenas y miserables? Nuestra sociedad es una en la que puede matarse impunemente. Es algo que no deja de hacerse desde hace mucho tiempo. La violencia estructural ha estado siempre ahí. Tiene toda clase de efectos. Uno de ellos está en los actos delictivos del crimen organizado.

La psicología y la violencia estructural

Hoy en día, y desde que se desencadenó la guerra del narco, la violencia se ha convertido en uno de los temas favoritos de los psicólogos mexicanos. La psicología de nuestro país descubre de pronto la violencia, como si nunca hubiera existido. El tema inspira encuentros, artículos, capítulos de libros, proyectos de investigación y hasta coloquios o congresos. Todos los psicólogos de México nos ponemos a estudiar la violencia, y, como siempre lo hemos hecho, psicologizamos lo que estudiamos.

En la psicología, como ya lo he señalado, la violencia tiende a individualizarse, explicarse por motivaciones internas, rasgos de carácter o interacciones interpersonales. Todo se torna psicológico. Y si hay algo que se oculta en esta psicologización, es el origen, el fundamento y la causa última de la violencia en la estructura. La dimensión estructural, en efecto, es lo que se disimula en las reflexiones e investigaciones psicológicas en torno a la violencia.

Los psicólogos dejan de lado el racismo y la miseria para concentrarse en la personalidad antisocial y en el control deficitario de los impulsos. Lo psíquico hace olvidar lo socioeconómico. La violencia estructural desaparece detrás de la agresividad, la hostilidad, la impulsividad y las demás palabras que llenan la boca de los psicólogos. Es entonces cuando la psicología crítica debe intervenir, alertar sobre la psicologización y denunciar la manera en que los psicólogos están siendo instrumentalizados para disimular una verdad que a muchos no les conviene que difunda, esto es, que la violencia no empezó con el narco ni tampoco en la guerra contra el narco, sino antes, mucho antes, y en un nivel más profundo, mucho más profundo.

La violencia en México hunde sus raíces en el nivel estructural en el que se da la discriminación de los indígenas, el empobrecimiento de las clases populares, los salarios de hambre de los explotados, la desaforada explotación de los trabajadores. La violencia tiene una de sus fuentes más decisivas en datos económicos tan duros como los de unas tasas de plusvalía y de explotación que están entre las más altas del planeta. Es aquí en donde tenemos el suelo de violencia estructural en el que brotan los comportamientos violentos de la población.

Si México se ha convertido en uno de los países más violentos del mundo, esto es en gran parte por ser también uno de aquellos en los que se padece más violencia estructural: uno de los países más racistas y clasistas, uno de los más injustos, uno de aquellos en los que más se explota, en los que más se mata con la injusticia y a través de la miseria. Esto es lo que se oculta en la psicología. Y tal ocultamiento, sobra decirlo, es uno de los factores que permiten que las cosas no cambien o que empeoren, y que el sistema capitalista neoliberal siga reproduciéndose y expandiéndose, reforzando su fundamento neocolonial racista y discriminatorio, manteniendo o agravando las desigualdades sociales, perpetuando y agudizando una injusticia y una miseria que no dejan de asesinar a los más pobres del país.

La violencia estructural se ve favorecida por su ocultamiento psicológico. La psicología facilita lo que disimula. Considerando esto, cabe afirmar que la culpa de que se mate masivamente a los más pobres de México no es tan sólo de la explotación y de la opresión, de los empresarios y de los gobernantes, sino también, al menos indirectamente, de procesos como el de la psicologización, y, a través de ella, de los psicólogos que emplean su profesión para encubrir lo que deberían denunciar. Desde luego que su responsabilidad es menor que la de quienes explotan y oprimen. Es una corresponsabilidad por omisión, y quizás debamos conceder que es mínima, pero no es nula. Nuestra psicología tendrá que rendir cuentas por la manera en que se las arregla para encubrir la violencia estructural y todo lo demás que desaparece tras la psicologización.

Conclusión: lucha política-ideológica y no sólo debate científico-académico

El encubrimiento posibilita la reproducción de lo que se encubre. Al invisibilizar una violencia estructural como la del racismo y la miseria en México, la psicología contribuye a que la estructura socioeconómica siga explotando a los pobres y discriminando a los mestizos e indígenas en la población mexicana. Esto es lo que un psicólogo crítico denuncia en su cuestionamiento de lo psicológico.

Vemos bien, como lo había subrayado antes, que la autocrítica de la psicología implica necesariamente una doble crítica de sus operaciones ideológicas y de sus funciones en el sistema socioeconómico, es decir, en el caso del que nos ocupamos, de la operación por la que oculta la violencia estructural y de la función de reproducción del sistema a través de tal ocultamiento. Es así como la autocrítica de la psicología se desdobla en una crítica del sistema capitalista neoliberal y de la manera en que utiliza la psicología para encubrirse y perpetuarse.

El posicionamiento político y el desenmascaramiento de la ideología son elementos primordiales de la psicología crítica. Ésta no puede consistir sólo en un ejercicio conceptual, especulativo, teórico y epistémico. Hay que ir más allá de la autocrítica. La actitud autocomplaciente a la que se opone la psicología crítica es la expresión de un poder contra el que tenemos que luchar. Se trata de una lucha política-ideológica y no sólo de un simple debate científico-académico.

Los más jóvenes líderes de la derecha latinoamericana: libertarismo neofascista e injerencia estadounidense

Artículo publicado en Rebelión del 11 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Vemos aparecer por todos lados a los más jóvenes líderes de la derecha latinoamericana. Suelen presentarse como libertaristas, liberales o neoliberales, y defienden el capitalismo, las políticas antiestatistas, el libre mercado y la libertad individual. Son mayoritariamente de tez blanca, descendientes de las élites locales y con estudios en universidades privadas. Nacieron después de 1970. Son carismáticos y exitosos. Muchos triunfan en YouTube y en las redes sociales. A veces también son promocionados por los imperios mediáticos de la región.

Sus nombres empiezan a ser bien conocidos: Gloria Álvarez Cross en Guatemala, Axel Kaiser en Chile, Agustín Laje y Nicolás Márquez en Argentina, Rodrigo Constantino y Fábio Ostermann en Brasil, Juan Carlos Hidalgo y Natalia Díaz Quintana en Costa Rica, etc.[1] Algunos de ellos demuestran ocasionalmente su modernidad al hacer gala de su ateísmo y al defender la legalización del aborto. Y es verdad que intentan cultivar un tono afable, sereno y racional, pero no consiguen disimular su odio feroz hacia el comunismo, el socialismo, el marxismo, el keynesianismo, el igualitarismo y en especial el populismo[2]. También dejan ver su desdén hacia el feminismo, el ambientalismo, el indigenismo, el latinoamericanismo, el anarquismo y el zapatismo. Desprecian igualmente ideales como los de la descolonización, la liberación nacional, la soberanía de los países latinoamericanos, la igualdad social y la redistribución de la riqueza. No dudan en burlarse de grandes íconos de la izquierda latinoamericana como Emiliano Zapata, el Che Guevara y Salvador Allende. Prefieren invocar a Friedrich Hayek y a Milton Friedman, a Ronald Reagan y a Margaret Thatcher, pero intentan ocultar su devoción hacia Pinochet y otros dictadores.

A veces aseguran que no son derechistas, que están más allá de la oposición entre la derecha y la izquierda, pero siempre, como por casualidad, los vemos aparecer en el campo de la derecha o de la ultraderecha. Es aquí en donde militan, se desarrollan, se dan a conocer, conquistan la fama, consiguen recursos, reciben patrocinios, encuentran los periódicos en los que escriben y las cadenas televisivas en las que se presentan. Cuentan siempre sospechosamente, por ejemplo, con el apoyo incondicional de los imperios mediáticos más reaccionarios y conservadores, antiguos cómplices de las dictaduras y de las estrategias golpistas, como el Grupo Globo en Brasil y El Mercurio en Chile.

Si remontamos sus filiaciones familiares, institucionales y políticas, generalmente llegamos hasta regímenes dictatoriales o hasta las más sórdidas organizaciones derechistas. Ellos mismos han apoyado recientes maniobras golpistas como las ocurridas en Argentina y Brasil, pero no dejan de rasgar sus vestiduras ante Cuba y Venezuela. Su altisonante severidad ante la izquierda es proporcional a su indulgencia ante la derecha, quizás precisamente porque su mundo es el de la derecha, el de las grandes empresas, el de los terratenientes y las demás oligarquías locales, el de las opulentas élites blancas, el de los bancos en Panamá y las mansiones en Miami, el de la más cara educación privada, el del Opus Dei y los Legionarios de Cristo, el de la Operación Cóndor y ahora la Red Atlas, punta de lanza de la actual injerencia de los Estados Unidos en América Latina.[3]

Los jóvenes derechistas no sólo cuentan con el apoyo de aquellas instituciones universitarias privadas, como la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, destinadas a la difusión del neoliberalismo y de las demás doctrinas que el gobierno estadounidense decide imponer en tierras latinoamericanas. También se mantienen estrechamente vinculados con organizaciones derechistas, anticomunistas, a veces racistas y clasistas, como el recientemente extinto Movimiento Cívico Nacional (MCN) de Guatemala, del que procede Gloria Álvarez. Al mismo tiempo, disponen del respaldo y de la orientación de los grandes think tanks de la derecha liberal y neoliberal, como Libertad y Desarrollo en Chile, el Instituto Liberal y el Instituto Millenium en Brasil, la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad en México, la Fundación Eléutera de Honduras, el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) en Argentina y Uruguay, y el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (CEDICE Libertad) en Venezuela. Tienen además, desde luego, sus propios grupos, como Estudiantes por la Libertad en dieciocho países latinoamericanos.

A sus agrupaciones y organizaciones les sobran los recursos financieros. No sólo son directamente financiadas por las clases más pudientes de cada país, sino por empresas nacionales y transnacionales.[4] Por mencionar un solo caso, el Instituto Millenium de Brasil es patrocinado por el gigante financiero Bank of America Merrill Lynch, las corporaciones mediáticas Globo y Abril, el holding Évora, el conglomerado industrial Gerdau y las grandes aseguradoras Pottencial y Porto Seguro.[5]

Además de las empresas y de las clases más acaudaladas, la otra fuente inagotable de recursos se encuentra en una constelación de fundaciones extranjeras y particularmente estadounidenses que financian a casi todas las organizaciones a las que nos referimos con anterioridad. Estas fundaciones disponen de una enorme capacidad financiera y suelen seguir una agenda política y económica centrada en la erosión de la izquierda, la desestabilización de los regímenes populistas, la liberalización de los mercados y el fortalecimiento de la derecha. Muchas de ellas aportan abiertamente recursos a través de la ya mencionada Red Atlas. Entre los mayores donantes de esta red, está el imperio petrolero de Exxon Mobil, con obvios intereses económicos en Venezuela y en el resto de Latinoamérica, y la ultraderechista Carthage Foundation, con la que se han financiado grupos islamófobos y anti-inmigrantes en los Estados Unidos.[6]

Al tener que obedecer a quienes les pagan, los jóvenes líderes de la derecha no pueden sino preparar el terreno para que las multinacionales y otras empresas puedan saquear lo que aún queda y recolonizar todo lo que todavía resiste o ha conseguido liberarse en América Latina. Es para esto que atacan la comunidad, la solidaridad y todo lo demás que pueda estorbar el avance del capitalismo globalizado y del renovado imperialismo estadounidense. Es por lo mismo que difunden los axiomas ideológicos del pensamiento único, del neoliberalismo y el libertarismo: la creencia en el egoísmo constitutivo del individuo, la libertad individual sin concesiones, la democracia liberal, la economía capitalista de libre mercado, la desregulación económica y las privatizaciones generalizadas, es decir, en definitiva, la expansión de lo privado a expensas de lo público, de lo individual a costa de lo social, de lo mercantil a costa de lo comunitario, de lo muerto a costa de lo vivo.

Además de los principios neoliberales y libertaristas, los jóvenes líderes de la derecha también defienden y propagan ideas que nos hacen pensar en el neofascismo y que están en perfecta consonancia con los programas de extrema derecha en otros países. Tras aclarar que no son derechistas, nuestros jóvenes ya pueden ser tan de ultraderecha como quieran y expresar toda clase ideas racistas, clasistas, elitistas, discriminatorias, xenofóbicas y homofóbicas.

El argentino Nicolás Márquez, por ejemplo, descarga su ira contra las organizaciones de izquierda por querer “disolver” la familia, cultivar el “relativismo igualitario”, fomentar la “desjerarquización”, promover “el homosexualismo” y ofrecer un “alivio moral” al “sodomita”.[7] El chileno Axel Kaiser arremete contra los inmigrantes que benefician de atención médica en los países ricos[8] y no ha dudado en publicar un libro intitulado Tiranía de la igualdad: por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad.[9] El brasileño Rodrigo Constantino llega más lejos al oponerse a la celebración de un Día de la Conciencia Negra[10], al acusar a los militantes de izquierda y “progresistas modernos” de tolerar la pedofilia y de sufrir un “desorden psiquiátrico”[11] y al describir a los “pobres y negros” que participan en flash mobs dentro de centros comerciales como “bárbaros incapaces de reconocer su propia inferioridad”[12]. Como lo he mostrado en otro lugar[13], la guatemalteca Gloria Álvarez no se queda atrás: atribuye a los indígenas guatemaltecos una tendencia a violar y tolerar la violación[14], acusa a los inmigrantes de “llegar a destruir la cultura” del país al que emigran, y aprecia positivamente la “valentía” de Trump, su “discurso elevado” y su capacidad para “hacer grande de nuevo a América”[15].

Resulta indiscutible que hay profundas afinidades y estrechas relaciones entre el actual gobierno de los Estados Unidos y la joven derecha liberal, neoliberal y libertarista latinoamericana. En ambos casos, no sólo tenemos a neoliberales a los que no les gusta ser llamados neoliberales, sino a neofascistas que niegan serlo: ultraderechistas descaradamente homófobos y xenófobos, racistas y clasistas, que no resultan muy convincentes cuando intentan persuadirnos de que están más allá de la división derecha/izquierda. Logramos discernir también, lo mismo en el norte que en el centro y sur de América, la misma ultraderecha rejuvenecida y presentada como alternativa (la alt-right estadounidense), la misma fascinación por lo políticamente incorrecto y la misma complicidad con las élites financieras.

En el gabinete de Trump, de hecho, hay múltiples funcionarios que tienen vínculos directos con la Red Atlas a la que ya nos referimos, entre ellos el propio vicepresidente Mike Pence, la magnate y Secretaria de Educación Nacional Betsy DeVos, el asesor islamófobo Sebastian Gorka y particularmente Judy Shelton, presidenta de la Fundación Nacional para la Democracia (NED), especializada precisamente en la injerencia en América Latina[16]. Todo resulta propicio para que el gobierno estadounidense, a través de la nueva derecha latinoamericana, mantenga y aumente su poder sobre América Latina. La coyuntura favorable a la emancipación parece haber quedado atrás.

Es como un regreso a la época de la Operación Cóndor, pero los métodos han cambiado. Los generales y coroneles han cedido su lugar a civiles tan aparentemente inofensivos como los jóvenes a los que nos hemos referido. Ahora debemos lidiar con personajes posmodernos, confusos, equívocos y evasivos, quizás generalmente con grandes carencias intelectuales, pero con un rico arsenal de tácticas político-empresariales y argucias ideológico-publicitarias como las que aprenden en sus think tanks. Además está su neofascismo, el cual, como cualquier fascismo, no es lo contrario ni del neoliberalismo ni del libertarismo, sino su evolución lógica y natural, como Franz Neumann lo evidenció magistralmente en el caso del nazismo[17] y como ya he intentado mostrarlo a propósito de Trump en otro artículo[18]. ¿No es acaso lo mismo que Pinochet y otros demostraron en Latinoamérica? Estaremos condenados a la dictadura, la ultraderecha, la violencia fascista o neofascista, mientras continuemos creyendo en los bien pagados vendedores y publicistas del capitalismo liberal, neoliberal y libertarista.

Referencias

[1] Marina Amaral, “La nueva vestimenta de la derecha: cómo las viejas ideas neoliberales han seducido a la juventud latinoamericana”, Global Voices, en https://es.globalvoices.org/2015/08/06/la-nueva-vestimenta-de-la-derecha-como-las-viejas-ideas-neoliberales-han-seducido-a-la-juventud-latinoamericana/

[2] Marina Amaral, “La nueva vestimenta de la derecha: El discreto encanto del antipopulismo”, Global Voices, en https://es.globalvoices.org/2015/11/25/la-nueva-vestimenta-de-la-derecha-parte-2/

[3] Aram Aharonian y Álvaro Verzi Rangel, “Red Atlas, libertarios de ultraderecha: entramado civil detrás de la ofensiva capitalista en Latinoamérica”, Rebelión, 9 de octubre 2017, en https://www.rebelion.org/noticia.php?id=232503

[4] Marina Amaral, “La nueva vestimenta de la derecha: La red de organizaciones libertarias”, Global Voices, en https://es.globalvoices.org/2015/11/27/la-nueva-vestimenta-de-la-derecha/

[5] Instituto Millenium, “Mantenedores e parceiros”, en http://www.institutomillenium.org.br/institucional/parceiros/

[6] The Center for Media and Democracy, “Atlas Network”, Source Watch, en https://www.sourcewatch.org/index.php/Atlas_Network. “Carthage Foundation”, Source Watch, en https://www.sourcewatch.org/index.php/Carthage_Foundation

[7] Nicolás Márquez, “¿Por qué la izquierda promueve el homosexualismo?”, Prensa Republicana, en https://prensarepublicana.com/la-izquierda-promueve-homosexualismo-nicolas-marquez/

[8] Axel Kaiser. “Si eres inmigrante no puedes venir aquí a vivir del Estado”. El Confidencial, 24 de enero 2017, consultado en https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2017-01-24/axel-kaiser_1321287/

[9] Libro publicado en Deusto, Grupo Planeta, Barcelona, 2017.

[10] Rodrigo Constantino. “Feriado Racista”, 20 de noviembre 2007, consultado en http://rodrigoconstantino.blogspot.mx/2007/11/feriado-racista.html

[11] Rodrigo Constantino. “Pedofilia: uma orientação sexual?”, 31 de octubre 2013, consultado en http://www.gazetadopovo.com.br/rodrigo-constantino/historico-veja/pedofilia-uma-orientacao-sexual/

[12] Rodrigo Constantino. “O rolezinho da inveja. Ou: A barbárie se protege sob o manto do preconceito”, 14 de enero 2014, consultado en http://www.gazetadopovo.com.br/rodrigo-constantino/artigos/o-rolezinho-da-inveja-ou-a-barbarie-se-protege-sob-o-manto-do-preconceito/

[13] David Pavón-Cuéllar, “Gloria Álvarez Cross y la quiebra intelectual de la Universidad Michoacana”, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2017/10/08/gloria-alvarez-cross-y-la-quiebra-intelectual-de-la-universidad-michoacana/

[14] Sandra Xinico Batz, “Guatemala Racista”, La Hora, 18 de febrero 2017, consultado en http://lahora.gt/guatemala-racista/

[15] Gloria Álvarez, Cómo hablar con un progre, Barcelona, Deusto, 2017.

[16] Lee Fang, “Esfera de influencia: cómo los libertarians estadounidenses están reinventando la política de América Latina”, The Intercept, 25 de agosto 2017, en https://theintercept.com/2017/08/25/atlas-network-alejandro-chafuen-los-libertarians-estadounidenses-america-latina/

[17] Franz Neumann, Behemoth: the structure and practice of national socialism (1944), Chicago, Dee, 2009.

[18] David Pavón-Cuéllar, “Trump y el capital”, Izquierda Diario, 27 de enero 2017, https://www.laizquierdadiario.com/Trump-y-el-capital

Aspectos psicosociales de la represión gubernamental: terrorismo de Estado, cortina de humo, efectos y remedios

Presentación del libro Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya: lucha por su presentación con vida que trasciende familia y militancia política, del Frente Nacional de Lucha por el Socialismo (FNLS), en la Plaza Melchor Ocampo de Morelia, el sábado 8 de octubre 2017

 David Pavón-Cuéllar

La obra que estoy presentando es verdaderamente colectiva. No la firman varios autores. Tampoco está compuesta de capítulos escritos por diferentes individuos. No hay aquí la individualidad que escribe para su propio beneficio, por el dinero, por la celebridad o por el prestigio universitario. El desinterés, la generosidad y la nobleza de quienes escribieron este libro se demuestra en el hecho mismo de que se hayan cubierto de anonimato. El único autor mencionado es un grupo, un colectivo, un frente: el Frente Nacional de Lucha por el Socialismo (FNLS).

El título de la obra es el nombre de dos luchadores sociales, Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya, ambos integrantes del Partido Democrático Popular Revolucionario (PDPR) y del Ejército Popular Revolucionario (EPR). Gabriel y Edmundo fueron desaparecidos por elementos policíacos y militares en mayo de 2007, en la ciudad de Oaxaca, bajo la presidencia federal de Felipe Calderón y el gobierno estatal de Ulises Ruíz. Ambos gobiernos, el federal panista y el estatal priista, deben ser considerados los responsables de esta desaparición, ya que Gabriel y Edmundo fueron desaparecidos por las fuerzas de seguridad, como lo han reconocido las propias instancias gubernamentales, entre ellas un tribunal federal.

Tenemos, entonces, a un gobierno panista y priista que admite haber desaparecido a dos luchadores sociales, pero que al mismo tiempo no hace nada ni para esclarecer su desaparición forzada ni tampoco para encontrar a los desaparecidos. Esta situación es, a primera vista, el tema central de la obra que estoy presentando. Sin embargo, a medida que uno avanza en la lectura del libro, va comprendiendo que dicho tema tiene una trascendencia tal que desborda su particularidad y nos permite resignificar la ola de violencia que vive actualmente el país. Toda esta violencia muestra su vínculo esencial con el gobierno represivo a través del caso de Gabriel y Edmundo.

Como leemos en el mismo libro, la desaparición forzada de Gabriel y Edmundo permite “desenmascarar al Estado mexicano” y mostrarlo como culpable de “miles de crímenes de lesa humanidad” (FNLS, 2017, p. 97). Todos estos crímenes terminan mostrándose como lo que son, como crímenes de Estado, cuando el Estado admite su responsabilidad en uno solo de ellos. Es así como el crimen contra Gabriel y Edmundo, citando nuevamente el libro, “ayuda a comprender la esencia represiva del gobierno mexicano” (p. 10). Esta esencia represiva y su encubrimiento son las dos tesis más importantes de la obra: dos tesis que a mí, personalmente, me interesan en especial por su aspecto psicosocial.

Terrorismo de Estado

El libro incursiona en el ámbito psicológico al ahondar en la represión gubernamental, en sus fines terroristas y en sus medios mistificadores. En lo que se refiere a los fines, se nos muestra cómo nuestro gobierno intenta “generar” emociones como “terror, zozobra y miedo” para inhibir así la movilización social y “los procesos organizativos” de la sociedad (FNLS, 2017, p. 242). El Estado Mexicano, en otras palabras, intenta neutralizar “la convicción de lucha” al “infundir miedo” en los luchadores potenciales (p. 241).

De lo que se trata, en definitiva, es de inmovilizar a través del terror. Es por esto que puede hablarse de terrorismo de Estado: el Estado Mexicano es terrorista, como lo es el Estado Islámico, porque busca y logra causar terror en sus enemigos, en sus opositores y en la sociedad en general. Una sociedad aterrorizada es por fuerza una sociedad acobardada e inmovilizada, achicada y paralizada, sumisa y pasiva, sin valor para protestar ni para levantarse contra el régimen que la oprime.

Al dejarse achicar y paralizar por el terrorismo de Estado, la sociedad está en condiciones de ser controlada por el mismo Estado. Es así como un gobierno, según los términos del mismo libro, consigue “mantener el control total de la población a través del terror” (FNLS, 2017, p. 241). El terrorismo se torna una estrategia gubernamental necesaria para gobernar, tan permanentemente necesaria que no se deja de recurrir a ella y acaba normalizándose, convirtiéndose en una forma de “normalidad social” que “aniquila toda voluntad y expresión de lucha” (p. 253).

Cortina de humo

Como bien lo muestra el libro, nuestra lucha no sólo se ve inhibida por el terrorismo de Estado, sino también por su encubrimiento. El Estado terrorista se oculta para que no se luche contra él. Para neutralizar a sus opositores, el gobierno represivo no se limita a reprimirlos y aterrorizarlos, sino que les hace creer que él no es el que los reprime y aterroriza. Los gobiernos panistas y priistas, por ejemplo, han encubierto su esencia represiva y su estrategia terrorista mediante la supuesta guerra contra el narcotráfico. Esta guerra se ha utilizado así como una “cortina de humo para ocultar el terrorismo de Estado” (FNLS, 2017, p. 71).

En el libro no se niega, desde luego, la realidad del narco. Por el contrario, se reconoce la droga como una “mercancía” y el tráfico de droga como “parte de la economía subterránea que oxigena al capital” (FNLS, 2017, pp. 71-72). Sin embargo, en lugar de creer en la ilusión ingenua de una guerra del gobierno contra el narco, se reconoce la inseparabilidad entre el crimen organizado y el sistema capitalista con su dispositivo gubernamental.

En lugar de la guerra del gobierno contra el narco, lo que hay es la guerra del sistema, con sus expresiones gubernamentales y criminales, contra la sociedad, contra el pueblo y contra los luchadores sociales. Y esta guerra se disimularía con la ilusión de un combate del narcotráfico, así como con la psicologización y psicopatologización de los guerreros, haciéndonos creer que se trata de criminales con “mentes perversas o contaminadas” (FNLS, 2017, p. 11). En realidad, no hay aquí los “individuos aislados” ni tampoco las “circunstancias” excepcionales de la supuesta guerra contra el narco, sino una estructura estable, implacable, que “rebasa los límites sexenales” (pp. 11-12).

Tras la supuesta guerra contra el narco, lo que hay es una “política transexenal” del gobierno contra el pueblo (FNLS, 2017, p. 11). Esta política tiene carácter estructural y no personal ni circunstancial. No es tan sólo que “la delincuencia y el narcotráfico hayan corrompido al Estado mexicano”, sino que no hay verdaderamente una “línea divisoria” entre el mecanismo criminal y el dispositivo estatal-gubernamental del sistema capitalista (p. 72).

Efectos

El capitalismo implica la criminalidad, así como también implica forzosamente una “corrupción” como la de nuestro gobierno (FNLS, 2017, p. 72). Y tanto la corrupción como la criminalidad son siempre contra el pueblo. Él es la víctima de la violencia. Él es el robado, el asesinado y el desaparecido. Como bien se explica en el libro, la “violencia que azota a todo el país tiene una condición de clase”, ya que afecta principalmente al “pueblo trabajador, asalariado, ejidatario, comunero”, el que “vive en barrios populares”, el “opositor-crítico del régimen” (p. 19).

El pueblo no sólo es violentado, sino criminalizado, culpado por la violencia que él mismo sufre. Lo que se hace contra él debe ser pagado, expiado por él mismo, como si fuera su crimen y no el del sistema. Y, además, por si fuera poco, se le culpabiliza: se le convence a él mismo de su criminalidad. El pueblo debe sentirse responsable de los crímenes que se han cometido contra él. Se le hace sufrir primero por la violencia y luego por la culpa de la violencia. El pueblo termina cargando todos los crímenes, condenándose a sí mismo como criminal, “repitiendo y haciéndose eco de la criminalización” al estigmatizar como delincuentes a sus hijos, incluso a los muertos y desaparecidos (FNLS, 2017, pp. 257-258). Ya conocemos los rumores: “en algo debían andar pa’ que los mataran”.

Es el mismo pueblo, pues, el que aprende a criminalizarse, imputándose los crímenes que el sistema comete contra él, convenciéndose así de que es culpable de lo que tan sólo es víctima. En cuanto a los verdaderos culpables, el sistema de muerte y su Estado terrorista, el mortífero capitalismo y el gobierno represivo, se hacen pasar por las víctimas. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se habla del supuesto daño a las empresas, a las instituciones, a la economía del país, como si todo esto no estuviera nutrido por el mismo dinero del narco.

Tenemos, entonces, una inversión entre los papeles del violento y del violentado. El violento se hace pasar por el violentado, mientras que su víctima se presenta como verdugo. La víctima se culpa de lo que le ocurrió. Esto es muy común, como sabemos, y puede observarse a veces incluso entre los familiares de las víctimas de los desaparecidos, que a veces prefieren aceptar la versión gubernamental para facilitar su proceso de duelo.

Remedios

Es verdad, como lo concede el libro, que el proceso de duelo tras las desapariciones resulta particularmente difícil, ya que, a diferencia de lo que sucede con las muertes bien conocidas como tales, hay un “duelo alterado” en el que “no es fácil llevar a cabo la reestructuración de la dinámica familiar porque sería aceptar la muerte del ser querido” (FNLS, 2017, p. 251). Esto hace que el duelo quede trabado, entrampado, y que el dolor no cese.

Ante el duelo suspendido por el misterio de la desaparición, el remedio que se propone en el libro es el único efectivo, como ya se ha puesto de manifiesto en otros contextos, como los de ciertas dictaduras latinoamericanas. Me refiero a la acción colectiva en la que se trasciende el duelo individual. Tan sólo podemos avanzar en el duelo al transmutar “la angustia y el dolor en indignación y en convicción de lucha” (FNLS, 2017, p. 118). De lo que se trata, en otras palabras, es de “transformar el dolor psíquico en organización popular” (p. 252).

Tan sólo un pueblo movilizado consigue levantar y poner a caminar al individuo postrado, sin esperanza, decaído y deprimido. La depresión individual, como bien se explica en el libro, puede superarse a través de “motivos y objetivos vitales que inspiran sentimientos superiores como el amor por los seres queridos” transformado en “la exigencia de presentación con vida de sus familiares, pero también de los miles de detenidos desaparecidos del régimen” (FNLS, 2017, pp. 259-260).

Lo colectivo reabsorbe lo individual y familiar. O más bien: la familia y el individuo se reconocen al fin como integrantes de una colectividad. Se recobra la identidad popular cuando los desaparecidos ya no se conciben como simples miembros de una familia, como hijos de unos padres determinados, sino como “hijos del pueblo” ante los que nadie “puede ser apático o indiferente” (pp. 260-261).

Los hijos del pueblo

Reivindicando la solidaridad y la lucha popular por la aparición de los hijos del pueblo, el libro critica la “actitud egoísta, producto del individualismo exacerbado”, en la que sólo importan los muertos o desaparecidos de la propia familia, del propio círculo de amigos o de la propia organización, lo que tal vez sea una “actitud comprensible ante el dolor”, pero que “no abona a la construcción de una conciencia política” y “sólo beneficia a los perpetradores de crímenes de Estado”, ya que “evita la coordinación y unidad entre los familiares de las víctimas para enfrentar organizadamente la violencia que azota al pueblo” (FNLS, 2017, p. 52). De lo que se trata es de luchar en la “solidaridad” con los otros en lugar de sumirse en la cerrazón familiar o en el “individualismo” y en el “sectarismo” de grupos u organizaciones (p. 413). Más allá del “sentido individual” de “mi familiar” o de “mi correligionario”, más allá de lo que sólo existe como “tú” o como “yo”, hay que ascender al “nosotros” del pueblo, de nuestro pueblo, de “nuestros detenidos desaparecidos” (p. 26), de nuestra “clase” y de nuestra “humanidad” (p. 52).

Nosotros podemos luchar ante lo que yo sólo puedo sufrir. El individuo y la familia deben claudicar ante lo que únicamente una colectividad es capaz de transformar. Nuestra solidaridad consigue vencer todo lo que nos vence a cada uno de nosotros por separado.

Nuestro duelo alterado, tal como se vive ante las desapariciones, no es forzosamente una dificultad o debilidad interior, sino que puede y debe exteriorizarse, desplegarse en el exterior, colectivizarse, compartirse y convertirse en la fuerza misma con la que luchamos colectivamente. Quizás esta idea sea una de las nociones psicosociales más penetrantes que encontramos en el libro sobre Gabriel y Edmundo. El mismo libro es él mismo una ilustración de tal noción, pues es un episodio, una batalla, un momento de lucha del pueblo por sus hijos desaparecidos. No hay en el libro, como comenté al principio, ningún autor individual, sino sólo uno colectivo, el del Frente Nacional de Lucha por el Socialismo. Se trata del pueblo que lucha por la aparición de sus hijos, de Gabriel y Edmundo, pero también de todos los demás.

Referencias

FNLS (2017). Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya: lucha por su presentación con vida que trasciende familia y militancia política. México: FNLS.

Gloria Álvarez Cross y la quiebra intelectual de la Universidad Michoacana

Artículo publicado en Michoacán 3.0 y Respublicae el 5 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Se habla cada vez más del riesgo de bancarrota en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Sin embargo, para quienes aún vemos esta institución como una universidad y no como una empresa, la peor quiebra no estriba en la falta de recursos financieros, sino en la falta de recursos intelectuales, en la insolvencia de pensamiento, en la pobreza de capacidad crítica y reflexiva. Esta quiebra es la que acaba de ponerse de manifiesto en la decisión de invitar a Gloria Álvarez Cross al Auditorio Samuel Ramos de nuestra máxima casa de estudios.

Nuestra universidad exhibe públicamente su miseria, su déficit de inteligencia y de cultura, cuando carece del criterio suficiente para discernir quién tiene el mérito, la seriedad y la decencia que se requieren para ser invitado como conferencista. Sobran los hombres y las mujeres de ciencias y de artes, intelectuales que han destacado mundialmente por su capacidad y por su trabajo, que podrían honrar a nuestra universidad con su presencia y enseñar algo valioso a docentes y estudiantes. Sin embargo, en lugar de invitar a un modelo de seriedad y de integridad en el campo académico, nos hemos rebajado a promocionar y brindar nuestro espacio institucional a Gloria Álvarez: un personaje bastante desacreditado en la academia y que tan sólo podría ser ejemplo de vulgaridad, charlatanería, oportunismo, deshonestidad intelectual y complicidad con las más corruptas élites políticas y económicas del mundo y especialmente de América Latina.

¿Quién es Álvarez? Es una figura mediática guatemalteca, locutora de radio, presentadora de televisión y estrella de redes sociales. Ya publicó un par de obras, El engaño populista y Cómo hablar con un progre, pero no son más que librillos de opinión política barata que ningún docente serio citaría, salvo quizás para burlarse de ellos o para criticar su ingenuidad o la visibilidad obscena de sus presupuestos ideológicos. Por lo demás, en estos libros como en sus conferencias y en sus intervenciones en los medios, Álvarez no profiere sino enternecedoras simplezas, viejas banalidades y los más burdos prejuicios y estereotipos. Así, a primera vista, parece que la rubia treintañera es alguien inofensivo, demasiado tonto para ser peligroso, pero que, de cualquier modo, por su nulidad e irrelevancia, no tiene el mérito suficiente para ser invitado a una universidad que se respete. Esto es verdad en parte, al menos en parte, y muestra que nuestra universidad se está perdiendo el respeto. Pero desgraciadamente hay más, mucho más.

Álvarez no sólo es intelectualmente insignificante, sino que profesa opiniones que no pueden ser toleradas en el ámbito universitario. No podemos permitir que alguien afirme en la Universidad Michoacana que la pobreza es por causa de la “mentalidad” de los pobres o que los indígenas violan a sus mujeres con la aquiescencia de su régimen de justicia. Así como excluimos la astrología, el tarot, la eugenesia y el llamado “racismo científico”, así también tendríamos que cerrar las puertas de la universidad ante una charlatanería clasista y racista como la de Álvarez.

No es tan sólo un asunto de contenido, sino también de forma. Conduciéndose de un modo inaceptable para cualquier universidad, Álvarez inocula sus opiniones insidiosamente, con artimañas retóricas tramposas y maliciosas con las que se disimula tanto lo que se transmite como la propia inepcia de quien lo transmite. Es así como Álvarez, al igual que otros jóvenes ideólogos de la nueva derecha y de la derecha alternativa (la alt-right de Estados Unidos), sabe ocultar de la mejor manera su lado más bajo y sombrío. Este lado sólo se nos revela cuando la escuchamos o leemos con atención, deteniéndonos un momento en las implicaciones de sus puerilidades y chabacanerías, y cuando sabemos un poco más acerca de su pensamiento y de su trayectoria. Es entonces cuando entendemos por qué la Universidad Michoacana jamás debió acoger a quien fuera la representante carismática y la figura más visible del ultraderechista Movimiento Cívico Nacional (MCN) guatemalteco, el cual, además de su carácter neofascista, clasista y racista, era financiado por los más sucios sectores oligárquicos de Guatemala y terminó siendo investigado e incriminado por cargos de corrupción.

Aunque Álvarez terminara separándose del MCN, lo hizo demasiado tarde, cuando era evidente que sólo buscaba protegerse del escándalo de corrupción al traicionar a sus correligionarios. Y, además, nunca tomó sus distancias con respecto a lo más grave, las posiciones de extrema derecha del movimiento, las cuales, de cualquier modo, le imprimen su particular tono ideológico al discurso individualista y libertarista de Álvarez. Al acogerla en nuestra universidad, estamos promoviendo este discurso y todo lo que hay en él: no sólo su defensa obscena del capitalismo y de la versión más extrema, intolerante y dogmática de neoliberalismo, sino también su mezquindad, su desdén hacia la comunidad, su miserable individualismo, su tácita justificación del abuso y de la explotación de nuestros semejantes, su clasismo elitista y sus sutiles insinuaciones racistas bien encubiertas por su despreciativa condescendencia típicamente neocolonial.

La presencia de alguien con el clasismo y el racismo de Álvarez hiere y ultraja todo lo popular e indígena que hay en la Universidad Michoacana. También han sido agraviadas otras víctimas de las diatribas de Álvarez que encontramos en su último libro: las mujeres, a las que responsabiliza del machismo de los hombres; las feministas, a las que les reprocha que aspiren a demasiados privilegios y que se pongan “por encima de otros grupos”; los hijas e hijos de inmigrantes, a quienes acusa de “llegar a destruir la cultura” del país al que emigran; los indígenas y todos los mexicanos en general, por no ser capaces de valorar positivamente la “valentía” de Trump, su “discurso elevado” y su capacidad para “hacer grande de nuevo a América”.

Todos hemos sido humillados por la presencia de Álvarez en la Universidad Michoacana. La decisión de invitarla nos ha ofendido como latinoamericanos y latinoamericanas, mexicanos y mexicanas, mujeres, feministas, hijos e hijas de inmigrantes, mestizos y mestizas, indígenas, estudiantes y docentes progresistas. La misma institución ha sido ultrajada por haber debido acoger en su propio seno a quien, además de rechazar abiertamente la educación pública y gratuita, contradice diametralmente el compromiso nicolaita con la igualdad, la justicia y la democracia.

En lo que se refiere a la democracia, no hay que olvidar, por ejemplo, que Álvarez apoyó activamente la reciente maniobra golpista contra el régimen democrático de Rousseff en Brasil. Al mismo tiempo, en lugar de una sociedad justa e igualitaria, Álvarez prefiere una “meritocracia” neoliberal en la que no haya ninguna forma de redistribución de la riqueza y en la que triunfen los individuos más capaces, es decir, los que disponen de más recursos, los más ricos, los privilegiados como ella, los que puedan pagarse la universidad privada guatemalteca en la que ella estudió, la Universidad Francisco Marroquín (UFM), fundada por Manuel Ayau, llamado “El Muso” en alusión a Mussolini, y conocida por haber sido la puerta para el ingreso del neoliberalismo en Guatemala.

Como encarnación del neofascismo, del neoliberalismo y del neocolonialismo, Álvarez contradice todo aquello por lo que trabajamos quienes aún creemos en el espíritu de la Universidad Michoacana: la igualdad, la justicia y la democracia, pero también la solidaridad, la generosidad, la movilidad social y la redistribución de la riqueza, la educación gratuita para los más pobres, la nobleza y grandeza de los pueblos indígenas de Michoacán, de México y de Latinoamérica. Nosotros no consideramos, como Álvarez, que un país latinoamericano sea un “país de mierda”. Tampoco pensamos, como ella, que el Che Guevara sea comparable a Pinochet. Tan sólo podemos indignarnos contra ella y contra su degradación moral cuando se atreve a rechazar los derechos universales “a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda”. No coincidimos con ella cuando asegura, delatando su propia bajeza y la del mundo burgués del que proviene, que “todos somos egoístas”, que los que pretenden no serlo son unos “hipócritas” y que no existe ningún hombre que “no sólo piense en sí mismo”. Nosotros no somos esa clase de humanidad. Y es quizás por eso que tampoco somos, como Álvarez, defensores de la barbarie neoliberal que tanto mal ha hecho a Latinoamérica y que fue también defendida por el mismo Pinochet a costa de la sangre de miles de chilenos inocentes, entre ellos el gran Salvador Allende, quien recibió de nuestra institución el doctorado honoris causa.

La Universidad Michoacana es uno de los innumerables reductos de resistencia contra la destrucción capitalista neoliberal y neocolonial de nuestro continente. Ahora debe ser también una trinchera contra el neofascismo. Es por esto por lo que Álvarez debía ser duramente rebatida como lo fue en el Auditorio Samuel Ramos. No merecía nada mejor. No habría debido ni siquiera poner un pie dentro de nuestra institución. La manera en que su discurso fue cuestionado con inteligencia y rechazado con ardor nos demuestra que muchas y muchos estudiantes no se encuentran aún en una situación de quiebra intelectual.

Nuestra quiebra no es del estudiantado, sino de la institución que organizó el evento de Álvarez y que exhortó a los “aspirantes de becas” a estar presentes con “pantalón de mezclilla y camisa roja”, erosionando su dignidad y acarreándolos como ganado para ser adoctrinados, engañados, pervertidos, maleducados. La última escena, la del significativo desenlace con aquellos estudiantes uniformados rodeando a la conferencista rubia que intentaba mantenerlos a distancia, mancha los festejos por el centenario de la universidad y ofende la memoria de Quiroga, Clavijero, Hidalgo, Morelos, Ocampo, Aníbal Ponce, María Zambrano y Elí de Gortari, entre tantos otros nicolaitas que han contribuido, cada uno a su modo, a conquistar el respeto hacia nuestra gente.