El Día del Psicólogo en México: un festejo presuntuoso, inmerecido y usurpado

Nota en el blog de la Red Iberoamericana de Investigadores en Historia de la Psicología, el 20 de mayo 2014. Edición de Bruno Jaraba con fotografías de Juan Rulfo

David Pavón-Cuéllar

Desinterés e invisibilidad

El 20 de mayo es el día del psicólogo en México. Hay quienes lo escriben con mayúscula, “Día del Psicólogo”, quizás intentando recalcar su importancia e imponer cierta reverencia. También hay quienes buscan promover y oficializar la celebración por todos los medios a su alcance, entre ellos eventos, regalos, invitaciones a comer y recordatorios en redes sociales. Por lo pronto, a pesar de tantos esfuerzos bienintencionados, casi nadie, ni dentro ni fuera de la profesión, parece tomarse muy en serio esta gota en el torrente de fechas conmemorativas que inunda y satura el calendario.

Tal vez haya profesionistas de la psicología que abriguen la ilusión de tener un día tan glorioso como lo son, en México, los de la madre y los muertos. ¿Pero cómo pretender compararnos con semejantes figuras de nuestra cultura fascinada por la mortalidad y la maternidad? Ni siquiera pienso que podamos ofrecernos jamás un día tan desgastado como el del maestro, el feriado 15 de mayo, el cual, por su contigüidad con el 20 de mayo, suele opacar el día del psicólogo, al menos en las facultades y departamentos de psicología.

Rulfiana9Son muchas las razones que explican el desinterés por nuestro día. Podemos empezar por lo más obvio y observar que hay considerablemente menos psicólogos que muertos, madres y maestros. En México, por cada psicólogo titulado, hay cerca de 150 maestros, 2500 madres y una cifra incalculable de muertos. Y cuando nos comparamos con otros países latinoamericanos descubrimos que la proporción de psicólogos en el país, 12 por cada 100 mil habitantes, es aproximadamente cuatro veces menor que la de Colombia, cinco veces menor que la de Brasil y diez veces menor que la de Argentina.

Rulfiana91La escasez de psicólogos mexicanos podría favorecer en cierta medida el desinterés por nuestro día, por nuestra profesión y por nuestra persona. Podemos considerarnos un sector social relativamente minoritario que pasa desapercibido con facilidad. Pero sería ingenuo pensar que nuestra invisibilidad se explica únicamente por nuestra escasez. Los bomberos son también escasos y no por ello dejan de atraer la atención, inspirar admiración y ser efusivamente reconocidos en su día, el 22 de agosto, cuando reciben felicitaciones de periodistas, actores, legisladores, gobernadores y hasta presidentes. Sin embargo, mientras que todo el mundo sabe para qué sirve un bombero, nadie tiene muy claro para qué puede servir un psicólogo. Ni siquiera nosotros, los profesionales de la psicología, nos hemos puesto de acuerdo sobre nuestra función.

Cuando se nos homenajea o nos homenajeamos, podemos estar seguros de que no hay consenso con respecto al motivo del homenaje. Muchos ni siquiera tenemos la más remota idea sobre lo festejado. No vemos nada que celebrar, nos preguntamos cuál es el objeto de la celebración y desconfiamos de quienes creen saberlo y pretenden ofrecernos respuestas. Por lo demás, las respuestas no dejan de contradecirse, aun cuando se refieren a lo más puntual.

¿Cómo esperar que se tome en serio nuestro 20 de mayo cuando ni siquiera hemos conseguido ponernos de acuerdo con respecto a la razón exacta por la cual se nos festeja en ese preciso día y no en cualquier otro? Hay quienes aseveran que fue el día en que se otorgó la primera cédula profesional de psicología en México. Pero hay también los que aseguran que fue la fecha en que se aceptó el primer programa en psicología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Otros más responden que fue cuando se fundó la primera facultad en la misma universidad. Y no faltan quienes ofrecen otra interpretación.

Rulfiana3Tramitología y autocomplacencia

Entre las diferentes versiones de lo celebrado el 20 de mayo, el único denominador común es que se trata de un hecho estrictamente institucional, burocrático, administrativo. Este mismo carácter oficinesco se encuentra en la elección de la fecha por la Federación Nacional de Colegios, Sociedades y Asociaciones de Psicólogos de México. No hay aquí ningún acontecimiento histórico, ninguna conquista social, ninguna gesta heroica, ningún sacrificio ni natalicio.

El 20 de mayo sólo hubo el cumplimiento de una gestión administrativa convertida en festejo mediante el cumplimiento de otra gestión administrativa. Esto es, en definitiva, lo que celebramos el día del psicólogo en México. Celebramos un doble trámite, lo cual, personalmente, me parece revelador, ya que nos descubre un aspecto esencial de la psicología mexicana que se festeja el 20 de mayo. En esto, al menos en esto, los festejados somos consecuentes. Festejamos lo que somos.

Rulfiana7Así como nuestro festejo se refiere simplemente a un par de aburridos trámites, así también la historia que nos atribuimos, tal como nos la contamos, consiste fundamentalmente en una tediosa cronología de gestiones administrativas profesionales y académicas, desde la aceptación del curso de psicología en la Escuela Nacional Preparatoria en 1896 hasta la realización del enésimo congreso de la sociedad fulana de tal, pasando por las fundaciones de sociedades y facultades, las publicaciones de libros, las traducciones o adaptaciones de pruebas psicológicas, las modificaciones de programas universitarios, las estancias de académicos extranjeros en el país y las aprobaciones de reglamentos. Esta historia, lo mismo que la enseñanza y la práctica profesional de nuestra disciplina hoy en día, transcurre casi exclusivamente dentro de espacios institucionales bien estructurados, entre papeles y computadoras o máquinas de escribir, en oficinas, auditorios, consultorios y salones de clase. Nuestro campo se parece más a un laboratorio experimental que a un verdadero ambiente natural. Todas las variables están controladas. Nuestros contactos con el exterior están estrictamente codificados, restringidos y previstos: aplicamos pruebas, diagnosticamos, evaluamos y calificamos a nuestros futuros colegas. El contacto con la sociedad suele estar así mediado por instituciones educativas o profesionales que generalmente nos vuelven hacia nosotros mismos, nos hacen comunicar e interactuar entre nosotros, aseguran que nos vigilemos unos a otros, nos aíslan del mundo en que vegetamos, planifican y fiscalizan lo que hacemos, acotan el rango de nuestras facultades y así contribuyen a garantizar la falta de efectos sociales de nuestro trabajo.

El carácter altamente institucionalizado, predominantemente autorreferencial y socialmente intrascendente de nuestra profesión está bien representado por los dos trámites insulsos que festejamos en el día del psicólogo. Pero si esto es lo que celebramos y lo que somos, entonces no debería sorprendernos el desinterés hacia nuestras personas y nuestro día. Lo sorprendente es que nos hayamos ofrecido un día para celebrarnos, que lo fundemos en tan poco y que insistamos tanto en tomarlo en serio. Todo esto es también revelador. Nos revela nuestra presunción, vanidad y pedantería.

Rulfiana6La autocomplacencia que mostramos con respecto a nuestro día es la misma de la que hacemos gala cotidianamente. La simulación por la que se caracteriza nuestra actividad profesional y profesoral es la misma por la que simulamos un mérito digno de ser festejado. En realidad, si fuéramos justos con nosotros mismos, deberíamos admitir que no merecemos ningún festejo. No lo merecemos porque nosotros, los festejados el 20 de mayo, no podemos jactarnos de ninguna contribución importante ni a la historia de la psicología ni mucho menos a la historia de nuestra sociedad.

Inutilidad y culpabilidad

No hemos hecho prácticamente nada, como psicólogos que somos, para combatir o al menos para denunciar los mayores problemas de nuestro país, entre ellos la miseria crónica de las clases populares, las abismales desigualdades sociales, la discriminación y segregación de los indígenas, y la violencia política y económica ejercida predominantemente contra los más pobres, los más desprotegidos, que no suelen cruzarse con psicólogos en sus caminos polvorientos. No se nos ha ocurrido nada efectivo para contrarrestar el papel de los medios masivos de comunicación en la despolitización de los espectadores, la manipulación de los electores y la reproducción del racismo. Tampoco nos hemos caracterizado por brindar alguna clase de apoyo psicosocial a las acciones colectivas o insurrecciones populares que han aportado soluciones ante las situaciones problemáticas recién mencionadas.

Lejos de enfrentar los mayores problemas de nuestro país, los psicólogos de México, al igual que los de otros países, hemos contribuido a mantenerlos e incluso agravarlos por los más diversos medios, por ejemplo al psicologizar lo económico y lo político, al individualizar los conflictos colectivos, al esencializar las consecuencias de la miseria y al distraer la atención de las causas sociales para centrarla en los efectos personales, conductuales o cognitivos. También somos culpables de patologizar comprensibles y prometedoras desadaptaciones y subversiones, así como facilitar válvulas de escape catártico para la insatisfacción y la indignación. Por si fuera poco, nos hemos vuelto especialistas en suministrar coartadas para los crímenes diarios de quienes pueden pagarse un psicólogo privado, y que van desde la despiadada explotación de los trabajadores hasta las diversas formas de corrupción y conservación de privilegios, las violaciones sexuales de empleadas domésticas o las agresiones racistas en contra de subalternos o desconocidos.

Rulfiana2Más que inútiles, hemos sido nocivos para el conjunto de la sociedad mexicana y especialmente para las mayorías populares. Tan sólo hemos podido cumplir una función positiva para las minorías dominantes. Quizá ésta sea la única razón por la cual podemos seguir existiendo todavía. Después de todo, existimos porque somos pagados, y somos pagados por nuestros beneficiarios, es decir, por quienes pueden pagarnos, ya sean las propias minorías dominantes o un gobierno que tiende a estar subordinado a los intereses de esas minorías.

Nuestros beneficiarios han sido minoritarios y esto explica también el carácter minoritario del interés por nuestro día, nuestra profesión y nuestra persona. Somos prescindibles para las mayorías populares mexicanas, las cuales, sin nosotros, vivirían igual o quizás incluso mejor. ¿Por qué habrían de celebrar nuestro 20 de mayo?Rulfiana8Puesto que no le servimos de nada ni a la sociedad ni a las mayorías, la celebración de nuestro día sólo podría estar justificada si hubiéramos rendido un servicio a la humanidad, a la civilización, a la ciencia o al menos a la psicología como especialidad científica. Sin embargo, en este caso, debemos rendirnos a la más abrumadora evidencia de nuestra inutilidad. No hemos aportado, por lo general, más que traducciones, adaptaciones, verificaciones y falsificaciones de lo concebido y desarrollado en las psicologías europeas y estadounidenses. No hemos sido capaces de crear y elaborar un conocimiento psicológico nuestro, que responda verdaderamente a nuestros problemas, a nuestras inquietudes y aspiraciones, a nuestra historia y nuestra cultura. Tampoco en este plano hemos hecho algo que merezca ser festejado.

Nosotros y los otros

En lugar de celebrar a quienes no lo merecemos, yo personalmente preferiría dedicar un día significativo, y no el 20 de mayo, a todos aquellos que deberían ocupar el festejo que estamos usurpando. Me refiero a quienes han tenido éxito en todo aquello en lo que nosotros hemos fracasado. No son exactamente psicólogos, aunque bien podríamos darles ese nombre, siempre y cuando evitáramos confundirlos con los psicólogos en sentido estricto. No debemos confundirlos con nosotros ya que no han hecho exactamente lo que entendemos por psicología. Ofrecen algo muy parecido, quizás mejor, pero no igual. Sin embargo, de nuevo, por economía de palabras, podemos decir que se trata de psicología y festejar a los mexicanos que se han distinguido en ella.

Rulfiana5Me gustaría celebrar a colectivos o individuos que han reflexionado, hablado o actuado con respecto al alma o el psiquismo en México, pero que lo han hecho de un modo muy diferente a como lo hacemos los psicólogos convencionales, ya sea de modo colectivo y no individual, o bien en las perspectivas de las culturas indígenas, en el seno mismo de las tradiciones populares, o en la filosofía, la literatura y la lucha política. En todos los casos, encontramos elaboradas teorías, narraciones o prácticas “psicológicas” en las que se han superado nuestras deficiencias al irse más allá de los estrechos límites que nosotros mismos nos hemos impuesto con pretextos disciplinarios, institucionales, epistemológicos o metodológicos. Estoy pensando, por ejemplo, en las originales concepciones mesoamericanas del alma, particularmente las aztecas y purépechas, sin parangón en el mundo europeo, y que han logrado subsistir hasta la actualidad, resistiendo a sucesivas psicologías coloniales a lo largo de cinco siglos. Pienso también en el agudo análisis del alma indígena y la vigorosa crítica de la psicología racista europea que encontramos en defensores de indios como Julián Garcés, Vasco de Quiroga yBartolomé de las Casas. Habría que agregar la penetrante revalorización de la vida onírica en nuestra poetisa Juana de Asbaje, las novelas psicológicas de Salvador Quevedo y Zubieta, las propuestas prácticas de psicología política militante que van desdeRicardo Flores Magón hasta el Subcomandante Marcos, y evidentemente las aproximaciones al drama psíquico histórico de la mexicanidad en Justo Sierra, Samuel Ramos, Emilio Uranga, Octavio Paz y Luis Villoro, entre muchos otros.Rulfiana1No terminaría si quisiera ser exhaustivo. Son muchos los “psicólogos” mexicanos que deberían ser festejados, pero no son aquellos en los que pensamos. Los que merecen el festejo no somos nosotros, los mediocres profesionales de la psicología, sino los otros, los demás, todos, pues el pueblo mexicano tiene su “psicología”, sus innumerables descripciones y explicaciones de lo que nosotros denominamos “psiquismo”, y éstas son definitivamente más auténticas, lúcidas y provechosas que las ofrecidas por esa disciplina tan simplificadora y perjudicial de la que tanto nos vanagloriamos.

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Psicología y capitalismo en América Latina

Conferencia en la Universidad La Salle. Morelia, Michoacán, martes 20 de mayo 2014.

David Pavón-Cuéllar

Estamos en el sistema capitalista. Vivimos además al sur del Río Bravo. Es aquí, en Latinoamérica y en el capitalismo, en donde estudiamos, enseñamos o practicamos la psicología.

Nuestra profesión de psicólogos, nos guste o no, se desarrolla en un contexto capitalista y latinoamericano. Este contexto es decisivo para nuestra psicología, la determina y la moldea, le da la forma que tiene para nosotros, le impone sus límites, métodos, perspectivas y objetos.  Estudiamos el psiquismo creado por el capitalismo en Latinoamérica. Y tendemos a estudiarlo de un modo predominantemente capitalista y latinoamericano. En este sentido, nuestra psicología es también latinoamericana y capitalista.

Por más que pretenda ser neutral y estrictamente científica, nuestra psicología es parcial y tendenciosamente capitalista, cumple una función en el capitalismo, sirve al capital, gira en torno al dinero capitalizado, se relaciona estrechamente con la explotación de la fuerza de trabajo, se rentabiliza y circula, se compra con dinero para venderse a cambio de más dinero, se negocia y se regatea en el mercado, pasa de mano en mano, se desgasta y se prostituye, puede subsistir porque tiene un precio, porque puede pagarse y porque produce un beneficio económico. De igual manera, por más que aspire a ser estadunidense o europea, nuestra psicología es latinoamericana, latina, meridional, tropical, mestiza, tercermundista, subdesarrollada, pobre, ignorada, periférica, dependiente, acomplejada, heredera del colonialismo hispanoportugués y del neocolonialismo angloamericano.

Capitalismo en Latinoamérica

En realidad, cuando nos referimos al carácter latinoamericano de nuestra psicología, estamos refiriéndonos también a su naturaleza capitalista.  Quiero decir que el capitalismo resulta indisociable de aquello que actualmente significa Latinoamérica para nosotros.  La historia moderna de Latinoamérica se inserta en la historia del capitalismo. La conquista española del Nuevo Mundo fue la conquista de un botín de guerra para el mercantilismo capitalista del siglo XVI. Los banqueros de los Países Bajos, el centro del capitalismo en los siglos XVI y XVII, fueron los principales beneficiarios de la colonización de América.

El colonialismo, tal como lo conocimos en Latinoamérica, fue un momento del capitalismo global. Los ávidos conquistadores vinieron fundamentalmente a enriquecerse, a hacer negocios, a explotar minas de oro y plata, cañaverales, cultivos de café y chocolate, maderas preciosas y especialmente fuerza de trabajo. Y de paso violaron a las mujeres indígenas, a las tatatarabuelas de muchos de nosotros. El mestizaje que nos hace ser lo que somos, esa violación masiva y sistemática de la que provenimos, no fue más que un efecto colateral del saqueo de nuestras riquezas naturales por el ávido colonialismo capitalista europeo.  El capitalismo está entonces en el origen mismo de lo que somos, en el núcleo de nuestra vida psíquica, en el centro de nuestra identidad y personalidad. Podemos vernos como criaturas del capitalismo, a veces residuos o escorias desechadas por la producción capitalista, otras veces productos explotables como trabajadores o consumidores.

Después de los tiempos coloniales, el capitalismo siguió moldeando nuestra historia, nuestra sociedad y nuestra individualidad. Tan sólo nos liberamos del capitalismo colonial hispanoportugués, el de los conquistadores y encomenderos, para caer en el capitalismo neocolonial angloamericano, el de los piratas y los empresarios, las franquicias y las maquiladoras. Aprendimos a ser país tercermundista, colonia del capitalismo industrial y financiero, después de haber aprendido a ser colonia del mercantilismo capitalista. Tras la explotación en las encomiendas, tuvimos que resignarnos a la explotación en las transnacionales.

Evidentemente hubo países que no quisieron aceptar su condición de esclavos del capitalismo neocolonial, como Guatemala en los años cincuenta, Brasil en los sesenta, o Chile en los setenta, por citar los casos más conocidos. Sin embargo, como bien sabemos, esos países fueron duramente castigados por haberse atrevido a liberar a sus poblaciones de la explotación capitalista. Guatemala en 1954, Brasil en 1964 y Chile en 1973, sufrieron sangrientos golpes de estado con los que se instauraron  dictaduras apoyadas por un capitalismo salvaje y sumamente violento que ahora tenía su centro de gravedad en los Estados Unidos y en Wall Street.  Una compañía estadunidense, la United Fruit Company, acaba con la democracia, la libertad y la justicia en Guatemala, y sume a este país en una interminable guerra civil que lo ensangrienta  y empobrece. Otra empresa de Estados Unidos, la Hanna Mining Corporation, acaba con el régimen social y popular brasileño que no le quiere entregar las reservas de hierro en bandeja de plata. Otras empresas mineras de nuestro vecino del norte, apoyadas teóricamente por el profesor Milton Friedman de la Universidad de Chicago, se ocuparán de acabar con el pacífico socialismo chileno e instaurar un violento capitalismo neoliberal que asesina y tortura sin piedad a miles de personas.

Psiquismo y capitalismo

Tanto en las dictaduras del siglo XX como en el colonialismo de los siglos anteriores, el capitalismo nos ha dominado mediante el terror, con baños de sangre, con torturas y violaciones, con las armas, primero con espadas y arcabuces, luego con granadas y metralletas. Esta violencia inherente al capitalismo es la misma que vemos operar en el crimen organizado, en el cual, lo mismo que en cualquier otro sector de la economía capitalista, lo importante es la ganancia y el enriquecimiento.  Es por dinero, siempre por dinero, que se mata, se tortura y se mutila. Y toda esta violencia capitalista, sobra decirlo, tiene efectos decisivos en nuestro psiquismo.

Todo lo que somos y hacemos en el plano psíquico, todo lo que estudiamos en la psicología, todo esto ha sido influido por la violencia capitalista del crimen organizado que nos rodea en la actualidad, así como también por la pasada violencia colonial o dictatorial del mismo capitalismo. Pero el sistema capitalista no sólo ha incidido en nuestro psiquismo a través de la violencia directa, sino también a través de la violencia indirecta, estructural, que se ejerce constantemente a través  de la explotación en el trabajo, la manipulación en la publicidad, la enajenación que nos hace buscar nuestro propio ser en el tener, la prostitución de las relaciones interhumanas reducidas a relaciones económicas interesadas, la humillación de los pobres y tercermundistas como nosotros los latinoamericanos, y evidentemente la degradación humana en todos los sentidos, la miseria material y espiritual del hombre, la pobreza y la ignorancia en la que nos hunde el capitalismo para poder abaratar nuestra fuerza de trabajo y así pagarnos menos y explotarnos mejor. Todo esto nos constituye psicológicamente. Nuestro psiquismo es efecto de la violencia capitalista que nos degrada, nos humilla, nos prostituye, nos enajena, nos manipula y nos explota de un modo específico en nuestra particular condición de latinoamericanos.

La experiencia latinoamericana del capitalismo incide en todo aquello que encontramos en la psicología, en el comportamiento que estudian los conductistas, en la mente y el procesamiento de la información que enfatizan los cognitivistas, en el inconsciente de los psicoanalistas, y en las interacciones, los estilos relacionales y los patrones de comunicación de los psicólogos sociales y sistémicos. Nuestra psicología indaga y trata los efectos del capitalismo en el psiquismo de los latinoamericanos. En cierto modo, al igual que los economistas, estudiamos el capitalismo, pero no lo estudiamos en su funcionamiento económico externo, sino en los sujetos, en su alma, en la interioridad de sus pensamientos y sentimientos, aunque también en la exterioridad de sus comportamientos, de sus relaciones e interacciones, y del mundo social en el que habitan. En todos los casos, nos ocupamos del sistema capitalista. Casi podemos decir que el capitalismo es el objeto de la psicología, que la psicología es una capitología, lo mismo que la economía, la sociología, la pedagogía o cualquier otra ciencia humana y social que se desarrolla en el capitalismo y que sólo puede estudiar fracciones de un sistema capitalista que lo absorbe todo, lo abarca todo, lo es todo.

Conciencia y eficacia

Lo extraño no es que los psicólogos estudien el capitalismo en Latinoamérica, sino que desconozcan u olviden que lo estudian. ¿Cómo explicar esta ignorancia o inconsciencia o falta de memoria o lo que sea?  ¿Cómo entender que el capitalismo, que impregna y constituye todo nuestro psiquismo, les pase desapercibido a los psicólogos? ¿Cómo puede ser posible que no consigan ver lo que no dejan de estudiar?

Pienso que la ceguera de los psicólogos se explica por dos circunstancias fundamentales. En primer lugar, como el capitalismo lo empapa todo, lo colorea y lo conforma todo en el psiquismo, termina confundiéndose con todo hasta el punto de camuflarse, volverse invisible, resultando prácticamente imposible discernirlo al diferenciarlo de lo que no es él. En segundo lugar, debemos considerar que la psicología, tal como la conocemos, también forma parte del capitalismo, es una pieza del sistema capitalista, y por lo tanto, estando adentro del capitalismo, no puede verlo desde afuera. Podemos recurrir a la conocida metáfora del bosque y decir que la psicología está dentro del bosque, pero no puede ver el bosque, no puede ver el capitalismo, sino solamente los árboles  del bosque, las piezas del sistema capitalista.

Sería más exacto decir que la psicología no suele ver el capitalismo porque verlo significa verse a sí misma, relacionarse reflexivamente consigo misma, ser autoconsciente, y esto, como ustedes bien lo saben, es un grado superior de conocimiento que sólo se alcanza con el tiempo, ya que resulta muy difícil y requiere de un gran esfuerzo, el de encorvarse, arquearse al volverse hacia uno mismo. Este ejercicio acrobático no es habitual en los psicólogos y mucho menos en los de Latinoamérica. Sin embargo, cuando los psicólogos se molestan en pensar un poco en lo que hacen y se ubican así en lo que ahora se llama la “psicología teórica” o “crítica”, entonces, de pronto, como era de esperar, descubren el capitalismo en toda su psicología: en sus teorías y sus conceptos, en sus métodos y sus objetos, en su mirada y en lo que miran. Y se percatan simultáneamente de algo muy importante que podría explicar también la invisibilidad del capitalismo para los psicólogos. Se dan cuenta de que el capitalismo funciona mejor cuando pasa desapercibido, cuando la psicología y sus demás dispositivos no toman conciencia de él, no se distraen con él, sino que se concentran en cumplir su función dentro del sistema. Esto es crucial para el capitalismo y tiene que ver con la división del trabajo. El proceso total se descompone en una infinidad de pequeñas tareas encomendadas a pequeños individuos que hacen tanto mejor lo que hacen cuanto menos saben lo que hacen.

La psicología más eficaz es también la más ciega, la más inconsciente de la totalidad, la más concentrada en sus tareas específicas: aplicar pruebas, hacer diagnósticos, diseñar tratamientos eficaces, intervenciones eficaces, dinámicas eficaces. ¿Pero eficaces para qué o con qué propósito? Las respuestas que podamos dar a esta pregunta nos pueden servir para distinguir las diferentes funciones de la psicología en el sistema capitalista.

Tres funciones de la psicología en el capitalismo: el caso latinoamericano

Al ser eficaz para llenar de dinero los bolsillos del psicólogo, la psicología es una mercancía que se vende para producir una ganancia.  El psicólogo vende el valor de uso de su saber y de su fuerza de trabajo, y obtiene a cambio el importe pagado por el paciente, es decir, el valor de cambio de su psicología. Con su valor de cambio y su valor de uso, con su precio y su utilidad, la psicología es una mercancía como cualquier otra y debe publicitarse como cualquier otra. Obedece a las reglas de la oferta y la demanda, se le publicita y se le consume, y prospera gracias a al consumismo generalizado. En Latinoamérica, este consumismo suele ser un lujo que no pueden ofrecerse las mayorías populares. Los más pobres deben privarse de muchas mercancías relativamente superfluas, como es el caso de la psicología. Nuestra profesión, en tanto que mercancía, es un lujo que sólo pueden ofrecerse quienes pueden pagarlo.

Nuestra psicología es entonces una mercancía y cumple con la función lucrativa de cualquier otra mercancía en el sistema capitalista. Sin embargo, como prácticamente cualquier otra mercancía, la psicología tiene una composición ideológica por la que puede cumplir otras funciones en el sistema. Una de estas funciones es la cegadora, mistificadora, individualizadora, psicologizadora. Digamos que la mencionada ceguera de la psicología, su inconsciencia con respecto al capitalismo, tiene que ser compartida por los sujetos que reciben un tratamiento psicológico o psicoterapéutico. Para pagarle al psicólogo, estos sujetos deben ignorar el sustrato capitalista de lo que les ocurre, la causalidad socioeconómica de sus problemas, y deben imaginar que estos problemas son estrictamente psíquicos, individuales, personales, mentales o emocionales. Tan sólo así, a través de esta mistificación y psicologización, puede justificarse que los consumidores gasten su dinero para comprar una mercancía como la psicología, la cual, si tiene un valor de uso, es principalmente el de solucionar problemas estrictamente psíquicos. Y es verdad que la psicología puede llegar a dar una cierta solución de estos problemas, pero al hacerlo, sobra decirlo, no soluciona el mal capitalista, sino sólo algunas de sus manifestaciones sintomáticas. Esto no sólo permite que el sujeto pueda seguir soportando el capitalismo, sino que verifique o confirme el carácter psíquico de sus problemas. Si la psicología los resolvió, esto quiere decir que se trataba efectivamente de problemas psíquicos. El sujeto se los atribuye y se acusa de aquello de lo que es responsable el capitalismo.

La psicología servirá para que muchos latinoamericanos, por ejemplo, se responsabilicen a sí mismos de un sentimiento de inferioridad e incapacidad producido  y reproducido por cinco siglos de humillación capitalista colonial y neocolonial. En lugar de luchar contra el capitalismo que los ha humillado, rebajado y degradado, nuestros latinoamericanos, gracias al psicólogo, creerán confirmar que son los únicos responsables de todo lo que les ocurre y se convencerán de que hacen lo correcto al seguir luchando contra sí mismos, como lo han hecho desde hace quinientos años. Continuarán intentando cambiarse a sí mismos en lugar de cambiar al mundo que los desprecia y los oprime. En lugar de sublevarse contra los verdaderos responsables de su sentimiento de inferioridad e incapacidad, habrán de sublevarse contra sí mismos e intentarán transformarse a sí mismos, tal como se los recomienda la psicología.

Con el apoyo del psicólogo, los sujetos aceptarán lo inaceptable, se adaptarán a lo que no deberían adaptarse, al capitalismo que los ha rebajado y degradado para convertirlos en fuerza de trabajo dócil y barata. Llegamos aquí a una tercera función de la psicología en el capitalismo. Además de su función lucrativa como mercancía y de su función mistificadora como ideología, la psicología tiene también, como disciplina, la función disciplinaria de subyugarnos, amansarnos, domarnos, domesticarnos y volvernos dóciles y tolerantes. La disciplina psicológica puede cumplir así también con el propósito colonial y neocolonial de mantener a los latinoamericanos sometidos e impedir su liberación.

Desde luego que nuestra psicología podría ser diferente y contribuir a nuestra liberación en lugar de hacer todo para impedirla. Sin embargo, para que esto fuera posible, la psicología debería ser muy diferente de lo que es actualmente. Ignacio Martín-Baró tenía mucha razón al decir que nuestra psicología debería liberarse de sí misma, de todo lo que ha sido hasta ahora, para poder convertirse en una psicología de la liberación, una psicología liberadora y no esclavizadora, subversiva y no adaptativa, emancipadora y no colonizadora.