De la plusvalía en Marx al plus-de-goce de Lacan: ida y vuelta con escala en el plus-de-privación de Freud

Charla en el Espacio Psicoanalítico de Goiania, Brasil, jueves 16 de octubre 2014.

David Pavón-Cuéllar

La plusvalía

María González es una obrera mexicana de 22 años. Trabaja con otras 5 mil mujeres en la fábrica finlandesa PKC en Ciudad Acuña, Coahuila, cerca de la frontera con los Estados Unidos. Su salario diario es de 105 pesos mexicanos, esto es, unos 8 dólares estadunidenses, aproximadamente 20 reales brasileños. Esta cantidad de dinero es apenas suficiente para que María González pueda sobrevivir. De los 105 pesos ganados por día, 50 corresponden al alquiler diario de su casa, 30 pagan una alimentación mínima y los 25 restantes sirven para solventar gastos como luz, agua y vestido. No sobra un solo peso. Los 105 pesos sólo permiten que María se mantenga viva para seguir trabajando.

María González trabaja 8 horas diarias y produce autopartes para Ford, Chevrolet, Volvo, General Motors y el Ejército de los Estados Unidos. Con su trabajo productivo, María produce aproximadamente 3000 pesos por día, es decir, unos 700 reales. De esta cantidad, se requieren unos 1400 pesos para el funcionamiento de la fábrica, el pago de los ingenieros y oficinistas, la compra de materias primas, el mantenimiento de las máquinas, el pago de impuestos y otros gastos. Quedan 1600 pesos diarios, de los cuales, como ya sabemos, hay que darle 105 pesos a María. Los 1495 pesos restantes corresponden a la plusvalía diaria que es producida por María y que llena los bolsillos de quienes se enriquecen con su trabajo en México, Estados Unidos, Finlandia, Suecia y otros países europeos. Hay aquí accionistas y directivos de la compañía finlandesa PKC, pero también de la Volvo, la General Motors y las demás empresas que sacan provecho del trabajo de María.

En suma, el trabajo de 8 horas de María González produce diariamente 1495 pesos para sus explotadores, 1400 pesos para pagar el funcionamiento de la fábrica y 105 pesos para mantener a María con vida. Considerando que María produce una riqueza total de 375 pesos por hora, podemos decir que produce su salario diario en 16 minutos, y luego trabaja unas 3 horas y 44 minutos para mantener el funcionamiento de la fábrica y otras 4 horas para enriquecer a sus explotadores. Podemos decir también que el trabajo de María se distribuye de la siguiente forma: 3% para mantenerse con vida, 47% para sostener a la fábrica y 50% para enriquecer a sus explotadores. Este 50% corresponde a la plusvalía de 1495 pesos que los dueños de la fábrica ganan al explotar el trabajo de María. Son las 4 horas de trabajo que no le pagan. Durante estas cuatro horas, María produce 1495 pesos, es decir, su salario de dos semanas. Esto es lo que le roban por día. Esto es la plusvalía.

El plus-de-goce

María pierde o deja de ganar 1495 pesos por día. O mejor dicho: diariamente María se deja robar 1495 pesos, 110 dólares, unos 265 reales brasileños. ¿Pero qué significan estas cantidades de dinero? ¿Qué es lo que María pierde al dejarse explotar? Lo que sus explotadores le quitan, de hecho, no son exactamente los 1495 pesos que deja de ganar, sino las cuatro horas que deja de vivir para producir esa cantidad de dinero para sus explotadores. En otras palabras, lo que María pierde no es la riqueza que produce durante 4 horas, sino la vida con la cual produce esa riqueza, es decir, la vida que deja de sentirse y vivirse, padecerse y disfrutarse. Lo perdido es así la vida que deja de gozarse. Esta vida ya no se goza porque se ve reducida a la fuerza de trabajo que sólo puede usarse, explotarse, valorizarse, pero ya no gozarse. Llegamos aquí al punto preciso en el que vemos distinguirse el plus-de-goce lacaniano de la plusvalía de Marx.

Podemos afirmar que la plusvalía es la cantidad de dinero que gana el capitalista mientras su trabajador pierde el plus-de-goce. Como nos lo explica Lacan, este plus-de-goce, a diferencia de la plusvalía, es tan incuantificable como incalculable. No puede ser ni contado ni calculado, así como tampoco puede ser ganado por nadie, pues no circula y no puede pasar de los explotados a los explotadores. Lo que María González deja de vivir, la vida que deja de gozar, es algo inalienable, intransferible, que sólo María pudo haber gozado.

Lo perdido por María es algo real que sólo concierne a ella. Es algo que sólo pudo haber sido gozado por ella. Es además algo que sólo puede ser ganado al ser gozado, y que, por tanto, no podrá ser ganado por quienes explotan a María. Sus explotadores tan sólo pueden robarle a la obrera el dinero que produce con su fuerza de trabajo, pero no pueden apropiarse de lo que habría podido vivir si su vida gozable no se hubiera visto proletarizada, reducida a una simple fuerza de trabajo, fuerza explotable, fuerza vendible y comprable. En términos lacanianos, los capitalistas de PKC no pueden obtener el plus-de-goce de María, la experiencia real de su vida pulsional, sino únicamente la plusvalía, el valor simbólico producido por el trabajo de renunciación a lo real del goce. De modo correlativo, María no puede perder la plusvalía que nunca le perteneció, la riqueza obtenida por sus explotadores, sino sólo el plus-de-goce, la renunciación a lo real del goce con la que se paga esa plusvalía simbólica.

El plus-de-goce de María paga efectivamente la plusvalía ganada por los capitalistas. Pero lo ganado por los capitalistas, un excedente de valor puramente simbólico, no tiene nada que ver con lo perdido por la obrera a la que explotan. Lo que María pierde es lo que deja de gozar al trabajar. La ejecución de su trabajo, la explotación de su vida como fuerza de trabajo, no es ni más ni menos que la renunciación al goce de su vida como tal, como vida pulsional. Este goce al que se renuncia no es necesariamente agradable, pero es real, a diferencia del dinero que se produce al renunciar al goce.

La renunciación al goce de la vida pulsional, la pérdida sufrida por María González, consiste en una renunciación a lo real que permite lógicamente una generación de lo simbólico del dinero, que es la ganancia de los capitalistas de la compañía PKC. La plusvalía cuantificable del capitalista se produce al perderse el incuantificable plus-de-goce de la obrera. La desrealización de la vida real de María, su explotación como fuerza de trabajo, es una simbolización que posibilita la valorización del capital simbólico de la empresa finlandesa. Este capital es lo que Marx describe como un vampiro que sólo puede vigorizarse, valorizarse y capitalizarse como trabajo muerto, al absorber el trabajo vivo de los trabajadores. Es aquello mismo que Lacan se representa como lo simbólico, el lenguaje, que sólo puede mantener su operación básica, la simbolización, a través de la desrealización, la destrucción de lo real, la muerte de la cosa, la mortificación del cuerpo.

¿La misma explotación?

Tanto en la perspectiva lacaniana como en la marxiana, la valorización es también desvitalización. La vida se pierde al ser explotada en el sistema. Sin embargo, mientras que Marx nos habla del sistema capitalista, Lacan se refiere a un sistema simbólico de lenguaje que abarca las más diversas formaciones culturales y económicas, entre ellas la capitalista. El vampiro del capital no es aquí más que uno de tantos que nos acechan para hundir sus colmillos en nuestro cuerpo y extraer la sangre de nuestra vida.

acan expande la crítica de Marx y denuncia la forma en que nuestra vida es explotada como fuerza de trabajo, no sólo del capital, sino del significante en general. Desde el punto de vista lacaniano, en efecto, es el lenguaje el que se sirve de nosotros para operar. De modo que no somos nosotros los que utilizamos el lenguaje para comunicar unos con otros, sino que es el lenguaje, el gran Otro, el que nos utiliza para enunciar su discurso, discurso del gran Otro.

Es el lenguaje el que explota nuestra vida como fuerza enunciativa para que expresemos lo que él articula. Es así como no dejamos de trabajar en el sistema simbólico. Es el trabajo del inconsciente que nunca cesa, ni al trabajar ni al descansar, ni en el día ni en la noche, ni al hablar ni tampoco al soñar y cumplir así con ese trabajo de sueño en el que somos tan explotados por el lenguaje como en las fábricas de Ciudad Acuña. Desde este punto de vista, yo sería tan explotado en lo que estoy diciendo, en la cadena significante del presente discurso, como lo sería María González en la cadena de producción de la fábrica en la que trabaja. Y así como el marxismo denuncia la explotación de María en el capitalismo, así el psicoanálisis denunciaría mi explotación en el lenguaje.

Tanto María como yo perderíamos el plus-de-goce, el goce de nuestra propia vida, para producir la plusvalía simbólica o económica ganada por el gran Otro del significante o del capital. Mi discurso no sería sólo tautológico por la misma razón que el trabajo de María no sería sólo reproductivo. Tanto ella como yo produciríamos un excedente significante, una plusvalía, que permitiría el enriquecimiento del gran Otro, del tesoro del significante o de la gran finanza, del sistema simbólico en general o específicamente capitalista.

El mundo económico se beneficiaría de la explotación del trabajo manual de María tal como el mundo cultural se beneficiaría de la explotación de mi trabajo intelectual. A fin de cuentas, la división del trabajo no implicaría ninguna división de clases. Los trabajadores manuales estarían tan explotados por el sistema económico del capitalismo como los trabajadores intelectuales estarían explotados por el sistema simbólico de la cultura. Yo, el profesor David, estaría igual de explotado que la obrera María. De ahí que tanto ella como yo seamos igual de infelices, perdamos el mismo plus-de-goce, padezcamos el mismo malestar en la cultura. La idea es reconfortante para mí, pero quizá resulte indignante para María, y con mucha razón.

El plus-de-privación

Después de todo, al menos en cierto sentido, el trabajo de obrera de María González me paga mi salario de profesor en la universidad pública. Mi salario es pagado en gran parte por los impuestos que se obtienen día tras día, no de los grandes empresarios voraces que se presentan como nuestros benefactores, sino de trabajadores explotados, como es el caso de María. No está de más recordar que incluimos los impuestos en los 1400 pesos diariamente producidos por María para el mantenimiento de la fábrica. María trabaja también para pagar impuestos, es decir, para pagar salarios como el mío.

Es María González quien me paga mi salario. Yo vivo de la explotación de María. Yo gano una parte del fruto de su trabajo manual explotado. Esto es verdad, pero no lo inverso. María no se beneficia de mi trabajo intelectual como yo me beneficio de su trabajo manual. María no vive de mí como yo vivo de ella. Quizá María no entendiera ni siquiera lo que estoy diciendo ahora, y sin embargo, en cierto sentido, al menos en cierto sentido, es ella quien lo paga. Es ella quien solventa estos lujos intelectuales que ella misma jamás podría ofrecerse.

Como trabajadora proletarizada, reducida a no ser más que fuerza de trabajo, María González no sólo sufre de miseria económica, sino también de miseria cultural. Es en estas dos formas de miseria simbólica en las que estriba la gran desigualdad entre María y yo. Quizá ella y yo suframos la misma renunciación al goce de la vida, el mismo plus-de-goce, la misma situación de miseria real, pero esto no quiere decir que padezcamos la misma condición de miseria simbólica. Los bienes culturales y económicos no están equitativamente repartidos entre ella y yo. Es claro que ella tiene menos que yo.

Quizá la madre indígena de María González, campesina de Oaxaca, tuviera más bienes culturales que yo, pero ahora la nieta proletarizada tiene menos, mucho menos, al igual que todos los demás proletarios. Todos ellos están privados prácticamente de todo lo simbólico, económico y cultural, que resulta deseable o incluso necesario para mí. Este plus-de-privación, como lo llama Freud en El porvenir de una ilusión, justifica la revuelta de los proletarios y es razón suficiente para que el mismo Freud concluya que nuestra cultura no merece seguir existiendo.

Es muy significativo que Freud, tenaz defensor de la cultura, solamente descarte la cultura cuando se interesa en el plus-de-privación. Es por el excedente de privación, por la desigualdad y la injusticia, que el mundo cultural no merecería existir para el médico vienés. Para Freud, contra lo que uno habría imaginado, el gran defecto de la cultura humana, el único gran vicio por el que la cultura no merece existir, no es el malestar, sino la concentración de la cultura en unas pocas manos. El problema es la cultura tan mal repartida y no el tan bien repartido malestar en la cultura.

Tal vez María y yo suframos una misma dosis de malestar en la cultura, pero la cultura es predominantemente mía y no de ella. El dinero es mío y no de ella. Los libros son míos y no de ella. Los viajes son de uno y no de la otra. La cultura le pertenece al profesor y no a la proletaria. Desde luego que también ella paga la cultura con su malestar, pero no recibe nada a cambio. Somos otros quienes recibimos su parte y la utilizamos para fines diversos, entre ellos el pago de un psicoanalista para tratar nuestro malestar en la cultura.

Si consideramos únicamente el malestar en la cultura, quizá concluyamos que hay más igualdad entre los seres humanos de la que parece a primera vista. El malestar estaría bien repartido entre todos. Tanto María como yo perderíamos el plus-de-goce. Pero no ocurre lo mismo con la plusvalía, con los bienes simbólicos, económicos y culturales. El dinero y la cultura no han estado nunca tan bien repartidos como el malestar en la cultura y en la economía.

Digamos que hay cierta igualdad en la diferencia cuando se trata del plus-de-goce, pero hay una clara desigualdad sin diferencias cuando se trata de la plusvalía. Es por esta razón, y no por haber ignorado el plus-de-goce, que Marx prefirió concentrarse en la denunciación de la plusvalía, aun cuando había descubierto el plus-de-goce, como Lacan termina por admitirlo. Es por la misma razón que Freud acepta el plus-de-privación de la cultura, y no el plus-de-goce del malestar, como aquello por lo cual nuestra cultura no merece existir.

Lo que no merece existir en Freud es la misma sociedad de clases, el mismo sistema capitalista, que tampoco merece existir en Marx. Tanto Marx como Freud lo condenan hasta descartarlo, pues tanto el uno como el otro están pensando, no en el plus-de-goce de todos, sino en el plus-de-privación de los miserables correlativo de la plusvalía de los privilegiados. Esto que piensan Marx y Freud, esto que denuncian, esto es lo que se olvida con mayor frecuencia entre los psicoanalistas.

Finalmente, con el auxilio de Lacan, los psicoanalistas acabamos presentándonos como especialistas en el tratamiento del plus-de-goce. Pero no hay que olvidar que sólo trabajamos para quienes puedan pagar, es decir, no para María González, no para los mayores productores de plusvalía, no para quienes sufren de plus-de-privación. Ellos, los proletarios, también deben privarse de nuestro psicoanálisis.

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