Reflexión de Octubre: desencadenamiento de las reacciones reflexivas marxistas ante el triunfo de las acciones revolucionarias bolcheviques

Conferencia magistral en el Coloquio “A 97 años de la Revolución de Octubre: los días que siguen conmoviendo al mundo”, en la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, México, miércoles 12 de noviembre 2014.

David Pavón-Cuéllar

La Revolución de Octubre fue también una reflexión. Hizo reflexionar sobre ella, pero también sobre todo lo demás. Todo tuvo que reconsiderarse reflexivamente a la luz del triunfo de la revolución bolchevique.

Las acciones revolucionarias desencadenaron una ola de reacciones reflexivas entre 1917 y 1918. Me atrevo a denominarlas “reacciones” porque reaccionaron a las acciones o ante su triunfo. ¿Quiere decir esto que las reflexiones reaccionaran también contra las acciones? La respuesta inmediata, la primera que se nos ocurre, es negativa. No hay razón para que las reflexiones ante la revolución, en torno a ella o acerca de ella, reaccionen contra ella. El aspecto reactivo no tiene por qué implicar necesariamente un aspecto reaccionario. Sin embargo, cuando nos atrevemos a descartar el sentido común, tenemos derecho a postular que no puede reflexionarse verdaderamente sobre algo sin reflexionar también de algún modo contra lo que se reflexiona.

Imposible deshacerse del carácter contradictorio, conflictivo y beligerante de nuestro ejercicio reflexivo. No es tan sólo que debamos posicionarnos a favor de algo y en contra de algo más. Independientemente de tal posicionamiento, la propia reflexión contradice de algún modo su objeto al deslindarse de él para llegar a reflexionarlo.

Digamos que la reflexión exige un desprendimiento, una diferenciación de quien reflexiona con respecto a lo que reflexiona, y que la diferencia resultante, como cualquier otra, implica una contradicción entre los términos diferenciados. Lo diferente es también siempre contradictorio. Esta evidencia tan clara, que fue tan bien demostrada por Mao Tse-Tung y que yo considero fundamental en el marxismo, me permitirá sostener ahora que la Revolución de Octubre desencadenó reflexiones que tuvieron irremediablemente un elemento reaccionario o contrarrevolucionario.

Es normal que hubiera un elemento reaccionario en las reflexiones de quienes simpatizaban con los mencheviques o con el zarismo. Sin embargo, como bien sabemos, la Revolución de Octubre también fue considerada reflexivamente por los propios bolcheviques y por los grandes pensadores marxistas de aquellos tiempos. ¿Acaso nos atreveremos a decir que reflexiones como las del propio Lenin comportaban irremediablemente un elemento reaccionario? Yo pienso que sí, lo que no excluye, desde luego, que también implicaran un elemento fuertemente revolucionario.

Me parece que la revolución y la reacción estaban imbricadas, engarzadas una con otra, en aquello que denomino la Reflexión de Octubre. Esta reflexión, tal como yo la veo, podía preparar, prolongar, afirmar y reafirmar la acción revolucionaria, pero también contradecirla por el simple hecho de realizar el gesto reflexivo que la distinguía de ella, como ya lo señalé anteriormente. La reflexión oscilaba entonces entre la irremediable reacción y un posible impulso hacia la irresistible revolución.

El elemento revolucionario podía ciertamente reforzarse a costa del elemento reaccionario en ciertas reflexiones marxistas. El marxismo tendió a identificarse con el movimiento revolucionario en lugar de intentar apartarse de él para pensarlo. Más que ofrecernos reacciones reflexivas ante la Revolución de Octubre, los marxistas ponían su reflexividad al servicio de la revolución. La acción revolucionaria comportaba para ellos, de hecho, una operación reflexiva.

Los marxistas solían reflexionar como revolucionarios, dentro de la revolución, en ella más que sobre ella, con ella más que ante ella. Es lo que ya podemos apreciar, aun antes de los acontecimientos de Petrogrado, en las Tesis de abril de Lenin, en el programa bolchevique y en su expresión a través de las famosas consignas de “paz, pan y tierra” y de “todo el poder para los sóviets”. Estas reflexiones, pues se trata efectivamente de reflexiones, forman parte de la revolución.

La acción revolucionaria bolchevique no habría sido lo que fue si no hubiera incluido las exigencias de paz, pan y tierra, y la reivindicación de todo el poder para los sóviets. Estas consignas, aunque estén compuestas de palabras, también son hechos, estrategias y acontecimientos. Las reflexiones son aquí acciones revolucionarias y no reacciones reflexivas ante las acciones revolucionarias.

La revolución bolchevique absorbió una gran parte de la reflexión marxista de la época. Pero no todo se dejó absorber. Hubo también reacciones reflexivas ante las acciones revolucionarias. El ejemplo más conocido es el del gran enemigo de la Revolución de Octubre, el teórico marxista Karl Kautsky, el oportunista y renegado Kautsky, una de las figuras más influyentes de la Segunda Internacional.

Entre noviembre y diciembre de 1917, poco después de enterarse de lo que ha ocurrido en Rusia, Kautsky se deslinda claramente de las acciones revolucionarias y reacciona reflexivamente ante ellas. Explica, en sus propios términos, que “no puede realizarse todavía la revolución en el sentido socialista del término”, ya que “el proletariado ruso es aún demasiado débil y demasiado subdesarrollado como para gobernar el país”. En estas condiciones, según el propio Kautsky, “la significación de la revolución únicamente puede ser política”. Su propósito debe ser el de “ganar la democracia en la que el proletariado pueda tener éxito en su lucha de clases, desarrollar y organizar sus fuerzas para conquistar el poder político”.

La reflexión de Kautsky es la de un escrupuloso defensor de la ortodoxia marxista. Deben seguirse los pasos que Marx indicó para llegar al socialismo. No hay que saltarse ningún paso. No hay que precipitarse como lo han hecho Lenin y los bolcheviques en sus acciones revolucionarias prematuras. No es el momento de la revolución socialista. En la Rusia feudal y precapitalista de 1917, el socialismo sólo puede imponerse autoritariamente, dictatorialmente, artificialmente, simuladamente, como lo denunciará Kautsky más adelante. ¿Para qué imponer despóticamente el socialismo antes de tiempo? Mejor preparar el terreno democrático para el futuro socialista. El buen marxista es paciente y metódico. Sabe esperar el instante oportuno. Deja que el fruto de la revolución madure en su árbol y que se desprenda y caiga por sí mismo.

La reacción reflexiva del marxista ortodoxo Kautsky es lógicamente a favor del marxismo y en contra de una revolución que parece contradecir el marxismo. Esta contradicción habrá de ser enfatizada, en enero de 1918, por Antonio Gramsci, quien hablará incluso de una “revolución contra el capital” y no dudará en decir que “los bolcheviques reniegan de Carlos Marx”. Sin embargo, aunque Gramsci sea marxista, está dispuesto a tolerar que se reniegue de Marx como lo hacen los bolcheviques. No los juzga. No intenta darles ninguna lección de marxismo. No adopta un tono didáctico, profesoral y prescriptivo como el de Kautsky. A diferencia del viejo Kautsky, el joven Gramsci muestra un gran entusiasmo ante los bolcheviques y prefiere su revolución que la ortodoxia marxista.

Gramsci describe críticamente la ortodoxia marxista como “una exterior doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles”. En contraposición a este marxismo que sería el defendido por Kautsky, habría el marxismo defendido por Gramsci, el “vivido” por los bolcheviques: un “pensamiento inmanente, vivificador”.  La vida y la inmanencia del marxismo bolchevique hacen que se convierta en revolución reflexiva, pensamiento en acto, continuación de las ideas por otros medios. Las hazañas de los revolucionarios constituyen también ideas que tan sólo pueden concebirse al hacerse. Gramsci nos dice que “estos hechos superan las ideologías”. Digamos que las atraviesan al desafiarlas, al profundizarlas, al sumergirse en la realidad a la que se refieren. Las acciones bolcheviques son reflexiones reales, actuadas en la realidad, vivas e inmanentes a la revolución. Esto las hace contrastar claramente con reacciones reflexivas como las de Kautsky, las cuales, además de su carácter dogmático e indiscutible, se caracterizarían también, para Gramsci, por su exterioridad con respecto a las acciones revolucionarias ante las que reaccionan.

Desde luego que Gramsci, como teórico del marxismo, reacciona también reflexivamente ante las acciones revolucionarias bolcheviques, por ejemplo al reconocer que reniegan de Marx y del Capital, y también, de manera más precisa, de los “cánones del materialismo histórico”. Pero esta reacción reflexiva, exterior a lo reflexionado, parece renunciar a sí misma y ceder su lugar a una reflexión revolucionaria inmanente a lo reflexionado, es decir, inherente a la revolución. Gramsci termina reflexionando con la revolución, traduciéndola en ideas que él mismo adopta, que se tornan sus propias ideas, pero que no dejan por ello de consistir en hechos históricos. El proceso revolucionario consigue reflexionar a través de las palabras gramscianas. En estas palabras, como en tantas otras de la misma época, la revolución es también una reflexión, la cual, para Gramsci, consiste en “hechos que han provocado la explosión de los esquemas críticos del marxismo”.

Lo mismo que Gramsci, Rosa Luxemburgo realiza en 1918 una intervención reflexiva inseparable del proceso revolucionario. Aquí también los hechos de la revolución constituyen ideas para la reflexión. La gran ocurrencia de los bolcheviques, su gran pensamiento que faltaba en la historia teórica del marxismo, fue precisamente la incursión de la teoría en la práctica: el pensamiento al fin materializado, encarnado, animado, agitado, pero también agitando, revolucionando, atreviéndose a tomar el poder para transformar el mundo.

La gran idea fue el hecho de “haberse atrevido”. Según Rosa Luxemburgo, este atrevimiento “es lo esencial y permanente en la política de los bolcheviques”. El “mérito perdurable” de los revolucionarios de Octubre, en los propios términos de Rosa Luxemburgo, es el de haber “planteado en la práctica el problema de la realización del socialismo”, con lo cual “mostraron el ejemplo al proletariado internacional” y dieron “un paso enorme en el camino del ajuste de cuentas final entre el Capital y el Trabajo en el mundo entero”.

El paso enorme de los bolcheviques fue el replanteamiento práctico de un problema, el de la realización del socialismo, que sólo se había planteado en teoría. Una vez que pasamos del plano teórico al práctico, el socialismo no se realiza inmediatamente. El problema de su realización tampoco se resuelve automáticamente, sino que debe antes replantearse. Al menos en Rusia y en 1917, según Rosa Luxemburgo, “el problema sólo podía ser planteado”. El problema de la realización del socialismo sólo podía replantearse de otro modo, práctico y no teórico. Sin embargo, aunque práctico, su replanteamiento es evidentemente reflexivo. Nos exige reconsiderar el problema, rexaminarlo en los hechos, a la luz de la práctica. El problema de la realización del socialismo debe pensarse de manera diferente, pero no deja de ser aquello que se piensa, que se plantea, que se considera de modo reflexivo. El mérito de los bolcheviques no es dejar de reflexionar, sino reflexionar en la práctica.

En la perspectiva de Rosa Luxemburgo, la Revolución de Octubre se torna una reflexión práctica sobre la realización del socialismo. Las acciones revolucionarias bolcheviques no pueden realizar el socialismo, pero sí que pueden reflexionar prácticamente sobre la realización del socialismo. Esta reflexión practica es ya en sí misma un paso enorme, pero todavía se encuentra muy lejos de la realización práctica.

Según Rosa Luxemburgo, en suma, los bolcheviques no están realizando el socialismo, sino que están simplemente replanteando el problema de su realización, replanteándolo en los hechos, y así reflexionando prácticamente sobre su realización. Las acciones bolcheviques son más reflexivas que verdaderamente revolucionarias. La Revolución de Octubre tiene lugar en el ámbito reflexivo y se ve asimilada totalmente a lo que he llamado la “Reflexión de Octubre”. Debe considerarse también que esta reflexión, como nos lo dice Rosa Luxemburgo, tiene lugar en “condiciones terriblemente difíciles” que la perturban y que pueden viciarla y hacerle caer en error. Esto ocurriría, citando a Rosa Luxemburgo, cuando los bolcheviques, “haciendo de la necesidad virtud, crean una teoría de la táctica que les han impuesto estas fatales condiciones y quieren recomendarla al proletariado internacional como el modelo de táctica socialista”. De este modo los revolucionarios presentan como verdades universales, válidas en cualquier contexto, una serie de ideas que sólo son “errores impuestos por la necesidad”.

Rosa Luxemburgo no sólo reduce la Revolución de Octubre a lo que yo denomino la “Reflexión de Octubre”, sino que denuncia también su carácter errático determinado por las condiciones históricas. La denunciación de Rosa Luxemburgo, sobra decirlo, es también reflexiva y puede concebirse igualmente como una reacción reflexiva marxista ante la acción revolucionaria bolchevique. No me atrevería jamás a difamar a Rosa Luxemburgo achacándole un ánimo político reaccionario. Sin embargo, si me permiten expresarlo con la mayor cautela, detecto en ella una reacción reflexiva puntual contra unas acciones revolucionarias precisas. Rosa Luxemburgo reacciona reflexivamente contra la Revolución de Octubre cuando reivindica o afirma implícita o explícitamente la verdad marxista contra los errores bolcheviques, la verdadera universalidad contra la engañosa universalización, la realización del socialismo contra la simple reflexión práctica sobre el socialismo.

En la reflexión de Rosa Luxemburgo, los bolcheviques nos harían creer que ya están realizando el socialismo cuando sólo están reflexionando prácticamente sobre él. También intentarían convencernos de que sus reflexiones prácticas son verdaderas y universalmente válidas cuando lo cierto es que son erráticas y sólo tienen validez por su eficacia en el contexto histórico preciso en el que se desarrollan. Rosa Luxemburgo reacciona entonces contra dos pretensiones bolcheviques: la pretensión revolucionaria de realización del socialismo y la pretensión reflexiva de universalización de lo específico.

Resulta muy significativo que el propio Lenin, exactamente al mismo tiempo que Rosa Luxemburgo, reconociera el carácter específico y no universalizable de la experiencia bolchevique. En el Séptimo Congreso del Partido, en marzo de 1918, Lenin advierte que “debe tenerse en cuenta que la revolución socialista mundial en los países avanzados no puede comenzar con la misma facilidad que en Rusia”. ¡Lenin encuentra facilidad en donde Rosa Luxemburgo encontraba la mayor dificultad! Y si Rosa consideraba que esta misma dificultad impedía la resolución del problema de la realización del socialismo, Lenin lógicamente piensa que esta resolución ha podido comenzar en 1917 gracias a la facilidad específica de la empresa revolucionaria en Rusia. Pero esta divergencia de opinión entre Lenin y Rosa, por más interesante que sea, no debe hacernos desatender lo más importante, a saber, que ambos reaccionan reflexivamente contra la supuesta pretensión de universalidad de las acciones revolucionarias bolcheviques lideradas por el mismo Lenin. En lo sucesivo, Lenin reitera esta reacción reflexiva en otras ocasiones, por ejemplo cuando considera, en el Octavo Congreso del Partido, en 1919, que “sería ridículo presentar nuestra revolución como una suerte de ideal para todos los países, imaginar que hizo una serie de descubrimientos geniales y que introdujo múltiples innovaciones socialistas”.

Al igual que Rosa Luxemburgo, Lenin está reconociendo el carácter irreductiblemente singular de la Revolución de Octubre. La singularidad irreductible del acontecimiento estriba en su falta de correspondencia con la explicación general canónica marxista en la que una revolución socialista requiere de cierto desarrollo del capitalismo y de cierto agravamiento de sus contradicciones internas. Esta explicación, la única válida para Kautsky, sencillamente no sirve para explicar la Revolución de Octubre. De ahí que el viejo Kautsky deba descartar la revolución y quedarse con su marxismo. Ya sabemos que el joven Gramsci hará exactamente lo contrario: descartará el marxismo doctrinario de Kautsky para quedarse con la revolución bolchevique.

Tanto en Gramsci como en Kautsky, se insiste en la contradicción entre el bolchevismo y el marxismo ortodoxo. Esta contradicción pasa a un segundo plano en Lenin y en Rosa Luxemburgo, quienes enfatizan el carácter irreductiblemente singular de la Revolución de Octubre. Desde luego que Lenin y Rosa Luxemburgo ven una flagrante contradicción entre la excepción singular bolchevique y la regla general marxista canónica, pero también insisten en que la excepción es sólo eso, una excepción, y que no puede ni debe universalizarse.

Al no tornarse una regla general, la excepción bolchevique no entra en contradicción con la regla marxista canónica, sino que puede representar una simple excepción que confirme la regla. Rosa Luxemburgo sostiene además que es una excepción errónea, como si la verdad sólo pudiera estribar en la generalidad y en el aspecto reglamentario de la regla general. Esta noción clásica de la verdad contradice la idea leninista de una verdad que no por ser irreductiblemente singular deja de ser la verdad que es. Me atrevo a decir que Lenin está captando claramente aquí la verdad de la historia, una verdad negada por Luxemburgo y Kautsky, pero presentida por Gramsci en su opción del bolchevismo en lugar del marxismo canónico, mecánico, doctrinario y generalizador.

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