Psicología de amos y análisis de esclavos

Featured image Presentación del libro Lacan, discurso, acontecimiento: nuevos análisis de la indeterminación textual (publicado en inglés por Routledge y en español por Plaza y Valdés), los días lunes 23 de marzo 2015 en el auditorio de la Facultad de Psicología de la UMSNH (Morelia), martes 24 de marzo en el auditorio Adolfo Chacón Gallardo de la Facultad de Psicología de la UAQ (Querétaro) y miércoles 25 de marzo en el auditorio Luis Lara Tapia de la Facultad de Psicología de la UNAM (Ciudad de México). Se contó con la participación de Ian Parker en las tres presentaciones. También participaron Javier Dosil y Alfredo Huerta en la UMSNH, Raquel Ribeiro, Isaí Soto, Gregorio Iglesias, Carlos García y Tania González en la UAQ, y Néstor Braunstein y Ricardo García en la UNAM. David Pavón-Cuéllar

Introducción: método anti-psicológico para la psicología 

Hay al menos dos grandes motivaciones anudadas en el origen de nuestro libro. Una de ellas es el deseo de hacerles un regalo maldito a nuestros colegas psicólogos. Les obsequiamos una canasta de recursos teóricos lacanianos para que sean utilizados en la psicología, pero nos aseguramos de que estos recursos no puedan ser psicologizados ni pierdan su carácter anti-psicológico. Lo que ofrecemos, en otras palabras, es un método que no pueda servirle a la psicología sin cuestionarla, que no pueda ser útil sin ser perturbador, que no pueda ser analítico y crítico sin ser autocrítico y reflexivo.

Evidentemente nuestro método no obedece a un deseo perverso de hostigar a los psicólogos ni mucho menos a una intención de favorecer al bando psicoanalítico en su eterna lucha contra el bando psicológico. No pienso traicionar el pensamiento de Ian Parker al decir que desconfiamos tanto del psicoanálisis como de la psicología, y si en algún momento cuestionamos la psicología, lo hacemos como psicólogos, y no lo hacemos por el gusto de hacerlo, sino porque pensamos que la psicología puede llegar a cumplir funciones que se oponen a nuestra posición en ciertas luchas políticas. Es por estas luchas, por ellas y por el papel de la psicología en ellas, que desarrollamos un método que ciertamente desafía la teoría psicológica.

Digamos que nuestra crítica teórica estuvo también motivada por cierto proyecto de práctica política. Esto nos hace llegar a la segunda gran motivación de nuestro libro, la cual, de hecho, está en el fundamento de la primera motivación. El propósito de crítica teórica, en efecto, está fundado en un objetivo de práctica política. Me refiero a nuestro deseo impaciente del acontecimiento, de la ruptura histórica, de la transformación radical de la sociedad.

Acontecimiento 

El acontecimiento da un sentido al análisis. ¿Para qué nos molestaríamos en describir analíticamente un texto, una tarea bastante árida en sí misma, si no fuera para transformar al menos algo en el mundo? El fin transformador no sólo sirve para evitar el aburrimiento de un análisis de discurso limitado a la reproducción parafrástica y tautológica de lo analizado, sino que también permite conjurar los peligros de un trabajo analítico cerrado al acontecimiento.

Estoy pensando particularmente en la responsabilidad criminal del mundo académico en la reproducción de nuestro mundo injusto en que vivimos. Por un lado, al describir este mundo una y otra vez, los buenos investigadores lo vuelven cada vez más banal y natural, nos acostumbran a él, hacen que su horror deje de sorprendernos y sublevarnos, y es así como lo fortalecen, le dan cada vez más consistencia y realidad, contribuyen a que olvidemos que todo podría ser diferente y hacen que lo que es se desarrolle a costa de lo que podría ser. Por otro lado, al comprender este mundo injusto, los investigadores, en cierto modo, justifican su injusticia, lo vuelven comprensible, imprimen cierta racionalidad en él y así hacen que pase desapercibido su carácter absurdo, irracional, incomprensible, injustificado, inadmisible.

Negándose a comprender y diferenciándose así del análisis de contenido, nuestro análisis lacaniano de discurso está negándose a cumplir con la función académica de comprender lo incomprensible, racionalizar lo irracional, justificar lo injustificable, perdonar lo imperdonable. Al mismo tiempo, al no limitarse a describir y al deslindarse así del análisis convencional de discurso, nuestro método crítico está optando por la transformación en lugar de la reproducción, por la función revolucionaria y no por la conservadora, por la apertura y no la cerrazón hacia el acontecimiento.

No hay metalenguaje 

Nuestro análisis pretende abrirse al acontecimiento. ¿Y cómo lo hace? De muy diversas maneras, pero ahora me gustaría sólo referirme a una de ellas, a saber, la exclusión de cualquier posible metalenguaje. Esto supone, en la teoría lacaniana, que sólo hay un lenguaje, y que no podemos ubicarnos fuera de él, en un metalenguaje, para analizar alguna de sus manifestaciones discursivas. El discurso analizado no puede objetivarse ni analizarse objetivamente desde el exterior, pues tal exterior no existe.

No hay manera de situarse al exterior del sistema económico y de su estructura ideológica. El capitalismo no termina en las puertas del mundo universitario, sino que se continúa en su interior. Los pasillos universitarios son una continuación de las calles en las que se vive y se circula, se protesta y se reprime. Estamos en la misma sociedad. No hay discontinuidad entre las plazas públicas y los auditorios universitarios.

Por más autónoma que sea o pretenda ser la universidad, nuestros cubículos y salones de clase no están fuera del mundo en que vivimos. Este mundo injusto, este único lenguaje con sus manifestaciones discursivas, no puede analizarse desde un exterior académico, sino sólo desde su propio interior, desde una posición específica en él: una posición histórica, económica y política, social y cultural. Ya estamos posicionados en el mundo y nuestro análisis está situado en el mismo nivel que lo analizado. Nuestro análisis es también un discurso y no puede ser únicamente científico, sino que es también ideológico y político.

Nuestro análisis es un discurso analizante que puede lidiar con el discurso analizado, luchar contra él o aliarse a él, profundizarlo o completarlo, cuestionarlo o radicalizarlo, pero no distanciarse de él para observarlo, escudriñarlo, retratarlo, describirlo y comprenderlo. No podemos aspirar a ninguna clase de neutralidad, objetividad o verdad entendida como correspondencia con la realidad. Nuestra verdad forma parte de la misma realidad, y como todo lo que hay en esta realidad, sólo puede verificarse por su fuerza o por su poder, por sus efectos reales y no por su adecuada representación o descripción de la realidad. Es por esto, precisamente por esto, que nuestro análisis no puede resignarse a ser descriptivo, sino que debe aspirar a ser transformador. Tan sólo al transformar, al tener ciertos efectos, podrá llegar a demostrar su verdad. En el momento del análisis, esta verdad aún está pendiente. Le falta su verificación futura. De ahí que la verdad, en su concepción lacaniana, solamente pueda llegar a decirse a medias. La mitad faltante estriba en lo que no es ni ha sido, pero habrá sido retroactivamente gracias al análisis acertado.

El análisis tan sólo acierta cuando sabe cómo adecuarse a la realidad, operar en el único lenguaje sin metalenguaje y acoplarse a su estructura para conseguir la transformación en la que estriba su efectividad y su veracidad. Esto le exige al discurso analizante retomar escrupulosamente el discurso analizado para intervenir de la mejor manera en el campo de batalla del lenguaje, de la política y la ideología. Hemos conocido intervenciones magistrales de esta clase en la historia reciente de México. Permítanme referirme a una de ellas.

Fox y Peña Nieto 

En diciembre 2014, durante su visita oficial a Guerrero, Enrique Peña Nieto exhorta literalmente a los familiares de los 43 normalistas desaparecidos a que ya “superen el momento de dolor”. Estas palabras desencadenan una avalancha de reacciones en las redes sociales. En una suerte de análisis de contenido psicológico, se denuncian masivamente los sentimientos y rasgos de personalidad que se atribuyen a nuestro presidente: su hastío, su estúpida insensibilidad, su petulante desprecio hacia los de abajo, su crueldad sádica y su autoritarismo psicopático, perverso, que le hace querer decidir hasta en los sentimientos de sus propias víctimas.

En el centro de tanta buena psicología popular, aparece también el hashtag #YaSuperenlo, el cual, en sí mismo, constituye un valioso análisis de discurso que se atiene a las palabras literales para poner en evidencia todo lo que implican. Ya no intentamos entender el significado, sino que nos damos una ocasión para explicar el significante: superen el momento de dolor, supérenlo, ya supérenlo. Quizá esto no fuera lo que Peña Nieto quiso decir, pero sí fue lo que dijo y lo que escuchamos, lo que resonó y lo que se criticó en las redes sociales.

Me atrevo a decir que el #YaSuperenlo es un caso paradigmático de análisis lacaniano de discurso, no sólo por la manera en que procede al posicionarse y enfrentar sin mediaciones la palabra textual, sino también por lo que busca provocar, el desenmascaramiento del amo, la división del gran Otro, la emergencia de su deseo, la irrupción de la verdad en el nivel de la enunciación y no del enunciado. Todo esto es lo que se provoca desde tiempos inmemoriales cuando las palabras de los tiranos, de los amos y señores, son escuchadas por los mejores analistas de discurso, por quienes tienen los oídos más agudos, los que no tienen sus canales auditivos obstruidos por su poder, los esclavos y los siervos, las masas oprimidas y marginadas, los niños y los estudiantes, los pueblos colonizados, los locos, las mujeres con el sexto sentido que les permite conocer tan bien todo lo que deben obedecer.

Los dominados no dejan de hacer lo que nosotros pretendemos formalizar en el análisis lacaniano de discurso. Nosotros, académicos, tan sólo podemos tomar la estafeta y continuar lo que han venido haciendo nuestros compañeros y compañeras de lucha con el único recurso del que ellas y ellos y nosotros disponemos: un único lenguaje ideológico-político sin metalenguaje científico-académico. El método será el mismo, pero justificado teóricamente y afinado conceptualmente, aunque también quizás, en algunos casos, reconducido a las batallas particulares a las que nos enfrentamos en el campo académico.

Psicologías 

Por ejemplo, cuando llevamos las palabras de Peña Nieto a nuestra batalla en la trinchera de la psicología crítica, podremos emplear nuestro análisis lacaniano de discurso para mostrar cómo la exhortación textual a “superar el momento de dolor” es un buen ejemplo de psicologización de la realidad. En el discurso de Peña Nieto, el crimen de Estado, los asesinatos y desapariciones, se ve simpáticamente psicologizado, reducido a un estado mental, a un sentimiento momentáneo, a un “momento de dolor”. Es como si todo hubiera ocurrido en la cabeza, lo cual, por cierto, fue confirmado por otro aprendiz de psicólogo, Vicente Fox, quien recientemente le explicó a los familiares de los normalistas, con el mismo tono autoritario, que “no podían vivir eternamente con ese problema en su cabeza”.

Puesto que todo ocurrió aparentemente en la cabeza de los familiares de los normalistas, ahora entendemos quizá mejor por qué han desaparecido los 43. Han de estar bien escondidos en las circunvoluciones cerebrales o en los laberintos mentales de sus familiares. Es un “problema en la cabeza”, como dice Fox, y por lo tanto deberíamos dejar que fuera solucionado por los especialistas de la cabeza, por las psicólogas y los psicólogos, y no por los policías honestos, que de cualquier modo no los hay en México, ni por los luchadores sociales, que andan buscando afuera lo que sólo está dentro de ciertas cabezas.

Según la psicología de Fox y de Peña Nieto, el Estado mexicano sólo es culpable de hacer pasar un “momento de dolor” y de causar un “problema en la cabeza”. No hubo nada más. No hubo ni seis asesinatos ni un desollamiento ni 43 desapariciones forzadas. No hubo este crimen sistemáticamente realizado por nuestro narcogobierno, con monitoreo constante de la Procuraduría General de la República y con la confirmada complicidad de los militares y participación activa de policías federales y no sólo municipales. Todo esto no ocurrió. Fue sólo una pesadilla o un delirio en las cabezas de los familiares. Fue únicamente un problema psicológico, un problema en la cabeza, un momento de dolor.

Conclusión: aficionados y profesionales de la psicología

Espero que mi esbozo de análisis, además de ilustrar un aspecto puntual de nuestro método, haya mostrado el riesgo de complicidad entre la psicología y los poderes que nos gobiernan. Me permitiré subrayar, para concluir, que la psicologización de los problemas económicos y sociales, convertidos en momentos de dolor u otros problemas en la cabeza, no sólo sucede en el Cártel de Los Pinos, sino que es una constante en las facultades de psicología de todo el mundo. Los psicólogos profesionales, con su autoridad científica y académica, legitiman así las justificaciones psicológicas de gente de la calaña de Fox y Peña Nieto. Ésta es tan sólo una de las razones por las cuales Ian Parker y yo, junto con los demás colaboradores y colaboradoras de nuestro libro, hemos querido hacer un regalo maldito a la disciplina psicológica.

La psicología se ha caracterizado tradicionalmente por tener una muy buena relación con las clases dominantes. Estas clases, como ya lo notaba Plejánov hace más de un siglo y como sigue notándolo Ian Parker hoy en día, siempre han sido aficionadas a la psicología. Siempre han mostrado una suerte de aptitud psicológica seguramente favorecida por su dedicación casi exclusiva al trabajo intelectual, su falta de experiencia en el trabajo manual, su desconocimiento de las necesidades corporales primarias y su distancia con respecto a todo lo que ocurre fuera de sus cabezas. Las clases dominantes siempre han tenido tiempo de repasar cada una de sus acciones y reacciones, preocuparse por sus interacciones y comunicaciones, y escudriñar su alma, sus ideas, sus pensamientos y sentimientos, sus deseos y aspiraciones, sus emociones y sus demás estados de ánimo. Quienes dominan siempre han hecho así aquello mismo en lo que se especializan los psicólogos. Así como este lujo de amos es la actividad principal de la psicología dominante, así nuestro análisis lacaniano de discurso, como lo hemos visto, pretende ofrecer algunas estrategias de esclavo a la psicología crítica. Se trata, en definitiva, de llevar un poco de lucha de clases al interior del ámbito de la psicología.

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¿Qué podría significar Ayotzinapa? Entre el discurso y el acontecimiento

AyotlPonencia magistral en el Cuarto Coloquio Regional Multidisciplinario de la ANEFH Análisis de las Manifestaciones Contrahegemónicas. Palacio Clavijero, Morelia, Michoacán, México, miércoles 4 de marzo 2015

David Pavón-Cuéllar

Introducción: de Madrid a Iguala

No pensaba discurrir sobre Ayotzinapa en este coloquio. Mi primera propuesta de ponencia magistral fue sobre la reconfiguración de la izquierda española, sobre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, sobre la hegemonía, su poder y también su debilidad. Sería una ponencia en tono alegre, festivo, esperanzador, consolador para quienes ahora mismo necesitamos consolarnos de lo que ocurre en México.

Hace una semana propuse mi título de ponencia: “Entre la hegemonía y la emancipación: el problema del poder en el discurso de Podemos”. Estaba entusiasmado con el tema. Sin embargo, de pronto, gracias a una charla con mis estudiantes, empecé a dudar. ¿Acaso tenía derecho a consolarme? La Puerta del Sol estaba demasiado lejos y yo estaba perdiendo una ocasión para pensar en lo más próximo, en lo que nos está ocurriendo, en la matanza de Iguala y todo lo que se ha desencadenado en lo sucesivo. Esto volvió a parecerme lo único importante. No debería distraer a los asistentes con otros asuntos. No podíamos cansarnos como el exprocurador Jesús Murillo Karam. Tampoco podíamos seguir el consejo de Enrique Peña Nieto y dejar atrás a nuestros muertos.

Le escribí a quien me invitó al coloquio y le pedí que me permitiera cambiar el tema de mi ponencia. Decidí volver a pronunciarme sobre Ayotzinapa, como ya lo había hecho en diversos foros académicos, en manifestaciones callejeras, en redes sociales y en cinco artículos publicados en los últimos cinco meses. ¿Cómo no regresar al tema una y otra vez? ¿Cómo no seguir pensando en algo con tantas implicaciones, tan desbordante de sentido, tan significativo?

Significación de Ayotzinapa

La significación de Ayotzinapa desborda todo lo que decimos y nos hace volver a construir nuevos diques de palabras que también serán desbordados como los anteriores. La tarea parece interminable. No hay manera de contener esa inundación de sentido que a veces reviste la forma de marea humana e invade las calles, los periódicos, las redes sociales. Quizás los antimotines puedan cerrarle el paso a la muchedumbre, pero no a la marea de significación que se ha hecho muchedumbre. La corriente sigue fluyendo y arrastra los obstáculos con los que se encuentra, ya sean manipulaciones mediáticas, falsas investigaciones forenses, engañosas declaraciones presidenciales o brutales represiones policíacas. Todo es arrastrado por la corriente y viene a reforzar lo que intentaba debilitar.

La significación de Ayotzinapa no se agota. Las palabras no convencen. Los estudiantes no aparecen por ningún lado. Sus familias no se dan por vencidas. El duelo no termina. El caso permanece abierto. Nada está claro. De ahí el desasosiego y la expectación, el miedo y la esperanza, pasiones de la incertidumbre.

No sólo ignoramos lo que ocurrirá, sino también la significación exacta de lo que ha ocurrido. Esta significación tan sólo podrá completarse y solidificarse una vez que hayamos llegado a cierto desenlace. Por ejemplo, si estallara una revolución, quizá concluiríamos que Ayotzinapa fue la chispa que prendió la flama, como Cananea en 1906 o Río Blanco en 1907. Y si todo sigue igual, entonces habremos agregado un eslabón más a esa larga cadena de infamias que no se olvidan. El 26 de septiembre se incluirá en el mismo calendario que el 2 de octubre y el 10 de junio. El torrente de significación de la matanza de Iguala desembocará en ese plácido mar de sangre en el que vemos acumularse la única sustancia de los últimos gobiernos mexicanos.

Imposible saber, por lo pronto, lo que significa exactamente Ayotzinapa. Imposible prever con certeza lo que habrá significado. Tan sólo hay lugar para conjeturar lo que podría llegar a significar. Es en esto en lo que me gustaría detenerme unos minutos.

Río de tortugas

Empecemos por el principio. Remontemos la corriente de significación hasta los orígenes de lo que nos ocupa. Llegaremos así a un paraje en el centro del estado de Guerrero. Su nombre, Ayotzinapa, significa en náhuatl río de tortugas. Esta significación es bien conocida por todos los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Todos ellos saben muy bien que ayotl quiere decir tortuga. Ninguno ignora por qué aparece una tortuguita retratada en la base del escudo que ostenta su escuela normal. Es el símbolo de la escuela y significa más que un simple reptil quelonio con duro caparazón. Para los normalistas, la tortuga enseña el valor de avanzar lentamente, pero con paso firme y seguro, constante y paciente, y con el cuerpo bien protegido contra los policías y otros depredadores, que jamás han faltado en México y mucho menos en Guerrero.

Y además de las tortugas, ayotl, está el río, apa, con su movimiento incesante al que resisten desde siempre las tortugas. Hay quienes comparan su resistencia con la de aquellos nahuas de Guerrero que han sabido sobrevivir a la conquista, la colonización, la explotación en minas y latifundios, la destructora modernización, la constante represión, la guerra sucia. Todo ha ido pasando y los indígenas están ahí, sobreviviendo como pueden, como tortugas atrincheradas en sus caparazones, inmóviles como rocas, resistiendo a la corriente.

Es verdad que las tortugas del río pueden permanecer inmóviles, pero también son excelentes nadadoras y saben cómo nadar a contracorriente o bien seguir la corriente y utilizarla para desplazarse tan de prisa como el más ágil de los peces.  Así también, a su manera, los indígenas y campesinos mexicanos han aprendido a moverse en la historia. No han sido los eternos rezagados, como se ha llegado a creer, sino que han estado siempre en movimiento. Significativamente, en momentos decisivos, han sido nuestra locomotora o han estado a nuestra cabeza. Han sabido ser vanguardia y no sólo retaguardia u obstáculo.  Han tenido la cara de Benito Juárez e Ignacio Manuel Altamirano, han engrosado las filas insurgentes y revolucionarias, han sido sublevación de palabras en Chiapas y ahora torrente de significación de Ayotzinapa. El río de nuestra historia es también el de las tortugas, el de su agitada resistencia, el de su memoria y su esperanza, el del pasado más remoto y el futuro más prometedor, el de Ayotzinapa.

Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri

Hace más de trescientos años, a finales del siglo XVIII, Ayotzinapa era una hacienda perteneciente a Don Sebastián de Viguri, terrateniente inmensamente rico.  Los habitantes eran en su mayoría campesinos indígenas nahuas. Todos trabajaban para Don Sebastián. Era el personaje más respetado y poderoso en la región, especialmente en el cercano pueblo de Tixtla, colindante con Ayotzinapa.

En los tiempos del Señor Don Sebastián, en 1782, en Tixtla y a pocos pasos de Ayotzinapa, nació Vicente Guerrero, futuro héroe de la Independencia, considerado a menudo el primer líder guerrillero de nuestra historia. Fue él quien mantuvo encendida la llama de la revuelta en las montañas de Michoacán y Guerrero, entre 1816 y 1820, cuando los españoles creían haber triunfado sobre los insurgentes mexicanos.

Una de las mayores victorias militares de la guerrilla de Vicente Guerrero tuvo lugar en El Tamo, aquí en Michoacán, justamente ocho años después del Grito de Dolores, el 15 de septiembre de 1818. Tras dos horas de batalla, los insurgentes, comandados por Guerrero, derrotaron a las fuerzas españolas dirigidas por el general José Gabriel de Armijo y compuestas de 800 soldados procedentes de Morelia. Unos 200 murieron. Los demás parecen haberse unido a los insurgentes.

El 16 de septiembre de 1818, al día siguiente de la victoria de Vicente Guerrero en El Tamo, sucedió algo muy importante en Tixtla, su ciudad natal. Podemos decir que fue otra victoria, no militar, sino social, política y económica. El señor de Ayotzinapa, Don Sebastián de Viguri, a quien ya me referí anteriormente, donó sus tierras a los campesinos indígenas de la región. Lo hizo aparentemente animado por el espíritu de la Independencia de México y por los Sentimientos de la Nación que José María Morelos había proclamado en 1813 en Chilpancingo. El acto generoso de Viguri habría sido inspirado por el doceavo sentimiento de Morelos, en el que se dice literalmente que las leyes deben ser tales que “moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, mejoren sus costumbres, se aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

Antes de formalizar la donación de Ayotzinapa, Don Sebastián manifestó el deseo de que sus tierras fueran entregadas a quienes las trabajaran, pero a condición de que se comprometieran a sostener económicamente a quienes no pudieran trabajar, ancianos, enfermos e inválidos. Así se hizo. Las tierras fueron bien repartidas por el ejecutor del testamento, Don Francisco Altamirano, quien también fue benefactor de la familia indígena chontal del famoso maestro, político y literato Ignacio Manuel Altamirano.

Entre la justicia y la injusticia

Los indígenas recuperaron sus tierras y triunfó la Independencia por la que luchó Vicente Guerrero, el cual, además, llegó a ser Presidente de la República después de haber sido guerrillero. Pareciera que llegamos a un final feliz, pero no fue así. Al igual que tantos otros guerrilleros que vinieron después de él, Guerrero fue asesinado por órdenes del gobierno. Se le fusiló tras un juicio militar sumario después de haberlo secuestrado a traición. El traidor, el célebre marino genovés Francisco Picaluga, recibió del gobierno de Anastasio Bustamante la cantidad considerable de 50,000 pesos oro a cambio de capturar a Guerrero cuando almorzaba en su barco, en 1831.

A los indígenas de Ayotzinapa no les fue mejor que a Vicente Guerrero. En 1862 fueron despojados nuevamente de sus tierras. El Presidente Benito Juárez intervino a su favor y ordenó al gobernador Francisco Arce que restituyera las tierras a sus legítimos propietarios, pero el mandato nunca fue obedecido.

No fue sino hasta 1931 cuando se empezó a resarcir de verdad a los pueblos indígenas a los que se había despojado anteriormente de los terrenos de Ayotzinapa. Los profesores Rodolfo A. Bonilla y Raúl Isidro Burgos solicitaron al Ayuntamiento de Tixtla que les concediera esos terrenos para una escuela normal de maestros que ya funcionaba desde 1926 en locales alquilados e improvisados. La solicitud recibió una respuesta favorable y fue así como nació la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, que después tomaría el nombre de uno de sus fundadores, Raúl Isidro Burgos.

En la breve historia que acabo de contar, la significación de Ayotzinapa condensa el despojo y la necesidad de resarcimiento de los pueblos indios, el sufrimiento de la injusticia y el afán justiciero, los ideales que guiaron a los insurgentes de 1810, la eterna lucha por la Independencia de México y por los sentimientos de la nación, por leyes contra la desigualdad, contra la opulencia y la indigencia. El nombre de Ayotzinapa es también el de la supervivencia del nahua y del náhuatl. Significa el espíritu indígena de resistencia, de constancia y de paciencia, de firmeza y seguridad, tal como se expresa en el símbolo de la tortuga en el río.

Pero la historia de Ayotzinapa no termina, desde luego, con la fundación de la Escuela Normal Rural. Hay una historia después de 1931. Y esta historia posterior, como la anterior, viene a enriquecer el caudal torrencial de significación del río de tortugas.

La Revolución Mexicana y sus Escuelas Normales Rurales

La Escuela de Ayotzinapa, al igual que otras Normales Rurales, formaba parte de un proyecto educativo popular impulsado en los años veinte por los gobiernos posrevolucionarios, animado por los ideales de justicia e igualdad, y enfocado principalmente a campesinos, indígenas y otros sectores sociales pobres y marginados.  Uno de sus inspiradores, Moisés Sáenz, había hecho su Doctorado en Filosofía en la Universidad de Columbia, en donde se volvió seguidor de John Dewey. Siguiendo el método y la orientación del pedagogo norteamericano, las Normales Rurales no sólo formarían maestros, sino también líderes de comunidades para la reconstrucción de la sociedad.

Se esperaba que los estudiantes normalistas, futuros maestros y líderes, procedieran de los mismos sectores sociales pobres y marginados en los que habrían de intervenir.  De ahí que las Normales Rurales debieran funcionar como internados y asegurar la manutención de los estudiantes. Era y sigue siendo la única manera en que muchos indígenas y campesinos mexicanos pueden estudiar y así guiarse a sí mismos en lugar de recibir la guía de otros sectores de la sociedad. El proyecto era y sigue siendo verdaderamente revolucionario por muchas razones, entre ellas porque no divide la sociedad entre los educadores y los educados, lo cual, como ya lo denunció Marx en su momento, reproduce la división social entre las clases dominantes y las dominadas, entre los guías y los guiados, entre los maestros y sus estudiantes. Las Normales Rurales buscan ir más allá de esta división al plantear que son los propios campesinos e indígenas los que deben ser maestros de sí mismos.

Las Normales Rurales tenían un propósito de concientización y transformación social, y tal como se concibieron desde un principio, debían continuar la enorme tarea que sólo había sido preparada, posibilitada y comenzada por la Revolución Mexicana. Después de luchar con las armas en el campo de batalla, llegaba el momento de luchar con las ideas y con las palabras en los salones de clase.  La vía era diferente, pero el objetivo era el mismo: crear una sociedad más justa e igualitaria, más libre y consciente, más democrática e incluyente.

En cierto sentido, las Normales Rurales buscaban realizar aquel sentimiento de la nación por el que Don Sebastián de Viguri donó sus terrenos a los indígenas de Ayotzinapa. Lo hizo, recordemos, en los términos de Morelos, para “moderar la opulencia y la indigencia, aumentar el jornal del pobre, mejorar sus costumbres, alejar la ignorancia”. No hay que pasar por alto el abismo histórico que se abre entre los Sentimientos de la Nación de 1813 y el proyecto de las Normales Rurales de 1922, pero tampoco hay razón para negar las evidentes afinidades políticas e ideológicas entre ambas orillas del abismo. Cuando Morelos hablaba de alejar la ignorancia y mejorar las costumbres, no pensaba en algo muy diferente de lo que después se llamaría concientización, y cuando se refería a moderar la opulencia y la indigencia, es claro que pensaba en una sociedad más justa e igualitaria.

La reacción contra la revolución y contra su proyecto educativo

Quizá los ideales de las Normales Rurales hayan sido poco realistas, demasiado avanzados para su tiempo, demasiado elevados para la bajeza de algunos sectores de nuestra sociedad. Tal vez los inspiradores del proyecto hayan sido tan ingenuos como Emiliano Zapata o Francisco Villa al imaginar que podrían continuar lo que había empezado en la Revolución Mexicana.  El caso es que las aspiraciones de las Escuelas Normales Rurales chocaron frontalmente con las ambiciones de unos y las convicciones de otros.

Desde un principio, desde los años veinte, el proyecto de las Normales fue mal recibido por diversos sectores de la sociedad mexicana. Primero, en tiempos de la cristiada, fueron los conservadores indignados por el carácter laico de la enseñanza de los normalistas.  Luego fueron los revolucionarios institucionales que no podían tolerar a esos maestrillos andrajosos y revoltosos que se habían tomado en serio los ideales de la Revolución Mexicana.  Finalmente llegó el crimen organizado, es decir, esa enorme banda criminal compuesta de gobernantes neoliberales, narcotraficantes y otros empresarios, todos unidos en su afán de hacer fortuna, saquear el país y extorsionar a sus habitantes, amenazando con desaparecer a cualquiera que se interponga en sus negocios y que no se deje convertir en botín.

Los estudiantes de las Normales Rurales no se han dejado amedrentar, no han cedido a sus extorsionadores. Y como suele suceder en estos casos, han pagado muy cara su temeridad. Se les ha desaparecido.  ¿Pero cómo no van a desaparecer cuando se han obstinado en significar algo para lo que ya no hay lugar en México?  Ya no hay lugar para su proyecto de concientización y transformación social, ni para la igualdad y la justicia, ni para los ideales de la Independencia ni para José María Morelos ni para Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri, ni para la revolución de Villa y Zapata, ni para los pueblos originarios ni para los campesinos y ejidatarios, ni para las tortugas ni para sus ríos.

Así como están extinguiéndose la chopontil y otras especies mexicanas de tortugas de río, así también podrían extinguirse especies como la de nuestros normalistas de Ayotzinapa. No parece haber condiciones para que sobrevivan en este basurero de sociedad así como tampoco hay lugar para la chopontil en los ríos cada vez más contaminados por el capitalismo. El sistema que provoca la desaparición de las tortugas es el mismo que impide la aparición de los normalistas.

¿En dónde podrían aparecer los 43? ¿En un hotel de Cancún, en alguna playa privatizada, en un centro comercial, en un Oxxo, en las porquerizas en las que se han convertido las cámaras de senadores y diputados, en la Casa Blanca de Peña Nieto, en su avión presidencial, en el prostíbulo priista de Cuauhtémoc Gutiérrez? ¿O quizás debamos buscarlos en la lista de invitados a la fiesta del alcalde de San Blas, o entre los entrevistados por Laura Bozzo, o extraviados en alguna telenovela o en el noticiero de López Dóriga? ¿Acaso les ven un lugar en el grotesco país que estamos construyendo, el de Televisa y Soriana, el del PRI y los demás partidos priistas, el de las reformas energéticas y educativas, el del Tratado de Libre Comercio, el de la guerra sucia y ese lento exterminio de los pueblos indios?

Resistencia

Todo excluye la existencia de los normalistas rurales, pero así ha sido también en el pasado, en tiempos de la reacción religiosa y de la guerra sucia, lo que no les ha impedido sobrevivir durante noventa años. La supervivencia de los normalistas es tan sorprendente como la de aquellas tortugas chopontiles que todavía nadan en caldos espumosos compuestos de cianuro, petróleo, detergentes, sustancias cloradas, ácidos, pesticidas y otros venenos producidos por nuestro sistema. Los seres vivos en semejantes caldos no deberían sorprendernos menos que la vida intensa e impetuosa de los normalistas en esta sociedad preparada por Enrique Peña Nieto y los demás pozoleros que nos gobiernan. Uno termina sospechando que lidiamos con seres inmortales, invencibles como los indígenas, que han sobrevivido a cada una de sus muertes, y que siguen ahí, de pie, recordándonos que no podemos acabar con lo que somos.

Tal como ocurre con los indígenas, la estrategia de supervivencia de los normalistas rurales no ha sido una simple adaptación pasiva, sino una resistencia activa, decidida, firme y constante. Fue con este espíritu de resistencia, bien representado por el símbolo de la tortuga, que los normalistas formaron en 1935 la “Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México” (FECSM), una organización que buscaba proteger a los futuros maestros de todo aquello que estaba conspirando contra ellos dentro y fuera de las instituciones, en el gobierno y en la sociedad mexicana. Esta Federación fue a veces la antesala de movimientos sociales o específicamente magisteriales en los que participaban los normalistas una vez obtenido su diploma de maestros. Un ejemplo bien conocido fue la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), en la que había muchos maestros formados en Ayotzinapa, entre ellos los futuros líderes guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, cuyos rostros decoran los muros de la Escuela Normal Rural.

Guerrilleros, luchadores y maestros

Se ha dicho hasta el cansancio que la Normal de Ayotzinapa es un nido de guerrilleros. Sería más correcto decir que es un nido de maestros comprometidos con la transformación social que a veces, en muy contadas ocasiones, han debido optar por la lucha armada como último recurso para defenderse de la violencia asesina del gobierno priista mexicano.  El maestro Genaro Vázquez toma las armas tras la matanza de Iguala de 1962, cuando la policía mata a siete personas. De igual modo, Lucio Cabañas  deja de ser maestro y se vuelve guerrillero después de la matanza de Atoyac de 1967, en la que policías disparan sobre una concentración de padres de familia y matan a once civiles desarmados.

Fue la represión gubernamental, y no la estancia en Ayotzinapa, la que hizo que Lucio y Genaro tomaran las armas. Quizás lo que ellos y otros aprendieran en la Normal Rural fue a resistir, a no dejarse matar, a al menos a no dejarse matar sin luchar, pues la batalla siempre terminó siendo ganada por los poderosos, por los verdaderos asesinos, llámense Anastasio Bustamante, Luis Echeverría, Rubén Figueroa, Carlos Salinas o Enrique Peña Nieto. Quizás Atlacomulco, Los Pinos y el PRI sean cunas de asesinos, pero no Tixtla, no Ayotzinapa. Es verdad que ahí nació el primer gran líder guerrillero de nuestra historia, Vicente Guerrero, y ahí mismo se formaron dos de los más grandes del siglo XX, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Pero estos guerrilleros, como tantos otros de México, han sido más mártires que asesinos.

Además, por cada guerrillero que salió de Ayotzinapa,  hubo centenares de luchadores sociales que se aferraron a los medios pacíficos de acción, organización y manifestación. El más conocido fue Othón Salazar, líder del Movimiento Revolucionario del Magisterio en los años cincuenta y candidato a gobernador por el Partido Comunista Mexicano en 1980. Otro luchador menos conocido, Claudio Castillo Peña, fue asesinado por los policías federales hace algunos días tras cuarenta años de lucha incansable y más de veinte años en la docencia. Pero el maestro Claudio no es más uno de los centenares de luchadores sociales que se han formado en Ayotzinapa y que han sido asesinados en los últimos cincuenta años.

Además, por cada luchador social, hubo miles de maestros egresados de Ayotzinapa que se limitaron a cumplir su trabajo docente en las zonas más inaccesibles del país y en las condiciones más duras de trabajo. Incontables murieron de enfermedades curables que habrían podido ser curadas en una sociedad más justa. Muchos fueron asesinados, especialmente durante la guerra sucia, tan sólo por ser maestros y por lo tanto sospechosos, y sin siquiera tener tiempo de convertirse en luchadores sociales. Podemos decir que todos fueron víctimas de lo mismo. Nadie se acuerda ya de estos héroes anónimos e invisibles a los que debemos mucho de lo mejor que se ha hecho en México en el último siglo. Pienso que Ayotzinapa significa también esto, el olvido, el heroísmo invisible y anónimo.

Conclusión: el espectáculo y la desaparición

Los héroes desaparecen detrás de las noticias sobre los bloqueos de la autopista del sol y el retraso de quienes van a descansar a las playas de Acapulco.  Las palabras de los partidos políticos y de las cámaras de comercio resuenan en la radio y en la televisión y no dejan escuchar las justas reivindicaciones de los normalistas que viven en condiciones infrahumanas y que reciben cada uno menos de 40 pesos diarios para su manutención.  La desaparición de los normalistas empieza por la represión de su palabra, por el silenciamiento de sus luchas y sus demandas, por el desconocimiento de sus condiciones de vida, por el ocultamiento de sus esfuerzos y de sus méritos, de su heroísmo y del gran servicio que prestan a la sociedad.

Ayotzinapa es también el nombre de lo oculto, lo desconocido, lo silenciado, lo reprimido, lo desaparecido por el sistema político-económico.  Es aquí también, tras la pantalla de televisión y tras las otras manifestaciones del espectáculo que nos rodea, en donde podría estribar la significación de Ayotzinapa. Los 43 desaparecidos representarían entonces también todo lo desaparecido: todo lo que somos todos, nuestra vida, el pueblo que resiste, la dignidad indígena, la verdad campesina, el esfuerzo diario de las clases populares, el trabajo que se hace por vocación de servicio y no por afán de enriquecimiento, el heroísmo de muchos maestros rurales, sus luchas sociales incansables, pero también la guerra sucia contra ellos, el mar de sangre que han dejado las sucesivas tiranías que nos gobiernan, las fosas comunes, la revolución inconclusa, la injusticia y la desigualdad, el desprecio por los sentimientos de la nación, la independencia traicionada, el saqueo del país, el espectro de Porfirio Díaz y de Victoriano Huerta, el triunfo de la infamia, el priismo de todos o casi todos los partidos políticos, la institucionalización del crimen organizado, la condición criminal de nuestros gobernantes, la indiferenciación entre los sicarios y los políticos, la miseria generalizada, la destrucción de todo, las fosas que se lo tragan todo, la muerte que no deja de ganar terreno sobre la vida, la sociedad que no deja sobrevivir a sus jóvenes, el río contaminado que está envenenando a sus tortugas.

Quizás Ayotzinapa sea el signo de lo que ya no puede permanecer ni olvidado ni oculto. Si así fuera, tal vez haya razón para confiar en una reaparición de lo desaparecido.  Ayotzinapa significaría entonces el fin de la desaparición. Dependerá de nosotros y es por esto mismo que resulta imposible saberlo por ahora. Debemos conocer antes aquello de lo que somos capaces. Debemos llegar al acontecimiento que permita verificar la verdad de nuestro discurso.

Así como hubo que remontar al pasado para llegar al presente, así también habrá que ir hacia el futuro para entender este mismo presente. Ayotzinapa significará hoy lo que habremos conseguido que signifique, lo que habrá significado, la significación que hayamos conquistado. El futuro está en nuestras manos, pero también el pasado y el presente. Dependerá de nosotros que haya un sentido en la resistencia de las tortugas y de los normalistas, en la donación de Sebastián de Viguri, en la muerte de Guerrero y de Morelos, y en todo lo demás a lo que me he referido en estos minutos.