¿Qué podría significar Ayotzinapa? Entre el discurso y el acontecimiento

AyotlPonencia magistral en el Cuarto Coloquio Regional Multidisciplinario de la ANEFH Análisis de las Manifestaciones Contrahegemónicas. Palacio Clavijero, Morelia, Michoacán, México, miércoles 4 de marzo 2015

David Pavón-Cuéllar

Introducción: de Madrid a Iguala

No pensaba discurrir sobre Ayotzinapa en este coloquio. Mi primera propuesta de ponencia magistral fue sobre la reconfiguración de la izquierda española, sobre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, sobre la hegemonía, su poder y también su debilidad. Sería una ponencia en tono alegre, festivo, esperanzador, consolador para quienes ahora mismo necesitamos consolarnos de lo que ocurre en México.

Hace una semana propuse mi título de ponencia: “Entre la hegemonía y la emancipación: el problema del poder en el discurso de Podemos”. Estaba entusiasmado con el tema. Sin embargo, de pronto, gracias a una charla con mis estudiantes, empecé a dudar. ¿Acaso tenía derecho a consolarme? La Puerta del Sol estaba demasiado lejos y yo estaba perdiendo una ocasión para pensar en lo más próximo, en lo que nos está ocurriendo, en la matanza de Iguala y todo lo que se ha desencadenado en lo sucesivo. Esto volvió a parecerme lo único importante. No debería distraer a los asistentes con otros asuntos. No podíamos cansarnos como el exprocurador Jesús Murillo Karam. Tampoco podíamos seguir el consejo de Enrique Peña Nieto y dejar atrás a nuestros muertos.

Le escribí a quien me invitó al coloquio y le pedí que me permitiera cambiar el tema de mi ponencia. Decidí volver a pronunciarme sobre Ayotzinapa, como ya lo había hecho en diversos foros académicos, en manifestaciones callejeras, en redes sociales y en cinco artículos publicados en los últimos cinco meses. ¿Cómo no regresar al tema una y otra vez? ¿Cómo no seguir pensando en algo con tantas implicaciones, tan desbordante de sentido, tan significativo?

Significación de Ayotzinapa

La significación de Ayotzinapa desborda todo lo que decimos y nos hace volver a construir nuevos diques de palabras que también serán desbordados como los anteriores. La tarea parece interminable. No hay manera de contener esa inundación de sentido que a veces reviste la forma de marea humana e invade las calles, los periódicos, las redes sociales. Quizás los antimotines puedan cerrarle el paso a la muchedumbre, pero no a la marea de significación que se ha hecho muchedumbre. La corriente sigue fluyendo y arrastra los obstáculos con los que se encuentra, ya sean manipulaciones mediáticas, falsas investigaciones forenses, engañosas declaraciones presidenciales o brutales represiones policíacas. Todo es arrastrado por la corriente y viene a reforzar lo que intentaba debilitar.

La significación de Ayotzinapa no se agota. Las palabras no convencen. Los estudiantes no aparecen por ningún lado. Sus familias no se dan por vencidas. El duelo no termina. El caso permanece abierto. Nada está claro. De ahí el desasosiego y la expectación, el miedo y la esperanza, pasiones de la incertidumbre.

No sólo ignoramos lo que ocurrirá, sino también la significación exacta de lo que ha ocurrido. Esta significación tan sólo podrá completarse y solidificarse una vez que hayamos llegado a cierto desenlace. Por ejemplo, si estallara una revolución, quizá concluiríamos que Ayotzinapa fue la chispa que prendió la flama, como Cananea en 1906 o Río Blanco en 1907. Y si todo sigue igual, entonces habremos agregado un eslabón más a esa larga cadena de infamias que no se olvidan. El 26 de septiembre se incluirá en el mismo calendario que el 2 de octubre y el 10 de junio. El torrente de significación de la matanza de Iguala desembocará en ese plácido mar de sangre en el que vemos acumularse la única sustancia de los últimos gobiernos mexicanos.

Imposible saber, por lo pronto, lo que significa exactamente Ayotzinapa. Imposible prever con certeza lo que habrá significado. Tan sólo hay lugar para conjeturar lo que podría llegar a significar. Es en esto en lo que me gustaría detenerme unos minutos.

Río de tortugas

Empecemos por el principio. Remontemos la corriente de significación hasta los orígenes de lo que nos ocupa. Llegaremos así a un paraje en el centro del estado de Guerrero. Su nombre, Ayotzinapa, significa en náhuatl río de tortugas. Esta significación es bien conocida por todos los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Todos ellos saben muy bien que ayotl quiere decir tortuga. Ninguno ignora por qué aparece una tortuguita retratada en la base del escudo que ostenta su escuela normal. Es el símbolo de la escuela y significa más que un simple reptil quelonio con duro caparazón. Para los normalistas, la tortuga enseña el valor de avanzar lentamente, pero con paso firme y seguro, constante y paciente, y con el cuerpo bien protegido contra los policías y otros depredadores, que jamás han faltado en México y mucho menos en Guerrero.

Y además de las tortugas, ayotl, está el río, apa, con su movimiento incesante al que resisten desde siempre las tortugas. Hay quienes comparan su resistencia con la de aquellos nahuas de Guerrero que han sabido sobrevivir a la conquista, la colonización, la explotación en minas y latifundios, la destructora modernización, la constante represión, la guerra sucia. Todo ha ido pasando y los indígenas están ahí, sobreviviendo como pueden, como tortugas atrincheradas en sus caparazones, inmóviles como rocas, resistiendo a la corriente.

Es verdad que las tortugas del río pueden permanecer inmóviles, pero también son excelentes nadadoras y saben cómo nadar a contracorriente o bien seguir la corriente y utilizarla para desplazarse tan de prisa como el más ágil de los peces.  Así también, a su manera, los indígenas y campesinos mexicanos han aprendido a moverse en la historia. No han sido los eternos rezagados, como se ha llegado a creer, sino que han estado siempre en movimiento. Significativamente, en momentos decisivos, han sido nuestra locomotora o han estado a nuestra cabeza. Han sabido ser vanguardia y no sólo retaguardia u obstáculo.  Han tenido la cara de Benito Juárez e Ignacio Manuel Altamirano, han engrosado las filas insurgentes y revolucionarias, han sido sublevación de palabras en Chiapas y ahora torrente de significación de Ayotzinapa. El río de nuestra historia es también el de las tortugas, el de su agitada resistencia, el de su memoria y su esperanza, el del pasado más remoto y el futuro más prometedor, el de Ayotzinapa.

Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri

Hace más de trescientos años, a finales del siglo XVIII, Ayotzinapa era una hacienda perteneciente a Don Sebastián de Viguri, terrateniente inmensamente rico.  Los habitantes eran en su mayoría campesinos indígenas nahuas. Todos trabajaban para Don Sebastián. Era el personaje más respetado y poderoso en la región, especialmente en el cercano pueblo de Tixtla, colindante con Ayotzinapa.

En los tiempos del Señor Don Sebastián, en 1782, en Tixtla y a pocos pasos de Ayotzinapa, nació Vicente Guerrero, futuro héroe de la Independencia, considerado a menudo el primer líder guerrillero de nuestra historia. Fue él quien mantuvo encendida la llama de la revuelta en las montañas de Michoacán y Guerrero, entre 1816 y 1820, cuando los españoles creían haber triunfado sobre los insurgentes mexicanos.

Una de las mayores victorias militares de la guerrilla de Vicente Guerrero tuvo lugar en El Tamo, aquí en Michoacán, justamente ocho años después del Grito de Dolores, el 15 de septiembre de 1818. Tras dos horas de batalla, los insurgentes, comandados por Guerrero, derrotaron a las fuerzas españolas dirigidas por el general José Gabriel de Armijo y compuestas de 800 soldados procedentes de Morelia. Unos 200 murieron. Los demás parecen haberse unido a los insurgentes.

El 16 de septiembre de 1818, al día siguiente de la victoria de Vicente Guerrero en El Tamo, sucedió algo muy importante en Tixtla, su ciudad natal. Podemos decir que fue otra victoria, no militar, sino social, política y económica. El señor de Ayotzinapa, Don Sebastián de Viguri, a quien ya me referí anteriormente, donó sus tierras a los campesinos indígenas de la región. Lo hizo aparentemente animado por el espíritu de la Independencia de México y por los Sentimientos de la Nación que José María Morelos había proclamado en 1813 en Chilpancingo. El acto generoso de Viguri habría sido inspirado por el doceavo sentimiento de Morelos, en el que se dice literalmente que las leyes deben ser tales que “moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, mejoren sus costumbres, se aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

Antes de formalizar la donación de Ayotzinapa, Don Sebastián manifestó el deseo de que sus tierras fueran entregadas a quienes las trabajaran, pero a condición de que se comprometieran a sostener económicamente a quienes no pudieran trabajar, ancianos, enfermos e inválidos. Así se hizo. Las tierras fueron bien repartidas por el ejecutor del testamento, Don Francisco Altamirano, quien también fue benefactor de la familia indígena chontal del famoso maestro, político y literato Ignacio Manuel Altamirano.

Entre la justicia y la injusticia

Los indígenas recuperaron sus tierras y triunfó la Independencia por la que luchó Vicente Guerrero, el cual, además, llegó a ser Presidente de la República después de haber sido guerrillero. Pareciera que llegamos a un final feliz, pero no fue así. Al igual que tantos otros guerrilleros que vinieron después de él, Guerrero fue asesinado por órdenes del gobierno. Se le fusiló tras un juicio militar sumario después de haberlo secuestrado a traición. El traidor, el célebre marino genovés Francisco Picaluga, recibió del gobierno de Anastasio Bustamante la cantidad considerable de 50,000 pesos oro a cambio de capturar a Guerrero cuando almorzaba en su barco, en 1831.

A los indígenas de Ayotzinapa no les fue mejor que a Vicente Guerrero. En 1862 fueron despojados nuevamente de sus tierras. El Presidente Benito Juárez intervino a su favor y ordenó al gobernador Francisco Arce que restituyera las tierras a sus legítimos propietarios, pero el mandato nunca fue obedecido.

No fue sino hasta 1931 cuando se empezó a resarcir de verdad a los pueblos indígenas a los que se había despojado anteriormente de los terrenos de Ayotzinapa. Los profesores Rodolfo A. Bonilla y Raúl Isidro Burgos solicitaron al Ayuntamiento de Tixtla que les concediera esos terrenos para una escuela normal de maestros que ya funcionaba desde 1926 en locales alquilados e improvisados. La solicitud recibió una respuesta favorable y fue así como nació la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, que después tomaría el nombre de uno de sus fundadores, Raúl Isidro Burgos.

En la breve historia que acabo de contar, la significación de Ayotzinapa condensa el despojo y la necesidad de resarcimiento de los pueblos indios, el sufrimiento de la injusticia y el afán justiciero, los ideales que guiaron a los insurgentes de 1810, la eterna lucha por la Independencia de México y por los sentimientos de la nación, por leyes contra la desigualdad, contra la opulencia y la indigencia. El nombre de Ayotzinapa es también el de la supervivencia del nahua y del náhuatl. Significa el espíritu indígena de resistencia, de constancia y de paciencia, de firmeza y seguridad, tal como se expresa en el símbolo de la tortuga en el río.

Pero la historia de Ayotzinapa no termina, desde luego, con la fundación de la Escuela Normal Rural. Hay una historia después de 1931. Y esta historia posterior, como la anterior, viene a enriquecer el caudal torrencial de significación del río de tortugas.

La Revolución Mexicana y sus Escuelas Normales Rurales

La Escuela de Ayotzinapa, al igual que otras Normales Rurales, formaba parte de un proyecto educativo popular impulsado en los años veinte por los gobiernos posrevolucionarios, animado por los ideales de justicia e igualdad, y enfocado principalmente a campesinos, indígenas y otros sectores sociales pobres y marginados.  Uno de sus inspiradores, Moisés Sáenz, había hecho su Doctorado en Filosofía en la Universidad de Columbia, en donde se volvió seguidor de John Dewey. Siguiendo el método y la orientación del pedagogo norteamericano, las Normales Rurales no sólo formarían maestros, sino también líderes de comunidades para la reconstrucción de la sociedad.

Se esperaba que los estudiantes normalistas, futuros maestros y líderes, procedieran de los mismos sectores sociales pobres y marginados en los que habrían de intervenir.  De ahí que las Normales Rurales debieran funcionar como internados y asegurar la manutención de los estudiantes. Era y sigue siendo la única manera en que muchos indígenas y campesinos mexicanos pueden estudiar y así guiarse a sí mismos en lugar de recibir la guía de otros sectores de la sociedad. El proyecto era y sigue siendo verdaderamente revolucionario por muchas razones, entre ellas porque no divide la sociedad entre los educadores y los educados, lo cual, como ya lo denunció Marx en su momento, reproduce la división social entre las clases dominantes y las dominadas, entre los guías y los guiados, entre los maestros y sus estudiantes. Las Normales Rurales buscan ir más allá de esta división al plantear que son los propios campesinos e indígenas los que deben ser maestros de sí mismos.

Las Normales Rurales tenían un propósito de concientización y transformación social, y tal como se concibieron desde un principio, debían continuar la enorme tarea que sólo había sido preparada, posibilitada y comenzada por la Revolución Mexicana. Después de luchar con las armas en el campo de batalla, llegaba el momento de luchar con las ideas y con las palabras en los salones de clase.  La vía era diferente, pero el objetivo era el mismo: crear una sociedad más justa e igualitaria, más libre y consciente, más democrática e incluyente.

En cierto sentido, las Normales Rurales buscaban realizar aquel sentimiento de la nación por el que Don Sebastián de Viguri donó sus terrenos a los indígenas de Ayotzinapa. Lo hizo, recordemos, en los términos de Morelos, para “moderar la opulencia y la indigencia, aumentar el jornal del pobre, mejorar sus costumbres, alejar la ignorancia”. No hay que pasar por alto el abismo histórico que se abre entre los Sentimientos de la Nación de 1813 y el proyecto de las Normales Rurales de 1922, pero tampoco hay razón para negar las evidentes afinidades políticas e ideológicas entre ambas orillas del abismo. Cuando Morelos hablaba de alejar la ignorancia y mejorar las costumbres, no pensaba en algo muy diferente de lo que después se llamaría concientización, y cuando se refería a moderar la opulencia y la indigencia, es claro que pensaba en una sociedad más justa e igualitaria.

La reacción contra la revolución y contra su proyecto educativo

Quizá los ideales de las Normales Rurales hayan sido poco realistas, demasiado avanzados para su tiempo, demasiado elevados para la bajeza de algunos sectores de nuestra sociedad. Tal vez los inspiradores del proyecto hayan sido tan ingenuos como Emiliano Zapata o Francisco Villa al imaginar que podrían continuar lo que había empezado en la Revolución Mexicana.  El caso es que las aspiraciones de las Escuelas Normales Rurales chocaron frontalmente con las ambiciones de unos y las convicciones de otros.

Desde un principio, desde los años veinte, el proyecto de las Normales fue mal recibido por diversos sectores de la sociedad mexicana. Primero, en tiempos de la cristiada, fueron los conservadores indignados por el carácter laico de la enseñanza de los normalistas.  Luego fueron los revolucionarios institucionales que no podían tolerar a esos maestrillos andrajosos y revoltosos que se habían tomado en serio los ideales de la Revolución Mexicana.  Finalmente llegó el crimen organizado, es decir, esa enorme banda criminal compuesta de gobernantes neoliberales, narcotraficantes y otros empresarios, todos unidos en su afán de hacer fortuna, saquear el país y extorsionar a sus habitantes, amenazando con desaparecer a cualquiera que se interponga en sus negocios y que no se deje convertir en botín.

Los estudiantes de las Normales Rurales no se han dejado amedrentar, no han cedido a sus extorsionadores. Y como suele suceder en estos casos, han pagado muy cara su temeridad. Se les ha desaparecido.  ¿Pero cómo no van a desaparecer cuando se han obstinado en significar algo para lo que ya no hay lugar en México?  Ya no hay lugar para su proyecto de concientización y transformación social, ni para la igualdad y la justicia, ni para los ideales de la Independencia ni para José María Morelos ni para Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri, ni para la revolución de Villa y Zapata, ni para los pueblos originarios ni para los campesinos y ejidatarios, ni para las tortugas ni para sus ríos.

Así como están extinguiéndose la chopontil y otras especies mexicanas de tortugas de río, así también podrían extinguirse especies como la de nuestros normalistas de Ayotzinapa. No parece haber condiciones para que sobrevivan en este basurero de sociedad así como tampoco hay lugar para la chopontil en los ríos cada vez más contaminados por el capitalismo. El sistema que provoca la desaparición de las tortugas es el mismo que impide la aparición de los normalistas.

¿En dónde podrían aparecer los 43? ¿En un hotel de Cancún, en alguna playa privatizada, en un centro comercial, en un Oxxo, en las porquerizas en las que se han convertido las cámaras de senadores y diputados, en la Casa Blanca de Peña Nieto, en su avión presidencial, en el prostíbulo priista de Cuauhtémoc Gutiérrez? ¿O quizás debamos buscarlos en la lista de invitados a la fiesta del alcalde de San Blas, o entre los entrevistados por Laura Bozzo, o extraviados en alguna telenovela o en el noticiero de López Dóriga? ¿Acaso les ven un lugar en el grotesco país que estamos construyendo, el de Televisa y Soriana, el del PRI y los demás partidos priistas, el de las reformas energéticas y educativas, el del Tratado de Libre Comercio, el de la guerra sucia y ese lento exterminio de los pueblos indios?

Resistencia

Todo excluye la existencia de los normalistas rurales, pero así ha sido también en el pasado, en tiempos de la reacción religiosa y de la guerra sucia, lo que no les ha impedido sobrevivir durante noventa años. La supervivencia de los normalistas es tan sorprendente como la de aquellas tortugas chopontiles que todavía nadan en caldos espumosos compuestos de cianuro, petróleo, detergentes, sustancias cloradas, ácidos, pesticidas y otros venenos producidos por nuestro sistema. Los seres vivos en semejantes caldos no deberían sorprendernos menos que la vida intensa e impetuosa de los normalistas en esta sociedad preparada por Enrique Peña Nieto y los demás pozoleros que nos gobiernan. Uno termina sospechando que lidiamos con seres inmortales, invencibles como los indígenas, que han sobrevivido a cada una de sus muertes, y que siguen ahí, de pie, recordándonos que no podemos acabar con lo que somos.

Tal como ocurre con los indígenas, la estrategia de supervivencia de los normalistas rurales no ha sido una simple adaptación pasiva, sino una resistencia activa, decidida, firme y constante. Fue con este espíritu de resistencia, bien representado por el símbolo de la tortuga, que los normalistas formaron en 1935 la “Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México” (FECSM), una organización que buscaba proteger a los futuros maestros de todo aquello que estaba conspirando contra ellos dentro y fuera de las instituciones, en el gobierno y en la sociedad mexicana. Esta Federación fue a veces la antesala de movimientos sociales o específicamente magisteriales en los que participaban los normalistas una vez obtenido su diploma de maestros. Un ejemplo bien conocido fue la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), en la que había muchos maestros formados en Ayotzinapa, entre ellos los futuros líderes guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, cuyos rostros decoran los muros de la Escuela Normal Rural.

Guerrilleros, luchadores y maestros

Se ha dicho hasta el cansancio que la Normal de Ayotzinapa es un nido de guerrilleros. Sería más correcto decir que es un nido de maestros comprometidos con la transformación social que a veces, en muy contadas ocasiones, han debido optar por la lucha armada como último recurso para defenderse de la violencia asesina del gobierno priista mexicano.  El maestro Genaro Vázquez toma las armas tras la matanza de Iguala de 1962, cuando la policía mata a siete personas. De igual modo, Lucio Cabañas  deja de ser maestro y se vuelve guerrillero después de la matanza de Atoyac de 1967, en la que policías disparan sobre una concentración de padres de familia y matan a once civiles desarmados.

Fue la represión gubernamental, y no la estancia en Ayotzinapa, la que hizo que Lucio y Genaro tomaran las armas. Quizás lo que ellos y otros aprendieran en la Normal Rural fue a resistir, a no dejarse matar, a al menos a no dejarse matar sin luchar, pues la batalla siempre terminó siendo ganada por los poderosos, por los verdaderos asesinos, llámense Anastasio Bustamante, Luis Echeverría, Rubén Figueroa, Carlos Salinas o Enrique Peña Nieto. Quizás Atlacomulco, Los Pinos y el PRI sean cunas de asesinos, pero no Tixtla, no Ayotzinapa. Es verdad que ahí nació el primer gran líder guerrillero de nuestra historia, Vicente Guerrero, y ahí mismo se formaron dos de los más grandes del siglo XX, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Pero estos guerrilleros, como tantos otros de México, han sido más mártires que asesinos.

Además, por cada guerrillero que salió de Ayotzinapa,  hubo centenares de luchadores sociales que se aferraron a los medios pacíficos de acción, organización y manifestación. El más conocido fue Othón Salazar, líder del Movimiento Revolucionario del Magisterio en los años cincuenta y candidato a gobernador por el Partido Comunista Mexicano en 1980. Otro luchador menos conocido, Claudio Castillo Peña, fue asesinado por los policías federales hace algunos días tras cuarenta años de lucha incansable y más de veinte años en la docencia. Pero el maestro Claudio no es más uno de los centenares de luchadores sociales que se han formado en Ayotzinapa y que han sido asesinados en los últimos cincuenta años.

Además, por cada luchador social, hubo miles de maestros egresados de Ayotzinapa que se limitaron a cumplir su trabajo docente en las zonas más inaccesibles del país y en las condiciones más duras de trabajo. Incontables murieron de enfermedades curables que habrían podido ser curadas en una sociedad más justa. Muchos fueron asesinados, especialmente durante la guerra sucia, tan sólo por ser maestros y por lo tanto sospechosos, y sin siquiera tener tiempo de convertirse en luchadores sociales. Podemos decir que todos fueron víctimas de lo mismo. Nadie se acuerda ya de estos héroes anónimos e invisibles a los que debemos mucho de lo mejor que se ha hecho en México en el último siglo. Pienso que Ayotzinapa significa también esto, el olvido, el heroísmo invisible y anónimo.

Conclusión: el espectáculo y la desaparición

Los héroes desaparecen detrás de las noticias sobre los bloqueos de la autopista del sol y el retraso de quienes van a descansar a las playas de Acapulco.  Las palabras de los partidos políticos y de las cámaras de comercio resuenan en la radio y en la televisión y no dejan escuchar las justas reivindicaciones de los normalistas que viven en condiciones infrahumanas y que reciben cada uno menos de 40 pesos diarios para su manutención.  La desaparición de los normalistas empieza por la represión de su palabra, por el silenciamiento de sus luchas y sus demandas, por el desconocimiento de sus condiciones de vida, por el ocultamiento de sus esfuerzos y de sus méritos, de su heroísmo y del gran servicio que prestan a la sociedad.

Ayotzinapa es también el nombre de lo oculto, lo desconocido, lo silenciado, lo reprimido, lo desaparecido por el sistema político-económico.  Es aquí también, tras la pantalla de televisión y tras las otras manifestaciones del espectáculo que nos rodea, en donde podría estribar la significación de Ayotzinapa. Los 43 desaparecidos representarían entonces también todo lo desaparecido: todo lo que somos todos, nuestra vida, el pueblo que resiste, la dignidad indígena, la verdad campesina, el esfuerzo diario de las clases populares, el trabajo que se hace por vocación de servicio y no por afán de enriquecimiento, el heroísmo de muchos maestros rurales, sus luchas sociales incansables, pero también la guerra sucia contra ellos, el mar de sangre que han dejado las sucesivas tiranías que nos gobiernan, las fosas comunes, la revolución inconclusa, la injusticia y la desigualdad, el desprecio por los sentimientos de la nación, la independencia traicionada, el saqueo del país, el espectro de Porfirio Díaz y de Victoriano Huerta, el triunfo de la infamia, el priismo de todos o casi todos los partidos políticos, la institucionalización del crimen organizado, la condición criminal de nuestros gobernantes, la indiferenciación entre los sicarios y los políticos, la miseria generalizada, la destrucción de todo, las fosas que se lo tragan todo, la muerte que no deja de ganar terreno sobre la vida, la sociedad que no deja sobrevivir a sus jóvenes, el río contaminado que está envenenando a sus tortugas.

Quizás Ayotzinapa sea el signo de lo que ya no puede permanecer ni olvidado ni oculto. Si así fuera, tal vez haya razón para confiar en una reaparición de lo desaparecido.  Ayotzinapa significaría entonces el fin de la desaparición. Dependerá de nosotros y es por esto mismo que resulta imposible saberlo por ahora. Debemos conocer antes aquello de lo que somos capaces. Debemos llegar al acontecimiento que permita verificar la verdad de nuestro discurso.

Así como hubo que remontar al pasado para llegar al presente, así también habrá que ir hacia el futuro para entender este mismo presente. Ayotzinapa significará hoy lo que habremos conseguido que signifique, lo que habrá significado, la significación que hayamos conquistado. El futuro está en nuestras manos, pero también el pasado y el presente. Dependerá de nosotros que haya un sentido en la resistencia de las tortugas y de los normalistas, en la donación de Sebastián de Viguri, en la muerte de Guerrero y de Morelos, y en todo lo demás a lo que me he referido en estos minutos.

Anuncios

Un pensamiento en “¿Qué podría significar Ayotzinapa? Entre el discurso y el acontecimiento

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s