Informar desde abajo: nuestra libertad de prensa contra los poderes mediáticos

Nota para celebrar el lanzamiento de la edición mexicana de Izquierda Diario, el 28 de abril 2015

David Pavón-Cuéllar

Siglos de luchas colectivas nos han permitido conquistar cierto grado variable –más o menos insuficiente según el país– de libertad de prensa. Esta libertad es una conquista social y nos pertenece a todas y a todos, pero ha sido acaparada por los grandes poderes mediáticos, los cuales, reduciendo la información a una mercancía, ya no buscan informar, sino generar dividendos por todos los medios, entre ellos la desinformación misma. Es así como Rupert Murdoch, Ted Turner, los Polanco, los Azcárraga y otros magnates se han enriquecido con nuestra libertad de prensa, convirtiéndola en la única libertad que existe para ellos, la del neoliberalismo, la de competencia, comercio y específicamente circulación de mercancías informativas.

La degradación de la prensa resulta particularmente preocupante en México, en donde grandes empresas como Televisa, Milenio y Televisión Azteca se han especializado en cirugías plásticas de la realidad al gusto del mejor postor. Semejante actividad les ha hecho adquirir un poder inmenso que se confunde con el del Estado y que dificulta la democratización del país. Además de ser un obstáculo para la democracia y de violar nuestro derecho a la información, estas empresas promueven la cultura de consumo, degradan la dignidad individual y reproducen el racismo y el sexismo. También sofocan el espíritu crítico, aseguran la miseria intelectual y la sumisión de nuestro pueblo, e inducen acciones violentas hacia grupos que se atreven a disentir, como ha sido el caso de los normalistas asesinados y desaparecidos tras haber sido calumniados una y otra vez en los medios masivos de comunicación.

A cambio de los servicios que rinden al gobierno, los grandes medios obtienen exenciones de impuestos, concesiones en los espectros radioeléctricos, privilegios ante sus competidores y hasta puestos gubernamentales o candidaturas políticas. Algunos de sus periodistas reciben enormes compensaciones a cambio de su manipulación de las informaciones. Mientras tanto, los periodistas honestos deben sufrir diversas formas de represión, exclusión, coerción, censura y hasta difamación, como en el caso reciente de Carmen Aristegui.

La prensa libre consigue resistir y subsistir en México. Su vigor es evidente. Por desgracia, dadas las circunstancias hostiles, debe concentrarse en un trabajo rectificativo e informativo con el que intenta compensar el trabajo inventivo y desinformativo al que se dedican los medios corruptos. De ahí la ventaja que siempre llevan los embaucadores, con su acción ofensiva parcial y partidista, sobre los auténticos periodistas que se limitan a una reacción defensiva, neutral e imparcial.

La defensa de nuestro derecho a la información es necesaria, pero insuficiente. Además de continuar defendiéndonos, debemos atacar, desafiar al desmentir, dejar atrás nuestra neutralidad y pasar a la ofensiva con un proyecto alternativo radical de periodismo comprometido y militante. Es para esto que hacen falta medios como Izquierda Diario, que ha mostrado en ediciones de otros países cómo puede posicionarse ante lo que informa sin dejar de informar de manera objetiva, con rapidez y exactitud, mostrando incluso lo que no trasciende a la prensa libre tradicional.

A diferencia de otros periódicos, Izquierda Diario no toma su distancia con respecto a la sociedad, sino que surge y se mantiene aquí abajo, en donde estamos casi todas y todos, y en donde la neutralidad resulta imposible. Su perspectiva intenta ser desde aquí, desde donde se descubre mucho de lo que pasa desapercibido para quienes observan desde arriba y desde afuera. Es también por esto que Izquierda Diario da voz a quienes no la tienen en medios convencionales. Se trata de recuperar esa libertad de prensa que fue una conquista social, pero que nos arrebataron los grandes medios. Tan sólo al hacerla nuestra podremos ejercerla, realizando así todo el sentido que el joven Marx atribuyó a la prensa libre como espejo en el que el pueblo se ve reflejado, se confiesa y se redime –se libera– a través de su confesión.

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