El sistema capitalista neoliberal y su lucrativa destrucción del mundo y de sus habitantes

Presentación del libro Aprender a decrecer: educando para la sustentabilidad al fin de la era de la exuberancia, de Luis Tamayo. Tercer Congreso Internacional de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, martes 26 de mayo 2015.

David Pavón-Cuéllar

Me resulta difícil hablar sobre el texto de Luis Tamayo.  No soy especialista ni en psicología medioambiental ni mucho menos en economía sustentable. Hay quienes imaginan que me especializo en tales temas porque me ven sembrando y cuidando árboles en la facultad, podándolos y regándolos o deshierbándolos, siempre con el apoyo de estudiantes voluntarios o de prestadores de servicio social. Pero no hago esto porque sea mi especialidad, sino porque es mi obligación, mi comisión universitaria, y también, hay que decirlo, una de mis principales pasiones, o, mejor dicho, una de mis peores preocupaciones.

Al igual que Tamayo, estoy muy preocupado con lo que le estamos haciendo al mundo. No quiero participar en esta hecatombe que habrá de saldarse con un suicidio colectivo de la humanidad entera. Es por esto que siembro árboles que generen el oxígeno que consumo, tengo un viejo celular para no estimular el consumo de materiales contaminantes, no compro ni uso coche propio y me obligo a viajar en transporte público para disminuir mi participación en el calentamiento global. Todo esto me sirve para sentirme un poco menos culpable, pero es poco, prácticamente nada, y no basta ni siquiera para compensar todo lo que destruyo al viajar tanto en avión o al comprar tantos libros. Lo sé, y es por esto que no dejo de sentirme culpable, cada vez más culpable, sin que sirva de mucho la penitencia cotidiana que me impongo al viajar en las incómodas combis de Morelia.

Desde hace algunos meses empiezo a sentirme culpable incluso al ir en transporte público. Me digo que es mejor caminar. Quizás llegue un día en que me impida respirar al caminar, y entonces todo se habrá solucionado.

Como se ve, mi relación con los asuntos medioambientales es empírica, sentimental, puramente visceral, y no racional, teórica o especulativa. ¿Cómo podría especializarme en estos asuntos? Únicamente soy capaz de sentir, y, en el mejor de los casos, hacer y actuar, pero no reflexionar. Esto se lo dejo a gente como Luis Tamayo.

Uno de los principales méritos del libro de Tamayo, creo yo, es que se atreve a desmenuzar con relativa serenidad, sin perder sus facultades mentales, una serie de temas que dan vértigo de tan sólo evocarlos. En el primer capítulo, en unas cuarenta páginas, el autor enumera y explica fatales errores humanos como la progresiva destrucción y privatización de la tierra, la industrialización de la agricultura, los transgénicos y la apertura de las naciones pobres a los excedentes subsidiados provenientes de las ricas. Luego se detiene en una crisis caracterizada por los efectos combinados de la explosión demográfica, el calentamiento global, el capitalismo neoliberal y el fin del petróleo barato. Los dos capítulos siguientes analizan posibles remedios contra la crisis, mientras que la conclusión esboza una propuesta política eco-socialista como única vía para evitar la destrucción del planeta y de sus habitantes.

En suma, todo está en peligro, pero todavía puede salvarse. Digamos que aún podemos evitar el precipicio en el que estamos a punto de caer.

No pienso que Tamayo sea pesimista o catastrofista en su diagnóstico y en su pronóstico. Pero tampoco diría que es ingenuo, demasiado optimista o utópico en su propuesta de salvación a través de la sustentabilidad. Más bien me parece bastante realista, razonable y sensato, como lo demuestra el sólido fundamento de argumentación y documentación en el que reposa cada una de sus ideas. Todo esto es lo que yo jamás habría podido conseguir, pues no habría podido sobreponerme a mis reacciones afectivas sobre el tema, como ya lo señalé antes.

Si me permito insistir en mi persona, en mis afectos y en mis emociones, es porque estamos en un congreso de psicología. Digamos que estoy intentando tomar el texto de Tamayo por su lado psicológico, el cual, a primera vista, no se manifiesta de modo nada evidente. Con excepción de unas pocas referencias puntuales al psicoanálisis, el libro se concentra en el aspecto social, histórico, político y hasta filosófico de la cuestión, pero no en el factor psicológico en su más amplio sentido. Hay que ir a buscar la psicología más allá de lo enunciado, en las condiciones de enunciación, en la actitud que le ha permitido a Tamayo especializarse en algo en lo que alguien como yo jamás habría podido especializarse.

¿Cómo especializarse en lo que no puede soportarse? ¿Y cómo soportarlo cuando pone en peligro todo lo que somos? Así es como yo justificaría mi falta de especialización en los temas del texto de Tamayo.  Pero quizás pudiéramos explicar de la misma forma la relativa falta de reflexión en torno a un tema que debería preocuparnos a todos.

Es verdad que no dejamos de pensar en lo medioambiental, pero no lo pensamos de verdad. Si verdaderamente lo pensáramos, nuestras vidas serían muy diferentes. Nuestros coches, libros y celulares de última generación ponen en evidencia que hay algo impensable, tal vez nuevamente aquello mismo que amenaza con desaparecer las condiciones mismas de posibilidad del pensamiento. Por más que lo pensemos, no lo pensamos. El pensamiento se obstina en hacer abstracción de todo aquello que lo condiciona. Se debe suponer, pero no pensar, o sólo pensar sin actuar, es decir, pensar sin verdaderamente pensar.

Así como puede ser difícil pensar con las ideas, así también puede haber dificultades para pensar con los actos. En ambos casos, no conseguimos pensar todo lo que hay que pensar, lo cual, por necesidad, incluye las ideas y los actos, la crítica y la práctica, el pensamiento y el acontecimiento. Si falta el acontecimiento, no hay un verdadero pensamiento, y sin pensamiento, estamos en peligro.

Hay buenas razones para sospechar que el peligro sólo podrá conjurarse al pensarse de verdad, totalmente, hasta las últimas consecuencias. Cualquier medio que abone su pensamiento, como es el caso del texto de Tamayo, debe ser apreciado como un gesto que intenta detenernos en nuestra marcha de ciegos que se guían a sí mismos hacia el abismo.

¿Por qué ir avanzando ciegamente hacia la destrucción del planeta y de la humanidad? Tamayo tiene razón de no explicar este comportamiento suicida en términos psicológicos generales. No lo generaliza ni lo psicologiza.  No lo disuelve en una categoría como la pulsión de muerte. Aunque Tamayo conozca bien la teoría freudiana, prefiere explicar nuestro suicidio colectivo en una perspectiva socioeconómica e históricamente determinada.

El capitalismo neoliberal es el único factor causal decisivo mencionado una y otra vez en el texto de Tamayo, y evidentemente no es un factor ni psicológico ni universal. No ha existido siempre ni está fundamentado en una facultad anímica eterna y natural. Por lo tanto, puede llegar a cambiarse y superarse. Es posible dejar atrás el sistema capitalista neoliberal y su lucrativa destrucción del mundo y de sus habitantes. De hecho, según Tamayo, es posible y necesario, necesario para salvarnos.

Para el mundo, para nosotros y para todo lo demás, tan sólo habrá un futuro si dejamos atrás el capitalismo. El sistema capitalista de libre mercado únicamente podrá perpetuarse a costa de nuestro mundo. Su vida seguirá siendo la muerte de todo lo demás. Para Tamayo, al igual que para Marx hace casi ciento cincuenta años, el capital sigue apareciendo como un vampiro que se nutre de la sangre viva del hombre y del mundo.  Para cesar la hemorragia, Tamayo no duda en proponer una solución ecosocialista. Es el final de su libro. Es la opción alternativa para evitar el fin del mundo.

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