Peña Nieto ante Ayotzinapa: el vocero del capitalismo y la indiscreción de sus palabras

Conferencia durante el encuentro “Ayotzinapa Vive”, el lunes 28 de septiembre 2015, en el Auditorio “María Zambrano” de la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Morelia, Michoacán, México) 

David Pavón-Cuéllar

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Personificación del capital e hidra capitalista

Para muchos mexicanos, entre los que yo me incluyo, Peña Nieto es una de las cabezas de aquel monstruo que los zapatistas han caracterizado perspicazmente como hidra capitalista. Esta caracterización, con su referencia al capitalismo para designar la esencia de un jefe de gobierno, habría sido inaceptable en amplios sectores académicos e intelectuales hace aún poco tiempo, veinte años atrás, durante los tiempos del aturdimiento posmoderno que siguió al fin del socialismo real. Se nos habría considerado entonces marxistas anticuados y trasnochados por el simple hecho de reconducir un fenómeno político a su fundamento económico en el sistema capitalista.

Hoy en día, por fortuna para nosotros los marxistas, el capitalismo tiene mayores dificultades para disimularse. Contra lo que imaginan muchos discípulos de los posmodernos, la principal razón de esto no se encuentra evidentemente en coyunturas filosóficas, estrictamente ideales o espirituales, como podría ser el desgaste de la metanarrativa posmodernista. Existen otros factores concretos y materiales, más fundamentales y decisivos, como han sido los excesos cada vez más escandalosos del propio capitalismo, el carácter crónico y catastrófico de sus crisis, el recrudecimiento de la desigualdad y de sus otros efectos sociales, y el creciente cinismo de sus manifestaciones ideológicas. Todo esto hace que volvamos a familiarizarnos con el capital y que reaprendamos a reconocerlo cuando se nos muestra con sus distintos rostros, como es el de Peña Nieto, uno de los más visibles y desvergonzados en México.

Peña Nieto es el capitalismo en persona. Considero incluso que podemos aplicarle aquella célebre definición marxiana del capitalista como “capital personificado, dotado de conciencia y de voluntad”[1]. Sí, podemos definir así a Peña Nieto, pero siempre y cuando entendamos bien que el capital sólo puede llegar a personificarse totalmente a través de múltiples y variadas conciencias, voluntades, fisonomías, cabezas, personalidades. Hay efectivamente algo de personalidad múltiple en el ente capitalista. No basta una sola cabeza para que el capital se personifique, para que tenga conciencia y voluntad, para que piense y quiera todo lo que necesita pensar y querer para poder funcionar. De ahí que la imagen zapatista de la hidra capitalista nos parezca tan elocuente. Para que el capital del siglo XXI haga todo lo que tiene que hacer en México, no bastan las cabezas de grandes empresarios criminales como Emilio Azcárraga, el Chapo Guzmán y Germán Larrea, sino que se requieren también muchas otras cabezas, muchos otros ojos y oídos, muchas otras bocas, entre ellas las de periodistas vendidos, intelectuales orgánicos del sistema, y políticos o funcionarios corruptos, entre ellos Peña Nieto.

El capital habla de manera tan descarada en el discurso del actual gobierno mexicano, que podemos percibir claramente lo que nos está diciendo sin tener que descifrar códigos ideológico-políticos nacionalistas, populistas o providencialistas como los que operarían en un Estado capitalista relativamente autónomo de los intereses capitalistas, como el descrito por Nicos Poulantzas[2]. Estos códigos, que subsistían en los viejos regímenes priistas e incluso en los últimos gobiernos panistas, no se mantienen sino como torpes fórmulas residuales en la obscena retórica neoliberal de Peña Nieto.

El discurso capitalista de Peña Nieto

El discurso presidencial mexicano es actualmente un discurso capitalista. Cada operación discursiva es una operación del capitalismo neoliberal. Esto puede apreciarse claramente en las palabras de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.

Cuando el presidente concibe la matanza y desaparición de normalistas como una “oportunidad” para “fortalecer” a policías y militares[3], percibimos la astucia del sistema capitalista que no pierde una sola oportunidad para fortalecerse a sí mismo, por ejemplo al fortalecer a sus esbirros y sicarios, como es el caso de los policías y militares de nuestro país. De igual modo, cuando Peña Nieto nos exhorta encarecidamente a “encauzar nuestro dolor e indignación hacia propósitos constructivos” [4], alcanzamos a escuchar el imperativo capitalista de explotarlo todo, incluso nuestros propios sentimientos, con fines productivos. El sistema capitalista de producción, de producción de medios para producir más capital, debe rentabilizar también el dolor y la indignación. Es por eso que debemos encauzar nuestros sentimientos, no aferrarnos a ellos, liberarlos y dejar que circulen tan libremente como las mercancías y los capitales golondrinos.

En el capitalismo neoliberal, hay que permitir la libre circulación de todo, incluso de nuestros propios sentimientos. Nada puede inmovilizarse. Todo tiene que moverse para permitir la realización posterior a la producción de la plusvalía, como lo muestra Marx en el segundo libro del Capital. Es por eso que, según los propios términos de Peña Nieto, no podemos quedar atrapados en Ayotzinapa, así como tampoco los automovilistas pueden ser bloqueados en las autopistas. Cualquier interrupción de la circulación tiene un costo altísimo para el capital. No podemos dejar un solo instante de mover a México para seguir vendiéndolo al mejor postor.

El saqueo exige continuamente mover a México, tal como rezaba la consigna electoral del presidente. Obviamente, siguiendo este eslogan repetido hasta el cansancio, hay que mover a México para explotarlo, exprimirlo, extraerlo, vaciarlo, destruirlo, triturarlo, pulverizarlo, refinarlo, procesarlo, empacarlo, transportarlo, exhibirlo, evaluarlo, tasarlo y exportarlo. No hay aquí tiempo que perder. Todo tiene que rematarse en un sexenio. Hay que seguir el movimiento vertiginoso de la depredación. Como Chaplin en los Tiempos modernos, los mexicanos deben seguir el ritmo del sistema.

El saqueo no puede retrasarse con accidentes de trabajo como el de Ayotzinapa. Es por eso que Peña Nieto solicita enfáticamente “superar ese momento de dolor”[5]. Ese lapso momentáneo es el único del que se dispone en el capitalismo. El tiempo capitalista está segmentado en momentos. Nada tiene que durar más.

El tiempo es dinero y hay que optimizarlo. Si las operaciones bursátiles duran sólo un momento, ¿por qué el dolor por Ayotzinapa debería durar más? Es como cuando el obrero se lastima en una línea de producción. El herido no puede parar: tiene que reanudar su labor tras el momento de dolor, y si no puede, entonces hay que sustituirlo. ¿Por qué habría que darle más tiempo? El tiempo cuesta, y los obreros, lo mismo que los padres de los normalistas asesinados o desaparecidos, no tienen dinero para comprar tiempo. Es precisamente por eso que tienen que vender su tiempo, su vida como fuerza de trabajo, para comprar dinero que les permita sobrevivir, mantenerse con vida.

El sistema capitalista reduce nuestras vidas a su valor de uso como fuerza de trabajo. Cuando no se nos puede explotar para trabajar, entonces no tenemos derecho a sobrevivir ni en México ni en otros países en los que no hay protección alguna contra el capitalismo salvaje. Los inexplotables estorban y se les puede eliminar impunemente. Es, en definitiva, lo que sucede con todos los que se resisten a la explotación capitalista y buscan formas existenciales alternativas, entre ellos los estudiantes de Ayotzinapa, que por eso también pudieron ser asesinados y desaparecidos. Lo que les ocurrió no tiene importancia alguna para el capitalismo, y es por eso que tampoco la tiene para Peña Nieto.

En el discurso presidencial como expresión del sistema capitalista, la tragedia no estribó en la matanza y la desaparición de los estudiantes, sino en el costo político-económico de lo que vino después. Es tan sólo en millones de pesos como puede evaluarse una tragedia en el capitalismo. Es por esto que lo trágico, según las palabras de Peña Nieto, no fueron los hechos sangrientos que no le costaron en sí mismos un solo peso al sistema, sino el tema de Iguala y la información posterior. Esto sí que provocó pérdidas millonarias. Esto sí que fue costoso para el capital y sus diversas personificaciones en los ámbitos empresarial y político.

Para el capitalismo, en efecto, la tragedia fue provocada por lo que inundó las calles y por lo que apareció en las pantallas de televisión, por lo que dañó la imagen de las mercancías en las que se ha subdividido todo México, lo que espantó a los inversionistas que nos compran, lo que desgarró el velo con el que se cubre la destrucción lucrativa del país y de sus habitantes. Esto fue lo único real en el sistema capitalista. Y los culpables de esto no fueron los militares, los policías y los demás sicarios del sistema, sino los periodistas y activistas que difundieron los hechos y protestaron contra ellos.

Resulta comprensible, pues, que los castigados sean los periodistas y los activistas, que no dejan de ser perseguidos y asesinados en México, y no sus verdugos, no los que mataron y desaparecieron a los estudiantes, no los policías, los militares y los demás sicarios del sistema, que no dejan de ser fortalecidos precisamente a causa de la tragedia. Conviene reiterar que la tragedia, para el capitalismo que habla por la boca de Peña Nieto, no estribó en los hechos sangrientos de Iguala, sino en lo que vino después. La tragedia, por lo tanto, no es imputable a los policías y militares, sino a los periodistas y activistas.

El saber con verdad y con razón

Hemos visto que el discurso presidencial no sólo traiciona constantemente al presidente como sujeto enunciador, sino también al sistema capitalista que articula sus palabras y que se expresa por su boca. Este sistema simbólico se descubre a sí mismo al intentar encubrirse a través de la trama ideológica de las palabras indiscretas de Peña Nieto. Gracias a su indiscreción, las palabras son reveladoras y no sólo mistificadoras. La opacidad se transparenta. Marx diría que el “cuento” se muestra “verdadero”[6]. Lacan observaría que la “estructura de ficción” desdobla su “verdad”[7]. Esta verdad corresponde a lo mismo que Gramsci llamó el valor “gnoseológico” de la ideología[8].

Como lo hemos apreciado, la trama ideológica, tal como se despliega en el discurso de Peña Nieto, nos permite conocer el funcionamiento del sistema capitalista neoliberal en su manifestación periférica mexicana, particularmente despiadada, salvaje, sangrienta y criminal. El capitalismo es delatado por cada lapsus de su portavoz, por cada uno de sus actos fallidos, por los hechos mismos de Iguala, pero también por los activistas y los periodistas que se han dedicado a denunciar en lugar de limitarse a enunciar el capitalismo. Hemos visto igualmente cómo la denunciación reviste la forma de una multitud indignada que inunda calles y plazas, que muestra mantas y corea consignas con informaciones más confiables, consistentes y verdaderas que todos los informes oficiales difundidos hasta ahora.

Ningún falso informe ha nublado la vista de centenares de miles de personas que han atisbado, ya desde un principio, que fue el Estado y que es el capitalismo, como se lee en una placa instalada sobre un muro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Los universitarios, al igual que otros amplios sectores de la sociedad, han sabido muy bien de qué se trata. Lo supieron desde los primeros días. Este saber social, de hecho, fue reconocido por el mismo Peña Nieto cuando confesó, a través de otro de sus lapsus, que “la sociedad mexicana demanda y tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió”[9]. Por consiguiente, si queremos informarnos acerca de lo ocurrido en Iguala, no perdamos el tiempo acudiendo a la Procuraduría General de la República. Mejor vayamos directamente con la sociedad que demanda y tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió. Ella sí que está al tanto de lo ocurrido.

Aunque la sociedad mexicana demande saber, al mismo tiempo ya sabe, y sabe con verdad lo que sabe y tiene razón cuando lo sabe, según lo que nos dice Peña Nieto. La frase presidencial resulta reveladora porque le reconoce un saber a la misma sociedad que demanda saber, es decir, no a cualquier sociedad, sino a la que protesta en las calles contra la represión gubernamental, la que denuncia el crimen de Estado, la que presiente una relación entre el crimen y el sistema capitalista neoliberal y la que exige la renuncia del presidente al considerarlo culpable por acción u omisión. Esta sociedad es la que tiene razón, la que sabe con verdad lo que sabe, según lo que nos dice Peña Nieto de modo reiterativo. El presidente está reconociendo, por lo tanto, que la sociedad está en lo cierto cuando clama que fue el Estado. Al acusar al gobierno de Peña Nieto por la matanza y desaparición de los estudiantes, la sociedad tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió. Es lo que dice el presidente. Son sus palabras indiscretas.

Sinceridad y culpabilidad

Desde luego que el énfasis en las palabras literales no debe hacer que nos detengamos en la superficie de lo que nos dice Peña Nieto. Cualquier literalidad tiene una estructura tridimensional y contiene zonas de total opacidad. Por más valor cognitivo que atribuyamos al discurso, no debemos olvidar que su trama es ideológica y que posee además un “valor psicológico” también reconocido por Gramsci[10].

Hay algo relativo al psiquismo de Peña Nieto que se revela en su confesión. Tal vez el deseo de ser castigado por su culpabilidad. Quizás ni siquiera se trate de ser culpable, sino de sentirse culpable, y no forzosamente a título personal, sino tal vez como representante de un Estado y miembro de un partido que, ellos sí, indiscutiblemente, están empapados en sangre.

Lo mismo podemos decir acerca de otros lapsus del presidente. Uno de los más preocupantes concierne el famoso escándalo de tráfico de influencias y conflicto de interés en la adquisición de la Casa Blanca de Peña Nieto. El presidente siempre negó que su proceder hubiera sido corrupto. Sin embargo, al referirse a este proceder, el presidente alegó, casi justificándose, que “hemos conocido de otros eventos de corrupción en distintos órdenes de Gobierno”[11]. Peña Nieto describió así literalmente como un evento de corrupción aquel escándalo al que se había referido en la frase anterior y del que él fue protagonista. Esto mismo, aunque suficientemente sospechoso y hasta inculpatorio, no significa necesariamente que el presidente, como persona, sea culpable de un evento de corrupción. Tal vez únicamente se esté sintiendo culpable o esté denunciando una corrupción estructural que atravesaría todos los órdenes del gobierno y de la que no podría escapar. Quizás incluso esté denunciando al capital que personifica, ya que en definitiva, y en rigor, toda la corrupción y los demás crímenes del Estado capitalista deben ser atribuidos al sistema como tal y no a sus diversas personificaciones.

En cualquier caso, por más inconscientes e involuntarios que sean, los elocuentes lapsus de Peña Nieto demuestran sinceridad y quizás incluso una cierta dosis de honestidad. Resultan por ello esperanzadores. La verdad que insiste en ellos, después de todo, tiende a recordarnos la verdad que grita en las calles. Ambas claman que fue el Estado. Ambas coinciden así al denunciar la responsabilidad gubernamental.

Extimidad y democracia

Resulta profundamente significativo que las palabras indiscretas de un presidente coincidan con las mantas, las consignas y las pintas de las masas inconformes con el mismo presidente. Aquello que aquí tiene una significación profunda es la coincidencia no sólo entre quienes se oponen, sino entre planos que suelen excluirse el uno al otro. La denunciación voluntaria y pública, exterior, expresa lo mismo que una denunciación involuntaria y tan privada, tan recónditamente interior, como lo es un lapsus. Lo más íntimo converge con lo más distante.

Las protestas de la calle resuenan en la garganta y no sólo en los oídos del presidente contra el que se protesta. La insondable intimidad subjetiva se encuentra en la exterioridad radical del mundo social, cultural, político, económico e histórico. Es lo que Lacan designa con el término de “extimidad”[12],  situándolo en un “lugar central”, en una “exterioridad íntima”, en un “interior excluido”[13]. Es aquí, en el centro exterior del sujeto, en donde las palabras indiscretas de Peña Nieto coinciden con la realidad que intenta ocultar y con las acciones o reivindicaciones de aquellas multitudes que inundan las calles y que le exigen renunciar. Las palabras y las realidades, lo mismo que las manifestaciones callejeras y las declaraciones presidenciales, aparecen como expresiones consonantes o complementarias, se aclaran unas a otras, se preguntan y se responden. Es por eso que deben considerarse conjuntamente, articuladamente, a través de una lectura sintomal como la propuesta por Althusser: lectura literal de síntomas, de lapsus, de “blancos” y “desfallecimientos” discursivos, pero siempre a través de un entrecruzamiento entre órdenes diferentes, mediante un análisis entre discursos,  “de unos por otros”, de palabras a través de hechos y viceversa[14].

Una lectura sintomal puede ayudarnos a percibir lo expresado por un lapsus en un lugar lógico diferente de aquel en el que se pronuncia y en el que lo expresado suele pasar desapercibido. La perspectiva de las movilizaciones callejeras puede permitirnos así revalorizar los discursos presidenciales. Aunque Peña Nieto no pretenda representar democráticamente al pueblo, el caso es que lo hace al culparse a sí mismo, al capitalismo y a su Estado, en cada uno de sus lapsus. Estos resbalones de lengua permiten que el presidente conozca de algún modo la democracia. De pronto, cada vez que el tirano se equivoca, es como si dejara de mentir, como si dejara de usurpar la soberanía popular, como si el mismo pueblo tomara la palabra y denunciara su tiranía.

La verdad democrática del pueblo hace irrupción en el discurso despótico del tirano. Comprendemos entonces el sentido más hondo, el menos evidente, de la idea marxiana según la cual “todas las formas de Estado tienen su verdad en la democracia, y precisamente por ello faltan a la verdad cuando no son la democracia”[15]. El régimen de Peña Nieto miente por ser antidemocrático, pero no puede evitar que su verdad irrumpa en las calles y en la boca misma del tirano.

Las consignas populares y los lapsus gubernamentales denuncian lo mismo, lo mismo que enuncian, el mismo Gran Otro al que traicionan. Unos y otros hablan con la misma verdad y tienen la misma razón. Quizás podamos conjeturar una estructura de lapsus en ambos casos. La multitudinaria movilización por Ayotzinapa, en México y en el mundo, sería también como un gran lapsus, como un gran acto fallido, fallido y por eso mismo exitoso, peligroso, tal vez al final desastroso para el capitalismo y para su Estado.

Si el sistema capitalista funcionara perfectamente, no permitiría ningún acto fallido, ningún lapsus, ni en las calles ni en la boca de Peña Nieto. Pero los sujetos reales son indispensables para el sistema simbólico del capitalismo, y mientras ellos intervengan, causarán fallas en el sistema. Lo simbólico no dejará de ser perturbado por lo real, el capital seguirá siendo importunado por la vida, el trabajo muerto continuará siendo afectado por el trabajo vivo, los vampiros no dejarán de ser acechados por los humanos.

Mientras la humanidad se mantenga viva, lo representado por Ayotzinapa, nos guste o no, seguirá causando molestias a los poseídos por el capital en bancos y empresas, en cuarteles militares y en cárteles de la droga, en bolsas de valores y en palacios presidenciales como la Residencia Oficial de Los Pinos. Los representantes de la muerte seguirán siendo atosigados por esa vida que no deja de brotar de los intersticios del sistema capitalista en forma de lapsus y actos fallidos, sueños y ensueños, síntomas personales y protestas sociales, huelgas y marchas, bloqueos y escándalos. Si la pulsión puede llegar a servir para algo, es para no satisfacerse tranquilamente con el goce mortal del sistema.

El capital no dormirá tranquilo mientras haya vida humana en este mundo. Y como sólo esta vida mantiene vivo al capital, podemos concluir entonces que el capital nunca dormirá tranquilo. Es por eso que se agitará y se revolucionará incesantemente mientras viva. Tendría que morir, o más bien aceptar su muerte, para curar su insomnio.

[1] Karl Marx, El Capital I (1867), México, FCE, 2008, p. 109.

[2] Nicos Poulantzas, Poder político y clases sociales en el Estado capitalista (1968), México D.F., Siglo XXI, 2001.

[3] Peña Nieto, “Peña Nieto pide a gobernantes asumir responsabilidades en seguridad”, Notimex, 18 de diciembre 2014, http://www.notimex.com.mx/acciones/verNota.php?clv=222284

[4]  Peña Nieto, “Peña afirma que comparte la exigencia de justicia por la barbarie en Iguala”, La Jornada, 16 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/16/politica/007n1pol

[5] Peña Nieto, “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[6] Karl Marx, L’interdiction de la ‘Leipziger Allgemeine Zeitung’ dans l’Etat Prussien (1843), en Œuvres philosophie, París, Gallimard-Pléiade, 1982, pp. 312-313.

[7] Jacques Lacan, La psychanalyse et son enseignement (1957), en Écrits I, París, Seuil Poche, 1999, p. 448.

[8] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, tomo 5 (1932-1935), México, Era, 1986, p. 45.

[9] Peña Nieto, “Peña, dispuesto a ver a los padres; el caso Iguala sigue abierto, dijo”, Excélsior, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/09/08/1044414

[10] Gramsci, op. cit., p. 45.

[11] Peña Nieto, “Entrevista por Jorge Fernández”, Presidencia de la República, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-jorge-fernandez/

[12] David Pavón-Cuéllar, Extimacy, en Thomas Teo (Ed.), Encyclopedia of Critical Psychology, New York, Springer.

[13] Jacques Lacan, Le séminaire, livre VII, L’éthique de la psychanalyse (1959-1960), París, Seuil, 1986, pp. 65, 122, 167.

[14] Althusser, Lire le Capital I, París, Maspero, 1968, pp. 34-36, 183.

[15] Karl Marx, Crítica del Derecho del Estado de Hegel, en Escritos de juventud, México, FCE, 1986, p. 344.

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Ayotzinapa según Peña Nieto

Conferencia durante la Semana por Ayotzinapa, el jueves 24 de septiembre 2015, en el Auditorio Aníbal Ponce de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Morelia, Michoacán, México)

David Pavón-Cuéllar

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El 26 de septiembre de 2014, en la ciudad guerrerense de Iguala, estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fueron vigilados, perseguidos, atacados y detenidos en una operación conjunta en la que participaron policías municipales, estatales y federales, así como soldados y sicarios no identificados. El saldo fue de 43 estudiantes desaparecidos, 7 muertos y 27 heridos. Una vez que se confirmó el involucramiento de la Policía Federal y del Ejército Mexicano, la responsabilidad por los delitos de asesinato y desaparición forzada recae en el gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto.

En lugar de asumir su responsabilidad criminal, Peña Nieto ha intentado mistificar los hechos por todos los medios, muchos de ellos de carácter discursivo. El discurso presidencial ha servido para distraer o desviar la atención de lo realmente importante, embrollar los indicios e impedir así la reconstrucción de lo ocurrido, encubrir a los culpables y ocultar las evidencias, mentir y desacreditar a quienes denuncian la mentira, crear ilusiones y luego corroborarlas con otras ilusiones. Además de cumplir estas funciones y otras análogas bien conocidas por todos, el discurso de Peña Nieto ha realizado cuatro operaciones menos evidentes, de carácter subrepticio e insidioso, en las que me gustaría detenerme un momento.

Las cuatro operaciones a las que me refiero buscan incidir en la manera en que se presentan la matanza y la desaparición de estudiantes de Ayotzinapa. Digamos que son operaciones de las palabras sobre los hechos. Cada operación hace algo diferente con los hechos ocurridos en Iguala. Una consiste en su minimización, otra en su instrumentalización, otra más en su desrealización y la última en su formalización. En términos lacanianos, las dos primeras corresponden a modalidades de simbolización, mientras que las dos últimas remiten más bien a la imaginarización. Empecemos por las últimas.

Formalización

Daremos el nombre de formalización a la operación discursiva que reduce los hechos a su pura forma exterior, aparente y espectacular, tal como ésta se manifiesta en la información que se da sobre ellos, en la visión que se tiene de ellos o en la significación que se les atribuye. Al final Ayotzinapa ya no es una matanza y desaparición de estudiantes, sino únicamente la manera en que esta matanza y desaparición aparece a los ojos de la opinión pública y a través de los medios masivos de comunicación. Esto es todo lo que importa. Veamos algunos ejemplos.

Tan sólo una semana después de los hechos de Iguala, Peña Nieto decide “fijar una posición muy clara de parte del Gobierno de la República ante los muy lamentables hechos de violencia”[1]. Sin embargo, al momento de posicionarse ante estos hechos, lo que nos dice es que se encuentra “profundamente indignado y consternado ante la información que ha venido dándose”[2]. Es la información y no los hechos, no aquello a lo que se refiere la información, lo que indigna y consterna a Peña Nieto.

Al fijar la posición gubernamental ante los hechos, el presidente sólo consigue posicionarse ante las informaciones. Lo que importa es lo que se informa y no lo que ocurre. Y si alguien pensara que se trata de lo mismo, Peña Nieto lo desmentiría justo después de expresar su indignación y consternación ante las informaciones, cuando nos dice que “lamenta de manera muy particular la violencia que se ha dado”[3].

Al agregar que lamenta la violencia de manera muy particular, Peña Nieto deja claro que esta violencia no es lo mismo que las informaciones que lo indignan y lo consternan. Es por esto que las dos cosas, los hechos y lo que se informa sobre ellos, provocan sentimientos diferentes. La matanza y desaparición de estudiantes resulta simplemente lamentable, mientras que las informaciones son algo que indigna y consterna. En cierto sentido, las informaciones afectan más que los hechos. Lo más grave para Peña Nieto, si nos atenemos a su discurso, no es lo que ocurrió en Iguala, sino que se haya informado sobre lo que ocurrió. Esto es lo que escuchamos y es también lo que Peña Nieto nos dice.

Las palabras de Peña Nieto lo traicionan al anteponer las informaciones a los hechos, la forma al contenido, la apariencia a la realidad. Quizá nos consolemos pensando que el presidente al menos consigue lamentar la matanza y desaparición de estudiantes. Es verdad, habría sido mejor que estuviera consternado e indignado ante los hechos como lo está ante las informaciones, pero al menos ha sido capaz de lamentar los hechos. Esto es mejor que nada. Sin embargo, cuando nos familiarizamos un poco más en el discurso presidencial, nos percatamos de que lo verdaderamente lamentable no está en los hechos, sino en que lo que dejan ver los hechos.

En diciembre de 2014, al resumir el año que terminaba, Peña Nieto volvió a lamentar lo ocurrido en Iguala, pero esta vez fue más preciso al aclarar qué era exactamente lo que le parecía lamentable. Sus palabras fueron: “lamentablemente lo ocurrido en Iguala dejó ver ante toda la sociedad un hecho de barbarie que resulta inaceptable”[4]. Si algo se lamenta, no es el hecho de barbarie, sino que este hecho se haya dejado ver ante toda la sociedad. Por lo tanto, si toda la sociedad no hubiera visto el hecho, si el hecho hubiera permanecido invisible, entonces no habría nada que lamentar. Lo lamentable es que se haya dejado ver algo inaceptable, y no lo inaceptable como tal. O para ser más precisos: lo que se lamenta en la matanza y desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, no es el hecho de barbarie como tal, no es lo inaceptable en sí mismo, sino que lo inaceptable se haga visible.

El problema es ahora la visibilidad así como lo fue anteriormente la información. Peña Nieto se preocupa solamente por lo que se informa y por lo que se ve, pero no por lo que ocurre. Los estudiantes pueden seguir siendo asesinados y desaparecidos mientras no se vea ni se informe sobre ello. Lo que importa, una vez más, es la imagen, la forma y no el contenido, lo aparente y no lo real.

Dicho de otro modo, lo que preocupa no es lo que ocurre, sino lo que significa. Es por esto que Peña Nieto puede llegar a describir la matanza y desaparición de normalistas como “un evento que ha significado una gran tragedia, que fue lo ocurrido en Iguala”[5]. Es decir: lo ocurrido no es una gran tragedia, sino un evento que ha significado una gran tragedia. La gran tragedia no estriba en el evento, sino en su significación. Lo trágico es lo que el evento significa y no el evento en sí mismo. Casi podríamos decir, a partir de las palabras que hemos citado, que la matanza y desaparición de estudiantes carece de importancia cuando se le compara con lo que ha significado para Peña Nieto. Esta significación es lo único trágico. La tragedia está en lo que el evento ha significado: el desprestigio del presidente, el derrumbe de sus cotas de popularidad y el peligro de la insurrección social y de la resultante interrupción de ese gran proyecto peñista de saqueo y enriquecimiento.

Desrealización

Hay que insistir en que la tragedia, si nos atenemos al discurso presidencial, no es la matanza y desaparición de los normalistas en Iguala, sino lo que estos hechos significan. Es quizá por esto que Peña Nieto, evocando retrospectivamente el mes de septiembre de 2014, reconoce que “nadie advirtió en ese momento”, en el “primer día o el segundo día” después de los hechos, “ni de lo que realmente esto estaba significando, ni del tamaño de la tragedia, ni de la dimensión que esto tenía”, es decir, la “dimensión que vimos fue cobrando”[6]. Como puede apreciarse, el tamaño de la tragedia se equipara con lo que realmente esto estaba significando, con la dimensión que vimos fue cobrando. Esta dimensión y significación ulterior fue la verdadera tragedia para Peña Nieto. Es por eso que el presidente no podía medir el tamaño de la tragedia en los primeros días, aun cuando ya sabía, al igual que todos nosotros, que los estudiantes habían sido masacrados y desaparecidos.

Extrañamente, desde el punto de vista de Peña Nieto, los hechos violentos y sangrientos de Iguala no muestran por sí mismos el tamaño de la tragedia y ni siquiera tienen una significación real. Para ver cuán trágicos fueron y lo que realmente estaban significando, había que esperar y advertir lo que se veía de ellos y se informaba sobre ellos. La visión y la información, Televisa y los demás medios, monopolizan la única significación real, la única realidad que existe para el presidente, la única tragedia que puede ocurrir para él. Más allá de esta realidad mediática, no parece haber ninguna realidad. Los hechos son desrealizados y ceden su lugar de realidad a lo que aparece en la pantalla de televisión, lo más real que lo real, como lo hiperreal de Baudrillard. Llegamos así a la desrealización, es decir, la segunda operación discursiva que hemos identificado en las palabras de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.

El discurso presidencial borra lo real trágico de Iguala. No es en la matanza y desaparición de estudiantes en donde Peña Nieto encuentra lo real y mide lo trágico del asunto. La realidad y el tamaño de la tragedia, para él, sólo pudieron apreciarse ulteriormente, cuando vimos la dimensión que fue cobrando, es decir, en el nivel de lo que se visibiliza, informa y significa. Este nivel mediático, por cierto, es aquel en el que Peña Nieto siempre se ubica. Él mismo lo admite justo después de reconocer que no advirtió la dimensión de la tragedia, cuando agrega cándidamente: “lo digo desde el propio gobierno, los medios de comunicación informando sobre el tema” [7]. Esta aposición identifica el punto de vista de los medios de comunicación con el del gobierno. Por si nos quedaba alguna duda, el mismísimo presidente está reconociendo que los medios y el gobierno están en una misma posición, en un mismo lugar de poder. Son, por así decir, intercambiables.

Televisa y Peña Nieto son prácticamente lo mismo. Sin embargo, para desgracia del presidente, hay otros medios además de los que se confunden con el gobierno. Son esos otros medios, perseguidos y censurados constantemente por la violencia gubernamental, los que han provocado la tragedia al informar y dejar ver lo ocurrido en Iguala.

De hecho, para Peña Nieto, lo que ha ocurrido en Iguala no es la matanza y desaparición de estudiantes, sino su difusión mediática. Digamos que la información es todo lo que ocurre. Podemos entender entonces que al referirse a la matanza y desaparición de estudiantes en una entrevista, Peña Nieto nos diga, en tono inocultablemente despreciativo, “el tema ocurrido en Iguala”[8]. Para el presidente, lo que ocurrió en Iguala fue un simple tema, un tema entre otros, un tema sobre el que se informa, un tema del que se habla, un tema sobre el que se opina, un tema por el que se protesta.

Cuando se afirma que el tema es lo que ocurre, se está negando que lo real haya ocurrido. Se está desrealizando la matanza y desaparición de estudiantes. Es como si este acontecimiento no hubiera ocurrido. Lo que ocurrió quizás haya ocurrido por causa de los hechos sangrientos, pero no es ellos. Digamos que la matanza y desaparición de estudiantes fue tan poco importante para Peña Nieto que ni siquiera es correcto decir que ocurrió verdaderamente.

Quizás haya ocurrido algo con la masacre, pero la masacre, en sentido estricto, no ocurrió. Es lo que nos confirma Peña Nieto cuando admite, en otra entrevista, que el año de 2014 –lo cito– “ha estado marcado por momentos difíciles, particularmente de tragedia, como fue lo ocurrido en Iguala con la desaparición de 43 jóvenes estudiantes”[9]. Una vez más: la tragedia no es la desaparición de los estudiantes, sino lo ocurrido con esta desaparición. O peor aún: lo que realmente ocurrió no fue la desaparición, sino lo que ocurrió con la desaparición. Lo real no fue lo que sucedió en Iguala, sino todo lo que se vino con eso. La desaparición de estudiantes es dejada de lado, menospreciada, negada y desrealizada. La realidad está en otra parte, junto a ella, pero no en ella.

Minimización

Es verdad que Ayotzinapa no siempre es desrealizada en las palabras indiscretas de Peña Nieto. A veces el discurso presidencial reconoce lo real de lo ocurrido, pero minimizándolo. Este proceso discursivo, el tercero del que deseo ocuparme, tiene un carácter predominantemente simbólico, ya que no consiste en una simple extracción de realidad o vaciamiento de contenido, sino que requiere de la inserción de los hechos en una estructura significante que determina la importancia respectiva de cada elemento por sus relaciones con los demás. Será siempre en comparación con otros elementos que algo pueda minimizarse.

En el caso de los hechos violentos de Iguala, el discurso presidencial puede minimizarlos al compararlos con algo tan importante como el desarrollo del país. Este desarrollo se despliega espacialmente en todo México y temporalmente en todo su presente y futuro, mientras que lo ocurrido en Iguala, según las palabras de Peña Nieto, fue sólo un “momento de dolor”[10] que tuvo lugar en únicamente “dos municipios de Guerrero”[11]. ¿Qué importan dos municipios en un país con 2445 municipios? ¿Qué importancia tiene el momento de la desaparición y matanza de los normalistas cuando se piensa en los años de futuro y desarrollo que México tiene por delante?

La minimización de Ayotzinapa, tal como se opera en el discurso de Peña Nieto, sitúa los hechos en un amplio contexto espacial y temporal. Una vez que toda la tragedia se ha reducido a sólo un momento de dolor en sólo dos municipios del país, el presidente puede atreverse a exhortar –lo cito– a “superar este momento de dolor”, agregando: “para asegurar paz, es fundamental asegurar el desarrollo en todo el país”[12]. Es decir: todo el país, con sus 2445 municipios, debe desarrollarse para evitar momentos de dolor como el que ocurrió en sólo dos municipios de Guerrero. Y para que el desarrollo sea posible, hay que superar el momento de dolor. Se establece así una vinculación perversa entre la superación del dolor y el desarrollo del país. Es como si el país tan sólo pudiera desarrollarse al superar el dolor por la tragedia. Es también como si este dolor fuera lo que impide el desarrollo del país.

Cuando Peña Nieto nos habla del desarrollo del país, todos sabemos bien de qué nos está hablando. Se está refiriendo al desarrollo de sus propios negocios y los de sus amigos, la concesión de la obra pública mediante sobornos y licitaciones fraudulentas, la venta lucrativa del patrimonio del Estado, la entrega del subsuelo a grandes compañías mineras y petroleras, el obsequio de mano de obra malbaratada para otros grandes capitales extranjeros. Todo esto es obstaculizado por Ayotzinapa.

Los padres y amigos de los normalistas asesinados y desaparecidos, así como todos los demás que sienten dolor por lo ocurrido, estorban los negocios de quienes se dedican a saquear el país, los estorban al bloquear carreteras, pero también al asustar a los potenciales inversionistas, es decir, a quienes vienen a comprar todos los pedazos de país que el gobierno de Peña Nieto ha puesto a la venta. Este desarrollo es lo impedido por el momento de dolor.

Entendemos que Peña Nieto se impaciente y exhorte a seguir adelante con los negocios, a no detenerse, a superar el momento de dolor, según sus propios términos. Aunque estas palabras hayan producido una gran indignación en el país, la impaciencia del presidente fue aún mayor, y unas semanas después repitió que “este momento en la historia de México” no debía “dejarnos atrapados” y que había que “seguir caminando”[13]. En otras palabras: avanzar, no distraerse, continuar avanzando con los asesinos, llevándolos sobre nuestras espaldas, y dejar a los muertos a la orilla del camino. Después de todo, según Peña Nieto, no se trata más que de un pequeño momento en la gran historia de México.

Instrumentalización

Desde luego que podríamos replicarle a Peña Nieto y explicarle que la historia de México está hecha de momentos y sólo de momentos. Pero él nos respondería que hay momentos que sólo corresponden a etapas que nos conducen a un destino y que este destino es lo verdaderamente importante. Lo que importa es el éxito de los negocios de la clase representada por el presidente. Para llegar a este futuro de felicidad, hay que pasar por algunos momentos de dolor. Ayotzinapa es uno de ellos.

De hecho, según ciertas palabras de Peña Nieto, es como si debiéramos pasar por la matanza y desaparición de estudiantes en Iguala para poder continuar adelante. O mejor dicho: la tragedia sirve para llegar a nuestro destino. En este caso, ya no se trata de la simple minimización de Ayotzinapa, sino de su instrumentalización, la última y más maliciosa de las operaciones discursivas a las que deseo referirme.

Los hechos de Iguala son instrumentalizados, en efecto, cuando Peña Nieto nos llama a hacer de ellos –lo cito– “una oportunidad para reconducir, para reforzar y fortalecer nuestras instituciones de seguridad pública, de procuración de justicia”[14]. No deja de ser paradójico, desde luego, que la matanza y desaparición de estudiantes sean instrumentalizadas para fortalecer y reforzar a las mismas instituciones que mataron y desaparecieron a los estudiantes. Es profundamente paradójico, pero no es por ello menos revelador. Y lo que nos revela resulta estremecedor. Hay que reforzar y fortalecer a quienes cometieron el crimen. Hay que darles más fuerza con la que seguirán cometiendo crímenes, quizás precisamente porque los crímenes pueden ser instrumentalizados y posibilitar a su vez más crímenes, y así sucesivamente.

El sistema que nos gobierna tiene una organización tan efectiva, como crimen organizado, que funciona en circuito cerrado y se reproduce constantemente a sí mismo al reproducir incesantemente su propia criminalidad. Tan sólo esto puede permitir que las instituciones criminales sean premiadas en lugar de ser castigadas por su crimen. Peña Nieto, en efecto, no aprovecha el crimen para investigar, limpiar e incluso disolver las criminales instituciones de seguridad pública, sino que lo instrumentaliza para fortalecerlas. Evidentemente se requiere de cada vez mayor fuerza para los militares y policías represivos que protegerán el desarrollo de ese negocio millonario al que Peña Nieto le da el nombre de México. Este fin justifica todos los medios.

Como nos lo dice el presidente, “debemos tener la capacidad de encauzar nuestro dolor e indignación hacia propósitos constructivos”[15]. También el dolor y la indignación deben ser encauzados propositivamente, es decir, utilizados, rentabilizados, instrumentalizados, explotados, como todo lo demás en la sociedad y en el país. Nada puede escapar a la explotación por el sistema con sus propósitos constructivos. ¿Constructivos de qué? Peña Nieto no deja de repetirlo: constructivos de carreteras, puentes, puertos, minas, pozos, oleoductos, fábricas, almacenes y otros medios para seguir saqueando el país y para seguir generando así cada vez más riqueza para unos pocos a costa de cada vez más pobreza para la gran mayoría de la población, como lo confirman todos los datos económicos.

El discurso de la organización criminal capitalista

La economía de saqueo, de enriquecimiento y empobrecimiento, es evidentemente una economía capitalista. Y gracias al gobierno ultra-liberal de Peña Nieto, el capitalismo se libera de todas las trabas, se vuelve todopoderoso y puede actuar de la manera más cruel, salvaje, asesina. El crimen organizado se torna forma de gobierno y puede hablarnos públicamente a través del Presidente de la República. Sabemos que Peña Nieto es portavoz de los narcos y los demás empresarios criminales del país. Las voces de todos ellos resuenan en el discurso presidencial.

Cuando Peña Nieto minimiza o instrumentaliza la matanza y desaparición de estudiantes, su voz es la de aquellos criminales que ofrecen justificaciones y circunstancias atenuantes para sus crímenes. Lo mismo ocurre con la desrealización y formalización de los hechos de Iguala. Si el presidente fuera totalmente inocente de lo que se le acusa, ¿por qué se esforzaría en vaciarlo de realidad y de contenido?

Una vez que los hechos se reducen a un simple tema o a una pura información, ¿a quién vamos a culpar de lo ocurrido? Quizás a quienes informan o tematizan, a los periodistas y a los activistas, pues ellos son los únicos responsables de la tragedia temática e informativa, que es, como hemos visto, la única tragedia para Peña Nieto y para su organización criminal capitalista, la tragedia que estorba sus negocios al dañar nuestra imagen en los escaparates del mercado, al espantar a los compradores en el remate de nuestro país, al entorpecer el saqueo y retrasar la marcha triunfal del capitalismo salvaje. En cuanto a los militares y los policías, ellos no son causantes de nada trágico desde el punto de vista presidencial. Ellos tan sólo matan y desaparecen a estudiantes. ¿Pero acaso no es lo que se les ordena? Su función es neutralizar cualquier peligro y retirar cualquier estorbo para facilitar y asegurar la libre circulación del capital y de sus diversas mercancías, ya sean drogas o minerales, cosas o personas, materias primas o productos manufacturados.

El Ejército Mexicano y las Policías Federales, Estatales y Municipales, no son más que obedientes esbirros y sicarios del capitalismo y de su Estado. Tan sólo cumplen con su obligación de proteger la gran organización criminal encabezada por el Presidente de la República. Lo hacen muy bien, derramando mucha sangre, y es por eso que deben tener más fuerza, cada vez más fuerza. Cuando Peña Nieto reconoce esto último, sabemos bien qué y quiénes hablan por su boca. Es el capitalismo. Son los capitalistas.

[1] Peña Nieto, E. “Peña Nieto: no cabe la impunidad en la agresión sufrida por normalistas”, 6 de octubre 2014, La Jornada, consultado en http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/10/06/ni-201cel-mas-minimo-resquicio201d-de-impunidad-ofrece-pena-2102.html

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Peña Nieto, E. “Por concluir, año de claroscuros para México, afirma Peña”, La Jornada, 18 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/18/politica/017n1pol

[5] Peña Nieto, E. “Entrevista por Jorge Fernández”, Presidencia de la República, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-jorge-fernandez/

[6] Peña Nieto, E. “Entrevista por Adela. Enrique Peña Nieto: Admito que México enfrenta una situación de desconfianza”, Presidencia de la República, 3 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-adela-enrique-pena-nieto-admito-que-mexico-enfrenta-una-situacion-de-desconfianza/

[7] Ibíd.

[8] Peña Nieto, E. “Entrevista por Carlos Marín. Enrique Peña Nieto: México ha tenido un 2015 muy difícil, Presidencia de la República”, 10 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-carlos-marin-enrique-pena-nieto-mexico-ha-tenido-un-2015-muy-dificil/

[9]   “Entrevista por Óscar Mario Beteta. Radio Fórmula. Enrique Peña Nieto: Avances en la primera mitad de la administración”, Presidencia de la República, 7 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-oscar-mario-beteta-radio-formula-enrique-pena-nieto-avances-en-la-primera-mitad-de-la-administracion/

[10] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[11] Peña Nieto, E. “Prevalece violencia en tres estados: EPN”, El Universal, 14 de febrero 2015, http://m.eluniversal.com.mx/notas/nacion/2015/prevalece-violencia-en-tres-estados-epn-223273.html

[12] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[13] Peña Nieto, E. “Pena no debe paralizarnos: Peña Nieto”, Excélsior, 28 de enero 2015, consultado en http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/01/28/1004990

[14] Peña Nieto, E. “Peña Nieto pide a gobernantes asumir responsabilidades en seguridad”, Notimex, 18 de diciembre 2014, http://www.notimex.com.mx/acciones/verNota.php?clv=222284

[15]  Peña Nieto, E. “Peña afirma que comparte la exigencia de justicia por la barbarie en Iguala”, La Jornada, 16 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/16/politica/007n1pol

¿Qué personifica Peña Nieto? Una elucidación marxista lacaniana

Intervención en el marco de una presentación del libro Elementos políticos de marxismo lacaniano (México, Paradiso, 2014), el 5 de septiembre 2015, en la Universidad Latina de Cuernavaca, Morelos, con Alejandro Madrid y Josué García

David Pavón-Cuéllar

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Napoleón el pequeño

La Revolución Francesa de Febrero de 1848 parecía reproducir la de 1789. El período revolucionario de 1848 a 1851 terminó con la entrada en escena de Luis Bonaparte, el sobrino de Napoleón, y con su golpe de estado del 2 de diciembre de 1851, que se inspiró del golpe de su tío, el del 18 Brumario de 1799. Finalmente llegó el Segundo Imperio que intentaba ser tan glorioso como el Primero.

Luis Bonaparte se coronó emperador y se convirtió en Napoleón III. Buscó la manera de ser tan grande como su tío Napoleón I, pero no lo consiguió. Es por eso que Víctor Hugo lo llamó Napoleón el pequeño, Napoléon le petit, en su despiadado panfleto del mismo nombre, que le valió a su autor el exilio en la dependencia británica de Jersey. En 1852, el mismo año en que apareció el panfleto de Víctor Hugo, Karl Marx analizó los mismos acontecimientos históricos en su 18 Brumario de Luis Bonaparte. Conocemos el famoso principio de esta obra: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces, pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa” (Marx, 1852, p. 10). Y leemos un poco más adelante: “el sobrino por el tío, ¡y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!” (p. 10).

Para Marx, al igual que para Víctor Hugo, las intrigas de Napoleón III son una caricatura de las hazañas del auténtico Napoleón, el original, el primero. Lo que era una tragedia se convierte en una simple farsa. El mismo Napoleón III, Napoleón el pequeño, tan sólo puede parodiar a su tío Napoleón I, Napoleón el Grande.

Salinas el pequeño

Cuando se vive en el México actual y se lee todo lo que Marx y Víctor Hugo escribieron sobre Luis Bonaparte, no es fácil resistirse a la tentación de extrapolarlo todo al régimen de nuestro presidente Enrique Peña Nieto. Sería justo describir su gobierno con exactamente las mismas palabras que usó Marx (1852) al retratar el imperio de Napoleón III: “en la corte, en los ministerios, en la cumbre de la administración y del ejército, se amontona un tropel de bribones, del mejor de los cuales puede decirse que no sabe de dónde viene, una bohème estrepitosa, sospechosa y ávida de saqueo” (p. 116). El mismo Peña Nieto nos recuerda irresistiblemente a Napoleón III por su ambición y su deshonestidad, por su mediocridad y su insignificancia. También se antoja darle el nombre de Salinas el pequeño al compararlo con aquel antecesor de triste memoria. Pero evidentemente deberían guardarse aquí las proporciones. Habría que llevarlo todo a la escala de los microorganismos de la historia.

Salinas de Gortari, por su carácter bajo y miserable, ya era un personaje insignificante, prácticamente inexistente en la historia, y obviamente más pequeño que un grano de polvo cuando lo medimos junto a una figura como la de Napoleón. Pero Enrique Peña Nieto es aún más pequeño. Es como un virus cuando lo comparamos con el microbio Salinas. ¿Por qué no afirmar entonces que somos gobernados por Salinas el pequeño?

Los hechos de nuestro nuevo Salinas aparecen también como una farsa cuando los comparamos con la tragedia salinista. Sin embargo, al decir que son una farsa, no quiero decir que sean menos graves y menos sangrientos. De hecho, en mi opinión, el elemento de farsa es un agravante para la tragedia. Ya no sólo es trágico lo que ocurre en México. Los mexicanos ya no sólo son oprimidos y reprimidos, sino risiblemente denigrados, ofendidos, vilipendiados. Ahora sufrimos lo que Marx (1852) vislumbró en la Francia de Napoleón III, la “deshonra”, la “pusilánime desesperación”, el “sentimiento de la más inmensa humillación y degradación” (p. 106). El gobierno peñista, exactamente como el de Napoleón III, “se ha vuelto a la par asqueroso y ridículo” (p. 117).

El gobierno de Peña Nieto imprime una tonalidad torpe y chusca, pero también sórdida y bochornosa, a la destrucción de nuestro país. Digamos que no sólo destruye, sino que lo hace de un modo tonto y grotesco, humillante lo mismo para el destructor que para lo destruido. Su partido, el nuevo PRI, no sólo es tan corrupto y represivo como el viejo PRI, sino que ha perdido lo poco de grandeza que le quedaba y ha revestido una forma caricaturesca y además obscena y soez, de muy bajo nivel. Gentuza como el mafiosillo Manlio Fabio Beltrones y el inepto Enrique Peña Nieto habrían avergonzado a su partido en otros tiempos, y no habrían pasado seguramente de puestos inferiores estatales o municipales reservados para pequeños rufianes impresentables.

Pequeñez intrínseca de Peña Nieto

Podemos decir, como lo decía Víctor Hugo (1852) sobre Napoleón III, que Peña Nieto es un “tirano pigmeo”, que no puede ser “dictador” sin ser “bufón”, y que “aunque esté cometiendo crímenes enormes, seguirá siendo mezquino”, lo que nos impedirá compararlo con los “grandes bandidos de la historia” (pp. 233-234). Por más grande que sea el mal que haya hecho y siga haciendo, nuestro presidente es un pequeño malhechor. El peñismo es intrínsecamente pequeño.

Como también lo explicaría Víctor Hugo (1852) sobre Napoleón el pequeño, Salinas el pequeño “rechaza desde lo más profundo de sí mismo cualquier grandeza” (p. 234). ¿Pero por qué este rechazo constitutivo a la grandeza? Una de las razones principales, pero no la principal, nos la indica Lacan precisamente al ocuparse de la grandeza de Napoleón. Siguiendo el razonamiento lacaniano, Enrique Peña Nieto sería esencialmente pequeño por creerse grande, así como Napoleón III estuvo condenado a la pequeñez por partir del supuesto de su grandeza, y así también como Napoleón fue grande mientras no lo supo, es decir, mientras fue Bonaparte y no exactamente Napoleón. Como lo observa Lacan (1946), si Napoleón “se creyó Napoleón, fue tan sólo en el momento en que Júpiter decidió perderlo” (p. 170).

Hay que tener cuidado con el espejo de la autoconciencia, no exactamente porque miente, sino porque se encarga de convertir en imaginario todo lo que refleja. Encerrado en la casa de espejos del poder, totalmente rodeado por una masa cóncava de lambiscones que le proyectan su pequeñez engrandecida, Peña Nieto se cree grande y así asegura su pequeñez. Éste es un resultado inevitable de nuestro presidencialismo típicamente mexicano. Una vez en la Residencia Oficial de Los Pinos, el presidente no deja de contraerse cada vez más a través del monólogo que mantiene con su reflejo multiplicado por el número de cortesanos con los que se relaciona.

Es como si Peña Nieto estuviera solo. Únicamente se ve a sí mismo en el rostro de cada uno de sus semejantes. Cada uno le confirma la buena opinión que tiene sobre sí mismo, pero también le confirma todo lo que sabe hasta el punto de hacerle creer que es todo lo que hay que saber. Peña Nieto acaba estando seguro de que sólo existe lo que sabe, su ínfimo saber, que radica en su poder, en saber ejercer el poder, que es el único saber del viejo amo en Lacan.

El poder y el saber absoluto de Peña Nieto

Hay que decir que Peña Nieto no es un amo del nuevo estilo universitario y tecnocrático. No es un estadista o déspota ilustrado. No está en una posición moderna de saber como la ocupada por Salinas, doctor de la Universidad de Harvard, con su desconcertante corte de intelectuales críticos.

Ningún verdadero intelectual desea rebajarse actualmente al nivel de nuestro presidente. La mala relación de Peña Nieto con el saber se dejó ver desde un principio, durante su visita a la Universidad Iberoamericana, y luego en su progresivo distanciamiento con respecto a los sectores académicos, intelectuales y estudiantiles del país. El saber no ha sido más que un obstáculo en la marcha triunfal de quien llegó al poder por el poder, por la obediencia y la sumisión, pero también por la ignorancia.

Nadie sabe prácticamente nada en el círculo más estrecho de Peña Nieto. Sus altos funcionarios sólo saben lo mismo que él sabe, ejercer el poder, lo que implica obtener los recursos necesarios para ejercer el poder, principalmente recursos económicos, pero también otros valiosos recursos simbólicos, entre ellos las influencias, las complicidades, las intrigas, los secretos guardados, los favores debidos y hasta los terrores provocados. A falta de otro saber, sólo reina el saber específico del poder en tiempos capitalistas: el saber enriquecerse, el saber transformar la riqueza en poder, el saber transformar el poder en más riqueza. Este saber adquiere un carácter absoluto para Peña Nieto y para sus semejantes. Para ellos, como para aquellos a quienes sirven, el saber del capitalismo termina confundiéndose con el saber del mundo entero. El mundo se vuelve sólo capitalista. El capitalismo abarca todo el mundo. Todo tiene su lugar en el mercado. Todas las cosas y personas pueden comprarse y venderse. Todo tiene un precio para quien jamás ha puesto un pie fuera de aquel gran Centro Comercial con el que ha confundido el mundo.

Peña Nieto sonriendo en el espejo

Todo le da la razón a Peña Nieto. Únicamente lo rodean clientes y vitrinas, mercancías y mercaderes, como si no hubiera nada más en el mundo. Su entorno está hecho a su escala. Secundado por un amplio grupo de empresarios y funcionarios tan ávidos y corruptos como él, Peña Nieto vende el país después de haber comprado la presidencia. Compró votos y ahora compra lealtades, elogios y silencios mientras vende gubernaturas, contratos y concesiones. Gobernar es negociar. Y lo gobernado es también un conjunto de negocios. Todo se compra y se vende en el gran mercado mexicano. Todo pasa por el intercambio lucrativo, con regateo, pero sin licitaciones. Todo ocurre como previsto. Las masacres y las protestas de la prole también estaban previstas. No son más que el fondo borroso que apenas consigue transparentarse tras la sonriente imagen en el espejo. En lo que importa, en el primer plano del espejo, nadie estorba ni contradice ni sorprende al pequeño Salinas.

El triunfalismo presidencial, casi delirante, se explica en parte por la autocomplacencia del amplio grupo en el poder. Los altos funcionarios y servidores públicos están de acuerdo y felices con su mandatario. Están identificados con él y entre sí. Aparecen tan pequeños como él y quieren lo mismo que él. Y aun cuando no son de su partido, son de su partido. Son priistas. Ya no hay más que priistas.

Como buenos priistas, los panistas y los perredistas firmaron el Pacto por México. Hicieron como si creyeran en esa ilusión de consenso, de cohesión y unidad, que recubría como un velo imaginario la dislocación del país. ¿Pero cuál dislocación? Hay quienes imaginan que todo se reduce a las pequeñas riñas del Congreso de la Unión. Y aquí, en este sucio rincón del espejo, todos los diputados se parecen, incurren en los mismos vicios, quieren el mismo trofeo y es por eso que terminan arrancándoselo con golpes altos y bajos. Ellos demuestran que Peña Nieto es uno entre otros, que somos los mismos a pesar de nuestras divisiones intestinas, y que nadie verdaderamente se distingue ni disiente de los demás. Nadie quiere perder su parte del botín. A nadie se le ocurre ser honesto y proferir una verdad que perturbe la armonía institucional de la mentira.

A nadie le pasa por la cabeza denunciar lo que está pasando y mostrarse mejor persona que el presidente. Peña Nieto puede verlo y comprobar así que nadie es mejor que él. Todos resultan ser al final tan despreciables, corruptos y mezquinos como él. Pero él es el presidente, el de arriba, el que triunfó sobre todos los demás. Es el mejor de sus semejantes, y para él, todos son sus semejantes, pues no ve a nadie más a su alrededor que no lo sea, y los ha conocido a todos, los ha comprendido.

Peña Nieto en lo imaginario

Hemos llegado al centro de la reconfortante lógica de lo imaginario. Uno puede comprenderlos totalmente a todos, como si todos fueran en el fondo como uno mismo, tan despreciables, corruptos y mezquinos como uno mismo. Al igual que uno, sólo quieren enriquecerse, pero no lo consiguen porque no son tan hábiles como uno. Así es en el fondo… ¿Pero cuál fondo? ¡No hay aquí más fondo que el proyectado en la superficie de imagen especular! No hay aquí más realidad que la imaginaria: la desplegada en la pantalla plana de televisión. El maquillaje se ha confundido con lo maquillado. El país aparece reducido a su espectáculo en el poder.

México termina siendo el del pacto por México. ¿Acaso nuestros colores, los de nuestra bandera, no son los mismos del tricolor y de la banda presidencial? ¿Y no era previsible que tuviéramos el gobierno que nos merecíamos? ¿Quién finalmente se vendió por despensas de Soriana? ¿Qué lo distingue del comprador?

¿Qué distingue al tirano de su pueblo? De pronto, en lo imaginario, pareciera que las cosas encajan perfectamente, que deben ser como son, que todos somos como Peña Nieto y que nos vemos reflejados en él con todo lo que nos avergüenza de nosotros. El gobernante aparece tan pequeño como sus gobernados, tan humano como ellos, tan errático e imperfecto como cualquier ciudadano, tan demacrado como cualquiera, tan digno de compasión como cualquier enfermo. Sus equivocaciones cotidianas lo aproximan a nosotros y hasta puede ser que lo hagan parecer más confiable al crear la ilusión de sinceridad y espontaneidad. Es como si fuera uno de nosotros. Nos vemos reflejados en él. Podemos confirmar así que es uno de nosotros, nuestro digno representante, pero sólo digno por indigno.

Quizás incluso aceptemos lo peor de nosotros al verlo reflejado sobre nuestro presidente. Nos identificaremos con eso que dejará de repugnarnos cuando lo veamos aparecer en el espejo. Esto es lo más peligroso: que nos identifiquemos con todo aquello que Peña Nieto personifica ante nosotros. Después de todo, si lo personifica, es teóricamente porque nos representa.

Debemos reconocer, avergonzados, que el gobierno de Peña Nieto de algún modo representa lo que somos. Casi podríamos decir que hay algo priista que nos atraviesa y que reviste diferentes formas en cada uno de nosotros. Para uno será imperativo de goce, de lucro y abuso, de violencia y despotismo, pero para el otro será convicción de insignificancia, incapacidad e indignidad. ¡Quizás uno deba demostrar de modo retroactivo, en una suerte de acto fallido, que sus verdaderos triunfos han sido en algún sentido tan fraudulentos como los de nuestros presidentes en las elecciones y en sus gobiernos! Otro más deberá someterse al espejo al corromperse, al venderse, al engañar al prójimo o al ejercer el poder tal como se nos ha enseñado en la escuela priista de Tlatelolco, Acteal, Atenco, Tlatlaya e Iguala.

El caso es que el poder no sólo se nos enfrenta por fuera, sino que nos desgarra por dentro, nos escinde, ya sea como la instancia del ideal o del superyó en Freud (1923), o como el Estado internamente desgarrador en la Cuestión Judía de Marx (1844). En ambos casos, habrá que admitir que somos también cada uno de nosotros, como ciudadanos, lo encarnado por el tirano. Por más imaginario que sea, lo somos y sentimos que lo somos. Lo mejor que puede ocurrirnos entonces es precisamente sentir que lo somos hasta el punto de que nos avergüence.

Escribiéndole a Ruge, Marx (1843) define la vergüenza como una “cólera replegada sobre sí misma” y no duda en ver en ella el factor desencadenante de una especie de “revolución” (p. 441). La vergüenza es el primer paso para liberarnos de lo que nos avergüenza, pero no porque dejemos de serlo, sino porque entenderemos, a fuerza de repudiarnos, que no estamos en lo que somos, que estamos condenados a existir libremente fuera de lo que repudiamos de nosotros, que nos encontramos descentrados con respecto a nuestro ser y su fracción personificada por el tirano. Estamos fuera de lo vergonzoso. Es por esto que nos avergüenza.

Peña Nieto en lo simbólico

La vergüenza nos permite salir del espejo y reconducir el problema de Peña Nieto al plano simbólico. Vemos entonces desvanecerse la vergonzosa representación imaginaria del presidente mexicano. Tendría que ser fácil convencernos de que no nos representa. Si efectivamente nos representara, ¿por qué nos traicionaría, por qué malbarataría nuestro país y sus recursos naturales, por qué actuaría en contra de nuestros intereses, por qué trabajaría para nuestros peores enemigos?

Como cualquier otra figura simbólica, Peña Nieto sólo está en lugar de lo que pretende representar, pero no lo representa realmente. No lo presenta en su ausencia. No lo expresa ni lo manifiesta ni lo significa de ningún modo. Percatarnos de esto es fundamental para liberarnos de lo que pretende representarnos, de lo priista que nos atraviesa y enajena, de su imperativo de goce y de su destino de muerte. Ciertamente somos todo esto en algún sentido, pero al mismo tiempo no lo somos, y es por esto que podemos atravesarlo sin dejarnos atrás. No debería ser preciso recordar que los franceses no se perdieron al guillotinar a Luis XVI, así como los mexicanos tampoco se exiliaron de sí mismos cuando el Ypiranga zarpó de Veracruz el 31 de mayo de 1911.

Ahora queremos recobrar una parte de nosotros al erigir una estatua en Orizaba y al repatriar los restos del buen dictador, como si el Estado y su cabeza representaran algo más que nuestro ser enajenado y su poder al servicio de la clase dominante. La fórmula de Marx sigue siendo vigente, al menos en México, en donde nadie ignora que el gobierno peñista se encuentra completamente subordinado a Televisa, el Grupo Higa y otras cabezas de la gran hidra capitalista, incluidas las del crimen organizado. Si Peña Nieto posee alguna representatividad, es porque representa al capitalista, el cual, a su vez, como lo sabemos por Marx (1867), representa el capital.

Digamos que el capital es personificado por el capitalista que se ve representado por el presidente Peña Nieto que debe reencarnar a su vez en una cascada multitudinaria de funcionarios que descienden hasta el nivel de los granaderos que golpean a los manifestantes. Estos policías obedecen indirectamente al presidente de la misma forma que el presidente obedece directa o indirectamente a sus patrones en el mundo criminal y empresarial. Sin embargo, si remontamos toda la jerarquía del poder para ascender hasta el amo absoluto, no llegaremos a Slim ni a ninguna otra persona viva, sino hasta una cosa muerta, el capital, el dinero, aquel significante cuyo poder extraordinario, según Lacan, estriba precisamente en su capacidad para no representar nada preciso.

Hay buenas razones para conjeturar que el capital y su lógica rigen de algún modo, al menos en última instancia, el papel interpretado tanto por el presidente Peña Nieto como por sus patrones y subordinados. No quiero decir, desde luego, que todo lo hecho por estos personajes esté determinado únicamente por un afán de lucro. Hay que reconocer, empleando los términos althusserianos, que existe una compleja sobredeterminación que proviene de otros factores simbólicos y que no deja de imbricarse con la determinación económica en última instancia.

Lo que sí pretendo es que sólo podemos explicar satisfactoriamente las decisiones, acciones y aserciones de Peña Nieto y de sus semejantes al admitir que el capital opera en ellas como causa primera y además inmanente en el sentido spinozista, es decir, subsistente en todos sus efectos y los efectos de sus efectos. Desde este punto de vista, el elemento causal capitalista resulta decisivo en todos los hechos y gestos de nuestro gobierno y de la intrincada red empresarial-criminal de la que forma parte. Sin embargo, aunque el capitalismo esté siempre operando, sabe disimularse en sus propias operaciones. La enormidad de la destrucción capitalista se esconde tras la pequeñez de nuestro presidente. Su pequeñez es su grandeza. Salinas el pequeño se nos muestra grande al impedirnos ver ese gran capital que se apodera de lo que somos y tenemos.

La más despiadada explotación puede pasar desapercibida cuando se cuenta con un gran distractor como el pequeño Peña Nieto. La causa desaparece detrás de sus efectos. El gran problema del capitalismo se pierde de vista entre las espesas intrigas cortesanas de la corte neoliberal con sus problemas puntuales, como el mal gusto de la paloma, la ignorancia del presidente, su baja estatura o sus conflictos de pareja. Las personas pueden servir para olvidar las cosas. Los hechos también pueden utilizarse para esconder el fondo de los hechos. Es así como el meollo del crimen organizado se oculta en la cortina de humo del mismo crimen organizado.

El capitalismo se recubre con el manto de sus consecuencias psicológicas, individuales, delincuenciales, sociales, institucionales, culturales, ideológicas y políticas. Al decir esto, no estoy sugiriendo tampoco de ningún modo que la significación de cualquier hecho y gesto sea económica de tipo capitalista. Para empezar, el capital no puede ofrecernos una significación porque no es en sentido estricto una idea, un concepto, un significado, sino un significante no menos opaco e ininteligible que los demás significantes que remiten a él. Quizás incluso podamos concebir el dinero en general como el más opaco e ininteligible de todos los significantes, precisamente por ser el más poderoso y el más puro, “el más destructor de cualquier significación”, como bien lo apunta Lacan (1956) en su Seminario sobre la carta robada (p. 37).

Lo que intento decir es que todas las decisiones, acciones y aserciones de Peña Nieto y de sus semejantes remiten de algún modo al dinero o al capital, a la ganancia capitalista, como significante-amo, amo de Peña Nieto y de cualquiera de sus representantes, amo de cualquier amo, poder fundamental que subyace a cualquier otro poder en el sistema político-económico mexicano. Este poder, insistamos, no es el de un sujeto ni el de alguna idea o concepto o significado, sino el de un significante, el de un símbolo, el de una causa material, el de una cosa visible, tangible, sensible como una moneda o un billete o una cifra, pero absolutamente ininteligible, inconsciente.

De pronto pareciera que una simple cosa es todo lo personificado por la persona de Peña Nieto. La persona está dominada por la cosa. Es la cosa la que nos gobierna. El mismísimo presidente sólo es un esclavo del capital. Si buscáramos un atenuante para todos sus crímenes, alegaríamos que él también se ha vendido y sometido al mismo capitalismo al que nos ha vendido y sometido a todos.

Peña Nieto en lo real

El Estado peñista, como cualquier otro Estado corrupto ultra-liberal totalmente subordinado al capitalismo salvaje, le da todo el poder a la cosa capitalista, al dinero puramente cuantitativo y a sus innumerables expresiones cualitativas en las mercancías. Estas cosas toman el poder y lo ejercen tiránicamente sobre las personas. Todos tenemos que dejarnos esclavizar para permitir la única libertad inherente a cualquier liberalismo económico, no una libertad de las personas, sino una libertad de las cosas, su libertad de comercio, competencia y de circulación.

Las cosas son aquellas para las que gobiernan Peña Nieto y sus funcionarios. Sus decisiones tan sólo favorecen a las cosas y especialmente a sus cosas. En cuanto a las personas, tan sólo sirven para producir cosas, extraerlas, ensamblarlas, empacarlas, cargarlas, cuidarlas, intercambiarlas. Todo gira en torno a las cosas y especialmente en torno al dinero, la cosa de las cosas, la cosa por excelencia, la cosa puramente simbólica por la que existen todas las demás cosas.

Todas las cosas existen por el dinero porque todas terminan siendo mercancías que tan sólo merecen existir para generar una ganancia monetaria. Ésta es la teleología capitalista. En ella, como es lógico, el capital sí que goza de todos los derechos que se les niegan a las personas.  ¿Qué mejor ilustración de la primacía del significante sobre el sujeto?

Sometido al capital, el sujeto acaba siendo proletarizado. Su vida es explotada como fuerza de trabajo del sistema capitalista en sus sectores agrario, extractivo, industrial y comercial, pero también administrativo, represivo, profesional, intelectual, académico, tecnológico y científico. Los diversos discursos del poder no pueden articularse, en efecto, sin explotar nuestra vida como fuerza de trabajo enunciativo. Nuestra vida es necesaria para producir los músculos espirituales de la riqueza y no sólo su esqueleto material. Tanto el sistema capitalista como su Estado y sus aparatos ideológicos necesitan explotar nuestra vida como fuerza de trabajo. En todos los casos, nuestra fuerza explotada es la condición necesaria de nuestra opresión.

Imposible oprimirnos en lo simbólico sin explotarnos en lo real. Esta explotación permite producir ese mismo capital que se verá personificado primero por Azcárraga y los demás patrones capitalistas de Peña Nieto, luego por él mismo y finalmente por todos sus subalternos. Todos ellos gozan de nuestra propia renunciación al goce. Todos ellos tienen el poder que obtienen de la explotación de nuestra fuerza de trabajo. Su poder es el de nuestra fuerza de producción, reproducción, conservación, represión, enunciación, justificación, legitimación, votación, aceptación, sumisión.

También requerimos de nuestra fuerza para someternos. A falta de fuerza, ¿cómo cargar sobre nuestros hombros el mismo trono que hemos fabricado? Ahora como en tiempos de La Boétie (1548), hace quinientos años, la tiranía sigue oprimiéndonos con todo el peso de nuestra propia fuerza.

Nuestra fuerza es la fuerza del poder. Nuestra sangre es el sustento real del capital con su “sed vampiresca de trabajo vivo”, según la famosa expresión metafórica de Marx (1867) en El capital (p. 200). Digamos que nuestra sangre es el combustible de la máquina capitalista, pero también, aquí en México, es el resto sangriento que se pierde y que escurre por las aceras y las alcantarillas. Es lo que pasa con lo que no puede explotarse. Al no ser explotable o al resistirse a su explotación, resulta inservible, prescindible, descartable, como gran número de indígenas y de otros marginados. Pero también ocurre que se trate de algo que impide la explotación, que rompe o atasca los dientes y engranes de la gran máquina. Entonces hay que eliminarlo. Es el momento de la represión. Éste es el último aspecto real de Peña Nieto al que deseo referirme. Es la huella sangrienta del asesino.

Sabemos que las personas terminan siendo sacrificadas cuando se les ocurre obstaculizar la marcha triunfal del dinero. Ya son decenas de miles de víctimas del capitalismo salvaje personificado por Peña Nieto y constituido por esa inmensa e intrincada red criminal que incluye lo mismo el tráfico de drogas que los tráficos de influencias, órganos, sobornos, favores, recursos naturales y mano de obra barata. El tráfico debe ser fluido. No debe impedirse la circulación de ningún modo. Si alguien se atraviesa en la marcha de las cosas, en los negocios o en la autopista, se le debe quitar de en medio.

Los estorbos humanos son desplazados, arrollados, asesinados, triturados o desaparecidos. Muchas veces mueren a manos de los representantes directos de Peña Nieto. Conocemos bien los tentáculos represivos del gobierno peñista, ya sean militares, policías, paramilitares o sicarios federales, estatales o municipales. Sabemos también cómo se han dedicado a perseguir, amenazar, violar, torturar o matar estudiantes, periodistas, activistas sociales y otros sujetos a los que se les ha ocurrido estorbar sus negocios. Aun en aquellos casos en los que los homicidas no son representantes directos de Peña Nieto, ya sabemos que representan a sus socios o favorecidos, y siempre, en última instancia, representan lo mismo que el presidente representa, el mismo capitalismo salvaje, el mismo sistema asesino que lo mantiene en el poder.

La violencia mortífera también forma parte de lo personificado por Peña Nieto. Digamos que el presidente no sólo nos remite al capital que representa, sino también al precio real de tal representatividad simbólica. Peña Nieto es también el nombre de este goce de lo que representa, lo que nos ha costado lo que personifica, lo que ha supuesto para nosotros. Es aquí en donde hay que situar el horror de Tlatlaya, Ayotzinapa y la Narvarte, así como los ríos de sangre que no dejan brotar de ese crimen organizado cuya cabeza más visible es precisamente la de nuestro presidente.

La cabeza de Peña Nieto

Es extraño que la cabeza de Peña Nieto no haya caído como cayó recientemente la de Otto Pérez Molina. El caso guatemalteco de La Línea no me parece más grave que el de la Casa Blanca. La evidente corrupción de nuestro presidente y su equipo debería merecer el mismo desenlace. Todos saldríamos favorecidos.

El gesto simbólico de la decapitación, como se ha mostrado más de una vez en la historia, puede resultar necesario para liberarse de aquello que no deja de insistir con su goce mortífero. ¿Qué objeto será el que vemos caer en el momento en el que rueda por el suelo una cabeza coronada? Tal vez debamos recordar aquí la fórmula general “decapitar = castrar” que Freud (1922) propone al entender “el terror a la Medusa” como un “terror a la castración” (p. 270).

Quizás estemos aterrados ante la perspectiva de liberarnos. Y puede ser que aquí haya efectivamente algo del orden preciso de la castración. Pensemos en todo lo que de pronto puede elaborarse y organizarse en un pueblo que logra descabezarse. Lo más lejos a lo que llegamos en esta dirección, fue quizás a deshacernos de un tal Porfirio Díaz, pero ahora, en un extraño acto regresivo, queremos recuperar sus restos, como si no pudiéramos aceptar la falta de aquello que representa.

Seguimos aferrándonos a lo que se esconde tras las máscaras de nuestros déspotas. Hay algo ahí, en esas cabezas, que nos impide cortarlas, aun cuando sabemos que lo merecen y que lo necesitamos. Ya he sugerido la hipótesis de que tememos perdernos al perder eso en lo que indiscutiblemente está implicado nuestro propio ser. También señalé que el aspecto vergonzoso de Peña Nieto podría cambiarlo todo si es que nos hiciera aceptar la falta de lo que pretende ofrecer. Como ya lo presintió Marx (1852) al ocuparse del no menos vergonzoso imperio de Napoleón III, “la parodia del imperio era necesaria para liberar a la masa de la nación francesa del peso de la tradición” (p. 113).

Marx acertó y Napoleón III fue el último de los monarcas despóticos de Francia. Tal vez Peña Nieto sea el último de nuestros dictadores perfectos. O quizás necesitemos de un poco más de vergüenza para deja caer lo que no dejamos de arrastrar.

Referencias

Freud, S. (1922). La cabeza de la medusa. En Obras completas. Volumen XVIII (pp. 270-271). Buenos Aires: Amorrortu, 1996.

Freud, S. (1923). El Yo y el Ello. En Obras completas. Volumen XIX (pp. 1-66). Buenos Aires: Amorrortu, 1996.

Hugo, V. (1852). Napoléon le Petit. París: Hetzel, 1870. Consultado el 3 de septiembre 2015 en http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k540

La Boétie, E. (1548). Discours de la servitude volontaire. París: Mille et Une Nuits, 1995.

Lacan, J. (1946). Propos sur la causalité psychique. En Écrits I (pp. 150-192). París: Seuil (poche), 1999.

Lacan, J. (1956). Le séminaire sur “La lettre volée”. En Écrits I (pp. 11-41). París: Seuil (poche), 1999.

Marx, K. (1843). Marx a Ruge. Carta de marzo 1843. En Escritos de juventud (pp. 441-442). México: FCE.

Marx, K. (1844). Sobre la cuestión judía. En Escritos de juventud (pp. 461-490). México: FCE, 1987.

Marx, K. (1852). El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Madrid: Fundación Federico Engels, 2003.

Marx, K. (1867). El Capital. Libro I. México: FCE, 2008.