¿Qué personifica Peña Nieto? Una elucidación marxista lacaniana

Intervención en el marco de una presentación del libro Elementos políticos de marxismo lacaniano (México, Paradiso, 2014), el 5 de septiembre 2015, en la Universidad Latina de Cuernavaca, Morelos, con Alejandro Madrid y Josué García

David Pavón-Cuéllar

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Napoleón el pequeño

La Revolución Francesa de Febrero de 1848 parecía reproducir la de 1789. El período revolucionario de 1848 a 1851 terminó con la entrada en escena de Luis Bonaparte, el sobrino de Napoleón, y con su golpe de estado del 2 de diciembre de 1851, que se inspiró del golpe de su tío, el del 18 Brumario de 1799. Finalmente llegó el Segundo Imperio que intentaba ser tan glorioso como el Primero.

Luis Bonaparte se coronó emperador y se convirtió en Napoleón III. Buscó la manera de ser tan grande como su tío Napoleón I, pero no lo consiguió. Es por eso que Víctor Hugo lo llamó Napoleón el pequeño, Napoléon le petit, en su despiadado panfleto del mismo nombre, que le valió a su autor el exilio en la dependencia británica de Jersey. En 1852, el mismo año en que apareció el panfleto de Víctor Hugo, Karl Marx analizó los mismos acontecimientos históricos en su 18 Brumario de Luis Bonaparte. Conocemos el famoso principio de esta obra: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces, pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa” (Marx, 1852, p. 10). Y leemos un poco más adelante: “el sobrino por el tío, ¡y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!” (p. 10).

Para Marx, al igual que para Víctor Hugo, las intrigas de Napoleón III son una caricatura de las hazañas del auténtico Napoleón, el original, el primero. Lo que era una tragedia se convierte en una simple farsa. El mismo Napoleón III, Napoleón el pequeño, tan sólo puede parodiar a su tío Napoleón I, Napoleón el Grande.

Salinas el pequeño

Cuando se vive en el México actual y se lee todo lo que Marx y Víctor Hugo escribieron sobre Luis Bonaparte, no es fácil resistirse a la tentación de extrapolarlo todo al régimen de nuestro presidente Enrique Peña Nieto. Sería justo describir su gobierno con exactamente las mismas palabras que usó Marx (1852) al retratar el imperio de Napoleón III: “en la corte, en los ministerios, en la cumbre de la administración y del ejército, se amontona un tropel de bribones, del mejor de los cuales puede decirse que no sabe de dónde viene, una bohème estrepitosa, sospechosa y ávida de saqueo” (p. 116). El mismo Peña Nieto nos recuerda irresistiblemente a Napoleón III por su ambición y su deshonestidad, por su mediocridad y su insignificancia. También se antoja darle el nombre de Salinas el pequeño al compararlo con aquel antecesor de triste memoria. Pero evidentemente deberían guardarse aquí las proporciones. Habría que llevarlo todo a la escala de los microorganismos de la historia.

Salinas de Gortari, por su carácter bajo y miserable, ya era un personaje insignificante, prácticamente inexistente en la historia, y obviamente más pequeño que un grano de polvo cuando lo medimos junto a una figura como la de Napoleón. Pero Enrique Peña Nieto es aún más pequeño. Es como un virus cuando lo comparamos con el microbio Salinas. ¿Por qué no afirmar entonces que somos gobernados por Salinas el pequeño?

Los hechos de nuestro nuevo Salinas aparecen también como una farsa cuando los comparamos con la tragedia salinista. Sin embargo, al decir que son una farsa, no quiero decir que sean menos graves y menos sangrientos. De hecho, en mi opinión, el elemento de farsa es un agravante para la tragedia. Ya no sólo es trágico lo que ocurre en México. Los mexicanos ya no sólo son oprimidos y reprimidos, sino risiblemente denigrados, ofendidos, vilipendiados. Ahora sufrimos lo que Marx (1852) vislumbró en la Francia de Napoleón III, la “deshonra”, la “pusilánime desesperación”, el “sentimiento de la más inmensa humillación y degradación” (p. 106). El gobierno peñista, exactamente como el de Napoleón III, “se ha vuelto a la par asqueroso y ridículo” (p. 117).

El gobierno de Peña Nieto imprime una tonalidad torpe y chusca, pero también sórdida y bochornosa, a la destrucción de nuestro país. Digamos que no sólo destruye, sino que lo hace de un modo tonto y grotesco, humillante lo mismo para el destructor que para lo destruido. Su partido, el nuevo PRI, no sólo es tan corrupto y represivo como el viejo PRI, sino que ha perdido lo poco de grandeza que le quedaba y ha revestido una forma caricaturesca y además obscena y soez, de muy bajo nivel. Gentuza como el mafiosillo Manlio Fabio Beltrones y el inepto Enrique Peña Nieto habrían avergonzado a su partido en otros tiempos, y no habrían pasado seguramente de puestos inferiores estatales o municipales reservados para pequeños rufianes impresentables.

Pequeñez intrínseca de Peña Nieto

Podemos decir, como lo decía Víctor Hugo (1852) sobre Napoleón III, que Peña Nieto es un “tirano pigmeo”, que no puede ser “dictador” sin ser “bufón”, y que “aunque esté cometiendo crímenes enormes, seguirá siendo mezquino”, lo que nos impedirá compararlo con los “grandes bandidos de la historia” (pp. 233-234). Por más grande que sea el mal que haya hecho y siga haciendo, nuestro presidente es un pequeño malhechor. El peñismo es intrínsecamente pequeño.

Como también lo explicaría Víctor Hugo (1852) sobre Napoleón el pequeño, Salinas el pequeño “rechaza desde lo más profundo de sí mismo cualquier grandeza” (p. 234). ¿Pero por qué este rechazo constitutivo a la grandeza? Una de las razones principales, pero no la principal, nos la indica Lacan precisamente al ocuparse de la grandeza de Napoleón. Siguiendo el razonamiento lacaniano, Enrique Peña Nieto sería esencialmente pequeño por creerse grande, así como Napoleón III estuvo condenado a la pequeñez por partir del supuesto de su grandeza, y así también como Napoleón fue grande mientras no lo supo, es decir, mientras fue Bonaparte y no exactamente Napoleón. Como lo observa Lacan (1946), si Napoleón “se creyó Napoleón, fue tan sólo en el momento en que Júpiter decidió perderlo” (p. 170).

Hay que tener cuidado con el espejo de la autoconciencia, no exactamente porque miente, sino porque se encarga de convertir en imaginario todo lo que refleja. Encerrado en la casa de espejos del poder, totalmente rodeado por una masa cóncava de lambiscones que le proyectan su pequeñez engrandecida, Peña Nieto se cree grande y así asegura su pequeñez. Éste es un resultado inevitable de nuestro presidencialismo típicamente mexicano. Una vez en la Residencia Oficial de Los Pinos, el presidente no deja de contraerse cada vez más a través del monólogo que mantiene con su reflejo multiplicado por el número de cortesanos con los que se relaciona.

Es como si Peña Nieto estuviera solo. Únicamente se ve a sí mismo en el rostro de cada uno de sus semejantes. Cada uno le confirma la buena opinión que tiene sobre sí mismo, pero también le confirma todo lo que sabe hasta el punto de hacerle creer que es todo lo que hay que saber. Peña Nieto acaba estando seguro de que sólo existe lo que sabe, su ínfimo saber, que radica en su poder, en saber ejercer el poder, que es el único saber del viejo amo en Lacan.

El poder y el saber absoluto de Peña Nieto

Hay que decir que Peña Nieto no es un amo del nuevo estilo universitario y tecnocrático. No es un estadista o déspota ilustrado. No está en una posición moderna de saber como la ocupada por Salinas, doctor de la Universidad de Harvard, con su desconcertante corte de intelectuales críticos.

Ningún verdadero intelectual desea rebajarse actualmente al nivel de nuestro presidente. La mala relación de Peña Nieto con el saber se dejó ver desde un principio, durante su visita a la Universidad Iberoamericana, y luego en su progresivo distanciamiento con respecto a los sectores académicos, intelectuales y estudiantiles del país. El saber no ha sido más que un obstáculo en la marcha triunfal de quien llegó al poder por el poder, por la obediencia y la sumisión, pero también por la ignorancia.

Nadie sabe prácticamente nada en el círculo más estrecho de Peña Nieto. Sus altos funcionarios sólo saben lo mismo que él sabe, ejercer el poder, lo que implica obtener los recursos necesarios para ejercer el poder, principalmente recursos económicos, pero también otros valiosos recursos simbólicos, entre ellos las influencias, las complicidades, las intrigas, los secretos guardados, los favores debidos y hasta los terrores provocados. A falta de otro saber, sólo reina el saber específico del poder en tiempos capitalistas: el saber enriquecerse, el saber transformar la riqueza en poder, el saber transformar el poder en más riqueza. Este saber adquiere un carácter absoluto para Peña Nieto y para sus semejantes. Para ellos, como para aquellos a quienes sirven, el saber del capitalismo termina confundiéndose con el saber del mundo entero. El mundo se vuelve sólo capitalista. El capitalismo abarca todo el mundo. Todo tiene su lugar en el mercado. Todas las cosas y personas pueden comprarse y venderse. Todo tiene un precio para quien jamás ha puesto un pie fuera de aquel gran Centro Comercial con el que ha confundido el mundo.

Peña Nieto sonriendo en el espejo

Todo le da la razón a Peña Nieto. Únicamente lo rodean clientes y vitrinas, mercancías y mercaderes, como si no hubiera nada más en el mundo. Su entorno está hecho a su escala. Secundado por un amplio grupo de empresarios y funcionarios tan ávidos y corruptos como él, Peña Nieto vende el país después de haber comprado la presidencia. Compró votos y ahora compra lealtades, elogios y silencios mientras vende gubernaturas, contratos y concesiones. Gobernar es negociar. Y lo gobernado es también un conjunto de negocios. Todo se compra y se vende en el gran mercado mexicano. Todo pasa por el intercambio lucrativo, con regateo, pero sin licitaciones. Todo ocurre como previsto. Las masacres y las protestas de la prole también estaban previstas. No son más que el fondo borroso que apenas consigue transparentarse tras la sonriente imagen en el espejo. En lo que importa, en el primer plano del espejo, nadie estorba ni contradice ni sorprende al pequeño Salinas.

El triunfalismo presidencial, casi delirante, se explica en parte por la autocomplacencia del amplio grupo en el poder. Los altos funcionarios y servidores públicos están de acuerdo y felices con su mandatario. Están identificados con él y entre sí. Aparecen tan pequeños como él y quieren lo mismo que él. Y aun cuando no son de su partido, son de su partido. Son priistas. Ya no hay más que priistas.

Como buenos priistas, los panistas y los perredistas firmaron el Pacto por México. Hicieron como si creyeran en esa ilusión de consenso, de cohesión y unidad, que recubría como un velo imaginario la dislocación del país. ¿Pero cuál dislocación? Hay quienes imaginan que todo se reduce a las pequeñas riñas del Congreso de la Unión. Y aquí, en este sucio rincón del espejo, todos los diputados se parecen, incurren en los mismos vicios, quieren el mismo trofeo y es por eso que terminan arrancándoselo con golpes altos y bajos. Ellos demuestran que Peña Nieto es uno entre otros, que somos los mismos a pesar de nuestras divisiones intestinas, y que nadie verdaderamente se distingue ni disiente de los demás. Nadie quiere perder su parte del botín. A nadie se le ocurre ser honesto y proferir una verdad que perturbe la armonía institucional de la mentira.

A nadie le pasa por la cabeza denunciar lo que está pasando y mostrarse mejor persona que el presidente. Peña Nieto puede verlo y comprobar así que nadie es mejor que él. Todos resultan ser al final tan despreciables, corruptos y mezquinos como él. Pero él es el presidente, el de arriba, el que triunfó sobre todos los demás. Es el mejor de sus semejantes, y para él, todos son sus semejantes, pues no ve a nadie más a su alrededor que no lo sea, y los ha conocido a todos, los ha comprendido.

Peña Nieto en lo imaginario

Hemos llegado al centro de la reconfortante lógica de lo imaginario. Uno puede comprenderlos totalmente a todos, como si todos fueran en el fondo como uno mismo, tan despreciables, corruptos y mezquinos como uno mismo. Al igual que uno, sólo quieren enriquecerse, pero no lo consiguen porque no son tan hábiles como uno. Así es en el fondo… ¿Pero cuál fondo? ¡No hay aquí más fondo que el proyectado en la superficie de imagen especular! No hay aquí más realidad que la imaginaria: la desplegada en la pantalla plana de televisión. El maquillaje se ha confundido con lo maquillado. El país aparece reducido a su espectáculo en el poder.

México termina siendo el del pacto por México. ¿Acaso nuestros colores, los de nuestra bandera, no son los mismos del tricolor y de la banda presidencial? ¿Y no era previsible que tuviéramos el gobierno que nos merecíamos? ¿Quién finalmente se vendió por despensas de Soriana? ¿Qué lo distingue del comprador?

¿Qué distingue al tirano de su pueblo? De pronto, en lo imaginario, pareciera que las cosas encajan perfectamente, que deben ser como son, que todos somos como Peña Nieto y que nos vemos reflejados en él con todo lo que nos avergüenza de nosotros. El gobernante aparece tan pequeño como sus gobernados, tan humano como ellos, tan errático e imperfecto como cualquier ciudadano, tan demacrado como cualquiera, tan digno de compasión como cualquier enfermo. Sus equivocaciones cotidianas lo aproximan a nosotros y hasta puede ser que lo hagan parecer más confiable al crear la ilusión de sinceridad y espontaneidad. Es como si fuera uno de nosotros. Nos vemos reflejados en él. Podemos confirmar así que es uno de nosotros, nuestro digno representante, pero sólo digno por indigno.

Quizás incluso aceptemos lo peor de nosotros al verlo reflejado sobre nuestro presidente. Nos identificaremos con eso que dejará de repugnarnos cuando lo veamos aparecer en el espejo. Esto es lo más peligroso: que nos identifiquemos con todo aquello que Peña Nieto personifica ante nosotros. Después de todo, si lo personifica, es teóricamente porque nos representa.

Debemos reconocer, avergonzados, que el gobierno de Peña Nieto de algún modo representa lo que somos. Casi podríamos decir que hay algo priista que nos atraviesa y que reviste diferentes formas en cada uno de nosotros. Para uno será imperativo de goce, de lucro y abuso, de violencia y despotismo, pero para el otro será convicción de insignificancia, incapacidad e indignidad. ¡Quizás uno deba demostrar de modo retroactivo, en una suerte de acto fallido, que sus verdaderos triunfos han sido en algún sentido tan fraudulentos como los de nuestros presidentes en las elecciones y en sus gobiernos! Otro más deberá someterse al espejo al corromperse, al venderse, al engañar al prójimo o al ejercer el poder tal como se nos ha enseñado en la escuela priista de Tlatelolco, Acteal, Atenco, Tlatlaya e Iguala.

El caso es que el poder no sólo se nos enfrenta por fuera, sino que nos desgarra por dentro, nos escinde, ya sea como la instancia del ideal o del superyó en Freud (1923), o como el Estado internamente desgarrador en la Cuestión Judía de Marx (1844). En ambos casos, habrá que admitir que somos también cada uno de nosotros, como ciudadanos, lo encarnado por el tirano. Por más imaginario que sea, lo somos y sentimos que lo somos. Lo mejor que puede ocurrirnos entonces es precisamente sentir que lo somos hasta el punto de que nos avergüence.

Escribiéndole a Ruge, Marx (1843) define la vergüenza como una “cólera replegada sobre sí misma” y no duda en ver en ella el factor desencadenante de una especie de “revolución” (p. 441). La vergüenza es el primer paso para liberarnos de lo que nos avergüenza, pero no porque dejemos de serlo, sino porque entenderemos, a fuerza de repudiarnos, que no estamos en lo que somos, que estamos condenados a existir libremente fuera de lo que repudiamos de nosotros, que nos encontramos descentrados con respecto a nuestro ser y su fracción personificada por el tirano. Estamos fuera de lo vergonzoso. Es por esto que nos avergüenza.

Peña Nieto en lo simbólico

La vergüenza nos permite salir del espejo y reconducir el problema de Peña Nieto al plano simbólico. Vemos entonces desvanecerse la vergonzosa representación imaginaria del presidente mexicano. Tendría que ser fácil convencernos de que no nos representa. Si efectivamente nos representara, ¿por qué nos traicionaría, por qué malbarataría nuestro país y sus recursos naturales, por qué actuaría en contra de nuestros intereses, por qué trabajaría para nuestros peores enemigos?

Como cualquier otra figura simbólica, Peña Nieto sólo está en lugar de lo que pretende representar, pero no lo representa realmente. No lo presenta en su ausencia. No lo expresa ni lo manifiesta ni lo significa de ningún modo. Percatarnos de esto es fundamental para liberarnos de lo que pretende representarnos, de lo priista que nos atraviesa y enajena, de su imperativo de goce y de su destino de muerte. Ciertamente somos todo esto en algún sentido, pero al mismo tiempo no lo somos, y es por esto que podemos atravesarlo sin dejarnos atrás. No debería ser preciso recordar que los franceses no se perdieron al guillotinar a Luis XVI, así como los mexicanos tampoco se exiliaron de sí mismos cuando el Ypiranga zarpó de Veracruz el 31 de mayo de 1911.

Ahora queremos recobrar una parte de nosotros al erigir una estatua en Orizaba y al repatriar los restos del buen dictador, como si el Estado y su cabeza representaran algo más que nuestro ser enajenado y su poder al servicio de la clase dominante. La fórmula de Marx sigue siendo vigente, al menos en México, en donde nadie ignora que el gobierno peñista se encuentra completamente subordinado a Televisa, el Grupo Higa y otras cabezas de la gran hidra capitalista, incluidas las del crimen organizado. Si Peña Nieto posee alguna representatividad, es porque representa al capitalista, el cual, a su vez, como lo sabemos por Marx (1867), representa el capital.

Digamos que el capital es personificado por el capitalista que se ve representado por el presidente Peña Nieto que debe reencarnar a su vez en una cascada multitudinaria de funcionarios que descienden hasta el nivel de los granaderos que golpean a los manifestantes. Estos policías obedecen indirectamente al presidente de la misma forma que el presidente obedece directa o indirectamente a sus patrones en el mundo criminal y empresarial. Sin embargo, si remontamos toda la jerarquía del poder para ascender hasta el amo absoluto, no llegaremos a Slim ni a ninguna otra persona viva, sino hasta una cosa muerta, el capital, el dinero, aquel significante cuyo poder extraordinario, según Lacan, estriba precisamente en su capacidad para no representar nada preciso.

Hay buenas razones para conjeturar que el capital y su lógica rigen de algún modo, al menos en última instancia, el papel interpretado tanto por el presidente Peña Nieto como por sus patrones y subordinados. No quiero decir, desde luego, que todo lo hecho por estos personajes esté determinado únicamente por un afán de lucro. Hay que reconocer, empleando los términos althusserianos, que existe una compleja sobredeterminación que proviene de otros factores simbólicos y que no deja de imbricarse con la determinación económica en última instancia.

Lo que sí pretendo es que sólo podemos explicar satisfactoriamente las decisiones, acciones y aserciones de Peña Nieto y de sus semejantes al admitir que el capital opera en ellas como causa primera y además inmanente en el sentido spinozista, es decir, subsistente en todos sus efectos y los efectos de sus efectos. Desde este punto de vista, el elemento causal capitalista resulta decisivo en todos los hechos y gestos de nuestro gobierno y de la intrincada red empresarial-criminal de la que forma parte. Sin embargo, aunque el capitalismo esté siempre operando, sabe disimularse en sus propias operaciones. La enormidad de la destrucción capitalista se esconde tras la pequeñez de nuestro presidente. Su pequeñez es su grandeza. Salinas el pequeño se nos muestra grande al impedirnos ver ese gran capital que se apodera de lo que somos y tenemos.

La más despiadada explotación puede pasar desapercibida cuando se cuenta con un gran distractor como el pequeño Peña Nieto. La causa desaparece detrás de sus efectos. El gran problema del capitalismo se pierde de vista entre las espesas intrigas cortesanas de la corte neoliberal con sus problemas puntuales, como el mal gusto de la paloma, la ignorancia del presidente, su baja estatura o sus conflictos de pareja. Las personas pueden servir para olvidar las cosas. Los hechos también pueden utilizarse para esconder el fondo de los hechos. Es así como el meollo del crimen organizado se oculta en la cortina de humo del mismo crimen organizado.

El capitalismo se recubre con el manto de sus consecuencias psicológicas, individuales, delincuenciales, sociales, institucionales, culturales, ideológicas y políticas. Al decir esto, no estoy sugiriendo tampoco de ningún modo que la significación de cualquier hecho y gesto sea económica de tipo capitalista. Para empezar, el capital no puede ofrecernos una significación porque no es en sentido estricto una idea, un concepto, un significado, sino un significante no menos opaco e ininteligible que los demás significantes que remiten a él. Quizás incluso podamos concebir el dinero en general como el más opaco e ininteligible de todos los significantes, precisamente por ser el más poderoso y el más puro, “el más destructor de cualquier significación”, como bien lo apunta Lacan (1956) en su Seminario sobre la carta robada (p. 37).

Lo que intento decir es que todas las decisiones, acciones y aserciones de Peña Nieto y de sus semejantes remiten de algún modo al dinero o al capital, a la ganancia capitalista, como significante-amo, amo de Peña Nieto y de cualquiera de sus representantes, amo de cualquier amo, poder fundamental que subyace a cualquier otro poder en el sistema político-económico mexicano. Este poder, insistamos, no es el de un sujeto ni el de alguna idea o concepto o significado, sino el de un significante, el de un símbolo, el de una causa material, el de una cosa visible, tangible, sensible como una moneda o un billete o una cifra, pero absolutamente ininteligible, inconsciente.

De pronto pareciera que una simple cosa es todo lo personificado por la persona de Peña Nieto. La persona está dominada por la cosa. Es la cosa la que nos gobierna. El mismísimo presidente sólo es un esclavo del capital. Si buscáramos un atenuante para todos sus crímenes, alegaríamos que él también se ha vendido y sometido al mismo capitalismo al que nos ha vendido y sometido a todos.

Peña Nieto en lo real

El Estado peñista, como cualquier otro Estado corrupto ultra-liberal totalmente subordinado al capitalismo salvaje, le da todo el poder a la cosa capitalista, al dinero puramente cuantitativo y a sus innumerables expresiones cualitativas en las mercancías. Estas cosas toman el poder y lo ejercen tiránicamente sobre las personas. Todos tenemos que dejarnos esclavizar para permitir la única libertad inherente a cualquier liberalismo económico, no una libertad de las personas, sino una libertad de las cosas, su libertad de comercio, competencia y de circulación.

Las cosas son aquellas para las que gobiernan Peña Nieto y sus funcionarios. Sus decisiones tan sólo favorecen a las cosas y especialmente a sus cosas. En cuanto a las personas, tan sólo sirven para producir cosas, extraerlas, ensamblarlas, empacarlas, cargarlas, cuidarlas, intercambiarlas. Todo gira en torno a las cosas y especialmente en torno al dinero, la cosa de las cosas, la cosa por excelencia, la cosa puramente simbólica por la que existen todas las demás cosas.

Todas las cosas existen por el dinero porque todas terminan siendo mercancías que tan sólo merecen existir para generar una ganancia monetaria. Ésta es la teleología capitalista. En ella, como es lógico, el capital sí que goza de todos los derechos que se les niegan a las personas.  ¿Qué mejor ilustración de la primacía del significante sobre el sujeto?

Sometido al capital, el sujeto acaba siendo proletarizado. Su vida es explotada como fuerza de trabajo del sistema capitalista en sus sectores agrario, extractivo, industrial y comercial, pero también administrativo, represivo, profesional, intelectual, académico, tecnológico y científico. Los diversos discursos del poder no pueden articularse, en efecto, sin explotar nuestra vida como fuerza de trabajo enunciativo. Nuestra vida es necesaria para producir los músculos espirituales de la riqueza y no sólo su esqueleto material. Tanto el sistema capitalista como su Estado y sus aparatos ideológicos necesitan explotar nuestra vida como fuerza de trabajo. En todos los casos, nuestra fuerza explotada es la condición necesaria de nuestra opresión.

Imposible oprimirnos en lo simbólico sin explotarnos en lo real. Esta explotación permite producir ese mismo capital que se verá personificado primero por Azcárraga y los demás patrones capitalistas de Peña Nieto, luego por él mismo y finalmente por todos sus subalternos. Todos ellos gozan de nuestra propia renunciación al goce. Todos ellos tienen el poder que obtienen de la explotación de nuestra fuerza de trabajo. Su poder es el de nuestra fuerza de producción, reproducción, conservación, represión, enunciación, justificación, legitimación, votación, aceptación, sumisión.

También requerimos de nuestra fuerza para someternos. A falta de fuerza, ¿cómo cargar sobre nuestros hombros el mismo trono que hemos fabricado? Ahora como en tiempos de La Boétie (1548), hace quinientos años, la tiranía sigue oprimiéndonos con todo el peso de nuestra propia fuerza.

Nuestra fuerza es la fuerza del poder. Nuestra sangre es el sustento real del capital con su “sed vampiresca de trabajo vivo”, según la famosa expresión metafórica de Marx (1867) en El capital (p. 200). Digamos que nuestra sangre es el combustible de la máquina capitalista, pero también, aquí en México, es el resto sangriento que se pierde y que escurre por las aceras y las alcantarillas. Es lo que pasa con lo que no puede explotarse. Al no ser explotable o al resistirse a su explotación, resulta inservible, prescindible, descartable, como gran número de indígenas y de otros marginados. Pero también ocurre que se trate de algo que impide la explotación, que rompe o atasca los dientes y engranes de la gran máquina. Entonces hay que eliminarlo. Es el momento de la represión. Éste es el último aspecto real de Peña Nieto al que deseo referirme. Es la huella sangrienta del asesino.

Sabemos que las personas terminan siendo sacrificadas cuando se les ocurre obstaculizar la marcha triunfal del dinero. Ya son decenas de miles de víctimas del capitalismo salvaje personificado por Peña Nieto y constituido por esa inmensa e intrincada red criminal que incluye lo mismo el tráfico de drogas que los tráficos de influencias, órganos, sobornos, favores, recursos naturales y mano de obra barata. El tráfico debe ser fluido. No debe impedirse la circulación de ningún modo. Si alguien se atraviesa en la marcha de las cosas, en los negocios o en la autopista, se le debe quitar de en medio.

Los estorbos humanos son desplazados, arrollados, asesinados, triturados o desaparecidos. Muchas veces mueren a manos de los representantes directos de Peña Nieto. Conocemos bien los tentáculos represivos del gobierno peñista, ya sean militares, policías, paramilitares o sicarios federales, estatales o municipales. Sabemos también cómo se han dedicado a perseguir, amenazar, violar, torturar o matar estudiantes, periodistas, activistas sociales y otros sujetos a los que se les ha ocurrido estorbar sus negocios. Aun en aquellos casos en los que los homicidas no son representantes directos de Peña Nieto, ya sabemos que representan a sus socios o favorecidos, y siempre, en última instancia, representan lo mismo que el presidente representa, el mismo capitalismo salvaje, el mismo sistema asesino que lo mantiene en el poder.

La violencia mortífera también forma parte de lo personificado por Peña Nieto. Digamos que el presidente no sólo nos remite al capital que representa, sino también al precio real de tal representatividad simbólica. Peña Nieto es también el nombre de este goce de lo que representa, lo que nos ha costado lo que personifica, lo que ha supuesto para nosotros. Es aquí en donde hay que situar el horror de Tlatlaya, Ayotzinapa y la Narvarte, así como los ríos de sangre que no dejan brotar de ese crimen organizado cuya cabeza más visible es precisamente la de nuestro presidente.

La cabeza de Peña Nieto

Es extraño que la cabeza de Peña Nieto no haya caído como cayó recientemente la de Otto Pérez Molina. El caso guatemalteco de La Línea no me parece más grave que el de la Casa Blanca. La evidente corrupción de nuestro presidente y su equipo debería merecer el mismo desenlace. Todos saldríamos favorecidos.

El gesto simbólico de la decapitación, como se ha mostrado más de una vez en la historia, puede resultar necesario para liberarse de aquello que no deja de insistir con su goce mortífero. ¿Qué objeto será el que vemos caer en el momento en el que rueda por el suelo una cabeza coronada? Tal vez debamos recordar aquí la fórmula general “decapitar = castrar” que Freud (1922) propone al entender “el terror a la Medusa” como un “terror a la castración” (p. 270).

Quizás estemos aterrados ante la perspectiva de liberarnos. Y puede ser que aquí haya efectivamente algo del orden preciso de la castración. Pensemos en todo lo que de pronto puede elaborarse y organizarse en un pueblo que logra descabezarse. Lo más lejos a lo que llegamos en esta dirección, fue quizás a deshacernos de un tal Porfirio Díaz, pero ahora, en un extraño acto regresivo, queremos recuperar sus restos, como si no pudiéramos aceptar la falta de aquello que representa.

Seguimos aferrándonos a lo que se esconde tras las máscaras de nuestros déspotas. Hay algo ahí, en esas cabezas, que nos impide cortarlas, aun cuando sabemos que lo merecen y que lo necesitamos. Ya he sugerido la hipótesis de que tememos perdernos al perder eso en lo que indiscutiblemente está implicado nuestro propio ser. También señalé que el aspecto vergonzoso de Peña Nieto podría cambiarlo todo si es que nos hiciera aceptar la falta de lo que pretende ofrecer. Como ya lo presintió Marx (1852) al ocuparse del no menos vergonzoso imperio de Napoleón III, “la parodia del imperio era necesaria para liberar a la masa de la nación francesa del peso de la tradición” (p. 113).

Marx acertó y Napoleón III fue el último de los monarcas despóticos de Francia. Tal vez Peña Nieto sea el último de nuestros dictadores perfectos. O quizás necesitemos de un poco más de vergüenza para deja caer lo que no dejamos de arrastrar.

Referencias

Freud, S. (1922). La cabeza de la medusa. En Obras completas. Volumen XVIII (pp. 270-271). Buenos Aires: Amorrortu, 1996.

Freud, S. (1923). El Yo y el Ello. En Obras completas. Volumen XIX (pp. 1-66). Buenos Aires: Amorrortu, 1996.

Hugo, V. (1852). Napoléon le Petit. París: Hetzel, 1870. Consultado el 3 de septiembre 2015 en http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k540

La Boétie, E. (1548). Discours de la servitude volontaire. París: Mille et Une Nuits, 1995.

Lacan, J. (1946). Propos sur la causalité psychique. En Écrits I (pp. 150-192). París: Seuil (poche), 1999.

Lacan, J. (1956). Le séminaire sur “La lettre volée”. En Écrits I (pp. 11-41). París: Seuil (poche), 1999.

Marx, K. (1843). Marx a Ruge. Carta de marzo 1843. En Escritos de juventud (pp. 441-442). México: FCE.

Marx, K. (1844). Sobre la cuestión judía. En Escritos de juventud (pp. 461-490). México: FCE, 1987.

Marx, K. (1852). El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Madrid: Fundación Federico Engels, 2003.

Marx, K. (1867). El Capital. Libro I. México: FCE, 2008.

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