Psicologías de Ayotzinapa

Ayotzinapa

Conferencia pública en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, en Santiago de Chile, el 22 de octubre 2015. Publicada en Periferias. Revista de Psicología Critica y Critica a la Psicología, el 14 de diciembre 2015

David Pavón-Cuéllar

Introducción

La psicología contemporánea, que se entromete en todo, no sabe mantenerse al margen de los sucesos importantes de la actualidad. Cuando algo merece la atención de los medios masivos de comunicación, podemos prever que no tardará en ser también abordado psicológicamente. Habrá siempre algo psicológico preciso que hacer o decir con respecto a lo sucedido.

La actualidad se ha convertido en un asunto de incumbencia de los psicólogos, tanto de los científicos, académicos y profesionales, como de los empíricos improvisados, populares y profanos. Todos, al adquirir su cultura general, han aprendido a tratar psicológicamente lo que ocurre. Un acontecimiento será delirante o doloroso, merecerá empatía o angustia, y a menudo se reducirá al comportamiento de un sujeto caracterizado por su actitud, su personalidad, su sensibilidad, sus emociones, su inteligencia o su enfermedad mental. Incluso los entes impersonales, como la economía o los mercados financieros, tendrán estados de ánimo, estarán estresados o preocupados, excitados o deprimidos, ansiosos o indecisos, y se les tendrá que tratar con atención, control o serenidad. Tal acercamiento psicológico-psicoterapéutico a los mercados, que Gramsci describía como el recubrimiento de la economía por una púdica hoja de parra, alcanzó un grado sorprendente de elaboración durante la reciente crisis mundial.

Hay una psicología de la crisis como hay también psicologías de cada gran atentado terrorista en Occidente, de la Primavera Árabe, de la ola migratoria siria y de cualquier otro suceso importante de nuestra época. Estas psicologías pueden ser teóricas, descriptivas o diagnósticas, pero también prescriptivas, prácticas y terapéuticas. A veces operan psicoterapéuticamente a través de auténticas terapias individuales o grupales enfocadas a sus protagonistas, pero también, de modo figurado, a través de iniciativas políticas e incluso intervenciones militares persuasivas, instructivas, correctivas más que punitivas. Todos conocemos la visión cognitivo-conductual del mundo en la política exterior estadunidense. Esta política viene siempre acompañada por una psicología de lo que ocurre.

En todos los casos, tenemos acontecimientos que se tornan objetos de la psicología. Tal es el caso de Ayotzinapa en el contexto mexicano. De hecho, como intentaré mostrarlo, no sólo hay una psicología de Ayotzinapa, sino que hay varias distintas, diferenciadas y distanciadas entre sí. Me ocuparé aquí tan sólo de cuatro de estas psicologías que me parecen particularmente ilustrativas: una que tiende a la psicologización dentro y fuera del ámbito profesional-académico, otra que se limita únicamente al acompañamiento psicológico de los familiares y compañeros de los estudiantes, y otras dos, abiertamente comprometidas con su objeto, que se proponen el establecimiento de la verdad, la primera como parte de una movilización colectiva y la segunda mediante una reflexión crítica de índole más bien científico-académica.

El único denominador común de las cuatro psicologías que examinaremos es que se ocupan del aspecto psicológico de Ayotzinapa. Todo lo demás es diferencia insuperable. Como veremos, aparte de la psicología, no hay prácticamente nada en común entre los procesos respectivos de la psicologización, el acompañamiento, la movilización y la reflexión. Para introducir los dos últimos procesos, de hecho, necesitaremos pasar por una reformulación radical de la relación de la psicología con su objeto.

Psicologización

Ayotzinapa es el nombre de una Escuela Normal Rural en el estado mexicano de Guerrero. Es una institución educativa en la que estudian jóvenes pobres, mayoritariamente hijos de campesinos, para convertirse en maestros en zonas rurales. Algunos de estos jóvenes fueron perseguidos, atacados y arrestados por la policía el 26 de septiembre del año 2014 en la ciudad guerrerense de Iguala. El saldo fue de 7 muertos, 27 heridos y 43 desaparecidos.

En diciembre de 2014, tres meses después de los hechos en Iguala, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto (2014, 5 de diciembre) exhortó a “superar el momento de dolor” (párr. 2). Esta exhortación, bastante polémica en su momento, reducía la matanza y desaparición de estudiantes a un simple momento de dolor que además debería superarse. Un sentimiento momentáneo y superable remplazaba los hechos sangrientos. Estos hechos eran minimizados, pero también psicologizados, trasladados al plano de la psicología y de la psicoterapia.

La cuestión psicológica del momento de dolor se resolvía con la respuesta psicoterapéutica de la superación del momento de dolor. Gracias a esta psicologización de los hechos, ya no era necesario hacer justicia. Bastaba proporcionar servicios de atención psicológica y de apoyo psicoterapéutico a los familiares de los estudiantes asesinados y desaparecidos.

El problema empezó a resolverse al confinarse al psiquismo de los afectados. Al ser un problema estrictamente psicológico, su resolución podría conseguirse con facilidad gracias a los buenos oficios de los profesionales de la psicología. Quizás bastara con seguir la estrategia persuasiva del expresidente mexicano Vicente Fox (2015, 17 de marzo), quien se dirigió en marzo de 2015 a las madres de los estudiantes asesinados y desaparecidos para convencerlas de que “debían aceptar la realidad” y “no podrían vivir eternamente con ese problema en su cabeza” (párr. 3).

El problema estaría en la cabeza y no en la realidad que debe aceptarse. El problema no estaría en la causa del dolor, sino en su efecto mental. En el campo de la psicología profesional, se precisarán los conceptos y se nos dirá que el problema es el Trastorno de Estrés Postraumático de los padres. Fue al menos lo que explicó, en diciembre de 2014, Andrea Alonso, directora de la Fundación Mexicana de Lucha contra la Depresión, al ser entrevistada por Rodolfo Zapata (2014).

En la misma entrevista, Andrea Alonso recomendó cinco pasos para solucionar el problema: primero una “intervención en crisis grupal para el manejo de estrés”, luego una “evaluación de síntomas”, después “asistencia tanatológica”, en seguida “terapia psicológica especializada en el manejo de crisis a nivel individual”, y finalmente, sólo en “los casos que se determine, manejo psicofarmacológico” (Zapata, 2014, párr. 12-16). Todo esto permitiría, según reza el revelador título de la entrevista, “superar los eventos de Ayotzinapa desde un punto de vista psicológico” (párr. 1). La psicología permitiría entonces, literalmente, superar los eventos de Ayotzinapa y no sólo superar el dolor provocado por esos eventos.

Vemos bien de lo que se trata: la psicología no sólo resuelve el problema psicológico, sino también su causa, el problema social y político, los hechos sangrientos y la resultante crisis de Estado. Los eventos de Ayotzinapa son superados con el auxilio de la disciplina psicológica. Los psicólogos están ahí para ocuparse de la tragedia. Esto facilita las cosas. Damos terapia en lugar de hacer justicia. En lugar de juzgar a los culpables, ofrecemos atención psicológica a las víctimas. Es lo más lógico si consideramos, como psicólogos, que el problema es el Estrés Postraumático de los padres y no el asesinato y desaparición de los hijos.

De la psicologización al acompañamiento

Podemos disculpar a los psicólogos cuando consideramos que no son espiritistas y que no están capacitados para atender a los hijos, a los muertos y desaparecidos, y que por eso deben ocuparse únicamente de los vivos, de los padres y los familiares. Ciertamente sería injusto recriminar a los profesionales de la psicología por especializarse en el psiquismo de los vivos. Lo que sí podemos reprocharles es que reduzcan todo el problema a su esfera de especialización. En otras palabras, lo condenable es reducir Ayotzinapa a un momento de dolor, a un problema en la cabeza o al Estrés Postraumático de los padres, como hemos visto que ocurre.

Lo inaceptable no es atender el supuesto Estrés Postraumático, sino pretender que al atenderlo se pueden superar los eventos de Ayotzinapa. Esta pretensión, que hemos visto operar entre los políticos y no sólo entre los psicólogos, es la más nociva de las formas que reviste aquello que denominaremos la psicología de Ayotzinapa. Es la psicología como psicologización, como subjetivación de lo objetivo, como trivialización y minimización de la matanza y de la desaparición de estudiantes, como relativización y volatilización de los hechos reales, como confusión y mistificación de la verdad, como coartada para la política y como instrumento para desviar la atención y garantizar la impunidad. Afortunadamente, contra lo que uno pudiera esperar, no me parece que estas funciones hayan sido las dominantes o las más comunes en la psicología de Ayotzinapa, ni dentro ni fuera de los ámbitos académicos y científicos de México.

Hay que señalar que los familiares y compañeros de los estudiantes de Ayotzinapa sí han recibido atención psicológica. Sin embargo, no han aceptado la propuesta gubernamental, sino que su buen criterio les ha hecho elegir una psicología alternativa, menos perversa y perniciosa que la recién evocada, y la han encontrado en un programa de acompañamiento psicosocial de la ONG Médicos sin Fronteras. No parece incurrirse aquí en los vicios mencionados con anterioridad. Aparentemente, si nos fiamos de las palabras de la responsable del programa, no se intenta solucionar el problema ni remediar lo irremediable, sino que se busca tan sólo escuchar a los familiares y rendir testimonio de la manera en que sufren “pensamientos invasivos” y en que “han interrumpido sus vidas, sus familias, sus fuentes de ingresos”, en “una pesadilla continua,  sin metáforas, pese a la valentía que muestran” (Verza, 2015, párr. 10-11).

De hecho, cuando visitamos el sitio electrónico de Médicos sin Fronteras y examinamos las distintas versiones que dan sobre los hechos relacionados con Ayotzinapa, resulta evidente que no se intenta de ningún modo psicologizar el problema. Podemos aceptar, pues, que hay aquí un segundo tipo de psicología de Ayotzinapa, una psicología sin psicologización. Se trata de un simple acompañamiento en la indignación, en el sufrimiento, en el duelo.

Del acompañamiento al establecimiento de la verdad

Ignoro si el acompañamiento de los familiares y compañeros de Ayotzinapa se está realizando con la suficiente conciencia de que el trabajo de duelo sólo podrá llegar a realizarse a través de los pasos sucesivos del reconocimiento de la verdad, el fin de la impunidad, la reparación legal y el sostén de la memoria, como lo han mostrado muy bien Elizabeth Lira y sus colaboradores aquí en Chile (Lira y Weinstein, 1984; Lira, Weinstein y Rojas, 1987; Becker et al., 1990; Lira, 2010). Por lo pronto, en México, sólo podemos aspirar a dar el primer paso, el del establecimiento de la verdad. Habrá que dejar los siguientes pasos para el futuro, pero hay que tener presente que hacen falta. Es mucho lo que aún debemos hacer para dejar de sentirnos atrapados en lo que ocurrió.

Para seguir adelante, si es que se trata efectivamente de seguir adelante, hay que dar varios pasos que nos permitan al menos despertar de la pesadilla. No basta con superar un momento de dolor, como lo ordena Peña Nieto, ni con sacarse el problema de la cabeza, como recomienda Vicente Fox. La impaciencia, la insensibilidad y la estulticia de los políticos no les permiten comprender que los hechos de Iguala exigen un largo proceso en el que alcanzamos a distinguir varias etapas sucesivas fundamentales e imprescindibles. Y la primera de ellas, por cierto, no será necesariamente el manejo del estrés, como lo recomienda la cándida profesional Andrea Alonso.

Desde luego que puede ser necesario, en un principio, hacer aquello a lo que Alonso denomina manejo del estrés, pero esto es tan obvio que ni siquiera veo por qué habría que enfatizarlo en el caso de Ayotzinapa. En este caso, el énfasis me parece incluso un tanto sospechoso, pues me hace temer que se trate de un medio más, entre los tantos otros ya existentes, para desviar la atención de lo realmente importante en este primer momento. Lo que ahora importa, para dar un primer paso hacia adelante, no es manejar el estrés, sino aclarar lo ocurrido, explicar los hechos, establecer la verdad.

El establecimiento de la verdad será el propósito principal de los dos últimos tipos de psicologías de Ayotzinapa a los que deseo referirme. Notemos que hay aquí un asunto que nunca se le ocurrió mencionar a la profesional Andrea Alonso al enumerar los cinco pasos para superar Ayotzinapa. Esto es muy significativo. Aparentemente, según Alonso, podemos olvidarnos de la verdad y concentrarnos en el estrés y en los síntomas.

Se nos dirá que el establecimiento de la verdad no es el trabajo de psicólogos. Responderemos que éste es también el trabajo de los profesionales de la psicología. Los psicólogos, de hecho, ya estaremos ayudando a establecer la verdad al insistir en la necesidad y la importancia de hacerlo, y al dejar de confundir y distraer a las víctimas y a la sociedad con las referencias pomposas a nuestro supuesto saber del manejo del estrés, la asistencia tanatológica y el tratamiento farmacológico. Basta que dejemos de generar cortinas de humo para que ya sirvamos de algún modo al esclarecimiento de lo ocurrido. Como veremos en unos minutos, éste no es nuestro único medio para contribuir al establecimiento de la verdad, pero sí es un medio básico y efectivo que no puede faltar. Lo primero de lo primero, para descubrir la verdad, es dejar de encubrirla.

La verdad

Cuando me refiero aquí a la verdad, estoy pensando al mismo tiempo en los dos aspectos de la verdad a los que se refiere Elizabeth Lira (2010): por un lado, “la verdad judicial” que “es particular y posibilita identificar las circunstancias en que ocurrieron los hechos, las víctimas y los responsables en cada caso”; por otro lado, “la verdad de los sufrimientos, de los temores y sueños de las víctimas y la conexión de sus vidas con la historia de violencia, conflicto y resistencia en el país, permitiendo identificar los significados que estas experiencias han tenido y tienen para ellas” (p. 16). En el caso de Ayotzinapa, estos dos aspectos de la verdad, el fáctico-judicial y el histórico-psicosocial, resultan indisociables, no pueden pensarse el uno sin el otro y están internamente imbricados entre sí de tal modo que resulta sumamente difícil distinguirlos. Esta imbricación ha pasado a formar parte del meollo del caso, de lo más candente y polémico, y se ha convertido en uno de los factores movilizadores decisivos de la insurrección social contra el gobierno mexicano.

Hay que decir que allá arriba, en la esfera gubernamental, el establecimiento de la verdad, en sus dos aspectos fáctico-judicial e histórico-psicosocial, no ha sido sólo desatendido y postergado, sino deliberadamente entorpecido. Las autoridades gubernamentales, desde el nivel del policía municipal hasta el del Presidente de la República, se han dedicado más bien a maquillar y ocultar la verdad, lo que ha sido ya suficientemente denunciado por organizaciones no gubernamentales mexicanas, por gobiernos extranjeros e incluso por instancias internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la propia Organización de las Naciones Unidas. Para los voceros de estos organismos, llamar a establecer la verdad ha significado enfrentarse al gobierno mexicano, lo que debía ser previsible, considerando la manera en que se ha ido comprobando la implicación de varias esferas gubernamentales en la matanza y desaparición de estudiantes.

Primero se demostró la responsabilidad de las policías y autoridades municipales de la ciudad de Iguala, pero luego hubo suficientes pruebas de la participación de policías estatales y federales en los hechos violentos. Los mexicanos descubrimos también, atónitos, que todo el operativo había sigo seguido y controlado por la Procuraduría General de la República en la capital del país. Finalmente quedó evidenciada la participación activa del Ejército Mexicano, y por si quedara alguna duda, la autoridad militar máxima, el Secretario de la Defensa, insistió en que no se abrirían las puertas de los campos militares a observadores mexicanos y extranjeros, algunos de los cuales temían, con buenas razones, que los estudiantes, vivos o muertos, pudieran encontrarse en su interior.

La estrategia gubernamental de mistificación y encubrimiento no ha impedido que vaya estableciéndose la verdad. Este primer paso ya se está dando, y lo estamos dando colectivamente, trabajando en equipo, cada quien aportando lo que puede, su pieza del rompecabezas. Los expertos en asuntos militares desmienten las versiones del Ejército, los especialistas en narcotráfico excluyen que haya sido una acción de los cárteles de la droga, los físicos y los químicos desmontan la quimera de la supuesta incineración de los cadáveres en un vertedero, los historiadores evocan la represión gubernamental crónica de los estudiantes de Ayotzinapa, los psicólogos detectan lapsus y mentiras y contradicciones en las palabras de los portavoces del gobierno, los filósofos reconstituyen el silogismo que llevó a la conclusión trágica, los criminólogos y los politólogos descubren el móvil político del crimen, los artistas nos hacen revivir la escena y nos hacen ver todo lo que pasaba desapercibido. Los estudiantes plantean las preguntas adecuadas y nos ponen a trabajar a todos. Los campesinos y los obreros nos recuerdan que su vida no vale nada para el gobierno. A las abuelas no se les engaña. Los locos nos dan la certeza que nos faltaba. Es así como lo ocurrido se ha ido reconstruyendo gracias a todas y todos, especialmente las y los periodistas honestos. Ellas y ellos, como Carmen Aristegui y su equipo, son quienes más han hecho por el establecimiento de la verdad. Gracias a su valeroso trabajo que les ha valido la marginación y la persecución, poco a poco ha ido confirmándose lo que ya se sospechaba desde un principio.

El pueblo

Ha quedado claro que prácticamente todos los niveles del gobierno mexicano, desde los policías municipales hasta el Presidente de la República, estuvieron implicados de algún modo, por acción u omisión, en la matanza y desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Es natural, por lo tanto, que los funcionarios gubernamentales hagan todo lo posible para encubrir la verdad. Y es también lógico, por lo mismo, que los voceros de organismos nacionales e internacionales se enfrenten al gobierno mexicano al insistir en la necesidad del establecimiento de la verdad. Es la misma situación en la que se han encontrado periodistas y activistas, muchos de ellos amenazados por las autoridades, y algunos incluso víctimas de homicidios que han conmovido a la opinión pública en México. Entre los asesinados más conocidos, están la activista Nadia Vera y el fotoperiodista Rubén Espinosa, así como los líderes magisteriales Claudio Castillo Peña y Nicolás Robles Pineda, todos ellos comprometidos con el amplio movimiento social por el establecimiento de la verdad en el caso de Ayotzinapa.

Si es que faltaba una confirmación, tenemos al criminal que se delata cuando intenta ocultar su primer crimen con otros crímenes. El asesinato de los testigos es el mejor testimonio de lo que se trata. Nicolás Robles es asesinado cuando protesta contra el asesinato de Claudio Castillo a manos de la policía. Claudio Castillo, a su vez, fue asesinado cuando protestaba contra la matanza y desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Estos mismos estudiantes, por su lado, fueron asesinados y secuestrados cuando se movilizaban para protestar contra la matanza y desaparición de estudiantes el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.

El gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que asesinó y negó haber asesinado a los estudiantes del 68, es el mismo que sigue asesinando y negando que asesina. Su negación de Ayotzinapa recuerda su negación de Tlatelolco y de tantas otras matanzas: Corpus Cristi, Acteal, El Bosque, Río Blanco. El rastro de sangre, el encadenamiento de matanzas, viene acompañado por una serie de negaciones gubernamentales, pero también por las incesantes afirmaciones y reafirmaciones populares. El pueblo no deja de insistir en que la verdad sea dicha.

Desde hace casi medio siglo, cada 2 de octubre, decenas de miles de estudiantes inundan las calles mexicanas para que se recuerde la matanza que nunca fue reconocida por el gobierno. La perseverante movilización de los estudiantes, monumento vivo de su memoria colectiva, los vincula estrechamente a quienes fueron asesinados en 1968. Son los mismos. Hay aquí una profunda identidad colectiva transgeneracional que se basa en la memoria colectiva y que ha reencarnado en los estudiantes de Ayotzinapa, los cuales, insistamos en ello, fueron asesinados y desaparecidos precisamente cuando estaban juntando recursos para participar en la gran marcha del 2 de octubre en la Ciudad de México.

La conmemoración de la matanza de Tlatelolco desembocó en la matanza de Iguala. El 26 de septiembre de 2014 fue por el 2 de octubre de 1968. El sacrificio de los primeros fue aquello por lo que ocurrió el sacrificio de los últimos. Ahora exigimos la verdad de Ayotzinapa como los de Ayotzinapa exigían la verdad de Tlatelolco. La verdad es la misma y somos los mismos los que luchamos, cada uno a su modo, para que se establezca. El psicólogo que opta por el establecimiento de la verdad no está solo. Ni siquiera es un individuo en el sentido estricto del término, sino que forma parte de aquello colectivo difuso que denominamos pueblo, que tiene una existencia transgeneracional y que viene de lejos, de muy lejos. Es ese pueblo el que insiste en la verdad a través del psicólogo como lo viene haciendo también a través de los estudiantes. Es el mismo sujeto, el mismo pueblo, y es también la misma verdad que no puede reducirse a un punto en la historia como el de los hechos violentos de Iguala.

Resulta muy difícil disociar aquí los dos aspectos de la verdad, el fáctico-judicial y el histórico-psicosocial, a los que se refiere Elizabeth Lira. Los hechos puntuales de Iguala resumen toda nuestra historia y no se pueden juzgar correctamente si hacemos abstracción de Tlatelolco y de todo lo que lo preparaba desde la Revolución de 1910 e incluso desde antes, desde las Guerras de Independencia y las resistencias contra la colonización. Los estudiantes asesinados y desaparecidos, hijos de campesinos e indígenas, eran quienes habían sobrevivido a 500 años de muerte y destrucción. Tan sólo podremos hacerles justicia al considerar que incluso vivos, ya eran víctimas, y que eran hijos y nietos de víctimas. El proceso judicial, en caso de que lo hubiera, tan sólo podría ser justo al considerar toda la densidad psicosocial de lo ocurrido, todos los agravantes históricos, toda la historia de agravios contra el pueblo mexicano. El gobierno actual es también culpable de 1968, y en cierto modo, por cierto, es también culpable de la violencia colonial en la que funda su arbitrariedad. El saqueo del siglo XVI no es muy diferente del de ahora. Las matanzas tampoco. Los criminales tan sólo cambian de vestido. El virrey colonial y el déspota republicano resucitan en Peña Nieto. Pertenecen a las mismas clases, a las mismas familias, a la misma trinchera. Es una y otra vez el mismo gobierno. Es el mismo de ayer y es por eso que debe repetir el ayer de modo casi ritual.

El gobierno repite la verdad que se resiste a recordar. Los estudiantes de Tlatelolco, reencarnados en los de Ayotzinapa, vuelven a morir por obstinarse en recordarnos la misma verdad. Y la historia es la misma con Rubén Espinosa, Nadia Vera, Claudio Castillo y Nicolás Robles, todos ellos mártires de la verdad. El establecimiento de la verdad, siempre la misma verdad, cobra más víctimas en cada nueva generación.

Movilización

Una vez más, desde septiembre de 2014, buscar el esclarecimiento de lo ocurrido en Iguala implica un enfrentamiento directo con el gobierno que intenta impedir tal esclarecimiento. Esto ha hecho que la movilización social por Ayotzinapa se convierta en un amplio movimiento antigubernamental en el que evidentemente hay participación de profesionales, académicos y estudiantes de psicología. Esta participación ha sido sustancial, aunque no resulte fácil medirla. Sólo podría señalar que hay decenas de facultades y departamentos de psicología que se han movilizado una y otra vez en todo México, entre 2014 y 2015, para exigir el establecimiento de la verdad y para protestar contra el gobierno que se opone a tal establecimiento. Los movilizados exigen también la aparición de los desaparecidos, manifiestan su apoyo a los compañeros y familiares de los estudiantes, y a veces emiten mensajes con profundas implicaciones psicosociales en planos como los de la emoción, la motivación, la atribución, la actitud o la identidad.

Una manta dice que “Ayotzinapa nos duele a todos”. Una pinta agrega, en el mismo sentido, que “su dolor es nuestro dolor” y que “nuestra es también su digna rabia”. Se insiste en cada muro: “Ayotzinapa, ni perdón ni olvido”. Se explica: “nos quitaron tanto, que nos quitaron el miedo”. Se plantean preguntas penetrantes, como “qué cosecha un país que siembra cuerpos”, o “cuál es el futuro en un país donde el estado mata a sus estudiantes”, o “por qué nos asesinan si somos el futuro de América Latina”. Sin embargo, también se confiesa que “no se teme a la represión del Estado, sino al silencio del pueblo”, y se alerta que “el peor asesino es la indiferencia”. Pero no se deja de advertir en tono amenazante: “cuando un pueblo reacciona, no hay ni habrá Estado capaz de soportarlo”. O bien: “quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas”. Y se confirma: “por cada vida apagada, mil conciencias despiertan”.

Muchas de las fórmulas que acabo de citar aparecieron de pronto en el movimiento social, otras se retomaron de movilizaciones anteriores y algunas más han sido importadas de otras luchas en América Latina. En todos los casos, las consignas, mantas y pintas evidencian profundas intuiciones psicológicas, y no caen en la psicologización, minimización y banalización de los hechos. Nos enseñan otra forma de hacer psicología. Las expresiones del movimiento social también esbozan a veces procesos psicosociales más respetuosos y promisorios, y sin duda menos equívocos y sospechosos, que las técnicas psicoterapéuticas del manejo del estrés, la asistencia tanatológica y el tratamiento farmacológico.

Revisemos brevemente las indicaciones que se nos dan. En lugar de ingerir fármacos, hay que recolectar los frutos de los cuerpos que se entierran. En lugar de asistencia tanatológica, tenemos el despertar de una conciencia por cada vida apagada. En lugar de manejar el estrés, se trata de adoptar la digna rabia, compartir el mismo dolor, atrevernos a ser nosotros y aceptar al fin que nos quitaron tanto, que nos quitaron el miedo.

Como vemos, en contraste con la palabrería convencional de la psicología y la psicoterapia, el movimiento social nos ofrece originales aproximaciones psicológico-psicoterapéuticas al caso de Ayotzinapa que deberían ser tomadas muy en serio. Ésta es la forma social movilizada que ha tomado la psicología de Ayotzinapa que busca el establecimiento de la verdad. Pero la misma psicología se ha manifestado al mismo tiempo, de modo paralelo, en otra forma de la que me ocuparé ahora para terminar mi pequeño análisis.

Reflexión

Para buscar el establecimiento de la verdad, la psicología no sólo se ha movilizado con otros sectores sociales en calles y plazas públicas. También ha tomado su distancia con respecto al resto de la sociedad y se ha concentrado en un trabajo particular en su ámbito profesional y académico. Es aquí en donde la hemos visto revestir una forma reflexiva que tal vez no tenga siempre la penetración de la forma social movilizada, pero que muestra una mayor precisión conceptual y también una mayor elaboración teórica, lo que tal vez haga que resulte más aceptable y comprensible para los científicos y profesionales en el campo disciplinario psicológico.

Tal vez mi trabajo personal pueda servir para ilustrar la implicación reflexiva de la psicología mexicana en el tema de Ayotzinapa. Tan sólo tres semanas después de los hechos sangrientos en Iguala, dicté una conferencia en Sao Paulo en la que recurrí a Marx y a Lacan al analizar la forma en que los discursos gubernamentales y periodísticos habían preparado el ataque contra los estudiantes al presentarlos como problemáticos, inútiles y prescindibles para el sistema capitalista (Pavón Cuéllar, 2015a). Me ocupé nuevamente de la cuestión en los meses siguientes a través de varias charlas y publicaciones. Primero me esforcé en comprender cómo es que la sociedad había intuido tan pronto, antes de cualquier indicio, la responsabilidad efectiva del Estado Mexicano en los hechos de Iguala (Pavón-Cuéllar, 2014, 14 de noviembre). Después intenté poner en evidencia tal responsabilidad a través de un análisis de algunos discursos de funcionarios y líderes políticos (2014, 18 de noviembre). Estos mismos discursos me sirvieron ulteriormente para contraponer la promoción gubernamental del olvido y la insistencia social en una memoria colectiva que sería indisociable de nuestra identidad colectiva y que se haría valer una y otra vez, incansablemente, con la consigna de “Todos somos Ayotzinapa” (2014, 16 de diciembre).

En trabajos más recientes, retomando la teoría marxista y el psicoanálisis lacaniano, volví a ocuparme de los hechos de Iguala al denunciar formas reales, imaginarias y simbólicas de violencia estructural en el sistema simbólico económico-político del capitalismo neoliberal contemporáneo (Pavón Cuéllar, 2014). También examiné posteriormente cómo este sistema, pese a su fuerza y a sus esfuerzos, no ha conseguido liquidar la resistencia del intrincado nudo cultural-histórico de Ayotzinapa, en el que se imbrican estrechamente los sufrimientos del mundo indígena, los ideales de la Guerra de Independencia y las aspiraciones de la Revolución Mexicana (2015b). Por último, en una reflexión más teórica y epistemológica, he alertado sobre el peligro de la psicologización y de la comprensión psicológica de lo ocurrido, pero también he subrayado la necesidad de indagación de aquello incomprensible que podría significar Ayotzinapa en la psicología (2015c).

Algunas de mis reflexiones han sido presentadas en eventos especiales dedicados al establecimiento de la verdad en los hechos de Iguala. Tan sólo en mi Facultad de Psicología, en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, se han realizado ya dos jornadas por Ayotzinapa con ponencias, conferencias y mesas redondas, la primera a principios de 2015 y la segunda en el primer aniversario de los hechos. Ya el 15 de diciembre de 2014, en la capital del país, el Círculo Psicoanalítico Mexicano organizó una mesa de reflexión y debate con el sugestivo título “Ayotzinapa: cuando los desaparecidos no terminan de aparecer y aparecen los que no se esperaban: 43+6”. Poco después, durante el Quinto Congreso Internacional de Psicoanálisis en la Universidad Autónoma de Querétaro, un ponente atribuyó los hechos de Iguala a un Estado que obraría como padre primordial filicida (Roldán Ubando, 2015).

Pocos meses antes del congreso en Querétaro, la revista electrónica Teoría y Crítica de la Psicología publicó una sección especial sobre el tema en la que se encontraban artículos de varias tendencias teóricas. Los autores de los artículos reflexionaron especialmente sobre la movilización por Ayotzinapa. La concibieron, por ejemplo, como una evidencia de la falta de hegemonía y liderazgo del Estado Mexicano (Merino, 2015), como efecto de la revelación sintomática de una verdad social estructural (Hernández, 2015), como intento de mantener con vida las mismas huellas que el gobierno se esforzaría en borrar (Soria Escalante y Orozco Guzmán, 2015), como signo del horror a la aniquilación y de la memoria histórica de los muertos en los que se reconocería el propio ser (Moncada, 2015) y como ejercicio de reconsideración de la diferencia y de la identidad ante el dilema de ser o no ser Ayotzinapa (Zarco Hernández y Capulín Arellano, 2015). Esta colección de artículos constituye, hasta donde yo sé, la más importante muestra colectiva de aquella psicología de Ayotzinapa que se ha mantenido reflexivamente comprometida con el establecimiento de la verdad.

Conclusión

¿Pero por qué estamos tan seguros del compromiso con la verdad de los artículos a los que nos hemos referido? En primer lugar, porque todos presuponen la necesidad de esclarecimiento de lo ocurrido como única vía para el tratamiento efectivo del aspecto psicológico del problema. En segundo lugar, porque todos ellos parten del reconocimiento de lo que ya se ha esclarecido hasta hoy, de lo que ya está fuera de cualquier duda, esto es, la responsabilidad del Estado en los hechos sangrientos de Iguala. Este reconocimiento más o menos explícito hace que la psicología comprometida con la verdad se encuentre, por un lado, en disonancia con respecto a la psicologización de Ayotzinapa en Peña Nieto, Fox y Alonso, y, por otro lado, en consonancia con los propios estudiantes de Ayotzinapa y con aquellos que se han movilizado por ellos.

Los psicólogos pueden coincidir con las víctimas y con el movimiento que no las olvida. Es una manera de mantener vivos a los muertos al recordarlos colectivamente, al situarse en la genealogía de sus reencarnaciones y al realizar así la consigna callejera de “todos somos Ayotzinapa” en el interior mismo del ámbito académico-científico. Pienso que ahora, en las presentes circunstancias, ser Ayotzinapa es el mejor acompañamiento que un psicólogo puede ofrecer a los compañeros y familiares de los asesinados y desaparecidos.

Cuando somos Ayotzinapa, entendemos que Ayotzinapa no es algo que pueda remediarse con el manejo del estrés, así como tampoco es un momento de dolor que pueda superarse ni un sentimiento que pueda sacarse de nuestras cabezas. No podríamos sacar a Ayotzinapa de nuestras cabezas sin perdernos, vaciarnos, extraernos de nosotros mismos. Tampoco podríamos superar el momento de dolor sin dejarnos atrás, rezagados, en ese pasado al que se relega siempre a campesinos e indígenas mexicanos como los que estudian en Ayotzinapa. Y remediar Ayotzinapa, ya sea con el manejo del estrés o con cualquier otra técnica, sería lo mismo que suprimirnos. Es quizás por todo esto que los mexicanos se aferran al nombre de Ayotzinapa, como se aferran también al de Tlatelolco. Sería una manera de preservarse a sí mismos colectivamente contra los embates alienantes de la evangelización, la colonización, la occidentalización, la mercantilización, la explotación, la opresión, la globalización y ahora también la psicologización. La psicología no podrá lo que no pudo el cristianismo.

Referencias

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Fox, V. (2015, 17 de marzo). Fox a padres de normalistas: bueno llorar a sus hijos; acepten la realidad. Excélsior. http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/03/17/1014039

Hernández, R. (2015). Ayotzinapa: síntoma y subversión. Teoría y Crítica de la Psicología 5, 179–185.

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