El mercado en la universidad

Breve intervención en la mesa redonda Mercantilización de la Educación, convocada por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), el lunes 28 de noviembre de 2016

David Pavón-Cuéllar

Uno tiene a veces la impresión de que la educación universitaria, incluso cuando es pública, tiende a convertirse en una especie de gran mercado. En el nivel más alto, la competencia entre comerciantes reaparece en la rivalidad entre universidades en los rankings. En el nivel más bajo, tenemos la constante agitación de las transacciones entre conocimientos, puntos, asistencias, calificaciones y títulos, constancias, diplomas o certificados. El vórtice de toda esta agitación, de todo este barullo comparable al de una feria de pueblo, suele ser la venta de autorizaciones profesionales al precio de méritos académicos adquiridos a su vez a cambio de las más diversas evaluaciones.

Los conocimientos que se ofrecen, como productos a la venta, deben enlistarse en los catálogos de los programas de cada unidad de aprendizaje. Los mismos conocimientos deben presentarse, envolverse y promocionarse de tal modo que atraigan la atención de los estudiantes. Cuando se nos dice que hay que motivar a los jóvenes, uno sabe que no podrá conseguirlo si carece de nociones mínimas de mercadotecnia y de manipulación publicitaria.

Muchos estudiantes, por su parte, al negociar los criterios de evaluación al principio del ciclo escolar, proceden como compradores que negocian los precios o los términos de los contratos con sus proveedores. Luego regatean las exigencias de las materias con el tono insistente y empalagoso de las señoras ante los puestos de los tianguis. Finalmente los vemos quejarse y exigir calificaciones con la actitud prepotente de quien sabe que el cliente siempre tiene la razón.

Los alumnos, de hecho, tienden a tener siempre la razón, especialmente desde que la eficiencia terminal, el porcentaje de inscritos que aprueban o se titulan, resulta decisiva para obtener acreditaciones y recursos. En los posgrados, por una cómica paradoja, uno sabe que los alumnos deben aprobar todo con calificación mayor a ocho para que los programas puedan mantener su acreditación de “calidad”. Otro factor que ha empoderado a los estudiantes como clientes ha sido su derecho a evaluar a los profesores, el cual, especialmente en las universidades en las que impacta en el salario, ha hecho que los docentes no sólo se vuelvan tan serviles y obsequiosos como vendedores de chucherías, sino que terminen comportándose como payasos o merolicos para merecer las mejores evaluaciones.

En la misma lógica mercantil, así como los clientes significan ganancias potenciales para los negociantes, así los estudiantes pueden llegar a representar puntos que a su vez se convierten en suplementos de salario para el docente que logra venderles tutorías y asesorías. No hay nada más enternecedor, patético y ridículo que los profesores compitiendo entre sí por un asesorado en posgrado, intentando arrebatárselo unos a otros, como si éste fuera el más pudiente de los clientes. ¡Y qué decir de los conmovedores arrebatos de los asesores cuando pierden a un asesorado porque se va con otro asesor o abandona la tesis y opta por otra modalidad de titulación!

El mismo ánimo competitivo, que oscila entre el triunfalismo despreciativo y el derrotismo envidioso, puede observarse también entre los docentes cuando se trata de las promociones, de los apoyos de investigación, de los Estímulos al Desempeño y de los niveles en el Sistema Nacional de Investigadores. En estos casos y en otros más, la competencia y la rivalidad entre competidores han avanzado a costa de la autonomía intelectual y de la solidaridad entre compañeros. Esto no sólo hace que las universidades parezcan mercados, sino que los sindicatos hayan terminado convirtiéndose en una especie de gremios feudales de mercaderes que defienden los privilegios de sus agremiados y no los derechos de toda la clase trabajadora.

La transición es clara: de trabajadores a competidores, de intelectuales a negociantes, de educadores a vendedores de educación que rivalizan unos con otros por los puntos y por las resultantes retribuciones. La figura del profesor pierde así gran parte de su dignidad, no por impartir clases en parques durante las tomas, sino por esa gran transformación que acaba con los salarios fijos iguales para toda la planta docente y que impone remuneraciones con variaciones cada vez más importantes que dependen cada vez más de la capacidad de los docentes para venderse a sí mismos y vender sus productos académicos. A medida que se da esta gran transformación, los profesores piensan cada vez más en lo que habrán de ganar y cada vez menos en lo que habrán de enseñar. Es lo mismo que les ocurre a los estudiantes que se concentran cada vez más en las calificaciones y se distraen cada vez menos con lo que aprenden. Su aprendizaje se vuelve un simple medio para obtener una calificación que a su vez se traducirá en una titulación que habrá de asegurar cierta remuneración al final del camino.

Al final, si la universidad se parece cada vez más a un mercado, es porque todo su funcionamiento está subordinado a la ganancia monetaria que se busca obtener tanto a través de la enseñanza como a través del aprendizaje. Al igual que una mercancía, la educación deja de tener su verdad en sí misma, en el contenido mismo del saber y en su relación con la existencia de los sujetos. Esta verdad ya no está en lo que se enseña y se aprende, sino en lo que se gana con lo que se enseña y se aprende, es decir, por un lado, en el salario y el suplemento para el profesor, y, por otro lado, en la calificación, la futura titulación y la remuneración final para el estudiante.

En un proceso típicamente capitalista, los medios y los fines han terminado invirtiéndose y trastocándose. Las evaluaciones de los estudiantes y las retribuciones de los docentes eran originalmente medios subordinados a la enseñanza y el aprendizaje, pero han terminado convirtiéndose en los fines mismos de la enseñanza y el aprendizaje. En lugar de querer ser calificado únicamente para conocer y medir su aprendizaje, el estudiante quiere aprender únicamente para obtener una calificación. De igual manera, en lugar de necesitar un salario mensual para dedicarse libremente a la enseñanza, el actual docente hace todo lo que hace para obtener la más alta retribución económica posible.

Tanto en el caso de la enseñanza como en el del aprendizaje, el valor determinante de la educación deja de estar en sí misma o en su contenido, en su valor cualitativo intrínseco, y se transfiere a un valor cuantitativo extrínseco, el de los puntos o pesos que se obtienen con ella. En términos marxistas, diremos que el valor crucial de la educación es ahora el valor de cambio y no el de uso, el valor del título y no el de la formación a la que se refiere el título, el valor de la evaluación y no el del conocimiento evaluado, el valor de la calificación y no el del aprendizaje calificado, el valor de la remuneración y no el del trabajo docente remunerado. Esto hace que la vida universitaria se descentre de la educación y empiece a girar en torno a las remuneraciones, las calificaciones, las evaluaciones y las titulaciones.

Lo realmente importante son los precios de las cosas y no las cosas mismas. No importan ya ni los estudiantes ni lo que se les enseña y lo que aprenden, sino el número de los que se titulan, sus resultados en los exámenes del CENEVAL y lo que representan para el bolsillo de sus profesores y para las cuentas cada vez más deficitarias de las instituciones universitarias. Antes de ser explotados por las empresas, los estudiantes deben aprender a ser explotados por los docentes y por los dispositivos institucionales que también son indirectamente explotados por las empresas para formar mano de obra explotable. Imposible escapar a la explotación capitalista cuando permitimos que la universidad se deje absorber por el mercado.

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¿Cómo es que Trump coincide con Adorno al cuestionar el movimiento afirmativo de la dialéctica?

Conferencia en el Coloquio “Adorno: A cincuenta años de la Dialéctica negativa”, en la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), en Morelia, Michoacán, el jueves 24 de noviembre 2016

David Pavón-Cuéllar

Trump y Adorno

Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de los Estados Unidos en 2016, es decir, exactamente medio siglo después de que se publicara, en 1966, la Dialéctica negativa de Theodor Adorno. Sobra decir que no hay ninguna relación directa entre los dos hechos. Sin embargo, como intentaré mostrarlo ahora, la obra de Adorno puede ayudarnos a elucidar algunos aspectos fundamentales de lo representado por Trump. De cualquier modo, aun si así no fuera, sería difícil ahora mismo estar en México y olvidar las recientes elecciones en los Estados Unidos. Estas elecciones están entre las cosas más importantes que ocurren a nuestro alrededor, y cuando uno se toma en serio la gran obra de Adorno, al igual que otras obras de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, uno sabe que no puede utilizarla para distraerse o evadirse de lo que ocurre a su alrededor.

La Dialéctica negativa no es una de aquellas obras que les permiten a los filósofos planear por encima de la superficie terrestre y de sus campos de batalla. Por el contrario, hay que reflexionar a cada momento sobre lo que ocurre aquí abajo para poder entender algo en los argumentos de Adorno. Sus palabras tan sólo tienen sentido por la manera en que se vinculan internamente con los acontecimientos históricos del presente y con la manera en que nos posicionamos ante ellos.

Pensar en el mundo en que vivimos es la única manera legítima de pensar en aquello que nos ofrece la Dialéctica negativa. Después de todo, la negatividad se refiere también aquí a la insuficiencia de la filosofía para bastarse a sí misma. La especulación filosófica debe considerar aquello exterior a ella que la niega y con lo que no deja de tropezar a cada momento.

Ahora mismo, por ejemplo, yo me tropiezo con Trump cada vez que intento pensar en Adorno. Al menos Adorno, en lugar de pedirme que no me distraiga con la actualidad política, me exige que me distraiga con ella como único medio para concentrarme en lo que él escribe. Como su obra está descentrada, como tiene su centro fuera de ella, entonces no se deja leer adecuadamente sin desviar nuestra atención hacia cada uno de los obstáculos exteriores con los que tropezamos al pensar en su interioridad.

El pensamiento, su verdad y su imperativo categórico

Adorno llega todavía más lejos al exigir que la reflexión sea una “autorreflexión del pensar”, pero una autorreflexión tal en la que pensar no sea tan sólo pensar en sí mismo y pensar en su mundo, sino “pensar contra sí mismo” y “medirse con lo más exterior”, precisamente con el obstáculo con el que tropezamos y contra el que debemos encontrar la manera de lidiar a través de lo que pensamos.[1] Tan sólo así el pensamiento podría llegar a ser “verdadero”.[2] Su verdad estaría en su vínculo estrecho y concreto con el exterior. Cuando este vínculo se rompiera, como suele ocurrir en la mayor parte del pensamiento filosófico autorreferencial que se hace actualmente en el ámbito académico, entonces el pensamiento filosófico sería, según Adorno, como “la música de acompañamiento con la que las SS ocultaban los gritos de sus víctimas”.[3]

En el mundo actual, sabemos que la filosofía puede seguir cumpliendo aproximadamente la misma función distractora y encubridora de algunos medios masivos de comunicación, pero para una minoría selecta y exigente que requiere de las más elevadas elucubraciones de los grandes filósofos para olvidar la miseria y la violencia de la sociedad en la que vive.  Este olvido resulta inaceptable para Adorno en dos sentidos. En el ya mencionado sentido metodológico, nuestro pensamiento no puede ser verdadero al olvidar aquello en lo que se funda su verdad. Al mismo tiempo, en un sentido ético, nuestro pensamiento no puede olvidar el mundo porque este olvido le impide cumplir con el imperativo categórico prescrito por Adorno, que nos manda “pensar y actuar de tal modo que Auschwitz no se repita, que nada parecido pueda ocurrir”.[4]  Para que algo semejante no ocurra, tendremos al menos que molestarnos en pensar en el mundo en el que ocurriría y ver aquí la manera en que pueda evitarse que ocurra. La manera de hacerlo es asunto de cada uno, pero no hay que dejar de pensar en esto.

Siguiendo la prescripción que Adorno presenta como un imperativo categórico, no hay que dejar de pensar en el mundo y especialmente en aquello en donde creemos ver el peligro de que algo próximo al nazismo vuelva a ser posible. Esto es lo que yo creo ver ahora en Trump. No digo que Trump sea necesariamente una especie de nazi o de fascista en el sentido estricto de los términos. Mucho menos diría que es la reencarnación de Hitler, que instalará campos de concentración para mexicanos y que tarde o temprano desencadenará una Tercera Guerra Mundial. Sé que tales formulaciones pecan de falta de imaginación y proyectan el pasado en un futuro que inevitablemente habrá de sorprendernos. También sé que mucho de lo que nos atemoriza está ocurriendo cotidianamente desde hace varios años. En otras palabras, la hecatombe no requiere de un Trump ni del cumplimiento de sus peores amenazas para seguir aconteciendo. Sin embargo, siento que Trump bien podría abrir una posibilidad, ciertamente remota, de que ciertas fuerzas o clases de fuerzas vuelvan a desatarse y arrastren incluso al mundo occidental desarrollado, haciéndolo sufrir una vez más lo que había conseguido repeler durante varias décadas hasta el exterior de su fortaleza.

La universalidad y su negatividad

Cuando me refiero a Trump, no estoy pensando en una persona con rasgos singulares intrínsecos, sino en aquello universal encarnado por su personalidad singular. Estoy pensando en lo representado por lo que el propio Adorno, al referirse al líder, caracteriza como “órgano ejecutivo de lo universal”, como “forma de volver conmensurable lo universal”, y, de manera más precisa, como una “proyección de nostalgias impotentes”, como “productividad sin límites” y como “imago de libertad desencadenada”.[5] Sé que Trump es muy poco libre, que tiene muy poco margen de maniobra para producir lo que sea, pero en lo que estoy pensando con Adorno es en todo aquello de lo que Trump es el depositario: esa libertad desencadenada y esa productividad ilimitada que se le atribuye, esas profundas frustraciones que se espera que remedie, ese odio social y racial del que se ha vuelto el canalizador y el catalizador. Es verdad que hay buenas razones para que el señor Trump nos parezca inofensivo, incluso irrisorio, ¿pero acaso el mismo Hitler no era, como bien lo señala Adorno, una “parodia de la pasión” y un buen ejemplo del “individuo caído en la insignificancia”?[6]

La caricatura más intrascendente e inocente puede servir para condensar todo aquello que vino a fundamentar, justificar e ilustrar, en los años treinta y cuarenta, lo que luego Adorno habrá de conceptualizar como la negatividad de la dialéctica. Si el pensamiento dialéctico debe ser negativo, es porque hay algo como aquello de lo que Trump es el nombre. Digamos, en general, que lo representado por Trump constituye ya por sí mismo una brutal objeción al sentido positivo, evolutivo y ascendente, que se atribuye con optimismo la tradición filosófica occidental que va desde Platón hasta Hegel o Comte y Spencer, y luego hasta el posmodernismo, el pensamiento único y el fin de la historia de Francis Fukuyama.

La historia no ha terminado ni la modernidad ha sido superada porque aparentemente no hemos avanzado un solo paso. Por más que nos hayamos desplazado, no parece que nos hayamos dirigido hacia una dirección que estaría más arriba o más adelante. Al menos queda claro que no hemos dejado nada ni atrás ni debajo de nosotros. Las contradicciones permanecen aquí en el mundo que nos rodea, tropezamos incesantemente con ellas, no han sido resueltas ni trascendidas, y no han permitido a la humanidad liberarse de sus viejos fardos, como bien lo está demostrando Trump a cada momento. Es en este sentido en el que podemos afirmar, un tanto humorísticamente, que Trump coincide con Adorno al cuestionar el movimiento afirmativo de la dialéctica.

Ruptura de la unidad

La batalla electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump fue muchas cosas a la vez, entre ellas la escenificación de una serie de contradicciones, en el seno mismo de la dialéctica positiva, entre su validación por la candidata demócrata y su invalidación por el candidato republicano. Si tuviera más tiempo del que tengo, emprendería un análisis de producciones discursivas de los dos candidatos para mostrar detalladamente los distintos planos lógicos en los que se oponían la previsible reivindicación y la escandalosa impugnación de la misma positividad en la dialéctica. No hay ahora condiciones de llevar a cabo semejante análisis, pero sí mostraré cinco posiciones en las que podremos apreciar claramente, retomando mi expresión, cómo es que Trump coincide con Adorno al cuestionar el movimiento afirmativo de la dialéctica.

En primer lugar, al desafiar abiertamente algunos aspectos del establishment que regula normativamente lo admisible e inadmisible en política, Trump coincide con Adorno en su decisión de ofrecer una visión “anti-sistema” y así “escapar al principio de unidad”.[7] Si Hillary personifica el sistema y la unidad en el sentido fuerte de los términos, Trump encarna o intenta encarnar una oposición al sistema y una ruptura de la unidad. La propuesta de Trump, en efecto, pretende impugnar el supuesto pensamiento único y el supuesto consenso global en los que se basa la candidatura de Hillary. Esta candidatura demócrata, en los términos de Adorno, descansa en la creencia más o menos ingenua y más o menos hipócrita en la “identidad” final resultante de la “síntesis” dialéctica entre las posiciones que se han enfrentado en la historia de la humanidad:[8] la izquierda y la derecha, la de abajo y la de arriba, la más estatista o intervencionista y la más liberal o neoliberal, pero también la occidental y la oriental, la septentrional y la meridional, la negra y la blanca, e incluso la femenina y la masculina.

La feminidad de Hillary es aquí tan significativa como la coloración de la piel de Obama. En ambos casos, pareciera que hemos al fin superado la eterna contradicción entre, por un lado, los hombres blancos monopolizando el poder, y, por otro lado, la feminidad y la negritud condenadas a la impotencia. No se requiere ya de más luchas raciales y sexuales, de acciones beligerantes como las del feminismo radical y el black power, pues hemos llegado a un resultado tan satisfactorio como el de un presidente de color y una candidata femenina, quienes encarnan pacíficamente, armoniosamente, la síntesis lograda y la unidad exitosa tras siglos de contradicciones y conflictos.

Dinamismo en la inmovilidad

Al ver el color de Obama y la feminidad de Hillary, y al escuchar sus programas en los que parecen dejarse atrás las deficiencias de visiones extremas unilaterales como las de Reagan y Roosevelt, uno tiene la impresión de que avanzamos, de que la historia tuvo un sentido ascendente, de que tantas luchas valieron la pena, de que hemos alcanzado la síntesis, la unidad y la identidad, la positividad absoluta de la dialéctica. Pero entonces llega Trump con su negatividad, con su impugnación de la síntesis, con su ruptura de la unidad, con su reactivación de todas las contradicciones aparentemente superadas, con su demostración de la “no-identidad” en el seno mismo de la “identidad”.[9] En los términos de Adorno, Trump es la “conciencia de la no-identidad en la identidad”, es el inevitable momento “regresivo” en el proceso “progresivo”, es la alteridad irreductible del otro que “resiste” violentamente a la identidad.[10]

Trump es el fin de la paz eterna del orden mundial, el regreso del conflicto en donde había paz, así como la agudización de los conflictos ya existentes. Es por esto que puede ser visto con esperanza e incluso con una fascinación m disimulada por intelectuales de izquierda como Slavoj Žižek. Lo que ven en Trump es un desgarramiento del semblante de armonía y una oportunidad para la transformación e incluso para la revolución. Después de todo, y aquí llegamos a la segunda coincidencia con Adorno, Trump representa una revolución contra la evolución, el acontecimiento contra la duración bergsoniana, la discontinuidad contra la continuidad, el acto contra la inercia, el movimiento contra el inmovilismo de Hillary, el “dinamismo” de la sociedad estadounidense contra la “inmovilidad” constitutiva del Estado en la concepción de Hegel.[11] En los términos althusserianos, podríamos decir que Trump encarna el ineliminable desequilibrio de la dialéctica marxiana y marxista contra el equilibrio de la síntesis alcanzada por la dialéctica hegeliana y presupuesto ingenuamente por Hillary.

La ventaja de Trump, en los términos de Adorno, es que denuncia la “dominante ideológica de la síntesis” ofrecida por Hillary.[12] La desventaja es que, por un lapso de tiempo histórico más o menos largo y más o menos destructivo, aquello representado por Trump hará olvidar a muchos el componente ideológico de la contradicción. Para quienes apoyan a Trump, e incluso para sus enemigos de izquierda que se han dejado seducir por lo que representa, él es más franco, sincero y verdadero que Hillary, e inspira más confianza que ella, por el simple hecho de haberla desenmascarado. ¿Cuánto habrá que esperar para que Trump sea desenmascarado ante los millones de sus votantes y simpatizantes en su propia trinchera y en la trinchera enemiga? ¿Y qué pasará mientras no sea desenmascarado? ¿Y qué será capaz de hacer para conservar su máscara?

Irracionalidad en la racionalidad

Un aspecto que tal vez haya de retrasar el desenmascaramiento de lo representado por Trump es precisamente su negatividad. No hay en él nada plenamente afirmativo que pueda llegar a negarse. Por lo mismo, no hay ninguna racionalidad que pueda refutarse. Hay que insistir en ese lugar común demagógico y mediático: Trump es profundamente irracional. Esto, al menos esto, no es falso porque lo hayan dicho los medios y lo políticos del establishment. Es verdad que lo propuesto por Trump se caracteriza por su profunda irracionalidad tras la superficie de racionalidad, por su insensatez en su aparente sensatez, por su falta de cordura disimulada por la mayor trivialidad y por el buen sentido.

¿Cómo no preocuparse al sospechar que Trump sea el hombre nuevo del capitalismo, el perfecto normópata, el Hitler posmoderno, patológicamente normal, enloquecidamente banal, irracionalmente racional? Esto nos conduce a la tercera coincidencia de Trump con Adorno. Ambos nos recuerdan aquello que estará en el centro de atención de la Escuela de Frankfurt, a saber, la irracionalidad de la racionalidad o lo que ahora Honneth llama la “patología de la razón”. El candidato republicano, al mostrarnos que “la unidad es escisión”, está demostrándonos al mismo tiempo, según la expresión de Adorno, el carácter “irracional” de la historia supuestamente racional, pero también, lo más importante, la “irracionalidad inmanente a la racionalidad”.[13]

Trump nos está revelando, insistamos, la locura de la banalidad, la enfermedad en la normalidad, la insensatez inmanente a la sensatez del estadounidense promedio. Al revelarnos todo esto y al dar así continuidad a la misión crítica frankfurtiana, Trump nos descubre también lo que se encubre en la cuerda cordura o en la sensata sensatez demagógica de Hillary. De ahí también la ya mencionada confianza que inspira Trump en contraste con Hillary. Una vez más ella se nos presenta como la máscara y él como el desenmascaramiento. La verdad de Trump, en este sentido, radica en la única dimensión en la que puede radicar: en el desenmascaramiento, en el gesto, en lo que se hace y no en lo que dice, o mejor, como diría Lacan, en la enunciación y no en lo enunciado.

Desconfianza hacia la positividad fetichizada

Mientras Hillary se concentraba en lo que decía y así justificadamente despertó sospechas sobre la verdad de sus palabras o sobre su adecuación con la realidad, Trump optó por concentrarse en lo que hacía con lo que decía y fue así como se ubicó en el plano de los hechos, el cual, además de ser más confiable y convincente para los votantes, contenía intrínsecamente su verdad y por eso excluía de entrada cualquier tipo de refutación. Me atrevo a decir que la verdad de Trump fue la verdad actuada como Aletheia, como revelación en la que se confunden el decir con el ser y el hacer, mientras que la verdad de Hillary fue la verdad como Adaequatio, como correspondencia de lo que se dice con lo que es o con lo que se hace. De ahí que haya podido fácilmente refutarse lo expresado por alguien tan mentiroso e inconsecuente como Hillary, cuyas palabras no solían corresponder con sus actos ni con la realidad, pero ¿cómo refutar lo actuado por Trump?

Los gestos de Trump no pretendían corresponder a nada y no daban así la ocasión de exponer una correspondencia con la realidad que pudiese refutarse. No, sus actos no pretendían corresponder a la realidad, sino que poseían y ostentaban su propia realidad. Imposible refutarlos. De cualquier modo, no podemos refutar un acto, sino sólo enfrentarnos a él, atacarlo y luchar contra su materialidad. Uno de los aspectos más peligrosos de Trump es precisamente que haya conducido la batalla al terreno de los hechos, de los gestos y no de las palabras, o más bien, de las palabras como gestos y no como palabras, como actos y no como significantes con significado.

Tanto antes como ahora, lo más atrayente de los discursos de Trump no es el contenido, sino la forma, el tono, la materialidad literal, lo que se hace con lo que se dice y no lo que se dice, la enunciación y no el enunciado, pero también específicamente el énfasis, el ánimo, el afecto. Este elemento ya fue señalado por Badiou, quien le atribuye a Trump un “lenguaje afectivo” que compartiría con Berlusconi y con otros líderes populistas de derecha.[14] Estoy completamente de acuerdo con este señalamiento. Y agregaría: el afecto de Trump es netamente negativo, y en esto discrepa también del optimismo festivo que mostró Hillary, la cual, aquí, estuvo siempre bien secundada por Obama. Contra la desesperante insistencia en buscar el lado positivo de las cosas, Trump no deja de mostrarnos el lado negativo y critica abiertamente el optimismo a ultranza y lo que Adorno llamaría a “fetichización de lo positivo”.[15] Tenemos aquí una cuarta coincidencia de Trump con Adorno en el cuestionamiento de la positividad.

Al igual que el pensador frankfurtiano, Trump expresa abiertamente su desconfianza hacia la positividad fetichizada, hacia el optimismo impuesto y hacia cualquier tipo de alegre aceptación adaptativa del presente, del estado de cosas, del mundo que nos rodea. El discurso de Trump, como el de Adorno, se ostenta como un discurso intransigente y de ruptura, discurso anti-adaptacionista o anti-conformista, o mejor, según la expresión de Adorno, anti-colaboracionista. Sin embargo, a diferencia de Adorno, Trump no se limita prudentemente a la crítica ni tampoco avanza para matizarla y profundizarla, sino que avanza únicamente para descargar el afecto, pasar al acto y continuar la crítica en la brutalidad más rudimentaria, en la agresividad verbal, en la burla y en la sorna. Es así como Trump, en su batalla contra Hillary, termina cayendo en el vergonzoso conflicto que Adorno siempre evita: el conflicto entre el “colaboracionismo” de Hillary y la “barbarie” de Trump, es decir, según el razonamiento del mismo Adorno, entre el culpable mantenimiento de una cultura intrínsecamente culpable y la no menos culpable destructividad de quien se entrega a “la barbarie que la cultura demostró ser”.[16]

Sustancialidad en la funcionalidad

A partir de Adorno, podemos decir que la culpa de Hillary era contribuir a la reproducción de un sistema cuya barbarie, horror y destructividad, se ha puesto de manifiesto en Auschwitz, pero también en Hiroshima y Nagasaki, en las guerras de Corea y Vietnam, en cada rincón de África, en Palestina, en las dictaduras latinoamericanas, en Irak y en Afganistán, en Acteal y en Iguala y en tantos otros lugares. Trump tendría toda la razón de querer cambiar al menos algo en este sistema bárbaro de muerte y destrucción, pero el problema es que lo haría, paradójicamente, adoptando la misma barbarie del sistema. Su orientación anti-sistema pudo haberlo llevado a oponerse a esa barbarie, como quizás fuera el propósito de Bernie Sanders, pero no fue así. Trump no tiene una orientación anti-sistema sino porque se atreve a descubrirnos la barbarie que el sistema encubre y se opone con esa barbarie a ciertos aspectos del sistema y no a todo el sistema.

Entre los aspectos del sistema capitalista neoliberal a los que se opone Trump, hay uno que fue lúcidamente abordado por Adorno, que nos permite apreciar una quinta y última coincidencia de Trump con Adorno, y que hoy en día nos concierne a todos. Me refiero a la disolución de las identidades comunitarias, culturales y nacionales bajo el efecto del proceso globalizador. En los términos de Adorno, se pierde el ser como “sustancialidad” en favor del ser como “funcionalidad”, y entonces lo que somos pierde importancia “por sí mismo” en un funcionalismo capitalista global que lo reduce todo a su función en el sistema y a la “interconexión integral entre las funciones”.[17] Ante este fenómeno, una vez más, Adorno se limita a ofrecer una aguda crítica de lo que ocurre, mientras que Trump cede a la tentación, también criticada por Adorno, de aferrarse a la propia comunidad, la propia cultura o la propia nación, “fetichizándola” y entregándose a toda clase de “reminiscencias regresivas” que nos hacen remontar hasta “la tribu arcaica”.[18] La irracionalidad arcaica, racista y xenófoba, ocupa entonces el lugar de la racionalidad crítica por la que se guía el proyecto de la Escuela de Frankfurt.

Una vez que la negatividad personificada por Trump va más allá de la crítica del sistema, una vez que cree poder continuar esta crítica por otros medios y se torna rechazo e incluso destrucción del otro en el sistema, una vez que esto ocurre, vemos cómo Trump se deja reabsorber por el sistema, ya no coincide con Adorno y se convierte más bien en objeto de su crítica. Es entonces cuando Trump se nos presenta de pronto como síntoma del capitalismo.

Trump como síntoma del capitalismo

Como síntoma, Trump sigue encarnando la verdad como Aletheia, como revelación, pero lo que revela ya no es necesariamente lo que piensa o desea revelar. Su verdad sintomática es la de aquello que se traiciona a través de él. Si nos limitamos a la perspectiva crítica de la Dialéctica negativa de Adorno, por ejemplo, detectamos al menos tres revelaciones sintomáticas de la verdad como lo que se traiciona a sí mismo. Y en lo que se traiciona en los tres casos, como por casualidad, nos encontramos con el mismo capitalismo.

En primer lugar, el nacionalismo de Trump, centrado en el enriquecimiento nacional sin regulaciones y en la concepción de Estados Unidos como potencia económica mundial, se traiciona como una simple “transformación” del mismo capitalismo neoliberal globalizador al que pretende oponerse, de modo que podemos decir que este capitalismo es el que se opone a un aspecto de sí mismo a través de un nacionalismo netamente capitalista y neoliberal como el de Trump.[19] En segundo lugar, ante lo que se ha llamado el “narcisismo” de Trump, no reconocemos un amor de la persona por sí misma como un sujeto extravagante y original independiente del sistema, sino que asistimos a la revelación de un apego del sistema capitalista neoliberal por sí mismo como sistema, en la medida en que la personalidad del rico empresario Trump no es más que una expresión, por lo demás prototípica, del sistema capitalista.[20] Esta expresión, en tercer lugar, no puede llegar a encabezar el Estado sin escenificar una especie de retorno de lo reprimido por el que somos testigos de la manera en que el “espíritu del mundo”, el representante mismo de la “unidad social”, ha terminado siendo acaparado por los poderes económicos y los monopolios financieros.[21] Digamos que el gobierno de los Estados Unidos aparece ahora como el último triunfo empresarial de una de las encarnaciones más claras del Capital.

Desde luego que podríamos decir que Hillary Clinton encarnaba también el Capital, pero lo hacía con mayor disimulación para mantener la simulación del carácter universal del Estado, y no de cualquier Estado, sino del Estado con mayores pretensiones de universalidad en el mundo. A diferencia de otros Estados, en efecto, sabemos que el estadounidense pretende representar la universalidad, la imparcialidad y la ecuanimidad, en el mundo entero y no sólo dentro de sus propias fronteras. Esta falsa representación aún podía ser personificada por Hillary, pero ya no por Trump, quien revela sintomáticamente la verdad del Estado: la verdad de una parte que se hace pasar por el todo, la verdad de una clase cuyos intereses se presentan como los de la sociedad entera.

La dialéctica positiva de Trump

La verdad es aún peor que la mentira. Esto es quizás lo más terrible de Trump. Nosotros ante él, como Adorno ante otros personajes históricos, nos asustamos al descubrir que la verdad, lo que había de conocerse, está “abajo” y “no arriba”.[22] De hecho, como bien lo ha notado Žižek, esta bajeza fue uno de los elementos que le dio su triunfo a Trump, el cual, si ganó las elecciones, fue también por su vulgaridad, por su “bajeza oportunista y humana” en donde “la gente que tiene rabia” puede ver al fin “un momento de verdad”, una manifestación de la verdad de la “desintegración de los valores públicos, de los modales”.[23] Digamos que la bajeza de Trump es atrayente porque es verdadera: porque muestra descarnada la misma bajeza del capitalismo que se disimulaba, maquillaba, enmascaraba en Hillary.

Podemos decir entonces que la contradicción entre Hillary y Trump, al ser tan sólo una contradicción entre dos expresiones falsa y verdadera del mismo capitalismo, no constituye una contradicción en el pleno sentido lógico dialéctico de la palabra. Ni siquiera es una contradicción entre lo falso y lo verdadero, sino entre lo más bien falso y lo más bien verdadero en ciertas circunstancias, desde cierto punto de vista y en relación con cierta concepción de la verdad. Finalmente no hay más que dos versiones del capitalismo que ni siquiera son capaces de contradecirse entre sí.

Como bien lo ha observado Badiou, “la contradicción entre Hillary Clinton y Trump fue una contradicción relativa y no absoluta, es decir, una contradicción en los mismos parámetros, en la misma construcción del mundo”.[24] Pareciera incluso que esta construcción capitalista requiere de una contradicción como la que existe entre Hillary y Trump. De ser así, la contradicción haría sistema, formaría parte de las relaciones constitutivas del sistema capitalista y resultaría totalmente integrable, sin resto, a la totalidad sistémica. Se terminaría cerrando así lo que Adorno intentaba mantener abierto.  No se relativizaría y abriría la totalidad a través de la contradicción con respecto a ella, sino que se realizaría la totalidad también a través de la contradicción y de su funcionamiento en el sistema capitalista neoliberal.

A modo de conclusión: un hueso difícil de roer

Ahora bien, si pensáramos que la contradicción funciona en el sistema y permite realizar la totalidad, entonces habríamos recaído en la síntesis de la dialéctica positiva cuestionada por Adorno. La única manera de evitar esta recaída es reconocer, como hemos intentado hacerlo, todo aquello por lo que Trump sencillamente no encaja en el sistema. Desde luego que esto no debe hacer que soslayemos ingenuamente aquello en lo que sí encaja, pero es preciso reconocer lo ininteligible que desencaja, la falta o el exceso, lo que no puede asimilarse, lo que resiste a cualquier síntesis de significación, aquello a lo que no se le puede acordar ningún sentido y que es precisamente el motivo de nuestra inquietud lo mismo que de nuestra esperanza.

Lo que debe reconocerse, en definitiva, es lo que no cabe de ninguna manera dentro de nuestras ideas y sus operaciones dialécticas. El reconocimiento de este exterior de cualquier idealidad es una de las principales garantías del materialismo. Es al menos lo que significa ser materialista para pensadores tan alejados en el tiempo y en el espacio como el joven Marx y el viejo Louis Althusser, pero también Rosa Luxemburgo y Ernesto Laclau. De manera diferente para cada uno de ellos, ser materialista es conceder la existencia de algo que podemos denominar material y que sencillamente no puede ser aprehendido ni comprendido por ninguna idea.

Como lo dice Breton con respecto al sueño, las ideas forman parte de eso a lo que me refiero, pero eso no forma parte de las ideas. Y al no formar parte de las ideas, no hay manera de pensarlo. Si no puede pensarse, es por su complejidad en Rosa Luxemburgo, por su opacidad en Laclau y por su anterioridad con respecto al pensamiento en Marx y Althusser. En cualquier caso, tenemos algo impensable, aunque no por ello menos tratable o abordable a través de lo que pensamos, pero también a través de lo demás que hacemos y experimentamos. Los dientes de todas nuestras facultades han de ponerse en obra cuando ataquemos ese hueso difícil de roer que se encuentra en el centro de la dialéctica negativa de Adorno. Es tan sólo con todo lo que somos con lo que podemos enfrentarnos a eso de lo que Trump es el nombre.

[1] Theodor W. Adorno, Dialectique négative, Paris, Payot, 2003, pp. 441-442.

[2] Ibíd., p. 442.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd., pp. 414-415.

[6] Ibíd., p. 416.

[7] Ibíd., p. 8.

[8] Ibíd., pp. 192-194.

[9] Ibíd., pp. 192-194.

[10] Ibíd., pp. 194-198.

[11] Ibíd., p. 409.

[12] Ibíd., p. 215.

[13] Ibíd., pp. 384, 413.

[14] Alain Badiou, Alain Badiou sobre Trump: durante el horror de una profunda noche. Recuperado el 21 de noviembre 2016 de http://latinta.com.ar/2016/11/alain-badiou-sobre-trump-durante-el-horror-de-una-profunda-noche/

[15] Theodor W. Adorno, Dialectique négative, op. cit., p. 197.

[16] Ibíd., p. 444.

[17] Ibíd., p. 84.

[18] Ibíd., p. 411.

[19] Ibíd., p. 379.

[20] Ibíd., pp. 262. 378.

[21] Ibíd., p. 383.

[22] Ibíd., p. 441.

[23] Slavoj Žižek, Trump es escoria, pero igualmente los de izquierda lo deberían admirar. Recuperado el 21 de noviembre 2016 de http://www.revistaarcadia.com/noticias/articulo/slavoj-zizek-habla-sobre-donald-trump/60646

[24] Alain Badiou, op. cit.