La psicología crítica y su necesaria sensibilidad ante la violencia estructural: una opción ante el ocultamiento psicológico del racismo y la miseria en México

Conferencia en el auditorio de la Universidad La Salle de Pachuca, Hidalgo, México, martes 17 de octubre 2017

David Pavón-Cuéllar

Autocomplacencia y autocrítica

Todos conocemos bien la autocomplacencia. Uno es autocomplaciente cuando se muestra indulgente o poco exigente consigo mismo. Digamos que uno se ve a sí mismo con demasiada tolerancia y hasta optimismo. Uno piensa que es mejor de lo que realmente es. Aunque uno actúe mal, considera que actuó bien. Encuentra la manera de presentar sus propios actos como correctos al embellecerlos o al justificarlos. Es así como uno, complaciéndose a sí mismo, se conduce de modo autocomplaciente.

La autocomplacencia no sólo es frecuente en los individuos, sino también en los grupos. Todos conocemos el caso de los partidos políticos o de otros entes colectivos que son demasiado condescendientes consigo mismos. Intentan convencernos y quizás convencerse a sí mismos de que todo lo que hacen está bien, es correcto o al menos aceptable. Nunca se exigen a sí mismos todo lo que les exigen a los demás. Son tan severos con los otros como son poco severos consigo mismos. Cuando se trata de juzgarse a sí mismos, los grupos tienden a ser tan complacientes como los individuos.

La autocomplacencia es un rasgo común de casi todos los grupos, incluidos los de científicos y profesionales, entre ellos los psicólogos. Independientemente de nuestras especialidades y de nuestras orientaciones teóricas, los profesionales de la psicología constituimos un grupo, y, como los demás grupos, tenemos la buena o mala costumbre de mostrarnos demasiado complacientes hacia nosotros mismos. Nuestra idea sobre la psicología suele ser extremadamente optimista.

Muchos de nosotros los psicólogos valoramos demasiado nuestra profesión. Consideramos que lo que hacemos es tan valioso y tan útil que acabamos creyéndonos una especie de salvadores del género humano. De hecho, es tanto lo que nos embriagamos con la convicción de saber todo sobre la humanidad, que terminamos prescindiendo alegremente de las demás indagaciones en torno a su misterio.

Llegamos a ser despiadados con la psiquiatría, desde luego, pero no con la psicología. Y aunque a veces critiquemos con dureza una corriente psicológica particular diferente de la nuestra, es muy raro que nos atrevamos a dirigir nuestras invectivas a nuestra propia corriente o a la psicología en general. Esto es así porque la mayoría de nosotros nos caracterizamos por ser muy poco autocríticos.

La autocrítica es minoritaria en el campo de la disciplina psicológica. La psicología es mayoritariamente autocomplaciente y minoritariamente autocrítica. Somos pocos los psicólogos que intentamos criticar nuestra profesión. Y los demás, los mayoritarios, nos ven con desconfianza. Nos juzgan a veces como traidores, como simples inútiles o como una suerte de paranoides o depresivos que piensan demasiado mal sobre sus semejantes y que no saben divertirse con la gran fiesta de los psicólogos. Y es verdad que no seguimos el ritmo de la disciplina, sino que permanecemos en un rincón, malhumorados, murmurando contra lo que nos rodea.

Psicología crítica: más allá de la autocrítica de la psicología

Somos los aguafiestas de la psicología. Nos presentamos como “psicólogos críticos” y describimos nuestra labor con la expresión de “psicología crítica”. Tal vez pudiéramos llamarla también “psicología autocrítica”, ya que se trata, como hemos visto, de una psicología que se retorna críticamente contra sí misma. Sin embargo, aunque nuestra crítica sea principalmente una autocrítica, no es ni puede ser tan sólo eso, por diversas razones, entre ellas una que es quizás la más importante y en la que me gustaría concentrarme ahora.

Los psicólogos críticos no podemos limitarnos a criticar la psicología por algo muy sencillo: porque la psicología, por así decir, es más que ella misma, y, por lo tanto, no puede criticarse de verdad más que al criticar más que ella misma. Una verdadera crítica nos exige ir más allá de la psicología para impugnar lo que está en juego en ella, lo que presupone, lo que implica, sus determinaciones y sus condiciones de posibilidad. Todo esto está envuelto en la psicología y debe discutirse al discutirla.

De hecho, aun cuando intentamos limitarnos a criticar la psicología, no lo conseguimos, ya que su crítica nos conduce necesariamente a criticar muchas otras cosas que la trascienden y que la desbordan. La psicología se ve atravesada por todo aquello que debemos cuestionar al cuestionarla. No podemos ponerla en cuestión sin poner en tela de juicio al menos algo de aquello que la moldea y de lo que forma parte, como es la sociedad, la cultura, la ideología o simplemente la ciencia en general. Desde luego que tenemos derecho de hacer abstracción de todo esto, pero entonces no quedaría sino la psicología y deberíamos encerrar nuestra crítica dentro de su esfera. Nos encerraríamos así en lo mismo que intentamos criticar, lo cual, por lo tanto, no podría ser criticado en su conjunto.

¿Cómo criticar algo en su conjunto sin verlo desde fuera? La psicología crítica debe salir de la psicología, pero sin dejar de estar dentro, ya que, por más que sea crítica, no deja de ser también psicología. Es por esto que Ian Parker sitúa la psicología crítica tanto en el interior como en el exterior de la disciplina psicológica: tan psicológicamente adentro de ella como críticamente afuera y en contra de ella. Si nuestra situación interior nos permite conocer las entrañas de lo criticado, nuestra situación exterior es indispensable para conocer el aspecto unitario, el funcionamiento en bloque, de aquello que nos dedicamos a criticar. Y además, por lo mismo, nuestra crítica debe ser exterior para insertar lo criticado en el contexto en el que funciona. La necesidad lógica de contextualización, de consideración de la totalidad social y cultural, ideológica y científica, es también lo que hace que nuestra psicología crítica no sólo contenga una autocrítica de la psicología, sino más, mucho más que eso.

Más allá del retorno autocrítico del saber psicológico sobre sí mismo, la psicología crítica debe dirigirse críticamente al contexto que hace que la psicología sea precisamente lo que es. Todo lo criticable de nuestra psicología tiene que reconducirse a su origen y a su fundamento en el mundo en el que vivimos. Este mundo no debe ser ni sorteado ni obviado por la psicología crítica, la cual, por consiguiente, no puede restringir su horizonte al ámbito psicológico.

La psicología crítica ante el sistema socioeconómico y sus configuraciones ideológicas

La psicología crítica involucra primeramente una autocrítica de nuestra psicología, pero también, por necesidad, una crítica de todo aquello por lo que nuestra psicología se ve interiormente determinada y conformada. Tal es el caso, actualmente, del capitalismo neoliberal con su configuración ideológica individualista, presentista y adaptacionista, productivista y consumista. En esta ideología subyacente a las corrientes psicológicas dominantes, el ser humano se reduce a un simple individuo centrado en sí mismo, desvinculado y desarraigado, arrancado brutalmente de su historia y de su comunidad: un individuo mezquino, interesado y ambicioso, que será tanto mejor cuanto mejor se adapte a su entorno, cuanto más produzca y más consuma, cuanto más gane y menos pierda, y cuanto más capaz sea de pensar estratégicamente al traicionar su compromiso con el pasado y al renunciar al sueño de un futuro completamente diferente del presente.

La ideología recién mencionada, característica de la psicología contemporánea, cercena y destruye una parte inmensa de lo que somos: una parte que bien podríamos considerar la más valiosa de nuestra subjetividad. Me refiero a lo que excede y hace estallar nuestra individualidad, lo que nos trasciende, que es también lo que se mantiene fiel a lo más hondo en lo que somos, a nuestros orígenes y a nuestros sueños. Estoy pensando en lo histórico y comunitario, lo desinteresado y generoso, lo rebelde y revolucionario, y también, por qué no decirlo de otro modo, lo indomesticable y desadaptativo, lo imprevisible y heroico, lo idealista y soñador, lo irrealista y enloquecido, lo estigmatizado como anormal, desadaptativo y psicopatológico. Esto es quizás lo más grande y lo mejor de nosotros. Lo es al menos desde cierto punto de vista. Y es generalmente lo que se intenta curar en el trabajo profesional psicológico.

Si quisiéramos comparar la psicología con una máquina, diríamos que es una suerte de prensa y trituradora de nuestra subjetividad. Lo es al comprimirnos, quebrantarnos, hacernos menos, convertirnos en trozos de lo que somos. En este sentido, un psicólogo crítico estaría en condiciones de aseverar que una de las principales funciones sociales de la psicología contemporánea es confinar a los sujetos a su estrecha individualidad y ahí empequeñecerlos, contraerlos y mutilarlos, degradarlos y devaluarlos, para que así puedan cumplir mejor los papeles que deben desempeñar en el sistema capitalista: papeles realmente miserables y despreciables, como los del empresario insaciable, el trabajador explotable, el consumidor manipulable, el espectador sugestionable, el ciudadano dominable o el votante comprable. Aquí lo importante, sobre lo que deseo atraer su atención, es que no podemos criticar ni tales papeles ni las ideologías que los constituyen sin criticar el sistema en el que se desempeñan y los procesos que realizan en tal sistema, como es la dominación, la explotación o la manipulación. Al decir esto, intento poner de manifiesto la manera en que procedemos los psicólogos críticos al criticar cierto sistema socioeconómico a través de la crítica de la psicología, de las funciones que debe cumplir en este sistema y de la forma en que tiene que exteriorizar las configuraciones ideológicas del mismo sistema.

En suma, no hay manera de criticar la psicología sin criticar sus presupuestos ideológicos, pero tampoco hay manera de criticar estos presupuestos y la psicología misma sin criticar el sistema socioeconómico en el que se desarrollan. El capitalismo no puede soslayarse al cuestionar el actual individualismo, el cual, al igual que el capitalismo, tampoco puede ser obviado al aproximarse críticamente a la psicología. De ahí que nuestra psicología crítica deba incluir objeciones contra el sistema y contra su ideología, o lo que es lo mismo, actualmente, réplicas ante el capitalismo y el modo en que los recursos ideológicos del capitalismo nos hacen percibir el mundo, actuar en él y relacionarnos unos con otros. Estos recursos y el propio sistema que dispone de ellos operan también a través de la psicología y han de ser considerados en una crítica radical de la psicología, es decir, en una crítica de la psicología que vaya verdaderamente a la raíz de lo criticado.

La violencia y su psicologización

La raíz de la psicología estriba, pues, en sus operaciones ideológicas y en las funciones que debe cumplir en el sistema socioeconómico. De estas operaciones y funciones, la más básica y elemental, implicada en todas las demás, es aquella que hace existir a la psicología y que Jan De Vos y otros psicólogos críticos han identificado y estudiado con el nombre de “psicologización”. Psicologizar es hacer que algo sea psicológico para que luego pueda ser concebido, explicado y tratado psicológicamente.

La psicología vive y se nutre de la psicologización. Es ella la que abre una esfera psicológica y la llena de todo aquello de lo que se ocupan los psicólogos. Estos profesionales de la psicología carecerían de razón de ser si no hubiera la psicologización que les suministra sus temas y objetos. Una vez que psicologizamos un amplio sector del mundo, este sector se torna el ámbito de la psicología. Es aquí en donde la disciplina psicológica efectúa sus operaciones ideológicas y cumple con las funciones que le han sido asignadas en el sistema socioeconómico. Todo esto sólo puede funcionar sobre algo que ha sido primeramente psicologizado, es decir, convertido en algo psicológico.

Pensemos en un ejemplo como el de la violencia. Lo que denominamos “violencia” es algo que se observa en las más diversas situaciones: en la guerra de un país contra otro, en el exterminio de un pueblo, en los homicidios cometidos por el crimen organizado, en la tortura policiaca de un sospechoso, en las diferentes formas de represión o persecución política, en el maltrato físico de una mujer por su pareja o incluso en el puñetazo que da un chico a uno de sus compañeros, pero también en los insultos o las humillaciones que alguien puede recibir de otra persona, o en la discriminación o segregación de una persona por su color de piel o por cualquier otra causa.

En todas las situaciones mencionadas, tenemos escenarios en las que se inflige deliberadamente un daño a ciertos sujetos, lesionándolos o afectándolos de algún modo, tanto en su integridad física o corporal como en su dignidad moral o en otro aspecto de su persona. Esto es la violencia y es algo de lo que nos ocupamos frecuentemente los psicólogos. Ahora bien, cuando recurrimos a nuestro saber psicológico al abordar situaciones violentas, lo que suele suceder es que cedamos a la tentación de psicologizar la violencia. ¿Cómo es que la psicologizamos? Describiéndola como el acto de un sujeto individualizado y explicándola por los rasgos de personalidad antisocial de este sujeto, o bien por sus motivaciones internas, por sus pulsiones o sus emociones, o también por sus actitudes o representaciones de la realidad, por sus incapacidades para tolerar la frustración o controlar sus impulsos, o, en el mejor de los casos, por sus relaciones con el ambiente o con sus semejantes.

La psicologización hace que nos representemos la violencia como algo puramente psicológico, personal o interpersonal, individualizable y explicable psicológicamente por lo que ocurre dentro del individuo y en el curso de sus interacciones. La psicología coloniza el problema. Lo absorbe en su totalidad. El fenómeno violento se ve completamente asimilado a un fenómeno psicológico. Este fenómeno psicológico tiene sus causas y sus condiciones dentro de él mismo. Es como si no hubiera ya nada fuera de él. Se ignora todo lo demás, todo lo determinante que hay más allá de la psicología, como es la causalidad y el condicionamiento de índole social, cultural, económica, política o histórica. Se hace abstracción, en particular, del origen mismo de una gran parte de las situaciones violentas, de su arranque o de su desencadenamiento en las estructuras, es decir, de lo que denominamos “violencia estructural”.

El racismo como violencia estructural

El concepto de “violencia estructural”, tal como es propuesto y elaborado por Johann Galtung, se refiere a una violencia, generalmente constante y sistemática, ejercida por las grandes estructuras de la sociedad, por sus instituciones, por sus sistemas y por sus formas de organización, distribución y operación. Para Galtung, esta violencia no es necesariamente directa ni deliberada, y además resulta difícilmente detectable. Sin embargo, aunque poco evidente, la violencia estructural no deja de ser la más fundamental y originaria, la más insidiosa y perniciosa, quizás la más grave, la que tiene más y peores efectos, y, de hecho, la que suele suscitar las demás formas de violencia.

Encontramos innumerables ejemplos de violencia estructural en México. Mencionemos tan sólo un par de ellos. El primero al que deseo referirme es la discriminación y la segregación por motivos raciales. Nos gusta situar el racismo en Europa o en los Estados Unidos, pero lo cierto es que México se caracteriza por una violencia racial extrema y predominantemente estructural. Para empezar a vislumbrar el racismo feroz por el que se caracteriza nuestra sociedad, basta detenerse un momento en la publicidad comercial y apreciar cómo todos los modelos de belleza, riqueza, éxito y comportamiento adecuado suelen ser predominantemente europeos y blancos, aun cuando la mayoría de la población, al ser mestiza, difiera de ellos.

La violencia del racismo publicitario consiste en comunicarles una y otra vez a los indígenas y a los mestizos, mayoritarios en nuestra sociedad, que están desprovistos de belleza, que no pueden triunfar en la vida, que no son competentes, ya que los competentes, los triunfadores y los bellos, los guapos que merecen anunciar lo que se vende, tienen siempre la tez blanca y la fisonomía europea. La industria de la publicidad, en otras palabras, no deja de humillar a la mayor parte de los mexicanos, a los indígenas y a los mestizos, diciéndoles una y otra vez que son feos, incompetentes, fracasados. Y, al menos en lo que se refiere al fracaso, las imágenes publicitarias dicen una parte de verdad, no porque los indígenas y mestizos tengan una predisposición al fracaso en la vida, sino porque la sociedad mexicana hace todo lo posible para que fracasen.

Pensemos un momento en la exclusión y la inferiorización que sufren los indígenas entre los mestizos y los mestizos entre los blancos. No me refiero tan sólo al desprecio generalizado y a las humillaciones incesantes que sufren los pueblos indios en México. Estoy refiriéndome a algo todavía más grave: al hecho de que aquí, en este país, entre más moreno es uno, tendrá más obstáculos y dificultades en la vida, más pobreza, más violencia, menos servicios de salud y de educación a su disposición. Los mexicanos, en efecto, viven peor y viven menos a medida que su piel se ensombrece y que sus rasgos adquieren características menos europeas y más indígenas.

Aunque los indígenas sean los amos y los dueños originarios de este país, y aunque hayan sido constantemente despojados y masacrados en los últimos quinientos años, ahora paradójicamente se les castiga a ellos, a las víctimas, por todos los crímenes que se cometieron contra ellos. Digamos que se les hace pagar a ellos la deuda que se ha contraído con ellos. No sólo se les castiga como grupo, sino también como sangre, castigando a los mestizos por el simple hecho de tener algo de sangre indígena en sus venas. Esta sangre, en un país tan racista como México, se castiga con la pobreza, con el hambre, con la marginación, pues todos estos males, repito, afectan más a los mexicanos cuanto mayor es la proporción de sangre indígena que corre por sus venas.

La miseria como violencia estructural

Llegamos aquí al segundo ejemplo de violencia estructural que deseo mencionar, el de la miseria, que mata mucho más que el narco y que el crimen organizado, pues hace morir prematuramente, año tras año, a decenas de miles de mexicanos que habrían podido vivir más tiempo si hubiese un mejor reparto de la riqueza en México. Permítanme recordar aquí una banalidad: nuestro país es sumamente rico, pero su riqueza está muy mal repartida. En otras palabras, es la menor parte de la población la que acapara la mayor parte de la riqueza de México. Si consideramos la riqueza de los mexicanos, tal como puede valorarse por los indicadores per cápita del PIB y del ingreso, descubrimos que es comparable a la de países, como Letonia, Rumania o Uruguay, en los que no hay niveles de miseria como los de nuestro país. Esto sólo significa una cosa, y es que la miseria de los mexicanos, mucho mayor que la de otros países igualmente ricos, tiene su origen en la injusticia y no en la pobreza de México.

Podemos decir, entonces, que es la injusticia la que hace que decenas de miles de mexicanos pobres mueran año tras año prematuramente, a los treinta o cuarenta años, debido, por un lado, a sus malas condiciones de vida y especialmente de alimentación, y, por otro lado, a los deficientes servicios de salud para los sectores desfavorecidos. Estas personas habrían podido vivir hasta los setenta u ochenta años en caso de que su muerte hubiera obedecido a la esperanza de vida correspondiente a un país con la riqueza del nuestro. Al hacerlas morir antes de tiempo, las estamos asesinando, les estamos arrancando la mitad de su vida, tal como lo hace el crimen organizado al matar a personas de la misma edad. Se trata en los dos casos de violencia, pero el homicidio criminal en manos de un sicario es violencia directa que se persigue y se castiga como un delito, mientras que el asesinato masivo de personas por causa de la injusticia y de la miseria constituye una violencia estructural que no se castiga ni se persigue, aun cuando mate mucho más que la primera.

Considerando que es la estructura la que no deja de matar, ¿a quién habríamos de perseguir y castigar por el exterminio de los miserables? Desde luego que podríamos responsabilizar a nuestros gobernantes y a los empresarios que se enriquecen desmedidamente a costa de la muerte por miseria de la mayoría de los mexicanos. Es verdad que muchos ricos mexicanos, que sólo pudieron enriquecerse al empobrecer y así matar prematuramente a una gran parte de la población que trabajaba para ellos, podrían ser culpados por homicidio, como culpamos a los líderes de los cárteles de la droga. Sin embargo, en el caso de los ricos empresarios, no ordenaron directamente matar a sus empleados y a los trabajadores de sus empleados. Su responsabilidad, en efecto, se disuelve en la estructura. Es la estructura la que mata. Ellos únicamente son los operadores y beneficiarios de la estructura y de los crímenes de la estructura. Es por esto por lo que hablamos de “violencia estructural”.

Aquí lo interesante es que la violencia estructural, como ya lo he señalado, subyace a otras formas directas de violencia. Los delitos violentos que hemos visto incrementarse exponencialmente en México, muchos de ellos ejecutados por el crimen organizado, suelen tener sus causas primeras y más básicas en una violencia estructural como la del racismo y la miseria. No es tan sólo que los más pobres y discriminados reaccionen con la violencia directa delictiva contra la violencia estructural de la que han sido siempre víctimas por parte de los empresarios explotadores y de los gobernantes opresores. Esto puede ser verdad, al menos en parte, pero no pienso que sea todo ni tampoco lo más fundamental. Me parece que lo más fundamental aquí es que la violencia estructural de nuestro país, una violencia como la del racismo y la miseria, hace que vivamos en un mundo violento en el que no se deja de matar injustamente al prójimo.

En México, desde hace mucho tiempo, la violencia forma parte de nuestras vidas. Nos hemos acostumbrado a ella. La hemos naturalizado y banalizado. La hemos vuelto normal, cotidiana, tolerable. ¿Acaso no toleramos toda esa violencia que se adivina en los rostros de hambre y en los paisajes de penuria y escasez que nos rodean?

¿Por qué sorprendernos ahora cuando la guerra del narco asesina, desde hace diez años, a cien mil personas, cuando la sociedad mexicana viene asesinando siempre y en todo lugar, desde hace varias décadas y hasta siglos, a centenares de miles y hasta millones de indígenas y miserables? Nuestra sociedad es una en la que puede matarse impunemente. Es algo que no deja de hacerse desde hace mucho tiempo. La violencia estructural ha estado siempre ahí. Tiene toda clase de efectos. Uno de ellos está en los actos delictivos del crimen organizado.

La psicología y la violencia estructural

Hoy en día, y desde que se desencadenó la guerra del narco, la violencia se ha convertido en uno de los temas favoritos de los psicólogos mexicanos. La psicología de nuestro país descubre de pronto la violencia, como si nunca hubiera existido. El tema inspira encuentros, artículos, capítulos de libros, proyectos de investigación y hasta coloquios o congresos. Todos los psicólogos de México nos ponemos a estudiar la violencia, y, como siempre lo hemos hecho, psicologizamos lo que estudiamos.

En la psicología, como ya lo he señalado, la violencia tiende a individualizarse, explicarse por motivaciones internas, rasgos de carácter o interacciones interpersonales. Todo se torna psicológico. Y si hay algo que se oculta en esta psicologización, es el origen, el fundamento y la causa última de la violencia en la estructura. La dimensión estructural, en efecto, es lo que se disimula en las reflexiones e investigaciones psicológicas en torno a la violencia.

Los psicólogos dejan de lado el racismo y la miseria para concentrarse en la personalidad antisocial y en el control deficitario de los impulsos. Lo psíquico hace olvidar lo socioeconómico. La violencia estructural desaparece detrás de la agresividad, la hostilidad, la impulsividad y las demás palabras que llenan la boca de los psicólogos. Es entonces cuando la psicología crítica debe intervenir, alertar sobre la psicologización y denunciar la manera en que los psicólogos están siendo instrumentalizados para disimular una verdad que a muchos no les conviene que difunda, esto es, que la violencia no empezó con el narco ni tampoco en la guerra contra el narco, sino antes, mucho antes, y en un nivel más profundo, mucho más profundo.

La violencia en México hunde sus raíces en el nivel estructural en el que se da la discriminación de los indígenas, el empobrecimiento de las clases populares, los salarios de hambre de los explotados, la desaforada explotación de los trabajadores. La violencia tiene una de sus fuentes más decisivas en datos económicos tan duros como los de unas tasas de plusvalía y de explotación que están entre las más altas del planeta. Es aquí en donde tenemos el suelo de violencia estructural en el que brotan los comportamientos violentos de la población.

Si México se ha convertido en uno de los países más violentos del mundo, esto es en gran parte por ser también uno de aquellos en los que se padece más violencia estructural: uno de los países más racistas y clasistas, uno de los más injustos, uno de aquellos en los que más se explota, en los que más se mata con la injusticia y a través de la miseria. Esto es lo que se oculta en la psicología. Y tal ocultamiento, sobra decirlo, es uno de los factores que permiten que las cosas no cambien o que empeoren, y que el sistema capitalista neoliberal siga reproduciéndose y expandiéndose, reforzando su fundamento neocolonial racista y discriminatorio, manteniendo o agravando las desigualdades sociales, perpetuando y agudizando una injusticia y una miseria que no dejan de asesinar a los más pobres del país.

La violencia estructural se ve favorecida por su ocultamiento psicológico. La psicología facilita lo que disimula. Considerando esto, cabe afirmar que la culpa de que se mate masivamente a los más pobres de México no es tan sólo de la explotación y de la opresión, de los empresarios y de los gobernantes, sino también, al menos indirectamente, de procesos como el de la psicologización, y, a través de ella, de los psicólogos que emplean su profesión para encubrir lo que deberían denunciar. Desde luego que su responsabilidad es menor que la de quienes explotan y oprimen. Es una corresponsabilidad por omisión, y quizás debamos conceder que es mínima, pero no es nula. Nuestra psicología tendrá que rendir cuentas por la manera en que se las arregla para encubrir la violencia estructural y todo lo demás que desaparece tras la psicologización.

Conclusión: lucha política-ideológica y no sólo debate científico-académico

El encubrimiento posibilita la reproducción de lo que se encubre. Al invisibilizar una violencia estructural como la del racismo y la miseria en México, la psicología contribuye a que la estructura socioeconómica siga explotando a los pobres y discriminando a los mestizos e indígenas en la población mexicana. Esto es lo que un psicólogo crítico denuncia en su cuestionamiento de lo psicológico.

Vemos bien, como lo había subrayado antes, que la autocrítica de la psicología implica necesariamente una doble crítica de sus operaciones ideológicas y de sus funciones en el sistema socioeconómico, es decir, en el caso del que nos ocupamos, de la operación por la que oculta la violencia estructural y de la función de reproducción del sistema a través de tal ocultamiento. Es así como la autocrítica de la psicología se desdobla en una crítica del sistema capitalista neoliberal y de la manera en que utiliza la psicología para encubrirse y perpetuarse.

El posicionamiento político y el desenmascaramiento de la ideología son elementos primordiales de la psicología crítica. Ésta no puede consistir sólo en un ejercicio conceptual, especulativo, teórico y epistémico. Hay que ir más allá de la autocrítica. La actitud autocomplaciente a la que se opone la psicología crítica es la expresión de un poder contra el que tenemos que luchar. Se trata de una lucha política-ideológica y no sólo de un simple debate científico-académico.

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