El marxismo del 68

Marx1968

Intervención presentada bajo el título “El 68 fue también marxista” como réplica para la conferencia “El 68 no fue marxista” de Patrick Llored, profesor de la Universidad de Lyon, el miércoles 31 de octubre de 1968, en el marco del Coloquio Internacional Movimientos Sociales: a 200 años de Marx y a 50 de los 68’s, realizado en la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

David Pavón-Cuéllar

El 68 no fue sólo marxista

El 68 no fue sólo marxista. Fue también anarquista y feminista. Fue a veces más bien apolítico, hippie, psicodélico y roquero. Fue simplemente pacifista en sus protestas contra la Guerra de Vietnam o antirracista en el Movimiento por los Derechos Civiles en los Estados Unidos. Fue además espacio de gestación de los futuros movimientos ecologista y homosexual, así como también antecedente directo de la fiesta posmoderna y de su alegre actitud postmarxista o antimarxista. El antimarxismo, de hecho, ya se atisba en algunas trincheras de 1968.

Diversos grupos y movimientos del 68 se deslindaron del marxismo y a menudo lo criticaron y se opusieron a él. Algunas de las referencias y figuras emblemáticas del espíritu sesentayochero no eran marxistas. Es el caso, por ejemplo, de los anarquistas Noam Chomsky en Estados Unidos y Daniel Cohn-Bendit en Francia.

Es claro, pues, que el 68 no fue sólo marxista, sino que fue muchas cosas más, algunas de ellas totalmente diferentes del marxismo y a veces incluso diametralmente opuestas a él. Esto es incontestable.

El 68 fue también marxista

Ahora bien, aunque el 68 no fuera sólo marxista, esto no quiere decir, desde luego, que no fuera marxista. El 68 fue también marxista. El marxismo fue un elemento definitorio del espíritu sesentayochero. Fue tan definitorio que muchos testigos externos y enemigos del movimiento del 68, al igual que algunos de sus participantes, acabaron asimilándolo al marxismo. Tal asimilación resulta ciertamente simplificadora, pero también reveladora, pues nos deja ver la importancia que tuvo el elemento marxista en el espíritu sesentayochero.

El marxismo del 68 se puso de manifiesto en el peso que adquieren figuras como las de los propios Marx y Engels junto con los marxistas favoritos del movimiento: Rosa Luxemburgo y Trotsky, el Che Guevara y Fidel Castro, Mao Tse-Tung y Ho Chi Minh. Estos nombres no dejan de resonar en 1968. Sus rostros respectivos aparecen en todos lados, en mantas y pancartas, en panfletos o periódicos de organizaciones. Sus palabras no dejan de citarse, interpretarse y discutirse.

Un enorme número de sesentayocheros de todo el mundo se identifican a sí mismos y se reconocen o se distinguen unos de otros al presentarse como diferentes clases de marxistas. Muchos aún permanecen fieles a la Unión Soviética y son marxistas-leninistas de corte dogmático y tradicional, pero hay cada vez más que se distinguen de ellos y que los rebasan por la extrema izquierda. Están primeramente los marxistas libertarios anti-leninistas y espartaquistas-luxemburguianos. Al mismo tiempo, la revolución cultural china, que estalló en 1966, hace que se levante una ola de maoístas en todo el mundo. Hay también una extraña proliferación de trotskistas, así como cada vez más gramscianos y guevaristas. Estas diversas corrientes políticas del marxismo dan lugar a organizaciones ultraizquierdistas que se alían o rivalizan y que son protagonistas de muchos de los movimientos y acontecimientos de 1968.

El Mayo Francés, por ejemplo, será protagonizado principalmente por siete organizaciones marxistas de extrema izquierda, todas ellas rivales del más tradicional Partido Comunista Francés. En la trinchera trotskista están Voz Obrera y luego Lucha Obrera, la Federación de Estudiantes Revolucionarios, la Organización Comunista Internacionalista y principalmente la Juventud Comunista Revolucionaria, precedente de la famosa Liga Comunista Revolucionaria. El frente maoísta dispone de las Juventudes Comunistas Marxistas Leninistas y de su derivado, Izquierda Proletaria, vinculada con Louis Althusser. En cuanto al campo marxista libertario y antiautoritario, vinculado con los anarquistas y los situacionistas, cuenta con el fabuloso Movimiento del 22 de Marzo.

Las organizaciones tienen a veces líderes que son tan marxistas como ellas y que habrán de convertirse en íconos del espíritu del 68. Pensemos ahora, como ilustración, en el más conocido sesentayochero alemán, Rudi Dutschke, marxista gramsciano, pero también luxemburguiano y altamente influido por filósofos marxistas occidentales como Ernst Bloch y Marcuse, aunque también paradójicamente por Mao Tse-Tung. Es bajo inspiración maoísta, en efecto, que Dutschke forja su famosa noción de “larga marcha a través de las instituciones” con la que se refiere a una estrategia de infiltración y subversión de los espacios institucionales desde su interior para establecer las condiciones de la revolución.

El marxismo sesentayochero también se evidenció, pues, en los dirigentes marxistas carismáticos, figuras icónicas del 68, así como en la proliferación de grupos de corte marxista y en la forma en que tales grupos englobaron una fracción importante del movimiento estudiantil. Incluso al exterior de los espacios de militancia comunista y socialista, hubo una enorme difusión de Marx y del marxismo entre los jóvenes movilizados en todo el mundo. Lo mismo en Francia que en Alemania, Italia, Japón y México, observamos la generalizada representación de la realidad en términos de lucha de clases o de base y superestructura y el empleo masivo de los apelativos “capitalista” y “burgués” con propósitos insultantes o descalificadores. Todo esto nos permite apreciar un ambiente altamente impregnado por el marxismo. La impregnación es particularmente manifiesta en los ámbitos universitarios y académicos.

El elemento marxista del espíritu sesentayochero es también el de sus referentes intelectuales. Tenemos aquí un marxismo renovado, radicalizado y tan ramificado como el de las tendencias políticas de la época. Mencionemos al menos el marxismo estructuralista de Louis Althusser, el existencialista de Jean-Paul Sartre, el hegeliano de Georg Lukács, el frankfurtiano de Max Horkheimer, Theodor Adorno y especialmente Herbert Marcuse, el historiográfico británico de E. P. Thompson y Eric J. Hobsbawm, el humanista de Ernst Bloch, Erich Fromm, Karel Kosík, Lucien Goldmann y Roger Garaudy, el de la teoría de la dependencia de Celso Furtado, Theotonio Dos Santos, Andre Gunder Frank y Ruy Mauro Marini, los marxismos inclasificables de José Revueltas en México y Takaaki Yoshimoto en Japón. Los pensadores más influyentes del 68 fueron en su mayoría marxistas, quizás heterodoxamente marxistas, pero marxistas, indiscutiblemente marxistas.

El discutible marxismo del 68

Es verdad que también hubo en 1968 influyentes pensadores cuyo marxismo resulta discutible. Pensemos, por ejemplo, en el grupo marxista anti-dogmático Socialismo o Barbarie, particularmente en sus líderes y fundadores, Cornelius Castoriadis y Claude Lefort. Sabemos que ambos, después de haberse opuesto únicamente al marxismo-leninismo estalinista y soviético, tienden a distanciarse de cualquier perspectiva marxista en el curso de los años sesenta. Sin embargo, en la misma época, este distanciamiento del marxismo provoca la escisión de la facción de Pierre Souyri y Jean-François Lyotard, quienes permanecen fieles al marxismo y tendrán un papel importante en el movimiento del 68 en Francia, especialmente a través de la revista Pouvoir Ouvrier.

De cualquier modo, aun en el caso de Lefort y Castoriadis, el punto de partida y el impulso vital de su pensamiento, así como su fundamento y su marco de referencia, no dejan de ser profundamente marxistas. Es lo mismo que ocurre, aunque de modo aún más notorio, con Guy Debord, cabeza de una Internacional Situacionista que jugará un papel decisivo en el Mayo Francés. Nadie pondrá en duda que Debord funda sus ideas fabulosas en ideas muy precisas del propio Marx, en el proyecto original de Socialismo o Barbarie, en la crítica de la vida cotidiana del marxista humanista Henri Lefebvre, en el freudomarxismo surrealista y en la perspectiva marxista occidental de Georg Lukács y Karl Korsch. Todos estos materiales, aunque provenientes del marxismo, ya son de por sí relativamente incompatibles con el marxismo-leninismo, pero se articulan además de un modo tan original y con un estilo tan innovador y provocador que resultan desconcertantes y completamente irreconocibles para marxistas rígidos, convencionales y sensatos, por no decir tontos y aburridos, como los que predominan en las estructuras y dirigencias del Partido Comunista Francés (PCF) y de su tentáculo sindical, el de la Confederación General del Trabajo (CGT).

Los viejos comunistas franceses vieron a los situacionistas sesentayocheros con desprecio y desconfianza. No los tomaron en serio. No supieron aprender todo lo que habrían podido enseñarles. No pudieron encontrar en ellos más que ideología burguesa e izquierdismo anarquista. No fueron capaces de vislumbrar su marxismo tan auténtico y tan consecuente, aun cuando ahí estaba, no sólo presente, sino demasiado presente, desbordante, ampliado y profundizado, aunque ciertamente marcado por su orientación libertaria e imbricado con elementos anarquistas y con las ideas no-marxistas o para-marxistas de otros grandes exponentes del situacionismo, entre ellos el famoso Raoul Vaneigem.

Marxismo y anarquismo

El 68 consiguió liberar al marxismo de mucho de lo que impedía su reconciliación con el anarquismo. Esto fue posibilitado por la fuerza que adquieren marxismos libertarios, anti-dogmáticos y antiautoritarios, como el espartaquista-luxemburguiano, el consejista, el de Socialismo o Barbarie o el situacionista. Sin embargo, en el fundamento mismo de la opción por estos marxismos y de la reconciliación con el anarquismo, lo decisivo fue el espíritu mismo del 68, su carácter insumiso y subversivo que lo hace desafiar cualquier poder opresivo y desembarazarse de todo aquello que lo contrapone al anarquismo, como el burocratismo, el autoritarismo, el verticalismo, el vanguardismo y el despotismo que reinan lo mismo en los Partidos Comunistas que en la Unión Soviética y en otros países socialistas.

En cualquier caso, el eterno conflicto y malentendido entre marxistas y anarquistas, que viene desgastándolos desde el triste final de la Primera Internacional y que asegura la fatídica división del movimiento mundial anticapitalista, parece llegar a superarse entre algunos sesentayocheros. Esto provoca la incomprensión de los viejos patriarcas del comunismo y del anarquismo. Es algo que se aprecia muy bien en el Congreso Anarquista Internacional de Carrara, que se realiza entre el 31 de agosto y el 5 de septiembre de 1968 y en el que se crea la Internacional de Federaciones Anarquistas (IFA). Vemos oponerse entonces la tradicional posición antimarxista, representada principalmente por el viejo Maurice Joyeux, y la emergente postura pro-marxista, personificada por el joven sesentayochero Daniel Cohn-Bendit. La oposición entre estas dos posturas nos dice mucho de la relación entre el marxismo y el anarquismo en 1968 y merece que nos detengamos un momento en ella.

El viejo Joyeux se opone violentamente a cualquier alianza con la “podredumbre marxista” y acusa a los exponentes del marxismo libertario sesentayochero de “merodear en torno al movimiento libertario como putas en torno a los bares”. En respuesta, después de corear varias veces con sus compañeros “vive les putains!, ¡viva las putas!, ¡viva las putas!”, Cohn-Bendit expresa elocuentemente el espíritu sesentayochero cuando afirma: “hemos de abandonar el falso dilema anarquistas o marxistas y plantear el dilema: revolucionarios o no”, y continúa con firmeza: “el movimiento revolucionario tiene que basarse en la autogestión, en los consejos obreros, en el rechazo de la dirección, tanto si la ejerce un partido comunista como si lo hace una federación anarquista”.

Después de terminar su maravilloso discurso, Cohn-Bendit abandona la sala con su grupo de jóvenes, quienes corean ahora: “Vous êtes des anciens combattants!”, “¡Son ustedes unos viejos combatientes!”. Los viejos combatientes se quedan en la sala y el encargo de responder cae en otra anarquista de edad, ni más ni menos que la veterana y exministra de la República Española Federica Montseny, la cual, en tono condescendiente y casi materno, dice con respecto al discurso de Cohn-Bendit: “yo pensaba igual que él cuando tenía veinte o treinta años”.

El meollo del asunto es, pues, la brecha generacional. Quizás Montseny tenga razón. Hay algo en su generación que suele impedirle comprender a esos jóvenes del 68 que intentan ahondar en sus convicciones marxistas y anarquistas para superar sus diferencias y para cumplir así con sus propósitos. Esto es también el espíritu sesentayochero, el espíritu que muchos hemos perdido y cuya pérdida nos mantiene derrotados al mantener el conflicto estéril e interminable entre quienes van ocupando sucesivamente las posiciones de los viejos marxistas y de los viejos anarquistas, ya sean comunistas y libertarios, populistas y trotskistas o hasta morenistas y zapatistas. Unos y otros no dejan de tropezar entre sí, boicoteándose constantemente los unos a los otros, mientras el capitalismo va ganando terreno y anulando todas las conquistas pasadas.

Mucho de lo que sufrimos hoy en día proviene de la incomprensión del espíritu del 68. El espíritu, incomprendido, terminó derrotado por la misma incomprensión. Lo viejo triunfó sobre lo nuevo. El movimiento revolucionario fue neutralizado por el reflujo reaccionario. Este reflujo revistió muchas formas diferentes, pero todas ellas muestran una total incomprensión ante los diferentes aspectos del espíritu del 68, entre ellos su elemento marxista.

Marxismo y marxismo

La incapacidad para comprender no sólo afecta severamente a los viejos anarquistas de la época, sino también a los viejos marxistas. Ya mencionamos a los dinosaurios del Partido Comunista Francés que no fueron capaces ni siquiera de vislumbrar, al menos al principio, toda la radicalidad marxista de los jóvenes sesentayocheros, tanto los situacionistas como los ultraizquierdistas, los trotskistas, los maoístas y los anti-autoritarios luxemburguianos. Exactamente lo mismo ocurre en los Estados Unidos, en México y en Checoslovaquia. Detengámonos un momento en cada caso.

En el contexto estadounidense, los viejos comunistas van a tildar burlonamente de “groucho marxistas” a los yippies del Partido Internacional de la Juventud. Y sí, claro, es verdad que el marxismo de los yippies es discutible, por decir lo menos. Jerry Rubin, de hecho, está más próximo al anarquismo. Sin embargo, cuando lo escuchamos, a menudo sentimos que su discurso está mucho más cerca del marxismo, y sus héroes, no por casualidad, son Fidel Castro, Mao Tse-Tung y Ho Chih Min.

Por su parte, el otro yippie más famoso, Abbie Hoffman, se describe como un anarco-comunista, pero todo su pensamiento está bajo la influencia indirecta de Marx y directa de Marcuse, y, según él mismo dice, quiere combinar los estilos de Andy Warhol con Fidel Castro, lo que no está nada mal. Hay aquí nuevamente un impulso a transgredir, subvertir y unir lo aparentemente incompatible: un impulso que pudo llegar a ser liberador para el marxismo. Si esto no sucedió, fue por la disolución y recuperación del espíritu del 68, aunque también, insistamos, por la incomprensión en la misma izquierda.

Más al sur, en el contexto mexicano, hay también múltiples ejemplos de la misma incomprensión, pero me gustaría ceñirme a uno que nos relata Roger Bartra y que me parece particularmente significativo. El protagonista fue el viejo marxista Vicente Lombardo Toledano, quien siempre estuvo en la órbita del gobierno posrevolucionario, ya fuera como político del ala izquierdista del Partido Revolucionario Institucional (PRI) o como primer secretario general de la central sindical oficialista Confederación de Trabajadores de México (CTM) o como dirigente del paraestatal Partido Popular Socialista (PPS). El primero de octubre de 1968, exactamente un día antes de la matanza de Tlatelolco, Lombardo Toledano quiso reprender con severidad a los jóvenes marxistas sesentayocheros y los acusó de presentarse como “reformadores del marxismo para calumniarlo” y de abrir paso a una nueva izquierda “por un camino que no es el del marxismo-leninismo”. Quizás no fuera, en efecto, la vía leninista clásica, sino algo que Lenin habría juzgado un infantilismo de izquierda precisamente por insistir en el atajo y evitar cualquier tipo de rodeo.

Lo seguro es que el camino de los sesentayocheros no era la senda tortuosa que siguió Lombardo Toledano hasta la cima del poder. Pero esto no quiere decir que no fuera el camino del marxismo, aunque un camino tal vez efectivamente demasiado recto, demasiado consecuente, demasiado juvenil y hasta infantil para ser comprendido por el venerable anciano Lombardo Toledano, el cual, por cierto, falleció en el mes de noviembre de 1968, tan sólo unas semanas después de reprender a los jóvenes a los que masacraron en Tlatelolco y a los que no supo comprender. Tenemos aquí, una vez más, la incomprensión de un viejo ante el espíritu del 68 y su elemento marxista.

La vejez que le achaco al viejo Lombardo Toledano, lo mismo que al viejo Maurice Joyeux o a los viejos comunistas franceses y estadounidenses, no es evidentemente una vejez biológica, sino histórica, simbólica, ideológica. Es la vejez que nunca fue sufrida ni por Salvador Allende, el viejo joven, como él mismo se caracterizaba, ni por otros dos marxistas que supieron comprender muy bien el marxismo sesentayochero mexicano. Me refiero, desde luego, a Elí de Gortari y especialmente José Revueltas, los cuales, aunque bien cargados respectivamente con 50 y 54 años a cuestas, dieron prueba de una juventud que les hizo vibrar con el espíritu del 68 hasta pagar las consecuencias y terminar encarcelados en Lecumberri.

Hay alguien más a quien deseo referirme, ahora un checoslovaco, alguien que tampoco era precisamente joven de edad biológica, pero que fue históricamente joven al comprender muy bien el marxismo sesentayochero. Estoy pensando en Alexander Dubček, el principal artífice del 68 de Checoslovaquia, de la Primavera de Praga y del Socialismo con rostro humano. Los viejos marxistas checoslovacos y soviéticos acusaron a Dubček y a sus compañeros de no ser auténticos marxistas y de traicionar el marxismo. Lo cierto es que no podían evidenciar ni mayor autenticidad en sus convicciones marxistas ni mayor insistencia en su fidelidad al marxismo, como lo muestra claramente el Programa de acción de abril de 1968, en el que se resumen los principios de su propuesta de Socialismo con rostro humano.

¿Qué leemos en el mencionado Programa de acción? Leemos que “se estimulará el desarrollo del pensamiento marxista”, que “el concepto marxista-leninista del desarrollo del socialismo” debe ser “principio rector”, que “la gestión política” de este concepto es condición para “el correcto desarrollo de nuestra sociedad socialista” y que la “ciencia marxista” dará la fuerza que “permita preparar condiciones científicas responsables para tal programa”. Se insiste así una y otra vez en la profesión de fe marxista. Nada malo hasta aquí. El problema es que también leemos en el mismo programa que las “propias experiencias y el mismo conocimiento científico marxista” los han llevado a la conclusión de que su objetivo de plenitud personal y vital “no puede lograrse por viejos caminos, al usar medios que han sido métodos obsoletos y duros, que siempre nos están arrastrando”, y es por eso que deciden “abrirse camino a través de condiciones desconocidas, experimentar, darle un nuevo aspecto al desarrollo socialista”, incluso “profundizar el socialismo”, y siempre “apoyándose en un pensamiento marxista creativo”.

La creatividad es todo el problema del marxismo de los sesentayocheros de Checoslovaquia. Dubček y sus compañeros continúan siendo marxistas, auténticamente marxistas, insistentemente marxistas, apasionadamente marxistas, pero lo son de un modo creativo, innovador, nuevo, como sus compañeros de México, Francia y Estados Unidos, lo que les vale ser incomprendidos y finalmente invadidos por la Unión Soviética y por las demás naciones del Pacto de Varsovia. Esta vez la incomprensión del marxismo del 68 se traduce en tanques y metrallas. Mejor disparar en lugar de intentar comprender, lo que provoca la indignación de partidos comunistas como el italiano, el francés y el finlandés, y así termina preparando el terreno para el surgimiento del eurocomunismo no alineado con la Unión Soviética.

Entre la incomprensión y el reconocimiento del marxismo del 68

No fue solamente la Unión Soviética la que pagó muy cara la incomprensión del marxismo sesentayochero. Esta incomprensión, en realidad, ha sido costosa y perjudicial para todos los que se nutren de la herencia de Marx y de sus seguidores. Todos nos hemos quedado como paralizados y atrapados en el 68 y en sus consecuencias.

El inmenso legado marxista llegó en 1968 a una encrucijada histórica decisiva de la que dependía su destino: o se desviaba para volver atrás y para seguir dando vueltas, agotándose y quedando cada vez más atrás, o bien seguía siempre adelante, lo que le exigía renovarse, reinventarse, radicalizarse, o, según los términos de los compañeros checoslovacos, experimentar, profundizarse y abrirse camino a través de condiciones desconocidas. Este camino hacia adelante, el mismo elegido por los marxistas sesentayocheros de México y de todo el mundo, fue obstruido en Praga por los tanques soviéticos, así como fue también estorbado en otros países por el peso de las vetustas estructuras de partidos y dogmas comunistas, bien expresadas por las reconvenciones que Lombardo Toledano dirigió a los jóvenes mexicanos.

Los estorbos existen al interior de cada organización y de cada miembro. El movimiento del 68, mientras dura, se debate constantemente entre los dos caminos o entre el camino y el obstáculo, entre lo joven y lo viejo, entre los marxismos renovados y los anquilosados. Esto es muy claro en el caso de Japón, en donde vemos oscilar a los jóvenes entre las viejas sectas marxistas Zengakuren, dogmáticas y ritualistas, y los nuevos Consejos universitarios de lucha conjunta, los Zenkyoto, espacios únicos de libertad y creatividad. Como en otros contextos, la experiencia de los Zenkyoto es incomprendida y termina siendo estorbada y finalmente frustrada por las inercias de los Zengakuren.

El obstáculo de la incomprensión de los propios marxistas vino a sumarse a todos los demás obstáculos del mundo capitalista. Contribuyó así al repliegue de ese espíritu del 68 que pudo haberle permitido al marxismo dar un salto y seguir adelante. Ciertamente una parte de él continuó moviéndose a través de la noche neoliberal, posmoderna y ahora hipermoderna, pero se ha movido siempre titubeando, tambaleándose, trastabillando, cayendo y cojeando, sin poder aún recobrarse de sus múltiples caídas. Él mismo no deja de volver atrás y se retiene en el pasado y sigue tropezando con él mismo.

El avance del marxismo exige reconocer el marxismo sesentayochero. Este marxismo es aún irreconocible como tal, como un tipo de marxismo, para muchos marxistas. No lo comprenden. Es todavía demasiado nuevo, demasiado revolucionario, demasiado marxista, para los gustos marxistas mayoritarios de nuestra época. No hemos conseguido alcanzarlo. Aún estamos atrás, muy atrás del socialismo con rostro humano de Checoslovaquia, de aquello por lo que murieron los mártires de Tlatelolco, de los ideales de libertad profesados por los yippies y por los trostkistas, maoístas, espartaquistas y situacionistas del 68. Estos jóvenes marxistas eran demasiado jóvenes y nosotros ya somos demasiado viejos.

Tan sólo estaremos en condiciones de rejuvenecer, tan sólo podremos renovar y reactualizar lo que significa ser marxistas para nosotros, después de que hayamos reconocido el marxismo del 68, después de que hayamos tomado conciencia de todo aquello en lo que ese marxismo nos ha superado, es decir, todo aquello en lo que nos hemos ido rezagando. El signo de este rezago será precisamente su desconocimiento. Lo desconoceremos cuando ni siquiera veamos aquello con respecto a lo cual estamos rezagados, cuando no percibamos el marxismo en el 68, cuando no hayamos tomado conciencia de todo aquello que puede llegar a ser el marxismo sin dejar de ser lo que es.

Lo cierto es que el marxismo sigue siendo el marxismo que es al ser el del 68, al desafiar el marxismo-leninismo soviético, al ser maoísta y libertario, al ser feminista y yippie, al reconciliarse con el anarquismo, al convertirse en situacionismo y al profundizarse tanto como lo profundizaron los sesentayocheros. El espíritu del 68 nos muestra mucho de lo que puede llegar a ser el marxismo y que hoy en día nadie o casi nadie reconoce como algo marxista, quizás porque terminaron ganando los viejos, porque el movimiento reaccionario vino después del movimiento revolucionario y definió lo que habría de ser cada cosa, incluido el propio marxismo. Nos quedamos entonces únicamente con lo superado y trascendido por el espíritu sesentayochero. Perdimos así el marxismo del 68 para conservar tan sólo aquello marxista que lo precedió y contra lo que se rebeló.

Ahora suele creerse que el marxismo es tan sólo eso que envejeció y murió en la Unión Soviética. Se nos olvida que fue también aquello que pudo rejuvenecer en el 68 y que así consiguió sobreponerse a su vejez y a su muerte. La juventud y la vida misma del marxismo es lo que suele caer en el olvido.

Lo que dejamos de recordar, en otras palabras, es la capacidad que tiene el marxismo de transformarse a sí mismo para seguir constituyendo la principal amenaza práctico-teórica para el sistema capitalista y para sus dispositivos ideológicos, disciplinarios y represivos. Esto es lo que no debe saberse. Es también por el peligro de saberlo que no se nos permite reconocer el marxismo del 68. Reconocerlo sería ver mucho de lo que puede ser el marxismo además de lo que envejeció y murió en la Unión Soviética. Mejor no verlo e imaginar que lo superamos, que lo dejamos atrás, que podemos resignarnos a pensamientos mejor adaptados al capitalismo.

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