Opciones políticas del análisis textual en las ciencias humanas y sociales: reproducción, justificación, impugnación y transformación ante el eslogan “Mover a México”

Conferencia magistral en el marco del VI Congreso de Ciencias Sociales y Humanidades, en el Auditorio Pedro de Alba de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, 20 de octubre 2015

David Pavón-Cuéllar

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Aspectos teóricos, metodológicos y políticos de la cientificidad

No se ha llegado a ningún consenso definitivo en torno a la cientificidad de las ciencias humanas y sociales. Hay, en un extremo, quienes las aceptan de modo general como disciplinas plenamente científicas. Pero hay también, en el otro extremo, quienes rechazan en bloque sus pretensiones de cientificidad y las reducen a vanos simulacros de ciencia. Entre los dos extremos, tenemos a quienes distinguen entre las auténticas y las inauténticas ciencias humanas y sociales. Aquí el criterio distintivo es también un asunto altamente polémico. La cientificidad podrá estribar en condiciones tan disímiles y a veces tan contradictorias como la objetividad, el carácter verificable y replicable, el poder predictivo, la refutabilidad o falsabilidad, la precisión y la claridad, el sustento argumentativo, la consistencia interna, la capacidad explicativa, la disposición interpretativa y comprensiva, la reflexibilidad y hasta la tensión autocrítica.

La cuestión epistemológica de la cientificidad de las ciencias humanas y sociales, tal como ha sido planteada y replanteada sin cesar, no es tan sólo una cuestión de índole teórica, sino también de carácter práctico, y esto en dos sentidos totalmente diferentes. Por un lado, en un sentido metodológico, se discute qué métodos pueden asegurar la cientificidad de las ciencias humanas y sociales. Tenemos aquí las batallas interminables entre las trincheras enemigas de quienes defienden lo cualitativo y lo cuantitativo, lo inductivo y lo deductivo, lo analítico y lo sintético, lo explicativo y lo comprensivo, lo hipotético y lo fundamentado, lo hermenéutico y lo empírico, lo observacional de campo y lo experimental de laboratorio.

La misma cuestión de la cientificidad de las ciencias humanas y sociales, por otro lado, tiene un carácter práctico en el sentido político del término. Los fines y los efectos en la sociedad y en la historia son entonces aquello en función de lo cual se discute si las ciencias humanas y sociales merecen efectivamente el nombre de ciencias. Lo científico se debate entre opciones políticas opuestas: lo pretendidamente apolítico y lo abiertamente político, lo neutral y lo posicionado, lo contemplativo y lo participativo, lo confirmativo y lo crítico, lo reproductivo y lo subversivo, lo conservador y lo progresista, lo descriptivo y lo transformador.

Vinculaciones entre las opciones teóricas, metodológicas y políticas

Las opciones políticas tienden a vincularse con ciertas opciones teóricas y metodológicas de las ciencias humanas y sociales. Sin embargo, contra lo que suele creerse, no hay una correspondencia necesaria y esencial entre los tres planos de la política, la metodología y la teoría. Ciertamente, cuando fundamos la cientificidad en el carácter objetivo y en el poder predictivo de nuestras conclusiones, tendremos buenas razones para preferir los métodos empíricos, experimentales y cuantitativos, y para optar políticamente por cierta neutralidad valorativa, más reproductiva que subversiva, y más descriptiva que transformadora. Pero también es posible que un proyecto político de subversión y transformación, bien justificado por una concepción de la ciencia como práctica militante, requiera datos duros, números y experimentos, y favorezca la predicción y la objetividad, aunque sea únicamente con ciertos fines estratégicos o persuasivos. Por ejemplo, si queremos demostrar jurídicamente y denunciar públicamente la grave manipulación de las informaciones en los noticiarios de Televisa o en el periódico Milenio, conviene que no prescindamos de métodos cuantitativos estadísticos, y que al menos algunas de nuestras observaciones muestren la mayor objetividad e incluso nos permitan prever con exactitud las distorsiones de futuras noticias. Quizás tan sólo así podamos asegurar que nuestra investigación tenga impacto público y peso jurídico.

Ahora bien, aunque no haya una correspondencia esencial y necesaria, sí hay ciertos vínculos intrínsecos determinantes e insoslayables entre los planos teórico, metodológico y político. Estos vínculos hacen que algunas teorías y algunos métodos, aparentemente neutrales e imparciales, impongan o excluyan ciertas opciones políticas, vehiculen formas de acción social y tengan consecuencias directas en el desequilibrio de fuerzas del campo cultural histórico. Es lo que intentaré mostrar ahora, en los siguientes minutos, en el caso preciso del análisis textual en las ciencias humanas y sociales.

Veremos cómo tres distintos enfoques teórico-metodológicos analítico-textuales, el análisis de contenido, el de discurso y el crítico de discurso, nos orientan respectivamente a las opciones políticas de reproducción, justificación e impugnación del sistema ideológico-discursivo dominante, al menos cuando se utilizan para analizar textos atravesados y articulados por este sistema. Finalmente nos preguntaremos cómo ir más allá de la impugnación crítica para posibilitar una transformación práctica en el campo del análisis textual. A cada paso de nuestra breve reflexión, intentaré ilustrar lo reflexionado a través de incursiones analíticas puntuales en una frase que ha resonado una y otra vez en México desde el mes de diciembre del año 2012. Me refiero a la consigna sistémica “Mover a México”, eslogan del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Reproducción

Empecemos por el análisis de contenido y veamos qué puede enseñarnos acerca del “Mover a México” de Peña Nieto. Al someter este eslogan a un análisis de contenido, lo primero que podemos hacer es intentar comprender lo que significa, lo que quiere decir, lo que Peña Nieto y su equipo intentan comunicarnos a nosotros como ciudadanos y futuros votantes. Nos diremos, por ejemplo, que la frase “Mover a México” busca transmitir el dinamismo del proyecto de país de Peña Nieto, su énfasis en el movimiento inherente a las reformas estructurales y al desarrollo económico del país.

“Mover a México” sería desarrollar a México, reformarlo, transformarlo, modernizarlo, desbloquearlo, permitirle escapar a sus inercias, inhibiciones e inmovilismos. Al decir todo esto, ya estamos haciendo un análisis de contenido, es decir, un análisis de lo que suponemos que hay dentro del texto que analizamos, ya sean significados, ideas o mensajes, o bien, de manera más precisa, correlatos de nociones teóricas provenientes de nuestro campo disciplinario en las ciencias humanas y sociales. Un psicólogo como yo, por ejemplo, bien podría sostener que el “Mover a México” refleja deseos de cambio y sentimientos de impaciencia, un ánimo activo y prospectivo, una actitud positiva hacia el movimiento, una orientación política progresista y no conservadora, una representación unitaria y dinámica del país.

Al hacer un análisis de contenido, creemos descubrir el contenido, el sentido, la significación cognitiva o denotativa de las palabras, de los significantes discursivos que analizamos. El “Mover a México” significaría todo lo que hemos dicho, como la impaciencia o el dinamismo, o la promesa de progreso y desarrollo. ¿Pero es verdad que el “Mover a México” significa todo eso? ¿La impaciencia y el desarrollo son verdaderamente ideas o cosas, pensamientos o sentimientos, realidades, significados cognitivos o denotativos del significante discursivo “Mover a México”? ¿Acaso la impaciencia y el desarrollo no son también significantes discursivos?

¿Acaso la impaciencia y el desarrollo, al igual que el progreso y el dinamismo y todo lo demás que señalamos, no son más palabras, puras palabras, palabras analizadoras que se agregan a las palabras analizadas “Mover a México”? Y al agregarse a ellas, ¿acaso no las continúan, las prolongan, las corroboran en un discurso tautológico, repetitivo, redundante, reproductivo del sistema? Éste suele ser el discurso producido por los análisis de contenido.

Al descubrir lo que el discurso analizado supuestamente quiere decir, el buen analista de contenido lo hace decir muchas más cosas que dicen aproximadamente lo que ya dice. Las palabras del analista, en efecto, deben decir aproximadamente lo mismo que ya dice el discurso analizado, pues tan sólo así pueden hacerse pasar por su contenido o significación. Es así como el discurso puede prolongarse, continuarse, perpetuarse con supuestas ideas que son en realidad más palabras que sólo confirman las palabras analizadas y que así reproducen el sistema ideológico-discursivo dominante que las rige. Este sistema dispone ahora de otro portavoz en la figura del buen analista de contenido.

En el eslogan analizado, el analista de contenido une su voz a la de Peña Nieto, desarrolla lo que dice, lo confirma y lo reafirma al decir lo que supuestamente quiere decir. “Mover a México” ya no es tan sólo “Mover a México”, sino también “Cambiar a México”, transformarlo, desarrollarlo, hacerlo progresar y avanzar, desbloquearlo, desinhibirlo, despertarlo. Es como si la campaña gubernamental continuara en los buenos oficios del analista de contenido. Su función, perfectamente bien integrada en el sistema, es dedicarse a decir todo lo que el sistema y sus representantes quieren decir.

Si quisiera oponerse al sistema ideológico-discursivo dominante al contradecir el discurso analizado, el analista de contenido tendría que ser un mal analista de contenido, pues debería suponer que el discurso quiere decir algo que de algún modo contradice lo que dice. Un analista de contenido que descubriera cierto despotismo en la consigna de Peña Nieto podría ser cuestionado con bastante facilidad. ¿Por qué el “Mover a México” significaría despotismo? ¿Necesitamos de un déspota para mover al país? ¿Acaso el país no puede moverse por sí mismo a través de un gobierno como el ofrecido por Peña Nieto? ¿En qué se basa la supuesta significación despótica del “Mover a México”?

El movimiento no puede querer decir despotismo por sí mismo… No habría manera de refutar ni esta objeción ni otras análogas cuando hacemos análisis de contenido. Al optar por este método, estamos excluyendo cualquier posibilidad de crítica e impugnación directa de lo analizado. Nos estamos condenando a la reiteración con otras palabras. Y cuando lo reiterado es un texto sistémico y no contra-sistémico, su análisis reiterativo implica lógicamente una opción política por la reproducción del sistema ideológico-discursivo dominante.

Justificación

Considero, pues, que al analizar discursos articulados por el sistema ideológico-discursivo dominante, la opción metodológica por el análisis de contenido implicará de algún modo una opción política por la reproducción del sistema. Para no caer en esta reproducción, habrá que renunciar al análisis de contenido propiamente dicho. ¿Pero entonces cómo abordaremos el texto que debemos analizar?

Una vez que descartamos el análisis de contenido, el primer método que se nos ofrece como alternativa es el análisis de discurso. Este análisis ya no inquiere lo que el discurso analizado supuestamente quiere decir, sino que se concentra en lo que dice. Analiza las palabras y no las supuestas ideas detrás de las palabras, es decir, los significantes discursivos y no sus pretendidos significados cognitivos o denotativos.

En lugar de hacer conjeturas acerca de lo que el emisor tiene en mente al transmitir su mensaje, el analista de discurso examina el mensaje textual, su composición y su organización interna, sus elementos y las relaciones entre sus elementos. Lo que interesa es la consigna presidencial, el “Mover a México”, y no lo que podría significar “Mover a México”. El análisis de discurso consecuente no tiene derecho a encontrar aquí ni un sentimiento de impaciencia, ni una cualidad como el dinamismo, ni una promesa de progreso y desarrollo. Todo esto no está presente de manera textual en el discurso, y, por lo tanto, no es objeto del análisis de discurso.

El único objeto válido para el análisis de discurso es el Mover a México”, es decir, las tres palabras sucesivas: “Mover…, a…, México…”. Lo que hay aquí, entiéndase bien, es el mover, el movimiento, y no el desarrollo ni el proceso ni el dinamismo ni la impaciencia. No hay palabras diferentes de las empleadas por Peña Nieto y por su equipo. Sólo existe lo que dicen y no lo que supuestamente quieren decir al decir lo que dicen.

Ahora bien, si dejamos de interesarnos en lo que significan las palabras, ¿qué diablos podremos decir acerca de las palabras? Como analistas de discurso, señalaremos, por ejemplo, que el “Mover a México” se contrapone a la inmovilidad y enfatiza el movimiento, y que se trata de un movimiento que incide en un país descrito en bloque, de manera singular y unitaria, como aquello que recibe el movimiento, que es movido. También podríamos subrayar, en el mismo sentido, que el eslogan no invoca ni a los individuos ni a las clases ni al mundo, sino a México. El acento está puesto en el país y en su movimiento.

Podríamos continuar indefinidamente con observaciones análogas acerca del “Mover a México”. Esta clase de observaciones muestran claramente lo que se hace al realizar un análisis de discurso. Lo que se hace no es comprender, como en el análisis de contenido, sino describir y explicar, pero sólo en el sentido etimológico del término, es decir, extender, desplegar, desenvolver lo explicado. Esto requiere de un amplio trabajo parafrástico. El resultado puede parecernos tedioso, pero no es por ello menos efectivo, demostrativo y esclarecedor, especialmente cuando nos ocupamos de grandes cuerpos discursivos en los que podemos examinar la estructura textual, sus términos literales y sus relaciones recíprocas.

Independientemente de la amplitud de los textos, el análisis de discurso consigue llamar la atención sobre aspectos que pasan desapercibidos a simple vista. El material analizado se desenvuelve ante nuestros ojos y nos muestra múltiples detalles que se mantenían ocultos, disimulados, antes de que hubiéramos analizado el discurso, es decir, antes de que lo hubiéramos explorado, expuesto, comentado, glosado y elucidado, pues de todo esto es de lo que se trata en la explicación analítica discursiva. Esta explicación es indispensable cuando queremos incursionar en un discurso, pero plantea un serio problema de índole política cuando se basta a sí misma, cuando es el único método que utilizamos, cuando es todo lo que hacemos al analizar un texto articulado por el sistema discursivo-ideológico dominante.

Cuando nos limitamos a explicar un texto sistémico, nuestra explicación puede operar también como una forma de justificación de lo que explicamos. Pensemos en el caso del “Mover a México” de Peña Nieto. Explicar parafrásticamente su énfasis en el país y en el movimiento es una manera de justificarlo a partir de sí mismo y de su perspectiva, en función de su propia estructura, con base en sus mismas razones y argumentos. Le permitimos a Peña Nieto y a su equipo, y también al sistema discursivo-ideológico dominante del que son portavoces, que se expliquen a través de nuestro análisis de discurso. Esto hace que nuestro análisis nos condene a una posición política de justificación del sistema discursivo-ideológico dominante.

No es tanto que nosotros nos convirtamos en voceros del sistema y lo justifiquemos tal como lo reproducíamos en el análisis de contenido. Se trata más bien de que le permitamos al sistema explayarse, explicarse, justificarse, darse a entender y exponer sus razones a través de nuestro análisis. Digamos que nuestro arduo trabajo analítico permite que el sistema discursivo-ideológico exprese con tiempo y detenimiento, de manera detallada, bien fundamentada, precisa y coherente, lo que debe formular con cierta precipitación a través del eslogan. El “Mover a México” puede así justificarse a través de los analistas de discurso que se limitan a ejecutar su análisis.

Impugnación

Por fortuna el análisis de discurso no conduce necesariamente a la posición política de la justificación del sistema discursivo-ideológico dominante. Puede llevarnos al posicionamiento contrario, el de la impugnación del sistema, cuando nos atrevemos a tomar la palabra, diferir de lo analizado y denunciar al enunciar lo que explicamos. Lo que hacemos entonces ya no es tan sólo un análisis de discurso, sino un análisis crítico de discurso, es decir, un análisis posicionado, tensionado y flexionado por el cuestionamiento de lo analizado.

Para criticar un discurso, hay que empezar por analizarlo. Pero el análisis, incluso antes de la crítica, no debe ser cualquier análisis. No debe analizarlo todo por igual, de manera indiferente, manteniendo la atención flotante. Si uno quiere criticar, deberá centrar su atención desde un principio, como es lógico, en lo criticable.

¿Y qué será lo criticable? Por un lado, será lo formalmente problemático en sí mismo, esto es, lo incompleto, lo fragmentado, lo impreciso, lo vago, lo ambiguo, lo inconsistente, lo discordante, lo contradictorio, lo paradójico, lo errático, lo absurdo, es decir, todo aquello en lo que se concentra una lectura sintomal como la propuesta por Althusser. Por otro lado, lo criticable será lo formalmente problemático no en sí mismo, sino para nuestra posición política, es decir, aquello que juzgamos inadmisible o indignante, aquello que nos ofende o contra lo que luchamos, aquello que se contrapone a nuestra orientación en la sociedad y en la historia. Todo esto no podrá ser impugnado, a través de un análisis crítico, sin haber sido antes detectado en el discurso a través del trabajo analítico.

El análisis de discurso, para ser crítico, deberá empezar por analizar el material textual de tal modo que ponga en evidencia lo que resulte susceptible de crítica. Este elemento criticable puede ser detectado incluso en un discurso tan breve como el eslogan de Peña Nieto. El “Mover a México”, en efecto, presenta detalles reveladores para un análisis crítico de discurso. Me referiré brevemente a cinco de estos detalles.

  1. En primer lugar, notemos que “Mover a México” es una expresión en infinitivo, impersonal, sin sujeto, de tal modo que no sabemos exactamente qué o quién mueve a México. Tan sólo se nos informa que se trata de “Mover a México”. Está sobreentendido que alguien o algo lo mueve, pero no se nos dice qué o quién. Lo único suficientemente claro es que México no se mueve por sí mismo, sino que se le mueve desde afuera, desde el exterior. ¿Pero qué o quién lo mueve? ¿Es el gobierno? ¿O quizás el dinero, la finanza, el capitalismo globalizado? ¿Serán los Estados Unidos? ¿O quizás una organización criminal que esté controlando el gobierno del país? No lo sabemos, pero hay evidentemente algo muy preocupante que se está revelando en el eslogan, y es que alguien o algo desconocido moverá exteriormente a México a través de tantas reformas estructurales y otros movimientos análogos, y no se nos aclara qué es o quién es, quizás porque es mejor no aclararlo, porque hay algo ahí que no debe decirse, que no nos gustaría escuchar, que provocaría inconformidad entre nosotros los ciudadanos y futuros votantes.
  2. Otro detalle preocupante es que tampoco se nos explica para qué o hacia dónde “Mover a México”. El movimiento es el único propósito explícito. Lo importante es mover al país, como si el movimiento de México fuera bueno en sí mismo, como si diera igual para qué se le mueve o hacia dónde se le mueve. Y sin embargo, esta cuestión resulta fundamental, pues existe el riesgo de que se pretenda “Mover a México” hacia atrás o hacia abajo, hacia el abismo, hacia el despeñadero, o simplemente hacia el mercado en el que se le venderá por partes a compradores mexicanos y extranjeros.
  3. Un tercer detalle preocupante, que también deberá ser detectado en el análisis, es la posición pasiva del país en el eslogan. En el “Mover a México”, México es objeto y no sujeto de la frase, es lo movido y no lo moviente. México no es lo que se mueve por sí mismo como uno esperaría en una perspectiva soberana y democrática, sino que es aquello movido por alguien más o por algo más. Y hay que insistir en que ni siquiera sabemos qué o quién habrá de mover a México. Tan sólo se nos dice que México será el objeto pasivo de un movimiento que no será su propio movimiento. Esto es muy grave, especialmente cuando consideramos que no conocemos el agente del movimiento, ni tampoco la razón, el propósito y la meta. Sólo sabemos que se trata de que alguien o algo desconocido mueva al país con objetivos también desconocidos y hacia un destino igualmente desconocido, y todo esto en lugar de permitir simplemente que México se mueva por sí mismo hacia donde él quiera y con el propósito que mejor le parezca.
  4. Un cuarto detalle es que el “Mover a México” se refiere al país, a México, pero no a los mexicanos. Aunque esté interpelando a los ciudadanos y a los futuros votantes, no alude a ellos ni a ninguna otra persona, lo que hace que se distinga claramente, por ejemplo, de las consignas electorales de los antiguos contrincantes de Peña Nieto, “Un México para todos” de Josefina Vázquez Mota, y “El cambio verdadero está en tus manos” de Andrés Manuel López Obrador. Estos candidatos no olvidaron a las personas o al menos a los votantes de quienes querían los votos, a quienes interpelaban de manera directa. El Peje hablaba de ti mientras que la panista prefería mencionar a todos, pero Peña Nieto extrañamente no habla de nadie. Es como si no le importaran las personas, los habitantes del país, sino el país, el botín. Es también como si el equipo de Peña Nieto, que obviamente ya está pensando en los próximos procesos electorales, no requiriera de los votantes potenciales y no fuera a ganar las futuras elecciones con personas que deciden su voto y van a votar, sino con algo diferente, quizás con el voto duro impersonal, o con el miedo y los cadáveres, o con las despensas y el dinero distribuido a izquierda y derecha. Sea lo que fuere, el caso es que aquí falta el pueblo, el demos de la democracia. Faltamos nosotros. O más bien estamos dentro del paquete completo de México, dentro del contenedor, como cualquier mercancía. Nos encontramos aquí dentro de este México movido por alguien o por algo desconocido y sin propósito ni destino conocido. Todo parece haberse decidido por encima de nuestras cabezas.
  5. Me gustaría llamar su atención, para terminar, sobre un quinto detalle. Notemos que se trata de “Mover a México” y no de transformarlo, tal vez porque verdaderamente no hay un objetivo de transformación, de cambio, sino sólo de movimiento, desplazamiento, desalojo. Para desalojar a México, mejor no cambiarlo. Tal como está, será más fácil moverlo, empaquetarlo, transportarlo, exportarlo, venderlo. Todo esto requiere que México siga siendo el que es, con sus corrupciones e injusticias, con sus miserias y carencias, con sus ilegalidades e impunidades.

Una vez que nuestro análisis ha detectado los cinco detalles que acabo de mencionar, podemos pasar al planteamiento de una hipótesis que nos permita dar concreción y sustantividad a nuestra crítica del eslogan analizado. Notemos bien que tal hipótesis aparece al final, cuando ya hemos hecho nuestro análisis, y no al principio, como hubiera ocurrido en un análisis de contenido y en su perspectiva metodológica generalmente hipotético-deductiva. Un análisis de contenido permite corroborar la hipótesis, mientras que el análisis crítico de discurso tan sólo permite generarla.

Hacia la transformación

¿Pero cómo pasar del análisis a la hipótesis? Este pasaje se hará cuando respondamos hipotéticamente las interrogantes que hayan surgido en el análisis, y dependerá evidentemente de nuestra precisa opción política, de nuestro posicionamiento, de nuestras convicciones y de la dirección que deseamos imprimir a la sociedad. Todo esto determina la hipótesis, pero no debería permitirnos prescindir de un análisis previo. Sin el momento analítico y crítico, el planteamiento hipotético degeneraría en un simple discurso doctrinario, partidario y militante. Este discurso puede afirmar lo que uno quiera, mientras que la hipótesis debe fundarse en el análisis crítico de discurso.

Es importante saber también que aquí, en un análisis crítico de discurso, la hipótesis resulta inverificable en el marco estricto del análisis en el sentido corriente del término. Como ya se hizo el análisis, ¿cómo la vamos a verificar? Tan sólo podrá verificarse después del análisis, en la historia, en la práctica, por sus efectos de transformación. Es la continuación del análisis por otros medios en donde la impugnación crítica puede corroborar su hipótesis al posibilitar una transformación práctica en el campo del análisis textual.

La opción política transformadora presupone entonces una opción política por la impugnación. La relación entre la impugnación y la transformación está mediada por la hipótesis fundada en lo críticamente analizado. El análisis crítico no puede tener efectos transformadores si no se concreta en un planteamiento hipotético preciso.

¿Qué hipótesis podemos proponer, por ejemplo, sobre la base de nuestro análisis crítico del “Mover a México”? Pienso que estamos en condiciones de plantear hipotéticamente que el eslogan de Peña Nieto nos confiesa lo que es México para él, para su partido y especialmente para el sistema capitalista liberal salvaje que sirve y al que representa, y en el que encontramos toda clase de empresas, desde las organizaciones criminales que han ensangrentado el país en los últimos años hasta los grandes corporativos nacionales y transnacionales que ahora mismo están saqueando cada rincón de la república. Para este sistema económico-político particularmente corrupto y despiadado, México es un botín de riquezas, de fuerza de trabajo barata y de recursos naturales regalados, y no una tierra con habitantes, humanos, ciudadanos, votantes. Los seres humanos, al igual que el subsuelo y la naturaleza y todo lo demás que existe en el país, aparece como un contenedor lleno de mercancías que pueden comprarse en el momento electoral, con despensas y prebendas, y luego venderse en el mercado mundial. Este gran botín es lo que se mueve al mover a México. El país lógicamente debe ser movido para ser explotado, exprimido, exportado, vendido al mejor postor.

Nada se vende sin moverse. Ha sido necesario mover a México para vender a México. Y venderlo ha permitido a nuestros gobernantes y a sus socios enriquecerse con el precio de la venta. Su riqueza es el premio que se ha ganado al ganar las elecciones. Ganarlas ha permitido efectivamente “Mover a México”, moverlo al privatizarlo, al vaciarlo de su riqueza y al hacerlo circular libremente bajo la forma de las innumerables mercancías en las que se le ha fraccionado, fragmentado, pulverizado.

La libre circulación de mercancías es el movimiento de México prometido y cumplido por el candidato convertido en presidente. Quienes han osado bloquear autopistas o entorpecer esta circulación de cualquier otro modo, como algunos periodistas y normalistas, han sido asesinados o desaparecidos, arrollados por el movimiento de México, por el transporte de todos los trozos de nuestro país que se nos van por carreteras, puertos, vías de ferrocarril y transferencias bancarias. Este movimiento vertiginoso de México no transforma nada, no acaba con la impunidad ni con la corrupción, tampoco mejora nuestro nivel de vida, no disminuye la injusticia ni la desigualdad. Todo sigue igual o peor. Nada cambia, pero sí que se pierde, se esfuma, se va como la renta petrolera.

Cuando vemos cómo se nos va México de las manos, entendemos qué implica el eslogan de Mover a México. Moverlo es llevárselo. Moverlo es desvalijarlo, robárnoslo tal como está, sin cambiar nada en él. El movimiento no transforma nada, sino que solamente lo desplaza, lo acarrea de un lugar a otro, lo mueve. Mover a México es trasladarlo a puertos holandeses, a propiedades en Florida o a bancos en Suiza. Moverlo es extraerlo de sí mismo para metérselo en el bolsillo…

Podríamos continuar en la misma dirección, pero mejor aclaremos aquello en lo que ha consistido nuestro esbozo de planteamiento hipotético. Lo que hemos hecho es ofrecer algunas respuestas conjeturales para las interrogantes que surgieron al analizar críticamente el eslogan de Peña Nieto. Intentemos resumir:

  1. ¿Por qué “Mover a México” es en infinitivo e impersonal, sin sujeto, sin que sepamos qué o quién moverá a México? Porque muchos no estaríamos de acuerdo con “Mover a México” si se nos informara que México será movido por el corrupto y despiadado sistema económico-político representado por Peña Nieto, por el capitalismo salvaje en complicidad con los políticos deshonestos, por los corporativos y las organizaciones criminales que ven al país como un simple botín.
  2. ¿Por qué “Mover a México” no aclara para qué o hacia dónde? Porque muchos tampoco estaríamos de acuerdo con “Mover a México” si supiéramos que México se moverá hacia cuentas en Suiza y que se le moverá para apoderarse de él, para saquearlo y venderlo.
  3. ¿Por qué el “Mover a México” presenta un país que es movido en lugar de moverse a sí mismo? Porque México evidentemente no se movería a sí mismo para desvalijarse y vaciarse de su riqueza.
  4. ¿Por qué “Mover a México” se refiere a México y no a los mexicanos, al país y no a sus habitantes, a la nación y no a los ciudadanos o votantes? Porque el botín está compuesto de mercancías que pueden comprarse y venderse, y no de seres humanos.
  5. ¿Por qué “Mover a México” sin transformarlo? Porque así como está, con sus desigualdades e impunidades, puede moverse mejor, saquearse mejor, venderse mejor.

Una vez que hayamos respondido hipotéticamente las interrogantes planteadas por el análisis crítico, podremos ir más allá de la impugnación y actuar en consecuencia. Es entonces el momento de verificar nuestras hipótesis y hacer valer nuestra opción política por la transformación. Pero esta fase transformadora, como ya lo sugerí anteriormente, se desarrolla en el ámbito callejero y no en el académico, en las movilizaciones sociales y no en las investigaciones científicas.

No es entre analistas de discurso como decidiremos si nuestras hipótesis fueron correctas. Únicamente en la sociedad, entre los hombres y mujeres de la calle, podremos confirmar si hay verdad en el planteamiento hipotético en el que desemboca el análisis crítico de discurso. Por ejemplo, si mis conjeturas con respecto al “Mover a México” tienen algo de verdad, entonces de seguro tendrán sentido para quienes las escuchen en el ámbito social y así podrán eventualmente contribuir de algún modo a su acción colectiva.

Sólo socialmente pueden verificarse aquellas hipótesis que incumben a la sociedad. Para quienes optamos políticamente por la impugnación y la transformación, la cientificidad social resulta indisociable de la movilización social. La realidad transformada es el correlato objetivo de nuestra ciencia.

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Peña Nieto ante Ayotzinapa: el vocero del capitalismo y la indiscreción de sus palabras

Conferencia durante el encuentro “Ayotzinapa Vive”, el lunes 28 de septiembre 2015, en el Auditorio “María Zambrano” de la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Morelia, Michoacán, México) 

David Pavón-Cuéllar

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Personificación del capital e hidra capitalista

Para muchos mexicanos, entre los que yo me incluyo, Peña Nieto es una de las cabezas de aquel monstruo que los zapatistas han caracterizado perspicazmente como hidra capitalista. Esta caracterización, con su referencia al capitalismo para designar la esencia de un jefe de gobierno, habría sido inaceptable en amplios sectores académicos e intelectuales hace aún poco tiempo, veinte años atrás, durante los tiempos del aturdimiento posmoderno que siguió al fin del socialismo real. Se nos habría considerado entonces marxistas anticuados y trasnochados por el simple hecho de reconducir un fenómeno político a su fundamento económico en el sistema capitalista.

Hoy en día, por fortuna para nosotros los marxistas, el capitalismo tiene mayores dificultades para disimularse. Contra lo que imaginan muchos discípulos de los posmodernos, la principal razón de esto no se encuentra evidentemente en coyunturas filosóficas, estrictamente ideales o espirituales, como podría ser el desgaste de la metanarrativa posmodernista. Existen otros factores concretos y materiales, más fundamentales y decisivos, como han sido los excesos cada vez más escandalosos del propio capitalismo, el carácter crónico y catastrófico de sus crisis, el recrudecimiento de la desigualdad y de sus otros efectos sociales, y el creciente cinismo de sus manifestaciones ideológicas. Todo esto hace que volvamos a familiarizarnos con el capital y que reaprendamos a reconocerlo cuando se nos muestra con sus distintos rostros, como es el de Peña Nieto, uno de los más visibles y desvergonzados en México.

Peña Nieto es el capitalismo en persona. Considero incluso que podemos aplicarle aquella célebre definición marxiana del capitalista como “capital personificado, dotado de conciencia y de voluntad”[1]. Sí, podemos definir así a Peña Nieto, pero siempre y cuando entendamos bien que el capital sólo puede llegar a personificarse totalmente a través de múltiples y variadas conciencias, voluntades, fisonomías, cabezas, personalidades. Hay efectivamente algo de personalidad múltiple en el ente capitalista. No basta una sola cabeza para que el capital se personifique, para que tenga conciencia y voluntad, para que piense y quiera todo lo que necesita pensar y querer para poder funcionar. De ahí que la imagen zapatista de la hidra capitalista nos parezca tan elocuente. Para que el capital del siglo XXI haga todo lo que tiene que hacer en México, no bastan las cabezas de grandes empresarios criminales como Emilio Azcárraga, el Chapo Guzmán y Germán Larrea, sino que se requieren también muchas otras cabezas, muchos otros ojos y oídos, muchas otras bocas, entre ellas las de periodistas vendidos, intelectuales orgánicos del sistema, y políticos o funcionarios corruptos, entre ellos Peña Nieto.

El capital habla de manera tan descarada en el discurso del actual gobierno mexicano, que podemos percibir claramente lo que nos está diciendo sin tener que descifrar códigos ideológico-políticos nacionalistas, populistas o providencialistas como los que operarían en un Estado capitalista relativamente autónomo de los intereses capitalistas, como el descrito por Nicos Poulantzas[2]. Estos códigos, que subsistían en los viejos regímenes priistas e incluso en los últimos gobiernos panistas, no se mantienen sino como torpes fórmulas residuales en la obscena retórica neoliberal de Peña Nieto.

El discurso capitalista de Peña Nieto

El discurso presidencial mexicano es actualmente un discurso capitalista. Cada operación discursiva es una operación del capitalismo neoliberal. Esto puede apreciarse claramente en las palabras de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.

Cuando el presidente concibe la matanza y desaparición de normalistas como una “oportunidad” para “fortalecer” a policías y militares[3], percibimos la astucia del sistema capitalista que no pierde una sola oportunidad para fortalecerse a sí mismo, por ejemplo al fortalecer a sus esbirros y sicarios, como es el caso de los policías y militares de nuestro país. De igual modo, cuando Peña Nieto nos exhorta encarecidamente a “encauzar nuestro dolor e indignación hacia propósitos constructivos” [4], alcanzamos a escuchar el imperativo capitalista de explotarlo todo, incluso nuestros propios sentimientos, con fines productivos. El sistema capitalista de producción, de producción de medios para producir más capital, debe rentabilizar también el dolor y la indignación. Es por eso que debemos encauzar nuestros sentimientos, no aferrarnos a ellos, liberarlos y dejar que circulen tan libremente como las mercancías y los capitales golondrinos.

En el capitalismo neoliberal, hay que permitir la libre circulación de todo, incluso de nuestros propios sentimientos. Nada puede inmovilizarse. Todo tiene que moverse para permitir la realización posterior a la producción de la plusvalía, como lo muestra Marx en el segundo libro del Capital. Es por eso que, según los propios términos de Peña Nieto, no podemos quedar atrapados en Ayotzinapa, así como tampoco los automovilistas pueden ser bloqueados en las autopistas. Cualquier interrupción de la circulación tiene un costo altísimo para el capital. No podemos dejar un solo instante de mover a México para seguir vendiéndolo al mejor postor.

El saqueo exige continuamente mover a México, tal como rezaba la consigna electoral del presidente. Obviamente, siguiendo este eslogan repetido hasta el cansancio, hay que mover a México para explotarlo, exprimirlo, extraerlo, vaciarlo, destruirlo, triturarlo, pulverizarlo, refinarlo, procesarlo, empacarlo, transportarlo, exhibirlo, evaluarlo, tasarlo y exportarlo. No hay aquí tiempo que perder. Todo tiene que rematarse en un sexenio. Hay que seguir el movimiento vertiginoso de la depredación. Como Chaplin en los Tiempos modernos, los mexicanos deben seguir el ritmo del sistema.

El saqueo no puede retrasarse con accidentes de trabajo como el de Ayotzinapa. Es por eso que Peña Nieto solicita enfáticamente “superar ese momento de dolor”[5]. Ese lapso momentáneo es el único del que se dispone en el capitalismo. El tiempo capitalista está segmentado en momentos. Nada tiene que durar más.

El tiempo es dinero y hay que optimizarlo. Si las operaciones bursátiles duran sólo un momento, ¿por qué el dolor por Ayotzinapa debería durar más? Es como cuando el obrero se lastima en una línea de producción. El herido no puede parar: tiene que reanudar su labor tras el momento de dolor, y si no puede, entonces hay que sustituirlo. ¿Por qué habría que darle más tiempo? El tiempo cuesta, y los obreros, lo mismo que los padres de los normalistas asesinados o desaparecidos, no tienen dinero para comprar tiempo. Es precisamente por eso que tienen que vender su tiempo, su vida como fuerza de trabajo, para comprar dinero que les permita sobrevivir, mantenerse con vida.

El sistema capitalista reduce nuestras vidas a su valor de uso como fuerza de trabajo. Cuando no se nos puede explotar para trabajar, entonces no tenemos derecho a sobrevivir ni en México ni en otros países en los que no hay protección alguna contra el capitalismo salvaje. Los inexplotables estorban y se les puede eliminar impunemente. Es, en definitiva, lo que sucede con todos los que se resisten a la explotación capitalista y buscan formas existenciales alternativas, entre ellos los estudiantes de Ayotzinapa, que por eso también pudieron ser asesinados y desaparecidos. Lo que les ocurrió no tiene importancia alguna para el capitalismo, y es por eso que tampoco la tiene para Peña Nieto.

En el discurso presidencial como expresión del sistema capitalista, la tragedia no estribó en la matanza y la desaparición de los estudiantes, sino en el costo político-económico de lo que vino después. Es tan sólo en millones de pesos como puede evaluarse una tragedia en el capitalismo. Es por esto que lo trágico, según las palabras de Peña Nieto, no fueron los hechos sangrientos que no le costaron en sí mismos un solo peso al sistema, sino el tema de Iguala y la información posterior. Esto sí que provocó pérdidas millonarias. Esto sí que fue costoso para el capital y sus diversas personificaciones en los ámbitos empresarial y político.

Para el capitalismo, en efecto, la tragedia fue provocada por lo que inundó las calles y por lo que apareció en las pantallas de televisión, por lo que dañó la imagen de las mercancías en las que se ha subdividido todo México, lo que espantó a los inversionistas que nos compran, lo que desgarró el velo con el que se cubre la destrucción lucrativa del país y de sus habitantes. Esto fue lo único real en el sistema capitalista. Y los culpables de esto no fueron los militares, los policías y los demás sicarios del sistema, sino los periodistas y activistas que difundieron los hechos y protestaron contra ellos.

Resulta comprensible, pues, que los castigados sean los periodistas y los activistas, que no dejan de ser perseguidos y asesinados en México, y no sus verdugos, no los que mataron y desaparecieron a los estudiantes, no los policías, los militares y los demás sicarios del sistema, que no dejan de ser fortalecidos precisamente a causa de la tragedia. Conviene reiterar que la tragedia, para el capitalismo que habla por la boca de Peña Nieto, no estribó en los hechos sangrientos de Iguala, sino en lo que vino después. La tragedia, por lo tanto, no es imputable a los policías y militares, sino a los periodistas y activistas.

El saber con verdad y con razón

Hemos visto que el discurso presidencial no sólo traiciona constantemente al presidente como sujeto enunciador, sino también al sistema capitalista que articula sus palabras y que se expresa por su boca. Este sistema simbólico se descubre a sí mismo al intentar encubrirse a través de la trama ideológica de las palabras indiscretas de Peña Nieto. Gracias a su indiscreción, las palabras son reveladoras y no sólo mistificadoras. La opacidad se transparenta. Marx diría que el “cuento” se muestra “verdadero”[6]. Lacan observaría que la “estructura de ficción” desdobla su “verdad”[7]. Esta verdad corresponde a lo mismo que Gramsci llamó el valor “gnoseológico” de la ideología[8].

Como lo hemos apreciado, la trama ideológica, tal como se despliega en el discurso de Peña Nieto, nos permite conocer el funcionamiento del sistema capitalista neoliberal en su manifestación periférica mexicana, particularmente despiadada, salvaje, sangrienta y criminal. El capitalismo es delatado por cada lapsus de su portavoz, por cada uno de sus actos fallidos, por los hechos mismos de Iguala, pero también por los activistas y los periodistas que se han dedicado a denunciar en lugar de limitarse a enunciar el capitalismo. Hemos visto igualmente cómo la denunciación reviste la forma de una multitud indignada que inunda calles y plazas, que muestra mantas y corea consignas con informaciones más confiables, consistentes y verdaderas que todos los informes oficiales difundidos hasta ahora.

Ningún falso informe ha nublado la vista de centenares de miles de personas que han atisbado, ya desde un principio, que fue el Estado y que es el capitalismo, como se lee en una placa instalada sobre un muro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Los universitarios, al igual que otros amplios sectores de la sociedad, han sabido muy bien de qué se trata. Lo supieron desde los primeros días. Este saber social, de hecho, fue reconocido por el mismo Peña Nieto cuando confesó, a través de otro de sus lapsus, que “la sociedad mexicana demanda y tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió”[9]. Por consiguiente, si queremos informarnos acerca de lo ocurrido en Iguala, no perdamos el tiempo acudiendo a la Procuraduría General de la República. Mejor vayamos directamente con la sociedad que demanda y tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió. Ella sí que está al tanto de lo ocurrido.

Aunque la sociedad mexicana demande saber, al mismo tiempo ya sabe, y sabe con verdad lo que sabe y tiene razón cuando lo sabe, según lo que nos dice Peña Nieto. La frase presidencial resulta reveladora porque le reconoce un saber a la misma sociedad que demanda saber, es decir, no a cualquier sociedad, sino a la que protesta en las calles contra la represión gubernamental, la que denuncia el crimen de Estado, la que presiente una relación entre el crimen y el sistema capitalista neoliberal y la que exige la renuncia del presidente al considerarlo culpable por acción u omisión. Esta sociedad es la que tiene razón, la que sabe con verdad lo que sabe, según lo que nos dice Peña Nieto de modo reiterativo. El presidente está reconociendo, por lo tanto, que la sociedad está en lo cierto cuando clama que fue el Estado. Al acusar al gobierno de Peña Nieto por la matanza y desaparición de los estudiantes, la sociedad tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió. Es lo que dice el presidente. Son sus palabras indiscretas.

Sinceridad y culpabilidad

Desde luego que el énfasis en las palabras literales no debe hacer que nos detengamos en la superficie de lo que nos dice Peña Nieto. Cualquier literalidad tiene una estructura tridimensional y contiene zonas de total opacidad. Por más valor cognitivo que atribuyamos al discurso, no debemos olvidar que su trama es ideológica y que posee además un “valor psicológico” también reconocido por Gramsci[10].

Hay algo relativo al psiquismo de Peña Nieto que se revela en su confesión. Tal vez el deseo de ser castigado por su culpabilidad. Quizás ni siquiera se trate de ser culpable, sino de sentirse culpable, y no forzosamente a título personal, sino tal vez como representante de un Estado y miembro de un partido que, ellos sí, indiscutiblemente, están empapados en sangre.

Lo mismo podemos decir acerca de otros lapsus del presidente. Uno de los más preocupantes concierne el famoso escándalo de tráfico de influencias y conflicto de interés en la adquisición de la Casa Blanca de Peña Nieto. El presidente siempre negó que su proceder hubiera sido corrupto. Sin embargo, al referirse a este proceder, el presidente alegó, casi justificándose, que “hemos conocido de otros eventos de corrupción en distintos órdenes de Gobierno”[11]. Peña Nieto describió así literalmente como un evento de corrupción aquel escándalo al que se había referido en la frase anterior y del que él fue protagonista. Esto mismo, aunque suficientemente sospechoso y hasta inculpatorio, no significa necesariamente que el presidente, como persona, sea culpable de un evento de corrupción. Tal vez únicamente se esté sintiendo culpable o esté denunciando una corrupción estructural que atravesaría todos los órdenes del gobierno y de la que no podría escapar. Quizás incluso esté denunciando al capital que personifica, ya que en definitiva, y en rigor, toda la corrupción y los demás crímenes del Estado capitalista deben ser atribuidos al sistema como tal y no a sus diversas personificaciones.

En cualquier caso, por más inconscientes e involuntarios que sean, los elocuentes lapsus de Peña Nieto demuestran sinceridad y quizás incluso una cierta dosis de honestidad. Resultan por ello esperanzadores. La verdad que insiste en ellos, después de todo, tiende a recordarnos la verdad que grita en las calles. Ambas claman que fue el Estado. Ambas coinciden así al denunciar la responsabilidad gubernamental.

Extimidad y democracia

Resulta profundamente significativo que las palabras indiscretas de un presidente coincidan con las mantas, las consignas y las pintas de las masas inconformes con el mismo presidente. Aquello que aquí tiene una significación profunda es la coincidencia no sólo entre quienes se oponen, sino entre planos que suelen excluirse el uno al otro. La denunciación voluntaria y pública, exterior, expresa lo mismo que una denunciación involuntaria y tan privada, tan recónditamente interior, como lo es un lapsus. Lo más íntimo converge con lo más distante.

Las protestas de la calle resuenan en la garganta y no sólo en los oídos del presidente contra el que se protesta. La insondable intimidad subjetiva se encuentra en la exterioridad radical del mundo social, cultural, político, económico e histórico. Es lo que Lacan designa con el término de “extimidad”[12],  situándolo en un “lugar central”, en una “exterioridad íntima”, en un “interior excluido”[13]. Es aquí, en el centro exterior del sujeto, en donde las palabras indiscretas de Peña Nieto coinciden con la realidad que intenta ocultar y con las acciones o reivindicaciones de aquellas multitudes que inundan las calles y que le exigen renunciar. Las palabras y las realidades, lo mismo que las manifestaciones callejeras y las declaraciones presidenciales, aparecen como expresiones consonantes o complementarias, se aclaran unas a otras, se preguntan y se responden. Es por eso que deben considerarse conjuntamente, articuladamente, a través de una lectura sintomal como la propuesta por Althusser: lectura literal de síntomas, de lapsus, de “blancos” y “desfallecimientos” discursivos, pero siempre a través de un entrecruzamiento entre órdenes diferentes, mediante un análisis entre discursos,  “de unos por otros”, de palabras a través de hechos y viceversa[14].

Una lectura sintomal puede ayudarnos a percibir lo expresado por un lapsus en un lugar lógico diferente de aquel en el que se pronuncia y en el que lo expresado suele pasar desapercibido. La perspectiva de las movilizaciones callejeras puede permitirnos así revalorizar los discursos presidenciales. Aunque Peña Nieto no pretenda representar democráticamente al pueblo, el caso es que lo hace al culparse a sí mismo, al capitalismo y a su Estado, en cada uno de sus lapsus. Estos resbalones de lengua permiten que el presidente conozca de algún modo la democracia. De pronto, cada vez que el tirano se equivoca, es como si dejara de mentir, como si dejara de usurpar la soberanía popular, como si el mismo pueblo tomara la palabra y denunciara su tiranía.

La verdad democrática del pueblo hace irrupción en el discurso despótico del tirano. Comprendemos entonces el sentido más hondo, el menos evidente, de la idea marxiana según la cual “todas las formas de Estado tienen su verdad en la democracia, y precisamente por ello faltan a la verdad cuando no son la democracia”[15]. El régimen de Peña Nieto miente por ser antidemocrático, pero no puede evitar que su verdad irrumpa en las calles y en la boca misma del tirano.

Las consignas populares y los lapsus gubernamentales denuncian lo mismo, lo mismo que enuncian, el mismo Gran Otro al que traicionan. Unos y otros hablan con la misma verdad y tienen la misma razón. Quizás podamos conjeturar una estructura de lapsus en ambos casos. La multitudinaria movilización por Ayotzinapa, en México y en el mundo, sería también como un gran lapsus, como un gran acto fallido, fallido y por eso mismo exitoso, peligroso, tal vez al final desastroso para el capitalismo y para su Estado.

Si el sistema capitalista funcionara perfectamente, no permitiría ningún acto fallido, ningún lapsus, ni en las calles ni en la boca de Peña Nieto. Pero los sujetos reales son indispensables para el sistema simbólico del capitalismo, y mientras ellos intervengan, causarán fallas en el sistema. Lo simbólico no dejará de ser perturbado por lo real, el capital seguirá siendo importunado por la vida, el trabajo muerto continuará siendo afectado por el trabajo vivo, los vampiros no dejarán de ser acechados por los humanos.

Mientras la humanidad se mantenga viva, lo representado por Ayotzinapa, nos guste o no, seguirá causando molestias a los poseídos por el capital en bancos y empresas, en cuarteles militares y en cárteles de la droga, en bolsas de valores y en palacios presidenciales como la Residencia Oficial de Los Pinos. Los representantes de la muerte seguirán siendo atosigados por esa vida que no deja de brotar de los intersticios del sistema capitalista en forma de lapsus y actos fallidos, sueños y ensueños, síntomas personales y protestas sociales, huelgas y marchas, bloqueos y escándalos. Si la pulsión puede llegar a servir para algo, es para no satisfacerse tranquilamente con el goce mortal del sistema.

El capital no dormirá tranquilo mientras haya vida humana en este mundo. Y como sólo esta vida mantiene vivo al capital, podemos concluir entonces que el capital nunca dormirá tranquilo. Es por eso que se agitará y se revolucionará incesantemente mientras viva. Tendría que morir, o más bien aceptar su muerte, para curar su insomnio.

[1] Karl Marx, El Capital I (1867), México, FCE, 2008, p. 109.

[2] Nicos Poulantzas, Poder político y clases sociales en el Estado capitalista (1968), México D.F., Siglo XXI, 2001.

[3] Peña Nieto, “Peña Nieto pide a gobernantes asumir responsabilidades en seguridad”, Notimex, 18 de diciembre 2014, http://www.notimex.com.mx/acciones/verNota.php?clv=222284

[4]  Peña Nieto, “Peña afirma que comparte la exigencia de justicia por la barbarie en Iguala”, La Jornada, 16 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/16/politica/007n1pol

[5] Peña Nieto, “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[6] Karl Marx, L’interdiction de la ‘Leipziger Allgemeine Zeitung’ dans l’Etat Prussien (1843), en Œuvres philosophie, París, Gallimard-Pléiade, 1982, pp. 312-313.

[7] Jacques Lacan, La psychanalyse et son enseignement (1957), en Écrits I, París, Seuil Poche, 1999, p. 448.

[8] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, tomo 5 (1932-1935), México, Era, 1986, p. 45.

[9] Peña Nieto, “Peña, dispuesto a ver a los padres; el caso Iguala sigue abierto, dijo”, Excélsior, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/09/08/1044414

[10] Gramsci, op. cit., p. 45.

[11] Peña Nieto, “Entrevista por Jorge Fernández”, Presidencia de la República, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-jorge-fernandez/

[12] David Pavón-Cuéllar, Extimacy, en Thomas Teo (Ed.), Encyclopedia of Critical Psychology, New York, Springer.

[13] Jacques Lacan, Le séminaire, livre VII, L’éthique de la psychanalyse (1959-1960), París, Seuil, 1986, pp. 65, 122, 167.

[14] Althusser, Lire le Capital I, París, Maspero, 1968, pp. 34-36, 183.

[15] Karl Marx, Crítica del Derecho del Estado de Hegel, en Escritos de juventud, México, FCE, 1986, p. 344.

Ayotzinapa según Peña Nieto

Conferencia durante la Semana por Ayotzinapa, el jueves 24 de septiembre 2015, en el Auditorio Aníbal Ponce de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Morelia, Michoacán, México)

David Pavón-Cuéllar

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El 26 de septiembre de 2014, en la ciudad guerrerense de Iguala, estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fueron vigilados, perseguidos, atacados y detenidos en una operación conjunta en la que participaron policías municipales, estatales y federales, así como soldados y sicarios no identificados. El saldo fue de 43 estudiantes desaparecidos, 7 muertos y 27 heridos. Una vez que se confirmó el involucramiento de la Policía Federal y del Ejército Mexicano, la responsabilidad por los delitos de asesinato y desaparición forzada recae en el gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto.

En lugar de asumir su responsabilidad criminal, Peña Nieto ha intentado mistificar los hechos por todos los medios, muchos de ellos de carácter discursivo. El discurso presidencial ha servido para distraer o desviar la atención de lo realmente importante, embrollar los indicios e impedir así la reconstrucción de lo ocurrido, encubrir a los culpables y ocultar las evidencias, mentir y desacreditar a quienes denuncian la mentira, crear ilusiones y luego corroborarlas con otras ilusiones. Además de cumplir estas funciones y otras análogas bien conocidas por todos, el discurso de Peña Nieto ha realizado cuatro operaciones menos evidentes, de carácter subrepticio e insidioso, en las que me gustaría detenerme un momento.

Las cuatro operaciones a las que me refiero buscan incidir en la manera en que se presentan la matanza y la desaparición de estudiantes de Ayotzinapa. Digamos que son operaciones de las palabras sobre los hechos. Cada operación hace algo diferente con los hechos ocurridos en Iguala. Una consiste en su minimización, otra en su instrumentalización, otra más en su desrealización y la última en su formalización. En términos lacanianos, las dos primeras corresponden a modalidades de simbolización, mientras que las dos últimas remiten más bien a la imaginarización. Empecemos por las últimas.

Formalización

Daremos el nombre de formalización a la operación discursiva que reduce los hechos a su pura forma exterior, aparente y espectacular, tal como ésta se manifiesta en la información que se da sobre ellos, en la visión que se tiene de ellos o en la significación que se les atribuye. Al final Ayotzinapa ya no es una matanza y desaparición de estudiantes, sino únicamente la manera en que esta matanza y desaparición aparece a los ojos de la opinión pública y a través de los medios masivos de comunicación. Esto es todo lo que importa. Veamos algunos ejemplos.

Tan sólo una semana después de los hechos de Iguala, Peña Nieto decide “fijar una posición muy clara de parte del Gobierno de la República ante los muy lamentables hechos de violencia”[1]. Sin embargo, al momento de posicionarse ante estos hechos, lo que nos dice es que se encuentra “profundamente indignado y consternado ante la información que ha venido dándose”[2]. Es la información y no los hechos, no aquello a lo que se refiere la información, lo que indigna y consterna a Peña Nieto.

Al fijar la posición gubernamental ante los hechos, el presidente sólo consigue posicionarse ante las informaciones. Lo que importa es lo que se informa y no lo que ocurre. Y si alguien pensara que se trata de lo mismo, Peña Nieto lo desmentiría justo después de expresar su indignación y consternación ante las informaciones, cuando nos dice que “lamenta de manera muy particular la violencia que se ha dado”[3].

Al agregar que lamenta la violencia de manera muy particular, Peña Nieto deja claro que esta violencia no es lo mismo que las informaciones que lo indignan y lo consternan. Es por esto que las dos cosas, los hechos y lo que se informa sobre ellos, provocan sentimientos diferentes. La matanza y desaparición de estudiantes resulta simplemente lamentable, mientras que las informaciones son algo que indigna y consterna. En cierto sentido, las informaciones afectan más que los hechos. Lo más grave para Peña Nieto, si nos atenemos a su discurso, no es lo que ocurrió en Iguala, sino que se haya informado sobre lo que ocurrió. Esto es lo que escuchamos y es también lo que Peña Nieto nos dice.

Las palabras de Peña Nieto lo traicionan al anteponer las informaciones a los hechos, la forma al contenido, la apariencia a la realidad. Quizá nos consolemos pensando que el presidente al menos consigue lamentar la matanza y desaparición de estudiantes. Es verdad, habría sido mejor que estuviera consternado e indignado ante los hechos como lo está ante las informaciones, pero al menos ha sido capaz de lamentar los hechos. Esto es mejor que nada. Sin embargo, cuando nos familiarizamos un poco más en el discurso presidencial, nos percatamos de que lo verdaderamente lamentable no está en los hechos, sino en que lo que dejan ver los hechos.

En diciembre de 2014, al resumir el año que terminaba, Peña Nieto volvió a lamentar lo ocurrido en Iguala, pero esta vez fue más preciso al aclarar qué era exactamente lo que le parecía lamentable. Sus palabras fueron: “lamentablemente lo ocurrido en Iguala dejó ver ante toda la sociedad un hecho de barbarie que resulta inaceptable”[4]. Si algo se lamenta, no es el hecho de barbarie, sino que este hecho se haya dejado ver ante toda la sociedad. Por lo tanto, si toda la sociedad no hubiera visto el hecho, si el hecho hubiera permanecido invisible, entonces no habría nada que lamentar. Lo lamentable es que se haya dejado ver algo inaceptable, y no lo inaceptable como tal. O para ser más precisos: lo que se lamenta en la matanza y desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, no es el hecho de barbarie como tal, no es lo inaceptable en sí mismo, sino que lo inaceptable se haga visible.

El problema es ahora la visibilidad así como lo fue anteriormente la información. Peña Nieto se preocupa solamente por lo que se informa y por lo que se ve, pero no por lo que ocurre. Los estudiantes pueden seguir siendo asesinados y desaparecidos mientras no se vea ni se informe sobre ello. Lo que importa, una vez más, es la imagen, la forma y no el contenido, lo aparente y no lo real.

Dicho de otro modo, lo que preocupa no es lo que ocurre, sino lo que significa. Es por esto que Peña Nieto puede llegar a describir la matanza y desaparición de normalistas como “un evento que ha significado una gran tragedia, que fue lo ocurrido en Iguala”[5]. Es decir: lo ocurrido no es una gran tragedia, sino un evento que ha significado una gran tragedia. La gran tragedia no estriba en el evento, sino en su significación. Lo trágico es lo que el evento significa y no el evento en sí mismo. Casi podríamos decir, a partir de las palabras que hemos citado, que la matanza y desaparición de estudiantes carece de importancia cuando se le compara con lo que ha significado para Peña Nieto. Esta significación es lo único trágico. La tragedia está en lo que el evento ha significado: el desprestigio del presidente, el derrumbe de sus cotas de popularidad y el peligro de la insurrección social y de la resultante interrupción de ese gran proyecto peñista de saqueo y enriquecimiento.

Desrealización

Hay que insistir en que la tragedia, si nos atenemos al discurso presidencial, no es la matanza y desaparición de los normalistas en Iguala, sino lo que estos hechos significan. Es quizá por esto que Peña Nieto, evocando retrospectivamente el mes de septiembre de 2014, reconoce que “nadie advirtió en ese momento”, en el “primer día o el segundo día” después de los hechos, “ni de lo que realmente esto estaba significando, ni del tamaño de la tragedia, ni de la dimensión que esto tenía”, es decir, la “dimensión que vimos fue cobrando”[6]. Como puede apreciarse, el tamaño de la tragedia se equipara con lo que realmente esto estaba significando, con la dimensión que vimos fue cobrando. Esta dimensión y significación ulterior fue la verdadera tragedia para Peña Nieto. Es por eso que el presidente no podía medir el tamaño de la tragedia en los primeros días, aun cuando ya sabía, al igual que todos nosotros, que los estudiantes habían sido masacrados y desaparecidos.

Extrañamente, desde el punto de vista de Peña Nieto, los hechos violentos y sangrientos de Iguala no muestran por sí mismos el tamaño de la tragedia y ni siquiera tienen una significación real. Para ver cuán trágicos fueron y lo que realmente estaban significando, había que esperar y advertir lo que se veía de ellos y se informaba sobre ellos. La visión y la información, Televisa y los demás medios, monopolizan la única significación real, la única realidad que existe para el presidente, la única tragedia que puede ocurrir para él. Más allá de esta realidad mediática, no parece haber ninguna realidad. Los hechos son desrealizados y ceden su lugar de realidad a lo que aparece en la pantalla de televisión, lo más real que lo real, como lo hiperreal de Baudrillard. Llegamos así a la desrealización, es decir, la segunda operación discursiva que hemos identificado en las palabras de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.

El discurso presidencial borra lo real trágico de Iguala. No es en la matanza y desaparición de estudiantes en donde Peña Nieto encuentra lo real y mide lo trágico del asunto. La realidad y el tamaño de la tragedia, para él, sólo pudieron apreciarse ulteriormente, cuando vimos la dimensión que fue cobrando, es decir, en el nivel de lo que se visibiliza, informa y significa. Este nivel mediático, por cierto, es aquel en el que Peña Nieto siempre se ubica. Él mismo lo admite justo después de reconocer que no advirtió la dimensión de la tragedia, cuando agrega cándidamente: “lo digo desde el propio gobierno, los medios de comunicación informando sobre el tema” [7]. Esta aposición identifica el punto de vista de los medios de comunicación con el del gobierno. Por si nos quedaba alguna duda, el mismísimo presidente está reconociendo que los medios y el gobierno están en una misma posición, en un mismo lugar de poder. Son, por así decir, intercambiables.

Televisa y Peña Nieto son prácticamente lo mismo. Sin embargo, para desgracia del presidente, hay otros medios además de los que se confunden con el gobierno. Son esos otros medios, perseguidos y censurados constantemente por la violencia gubernamental, los que han provocado la tragedia al informar y dejar ver lo ocurrido en Iguala.

De hecho, para Peña Nieto, lo que ha ocurrido en Iguala no es la matanza y desaparición de estudiantes, sino su difusión mediática. Digamos que la información es todo lo que ocurre. Podemos entender entonces que al referirse a la matanza y desaparición de estudiantes en una entrevista, Peña Nieto nos diga, en tono inocultablemente despreciativo, “el tema ocurrido en Iguala”[8]. Para el presidente, lo que ocurrió en Iguala fue un simple tema, un tema entre otros, un tema sobre el que se informa, un tema del que se habla, un tema sobre el que se opina, un tema por el que se protesta.

Cuando se afirma que el tema es lo que ocurre, se está negando que lo real haya ocurrido. Se está desrealizando la matanza y desaparición de estudiantes. Es como si este acontecimiento no hubiera ocurrido. Lo que ocurrió quizás haya ocurrido por causa de los hechos sangrientos, pero no es ellos. Digamos que la matanza y desaparición de estudiantes fue tan poco importante para Peña Nieto que ni siquiera es correcto decir que ocurrió verdaderamente.

Quizás haya ocurrido algo con la masacre, pero la masacre, en sentido estricto, no ocurrió. Es lo que nos confirma Peña Nieto cuando admite, en otra entrevista, que el año de 2014 –lo cito– “ha estado marcado por momentos difíciles, particularmente de tragedia, como fue lo ocurrido en Iguala con la desaparición de 43 jóvenes estudiantes”[9]. Una vez más: la tragedia no es la desaparición de los estudiantes, sino lo ocurrido con esta desaparición. O peor aún: lo que realmente ocurrió no fue la desaparición, sino lo que ocurrió con la desaparición. Lo real no fue lo que sucedió en Iguala, sino todo lo que se vino con eso. La desaparición de estudiantes es dejada de lado, menospreciada, negada y desrealizada. La realidad está en otra parte, junto a ella, pero no en ella.

Minimización

Es verdad que Ayotzinapa no siempre es desrealizada en las palabras indiscretas de Peña Nieto. A veces el discurso presidencial reconoce lo real de lo ocurrido, pero minimizándolo. Este proceso discursivo, el tercero del que deseo ocuparme, tiene un carácter predominantemente simbólico, ya que no consiste en una simple extracción de realidad o vaciamiento de contenido, sino que requiere de la inserción de los hechos en una estructura significante que determina la importancia respectiva de cada elemento por sus relaciones con los demás. Será siempre en comparación con otros elementos que algo pueda minimizarse.

En el caso de los hechos violentos de Iguala, el discurso presidencial puede minimizarlos al compararlos con algo tan importante como el desarrollo del país. Este desarrollo se despliega espacialmente en todo México y temporalmente en todo su presente y futuro, mientras que lo ocurrido en Iguala, según las palabras de Peña Nieto, fue sólo un “momento de dolor”[10] que tuvo lugar en únicamente “dos municipios de Guerrero”[11]. ¿Qué importan dos municipios en un país con 2445 municipios? ¿Qué importancia tiene el momento de la desaparición y matanza de los normalistas cuando se piensa en los años de futuro y desarrollo que México tiene por delante?

La minimización de Ayotzinapa, tal como se opera en el discurso de Peña Nieto, sitúa los hechos en un amplio contexto espacial y temporal. Una vez que toda la tragedia se ha reducido a sólo un momento de dolor en sólo dos municipios del país, el presidente puede atreverse a exhortar –lo cito– a “superar este momento de dolor”, agregando: “para asegurar paz, es fundamental asegurar el desarrollo en todo el país”[12]. Es decir: todo el país, con sus 2445 municipios, debe desarrollarse para evitar momentos de dolor como el que ocurrió en sólo dos municipios de Guerrero. Y para que el desarrollo sea posible, hay que superar el momento de dolor. Se establece así una vinculación perversa entre la superación del dolor y el desarrollo del país. Es como si el país tan sólo pudiera desarrollarse al superar el dolor por la tragedia. Es también como si este dolor fuera lo que impide el desarrollo del país.

Cuando Peña Nieto nos habla del desarrollo del país, todos sabemos bien de qué nos está hablando. Se está refiriendo al desarrollo de sus propios negocios y los de sus amigos, la concesión de la obra pública mediante sobornos y licitaciones fraudulentas, la venta lucrativa del patrimonio del Estado, la entrega del subsuelo a grandes compañías mineras y petroleras, el obsequio de mano de obra malbaratada para otros grandes capitales extranjeros. Todo esto es obstaculizado por Ayotzinapa.

Los padres y amigos de los normalistas asesinados y desaparecidos, así como todos los demás que sienten dolor por lo ocurrido, estorban los negocios de quienes se dedican a saquear el país, los estorban al bloquear carreteras, pero también al asustar a los potenciales inversionistas, es decir, a quienes vienen a comprar todos los pedazos de país que el gobierno de Peña Nieto ha puesto a la venta. Este desarrollo es lo impedido por el momento de dolor.

Entendemos que Peña Nieto se impaciente y exhorte a seguir adelante con los negocios, a no detenerse, a superar el momento de dolor, según sus propios términos. Aunque estas palabras hayan producido una gran indignación en el país, la impaciencia del presidente fue aún mayor, y unas semanas después repitió que “este momento en la historia de México” no debía “dejarnos atrapados” y que había que “seguir caminando”[13]. En otras palabras: avanzar, no distraerse, continuar avanzando con los asesinos, llevándolos sobre nuestras espaldas, y dejar a los muertos a la orilla del camino. Después de todo, según Peña Nieto, no se trata más que de un pequeño momento en la gran historia de México.

Instrumentalización

Desde luego que podríamos replicarle a Peña Nieto y explicarle que la historia de México está hecha de momentos y sólo de momentos. Pero él nos respondería que hay momentos que sólo corresponden a etapas que nos conducen a un destino y que este destino es lo verdaderamente importante. Lo que importa es el éxito de los negocios de la clase representada por el presidente. Para llegar a este futuro de felicidad, hay que pasar por algunos momentos de dolor. Ayotzinapa es uno de ellos.

De hecho, según ciertas palabras de Peña Nieto, es como si debiéramos pasar por la matanza y desaparición de estudiantes en Iguala para poder continuar adelante. O mejor dicho: la tragedia sirve para llegar a nuestro destino. En este caso, ya no se trata de la simple minimización de Ayotzinapa, sino de su instrumentalización, la última y más maliciosa de las operaciones discursivas a las que deseo referirme.

Los hechos de Iguala son instrumentalizados, en efecto, cuando Peña Nieto nos llama a hacer de ellos –lo cito– “una oportunidad para reconducir, para reforzar y fortalecer nuestras instituciones de seguridad pública, de procuración de justicia”[14]. No deja de ser paradójico, desde luego, que la matanza y desaparición de estudiantes sean instrumentalizadas para fortalecer y reforzar a las mismas instituciones que mataron y desaparecieron a los estudiantes. Es profundamente paradójico, pero no es por ello menos revelador. Y lo que nos revela resulta estremecedor. Hay que reforzar y fortalecer a quienes cometieron el crimen. Hay que darles más fuerza con la que seguirán cometiendo crímenes, quizás precisamente porque los crímenes pueden ser instrumentalizados y posibilitar a su vez más crímenes, y así sucesivamente.

El sistema que nos gobierna tiene una organización tan efectiva, como crimen organizado, que funciona en circuito cerrado y se reproduce constantemente a sí mismo al reproducir incesantemente su propia criminalidad. Tan sólo esto puede permitir que las instituciones criminales sean premiadas en lugar de ser castigadas por su crimen. Peña Nieto, en efecto, no aprovecha el crimen para investigar, limpiar e incluso disolver las criminales instituciones de seguridad pública, sino que lo instrumentaliza para fortalecerlas. Evidentemente se requiere de cada vez mayor fuerza para los militares y policías represivos que protegerán el desarrollo de ese negocio millonario al que Peña Nieto le da el nombre de México. Este fin justifica todos los medios.

Como nos lo dice el presidente, “debemos tener la capacidad de encauzar nuestro dolor e indignación hacia propósitos constructivos”[15]. También el dolor y la indignación deben ser encauzados propositivamente, es decir, utilizados, rentabilizados, instrumentalizados, explotados, como todo lo demás en la sociedad y en el país. Nada puede escapar a la explotación por el sistema con sus propósitos constructivos. ¿Constructivos de qué? Peña Nieto no deja de repetirlo: constructivos de carreteras, puentes, puertos, minas, pozos, oleoductos, fábricas, almacenes y otros medios para seguir saqueando el país y para seguir generando así cada vez más riqueza para unos pocos a costa de cada vez más pobreza para la gran mayoría de la población, como lo confirman todos los datos económicos.

El discurso de la organización criminal capitalista

La economía de saqueo, de enriquecimiento y empobrecimiento, es evidentemente una economía capitalista. Y gracias al gobierno ultra-liberal de Peña Nieto, el capitalismo se libera de todas las trabas, se vuelve todopoderoso y puede actuar de la manera más cruel, salvaje, asesina. El crimen organizado se torna forma de gobierno y puede hablarnos públicamente a través del Presidente de la República. Sabemos que Peña Nieto es portavoz de los narcos y los demás empresarios criminales del país. Las voces de todos ellos resuenan en el discurso presidencial.

Cuando Peña Nieto minimiza o instrumentaliza la matanza y desaparición de estudiantes, su voz es la de aquellos criminales que ofrecen justificaciones y circunstancias atenuantes para sus crímenes. Lo mismo ocurre con la desrealización y formalización de los hechos de Iguala. Si el presidente fuera totalmente inocente de lo que se le acusa, ¿por qué se esforzaría en vaciarlo de realidad y de contenido?

Una vez que los hechos se reducen a un simple tema o a una pura información, ¿a quién vamos a culpar de lo ocurrido? Quizás a quienes informan o tematizan, a los periodistas y a los activistas, pues ellos son los únicos responsables de la tragedia temática e informativa, que es, como hemos visto, la única tragedia para Peña Nieto y para su organización criminal capitalista, la tragedia que estorba sus negocios al dañar nuestra imagen en los escaparates del mercado, al espantar a los compradores en el remate de nuestro país, al entorpecer el saqueo y retrasar la marcha triunfal del capitalismo salvaje. En cuanto a los militares y los policías, ellos no son causantes de nada trágico desde el punto de vista presidencial. Ellos tan sólo matan y desaparecen a estudiantes. ¿Pero acaso no es lo que se les ordena? Su función es neutralizar cualquier peligro y retirar cualquier estorbo para facilitar y asegurar la libre circulación del capital y de sus diversas mercancías, ya sean drogas o minerales, cosas o personas, materias primas o productos manufacturados.

El Ejército Mexicano y las Policías Federales, Estatales y Municipales, no son más que obedientes esbirros y sicarios del capitalismo y de su Estado. Tan sólo cumplen con su obligación de proteger la gran organización criminal encabezada por el Presidente de la República. Lo hacen muy bien, derramando mucha sangre, y es por eso que deben tener más fuerza, cada vez más fuerza. Cuando Peña Nieto reconoce esto último, sabemos bien qué y quiénes hablan por su boca. Es el capitalismo. Son los capitalistas.

[1] Peña Nieto, E. “Peña Nieto: no cabe la impunidad en la agresión sufrida por normalistas”, 6 de octubre 2014, La Jornada, consultado en http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/10/06/ni-201cel-mas-minimo-resquicio201d-de-impunidad-ofrece-pena-2102.html

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Peña Nieto, E. “Por concluir, año de claroscuros para México, afirma Peña”, La Jornada, 18 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/18/politica/017n1pol

[5] Peña Nieto, E. “Entrevista por Jorge Fernández”, Presidencia de la República, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-jorge-fernandez/

[6] Peña Nieto, E. “Entrevista por Adela. Enrique Peña Nieto: Admito que México enfrenta una situación de desconfianza”, Presidencia de la República, 3 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-adela-enrique-pena-nieto-admito-que-mexico-enfrenta-una-situacion-de-desconfianza/

[7] Ibíd.

[8] Peña Nieto, E. “Entrevista por Carlos Marín. Enrique Peña Nieto: México ha tenido un 2015 muy difícil, Presidencia de la República”, 10 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-carlos-marin-enrique-pena-nieto-mexico-ha-tenido-un-2015-muy-dificil/

[9]   “Entrevista por Óscar Mario Beteta. Radio Fórmula. Enrique Peña Nieto: Avances en la primera mitad de la administración”, Presidencia de la República, 7 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-oscar-mario-beteta-radio-formula-enrique-pena-nieto-avances-en-la-primera-mitad-de-la-administracion/

[10] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[11] Peña Nieto, E. “Prevalece violencia en tres estados: EPN”, El Universal, 14 de febrero 2015, http://m.eluniversal.com.mx/notas/nacion/2015/prevalece-violencia-en-tres-estados-epn-223273.html

[12] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[13] Peña Nieto, E. “Pena no debe paralizarnos: Peña Nieto”, Excélsior, 28 de enero 2015, consultado en http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/01/28/1004990

[14] Peña Nieto, E. “Peña Nieto pide a gobernantes asumir responsabilidades en seguridad”, Notimex, 18 de diciembre 2014, http://www.notimex.com.mx/acciones/verNota.php?clv=222284

[15]  Peña Nieto, E. “Peña afirma que comparte la exigencia de justicia por la barbarie en Iguala”, La Jornada, 16 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/16/politica/007n1pol