Ayotzinapa según Peña Nieto

Conferencia durante la Semana por Ayotzinapa, el jueves 24 de septiembre 2015, en el Auditorio Aníbal Ponce de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Morelia, Michoacán, México)

David Pavón-Cuéllar

Featured image

El 26 de septiembre de 2014, en la ciudad guerrerense de Iguala, estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fueron vigilados, perseguidos, atacados y detenidos en una operación conjunta en la que participaron policías municipales, estatales y federales, así como soldados y sicarios no identificados. El saldo fue de 43 estudiantes desaparecidos, 7 muertos y 27 heridos. Una vez que se confirmó el involucramiento de la Policía Federal y del Ejército Mexicano, la responsabilidad por los delitos de asesinato y desaparición forzada recae en el gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto.

En lugar de asumir su responsabilidad criminal, Peña Nieto ha intentado mistificar los hechos por todos los medios, muchos de ellos de carácter discursivo. El discurso presidencial ha servido para distraer o desviar la atención de lo realmente importante, embrollar los indicios e impedir así la reconstrucción de lo ocurrido, encubrir a los culpables y ocultar las evidencias, mentir y desacreditar a quienes denuncian la mentira, crear ilusiones y luego corroborarlas con otras ilusiones. Además de cumplir estas funciones y otras análogas bien conocidas por todos, el discurso de Peña Nieto ha realizado cuatro operaciones menos evidentes, de carácter subrepticio e insidioso, en las que me gustaría detenerme un momento.

Las cuatro operaciones a las que me refiero buscan incidir en la manera en que se presentan la matanza y la desaparición de estudiantes de Ayotzinapa. Digamos que son operaciones de las palabras sobre los hechos. Cada operación hace algo diferente con los hechos ocurridos en Iguala. Una consiste en su minimización, otra en su instrumentalización, otra más en su desrealización y la última en su formalización. En términos lacanianos, las dos primeras corresponden a modalidades de simbolización, mientras que las dos últimas remiten más bien a la imaginarización. Empecemos por las últimas.

Formalización

Daremos el nombre de formalización a la operación discursiva que reduce los hechos a su pura forma exterior, aparente y espectacular, tal como ésta se manifiesta en la información que se da sobre ellos, en la visión que se tiene de ellos o en la significación que se les atribuye. Al final Ayotzinapa ya no es una matanza y desaparición de estudiantes, sino únicamente la manera en que esta matanza y desaparición aparece a los ojos de la opinión pública y a través de los medios masivos de comunicación. Esto es todo lo que importa. Veamos algunos ejemplos.

Tan sólo una semana después de los hechos de Iguala, Peña Nieto decide “fijar una posición muy clara de parte del Gobierno de la República ante los muy lamentables hechos de violencia”[1]. Sin embargo, al momento de posicionarse ante estos hechos, lo que nos dice es que se encuentra “profundamente indignado y consternado ante la información que ha venido dándose”[2]. Es la información y no los hechos, no aquello a lo que se refiere la información, lo que indigna y consterna a Peña Nieto.

Al fijar la posición gubernamental ante los hechos, el presidente sólo consigue posicionarse ante las informaciones. Lo que importa es lo que se informa y no lo que ocurre. Y si alguien pensara que se trata de lo mismo, Peña Nieto lo desmentiría justo después de expresar su indignación y consternación ante las informaciones, cuando nos dice que “lamenta de manera muy particular la violencia que se ha dado”[3].

Al agregar que lamenta la violencia de manera muy particular, Peña Nieto deja claro que esta violencia no es lo mismo que las informaciones que lo indignan y lo consternan. Es por esto que las dos cosas, los hechos y lo que se informa sobre ellos, provocan sentimientos diferentes. La matanza y desaparición de estudiantes resulta simplemente lamentable, mientras que las informaciones son algo que indigna y consterna. En cierto sentido, las informaciones afectan más que los hechos. Lo más grave para Peña Nieto, si nos atenemos a su discurso, no es lo que ocurrió en Iguala, sino que se haya informado sobre lo que ocurrió. Esto es lo que escuchamos y es también lo que Peña Nieto nos dice.

Las palabras de Peña Nieto lo traicionan al anteponer las informaciones a los hechos, la forma al contenido, la apariencia a la realidad. Quizá nos consolemos pensando que el presidente al menos consigue lamentar la matanza y desaparición de estudiantes. Es verdad, habría sido mejor que estuviera consternado e indignado ante los hechos como lo está ante las informaciones, pero al menos ha sido capaz de lamentar los hechos. Esto es mejor que nada. Sin embargo, cuando nos familiarizamos un poco más en el discurso presidencial, nos percatamos de que lo verdaderamente lamentable no está en los hechos, sino en que lo que dejan ver los hechos.

En diciembre de 2014, al resumir el año que terminaba, Peña Nieto volvió a lamentar lo ocurrido en Iguala, pero esta vez fue más preciso al aclarar qué era exactamente lo que le parecía lamentable. Sus palabras fueron: “lamentablemente lo ocurrido en Iguala dejó ver ante toda la sociedad un hecho de barbarie que resulta inaceptable”[4]. Si algo se lamenta, no es el hecho de barbarie, sino que este hecho se haya dejado ver ante toda la sociedad. Por lo tanto, si toda la sociedad no hubiera visto el hecho, si el hecho hubiera permanecido invisible, entonces no habría nada que lamentar. Lo lamentable es que se haya dejado ver algo inaceptable, y no lo inaceptable como tal. O para ser más precisos: lo que se lamenta en la matanza y desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, no es el hecho de barbarie como tal, no es lo inaceptable en sí mismo, sino que lo inaceptable se haga visible.

El problema es ahora la visibilidad así como lo fue anteriormente la información. Peña Nieto se preocupa solamente por lo que se informa y por lo que se ve, pero no por lo que ocurre. Los estudiantes pueden seguir siendo asesinados y desaparecidos mientras no se vea ni se informe sobre ello. Lo que importa, una vez más, es la imagen, la forma y no el contenido, lo aparente y no lo real.

Dicho de otro modo, lo que preocupa no es lo que ocurre, sino lo que significa. Es por esto que Peña Nieto puede llegar a describir la matanza y desaparición de normalistas como “un evento que ha significado una gran tragedia, que fue lo ocurrido en Iguala”[5]. Es decir: lo ocurrido no es una gran tragedia, sino un evento que ha significado una gran tragedia. La gran tragedia no estriba en el evento, sino en su significación. Lo trágico es lo que el evento significa y no el evento en sí mismo. Casi podríamos decir, a partir de las palabras que hemos citado, que la matanza y desaparición de estudiantes carece de importancia cuando se le compara con lo que ha significado para Peña Nieto. Esta significación es lo único trágico. La tragedia está en lo que el evento ha significado: el desprestigio del presidente, el derrumbe de sus cotas de popularidad y el peligro de la insurrección social y de la resultante interrupción de ese gran proyecto peñista de saqueo y enriquecimiento.

Desrealización

Hay que insistir en que la tragedia, si nos atenemos al discurso presidencial, no es la matanza y desaparición de los normalistas en Iguala, sino lo que estos hechos significan. Es quizá por esto que Peña Nieto, evocando retrospectivamente el mes de septiembre de 2014, reconoce que “nadie advirtió en ese momento”, en el “primer día o el segundo día” después de los hechos, “ni de lo que realmente esto estaba significando, ni del tamaño de la tragedia, ni de la dimensión que esto tenía”, es decir, la “dimensión que vimos fue cobrando”[6]. Como puede apreciarse, el tamaño de la tragedia se equipara con lo que realmente esto estaba significando, con la dimensión que vimos fue cobrando. Esta dimensión y significación ulterior fue la verdadera tragedia para Peña Nieto. Es por eso que el presidente no podía medir el tamaño de la tragedia en los primeros días, aun cuando ya sabía, al igual que todos nosotros, que los estudiantes habían sido masacrados y desaparecidos.

Extrañamente, desde el punto de vista de Peña Nieto, los hechos violentos y sangrientos de Iguala no muestran por sí mismos el tamaño de la tragedia y ni siquiera tienen una significación real. Para ver cuán trágicos fueron y lo que realmente estaban significando, había que esperar y advertir lo que se veía de ellos y se informaba sobre ellos. La visión y la información, Televisa y los demás medios, monopolizan la única significación real, la única realidad que existe para el presidente, la única tragedia que puede ocurrir para él. Más allá de esta realidad mediática, no parece haber ninguna realidad. Los hechos son desrealizados y ceden su lugar de realidad a lo que aparece en la pantalla de televisión, lo más real que lo real, como lo hiperreal de Baudrillard. Llegamos así a la desrealización, es decir, la segunda operación discursiva que hemos identificado en las palabras de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.

El discurso presidencial borra lo real trágico de Iguala. No es en la matanza y desaparición de estudiantes en donde Peña Nieto encuentra lo real y mide lo trágico del asunto. La realidad y el tamaño de la tragedia, para él, sólo pudieron apreciarse ulteriormente, cuando vimos la dimensión que fue cobrando, es decir, en el nivel de lo que se visibiliza, informa y significa. Este nivel mediático, por cierto, es aquel en el que Peña Nieto siempre se ubica. Él mismo lo admite justo después de reconocer que no advirtió la dimensión de la tragedia, cuando agrega cándidamente: “lo digo desde el propio gobierno, los medios de comunicación informando sobre el tema” [7]. Esta aposición identifica el punto de vista de los medios de comunicación con el del gobierno. Por si nos quedaba alguna duda, el mismísimo presidente está reconociendo que los medios y el gobierno están en una misma posición, en un mismo lugar de poder. Son, por así decir, intercambiables.

Televisa y Peña Nieto son prácticamente lo mismo. Sin embargo, para desgracia del presidente, hay otros medios además de los que se confunden con el gobierno. Son esos otros medios, perseguidos y censurados constantemente por la violencia gubernamental, los que han provocado la tragedia al informar y dejar ver lo ocurrido en Iguala.

De hecho, para Peña Nieto, lo que ha ocurrido en Iguala no es la matanza y desaparición de estudiantes, sino su difusión mediática. Digamos que la información es todo lo que ocurre. Podemos entender entonces que al referirse a la matanza y desaparición de estudiantes en una entrevista, Peña Nieto nos diga, en tono inocultablemente despreciativo, “el tema ocurrido en Iguala”[8]. Para el presidente, lo que ocurrió en Iguala fue un simple tema, un tema entre otros, un tema sobre el que se informa, un tema del que se habla, un tema sobre el que se opina, un tema por el que se protesta.

Cuando se afirma que el tema es lo que ocurre, se está negando que lo real haya ocurrido. Se está desrealizando la matanza y desaparición de estudiantes. Es como si este acontecimiento no hubiera ocurrido. Lo que ocurrió quizás haya ocurrido por causa de los hechos sangrientos, pero no es ellos. Digamos que la matanza y desaparición de estudiantes fue tan poco importante para Peña Nieto que ni siquiera es correcto decir que ocurrió verdaderamente.

Quizás haya ocurrido algo con la masacre, pero la masacre, en sentido estricto, no ocurrió. Es lo que nos confirma Peña Nieto cuando admite, en otra entrevista, que el año de 2014 –lo cito– “ha estado marcado por momentos difíciles, particularmente de tragedia, como fue lo ocurrido en Iguala con la desaparición de 43 jóvenes estudiantes”[9]. Una vez más: la tragedia no es la desaparición de los estudiantes, sino lo ocurrido con esta desaparición. O peor aún: lo que realmente ocurrió no fue la desaparición, sino lo que ocurrió con la desaparición. Lo real no fue lo que sucedió en Iguala, sino todo lo que se vino con eso. La desaparición de estudiantes es dejada de lado, menospreciada, negada y desrealizada. La realidad está en otra parte, junto a ella, pero no en ella.

Minimización

Es verdad que Ayotzinapa no siempre es desrealizada en las palabras indiscretas de Peña Nieto. A veces el discurso presidencial reconoce lo real de lo ocurrido, pero minimizándolo. Este proceso discursivo, el tercero del que deseo ocuparme, tiene un carácter predominantemente simbólico, ya que no consiste en una simple extracción de realidad o vaciamiento de contenido, sino que requiere de la inserción de los hechos en una estructura significante que determina la importancia respectiva de cada elemento por sus relaciones con los demás. Será siempre en comparación con otros elementos que algo pueda minimizarse.

En el caso de los hechos violentos de Iguala, el discurso presidencial puede minimizarlos al compararlos con algo tan importante como el desarrollo del país. Este desarrollo se despliega espacialmente en todo México y temporalmente en todo su presente y futuro, mientras que lo ocurrido en Iguala, según las palabras de Peña Nieto, fue sólo un “momento de dolor”[10] que tuvo lugar en únicamente “dos municipios de Guerrero”[11]. ¿Qué importan dos municipios en un país con 2445 municipios? ¿Qué importancia tiene el momento de la desaparición y matanza de los normalistas cuando se piensa en los años de futuro y desarrollo que México tiene por delante?

La minimización de Ayotzinapa, tal como se opera en el discurso de Peña Nieto, sitúa los hechos en un amplio contexto espacial y temporal. Una vez que toda la tragedia se ha reducido a sólo un momento de dolor en sólo dos municipios del país, el presidente puede atreverse a exhortar –lo cito– a “superar este momento de dolor”, agregando: “para asegurar paz, es fundamental asegurar el desarrollo en todo el país”[12]. Es decir: todo el país, con sus 2445 municipios, debe desarrollarse para evitar momentos de dolor como el que ocurrió en sólo dos municipios de Guerrero. Y para que el desarrollo sea posible, hay que superar el momento de dolor. Se establece así una vinculación perversa entre la superación del dolor y el desarrollo del país. Es como si el país tan sólo pudiera desarrollarse al superar el dolor por la tragedia. Es también como si este dolor fuera lo que impide el desarrollo del país.

Cuando Peña Nieto nos habla del desarrollo del país, todos sabemos bien de qué nos está hablando. Se está refiriendo al desarrollo de sus propios negocios y los de sus amigos, la concesión de la obra pública mediante sobornos y licitaciones fraudulentas, la venta lucrativa del patrimonio del Estado, la entrega del subsuelo a grandes compañías mineras y petroleras, el obsequio de mano de obra malbaratada para otros grandes capitales extranjeros. Todo esto es obstaculizado por Ayotzinapa.

Los padres y amigos de los normalistas asesinados y desaparecidos, así como todos los demás que sienten dolor por lo ocurrido, estorban los negocios de quienes se dedican a saquear el país, los estorban al bloquear carreteras, pero también al asustar a los potenciales inversionistas, es decir, a quienes vienen a comprar todos los pedazos de país que el gobierno de Peña Nieto ha puesto a la venta. Este desarrollo es lo impedido por el momento de dolor.

Entendemos que Peña Nieto se impaciente y exhorte a seguir adelante con los negocios, a no detenerse, a superar el momento de dolor, según sus propios términos. Aunque estas palabras hayan producido una gran indignación en el país, la impaciencia del presidente fue aún mayor, y unas semanas después repitió que “este momento en la historia de México” no debía “dejarnos atrapados” y que había que “seguir caminando”[13]. En otras palabras: avanzar, no distraerse, continuar avanzando con los asesinos, llevándolos sobre nuestras espaldas, y dejar a los muertos a la orilla del camino. Después de todo, según Peña Nieto, no se trata más que de un pequeño momento en la gran historia de México.

Instrumentalización

Desde luego que podríamos replicarle a Peña Nieto y explicarle que la historia de México está hecha de momentos y sólo de momentos. Pero él nos respondería que hay momentos que sólo corresponden a etapas que nos conducen a un destino y que este destino es lo verdaderamente importante. Lo que importa es el éxito de los negocios de la clase representada por el presidente. Para llegar a este futuro de felicidad, hay que pasar por algunos momentos de dolor. Ayotzinapa es uno de ellos.

De hecho, según ciertas palabras de Peña Nieto, es como si debiéramos pasar por la matanza y desaparición de estudiantes en Iguala para poder continuar adelante. O mejor dicho: la tragedia sirve para llegar a nuestro destino. En este caso, ya no se trata de la simple minimización de Ayotzinapa, sino de su instrumentalización, la última y más maliciosa de las operaciones discursivas a las que deseo referirme.

Los hechos de Iguala son instrumentalizados, en efecto, cuando Peña Nieto nos llama a hacer de ellos –lo cito– “una oportunidad para reconducir, para reforzar y fortalecer nuestras instituciones de seguridad pública, de procuración de justicia”[14]. No deja de ser paradójico, desde luego, que la matanza y desaparición de estudiantes sean instrumentalizadas para fortalecer y reforzar a las mismas instituciones que mataron y desaparecieron a los estudiantes. Es profundamente paradójico, pero no es por ello menos revelador. Y lo que nos revela resulta estremecedor. Hay que reforzar y fortalecer a quienes cometieron el crimen. Hay que darles más fuerza con la que seguirán cometiendo crímenes, quizás precisamente porque los crímenes pueden ser instrumentalizados y posibilitar a su vez más crímenes, y así sucesivamente.

El sistema que nos gobierna tiene una organización tan efectiva, como crimen organizado, que funciona en circuito cerrado y se reproduce constantemente a sí mismo al reproducir incesantemente su propia criminalidad. Tan sólo esto puede permitir que las instituciones criminales sean premiadas en lugar de ser castigadas por su crimen. Peña Nieto, en efecto, no aprovecha el crimen para investigar, limpiar e incluso disolver las criminales instituciones de seguridad pública, sino que lo instrumentaliza para fortalecerlas. Evidentemente se requiere de cada vez mayor fuerza para los militares y policías represivos que protegerán el desarrollo de ese negocio millonario al que Peña Nieto le da el nombre de México. Este fin justifica todos los medios.

Como nos lo dice el presidente, “debemos tener la capacidad de encauzar nuestro dolor e indignación hacia propósitos constructivos”[15]. También el dolor y la indignación deben ser encauzados propositivamente, es decir, utilizados, rentabilizados, instrumentalizados, explotados, como todo lo demás en la sociedad y en el país. Nada puede escapar a la explotación por el sistema con sus propósitos constructivos. ¿Constructivos de qué? Peña Nieto no deja de repetirlo: constructivos de carreteras, puentes, puertos, minas, pozos, oleoductos, fábricas, almacenes y otros medios para seguir saqueando el país y para seguir generando así cada vez más riqueza para unos pocos a costa de cada vez más pobreza para la gran mayoría de la población, como lo confirman todos los datos económicos.

El discurso de la organización criminal capitalista

La economía de saqueo, de enriquecimiento y empobrecimiento, es evidentemente una economía capitalista. Y gracias al gobierno ultra-liberal de Peña Nieto, el capitalismo se libera de todas las trabas, se vuelve todopoderoso y puede actuar de la manera más cruel, salvaje, asesina. El crimen organizado se torna forma de gobierno y puede hablarnos públicamente a través del Presidente de la República. Sabemos que Peña Nieto es portavoz de los narcos y los demás empresarios criminales del país. Las voces de todos ellos resuenan en el discurso presidencial.

Cuando Peña Nieto minimiza o instrumentaliza la matanza y desaparición de estudiantes, su voz es la de aquellos criminales que ofrecen justificaciones y circunstancias atenuantes para sus crímenes. Lo mismo ocurre con la desrealización y formalización de los hechos de Iguala. Si el presidente fuera totalmente inocente de lo que se le acusa, ¿por qué se esforzaría en vaciarlo de realidad y de contenido?

Una vez que los hechos se reducen a un simple tema o a una pura información, ¿a quién vamos a culpar de lo ocurrido? Quizás a quienes informan o tematizan, a los periodistas y a los activistas, pues ellos son los únicos responsables de la tragedia temática e informativa, que es, como hemos visto, la única tragedia para Peña Nieto y para su organización criminal capitalista, la tragedia que estorba sus negocios al dañar nuestra imagen en los escaparates del mercado, al espantar a los compradores en el remate de nuestro país, al entorpecer el saqueo y retrasar la marcha triunfal del capitalismo salvaje. En cuanto a los militares y los policías, ellos no son causantes de nada trágico desde el punto de vista presidencial. Ellos tan sólo matan y desaparecen a estudiantes. ¿Pero acaso no es lo que se les ordena? Su función es neutralizar cualquier peligro y retirar cualquier estorbo para facilitar y asegurar la libre circulación del capital y de sus diversas mercancías, ya sean drogas o minerales, cosas o personas, materias primas o productos manufacturados.

El Ejército Mexicano y las Policías Federales, Estatales y Municipales, no son más que obedientes esbirros y sicarios del capitalismo y de su Estado. Tan sólo cumplen con su obligación de proteger la gran organización criminal encabezada por el Presidente de la República. Lo hacen muy bien, derramando mucha sangre, y es por eso que deben tener más fuerza, cada vez más fuerza. Cuando Peña Nieto reconoce esto último, sabemos bien qué y quiénes hablan por su boca. Es el capitalismo. Son los capitalistas.

[1] Peña Nieto, E. “Peña Nieto: no cabe la impunidad en la agresión sufrida por normalistas”, 6 de octubre 2014, La Jornada, consultado en http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/10/06/ni-201cel-mas-minimo-resquicio201d-de-impunidad-ofrece-pena-2102.html

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Peña Nieto, E. “Por concluir, año de claroscuros para México, afirma Peña”, La Jornada, 18 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/18/politica/017n1pol

[5] Peña Nieto, E. “Entrevista por Jorge Fernández”, Presidencia de la República, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-jorge-fernandez/

[6] Peña Nieto, E. “Entrevista por Adela. Enrique Peña Nieto: Admito que México enfrenta una situación de desconfianza”, Presidencia de la República, 3 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-adela-enrique-pena-nieto-admito-que-mexico-enfrenta-una-situacion-de-desconfianza/

[7] Ibíd.

[8] Peña Nieto, E. “Entrevista por Carlos Marín. Enrique Peña Nieto: México ha tenido un 2015 muy difícil, Presidencia de la República”, 10 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-carlos-marin-enrique-pena-nieto-mexico-ha-tenido-un-2015-muy-dificil/

[9]   “Entrevista por Óscar Mario Beteta. Radio Fórmula. Enrique Peña Nieto: Avances en la primera mitad de la administración”, Presidencia de la República, 7 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-oscar-mario-beteta-radio-formula-enrique-pena-nieto-avances-en-la-primera-mitad-de-la-administracion/

[10] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[11] Peña Nieto, E. “Prevalece violencia en tres estados: EPN”, El Universal, 14 de febrero 2015, http://m.eluniversal.com.mx/notas/nacion/2015/prevalece-violencia-en-tres-estados-epn-223273.html

[12] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[13] Peña Nieto, E. “Pena no debe paralizarnos: Peña Nieto”, Excélsior, 28 de enero 2015, consultado en http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/01/28/1004990

[14] Peña Nieto, E. “Peña Nieto pide a gobernantes asumir responsabilidades en seguridad”, Notimex, 18 de diciembre 2014, http://www.notimex.com.mx/acciones/verNota.php?clv=222284

[15]  Peña Nieto, E. “Peña afirma que comparte la exigencia de justicia por la barbarie en Iguala”, La Jornada, 16 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/16/politica/007n1pol

Anuncios

De la interpretación a la traducción

Presentación del libro Traducir el psicoanálisis: interpretación, sentido y transferencia, de Néstor Braunstein. Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), Ciudad Universitaria, UNAM, México D.F., 3 de septiembre 2013.

 David Pavón-Cuéllar

Me siento más que honrado por la invitación a presentar el reciente libro de Néstor Braunstein Traducir el psicoanálisis: interpretación, sentido y transferencia, publicado por la editorial Paradiso. No evocaré todo lo admirable que encuentro en esta obra. Me limitaré a poner de relieve lo que juzgo de mayor interés para lectores, como yo, que acuden al psicoanálisis en busca de recursos teórico-metodológicos para nutrir sus reflexiones e investigaciones en el campo del análisis de discurso.

Traducción e interpretación

Néstor Braunstein (2012) empieza por afirmar, en la primera página del prólogo, que “el psicoanalista es un intérprete, es decir, un traductor” (p. 7). Si nos quedáramos únicamente con esta frase, podríamos expresar la relación entre sus términos en una fórmula cristalina: psicoanálisis igual a interpretación igual a traducción. Reduciríamos tres palabras a una sola idea. Resolveríamos así la incógnita psicoanalítica. Psicoanalizar consistiría en interpretar, es decir, en traducir. Podríamos al fin salir del mundo subterráneo del psicoanálisis y desplazar la cuestión a la superficie luminosa de la traducción y la interpretación. Ambas actividades, traducir e interpretar, aparecerían además como sinónimos, ya que decir lo uno sería lo mismo que decir lo otro.

Braunstein lo afirma literalmente: un intérprete, es decir, un traductor. El problema es que el mismo autor, en el siguiente renglón, advierte que “traducir” e “interpretar”, aunque sean “actividades emparentadas”, no son exactamente “sinónimos” (Braunstein, 2012, p. 7). Pero si no son sinónimos, ¿entonces por qué decir lo uno es lo mismo que decir lo otro? ¿Acaso este decir lo mismo no es precisamente la sinonimia? Esta sinonimia es de hecho aceptada por el mismo autor, en el mismo libro, cuando nos comunica explícitamente su disposición –lo cito– “a refrendar una consagrada aunque debatible sinonimia: la que existe entre interpretación y traducción” (p. 31).

Al aceptar la misma sinonimia que había descartado, el autor aparentemente incurre en una flagrante contradicción. Destaco ahora esta contradicción porque me parece que designa el espacio lógico en el que transcurren aquellas reflexiones del autor que más pueden servirle a un analista de discurso como yo. Para designar este espacio imposible, era precisa una contradicción. Un enunciado contradictorio, en efecto, puede servir para eso, para indicar algo cuya modalidad existencial es la de una imposibilidad. Wittgenstein (1921) diría en su Tractatus, retomando un viejo principio lógico elemental, que “la verdad de la contradicción es imposible” (4.464).

Hay una profunda imposibilidad que Braunstein expresa en la contradictoria sinonimia sin sinonimia entre la interpretación y la traducción. La traducción es efectivamente una interpretación de lo traducido, mientras que la interpretación exitosa debería ser también una traducción de lo que interpreta. Siguiendo la etimología del verbo “traducir”, diremos que una interpretación tiene éxito cuando consigue transmitirnos lo que interpreta. Sin embargo, precisamente porque la traducción interpreta, no logra traducir o transmitir lo que interpreta, sino que sólo consigue transmitir la interpretación de lo que interpreta.

No hay traducción sin interpretación, pero tampoco puede haber una verdadera traducción con interpretación. Estamos condenados a interpretar al traducir, pero al interpretar, dejamos de traducir. La traducción y la interpretación son lo mismo y lo contrario, sinónimos y antónimos, y su identidad es tan imposible como inevitable. Una traducción no puede permitirse interpretar, pero debe permitírselo, y es por esto que la traducción es imposible. Su imposibilidad estriba entonces en su problemática sinonimia con la interpretación.

Al tener que interpretar lo que traducimos, resulta imposible traducirlo de verdad. Pero Braunstein (2012) agrega con mucha razón: “porque imposible, es necesario” (p. 38). Evidentemente necesitamos traducir lo que no podemos traducir. Nos resulta imposible traducirlo y es precisamente por eso que tenemos y sentimos la necesidad de traducirlo. Hay efectivamente una exigencia de traducción en el núcleo real intraducible de lo que sólo podemos interpretar.

Imposibilidad e intraducibilidad

Al traducir, la interpretación resulta inevitable, y por consiguiente la traducción se vuelve imposible, pero también se hace necesaria. Su necesidad se explica por su imposibilidad. Al ser intraducible, tiene que traducirse. Podemos entender que Braunstein (2012) sitúe la “esencia de la traducción” en el “encuentro con lo intraducible” y en la manera de “articular ese encuentro” (p. 38). Pero la articulación de este encuentro con lo intraducible, ¿no es acaso la interpretación en el sentido más estricto del término? Interpreto lo que no puedo traducir, lo que únicamente puedo interpretar, lo real intraducible que tan sólo resulta interpretable a través de lo simbólico.

En su perspectiva freudiana-lacaniana, Braunstein (2012) interpreta “lo intraducible”, con agudeza, como “lo real” en Lacan y como el “ombligo del sueño” en Freud (p. 30). Este “punto de intraducibilidad”, como lo llama el mismo autor, aparece como “la meta” que se intenta “alcanzar” en cualquier “traducción” (pp. 30-31). Es la “imposibilidad real” a la que se aferra el buen traductor, el auténtico, el que no se deja caer en una “impotencia imaginaria” (p. 30). En lugar de resignarse a traicionar lo que no puede traducir, el buen traductor se obstina en traducirlo en sus interpretaciones, a través de ellas y más allá de ellas. Esta obstinación es la misma que mantiene al sujeto atado al diván, intentando ir más allá de lo que interpreta y traducir aquello real que no se deja traducir, que “resiste a la traducción” en el “inconsciente” (p. 20).

Por más que nos obstinemos, lo intraducible se pierde en su interpretación. Lo interpretado no puede ser idéntico a lo que intenta en vano traducir. Esta identidad entre lo intraducible y lo interpretado, como nos lo dice Braunstein (2012), es “un mito, la imagen misma de un imposible” (pp. 16-17). Es imposible acabar con el “espacio fecundo de divergencias” que surge entre el original que se intenta traducir y su intento de traducción, entre lo escrito y lo que uno lee, pero también entre lo que uno se dice y lo que uno mismo entiende cuando “se habla a sí mismo” (p. 43). En todos los casos, “el original” se pierde irremediablemente  y exige incluso un “trabajo de duelo” que nos hace continuar con las interpretaciones y reinterpretaciones de lo que no hemos podido llegar a traducir (p. 17).

Retroactividad y revitalización

Por más que interpretemos y reinterpretemos, no conseguiremos recuperar el original que hayamos perdido. Sin embargo, en lugar de lo perdido, termina por surgir algo nuevo que tal vez ya no sea exactamente el original, pero que sigue siéndolo en cierto modo. Braunstein (2012) sostiene que el original adquiere “nueva vida en otra lengua” (p. 17), y acepta incluso la posibilidad de que el original se vea “corregido y enriquecido” por el “efecto retroactivo” de las “traducciones sobre la obra traducida” (p. 26).

Para hablar de traducciones y no de simples interpretaciones, Braunstein ha debido reconocer el efecto retroactivo por el cual una interpretación incide sobre el original interpretado, lo modifica y sólo así consigue conservarlo, transmitirlo, traducirlo ya modificado. Hay entonces efectivamente una traducción del original como algo nuevo, como algo diferente de lo que era antes de haber sido interpretado. Es así como el original, en futuro anterior, habrá sido renovado y revitalizado por su traducción y “a partir del cumplimiento cabal de la tarea del traductor” (Braunstein, 2012, p. 31).

Notemos que el cumplimiento cabal de la traducción exige una interpretación que transforme retroactivamente lo interpretado. Gracias a la interpretación de Lacan, por ejemplo, Freud habrá sido algo nuevo que nuevamente habrá de sorprendernos. Este renacimiento retroactivo de Freud en Lacan ocurre muy cerca y al mismo tiempo que el de Marx en Althusser. En uno y otro caso, las lecturas de los estructuralistas franceses “intervienen sobre los originales” alemanes que así “reciben los impactos retroactivos de sus traducciones” (Braunstein, 2012, pp. 31-32).

Las interpretaciones althusserianas y lacanianas hacen volver a los espectros de Marx y Freud. Los viejos personajes decimonónicos aparecen transfigurados. Habrán sido otros de los que fueron al recibir el efecto retroactivo de sus lectores franceses del siglo XX. Gracias a su traducción en lengua francesa y jerga estructuralista, el original habrá sido más de todo aquello que ya era.

Braunstein (2012) considera incluso que el original estaría “en espera de traducciones que rebasen las convenciones de su lengua” (p. 33). Quiero entender que estas convenciones de la lengua del original, que pueden verse rebasadas por su traducción, no son únicamente los límites de una lengua como el alemán, sino también los límites de una cultura o de una ideología en el sentido marxista del término, los horizontes de una visión del mundo en la perspectiva de Dilthey, las demarcaciones de aquello que Foucault llama episteme o formación discursiva. Todos estos límites de un original habrán sido traspasados por la traducción. La traducción es así necesaria para sacar a un autor de sus límites, pero nunca es tan necesaria como cuando se traducen originales que tienden por sí mismos a desbordar sus límites, que no se dejan encerrar en ellos, que son más que todo aquello que su época puede contener. Tal es el caso de Marx y Freud.

Revelación y sobredeterminación

Podemos decir que Marx y Freud tienen una gran parte del mérito de sobrepasarse una y otra vez a sí mismos después de muertos, en el futuro, a través de sus interpretaciones por los freudianos y los marxistas. Si estas interpretaciones continúan descubriendo tantas novedades y sorpresas en los originales interpretados, es porque hay algo en estos originales, algo que no ha sido puesto por sus intérpretes, algo que ya estaba ahí desde un principio. Hay algo en los originales que Lacan identificaba como una verdad siempre nueva. Considerando que se trata de esta verdad que sólo puede llegar a decirse a medias, entendemos que Braunstein (2012) la distinga por un rasgo de “ambigüedad” en el que residiría la “fecundidad de las inusitadas lecturas transformadoras” (p. 32).

Las lecturas transformadoras, las “auténticas traducciones”, no serían las que pretenderían “adecuarse” a una verdad inequívoca del original, sino las que “revelaran” en él una verdad siempre nueva que nunca sería la misma y que nunca podría expresarse de modo total y definitivo (Braunstein, 2012, p. 36). Esta circunstancia permite a Braunstein, en una analogía esclarecedora, comparar el original con el “contenido manifiesto” del sueño, y sus “traducciones posibles” a todos los “contenidos latentes” que podemos llegar a descubrir (pp. 30-31). El original, con su verdad inagotable, se convertiría entonces, para el mismo Braunstein, en un “punto de partida” del que saldrían “mil caminos” (p. 31). Los mil caminos de las interpretaciones posibles, en virtud de la “sobredeterminación”, constituirían un “laberinto en el que se puede vagar eternamente” (p. 67).

Pareciera que llegamos aquí al infinito de la interpretación en la hermenéutica de Gadamer. Sin embargo, en la perspectiva lacaniana de Braunstein, lo que prolonga indefinidamente los caminos interpretativos no es algo positivo como la profundización y transformación del proyecto del que nos habla el hermeneuta alemán. Se trata más bien de la circunstancia radicalmente negativa sobre la que Braunstein (2012) vuelve una y otra vez, a lo largo de todo su libro, al insistir en que no hay “juez final”, no hay “veredicto inapelable sobre el sentido”, no hay “punto de cierre de la fuga infinita”, es decir, “no hay metalenguaje, no hay Otro del Otro” que pueda decir “la verdad sobre la verdad” (p. 67), “no hay Sentido” con mayúscula que “ponga fin a la querella de los sentidos contrastantes” (p. 74), así como tampoco hay “una lógica sin fallas” que nos lleve a “un más allá del lenguaje”, a “un sitio libre de mentira, penumbra, disimulación” (pp. 106-107). La conclusión, para Braunstein como para Lacan, es que “no hay Dios” (p. 107).

Fuentistas y blanquistas

Ahora bien, aunque no haya Dios, no todo está permitido. No podemos permitirnos cualquier interpretación. Por más que se puedan prolongar indefinidamente, las interpretaciones, como ya nos lo había advertido Lacan, deben someterse a los límites estrictos que les impone lo interpretado. Esto justifica suficientemente la opción de Braunstein (2012) por los traductores fuentistas, los respetuosos de la fuente, los que se atienen y someten al original, los que más atienden a la forma y al significante, en contraposición a los traductores blanquistas, los que privilegian el contenido y el significado, los que toman partido por la lengua blanco de la traducción, los traidores que están “al servicio del lector” y parecen comprometerse en un “pacto contra el original” (p. 39).

Braunstein hace valiosas observaciones en torno a la diferencia entre los blanquistas y los fuentistas. Mientras que los “dóciles blanquistas” se dirigirían a “infantilizados lectores” arrullados y magnetizados por su “lengua materna”, los “fuentistas intrépidos” violentarían esta lengua para permanecer fieles al original, incluso a costa de la inteligibilidad, pues sabrían que “la palabra no está hecha para la comprensión” (Braunstein, 2012, pp. 40-46). Los fuentistas dejarían de aferrarse a la comprensión, al efecto de sentido, y de este modo coincidirían con la indiferencia lacaniana con respecto al sentido.

Para un lacaniano como Braunstein (2012), el sentido “se implanta en el campo del semblante” (p. 71), remite a “la ideología” de la que nos habla Marx (p. 72) y puede obedecer al “éxito de la sugestión” y a la “fuerza de la transferencia”, llevándonos a una “verdad no referencial sino transferencial” (p. 62). Es entonces en el vínculo transferencial, afectivo y sugestivo con el otro, en donde se fundaría la comprensión y nuestra irresistible inclinación hacia el sentido. Braunstein explica incluso la “creencia en el sentido” por una “demanda de amor” que sitúa “al otro imaginario en el lugar del Otro simbólico” (p. 64).

En su opción radical por el Otro simbólico sin mediación imaginaria, Braunstein (2012) se distingue de Aarón, “líder de los idólatras”, y concuerda con su hermano Moisés, quien busca “una palabra que nombre lo real sin cargarse de sentido, sin recubrirse de imaginario, sin transformarse en un ídolo de barro” (p. 113). Ésta es la palabra que Braunstein quiere encontrar igualmente en la “intervención del analista” con su carácter idealmente “carente de sentido”, es decir, “no proposicional” y “sin semántica”, e incluso “desconstructivo”, es decir, “analítico, disolvente, ateo” (p. 90). Sí, atea, con un ateísmo paradójicamente originado en Moisés.

Me gustaría terminar por el ateísmo, el cual, en Braunstein, adquiere valor de regla metodológica. Se debe proceder ateísticamente, descartando el sentido, lo imaginario, el metalenguaje, el Otro del Otro y así también forzosamente la consistencia positiva del Otro. Esta manera de proceder es consecuente con una “epistemología negativista”, no positivista, como la que Braunstein (2012) encuentra en “las ciencias del signo” inauguradas por Saussure, en las que el “conjunto de hechos positivos” sería sustituido por un “sistema de diferencias, de negatividades” con un puro “valor diacrítico” (pp. 189-190). No hay lugar aquí, en el negativismo estructuralista, ni para la modernidad positivista, ni para la “idolatría” de la “posmodernidad” con su “imperio de las imágenes” (p. 152). Tampoco hay lugar para esa comprensión hipertrofiada que opera entre los blanquistas, los hermeneutas y los analistas de contenido, y que les hace entregarse a una interpretación desmedida, ilimitada y extraviada, que no puede conducir a la traducción más que por simple casualidad. ¿Cómo traducir algo cuando se puede interpretar de cualquier modo?

Referencias

Braunstein, N. (2012). Traducir el psicoanálisis: interpretación, sentido y transferencia. México: Paradiso

Wittgenstein, L. (1921). Tractatus logico-philosophicus. Londres: Harcourt, 1922.