Ejercer la psicología en el capitalismo

Intervención como “padrino de generación” en la Ceremonia de Entrega de Cartas de Pasante de la cohorte generacional 2012-2017 de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH). Morelia, Michoacán, México, sábado 11 de marzo 2017.

David Pavón-Cuéllar

Libertad

Debo empezar por felicitarlas y felicitarlos. Han terminado su licenciatura. Ya solamente les falta un paso para convertirse en psicólogas y psicólogos. Una vez que lo hagan, tendrán que decidir si empiezan a ejercer la profesión o si continúan estudiando. Supongo que será una decisión difícil, en especial porque no dependerá totalmente de ustedes.

Quizás lo que más quieran sea estudiar una maestría, pero fracasen en los procesos de admisión o la presión económica los obligue a trabajar en lugar de estudiar. O tal vez ya estén hartos de estudiar y prefieran ponerse a trabajar, pero no consigan trabajo por ningún lado y entonces acaben resignándose a seguir estudiando, primero un diplomado, luego una maestría, después un doctorado y finalmente una serie de posdoctorados que terminarán cuando hayan alcanzado una edad en la que ya nadie quiera contratarlos.

En caso de que sigan estudiando, puede ser que tengan la suerte de obtener una beca de manutención. ¡Les pagarán para que estudien! Y habrá lógicamente quienes tan sólo estudien para que les paguen. Esto no es muy correcto, desde luego, pero yo no les arrojaría la primera piedra. Se hace lo que se puede para sobrevivir. Así funciona el hermoso mundo capitalista en el que vivimos, en el que tan difícil es hacer las cosas que uno quiere como hacerlas por sí mismas y no con otro propósito. Al final uno termina ignorando por qué diablos está haciendo lo que hace. Esto es así porque lo que uno hace no suele ser decidido libremente por uno mismo como persona, sino por las cosas, por las mercancías, por las reglas del mercado, por la presión económica del dinero, por el capital, por el sistema capitalista, es decir, por lo único verdaderamente libre en el neoliberalismo.

Si pudieran elegir ustedes libremente aquello que harán con su profesión, tengo la convicción de que muchas y muchos harían cosas extraordinarias que no se han hecho hasta ahora en la psicología y que podrían llegar incluso a trastornar mucho en el mundo que nos rodea. Quizás ésta sea precisamente una de las razones por las cuales no se les puede permitir elegir. No pueden proceder libremente porque su libertad es peligrosa y potencialmente subversiva. De ahí que deban disciplinarse y obedecer lo que se les ordena que deben hacer, es decir, limitarse a desempeñar su función en el sistema subyacente al orden establecido. ¿Acaso no es ésta una de las más arduas y grandes lecciones que recibimos: una que vamos aprendiendo lentamente, incansablemente, desde preescolar hasta el último semestre de licenciatura? Quizás tal aprendizaje sea uno de los más destructivos, indignos y degradantes para el ser humano, pero también será fundamental, determinante para el sistema y específicamente para el ámbito laboral en el que nos desempeñamos.

Encargos

Habiendo aprendido nuestra lección de sometimiento, las psicólogas y los psicólogos hacemos lo que se nos encarga. ¿Y qué se nos encarga? Por lo general, se nos encarga lo que sirva de algún modo al funcionamiento del sistema. De modo más preciso, como psicólogas y psicólogos, desempeñamos nuestra función al permitir que otras y otros a su vez desempeñen o aprendan a desempeñar su función en el dispositivo específico en el que se inserten.

Si trabajan ustedes en la psicología educativa, tendrán que ayudar a que se haga con los más jóvenes lo mismo que ya se hizo con ustedes. La orientación vocacional, por ejemplo, servirá para poner a cada uno en el lugar en el que pueda ser mejor aprovechado, utilizado, explotado. La formación docente entrenará al profesorado para ser estratégico, eficaz, persuasivo y ameno a la hora de cumplir con el propósito de someter, disciplinar, enajenar e ideologizar al estudiantado. El cumplimiento de este propósito será también facilitado a través del apoyo al diseño de programas y planes de estudio.

Si trabajan ustedes en el bien remunerado campo de la psicología del trabajo, entonces podrán contribuir a resolver todos aquellos problemas de los trabajadores que dificultan su explotación y que entorpecen la producción capitalista, como es el caso de los errores, las distracciones, las frustraciones, los rencores, el cansancio, el aburrimiento, la ansiedad, el stress y otras muchas insatisfacciones. Lubricarán ustedes las relaciones laborales para que la máquina funcione sin desagradables rechinidos como las protestas de los trabajadores. Devolverán a los explotados la confianza en sus explotadores. Harán que la explotación pase desapercibida en escenarios laborales más cómodos, más amigables, más coloridos. Ayudarán a prevenir todos esos conflictos con los que se han conquistado los derechos de la clase trabajadora. Tan eficaces habrán de ser, que tal vez incluso terminen haciendo innecesarios los sindicatos y las revoluciones.

La psicología social quizás acabe conduciéndolas y conduciéndolos a la docencia en la universidad. Aquí estarán en mi lugar, y, como yo lo he hecho, se dedicarán a promover las masas y los grupos a costa de las clases y las estructuras. Disolverán las peligrosas luchas de clases en las inofensivas interacciones interpersonales. En lugar de criticar la ideología con la que se nos domina, se limitarán a estudiar la representación y construcción de la realidad. Embriagarán a sus estudiantes con la discursividad y la afectividad en las que se volatilizarán el sistema económico y sus efectos de sufrimiento y muerte para los sujetos. No tardarán así en dar nacimiento a la nueva generación de psicólogas y psicólogos que habrán aprendido a olvidar todo aquello que deben olvidar para hacer de la mejor manera todo el mal que deben hacer.

El campo de la psicología clínica y del propio psicoanálisis les hará invadir nuestro último reducto de resistencia, el más profundo, el más íntimo. Encerrarán a los sujetos dentro de su propia individualidad y les ayudarán a ignorar que son clases, pueblos y comunidades. Los condenarán a olvidar su historia colectiva para concentrarse en su historia personal y familiar. Harán que se reconozcan tan sólo en el espejo, quizás de algún modo en los padres o en los hijos, pero no en el transeúnte que necesite su ayuda, no en la vecina violentada por su esposo, no en el colega despedido ni mucho menos en el subalterno explotado, tampoco en el minero enterrado vivo, ni en el jornalero esclavizado, ni en el aspirante rechazado en la universidad, ni en el periodista asesinado, ni en los 43 de Ayotzinapa.

El problema en uno mismo

La matanza de Iguala será uno de aquellos temas que desaparecerán detrás de la espesa bruma de problemas domésticos, personales y familiares tratados en sus consultorios. Ahí convencerán a sus pacientes de que es por su culpa que son explotados, oprimidos y violentados. Los responsabilizarán de los golpes del capitalismo, del clasismo, del colonialismo, del racismo y del sexismo. Al considerarlos responsables de lo que les pasa, les harán cambiar todo en sí mismos para que todo siga igual en el mundo. Para evitar las grandes revoluciones colectivas, los impulsarán a realizar pequeñas revoluciones personales.

Ya conocen esa otra lección que no dejamos de aprender en la psicología, esa lección latente, repetida una y otra vez, como una fórmula de sugestión hipnótica: el problema está en uno mismo, en una misma. El problema está en la ansiedad e inseguridad que una siente y no en la violencia cotidiana que una sufre como mujer. El problema está en mi aprendizaje y no en lo aprendido, en mi trayectoria y no en la educación, en mi hiperactividad y no en la incapacidad de la sociedad para canalizar sin explotar mi fuerza vital. El problema está en mis delirios y no en la falta de lugar para ellos. El problema está en mi homosexualidad y no en la homofobia, en mi anorexia y no en la moda y en la publicidad, en mi baja autoestima y no en el racismo de la televisión que identifica la blancura con el éxito y la belleza. El problema está en mi depresión y no en mi desempleo, en mi resentimiento autodestructivo y no en los destructivos abusos de nuestros patrones y gobernantes, en mi timidez y no en mis años de miseria, en mi envidia y no en la desigualdad, en mi soledad y no en los embates neoliberales contra la comunidad, en mis fracasos y no en todo lo que me ha indicado que debo fracasar. El problema está en mi trastorno oposicionista desafiante y no en aquello que desafío y a lo que me opongo, en mi posición esquizoparanoide y no en el gobierno corrupto, en mi locus de control externo y no en el sistema que me oprime y que me explota.

Al igual que todas y todos ustedes, lo aprendí muy bien durante mis estudios de psicología: el problema está en mi desánimo, en el desinterés o en el miedo ante lo que haré después de titularme, y no en el sistema que me ha quitado el interés, la confianza y la esperanza, el sistema que no cumple su responsabilidad con las y los jóvenes. El problema, tal como es concebido por la psicología, no está nunca en donde verdaderamente está: en el sistema que no me da mi lugar y que no me ofrece nada como joven, el sistema que me desprecia, el que intentó rechazarme cuando quise entrar a la universidad, el mismo que me negó mi derecho a la gratuidad, el que me orilló a convertirme primero en sicario y luego en cadáver, el que ha preferido pagar balas para matarme que libros para educarme, el que me desaparece de las más diversas formas, entre ellas la más literal, como ocurrió con los normalistas de Ayotzinapa.

Generaciones

Si me referí ya dos veces a la matanza y desaparición de normalistas en Iguala, es porque ustedes son, para mí, la generación de los 43. Son las y los jóvenes que sobrevivieron a ese crimen de nuestro narco-Estado enteramente degradado, corrompido, subordinado al capital en todas sus formas, entre ellas la del crimen organizado. Este sistema no consiguió deshacerse de ustedes. Aquí están ustedes, al final del camino, con sus cartas de pasantes, después de haber sorteado o superado todos los obstáculos que mi generación les puso en el camino, entre ellos el examen de ingreso a la universidad, pero también el fin de la gratuidad o las extenuantes simulaciones burocráticas de la educación, y, además, afuera de la universidad, la violencia, la pobreza, la falta de lugar y de oportunidades para la juventud, así como las más diversas distracciones y manipulaciones lucrativas.

Tras haber atravesado el mundo inhabitable e intransitable que les hemos dejado, está llegando para ustedes el momento de probar que pueden ser mejores que nosotros. Me pregunto a menudo si su generación habrá de ser como la mía y las anteriores. ¿Ustedes también se dejarán corromper y se entregarán a la descomposición y la simulación que reinan en nuestro país? ¿Subestimarán de modo retrospectivo su participación en los movimientos por la gratuidad, por los 43 y por los rechazados, considerándolos simples deslices de juventud? ¿Tacharán de “vándalos” a los jóvenes que salgan a protestar en el futuro? ¿Permitirán que sigan acumulándose los muertos y desaparecidos? ¿Mantendrán en el poder a esa clase política dedicada casi exclusivamente a saquear nuestro país? ¿Continuarán destruyendo el planeta, consumiendo en exceso, agotando los recursos naturales, viajando en vehículo privado y no en transporte público?

¿Justificarán lo que hoy condenan? ¿Se convertirán en psicólogas y psicólogos como nosotras y nosotros? ¿Seguirán ejerciendo la psicología de un modo tal que tan sólo permita perpetuar aquello contra lo que habría que luchar? ¿O transformarán al fin lo que nosotros no hemos tenido ni la capacidad ni el valor de transformar?

Deuda

Tengo una gran confianza en su valor y en su capacidad. Sus intervenciones en clase me han hecho pensar que al menos algunas y algunos de ustedes están muy por delante de mi generación cuando se trata de considerar lo que es y debe ser la psicología. Ahora tienen que atreverse a rectificarnos y rebasarnos. De cualquier modo, estamos demasiado atrás como para que se obstinen en permanecer detrás de nosotros. ¿Por qué lo harían? Es importante que sepan que no han contraído con nosotros ninguna deuda que les obligue a seguirnos y mantenerse fieles a lo que les hemos enseñado. Si me permiten darles un consejo, conserven lo que valga la pena conservar, y desechen el resto, que seguramente será mucho.

No sientan que deben conservar todo lo que les hemos enseñado. Insisto: no tienen deuda alguna con sus profesoras y profesores. Nosotras y nosotros hemos tenido grandes satisfacciones al enseñarles, y, por si fuera poco, hemos recibido un salario, el cual, en algunos casos, ha sido el único estímulo para enseñarles. No nos deben absolutamente nada.

A quienes sí les deben es a esos millones de trabajadores y trabajadoras, campesinos, mineros, pescadores, remitentes de remesas en los Estados Unidos, obreras de maquiladoras de la Frontera Norte, jornaleras del Bajío y de Baja California y tantos otros explotados y explotadas cuya explotación intensiva no sólo ha llenado los bolsillos de sus explotadores, sino que ha pagado las instalaciones de la universidad y nuestros salarios de docentes. Fueron paradójicamente las y los más pobres de México, las y los de más abajo, quienes generaron con su trabajo la riqueza del país y los impuestos con los que se pagó la universidad pública. Son primordialmente ellas y ellos a quienes deben sus cartas de pasantes.

Al momento de ejercer su profesión, intenten por favor no traicionar a las trabajadoras y trabajadores que les habrán permitido ejercer su profesión. Estoy seguro de que pueden ustedes evitar la traición en la que hemos incurrido sistemáticamente las psicólogas y los psicólogos de mi generación al practicar esta psicología que sólo ha servido generalmente para pasar el tiempo, ganarse la vida y entretanto ayudar a perpetuar la explotación. A veces tendrán que someterse a la lógica del sistema, desde luego, pero hay siempre momentos decisivos en los que podemos rebelarnos. Fue lo que demostraron algunas y algunos de ustedes en el movimiento por la gratuidad: por la misma gratuidad que ahora se ha convertido en una deuda con la sociedad. Recuerdo, por cierto, que éste fue precisamente mi argumento para defender su reivindicación estudiantil por la gratuidad ante alguno de mis colegas. Argüí entonces, en los tiempos de la toma de la facultad, que la educación gratuita nos hace contraer una deuda con la sociedad que tan sólo podemos honrar al poner toda nuestra profesión al servicio de la misma sociedad. Por el contrario, la educación pagada puede hacernos creer que nuestra deuda es únicamente con quienes han costeado la colegiatura: con la familia, con amigos benefactores o con nosotros mismos si somos autosuficientes, lo que después justifica, según el caso, el egoísmo, el nepotismo, el favoritismo, el compadrazgo y hasta el desfalco de los recursos públicos de la sociedad para beneficiar a nuestros familiares, a nuestros amigos o a nosotros mismos como individuos.

La sociedad se esfuma para quienes tan sólo establecen vínculos familiares, lazos amistosos y transacciones comerciales de pago, compra y venta, intercambios de favores y préstamos con intereses. Tales vínculos interpersonales quizás impliquen la presencia de lugares compartidos como el mercado y la casa familiar, pero son insuficientes para constituir el espacio verdaderamente público y aquello que lo llena y que denominamos “pueblo”, “sociedad” o “comunidad”. En lugar de estos entes colectivos irreductibles a sus elementos constitutivos, tan sólo quedan los individuos con sus intereses, intenciones, capacidades, necesidades, problemas, apegos y filiaciones familiares. Esta lógica individualista es, por cierto, significativamente, la misma que vemos operar en la psicología. Las y los profesionales de la psicología no conocen más que a los individuos con sus parejas, colegas, amigos y familias. Quizás ampliar y transformar este estrecho y simplificador conocimiento psicológico sea la primera deuda que tengamos con la sociedad y particularmente con aquellas y aquellos cuya explotación permite que se pague la enseñanza de la psicología en las universidades públicas.

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Imposibles contribuciones de Mao Tse-Tung a la psicología: psiquismo relacional, conocimiento práctico e implicaciones psicológicas de la línea de masas

Intervención para una clase irregular impartida en un domicilio particular de Morelia, Michoacán, México, durante la toma de la UMSNH por el Movimiento de Aspirantes Rechazados (MAR), el 9 de septiembre 2016, cuarenta años después de la muerte de Mao Tse-Tung

David Pavón-Cuéllar

Contextualización: la fidelidad al acontecimiento

Este año es importante para el maoísmo. No sólo es el cincuenta aniversario del principio de la Revolución Cultural animada por Mao Tse-Tung en China, sino que se cumplen también cuarenta años desde la muerte de Mao y el fin de su Revolución Cultural. Para la gran mayoría de los biempensantes de nuestra época, debemos lamentar el principio de la Revolución Cultural y no su final y tampoco la muerte de Mao. Hay otros mal-pensantes, entre quienes yo me incluyo, que tienen dificultades para hacer el duelo de Mao y para decidirse a traicionar ese gran acontecimiento que fue la Revolución Cultural. ¿Pero cómo puede uno mantenerse fiel al maoísmo cuando es un profesor universitario de psicología en un país, México, y en un momento histórico, septiembre de 2016, en el que el adjetivo “maoísta” sólo sirve para insultar a los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE)?

Independientemente de la fidelidad que uno despliegue en sus actos, en el nivel práctico de la enunciación, tan sólo veo una posibilidad para mantener esa misma fidelidad en aquel nivel puramente ideológico, intrínsecamente irreal e inexistente, que es el de lo enunciado. Esta posibilidad es la de traer el maoísmo al sospechoso terreno psicológico y permitirle que lo revolucione, que lo socave y lo trastorne, durante al menos un cuarto de hora, es decir, durante el pequeño lapso en el que me permitiré hablar sobre las posibles contribuciones de Mao a la psicología contemporánea. Tal posibilidad se me presenta incluso como una suerte de necesidad, como una imposibilidad de no hacer lo que deseo, cuando el aniversario luctuoso de Mao coincide con el presente intersticio de libertad en el que no podemos tener una clase como cualquier otra porque las aulas de nuestra universidad han sido tomadas por los aspirantes rechazados.

¿Una psicología maoísta?

Para empezar, hay que tener claro que no hay una psicología maoísta. La esfera psicológica tiende a desvanecerse y a perder consistencia e independencia en la perspectiva de Mao. Esta perspectiva quizás no sea verdaderamente anti-psicológica, pero tampoco deja lugar para la psicología en un espacio lógico en el que vemos cómo el marxismo-leninismo, trascendiendo la teoría leninista del reflejo, tiende a superar el dualismo cuerpo/alma y recobrar un materialismo radicalmente monista en el que el alma no se distingue ni del cuerpo ni del mundo, es decir, un monismo como el que había sido explícitamente promovido por Gueorgui Plejánov muchos años antes.

Digamos que Mao, a diferencia de Lenin con su concepción del psiquismo como reflejo del mundo, lleva la psicología marxista de la determinación material hasta esas últimas consecuencias monistas por las que se transforma en algo que ya no es psicológico de ningún modo. El maoísmo, en efecto, no sólo sigue escrupulosamente el principio materialista según el cual “el ser social del hombre determina su pensamiento” (Tse-Tung, 1963, p. 528), sino que abriga la aspiración del monismo a realizar la “unidad concreta e histórica de lo subjetivo y lo objetivo, de la teoría y la práctica, del saber y el hacer” (1937, p. 83).

Al buscar unir concretamente lo que se mantiene separado en las abstracciones dualistas, Mao Tse-Tung emprendió una penetrante indagación de la manera en que la interioridad psicológica subjetiva, la esfera de la teoría y del saber, se relaciona intrínsecamente con la exterioridad extra-psicológica objetiva de la práctica y del hacer. Lo primero que hizo Mao fue seguir el buen sentido, sacar el aprendizaje del puro estudio teórico y resituarlo también y especialmente en la acción práctica. Según las fórmulas maoístas, ciertamente “leer es aprender”, pero “practicar también es aprender, y es una forma más importante de aprender” (Tse-Tung, 1936, p. 62). El aprendizaje al que aquí se hace referencia, el de la guerra revolucionaria, no sólo demostraría que puede aprenderse “en el curso mismo” de la acción, sino también, como ya lo había observado Rosa Luxemburgo, que el sujeto “comienza por actuar y después aprende”, ya que aprende actuando y a través de su acción, lo que demostraría que “actuar es aprender” (pp. 62-63).

Contra el teoricismo: el conocimiento como práctica y transformación

Las recién mencionadas observaciones le permiten a Mao, en el siguiente momento del desarrollo de sus ideas, reconocer claramente el carácter básico y anterior de la acción práctica en relación con el aprendizaje, con la teoría, con el pensamiento y el conocimiento. Mao postula entonces que “el conocimiento comienza por la práctica” y que “la práctica es la base de la teoría” (Tse-Tung, 1937, pp. 69, 78). De manera más precisa, la acción puede ser además transformación y entonces ya no sólo permite comenzar el conocimiento, sino continuarlo y profundizarlo a través de un proceso que va más allá de la contemplación de la superficie externa de la realidad para descubrir su contenido tridimensional, su estructura, sus tensiones y contradicciones internas. La “práctica transformadora de la realidad” constituye así, en los términos del propio Mao, un “movimiento de profundización del conocimiento” que permite “entrar en contacto con las cosas” y que nos hace avanzar “del conocimiento sensorial al conocimiento lógico” (pp. 71-74).

El conocimiento lógico entendido como conocimiento de la esencia de las cosas, de las operaciones y leyes que las rigen, sólo puede alcanzarse, pues, no a través de la abstracción y la teorización, como suele creerse en una perspectiva no-marxista, sino a través de una práctica transformadora concreta. Esta práctica de transformación de la realidad objetiva exige interactuar con la realidad, lidiar con ella, lo cual, a su vez, implica la transformación del sujeto y específicamente de su relación con el entorno y de su capacidad para conocerlo. En los términos del propio Mao (1937), la “lucha por la transformación del mundo” le permite al ser humano “transformar el mundo objetivo, y, al mismo tiempo, transformar su propio mundo subjetivo, esto es, su propia capacidad cognoscitiva y las relaciones entre su mundo subjetivo y el objetivo” (p. 83).

En la última versión de la gnoseología maoísta, ya no sólo se distingue el conocimiento sensorial del conocimiento lógico, sino que este conocimiento lógico se divide en teórico racional y práctico verdadero. Esta distinción permite identificar dos etapas o saltos de conocimiento: un primer salto de lo sensorial a lo teórico racional, aún comprensible a través de la teoría psicológica leninista del reflejo, y un segundo salto de lo teórico racional a lo práctico verdadero, sólo explicable a través de la teoría política leninista. En la primera etapa, que va “de la materia objetiva a la conciencia subjetiva, de la existencia a las ideas”, partimos del conocimiento sensorial, por el que “el mundo exterior objetivo se refleja en el cerebro del hombre por medio de los órganos de los sentidos”, y llegamos al conocimiento racional por el que los “datos del conocimiento sensorial se acumulan” hasta producirse “un salto que los convierte en ideas”; en la segunda etapa, que retorna “de la conciencia a la materia, de las ideas a la existencia”, hay que verificar la verdad del conocimiento racional obtenido en la primera etapa, lo que se consigue aplicándolo a la “práctica social” y comprobando su fracaso o su éxito, siempre bajo el criterio de que “lo que nos lleva al éxito es correcto, y lo que nos lleva al fracaso, erróneo” (Tse-Tung, 1963, pp. 528-529).

Contra el empirismo: la verdad como lucha y efectividad

Como hemos visto, las dos etapas de la última teoría maoísta del conocimiento imbrican las dualidades teoría/práctica, sensibilidad/racionalidad, sociedad/individualidad, experiencia/realidad, interioridad/exterioridad, percepción/transformación, además de proponer un criterio de verdad enfocado al resultado. La primera etapa, en efecto, puede caracterizarse como teórica-individual y nos lleva del conocimiento sensorial al racional, de lo que percibimos a lo que pensamos, de nuestra experiencia del exterior a nuestro interior psíquico, mientras que la segunda etapa, que puede caracterizarse como práctica-social, nos conduce de lo racional a lo verdadero, de lo que pensamos a la transformación de lo que es, del interior psíquico al exterior histórico. La verdad del conocimiento, en consonancia con el marxismo, debe comprobarse aquí por sus efectos, por su eficacia o efectividad, es decir, en el terreno de la práctica social transformadora en el que Mao incluirá “la lucha por la producción, la lucha de clases y la experimentación científica” (Tse-Tung, 1963, p. 528). Estas prácticas resultan indispensables, en efecto, para “demostrar si son correctas o no las ideas” (p. 529).

La práctica social transformadora, tal como la concibe Mao Tse-Tung, permite demostrar la verdad de las ideas, alcanzar un conocimiento lógico verdadero, verificar un conocimiento lógico racional e ir más allá de un simple conocimiento sensorial. Todo esto se conseguiría, bajo el supuesto de continuidad en la evolución de las ideas maoístas, a través de una práctica social en la que se basa la teoría, se desarrolla cualquier aprendizaje, se origina-desenvuelve-profundiza la relación cognitiva con el mundo y se realiza una transformación del objeto indisociable de la transformación del sujeto.

El sujeto debe transformarse y transformar el objeto para obtener un conocimiento profundo y verdadero de él, un conocimiento atinado, certero, que rectifique los extravíos de la razón y que no se quede encerrado en el espejo de la experiencia sensorial en el que se reflejaría la realidad externa. Vemos cómo la gnoseología maoísta está lejos de la teoría leninista del reflejo, pero también del empirismo aún reinante en psicología, el cual, según el propio Mao (1937), ignoraría que “los datos proporcionados por las sensaciones”, aunque sean “reflejos” más o menos fieles de la realidad, “no pasan de ser unilaterales y superficiales, reflejos incompletos de las cosas, que no traducen su esencia” (Tse-Tung, 1937, p. 77). Como hemos visto, para alcanzar la esencia verdadera de las cosas, se requiere de un conocimiento lógico racional y práctico, social y transformador, que demuestra su verdad a través de nuestra lucha y su efectividad. Volvemos así al precepto marxista que nos prescribe la acción revolucionaria para sumergirnos en las apariencias, atravesarlas y llegar al fondo de la realidad.

Contra el autoritarismo y el seguidismo: la investigación en la línea de masas

La teoría maoísta de la acción revolucionaria no sólo tiene un alto interés para la psicología por su consideración de la recién expuesta forma práctica de conocimiento, sino también por el aspecto psicológico de su original planteamiento conocido como línea de masas. Adoptando una posición intermedia entre los extremos de Lenin y de Rosa Luxemburgo, Mao criticará sus posiciones respectivas: el vanguardismo-autoritarismo leninista que se aparta de las masas al dirigirlas autoritariamente, y el seguidismo espartaquista-luxemburguiano que sigue a las masas y se deja dirigir por ellas. El problema del “seguidismo” sería que se “queda por debajo del nivel de conciencia política de las masas” y permite que “se nos adelanten”, mientras que los errores del “autoritarismo” consistirían en dejarse llevar por “el mal de la precipitación”, en “rebasar el nivel de conciencia política de las masas” y en “situarse por encima” de ellas en lugar de “fundirse” con ellas, “adentrarse” en su mundo e “investigar” su comprensión de la realidad y sus aspiraciones (Tse-Tung, 1945, pp. 274-275).

La opción alternativa maoísta, la llamada línea de masas, tiene su fundamento en una investigación del pueblo tempranamente practicada y prescrita por Mao. Recordándonos las opciones latinoamericanas de la Psicología Social Comunitaria de Maritza Montero y la Investigación-Acción-Participativa de Orlando Fals Borda, esta investigación popular, tal como es delineada por el propio Mao, exige renunciar a la posición vanguardista del maestro, del maestro de escuela ya criticado por Luxemburgo, y reposicionarse como un “modesto alumno”, recuperando “la sed de conocer”, despojándose de “toda apestosa presunción” y reconociendo que “las masas son los verdaderos héroes, en tanto que nosotros somos a menudo pueriles y ridículos” (Tse-Tung, 1941, pp. 8-9). Los dirigentes maoístas, que ni siquiera son dirigentes en el sentido estricto de la palabra, transfieren a las masas los papeles de héroes, maestros, sujetos de la revolución. Estos papeles y otros más, junto con toda clase de poderes y rasgos distintivos, deben ser declinados por unos dirigentes cuya caracterización hace pensar a veces a los proletarios de Marx, a unos hombres sin atributos o incluso a los psicoanalistas en algunas formulaciones lacanianas.

Uno de los principales imperativos que Mao le impone al dirigente, de hecho, es el de “quitarse de encima los fardos”, es decir, “liberar nuestra mente de cargas” como pueden ser los “conocimientos” y la “intelectualidad”, las certezas que uno tiene sobre uno mismo y los sentimientos que producen, como la “arrogancia” y la “altanería”, o el “desaliento” y el “pesimismo”, todo lo cual puede llegar a paralizarnos y a impedir una “estrecha ligazón con las masas” (Tse-Tung, 1944a, p. 321). Lo que les corresponde a los dirigentes, a los intelectuales y “trabajadores de la cultura”, es precisamente la obligación de “vincularse con las masas y no aislarse de ellas”, y “para vincularse con las masas, deben actuar de acuerdo con las necesidades y los deseos” de las masas, y cuando las masas no tengan conciencia de sus necesidades, entonces “tenemos que esperar con paciencia” (1944b, p. 186).

Reflexión final: hacia una psicología relacional

La paciencia de la dirigencia maoísta, en contraste con la precipitación de la vanguardia leninista, exige detenerse y volver una y otra vez a las masas. De lo que se trata, en otras palabras, es de acompañarlas, mantenerse con ellas, respetando su propio ritmo, aguardando que adquieran conciencia de sus necesidades, evitando rebasarlas y dejarlas atrás, pero evitando también forzarlas o jalarlas por delante. En lugar de pretender arrastrar o impulsar de modo artificial a las masas al hacerlas cobrar conciencia de ideas ajenas a ellas mismas, lo que Mao prescribe, con su principio metodológico de las masas, a las masas, es “recoger las ideas (dispersas y no sistemáticas) de las masas y sintetizarlas (transformarlas, mediante el estudio, en ideas sintetizadas y sistematizadas) para luego llevarlas a las masas, difundirlas y explicarlas, de modo que las masas las hagan suyas, perseveren en ellas y las traduzcan en acción, y comprobar en la acción de las masas la justeza de esas ideas” (Tse-Tung, 1943, p. 119). Este intercambio de ideas entre las masas y los intelectuales debe repetirse una y otra vez. Las ideas van tornándose así “cada vez más justas, más vivas y más ricas de contenido” (pp. 119-120). Sin embargo, de entrada, no hay aquí más ideas que las propias ideas de las masas, pero elaboradas y ordenadas por los intelectuales de la dirigencia.

La tarea del intelectual maoísta, su trabajo intelectual, es el de trabajar sobre el trabajo intelectual de las masas, conjurándose así el peligro de una división leninista-estalinista entre el trabajo intelectual de la vanguardia consciente burguesa y el trabajo manual de la masa inconsciente obrera. En lugar de que las masas deban cobrar la conciencia de sus líderes, los líderes son los que deben recobrar la conciencia de las masas para transformarla, sintetizarla, sistematizarla y devolvérsela a las masas, las cuales, a su vez, con su acción, tendrán la última palabra sobre la verdad de esa conciencia.

Vemos bien que la conciencia, tal como se la representa Mao, no es finalmente ni de quienes forman parte de las masas ni de quienes están en posición de liderazgo, sino de ambos a la vez o más bien de la relación entre unos y otros. Es verdad que aquí, en esta psicología radicalmente relacional, la relación distribuye diferentes papeles para las masas y para sus líderes: las primeras piensan y actúan, mientras que los segundos retoman, reformulan, reconsideran y reflexionan los pensamientos y las acciones de las primeras. Sin embargo, asegurándose un vínculo relativamente igualitario entre las masas y sus dirigentes, ya no hay una división dualista-clasista entre el trabajo manual y el intelectual, entre el físico y el psíquico, entre el inconsciente callejero y el consciente cupular, entre la barricada y el partido. La división es más bien entre un trabajo manual-intelectual y uno reflexivo, entre uno consciente y otro autoconsciente, pero no en el sentido hegeliano de la autoconciencia del amo dialécticamente mediada por la conciencia del esclavo, pues ahora, en la perspectiva de Mao, la autoconciencia de la que se trata no es la del dirigente como amo, sino más bien la autoconciencia de las masas mediada por el dirigente. Es casi como si el dirigente maoísta fuera el esclavo intelectual de las masas y no pudiera ofrecer otra autoconciencia que la de las masas, es decir, la fundada en la conciencia de las masas. En cualquier caso, la posición de las masas ya no está subordinada. Es más bien el papel de sus dirigentes el que parece estar subordinado al de las masas.

Referencias

Tse-Tung, M. (1936). Lo importante es saber aprender. En Textos escogidos (pp. 58-65). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras,1976.

Tse-Tung, M. (1937). Sobre la práctica. En Textos escogidos (pp. 66-86). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1976.

Tse-Tung, M. (1941). Prefacio y epílogo a investigaciones rurales. En Obras Escogidas de Mao Tse-Tung III (pp. 7-12). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1972.

Tse-Tung, M. (1943). Algunas cuestiones sobre los métodos de dirección. En Obras Escogidas de Mao Tse-Tung III (pp. 117-122). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1972.

Tse-Tung, M. (1944a). Quitarse de encima los fardos y poner la máquina en marcha. En Textos escogidos (pp. 321-324). Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1976.

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Psicologías de Ayotzinapa

Ayotzinapa

Conferencia pública en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, en Santiago de Chile, el 22 de octubre 2015. Publicada en Periferias. Revista de Psicología Critica y Critica a la Psicología, el 14 de diciembre 2015

David Pavón-Cuéllar

Introducción

La psicología contemporánea, que se entromete en todo, no sabe mantenerse al margen de los sucesos importantes de la actualidad. Cuando algo merece la atención de los medios masivos de comunicación, podemos prever que no tardará en ser también abordado psicológicamente. Habrá siempre algo psicológico preciso que hacer o decir con respecto a lo sucedido.

La actualidad se ha convertido en un asunto de incumbencia de los psicólogos, tanto de los científicos, académicos y profesionales, como de los empíricos improvisados, populares y profanos. Todos, al adquirir su cultura general, han aprendido a tratar psicológicamente lo que ocurre. Un acontecimiento será delirante o doloroso, merecerá empatía o angustia, y a menudo se reducirá al comportamiento de un sujeto caracterizado por su actitud, su personalidad, su sensibilidad, sus emociones, su inteligencia o su enfermedad mental. Incluso los entes impersonales, como la economía o los mercados financieros, tendrán estados de ánimo, estarán estresados o preocupados, excitados o deprimidos, ansiosos o indecisos, y se les tendrá que tratar con atención, control o serenidad. Tal acercamiento psicológico-psicoterapéutico a los mercados, que Gramsci describía como el recubrimiento de la economía por una púdica hoja de parra, alcanzó un grado sorprendente de elaboración durante la reciente crisis mundial.

Hay una psicología de la crisis como hay también psicologías de cada gran atentado terrorista en Occidente, de la Primavera Árabe, de la ola migratoria siria y de cualquier otro suceso importante de nuestra época. Estas psicologías pueden ser teóricas, descriptivas o diagnósticas, pero también prescriptivas, prácticas y terapéuticas. A veces operan psicoterapéuticamente a través de auténticas terapias individuales o grupales enfocadas a sus protagonistas, pero también, de modo figurado, a través de iniciativas políticas e incluso intervenciones militares persuasivas, instructivas, correctivas más que punitivas. Todos conocemos la visión cognitivo-conductual del mundo en la política exterior estadunidense. Esta política viene siempre acompañada por una psicología de lo que ocurre.

En todos los casos, tenemos acontecimientos que se tornan objetos de la psicología. Tal es el caso de Ayotzinapa en el contexto mexicano. De hecho, como intentaré mostrarlo, no sólo hay una psicología de Ayotzinapa, sino que hay varias distintas, diferenciadas y distanciadas entre sí. Me ocuparé aquí tan sólo de cuatro de estas psicologías que me parecen particularmente ilustrativas: una que tiende a la psicologización dentro y fuera del ámbito profesional-académico, otra que se limita únicamente al acompañamiento psicológico de los familiares y compañeros de los estudiantes, y otras dos, abiertamente comprometidas con su objeto, que se proponen el establecimiento de la verdad, la primera como parte de una movilización colectiva y la segunda mediante una reflexión crítica de índole más bien científico-académica.

El único denominador común de las cuatro psicologías que examinaremos es que se ocupan del aspecto psicológico de Ayotzinapa. Todo lo demás es diferencia insuperable. Como veremos, aparte de la psicología, no hay prácticamente nada en común entre los procesos respectivos de la psicologización, el acompañamiento, la movilización y la reflexión. Para introducir los dos últimos procesos, de hecho, necesitaremos pasar por una reformulación radical de la relación de la psicología con su objeto.

Psicologización

Ayotzinapa es el nombre de una Escuela Normal Rural en el estado mexicano de Guerrero. Es una institución educativa en la que estudian jóvenes pobres, mayoritariamente hijos de campesinos, para convertirse en maestros en zonas rurales. Algunos de estos jóvenes fueron perseguidos, atacados y arrestados por la policía el 26 de septiembre del año 2014 en la ciudad guerrerense de Iguala. El saldo fue de 7 muertos, 27 heridos y 43 desaparecidos.

En diciembre de 2014, tres meses después de los hechos en Iguala, el presidente mexicano Enrique Peña Nieto (2014, 5 de diciembre) exhortó a “superar el momento de dolor” (párr. 2). Esta exhortación, bastante polémica en su momento, reducía la matanza y desaparición de estudiantes a un simple momento de dolor que además debería superarse. Un sentimiento momentáneo y superable remplazaba los hechos sangrientos. Estos hechos eran minimizados, pero también psicologizados, trasladados al plano de la psicología y de la psicoterapia.

La cuestión psicológica del momento de dolor se resolvía con la respuesta psicoterapéutica de la superación del momento de dolor. Gracias a esta psicologización de los hechos, ya no era necesario hacer justicia. Bastaba proporcionar servicios de atención psicológica y de apoyo psicoterapéutico a los familiares de los estudiantes asesinados y desaparecidos.

El problema empezó a resolverse al confinarse al psiquismo de los afectados. Al ser un problema estrictamente psicológico, su resolución podría conseguirse con facilidad gracias a los buenos oficios de los profesionales de la psicología. Quizás bastara con seguir la estrategia persuasiva del expresidente mexicano Vicente Fox (2015, 17 de marzo), quien se dirigió en marzo de 2015 a las madres de los estudiantes asesinados y desaparecidos para convencerlas de que “debían aceptar la realidad” y “no podrían vivir eternamente con ese problema en su cabeza” (párr. 3).

El problema estaría en la cabeza y no en la realidad que debe aceptarse. El problema no estaría en la causa del dolor, sino en su efecto mental. En el campo de la psicología profesional, se precisarán los conceptos y se nos dirá que el problema es el Trastorno de Estrés Postraumático de los padres. Fue al menos lo que explicó, en diciembre de 2014, Andrea Alonso, directora de la Fundación Mexicana de Lucha contra la Depresión, al ser entrevistada por Rodolfo Zapata (2014).

En la misma entrevista, Andrea Alonso recomendó cinco pasos para solucionar el problema: primero una “intervención en crisis grupal para el manejo de estrés”, luego una “evaluación de síntomas”, después “asistencia tanatológica”, en seguida “terapia psicológica especializada en el manejo de crisis a nivel individual”, y finalmente, sólo en “los casos que se determine, manejo psicofarmacológico” (Zapata, 2014, párr. 12-16). Todo esto permitiría, según reza el revelador título de la entrevista, “superar los eventos de Ayotzinapa desde un punto de vista psicológico” (párr. 1). La psicología permitiría entonces, literalmente, superar los eventos de Ayotzinapa y no sólo superar el dolor provocado por esos eventos.

Vemos bien de lo que se trata: la psicología no sólo resuelve el problema psicológico, sino también su causa, el problema social y político, los hechos sangrientos y la resultante crisis de Estado. Los eventos de Ayotzinapa son superados con el auxilio de la disciplina psicológica. Los psicólogos están ahí para ocuparse de la tragedia. Esto facilita las cosas. Damos terapia en lugar de hacer justicia. En lugar de juzgar a los culpables, ofrecemos atención psicológica a las víctimas. Es lo más lógico si consideramos, como psicólogos, que el problema es el Estrés Postraumático de los padres y no el asesinato y desaparición de los hijos.

De la psicologización al acompañamiento

Podemos disculpar a los psicólogos cuando consideramos que no son espiritistas y que no están capacitados para atender a los hijos, a los muertos y desaparecidos, y que por eso deben ocuparse únicamente de los vivos, de los padres y los familiares. Ciertamente sería injusto recriminar a los profesionales de la psicología por especializarse en el psiquismo de los vivos. Lo que sí podemos reprocharles es que reduzcan todo el problema a su esfera de especialización. En otras palabras, lo condenable es reducir Ayotzinapa a un momento de dolor, a un problema en la cabeza o al Estrés Postraumático de los padres, como hemos visto que ocurre.

Lo inaceptable no es atender el supuesto Estrés Postraumático, sino pretender que al atenderlo se pueden superar los eventos de Ayotzinapa. Esta pretensión, que hemos visto operar entre los políticos y no sólo entre los psicólogos, es la más nociva de las formas que reviste aquello que denominaremos la psicología de Ayotzinapa. Es la psicología como psicologización, como subjetivación de lo objetivo, como trivialización y minimización de la matanza y de la desaparición de estudiantes, como relativización y volatilización de los hechos reales, como confusión y mistificación de la verdad, como coartada para la política y como instrumento para desviar la atención y garantizar la impunidad. Afortunadamente, contra lo que uno pudiera esperar, no me parece que estas funciones hayan sido las dominantes o las más comunes en la psicología de Ayotzinapa, ni dentro ni fuera de los ámbitos académicos y científicos de México.

Hay que señalar que los familiares y compañeros de los estudiantes de Ayotzinapa sí han recibido atención psicológica. Sin embargo, no han aceptado la propuesta gubernamental, sino que su buen criterio les ha hecho elegir una psicología alternativa, menos perversa y perniciosa que la recién evocada, y la han encontrado en un programa de acompañamiento psicosocial de la ONG Médicos sin Fronteras. No parece incurrirse aquí en los vicios mencionados con anterioridad. Aparentemente, si nos fiamos de las palabras de la responsable del programa, no se intenta solucionar el problema ni remediar lo irremediable, sino que se busca tan sólo escuchar a los familiares y rendir testimonio de la manera en que sufren “pensamientos invasivos” y en que “han interrumpido sus vidas, sus familias, sus fuentes de ingresos”, en “una pesadilla continua,  sin metáforas, pese a la valentía que muestran” (Verza, 2015, párr. 10-11).

De hecho, cuando visitamos el sitio electrónico de Médicos sin Fronteras y examinamos las distintas versiones que dan sobre los hechos relacionados con Ayotzinapa, resulta evidente que no se intenta de ningún modo psicologizar el problema. Podemos aceptar, pues, que hay aquí un segundo tipo de psicología de Ayotzinapa, una psicología sin psicologización. Se trata de un simple acompañamiento en la indignación, en el sufrimiento, en el duelo.

Del acompañamiento al establecimiento de la verdad

Ignoro si el acompañamiento de los familiares y compañeros de Ayotzinapa se está realizando con la suficiente conciencia de que el trabajo de duelo sólo podrá llegar a realizarse a través de los pasos sucesivos del reconocimiento de la verdad, el fin de la impunidad, la reparación legal y el sostén de la memoria, como lo han mostrado muy bien Elizabeth Lira y sus colaboradores aquí en Chile (Lira y Weinstein, 1984; Lira, Weinstein y Rojas, 1987; Becker et al., 1990; Lira, 2010). Por lo pronto, en México, sólo podemos aspirar a dar el primer paso, el del establecimiento de la verdad. Habrá que dejar los siguientes pasos para el futuro, pero hay que tener presente que hacen falta. Es mucho lo que aún debemos hacer para dejar de sentirnos atrapados en lo que ocurrió.

Para seguir adelante, si es que se trata efectivamente de seguir adelante, hay que dar varios pasos que nos permitan al menos despertar de la pesadilla. No basta con superar un momento de dolor, como lo ordena Peña Nieto, ni con sacarse el problema de la cabeza, como recomienda Vicente Fox. La impaciencia, la insensibilidad y la estulticia de los políticos no les permiten comprender que los hechos de Iguala exigen un largo proceso en el que alcanzamos a distinguir varias etapas sucesivas fundamentales e imprescindibles. Y la primera de ellas, por cierto, no será necesariamente el manejo del estrés, como lo recomienda la cándida profesional Andrea Alonso.

Desde luego que puede ser necesario, en un principio, hacer aquello a lo que Alonso denomina manejo del estrés, pero esto es tan obvio que ni siquiera veo por qué habría que enfatizarlo en el caso de Ayotzinapa. En este caso, el énfasis me parece incluso un tanto sospechoso, pues me hace temer que se trate de un medio más, entre los tantos otros ya existentes, para desviar la atención de lo realmente importante en este primer momento. Lo que ahora importa, para dar un primer paso hacia adelante, no es manejar el estrés, sino aclarar lo ocurrido, explicar los hechos, establecer la verdad.

El establecimiento de la verdad será el propósito principal de los dos últimos tipos de psicologías de Ayotzinapa a los que deseo referirme. Notemos que hay aquí un asunto que nunca se le ocurrió mencionar a la profesional Andrea Alonso al enumerar los cinco pasos para superar Ayotzinapa. Esto es muy significativo. Aparentemente, según Alonso, podemos olvidarnos de la verdad y concentrarnos en el estrés y en los síntomas.

Se nos dirá que el establecimiento de la verdad no es el trabajo de psicólogos. Responderemos que éste es también el trabajo de los profesionales de la psicología. Los psicólogos, de hecho, ya estaremos ayudando a establecer la verdad al insistir en la necesidad y la importancia de hacerlo, y al dejar de confundir y distraer a las víctimas y a la sociedad con las referencias pomposas a nuestro supuesto saber del manejo del estrés, la asistencia tanatológica y el tratamiento farmacológico. Basta que dejemos de generar cortinas de humo para que ya sirvamos de algún modo al esclarecimiento de lo ocurrido. Como veremos en unos minutos, éste no es nuestro único medio para contribuir al establecimiento de la verdad, pero sí es un medio básico y efectivo que no puede faltar. Lo primero de lo primero, para descubrir la verdad, es dejar de encubrirla.

La verdad

Cuando me refiero aquí a la verdad, estoy pensando al mismo tiempo en los dos aspectos de la verdad a los que se refiere Elizabeth Lira (2010): por un lado, “la verdad judicial” que “es particular y posibilita identificar las circunstancias en que ocurrieron los hechos, las víctimas y los responsables en cada caso”; por otro lado, “la verdad de los sufrimientos, de los temores y sueños de las víctimas y la conexión de sus vidas con la historia de violencia, conflicto y resistencia en el país, permitiendo identificar los significados que estas experiencias han tenido y tienen para ellas” (p. 16). En el caso de Ayotzinapa, estos dos aspectos de la verdad, el fáctico-judicial y el histórico-psicosocial, resultan indisociables, no pueden pensarse el uno sin el otro y están internamente imbricados entre sí de tal modo que resulta sumamente difícil distinguirlos. Esta imbricación ha pasado a formar parte del meollo del caso, de lo más candente y polémico, y se ha convertido en uno de los factores movilizadores decisivos de la insurrección social contra el gobierno mexicano.

Hay que decir que allá arriba, en la esfera gubernamental, el establecimiento de la verdad, en sus dos aspectos fáctico-judicial e histórico-psicosocial, no ha sido sólo desatendido y postergado, sino deliberadamente entorpecido. Las autoridades gubernamentales, desde el nivel del policía municipal hasta el del Presidente de la República, se han dedicado más bien a maquillar y ocultar la verdad, lo que ha sido ya suficientemente denunciado por organizaciones no gubernamentales mexicanas, por gobiernos extranjeros e incluso por instancias internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y la propia Organización de las Naciones Unidas. Para los voceros de estos organismos, llamar a establecer la verdad ha significado enfrentarse al gobierno mexicano, lo que debía ser previsible, considerando la manera en que se ha ido comprobando la implicación de varias esferas gubernamentales en la matanza y desaparición de estudiantes.

Primero se demostró la responsabilidad de las policías y autoridades municipales de la ciudad de Iguala, pero luego hubo suficientes pruebas de la participación de policías estatales y federales en los hechos violentos. Los mexicanos descubrimos también, atónitos, que todo el operativo había sigo seguido y controlado por la Procuraduría General de la República en la capital del país. Finalmente quedó evidenciada la participación activa del Ejército Mexicano, y por si quedara alguna duda, la autoridad militar máxima, el Secretario de la Defensa, insistió en que no se abrirían las puertas de los campos militares a observadores mexicanos y extranjeros, algunos de los cuales temían, con buenas razones, que los estudiantes, vivos o muertos, pudieran encontrarse en su interior.

La estrategia gubernamental de mistificación y encubrimiento no ha impedido que vaya estableciéndose la verdad. Este primer paso ya se está dando, y lo estamos dando colectivamente, trabajando en equipo, cada quien aportando lo que puede, su pieza del rompecabezas. Los expertos en asuntos militares desmienten las versiones del Ejército, los especialistas en narcotráfico excluyen que haya sido una acción de los cárteles de la droga, los físicos y los químicos desmontan la quimera de la supuesta incineración de los cadáveres en un vertedero, los historiadores evocan la represión gubernamental crónica de los estudiantes de Ayotzinapa, los psicólogos detectan lapsus y mentiras y contradicciones en las palabras de los portavoces del gobierno, los filósofos reconstituyen el silogismo que llevó a la conclusión trágica, los criminólogos y los politólogos descubren el móvil político del crimen, los artistas nos hacen revivir la escena y nos hacen ver todo lo que pasaba desapercibido. Los estudiantes plantean las preguntas adecuadas y nos ponen a trabajar a todos. Los campesinos y los obreros nos recuerdan que su vida no vale nada para el gobierno. A las abuelas no se les engaña. Los locos nos dan la certeza que nos faltaba. Es así como lo ocurrido se ha ido reconstruyendo gracias a todas y todos, especialmente las y los periodistas honestos. Ellas y ellos, como Carmen Aristegui y su equipo, son quienes más han hecho por el establecimiento de la verdad. Gracias a su valeroso trabajo que les ha valido la marginación y la persecución, poco a poco ha ido confirmándose lo que ya se sospechaba desde un principio.

El pueblo

Ha quedado claro que prácticamente todos los niveles del gobierno mexicano, desde los policías municipales hasta el Presidente de la República, estuvieron implicados de algún modo, por acción u omisión, en la matanza y desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Es natural, por lo tanto, que los funcionarios gubernamentales hagan todo lo posible para encubrir la verdad. Y es también lógico, por lo mismo, que los voceros de organismos nacionales e internacionales se enfrenten al gobierno mexicano al insistir en la necesidad del establecimiento de la verdad. Es la misma situación en la que se han encontrado periodistas y activistas, muchos de ellos amenazados por las autoridades, y algunos incluso víctimas de homicidios que han conmovido a la opinión pública en México. Entre los asesinados más conocidos, están la activista Nadia Vera y el fotoperiodista Rubén Espinosa, así como los líderes magisteriales Claudio Castillo Peña y Nicolás Robles Pineda, todos ellos comprometidos con el amplio movimiento social por el establecimiento de la verdad en el caso de Ayotzinapa.

Si es que faltaba una confirmación, tenemos al criminal que se delata cuando intenta ocultar su primer crimen con otros crímenes. El asesinato de los testigos es el mejor testimonio de lo que se trata. Nicolás Robles es asesinado cuando protesta contra el asesinato de Claudio Castillo a manos de la policía. Claudio Castillo, a su vez, fue asesinado cuando protestaba contra la matanza y desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Estos mismos estudiantes, por su lado, fueron asesinados y secuestrados cuando se movilizaban para protestar contra la matanza y desaparición de estudiantes el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.

El gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que asesinó y negó haber asesinado a los estudiantes del 68, es el mismo que sigue asesinando y negando que asesina. Su negación de Ayotzinapa recuerda su negación de Tlatelolco y de tantas otras matanzas: Corpus Cristi, Acteal, El Bosque, Río Blanco. El rastro de sangre, el encadenamiento de matanzas, viene acompañado por una serie de negaciones gubernamentales, pero también por las incesantes afirmaciones y reafirmaciones populares. El pueblo no deja de insistir en que la verdad sea dicha.

Desde hace casi medio siglo, cada 2 de octubre, decenas de miles de estudiantes inundan las calles mexicanas para que se recuerde la matanza que nunca fue reconocida por el gobierno. La perseverante movilización de los estudiantes, monumento vivo de su memoria colectiva, los vincula estrechamente a quienes fueron asesinados en 1968. Son los mismos. Hay aquí una profunda identidad colectiva transgeneracional que se basa en la memoria colectiva y que ha reencarnado en los estudiantes de Ayotzinapa, los cuales, insistamos en ello, fueron asesinados y desaparecidos precisamente cuando estaban juntando recursos para participar en la gran marcha del 2 de octubre en la Ciudad de México.

La conmemoración de la matanza de Tlatelolco desembocó en la matanza de Iguala. El 26 de septiembre de 2014 fue por el 2 de octubre de 1968. El sacrificio de los primeros fue aquello por lo que ocurrió el sacrificio de los últimos. Ahora exigimos la verdad de Ayotzinapa como los de Ayotzinapa exigían la verdad de Tlatelolco. La verdad es la misma y somos los mismos los que luchamos, cada uno a su modo, para que se establezca. El psicólogo que opta por el establecimiento de la verdad no está solo. Ni siquiera es un individuo en el sentido estricto del término, sino que forma parte de aquello colectivo difuso que denominamos pueblo, que tiene una existencia transgeneracional y que viene de lejos, de muy lejos. Es ese pueblo el que insiste en la verdad a través del psicólogo como lo viene haciendo también a través de los estudiantes. Es el mismo sujeto, el mismo pueblo, y es también la misma verdad que no puede reducirse a un punto en la historia como el de los hechos violentos de Iguala.

Resulta muy difícil disociar aquí los dos aspectos de la verdad, el fáctico-judicial y el histórico-psicosocial, a los que se refiere Elizabeth Lira. Los hechos puntuales de Iguala resumen toda nuestra historia y no se pueden juzgar correctamente si hacemos abstracción de Tlatelolco y de todo lo que lo preparaba desde la Revolución de 1910 e incluso desde antes, desde las Guerras de Independencia y las resistencias contra la colonización. Los estudiantes asesinados y desaparecidos, hijos de campesinos e indígenas, eran quienes habían sobrevivido a 500 años de muerte y destrucción. Tan sólo podremos hacerles justicia al considerar que incluso vivos, ya eran víctimas, y que eran hijos y nietos de víctimas. El proceso judicial, en caso de que lo hubiera, tan sólo podría ser justo al considerar toda la densidad psicosocial de lo ocurrido, todos los agravantes históricos, toda la historia de agravios contra el pueblo mexicano. El gobierno actual es también culpable de 1968, y en cierto modo, por cierto, es también culpable de la violencia colonial en la que funda su arbitrariedad. El saqueo del siglo XVI no es muy diferente del de ahora. Las matanzas tampoco. Los criminales tan sólo cambian de vestido. El virrey colonial y el déspota republicano resucitan en Peña Nieto. Pertenecen a las mismas clases, a las mismas familias, a la misma trinchera. Es una y otra vez el mismo gobierno. Es el mismo de ayer y es por eso que debe repetir el ayer de modo casi ritual.

El gobierno repite la verdad que se resiste a recordar. Los estudiantes de Tlatelolco, reencarnados en los de Ayotzinapa, vuelven a morir por obstinarse en recordarnos la misma verdad. Y la historia es la misma con Rubén Espinosa, Nadia Vera, Claudio Castillo y Nicolás Robles, todos ellos mártires de la verdad. El establecimiento de la verdad, siempre la misma verdad, cobra más víctimas en cada nueva generación.

Movilización

Una vez más, desde septiembre de 2014, buscar el esclarecimiento de lo ocurrido en Iguala implica un enfrentamiento directo con el gobierno que intenta impedir tal esclarecimiento. Esto ha hecho que la movilización social por Ayotzinapa se convierta en un amplio movimiento antigubernamental en el que evidentemente hay participación de profesionales, académicos y estudiantes de psicología. Esta participación ha sido sustancial, aunque no resulte fácil medirla. Sólo podría señalar que hay decenas de facultades y departamentos de psicología que se han movilizado una y otra vez en todo México, entre 2014 y 2015, para exigir el establecimiento de la verdad y para protestar contra el gobierno que se opone a tal establecimiento. Los movilizados exigen también la aparición de los desaparecidos, manifiestan su apoyo a los compañeros y familiares de los estudiantes, y a veces emiten mensajes con profundas implicaciones psicosociales en planos como los de la emoción, la motivación, la atribución, la actitud o la identidad.

Una manta dice que “Ayotzinapa nos duele a todos”. Una pinta agrega, en el mismo sentido, que “su dolor es nuestro dolor” y que “nuestra es también su digna rabia”. Se insiste en cada muro: “Ayotzinapa, ni perdón ni olvido”. Se explica: “nos quitaron tanto, que nos quitaron el miedo”. Se plantean preguntas penetrantes, como “qué cosecha un país que siembra cuerpos”, o “cuál es el futuro en un país donde el estado mata a sus estudiantes”, o “por qué nos asesinan si somos el futuro de América Latina”. Sin embargo, también se confiesa que “no se teme a la represión del Estado, sino al silencio del pueblo”, y se alerta que “el peor asesino es la indiferencia”. Pero no se deja de advertir en tono amenazante: “cuando un pueblo reacciona, no hay ni habrá Estado capaz de soportarlo”. O bien: “quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas”. Y se confirma: “por cada vida apagada, mil conciencias despiertan”.

Muchas de las fórmulas que acabo de citar aparecieron de pronto en el movimiento social, otras se retomaron de movilizaciones anteriores y algunas más han sido importadas de otras luchas en América Latina. En todos los casos, las consignas, mantas y pintas evidencian profundas intuiciones psicológicas, y no caen en la psicologización, minimización y banalización de los hechos. Nos enseñan otra forma de hacer psicología. Las expresiones del movimiento social también esbozan a veces procesos psicosociales más respetuosos y promisorios, y sin duda menos equívocos y sospechosos, que las técnicas psicoterapéuticas del manejo del estrés, la asistencia tanatológica y el tratamiento farmacológico.

Revisemos brevemente las indicaciones que se nos dan. En lugar de ingerir fármacos, hay que recolectar los frutos de los cuerpos que se entierran. En lugar de asistencia tanatológica, tenemos el despertar de una conciencia por cada vida apagada. En lugar de manejar el estrés, se trata de adoptar la digna rabia, compartir el mismo dolor, atrevernos a ser nosotros y aceptar al fin que nos quitaron tanto, que nos quitaron el miedo.

Como vemos, en contraste con la palabrería convencional de la psicología y la psicoterapia, el movimiento social nos ofrece originales aproximaciones psicológico-psicoterapéuticas al caso de Ayotzinapa que deberían ser tomadas muy en serio. Ésta es la forma social movilizada que ha tomado la psicología de Ayotzinapa que busca el establecimiento de la verdad. Pero la misma psicología se ha manifestado al mismo tiempo, de modo paralelo, en otra forma de la que me ocuparé ahora para terminar mi pequeño análisis.

Reflexión

Para buscar el establecimiento de la verdad, la psicología no sólo se ha movilizado con otros sectores sociales en calles y plazas públicas. También ha tomado su distancia con respecto al resto de la sociedad y se ha concentrado en un trabajo particular en su ámbito profesional y académico. Es aquí en donde la hemos visto revestir una forma reflexiva que tal vez no tenga siempre la penetración de la forma social movilizada, pero que muestra una mayor precisión conceptual y también una mayor elaboración teórica, lo que tal vez haga que resulte más aceptable y comprensible para los científicos y profesionales en el campo disciplinario psicológico.

Tal vez mi trabajo personal pueda servir para ilustrar la implicación reflexiva de la psicología mexicana en el tema de Ayotzinapa. Tan sólo tres semanas después de los hechos sangrientos en Iguala, dicté una conferencia en Sao Paulo en la que recurrí a Marx y a Lacan al analizar la forma en que los discursos gubernamentales y periodísticos habían preparado el ataque contra los estudiantes al presentarlos como problemáticos, inútiles y prescindibles para el sistema capitalista (Pavón Cuéllar, 2015a). Me ocupé nuevamente de la cuestión en los meses siguientes a través de varias charlas y publicaciones. Primero me esforcé en comprender cómo es que la sociedad había intuido tan pronto, antes de cualquier indicio, la responsabilidad efectiva del Estado Mexicano en los hechos de Iguala (Pavón-Cuéllar, 2014, 14 de noviembre). Después intenté poner en evidencia tal responsabilidad a través de un análisis de algunos discursos de funcionarios y líderes políticos (2014, 18 de noviembre). Estos mismos discursos me sirvieron ulteriormente para contraponer la promoción gubernamental del olvido y la insistencia social en una memoria colectiva que sería indisociable de nuestra identidad colectiva y que se haría valer una y otra vez, incansablemente, con la consigna de “Todos somos Ayotzinapa” (2014, 16 de diciembre).

En trabajos más recientes, retomando la teoría marxista y el psicoanálisis lacaniano, volví a ocuparme de los hechos de Iguala al denunciar formas reales, imaginarias y simbólicas de violencia estructural en el sistema simbólico económico-político del capitalismo neoliberal contemporáneo (Pavón Cuéllar, 2014). También examiné posteriormente cómo este sistema, pese a su fuerza y a sus esfuerzos, no ha conseguido liquidar la resistencia del intrincado nudo cultural-histórico de Ayotzinapa, en el que se imbrican estrechamente los sufrimientos del mundo indígena, los ideales de la Guerra de Independencia y las aspiraciones de la Revolución Mexicana (2015b). Por último, en una reflexión más teórica y epistemológica, he alertado sobre el peligro de la psicologización y de la comprensión psicológica de lo ocurrido, pero también he subrayado la necesidad de indagación de aquello incomprensible que podría significar Ayotzinapa en la psicología (2015c).

Algunas de mis reflexiones han sido presentadas en eventos especiales dedicados al establecimiento de la verdad en los hechos de Iguala. Tan sólo en mi Facultad de Psicología, en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, se han realizado ya dos jornadas por Ayotzinapa con ponencias, conferencias y mesas redondas, la primera a principios de 2015 y la segunda en el primer aniversario de los hechos. Ya el 15 de diciembre de 2014, en la capital del país, el Círculo Psicoanalítico Mexicano organizó una mesa de reflexión y debate con el sugestivo título “Ayotzinapa: cuando los desaparecidos no terminan de aparecer y aparecen los que no se esperaban: 43+6”. Poco después, durante el Quinto Congreso Internacional de Psicoanálisis en la Universidad Autónoma de Querétaro, un ponente atribuyó los hechos de Iguala a un Estado que obraría como padre primordial filicida (Roldán Ubando, 2015).

Pocos meses antes del congreso en Querétaro, la revista electrónica Teoría y Crítica de la Psicología publicó una sección especial sobre el tema en la que se encontraban artículos de varias tendencias teóricas. Los autores de los artículos reflexionaron especialmente sobre la movilización por Ayotzinapa. La concibieron, por ejemplo, como una evidencia de la falta de hegemonía y liderazgo del Estado Mexicano (Merino, 2015), como efecto de la revelación sintomática de una verdad social estructural (Hernández, 2015), como intento de mantener con vida las mismas huellas que el gobierno se esforzaría en borrar (Soria Escalante y Orozco Guzmán, 2015), como signo del horror a la aniquilación y de la memoria histórica de los muertos en los que se reconocería el propio ser (Moncada, 2015) y como ejercicio de reconsideración de la diferencia y de la identidad ante el dilema de ser o no ser Ayotzinapa (Zarco Hernández y Capulín Arellano, 2015). Esta colección de artículos constituye, hasta donde yo sé, la más importante muestra colectiva de aquella psicología de Ayotzinapa que se ha mantenido reflexivamente comprometida con el establecimiento de la verdad.

Conclusión

¿Pero por qué estamos tan seguros del compromiso con la verdad de los artículos a los que nos hemos referido? En primer lugar, porque todos presuponen la necesidad de esclarecimiento de lo ocurrido como única vía para el tratamiento efectivo del aspecto psicológico del problema. En segundo lugar, porque todos ellos parten del reconocimiento de lo que ya se ha esclarecido hasta hoy, de lo que ya está fuera de cualquier duda, esto es, la responsabilidad del Estado en los hechos sangrientos de Iguala. Este reconocimiento más o menos explícito hace que la psicología comprometida con la verdad se encuentre, por un lado, en disonancia con respecto a la psicologización de Ayotzinapa en Peña Nieto, Fox y Alonso, y, por otro lado, en consonancia con los propios estudiantes de Ayotzinapa y con aquellos que se han movilizado por ellos.

Los psicólogos pueden coincidir con las víctimas y con el movimiento que no las olvida. Es una manera de mantener vivos a los muertos al recordarlos colectivamente, al situarse en la genealogía de sus reencarnaciones y al realizar así la consigna callejera de “todos somos Ayotzinapa” en el interior mismo del ámbito académico-científico. Pienso que ahora, en las presentes circunstancias, ser Ayotzinapa es el mejor acompañamiento que un psicólogo puede ofrecer a los compañeros y familiares de los asesinados y desaparecidos.

Cuando somos Ayotzinapa, entendemos que Ayotzinapa no es algo que pueda remediarse con el manejo del estrés, así como tampoco es un momento de dolor que pueda superarse ni un sentimiento que pueda sacarse de nuestras cabezas. No podríamos sacar a Ayotzinapa de nuestras cabezas sin perdernos, vaciarnos, extraernos de nosotros mismos. Tampoco podríamos superar el momento de dolor sin dejarnos atrás, rezagados, en ese pasado al que se relega siempre a campesinos e indígenas mexicanos como los que estudian en Ayotzinapa. Y remediar Ayotzinapa, ya sea con el manejo del estrés o con cualquier otra técnica, sería lo mismo que suprimirnos. Es quizás por todo esto que los mexicanos se aferran al nombre de Ayotzinapa, como se aferran también al de Tlatelolco. Sería una manera de preservarse a sí mismos colectivamente contra los embates alienantes de la evangelización, la colonización, la occidentalización, la mercantilización, la explotación, la opresión, la globalización y ahora también la psicologización. La psicología no podrá lo que no pudo el cristianismo.

Referencias

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Connivencia, indiferencia o resistencia: viejas opciones del trabajo profesional psicológico ante nuevas formas de opresión y explotación

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Conferencia Magistral en la Cátedra de Psicología “Julieta Heres Pulido” del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), décima sesión, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, miércoles 13 de mayo 2015 

David Pavón-Cuéllar

Introducción: el mundo que mejora para los que mejora

Hay quienes aún se preguntan si el mundo está mejorando (Camps et al, 2009). Esta pregunta sólo tiene sentido cuando la precisamos –como lo hace Victoria Camps– y nos preguntamos para quién está mejorando el mundo. Ciertamente hay personas para las que mejora, pero no deberíamos olvidar que también hay otras para las que empeora.

Quizá podamos incluso decir que el mundo se vuelve cada vez mejor y peor: mejor para unos y peor para otros. Esto es al menos lo que sugieren incontables investigaciones económicas acumuladas en los últimos años. Desde hace un buen tiempo, en efecto, los economistas nos alertan sobre el aumento de la desigualdad (Hurrell y Woods, 1999; Milanovic, 2005; Galbraith, 2012). El mundo se vuelve cada vez más desigual, es decir, cada vez mejor para los ricos y peor para los pobres, más bondadoso para los primeros y más hostil para los segundos, más generoso para unos y más miserable para los otros.

Gracias al gran éxito de la obra de Thomas Piketty (2013), hoy el gran público descubre las principales tendencias de la historia económica del último siglo. Primero la desigualdad se redujo sustancialmente entre la crisis de 1929 y los años cincuenta, luego se estabilizó entre 1960 y 1980, y finalmente ha vuelto a incrementarse a un ritmo acelerado en las últimas tres décadas. Hoy vivimos en un mundo tan desigual, tan injusto e inequitativo, como a principios del siglo XX.

Desigualdad y explotación

¿Pero por qué la creciente desigualdad? ¿Qué hace que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres? ¿Cuál es la razón de que los seres humanos se encuentren en condiciones sociales cada vez más desiguales?

Entre las distintas causas de la desigualdad, la explotación aparece como la causa primera, la más esencial y fundamental de todas, al menos cuando aceptamos el principio de que este mundo nos pertenece a todas y a todos por igual. Si partimos de una igualdad básica y originaria, en efecto, entonces la desigualdad sólo puede explicarse por el robo, el despojo, la explotación que hace pobres a los explotados y ricos a los explotadores.

Explotar  es precisamente, por definición, desigualar, desequilibrar, desparejar, hacerse más al hacer menos al otro, enriquecerse al empobrecerlo. Se le quita lo que uno gana. Se produce una desigualdad entre el explotador y el explotado.

Estudio psicológico de la explotación

Como psicólogas y psicólogos que somos, no es necesario que examinemos el crecimiento de las tasas de explotación, de la plusvalía y de la productividad con respecto a los salarios, para convencernos de que la cada vez mayor explotación es correlativa de la cada vez mayor desigualdad en las últimas tres décadas. Tampoco hace falta que exploremos las alcantarillas laberínticas del capitalismo neoliberal y que repasemos los incontables privilegios, abusos y embustes que permiten la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos. Dejemos este arduo trabajo a los economistas y a los sociólogos.

En una perspectiva propiamente psicológica, para apreciar el vínculo esencial entre la creciente explotación y la creciente desigualdad, basta reconocer que los enriquecidos necesitaron de los empobrecidos para enriquecerse. Necesitaron de ellos como trabajadores, desde luego, pero también como consumidores, proveedores y distribuidores. Y además –y es aquí en donde más relevante resultaría un análisis psicológico– los explotadores tan sólo han podido enriquecerse, y enriquecerse cada vez más, al explotar a los empobrecidos como representantes o como ideólogos, como capataces o como guardaespaldas, como cómplices o espectadores, como admiradores o apologistas, como pretextos o chivos expiatorios, como pedestales o como ornamentos, como heraldos o como correctores de estilo, como dócil masa o como carne de cañón, como objeto de negación para la propia autoafirmación o como semejante cuya inferiorización permite la propia elevación.

Cada una de las mencionadas relaciones psicosociales podría ser bien analizada por la psicología, en casos concretos, para mostrar aspectos aún poco estudiados en la creación de la desigualdad por la explotación capitalista. Confirmaríamos entonces una y otra vez que explotar es precisamente hacer lo que han estado haciendo los dueños del mundo en los últimos años, a saber, aumentar la desigualdad al enriquecerse a expensas de aquellos a quienes empobrecen. Los medios económicos e ideológicos para hacerlo se han vuelto cada vez más elaborados, más complejos, más intrincados y sutiles, pero no consiguen aún disimular del todo la explotación que subyace a la desigualdad.

Aun cuando los pobres lo sean por la más pura marginación, como es el caso de algunas comunidades indígenas de México, debemos reconocer que alguien se apropia de aquello mismo de lo que los margina. Se les despoja de lo mismo que se acapara. ¿Y acaso esto no es explotar?

La opresión y sus efectos psicológicos

La explotación puede valerse de la marginación, pero también de la opresión. Por un lado, tenemos la opresión política subordinada a la explotación económica: por ejemplo, en México, las acciones del gobierno de Enrique Peña Nieto al servicio de los intereses económicos de las empresas para las que trabaja, ya sean mineras, constructoras, petroleras, financieras, de comunicaciones o de lo que se ha dado en llamar el “crimen organizado”. Por otro lado, tenemos la opresión inherente a la propia explotación, como es el caso de las diversas manifestaciones de la violencia estructural del capitalismo salvaje periférico en su fase neoliberal: por ejemplo, en México, la violencia del narcotráfico, las decenas de miles de asesinatos y desapariciones en los últimos años, pero también las muertes por desnutrición, por enfermedades curables o por el efecto de los agroquímicos en campos de trabajo de jornaleros.

Sabemos que la esperanza de vida es varios años menor entre los pobres que entre los ricos, lo mismo en México que en otros países capitalistas, pero de manera aún más patente en nuestro país (Idrovo, 2005). Esto significa simplemente que estamos quitando años de vida a los pobres, que los estamos asesinando prematuramente, que los estamos matando antes de que se mueran por causas naturales.  No debemos olvidar que la miseria, en México, sigue matando más, mucho más que el crimen organizado. Y cuando la miseria mata, lo que está matando es la desigualdad, la explotación y la opresión, porque la riqueza económica de México, el ingreso promedio y el producto interno bruto per cápita, son lo suficientemente altos como para asegurar una mayor esperanza de vida a las clases bajas, como lo demuestra la comparación de nuestro país con otras naciones con niveles semejantes de ingreso y producto interno bruto per cápita, pero considerablemente más justas e igualitarias, como es el caso de Costa Rica.

La estructura capitalista opresiva no sólo tiene como efecto la muerte, sino también la miseria social y económica, la insalubridad y el bajo índice de desarrollo humano en general, la migración forzada, el desgarramiento del tejido familiar o comunitario, la prostitución y la delincuencia, el trabajo infantil y la resultante falta de escolarización, la pauperización cultural y un analfabetismo que en los últimos años se incrementó por primera vez en México. Entre los efectos de las diversas formas de opresión del capitalismo neoliberal, hay también muchos que nos conciernen directamente como psicólogas y psicólogos, y que han sido ya detectados por James Petras (2002) y por otros autores (González Ceinos, 2007; Talarn, Rigat y Carbonell, 2011; Hidaka, 2012; Neilson, 2015). Deben mencionarse al menos el déficit intelectual producido por la desnutrición, la depresión hasta el suicido por causa de la miseria, el estrés por la presión y la competencia laboral, la ansiedad por el desempleo o por el empleo inseguro y precario, la desesperación por el endeudamiento y la insolvencia, la canalización del resentimiento social a través de la violencia doméstica, las crisis afectivas e identitarias propias de los migrantes, el sentimiento de fracaso e impotencia de los oprimidos y sus distintas expresiones en la frustración, en la auto-depreciación, en trastornos sexuales y en conductas autodestructivas como la drogadicción o el alcoholismo. Habría que agregar otros efectos menos estudiados como las conductas antisociales motivadas por la injusticia y la desigualdad, el aislamiento de quien sólo puede establecer vínculos económicamente interesados, la sintomatología histérica ligada con el consumismo, la despersonalización de los vendedores forzados a fingir constantemente ante los clientes, la disociación interna de las víctimas identificadas con los agresores de la clase enemiga, la devaluación de la autoestima bajo la influencia de la industria publicitaria y la degradación de la personalidad bajo la incidencia de las televisoras y de otros instrumentos de ideologización del propio sistema capitalista.

La psicología ante las viejas y las nuevas formas de opresión y explotación

El actual capitalismo neoliberal genera muchos de los problemas con los que lidian cotidianamente las psicólogas y los psicólogos. Los profesionales de la psicología, en efecto, no dejan de afrontar los efectos de las más diversas formas opresivas y explotadoras del funcionamiento capitalista. Algunas de estas formas existen desde hace mucho tiempo y han sido bien estudiadas en sí mismas y en sus efectos psíquicos.

En lo que se refiere a la explotación, hace ya más de ciento cincuenta años Carlos Marx  profundizaba en la frustración, la enajenación y la deshumanización del obrero cuya vida es explotada en su valor de uso como fuerza de trabajo (Marx, 1844/1997, 1867/2008). En lo relativo a la opresión capitalista, desde los años ochenta se multiplican los estudios que abordan la incidencia del desempleo en la depresión y la ansiedad (Linn, Sandifer y Stein, 1985; Dooley, Catalano y Wilson, 1994; McKee-Ryan et al, 2005; Riumallo-Herl et al, 2014). Recientemente apreciamos también cómo cobra importancia la psicología de la pobreza como un fecundo y prometedor campo de investigación (Mohanty y Misra, 2000; Anand y Lea, 2011; Carr y Bandawe, 2011; Mullainathan, 2011; Haushofer y Fehr, 2014).

Observamos además actualmente nuevas formas capitalistas de opresión y explotación cuyos efectos psíquicos apenas empiezan a ser explorados. Es así como vemos volcarse el interés de la psicología hacia temas tan disímiles como las transformaciones recientes de la cultura de consumo (Kasser y Kanner, 2004), el retraimiento provocado por el capitalismo corporativo norteamericano contemporáneo (Kasser et al, 2007), la imposición post-disciplinaria del sujeto entendido como empresario de sí mismo (Jódar y Gómez, 2007), la sujeción y subjetivación carente de self bajo el actual poder capitalista (Burkitt, 2008), el impacto psicosocial negativo del capitalismo flexible (Blanch, 2008) y la ideologización global mediática del neoliberalismo (Nafstad et al, 2009). Los autores que se ocupan de tales temas, a diferencia de los que investigan objetos más tradicionales como la pobreza o el desempleo, tienden a remitir de modo más o menos explícito al aspecto explotador y opresivo del capitalismo en la actualidad. La visión resultante es la de un sistema capitalista neoliberal, flexible o post-disciplinario, consumista o corporativo, que oprimiría y explotaría a los sujetos de un modo inédito, provocando así efectos psíquicos negativos insuficientemente estudiados en el pasado.

Ahora bien, resulta evidente que el capitalismo actual, particularmente en los países emergentes y del Tercer Mundo, no es tan innovador como algunos imaginan, sino que suele combinar viejas y nuevas formas de opresión y explotación. Cabe conjeturar que unas y otras provocan distintos efectos psíquicos, los cuales, a su vez, tienden a integrarse y articularse de maneras complejas. La clásica depresión por el desempleo no tiene por qué desaparecer, pero tal vez adquiere una tonalidad inédita, quizá más ansiosa, cuando el sujeto se concibe como empresario de sí mismo en un capitalismo post-disciplinario y flexibilizado.

Psicología y capitalismo

La psicología, como lo hemos visto, ha estudiado constantemente diversos efectos psíquicos del funcionamiento capitalista explotador y opresivo. Sin embargo, aunque haya estudiado estos efectos, no siempre ha remontado a sus causas socioeconómicas en el capitalismo. En el mejor de los casos, ha reconocido tales causas, pero solamente para concentrarse en los efectos. Esto es comprensible cuando consideramos que el psicólogo no es un sociólogo ni un economista, y por lo tanto no está capacitado para ocuparse de las causas socioeconómicas de los efectos psíquicos del capitalismo. Su especialidad son estos efectos: la ansiedad, la depresión, la despersonalización, la sujeción o el retraimiento.

El problema es que el psicólogo, al especializarse en los efectos, puede llegar a olvidar las causas e incluso tomar los efectos como causas. No es muy grave cuando esto sucede en el trabajo teórico académico, pero sí cuando ocurre en el trabajo práctico profesional, en el cual, por cierto, no deja de ocurrir. Los psicólogos no dejan de olvidar las causas socioeconómicas de los problemas psíquicos de los que se ocupan. Tratan la tentativa de suicidio y la depresión ansiosa, pero dejan de lado lo que las provoca: tal vez la miseria del sujeto deprimido y suicida, su desvalorización como fuerza de trabajo, su reducción a no ser más que un engrane del sistema económico y quizá también su ideologización que lo hace juzgarse inferior, incapaz o culpable de su desgracia. Los profesionales de la psicología, en suma, soslayan la condición básica existencial del sujeto en cuestión, su condición explotada y oprimida en el capitalismo, para  considerar únicamente su condición derivada suicida y depresiva.

Podríamos alegar que la función terapéutica del psicólogo es tan inocua y tan indispensable como la de cualquier analgésico. Se trataría simplemente de aliviar el síntoma, el efecto, el dolor, y aquí, en el caso que nos ocupa, la depresión del sujeto. Sin embargo, aliviando el efecto, es fácil olvidar la causa. ¿Para qué intentar curar la enfermedad cuando hemos aliviado el síntoma? ¿Para qué acabar con el capitalismo neoliberal cuando hemos evitado su efecto depresivo en el sujeto?

Connivencia

Aliviando el síntoma depresivo, disimulamos la enfermedad capitalista. La encubrimos para la sociedad y para el propio sujeto, para el que la depresión era la experiencia directa de las contradicciones propias del capitalismo (Talarn, Rigat y Carbonell, 2011). El sistema capitalista deja de ser experimentado y denunciado como lo que es, como algo contradictorio y aberrante, patológico o enfermizo, cuando aliviamos la depresión y los demás síntomas a través de los cuales se experimentaba y denunciaba como lo que es.  Una vez adormecidos por el psicólogo, los sujetos pueden llegar a convencerse, como en un sueño, que el capitalismo no es depresivo, ni contradictorio ni aberrante, ni patológico ni enfermizo. Es así como el profesional de la psicología rinde un importante servicio al capitalismo al reparar sus fallas por encima, en el nivel de la experiencia de los sujetos, y al evitar así que sea denunciado y que los mismos sujetos, víctimas del sistema, tengan buenas razones para sublevarse contra él.

La depresión, de hecho, además de ser una experiencia y denuncia del capitalismo neoliberal, puede ser también una expresión de resistencia política en contra él, como lo ha mostrado recientemente Rogers-Vaughn (2014). En este caso, al curar la depresión, eliminamos la resistencia política, y al eliminarla, nuevamente protegemos el sistema capitalista neoliberal y contribuimos a su perpetuación.  Procedemos así como policías, cumpliendo la vocación íntima oculta de muchos psicólogos, como ya lo presentía Canguilhem (1958) hace más de cincuenta años.

El psicólogo procede como policía, como censor o represor, al sofocar la denuncia y la resistencia del sujeto en lugar de preocuparse por lo denunciado y por aquello contra lo que se resiste. En lugar de luchar contra la explotación y la opresión, nuestro psicólogo-policía prefiere dedicarse a extinguir los signos de malestar en los explotados y los oprimidos. Ataca los efectos psíquicos en el sujeto y así evita quizá que sean atacadas las causas socioeconómicas en el sistema capitalista. Digamos que alivia los síntomas para que no sea necesario curar la enfermedad.

Al desempeñar su rol policiaco, el psicólogo actúa en complicidad o connivencia con el sistema capitalista neoliberal (Pavón-Cuéllar, 2012). Este aspecto del trabajo profesional psicológico es bien conocido y ya sido ya denunciado en los últimos cuarenta años por autores críticos como Didier Deleule (1972) e Ian Parker (2010). Por más denunciada y cuestionada que haya sido en el pasado, la vieja connivencia de los psicólogos con el sistema capitalista no deja de ser mayoritaria en el presente. La mayoría de los profesionales de la psicología siguen siendo cómplices del capitalismo explotador y opresor al contribuir a que se perpetúe, al eliminar lo que podría llegar a destruirlo, al calmar los ánimos, anestesiar las conciencias, apaciguar a los sujetos, disminuir su malestar, borrar los efectos psíquicos de la opresión y la explotación.

Indiferencia y resistencia

La connivencia con el sistema capitalista es indudablemente la opción preferida, la más común, del trabajo profesional psicológico ante los efectos de la opresión y la explotación. Pareciera incluso que se trata de la única opción, pero no es así. Además de la connivencia, las psicólogas y los psicólogos pueden optar al menos por la indiferencia o por la resistencia.

El profesional indiferente es el que no se atribuye una función terapéutica o anestésica, el que no interviene para aliviar el síntoma, el que no intenta ni disminuir el malestar del sujeto ni borrar los demás efectos psíquicos de la opresión y la explotación.  Esta indiferencia puede resultar de una prescripción metodológica precisa como la bien justificada regla de abstinencia en el psicoanálisis. Podríamos decir, en cierto sentido, que el buen psicoanalista se abstiene de incurrir en cualquier tipo de acción que pudiera implicar, en última instancia, una connivencia con el sistema opresor y explotador. Es una opción quizá fácil y cómoda, pero juiciosa y prudente. La indiferencia evita lo peor, lo más dañino, la connivencia, la corresponsabilidad en la opresión y la explotación del sujeto.

Afortunadamente, además de la indiferencia y la connivencia, existe igualmente la opción de la resistencia contra el sistema opresivo y explotador. Esta resistencia puede revestir las más variadas formas en el trabajo profesional del psicólogo, pero todas ellas habrán de caracterizarse por la escucha del síntoma y el reconocimiento de las causas socioeconómicas de ciertos efectos psíquicos. Al enfrentarse con una depresión claramente causada por el capitalismo neoliberal, el psicólogo comprometido con la resistencia no intentará curarla, sino que optará por tomarla en serio, escucharla y acompañarla, permitiéndole denunciar lo que denuncia y resistir contra lo que resiste. Esto podrá conducir eventualmente, si el sujeto depresivo así lo decide, al único remedio efectivo y definitivo para esta clase de malestares, a saber, la acción colectiva encaminada a la incidencia en las causas socioeconómicas del malestar (Petras, 2002).

La cuestión de la posición política y la acción colectiva

Las causas socioeconómicas tan sólo pueden tratarse colectivamente. Por lo tanto, si un profesional de la psicología se compromete con la resistencia, entonces deberá comprometerse también con ciertas formas de acción colectiva contra el sistema capitalista explotador y opresivo. Quizá este compromiso resulte inaceptable para ciertos profesionales que aún se aferran a los ideales cientificistas de la neutralidad valorativa en psicología y la abstinencia política en psicoanálisis.

Tal vez habría que recordarles a muchos psicoanalistas que su Lacan (1970/2001) reconoció que el supuesto abstemio político no deja de “hacer profesión” de la política (p. 438). Asimismo habría que recordar a muchos psicólogos que su Popper (1961/2013) hizo notar que la “neutralidad valorativa” era un “valor” como cualquier otro (p. 28). El valor y la política parecen estar anudados indisociablemente con la ciencia en cualquiera de sus acepciones, ya sea como disciplina psicológica de lo general o como estudio psicoanalítico de lo particular.

Cualquier actitud verdaderamente científica nos impulsa lógicamente a remontar hasta las causas y tratarlas en lugar de los efectos. Ahora bien, cuando las causas tienen carácter socioeconómico, tan sólo podemos tratarlas a partir de una posición política valorativa y a través de una acción colectiva militante. La militancia colectiva y la valoración política son así exigidas paradójicamente por la misma cientificidad a la que aspira el trabajo profesional de la psicología. Nuestro espíritu científico nos hace renunciar al cientificismo al posicionarnos políticamente y actuar colectivamente.

Viejas opciones ante nuevas formas de opresión y explotación

La resistencia no es necesariamente incompatible con el espíritu científico. Dependerá de cómo concibamos la ciencia. Así como hay concepciones que aceptan y hasta requieren cierta resistencia, las hay también que la excluyen y que resultan más consonantes con la indiferencia e incluso con la connivencia.

Cada una de las viejas opciones del trabajo profesional psicológico tendrá siempre sus partidarios que la justificarán argumentando cientificidad, pero también moralidad, efectividad o utilidad. Independientemente de cómo justifiquemos nuestra opción, es importante que tengamos claro cuál es nuestra opción. ¿Optaremos por la connivencia, por la indiferencia o por la resistencia? Esto puede ser difícil de saber, en especial ante nuevas formas de opresión y explotación.

Por ejemplo, ante la imposición post-disciplinaria del empresario de sí mismo, la connivencia del psicólogo con el sistema puede ayudar al sujeto a desinhibirse, optimizarse, responsabilizarse de su destino, desplegar su espíritu emprendedor, no renunciar a sus ambiciones, desplegar su autonomía y su creatividad, cumplir adecuadamente las expectativas, estar a la altura de las circunstancias, competir de la mejor manera contra sus rivales, venderse lo más posible y al mejor precio. Ninguna de estas brillantes perspectivas debería ser buscada por un buen psicoanalista que supiera mantener la indiferencia, limitándose, por lo tanto, a notar y hacer notar los esfuerzos y sufrimientos del sujeto por obedecer el modelo imaginario auto-empresarial que se le impone arbitrariamente desde fuera y que no corresponde necesariamente a su deseo. Por último, si optamos por la resistencia, tendremos que resistir con los sujetos contra la consigna de que sean empresarios de sí mismos, revalorizando sus fracasos y su falta de vocación empresarial, escuchando sus reparos, comprendiendo su incomprensión, dignificando los escrúpulos que los inhiben, defendiendo su derecho a la inconformidad con las expectativas y apoyándolos decididamente en su valiente decisión de no adaptarse, no prostituirse, no venderse de ningún modo ni por ningún precio.

La resistencia contribuye a sublevarse contra las nuevas operaciones opresivas y explotadoras del capitalismo neoliberal a las que ya nos referimos anteriormente: las mismas que son respaldadas en la connivencia y consideradas con la mayor atención en la indiferencia. Es el caso del consumo de la propia identidad, el retraimiento de los átomos en las corporaciones, la sujeción capitalista del sujeto carente de sí mismo, los caprichos del capitalismo flexible y la ideologización global mediática neoliberal. Estas nuevas formas capitalistas neoliberales de opresión y explotación tan sólo pueden ser o aceptadas o analizadas o rechazadas, o apoyadas o profundizadas o atacadas, o facilitadas en la connivencia con el sistema capitalista o examinadas en la indiferencia o impugnadas en la resistencia contra el sistema. Las opciones disponibles son las mismas viejas opciones de siempre. No parece haber otra opción, al menos por ahora.

Conclusión: la psicología dominante en el mejor de los mundos posibles

Los profesionales de la psicología no pueden escapar a las tradicionales orientaciones que suelen identificarse como conservadoras, neutrales y progresistas o revolucionarias. El espectro sigue siendo el mismo. Los dilemas también.

O un extremo o el otro. O los extremos o el centro. Y el más importante de los predicamentos, el subrayado por Canguilhem (1958): o ser policía del sistema o ser algo diferente. O la connivencia o las opciones de la indiferencia y de la resistencia. O aceptar la psicología dominante, incluido el psicoanálisis domesticado, o rechazarla, ya sea huyendo hacia el psicoanálisis aún consecuente o hacia las psicologías alternativas, marginales, críticas y políticamente comprometidas. En otras palabras: o ser o no ser cómplice de la creciente desigualdad social, de las viejas y nuevas formas capitalistas de opresión y explotación, tal como se manifiestan para nosotros en sus efectos psíquicos.

Entre las psicólogas y los psicólogos que opten por la connivencia con el capitalismo en su fase neoliberal, quizás los haya que se imaginen ingenuamente que el mundo ha mejorado, que tiende a mejorar o incluso que vivimos en el mejor de los mundos posibles. ¿Para qué ayudar entonces a transformar lo inmejorable o lo que mejora naturalmente? En lugar de transformar el mundo, habría que transformar a los sujetos patológicamente pesimistas, como nosotros, para los que el mundo no es el mejor y ni siquiera tiende a mejorar. Habría que transformarnos así a nosotros mismos para no transformar el mundo. ¿Acaso ésta no es una de las principales funciones de la psicología dominante?

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Mi posicionamiento con respecto al papel de la psicología ante los retos de la sociedad contemporánea

Cátedra de Psicología “Julieta Heres Pulido” del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), décima sesión, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 14 de mayo 2015

David Pavón-Cuéllar

Se me ha pedido que aclare en pocas palabras mi posicionamiento personal con respecto al papel de la psicología ante los principales retos de la sociedad contemporánea. Me permitiré precisar el contexto histórico social y me referiré únicamente a los retos que atribuyo a la sociedad contemporánea en México. Entenderé estos retos como problemas que exigen solución. Enumerando por separado los problemas que juzgo más importantes, mencionaré brevemente, en cada caso, cómo considero que nosotras y nosotros, psicólogas y psicólogos de México, podríamos y deberíamos proceder. Mi tono, por lo tanto, será eminentemente prescriptivo:

  1. Ante los graves problemas económicos y sociales que aquejan a nuestro país, tenemos que preocuparnos por sus aspectos y efectos psicológicos, pero también debemos resistirnos a las tentaciones de la psicologización, la subjetivación y la individualización, que tan sólo sirven para desfigurar los problemas, trivializarlos y dificultar su resolución.
  2. Ante la miseria de una parte importante de la población mexicana, debemos recordar que es fruto de una grave desigualdad social y que por tanto nos concierne directamente, haciéndonos contraer una deuda profesional con los miserables, ya que su miseria es correlativa de la condición favorable que nos ha permitido formarnos y trabajar en el campo de la psicología.
  3. Ante el sistema explotador y opresivo en el que vivimos, debemos evitar la connivencia que nos ha hecho desempeñar las tradicionales funciones psicológicas de válvula de escape, justificación de lo injustificable, adaptación para el sometimiento, normalización personal para la explotación social, desarrollo de facultades explotables, curación de síntomas inexplotables, persuasión para la tolerancia de la opresión, diagnóstico para la segregación, evaluación para la discriminación, patologización de la revuelta personal, implantación íntima de la ideología dominante, colonización de los más recónditos bastiones de resistencia cultural, alivio de lo potencialmente subversivo, coartada para el incumplimiento del compromiso con la colectividad, transformación individual como antídoto contra la transformación social, entre michas otras.
  4. Ante las formas de racismo, clasismo y sexismo que imperan en la sociedad mexicana, debemos dejar de sortearlas o soslayarlas, haciendo como si no existieran, y tenemos que afrontarlas de manera franca y directa en los distintos campos de nuestra labor profesional.
  5. Ante los conflictos políticos e ideológicos entre modelos opuestos de sociedad, tenemos que posicionarnos, dejar clara nuestra posición y denunciar cualquier pretendida neutralidad como un irresponsable posicionamiento pasivo, por defecto, a favor del orden establecido y del modelo dominante de sociedad.
  6. Ante la falta relativa de utilidad y relevancia de la psicología para la sociedad mexicana, debemos preguntarnos en qué medida obedece a factores como el desinterés social de quienes la practican, su conservadurismo político, el carácter clasista de su práctica, su orientación marcadamente individualista, su motivación predominante en el afán de lucro, su imitación mecánica de modelos extranjeros inaplicables en nuestro contexto y su marcada propensión a simular significaciones, conocimientos y eficacias inexistentes.
  7. Ante la grave descomposición del gobierno mexicano y de los sectores económicos para los que trabaja, y ante acontecimientos como la reciente desaparición y matanza de estudiantes normalistas de Ayotzinapa, debemos reconsiderar nuestra práctica y nuestra vinculación laboral con ciertas organizaciones políticas, instituciones públicas y empresas privadas que juzguemos corresponsables de la corrupción y la represión en nuestro país, como podrían ser las fuerzas castrenses, las corporaciones policíacas, ciertos partidos políticos y medios de comunicación como Televisa.

Psicología de amos y análisis de esclavos

Featured image Presentación del libro Lacan, discurso, acontecimiento: nuevos análisis de la indeterminación textual (publicado en inglés por Routledge y en español por Plaza y Valdés), los días lunes 23 de marzo 2015 en el auditorio de la Facultad de Psicología de la UMSNH (Morelia), martes 24 de marzo en el auditorio Adolfo Chacón Gallardo de la Facultad de Psicología de la UAQ (Querétaro) y miércoles 25 de marzo en el auditorio Luis Lara Tapia de la Facultad de Psicología de la UNAM (Ciudad de México). Se contó con la participación de Ian Parker en las tres presentaciones. También participaron Javier Dosil y Alfredo Huerta en la UMSNH, Raquel Ribeiro, Isaí Soto, Gregorio Iglesias, Carlos García y Tania González en la UAQ, y Néstor Braunstein y Ricardo García en la UNAM. David Pavón-Cuéllar

Introducción: método anti-psicológico para la psicología 

Hay al menos dos grandes motivaciones anudadas en el origen de nuestro libro. Una de ellas es el deseo de hacerles un regalo maldito a nuestros colegas psicólogos. Les obsequiamos una canasta de recursos teóricos lacanianos para que sean utilizados en la psicología, pero nos aseguramos de que estos recursos no puedan ser psicologizados ni pierdan su carácter anti-psicológico. Lo que ofrecemos, en otras palabras, es un método que no pueda servirle a la psicología sin cuestionarla, que no pueda ser útil sin ser perturbador, que no pueda ser analítico y crítico sin ser autocrítico y reflexivo.

Evidentemente nuestro método no obedece a un deseo perverso de hostigar a los psicólogos ni mucho menos a una intención de favorecer al bando psicoanalítico en su eterna lucha contra el bando psicológico. No pienso traicionar el pensamiento de Ian Parker al decir que desconfiamos tanto del psicoanálisis como de la psicología, y si en algún momento cuestionamos la psicología, lo hacemos como psicólogos, y no lo hacemos por el gusto de hacerlo, sino porque pensamos que la psicología puede llegar a cumplir funciones que se oponen a nuestra posición en ciertas luchas políticas. Es por estas luchas, por ellas y por el papel de la psicología en ellas, que desarrollamos un método que ciertamente desafía la teoría psicológica.

Digamos que nuestra crítica teórica estuvo también motivada por cierto proyecto de práctica política. Esto nos hace llegar a la segunda gran motivación de nuestro libro, la cual, de hecho, está en el fundamento de la primera motivación. El propósito de crítica teórica, en efecto, está fundado en un objetivo de práctica política. Me refiero a nuestro deseo impaciente del acontecimiento, de la ruptura histórica, de la transformación radical de la sociedad.

Acontecimiento 

El acontecimiento da un sentido al análisis. ¿Para qué nos molestaríamos en describir analíticamente un texto, una tarea bastante árida en sí misma, si no fuera para transformar al menos algo en el mundo? El fin transformador no sólo sirve para evitar el aburrimiento de un análisis de discurso limitado a la reproducción parafrástica y tautológica de lo analizado, sino que también permite conjurar los peligros de un trabajo analítico cerrado al acontecimiento.

Estoy pensando particularmente en la responsabilidad criminal del mundo académico en la reproducción de nuestro mundo injusto en que vivimos. Por un lado, al describir este mundo una y otra vez, los buenos investigadores lo vuelven cada vez más banal y natural, nos acostumbran a él, hacen que su horror deje de sorprendernos y sublevarnos, y es así como lo fortalecen, le dan cada vez más consistencia y realidad, contribuyen a que olvidemos que todo podría ser diferente y hacen que lo que es se desarrolle a costa de lo que podría ser. Por otro lado, al comprender este mundo injusto, los investigadores, en cierto modo, justifican su injusticia, lo vuelven comprensible, imprimen cierta racionalidad en él y así hacen que pase desapercibido su carácter absurdo, irracional, incomprensible, injustificado, inadmisible.

Negándose a comprender y diferenciándose así del análisis de contenido, nuestro análisis lacaniano de discurso está negándose a cumplir con la función académica de comprender lo incomprensible, racionalizar lo irracional, justificar lo injustificable, perdonar lo imperdonable. Al mismo tiempo, al no limitarse a describir y al deslindarse así del análisis convencional de discurso, nuestro método crítico está optando por la transformación en lugar de la reproducción, por la función revolucionaria y no por la conservadora, por la apertura y no la cerrazón hacia el acontecimiento.

No hay metalenguaje 

Nuestro análisis pretende abrirse al acontecimiento. ¿Y cómo lo hace? De muy diversas maneras, pero ahora me gustaría sólo referirme a una de ellas, a saber, la exclusión de cualquier posible metalenguaje. Esto supone, en la teoría lacaniana, que sólo hay un lenguaje, y que no podemos ubicarnos fuera de él, en un metalenguaje, para analizar alguna de sus manifestaciones discursivas. El discurso analizado no puede objetivarse ni analizarse objetivamente desde el exterior, pues tal exterior no existe.

No hay manera de situarse al exterior del sistema económico y de su estructura ideológica. El capitalismo no termina en las puertas del mundo universitario, sino que se continúa en su interior. Los pasillos universitarios son una continuación de las calles en las que se vive y se circula, se protesta y se reprime. Estamos en la misma sociedad. No hay discontinuidad entre las plazas públicas y los auditorios universitarios.

Por más autónoma que sea o pretenda ser la universidad, nuestros cubículos y salones de clase no están fuera del mundo en que vivimos. Este mundo injusto, este único lenguaje con sus manifestaciones discursivas, no puede analizarse desde un exterior académico, sino sólo desde su propio interior, desde una posición específica en él: una posición histórica, económica y política, social y cultural. Ya estamos posicionados en el mundo y nuestro análisis está situado en el mismo nivel que lo analizado. Nuestro análisis es también un discurso y no puede ser únicamente científico, sino que es también ideológico y político.

Nuestro análisis es un discurso analizante que puede lidiar con el discurso analizado, luchar contra él o aliarse a él, profundizarlo o completarlo, cuestionarlo o radicalizarlo, pero no distanciarse de él para observarlo, escudriñarlo, retratarlo, describirlo y comprenderlo. No podemos aspirar a ninguna clase de neutralidad, objetividad o verdad entendida como correspondencia con la realidad. Nuestra verdad forma parte de la misma realidad, y como todo lo que hay en esta realidad, sólo puede verificarse por su fuerza o por su poder, por sus efectos reales y no por su adecuada representación o descripción de la realidad. Es por esto, precisamente por esto, que nuestro análisis no puede resignarse a ser descriptivo, sino que debe aspirar a ser transformador. Tan sólo al transformar, al tener ciertos efectos, podrá llegar a demostrar su verdad. En el momento del análisis, esta verdad aún está pendiente. Le falta su verificación futura. De ahí que la verdad, en su concepción lacaniana, solamente pueda llegar a decirse a medias. La mitad faltante estriba en lo que no es ni ha sido, pero habrá sido retroactivamente gracias al análisis acertado.

El análisis tan sólo acierta cuando sabe cómo adecuarse a la realidad, operar en el único lenguaje sin metalenguaje y acoplarse a su estructura para conseguir la transformación en la que estriba su efectividad y su veracidad. Esto le exige al discurso analizante retomar escrupulosamente el discurso analizado para intervenir de la mejor manera en el campo de batalla del lenguaje, de la política y la ideología. Hemos conocido intervenciones magistrales de esta clase en la historia reciente de México. Permítanme referirme a una de ellas.

Fox y Peña Nieto 

En diciembre 2014, durante su visita oficial a Guerrero, Enrique Peña Nieto exhorta literalmente a los familiares de los 43 normalistas desaparecidos a que ya “superen el momento de dolor”. Estas palabras desencadenan una avalancha de reacciones en las redes sociales. En una suerte de análisis de contenido psicológico, se denuncian masivamente los sentimientos y rasgos de personalidad que se atribuyen a nuestro presidente: su hastío, su estúpida insensibilidad, su petulante desprecio hacia los de abajo, su crueldad sádica y su autoritarismo psicopático, perverso, que le hace querer decidir hasta en los sentimientos de sus propias víctimas.

En el centro de tanta buena psicología popular, aparece también el hashtag #YaSuperenlo, el cual, en sí mismo, constituye un valioso análisis de discurso que se atiene a las palabras literales para poner en evidencia todo lo que implican. Ya no intentamos entender el significado, sino que nos damos una ocasión para explicar el significante: superen el momento de dolor, supérenlo, ya supérenlo. Quizá esto no fuera lo que Peña Nieto quiso decir, pero sí fue lo que dijo y lo que escuchamos, lo que resonó y lo que se criticó en las redes sociales.

Me atrevo a decir que el #YaSuperenlo es un caso paradigmático de análisis lacaniano de discurso, no sólo por la manera en que procede al posicionarse y enfrentar sin mediaciones la palabra textual, sino también por lo que busca provocar, el desenmascaramiento del amo, la división del gran Otro, la emergencia de su deseo, la irrupción de la verdad en el nivel de la enunciación y no del enunciado. Todo esto es lo que se provoca desde tiempos inmemoriales cuando las palabras de los tiranos, de los amos y señores, son escuchadas por los mejores analistas de discurso, por quienes tienen los oídos más agudos, los que no tienen sus canales auditivos obstruidos por su poder, los esclavos y los siervos, las masas oprimidas y marginadas, los niños y los estudiantes, los pueblos colonizados, los locos, las mujeres con el sexto sentido que les permite conocer tan bien todo lo que deben obedecer.

Los dominados no dejan de hacer lo que nosotros pretendemos formalizar en el análisis lacaniano de discurso. Nosotros, académicos, tan sólo podemos tomar la estafeta y continuar lo que han venido haciendo nuestros compañeros y compañeras de lucha con el único recurso del que ellas y ellos y nosotros disponemos: un único lenguaje ideológico-político sin metalenguaje científico-académico. El método será el mismo, pero justificado teóricamente y afinado conceptualmente, aunque también quizás, en algunos casos, reconducido a las batallas particulares a las que nos enfrentamos en el campo académico.

Psicologías 

Por ejemplo, cuando llevamos las palabras de Peña Nieto a nuestra batalla en la trinchera de la psicología crítica, podremos emplear nuestro análisis lacaniano de discurso para mostrar cómo la exhortación textual a “superar el momento de dolor” es un buen ejemplo de psicologización de la realidad. En el discurso de Peña Nieto, el crimen de Estado, los asesinatos y desapariciones, se ve simpáticamente psicologizado, reducido a un estado mental, a un sentimiento momentáneo, a un “momento de dolor”. Es como si todo hubiera ocurrido en la cabeza, lo cual, por cierto, fue confirmado por otro aprendiz de psicólogo, Vicente Fox, quien recientemente le explicó a los familiares de los normalistas, con el mismo tono autoritario, que “no podían vivir eternamente con ese problema en su cabeza”.

Puesto que todo ocurrió aparentemente en la cabeza de los familiares de los normalistas, ahora entendemos quizá mejor por qué han desaparecido los 43. Han de estar bien escondidos en las circunvoluciones cerebrales o en los laberintos mentales de sus familiares. Es un “problema en la cabeza”, como dice Fox, y por lo tanto deberíamos dejar que fuera solucionado por los especialistas de la cabeza, por las psicólogas y los psicólogos, y no por los policías honestos, que de cualquier modo no los hay en México, ni por los luchadores sociales, que andan buscando afuera lo que sólo está dentro de ciertas cabezas.

Según la psicología de Fox y de Peña Nieto, el Estado mexicano sólo es culpable de hacer pasar un “momento de dolor” y de causar un “problema en la cabeza”. No hubo nada más. No hubo ni seis asesinatos ni un desollamiento ni 43 desapariciones forzadas. No hubo este crimen sistemáticamente realizado por nuestro narcogobierno, con monitoreo constante de la Procuraduría General de la República y con la confirmada complicidad de los militares y participación activa de policías federales y no sólo municipales. Todo esto no ocurrió. Fue sólo una pesadilla o un delirio en las cabezas de los familiares. Fue únicamente un problema psicológico, un problema en la cabeza, un momento de dolor.

Conclusión: aficionados y profesionales de la psicología

Espero que mi esbozo de análisis, además de ilustrar un aspecto puntual de nuestro método, haya mostrado el riesgo de complicidad entre la psicología y los poderes que nos gobiernan. Me permitiré subrayar, para concluir, que la psicologización de los problemas económicos y sociales, convertidos en momentos de dolor u otros problemas en la cabeza, no sólo sucede en el Cártel de Los Pinos, sino que es una constante en las facultades de psicología de todo el mundo. Los psicólogos profesionales, con su autoridad científica y académica, legitiman así las justificaciones psicológicas de gente de la calaña de Fox y Peña Nieto. Ésta es tan sólo una de las razones por las cuales Ian Parker y yo, junto con los demás colaboradores y colaboradoras de nuestro libro, hemos querido hacer un regalo maldito a la disciplina psicológica.

La psicología se ha caracterizado tradicionalmente por tener una muy buena relación con las clases dominantes. Estas clases, como ya lo notaba Plejánov hace más de un siglo y como sigue notándolo Ian Parker hoy en día, siempre han sido aficionadas a la psicología. Siempre han mostrado una suerte de aptitud psicológica seguramente favorecida por su dedicación casi exclusiva al trabajo intelectual, su falta de experiencia en el trabajo manual, su desconocimiento de las necesidades corporales primarias y su distancia con respecto a todo lo que ocurre fuera de sus cabezas. Las clases dominantes siempre han tenido tiempo de repasar cada una de sus acciones y reacciones, preocuparse por sus interacciones y comunicaciones, y escudriñar su alma, sus ideas, sus pensamientos y sentimientos, sus deseos y aspiraciones, sus emociones y sus demás estados de ánimo. Quienes dominan siempre han hecho así aquello mismo en lo que se especializan los psicólogos. Así como este lujo de amos es la actividad principal de la psicología dominante, así nuestro análisis lacaniano de discurso, como lo hemos visto, pretende ofrecer algunas estrategias de esclavo a la psicología crítica. Se trata, en definitiva, de llevar un poco de lucha de clases al interior del ámbito de la psicología.

Psicología y responsabilidad social: de la publicidad empresarial a la reflexión universitaria

Intervención en la segunda sesión de la Cátedra de Psicología “Dra Julieta Heres Pulido”, sobre Psicología y Responsabilidad Social Universitaria, del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), el lunes 3 de noviembre 2014, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Se me ha pedido que hable sobre la responsabilidad social de los psicólogos y de las facultades o escuelas de psicología. Me permitiré puntualizar y problematizar el asunto. Me preguntaré qué hacer con aquello que ahora se llama “responsabilidad social” cuando uno es, como yo, docente de una facultad de psicología en una universidad pública latinoamericana y específicamente mexicana.

En mi opinión, como universitario que soy, pienso que debo evitar utilizar irreflexivamente cualquier concepto, incluido el de “responsabilidad social”. Esta utilización irreflexiva se le puede perdonar a un psicólogo profesional o técnico, pero no a un académico, por más que la profesionalización y tecnificación de la disciplina tiendan a inhibir la reflexión en el ámbito universitario. Si creo en el valor de la reflexividad académica, entonces no podré servirme del concepto de “responsabilidad social” sin reflexionar sobre él y plantear una serie de cuestiones relativas a su origen, su empleo y sus posibles implicaciones.

En lo que se refiere al origen de la “responsabilidad social”, debe considerarse que se trata de un concepto presumiblemente forjado en el ámbito privado empresarial. Desde luego que esta circunstancia no es razón suficiente para descartar el concepto, pero sí debe hacer que seamos cautos al emplearlo y que nos interesemos en las funciones que ha desempeñado ahí en donde se inventó. No debemos olvidar que los conceptos responden a las necesidades internas de la esfera en la que se crean.

Al surgir en empresas privadas, el concepto de “responsabilidad social” ha obedecido a lógicas diferentes de las que deberían imperar en la universidad pública. Y esas lógicas podrían ser vehiculadas por el concepto. La “responsabilidad social”, como cualquier otro concepto importado, puede ser un Caballo de Troya que termine contribuyendo a la ya de por sí preocupante invasión de la ideología neoliberal en las universidades públicas.

El peligro concreto es que nuestro ámbito público universitario se vea contaminado y degradado por lógicas privadas empresariales en las cuales, por ejemplo, la responsabilidad social puede no ser más que una estrategia publicitaria para adquirir una imagen más atractiva en el mercado. Sabemos, en efecto, que la empresa privada puede presentarse como socialmente responsable para vender mejor sus productos al competir contra otras empresas. Es exactamente así como la etiqueta de “responsabilidad social” está funcionando en ciertas universidades públicas para conseguir más recursos y posicionarse mejor en la mezquina competencia por el reparto del presupuesto. El ámbito educativo termina convertido en mercado.

Si piensan que estoy exagerando, les contaré que hace unos meses, en una reunión universitaria de mi comisión académica, se nos dijo que ahora debíamos hablar de “responsabilidad social” para poder bajar recursos. El concepto está funcionando aquí exactamente como lo hacía en el ámbito empresarial del que proviene. Se trata de una simple estrategia publicitaria para persuadir al comprador, a quien habrá de comprar el producto o el proyecto que le vendemos, es decir, en este caso, los funcionarios que toman decisiones respecto a las aportaciones de recursos. Es por eso que digo que la universidad termina convertida en mercado, lo cual, desde luego, no debe achacarse a la “responsabilidad social” como tal, sino a la manipulación viciosa del concepto. El problema es que esta manipulación viciosa corresponde precisamente al funcionamiento de la esfera de procedencia del concepto. La “responsabilidad social” proviene del mercado y quizá no debiera sorprendernos que acabe desembocando en el mercado.

Lo extraño es que vayamos a buscar al mercado conceptos que nosotros mismos, como universitarios, deberíamos generar. Me preocupa que la universidad, que debería ser productora de ideas, acabe siendo consumidora de nociones producidas en una esfera tan profundamente ideologizada como es la del mundo empresarial. Además de exhibirse la alarmante influencia que este mundo empresarial puede llegar a ejercer en el ámbito académico, me temo que se está revelando aquí la falta de productividad conceptual de la universidad.

Ahora bien, además de mostrar nuestra esterilidad como productores de ideas, pienso que estamos delatando nuestra inconciencia como consumidores de ideas. Quiero decir que nos tragamos el concepto de “responsabilidad social” sin detenernos en sus ingredientes, igual que los mexicanos que usan la Salsa Tabasco sin saber que sus chiles vienen de México. Así como los chiles de la salsa estadounidense fueron cultivados por los mexicanos que luego consumen la salsa, así también los elementos constitutivos de la “responsabilidad social” han sido siempre cultivados por quienes luego se convierten en consumidores inconscientes del producto.

No es preciso recordar que los académicos e intelectuales hablamos de responsabilidad y de sociedad desde hace ya varios siglos. Hay una larga acumulación de especulaciones, discusiones e investigaciones filosóficas, politológicas, antropológicas, sociológicas y jurídicas que ahora olvidamos al emplear el concepto. Es como si no hubieran existido. Esta amnesia es también alarmante. ¿Cómo los universitarios podemos aceptar con entusiasmo una consigna o un eslogan aparentemente nuevo sin antes discutir y examinar detenidamente sus partes constitutivas?

¿De qué responsabilidad estamos hablando? ¿Y a qué sociedad nos referimos? Nada menos claro cuando reivindicamos la “responsabilidad social”. Nuestro empleo del concepto resulta muy ingenuo para quien esté mínimamente curtido en los debates que han rodeado a nociones centrales como las de “sociedad” y “responsabilidad”. Estas nociones deberían ser manejadas con mayor circunspección y deliberación. De lo contrario, nos exponemos a una serie de peligros sobre los que deseo atraer su atención. Me referiré aquí a doce peligros que alcanzo a vislumbrar.

Cuando hablamos de responsabilidad social, ¿qué sentido estamos dando a lo social? Para empezar, ¿pensamos acaso en la sociedad global o en una sociedad nacional o quizás en una local o regional? Esto debe aclararse, porque si yo soy responsable con respecto a la sociedad global puede ser que sea irresponsable con la sociedad mexicana o latinoamericana, y viceversa. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, un soldado nazi podría criticarles irresponsabilidad social a los comunistas desertores, y tendría la razón desde su punto de vista, que es el de cierta sociedad alemana.  Pero los desertores, en la perspectiva internacionalista, le criticarían falta de responsabilidad al soldado movilizado, y también tendrían la razón.

Una vez que hayamos identificado la sociedad con respecto a la cual habremos de responsabilizarnos, habrá que enfrentarse a quienes, como yo, consideran que lo social no existe como tal, que la sociedad está siempre disociada, que sólo consiste en una apariencia ideológica de unidad con la que se oculta la disociación de clases en su interior. Desde este punto de vista, que es el mío, responsabilizarnos con una sociedad es responsabilizarnos con la clase dominante que nos hace imaginar que existe dicha sociedad. Esta “responsabilidad social” puede posibilitar que se perpetúe cierta forma de opresión y explotación que tal vez desaparecería si nos permitiéramos ser un poco más irresponsables. Hay que alegrarnos, por ejemplo, de que la aristocracia francesa terminara siendo tan socialmente irresponsable como lo fue en la segunda mitad del siglo XVIII, pues esa irresponsabilidad social permitió agravar las contradicciones que estallaron en la Revolución Francesa.

El ejemplo de la Revolución Francesa me permite pasar a un tercer peligro que encuentro en el empleo ciego del concepto de responsabilidad social. Cuando no contextualizamos históricamente su empleo, existe el riesgo de que seamos irresponsables con el futuro por obstinarnos en asumir cierta responsabilidad con el presente. Si nos hubiéramos acercado a María Antonieta y le hubiéramos pedido que se mostrara socialmente responsable y que dejara de ser tan despilfarradora y de hacer tales fiestones memorables, y si la reina se hubiera dejado convencer, entonces habríamos evitado la revolución francesa y quizá ahora viviríamos en un mundo aún menos habitable que el que nos rodea. Seríamos irresponsables con el futuro por haber insistido en la responsabilidad con respecto a cierta sociedad y por haber permitido así que se perpetuara.

Cuando nos mostramos socialmente responsables en cierto contexto histórico, existe el riesgo de que lo perpetuemos, reduzcamos sus conflictos internos y le impidamos transformarse. Es algo, por cierto, que no dejamos de hacer los psicólogos. Esto me conduce al cuarto peligro de la responsabilidad social, y es el sentido conservador y reproductivo que suele tener, ya que se es responsable con respecto a lo que existe, es decir, con respecto a ciertas formas de existencia que tal vez deberían ser aniquiladas y superadas en lugar de ser responsablemente preservadas. La responsabilidad social tiende a ir a contracorriente del cambio, la transformación, la subversión y la revolución, por la simple razón de que no hay nada más irresponsable que una subversión o una revolución. Es claro que la responsabilidad social inhibirá esos gestos socialmente destructores a los que debemos, por cierto, mucho de lo mejor que hay en nuestro mundo.

Me parece que necesitamos de cierta irresponsabilidad y que no conviene convertir a la responsabilidad social en un valor absoluto, como lo hacen con frecuencia los promotores del concepto. He intentado mostrar que somos relativamente responsables, responsables en relación con alguien y con algo, pero esta responsabilidad siempre implica cierta irresponsabilidad. Vivimos en un mundo conflictivo, desgarrado, que nos hace pensar en un campo de batalla. En este campo, a veces debo mostrarme irresponsable con unos, en la trinchera enemiga, para ser responsable con otros en mi trinchera. Esto es así porque sólo puedo ser responsable con unos al serlo contra otros.

El aspecto esencialmente beligerante y conflictivo de nuestra vida y de nuestro mundo tiende a ser soslayado por la idea misma de “responsabilidad social”. Se es responsable hacia toda la sociedad. El concepto no toma partido por una clase contra otra, sino que es deliberadamente general y englobante. Me atrevo a decir que es un concepto pretendidamente imparcial, neutro y vacío, desprovisto de un proyecto político progresista o conservador, popular o elitista, revolucionario o reformista. Esto es inaceptable para quienes pensamos, como yo, que no hay manera de ser neutros e imparciales. Cuando pretendemos serlo, cuando no tomamos partido por algo, es porque estamos tomando partido por todo, por toda la sociedad con la que somos responsables, es decir, estamos optando por el orden establecido. Ser neutro y apartidista, para mí, es adoptar un proyecto conservador y reaccionario. He aquí un sexto peligro que nos amenaza en el concepto de responsabilidad social.

En el mejor de los casos, la responsabilidad social aparece como un sustituto edulcorado, light, artificial, de un proyecto político preciso. Este sustituto artificial es peligrosísimo para universidades, como es el caso de la Universidad Michoacana, que tienen una larga historia de compromiso militante con las clases desfavorecidas, las más oprimidas y explotadas. Al resumir nuestro compromiso político en el concepto apolítico de responsabilidad social, corremos el riesgo de perder lo más importante de lo que estamos resumiendo. Seremos amablemente responsables con esta sociedad en lugar de seguir apostando a su destrucción al mantenernos comprometidos con las clases que más sufren el peso de la sociedad.

El peligro es que el concepto de responsabilidad social puede servir como cuartada para eludir la cuestión política de nuestro posicionamiento y toma de partido. Este octavo peligro, el del apolitismo, se relaciona estrechamente con el noveno, el de caer en una concepción moralista y subjetivista, psicológica y psicologizadora, en la que se enfatizan la conciencia y la voluntad de individuos y grupos socialmente responsables, olvidándose las determinaciones objetivas estructurales, el sistema económico, la intrincada trama de las orientaciones históricas y las movilizaciones colectivas, las inevitables complicidades clasistas y los necesarios compromisos políticos. Todo esto desaparece cuando nos dejamos entusiasmar por la noción de “responsabilidad social” hasta el punto de imaginar que la solución de los grandes problemas estructurales puede llegar a depender únicamente de las buenas intenciones de individuos y de grupos, de su preocupación por el otro, de su disposición a ser socialmente responsables.

¡Como si nuestra propia responsabilidad social no pudiera ser manipulada y explotada por cierto sistema y por ciertos grupos! Éste es el décimo peligro que veo en la responsabilidad social. Cuando somos socialmente responsables, puede ser que lo seamos en perjuicio de las mayorías o de quienes más necesitan nuestra solidaridad. He conocido a bomberos españoles que perdieron su empleo remunerado gracias a las buenas intenciones de grupos de voluntarios que participaban gratuitamente en la extinción de incendios forestales. También conocí a basureros caídos en el desempleo y la miseria porque la buena gente disciplinada empezó a tirar la basura en los botes y no en las aceras.

No hay que olvidar que la responsabilidad social, como fue reconocido por el mismo Claus Offe, constituye un mecanismo disciplinario de autocontrol. Pero hablar de disciplina es hablar de poder. Hay que preguntarnos siempre, como psicólogos que somos, qué poder está ejerciéndose a través de nuestra supuesta responsabilidad social. Me atrevo a decir que siempre habrá ese poder, y al asumirlo y ocultarlo detrás de nuestra propia responsabilidad social, eximiremos y descargaremos de responsabilidad a los auténticos responsables en las altas esferas del poder político y económico. Aquí hay otro peligro, el onceavo, el de responsabilizarnos por los estragos causados por el sistema.

En lugar de luchar contra el capitalismo, nos sentimos responsables por sus víctimas e intentamos ayudarlas a través de nuestra caridad, la cual, de paso, puede servir para que las empresas socialmente responsables evadan algunos impuestos. Se nos hace también asumir la responsabilidad social de las crisis económicas y salvar a banqueros y especuladores con nuestros impuestos. Las compañías petroleras pueden ahorrarse costos de limpieza del mar cuando se cuenta con grupos de ciudadanos socialmente responsables que hacen gratuitamente una buena limpieza. Y nos encontramos finalmente con la inversión perversa, típicamente neoliberal, por la que respondemos de todos los vicios y errores de nuestros gobernantes.

Hemos llegado al extremo de imaginar que un gobierno como el de Peña Nieto es corrupto y criminal sencillamente porque refleja una sociedad mexicana corrupta y criminal. Seríamos entonces nosotros mismos, como sociedad, los responsables de que nuestros jóvenes hubieran sido asesinados a través del crimen organizado transformado en gobierno. Tendríamos el gobierno que nos merecemos. Esto es verdad en parte, pero no del todo, y si lo aceptáramos en sentido absoluto, disiparíamos la responsabilidad y olvidaríamos que no todos los sectores sociales tienen el gobierno que se merecen, que hay clases más inocentes que otras, que hay también individuos más responsables que otros, que nadie es tan responsable como un gobernante y que tenemos derecho a exigir que rinda cuentas por un crimen como el de Ayotzinapa.

Llego al último peligro de la responsabilidad social al que deseaba referirme. El concepto puede hacer que no reconozcamos la concentración de la responsabilidad en ciertos núcleos de poder económico y político. En lugar de hacer que los gobernantes asuman su responsabilidad, quizá la descarguemos estoicamente sobre nosotros los gobernados. Seremos entonces nosotros, cada uno de nosotros, los responsables de todo y de todos, como diría Dostoievski. Por lo tanto, seremos nosotros mismos los que tendremos que esforzarnos en cambiar. Lucharemos por cambiarnos en lugar de luchar para cambiar el sistema.

En lugar de una revolución a gran escala, haremos una de aquellas pequeñas revoluciones personales y domésticas en las que somos especialistas los psicólogos. Se tratará de cambiarlo todo en el sujeto para que todo siga igual en el mundo. El problema es que si todo sigue igual en el mundo, es muy poco lo que podremos cambiar el sujeto. Las transformaciones del individuo y de su entorno son interdependientes entre sí e indisociables una de otra.

Ya he mencionado los doce peligros que ahora percibo en el empleo imprudente del concepto de “responsabilidad social”. Estoy seguro de que hay más aspectos riesgosos que no consigo ver ahora. También confío en que muchos de los que logré detectar, quizás incluso todos ellos, puedan ser conjurados si el concepto se emplea con suficiente precaución. Esto exige reflexionar más en él y usarlo menos como consigna, eslogan, ideal o prescripción. Por mi parte, prefiero no emplearlo, pues no deja de parecerme demasiado peligroso y además resulta incompatible con mi posicionamiento político y con mi perspectiva teórico-epistemológica.