Nuestra Universidad Michoacana

Charla organizada por los colectivos Nosotros y Grupo Violeta en el Museo de la Ciudad de Zamora, en la Antigua Estación de Ferrocarril, el viernes 9 de febrero de 2018. La charla fue publicada como artículo en Michoacán 3.0, el 10 de febrero de 2018.

David Pavón-Cuéllar

La universidad como lugar de trabajo y de trámites burocráticos

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo no es la misma para todos los que forman parte de ella. Para muchos estudiantes, la universidad no es más que la enorme dependencia gubernamental en la que se tramitan y se expiden calificaciones y títulos universitarios. El trámite para obtener una licenciatura es tan engorroso como cualquier trámite burocrático. Y además es demasiado largo. Se prolonga inútilmente durante varios años. Dura tanto como unos estudios que no son más que el eufemismo con el que nos referimos a los trámites.

Para tramitar el título, hay que pasar cuatro y hasta cinco años en esas extrañas salas de espera a las que denominamos “aulas” o “salones de clase”. Y mientras dura la espera, se debe pasar el tiempo escuchando a esos docentes que no son más que una especie de burócratas, recepcionistas o secretarias, que sólo sirven para proporcionar las informaciones y revisar los documentos que se requieren para obtener unas calificaciones que son a su vez el requisito para expedir los títulos.

Conozco a muchos docentes que se perciben a sí mismos como son percibidos por los estudiantes a los que acabo de referirme. Unos y otros se confirman recíprocamente su visión de los estudios como trámites burocráticos. Unos y otros proceden como si la evaluación fuera la verdad secreta de todo lo que se aprende y se enseña. Los conocimientos no son aquí más que un trámite y carecen de verdad intrínseca. Su verdad está en la evaluación. De lo que se trata es de evaluar y ser evaluado. Mientras que los estudiantes son evaluados para llegar a su titulación, los docentes evalúan para ganar su remuneración. Es todo lo que se espera de la universidad: que evalúe, que titule y remunere.

A mediano y a largo plazo, los estudiantes esperan tan sólo una calificación y finalmente una titulación que les asegure una profesión que les dé para vivir en el futuro. Por su parte, los docentes, que ya tienen su profesión, únicamente esperan su quincena para vivir y finalmente su jubilación que les permita seguir viviendo en la vejez. Para estos docentes, la universidad es como cualquier otro lugar de trabajo. Es un lugar en el que uno hace lo que debe hacer para ganar su salario. Es en este salario en el que radica el sentido esencial de todo lo que se hace.

La universidad como empresa y mercado

Lo que estoy diciendo, en realidad, se ha complicado en los últimos años. Desde hace algún tiempo, con la irrupción del neoliberalismo en la universidad, los salarios han ido perdiendo su valor proporcional y todo ha empezado a girar en torno a los suplementos que se agregan al salario, como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el Estímulo al Desempeño (ESDEPED). Estos estímulos han adquirido tanta importancia porque permiten duplicar y a veces hasta triplicar el salario. Los docentes ganan cada vez menos por su salario y cada vez más por el SNI o el ESDEPED.

¿Y cómo se obtienen los estímulos? A cambio de puntos que se consiguen con productos como tesis dirigidas, tutorías suministradas, artículos publicados o ponencias presentadas en congresos. Todo lo que el profesor-investigador hacía gratuitamente en el pasado, todo lo que hacía por obligación o por gusto, de manera forzada o sincera y auténtica, ahora lo hace de manera tramposa, por afán de lucro, a cambio de una ganancia en puntos que se canjean por pesos. Lo mismo observamos en los estudiantes que andan a la caza de apoyos como los de ayudantes de investigadores o becarios del Programa Nacional de Posgrados de Calidad. Todo esto hace que la nueva universidad, la universidad neoliberal, sea un mercado para hacer negocios, un enorme recinto para vender y comprar y entrampar y regatear, un lugar sucio y corrupto en el que los docentes y los estudiantes intercambian calificaciones y puntos que valen pesos. Al final, como era previsible, todo termina operando cuantitativamente para poder convertirse al final en el dinero que imprime su funcionamiento cuantitativo a todo lo demás.

Una vez que el dinero y el provecho monetario dominan la universidad pública, podemos decir que esta universidad está ya privatizada en cierto modo. Esto hace que se nos aparezca de pronto, no sólo como un mercado, sino como una empresa, como una empresa privada, que debe ser autosuficiente o que puede llegar a declararse en quiebra o insolvencia. Es la misma lógica empresarial y mercantil por la que una universidad pública se pone a competir, no sólo por lugares en los rankings de las universidades, sino por más recursos, por acreditaciones que aseguran más recursos y por números de integrantes del SNI o de programas PNPC que aseguran acreditaciones. La universidad neoliberal es vista como una empresa que debe ser competitiva en el mercado nacional e internacional de la educación superior. Ella misma es también percibida internamente como un mercado en el que los docentes deben competir unos con otros como empresarios.

Los docentes-empresarios van ganando terreno sobre los docentes-burócratas. Los trabajadores del sector público van perdiendo posiciones que ceden a los profesores-investigadores que ya no se perciben como trabajadores, sino como comerciantes independientes que adquieren sus ingresos en forma de ganancias a cambio de productos académicos. Estos nuevos universitarios alcanzan a tener muy altos ingresos que se reflejan en su forma de vida, en las escuelas y universidades privadas tan onerosas en las que estudian sus hijos, en su abandono del transporte público, en sus coches caros y en los barrios burgueses en los que habitan, en sus viajes y en los restaurantes y hoteles elegantes que escogen al viajar, así como también en su concepción de los sindicatos como grupos de interés y gremios de comerciantes, en su insistencia en distinguirse de los intendentes y los demás trabajadores universitarios, en su desprecio por los profesores que aún se perciben como simples burócratas y que no han sabido, como ellos, lucrar exitosamente con la educación y la investigación.

Para los nuevos docentes-empresarios del neoliberalismo, la Universidad Michoacana es una empresa y un mercado, un emocionante lugar para hacer negocios, mientras que para los docentes burócratas, como vimos, era y sigue siendo un aburrido lugar de trabajo, un sitio para ganar el pan diario con un salario bastante modesto que no se compara con las altas remuneraciones de los docentes-empresarios. Actualmente vemos coexistir estas dos universidades michoacanas, la de abajo y la de arriba, la de siempre y la nueva, la que se empobrece y la que se enriquece, la que retrocede y la que avanza, la burocrática y la empresarial, la de la educación como trámite y la de la educación como negocio, la del Estado benefactor y la del Estado neoliberal.

La universidad como trampolín y botín político

Ahora bien, además de una destartalada maquinaria burocrática-gubernamental y de un flamante artilugio mercantil-empresarial, ¿acaso nuestra universidad no es nada más? Desde luego que lo es. Para los gobiernos estatales y para los partidos políticos, por ejemplo, es una plaza estratégica y un valioso botín. Es también un trampolín hacia el poder para ciertos rectores, como Salvador Jara, quien evidentemente instrumentalizó la institución y la sacrificó a sus ambiciones.

Cuando la Universidad Michoacana es vista como un trampolín o como un botín político, se hace uso de ella para un provecho personal, tal como se le utiliza también para el mismo provecho personal cuando se le concibe como un mercado, como una empresa o como una dependencia gubernamental. Unos reciben salarios, calificaciones y títulos de la universidad mientras otros consiguen jugosas ganancias y ocasiones de negocios académicos, y otros más obtienen poder, influencias y diversas canonjías. Cada uno saca su tajada.

La Universidad Michoacana tiene algo para cada uno: para quien sigue sus ambiciones políticas, para quien desea enriquecerse y para quien sólo quiere una quincena o un salario para sobrevivir. Para cada uno de ellos, la universidad cumple funciones diferentes. El problema es que estas funciones adquieren tanta importancia que al final terminamos creyendo que la universidad sólo existe para cumplirlas. Es entonces cuando se nos olvidan otras funciones de la universidad, incluso aquellas funciones básicas y generales por la que existe cualquier universidad.

La universidad como universidad

¿Para qué existe una universidad? No para expedir títulos ni para pagar salarios ni para obtener becas ni para enriquecer y aburguesar a los investigadores nacionales ni mucho menos para que los rectores lleguen a puestos de subsecretarios en el gobierno federal. No es para todo esto para lo que sirve una universidad, sino para cumplir funciones tan fundamentales como las que no dejan de proclamarse a los cuatro vientos en el mismo ámbito universitario: la enseñanza y el aprendizaje, la formación de los futuros profesionistas, la docencia y la verdadera investigación, la generación y la difusión de conocimiento, la acumulación y la transmisión del saber, la discusión y la reflexión crítica sobre lo que ocurre en el mundo, etc.

Las funciones recién mencionadas son las funciones mínimas que debe cumplir una universidad para seguir siendo la universidad que es. Cuando no se cumplen estas funciones y se prefiere cumplir aquellas otras a las que ya nos referimos antes, la universidad deja de ser una universidad para convertirse en otras cosas: oficina, sala de espera, mercado, empresa, botín o trampolín. Todo esto puede ser útil, pero no es la universidad porque no cumple con las funciones de la universidad.

Las funciones de la universidad son conocidas por todos los universitarios. El problema es que poco a poco se han ido convirtiendo en pretextos o justificaciones que sólo sirven para encubrir las verdaderas funciones que se han asignado a la institución. Es así como la universidad se vacía de contenido, se ahueca de sí misma, y se va convirtiendo en la fachada superficial que disimula todo aquello que la posee por dentro y que no tiene absolutamente nada que ver con la universidad: las influencias, los poderes, los trámites, las acreditaciones, las calificaciones, los puntos, los pesos, los niveles en el ESDEPED y en el SNI, los otros estímulos y todo lo demás. Todo esto es como un amasijo de larvas, de parásitos que están corrompiéndolo todo, que están devorando la médula misma de la universidad tras la fachada universitaria.

¿Pero acaso la Universidad Michoacana se ha convertido ya en una cáscara vacía? No, todavía no, aún hay una universidad en la universidad. Hay todavía enseñanza y aprendizaje, investigación y reflexión, formación de excelentes profesionistas y muchas cosas más. A pesar de tanta simulación, la universidad sigue existiendo auténticamente como universidad. La universidad como universidad no sólo ha sobrevivido a los últimos recortes presupuestales, sino también a todo lo que la carcome por dentro, a todo lo que la va destruyendo, a la eterna politiquería estatal, al viejo burocratismo y ahora también a la nueva tecnocracia. Todo esto, por más que afecte y amenace la actividad universitaria, no ha impedido que la universidad siga cumpliendo sus funciones y siga siendo así una universidad.

Nuestra universidad en su historia

Nuestra universidad no deja de ser una universidad en la que se cumplen cotidianamente las funciones propias de cualquier universidad. Y además de continuar cumpliendo estas funciones y seguir siendo lo que es, la Universidad Michoacana es todavía nuestra universidad, la Universidad Michoacana, diferente de cualquier otra y aún capaz de cumplir aquellas funciones por las que se ha distinguido en la historia. No me refiero, desde luego, a las mezquinas funciones burocráticas, políticas y mercantiles-empresariales que ya mencioné y que resultan profundamente incompatibles con una universidad. No, no estoy pensando en estas funciones que devoran por dentro el ámbito universitario, sino en otras con las que se profundizan y radicalizan las funciones propias de la universidad como universidad.

En la Universidad Michoacana, por ejemplo, ha sido muy común que enseñemos, no sólo a ejercer una especialidad profesional, sino a ejercerla en un sentido subversivo y transformador. Nuestros estudiantes han aprendido frecuentemente a cuestionar, denunciar y revindicar, y no sólo a curar, calcular, convencer o razonar. Además de formar a buenos profesionistas, los nicolaitas hemos formado a luchadores consecuentes, líderes populares, defensores de sus comunidades y hasta héroes de la historia de México. Hemos transmitido gérmenes de rebeldía, ideales y no sólo conocimientos, aspiraciones y no sólo saberes. Muchos de nuestros docentes y rectores no han sido sólo científicos e intelectuales respetables, sino también modelos de lucha, pensadores críticos, revolucionarios y reformadores sociales, combatientes por la justicia y por la igualdad.

Lo que estoy diciendo no basta para describir aquello en lo que estoy pensando, aquello por lo que se distingue nuestra Universidad Michoacana, pues no se trata de algo abstracto y general, sino de algo tan concreto y tan singular que tan sólo puede llegar a vislumbrarse al recordar sus expresiones históricas. Es en su larga historia en la que nuestra institución ha desplegado todo aquello por lo que se distingue. Lo distintivamente nicolaita es lo que se ha manifestado, por ejemplo, en las ideas y en los actos de las grandes figuras cuyos nombres pautan la historia de la Universidad Michoacana.

El nicolaicismo y su lucha por la igualdad y por el respeto a los indígenas

Lo nicolaita empezó a esbozarse cuando nuestro fundador Vasco de Quiroga, quien estableció el Colegio de San Nicolás Obispo en 1540, defendió a los indígenas purépechas contra el desprecio y contra los abusos de los que eran víctimas, y terminó legándoles el Colegio de San Nicolás para que en él se educaran “gratuitamente, sin pagar y sin que se les pidiera ni llevase cosa alguna”. Esta gratuidad sigue siendo una bandera de lucha para los estudiantes de la Universidad Michoacana. Lo nicolaita se mantiene vivo a través de la educación gratuita de los miles de indígenas que pasan diariamente por las aulas de nuestra universidad.

No son ya sólo purépechas, sino nahuas, otomíes, mixtecos, tzotziles y muchos otros que sólo pueden hacer estudios universitarios porque existe la Universidad Michoacana con su gratuidad y sus casas de estudiantes. Nuestra universidad se distingue así por el vínculo profundo que la une a los pueblos originarios y que le hace pagarles al menos una ínfima parte de la enorme deuda que se ha contraído con ellos. Esta deuda fue ya reconocida por Vasco de Quiroga. Reconocerla es una manera de ser nicolaita.

El mismo elemento nicolaita volvió a manifestarse cuando Miguel Hidalgo, estudiante, maestro y rector de nuestra universidad, se lanzó también a la defensa de los indígenas mediante su famoso bando para que “cesara la contribución de tributos” y “toda exacción” contra los indios. Esta misma defensa de los indígenas, indisociable de lo nicolaita, fue retomada por otro estudiante del Colegio de San Nicolás, José María Morelos, quien decretó que los indios no pagaran “diezmos ni primicias de los frutos propios de este reino” y abolió cualquier “distinción de castas”, ordenando que “todos quedáramos iguales” y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”.

El nicolaicismo y su lucha por nuestra libertad y nuestra independencia

Como bien sabemos, además de haber defendido la igualdad y el respeto a los indígenas, los nicolaitas Hidalgo y Morelos combatieron y murieron por nuestra libertad y así abrieron el camino que llevó a que México se independizara del yugo colonial español. Este camino fue también desbrozado por otros alumnos del Colegio de San Nicolás, entre ellos Ignacio López Rayón, José María Izazaga y José Sixto Verduzco. No es retórica vacía cuando se afirma que nuestra universidad es cuna de la independencia de nuestro país.

Tanto se comprometieron los nicolaitas con los ideales de libertad e independencia que el gobierno colonial decidió clausurar el Colegio de San Nicolás. Esta clausura es muy significativa. Confirma la manera en que lo nicolaita se asocia con unas aspiraciones de libertad e independencia que siguen siendo vigentes ante la situación dependiente neocolonial de México.

En 1845, varios años después del triunfo de la Independencia, el Colegio de San Nicolás fue reabierto bajo el nombre de Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo. Su reapertura fue posible por el empeño de otro ardiente defensor de nuestra libertad, el gobernador y político liberal Melchor Ocampo, quien le heredó a nuestra universidad, no sólo su biblioteca privada, una de las mejores de la época en México, sino su propio corazón conservado en formol.

El nicolaicismo y su lucha por el socialismo

Melchor Ocampo también pasó a la historia por luchar contra los privilegios y por el trato igual de todos los ciudadanos ante la ley. Esta lucha por la igualdad, que había sido ya la de Morelos, es otro aspecto definitorio del nicolaicismo. La vemos reaparecer en los tiempos de la Revolución Mexicana y materializarse en el primero de los albergues estudiantiles, la Casa del Estudiante Normalista, la cual, entre 1915 y 1918, ofreció un techo a estudiantes pobres de la naciente Escuela Normal y del Colegio de San Nicolás.

El primer albergue estudiantil fue cerrado en 1918 por un revolucionario moderado, el gobernador Pascual Ortiz Rubio, el mismo que un año antes, en 1917, fundara la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, la primera universidad autónoma de América Latina. Es preciso entender que esta nueva forma institucional universitaria del Colegio de San Nicolás no fue una simple gestión burocrática del gobernador, sino una consecuencia directa de la gesta revolucionaria. Fue la Revolución Mexicana la que se expresó en la existencia misma de la universidad y especialmente a través del socialismo nicolaita: la expresión más acabada, radical y consecuente del espíritu igualitario del nicolaicismo y de los ideales de la Revolución Mexicana.

El primer gran exponente del socialismo nicolaita, Isaac Arriaga, alumno y maestro del Colegio de San Nicolás, participó en la Revolución Mexicana, hizo reparto de tierras entre los campesinos michoacanos y terminó siendo asesinado en 1921 por una turba de conservadores enfurecidos. En las siguientes décadas, esta misma furia se desató una y otra vez contra la izquierda nicolaita, siempre atacada por el sector empresarial y por el ala derechista del gobierno, lo que no le impidió tener a valiosos exponentes entre los rectores de la universidad, como Natalio Vázquez Pallares entre 1939 y 1940, Porfirio García de León entre 1946 y 1949, y Eli de Gortari entre 1961 y 1963, todos ellos estrechamente vinculados con el cardenismo, con el proyecto nacional de educación socialista y con los propios estudiantes nicolaitas. No hay que olvidar que Vázquez Pallares debió rendir protesta como rector ante los mismos estudiantes, mientras que García de León y Eli de Gortari contaron con el apoyo de movilizaciones estudiantiles que fueron duramente reprimidas. Esta represión llegó hasta el asesinato de cuatro estudiantes: Héctor Tavera Torres y Agustín Abarca Xochíhuatl en 1949, Manuel Oropeza García en 1963 y Everardo Rodríguez Orbe en 1966.

El socialismo nicolaita no sólo provocó la represión gubernamental, sino que ayudó a que resurgieran las casas de estudiantes y que funcionaran y se multiplicaran primero entre 1927 y 1944, luego entre 1947 y 1966, y finalmente a partir de 1968. Fue también gracias al mismo socialismo nicolaita que hubo los dos momentos de mayor esplendor intelectual en la historia de la universidad. En el primero, que se extendió entre los años treinta y cuarenta del siglo XX y que se vio promovido por el rector Vázquez Pallares y favorecido por el exilio de la Guerra Civil Española, nuestra universidad acogió a varios de los más influyentes intelectuales de la época en México y en el mundo hispanohablante, entre ellos tres mexicanos, el pensador Alfonso Reyes, el escritor Xavier Villaurrutia y el filósofo Samuel Ramos, y varios extranjeros: el psicólogo marxista argentino Aníbal Ponce, el intelectual cubano Juan Marinello, el afamado escritor alemán antifascista Ludwig Renn, los filósofos españoles Juan David García Bacca, José Gaos, Ramón Xirau, María Zambrano, Adolfo Sánchez Vázquez y José Manuel Gallegos Rocafull, y los poetas León Felipe y Rafael Alberti de España, Porfirio Barba Jacob de Colombia y Pablo Neruda de Chile. Neruda recibió el doctorado honoris causa de nuestra universidad en 1943. En ese mismo año, la distinción le fue otorgada también al escritor y futuro presidente venezolano Rómulo Gallegos, quien se atrevió a defender la soberanía de su país y elevar los impuestos para las compañías petroleras, lo que le valió en 1948 un golpe de estado que lo hizo regresar a Morelia.

En el segundo momento de efervescencia intelectual de nuestra universidad, auspiciado por los rectores marxistas Elí de Gortari (entre 1961 y 1963) y Alberto Bremauntz (entre 1963 y 1966), contamos entre nuestros docentes a grandes intelectuales de la época, entre ellos el biólogo español Rafael de Buen Lozano, el politólogo Arnaldo Córdova, el historiador marxista alemán Juan Brom y los filósofos guatemaltecos José Luis Balcárcel y Jaime Díaz Rozzotto. Estos distinguidos profesores fueron destituidos por la misma represión del gobernador Agustín Arriaga Rivera que se deshizo del rector Elí de Gortari, que asesinó a Manuel Oropeza en 1963 y a Everardo Rodríguez en 1966, y que en el mismo año de 1966 encarceló a dos futuros grandes exponentes de la izquierda nicolaita: el poeta comunista Ramón Martínez Ocaranza, primero estudiante y luego docente de nuestra universidad, y el incansable luchador Efrén Capiz Villegas, quien estudió también en la Universidad Michoacana y fundó en 1979 la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ), que ha sido una eficaz arma de lucha de las comunidades campesinas e indígenas para defenderse del gobierno y de grandes terratenientes, pero que también ha sufrido una violencia represiva que se ha saldado con el asesinato de más de setenta de sus miembros y con innumerables encarcelamientos, desalojos y torturas.

La Universidad Michoacana como lugar de trabajo, resistencia y lucha

La brutal violencia contra los comuneros de la UCEZ no debe disociarse de la represión contra los docentes y los estudiantes de la izquierda nicolaita. El proyecto de esta izquierda, lo mismo en su aspecto crítico reflexivo que en su orientación práctica socialista e igualitarista, no debe abstraerse tampoco de la historia de luchas populares en Michoacán, México y América Latina. Esta historia, de hecho, se ha visto nutrida una y otra vez por los nicolaitas a través de organizaciones como la UCEZ e incluso a través de una guerrilla como el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR), pero también con movilizaciones como las recientes por Ayotzinapa e iniciativas como la del apoyo jurídico a Cherán y a otras comunidades indígenas que luchan por su autonomía.

En todos los casos, ahora como en tiempos de Miguel Hidalgo y de Isaac Arriaga, vemos coincidir las aspiraciones de los universitarios con las del pueblo que vive y sufre afuera de la universidad. Esto es lógico. Los michoacanos, mexicanos y latinoamericanos han luchado incesantemente por las mismas causas de lucha de los nicolaitas: por el respeto a los pueblos originarios, por nuestra libertad y nuestra independencia, por la igualdad y los demás ideales de la auténtica Revolución Mexicana, la que parece haberse perdido, la interrumpida, la que todavía no se ha ganado.

No es exagerado sostener que nuestra Universidad Michoacana es también un bastión revolucionario e independentista. Mientras que los políticos y gobernantes corruptos y vende-patrias no dejan de hacer todo lo que pueden para destruir el valioso legado histórico de la Independencia y de la Revolución Mexicana, muchos nicolaitas han intentado preservarlo con sus luchas, pero también simplemente a través de la educación gratuita y popular ofrecida en la universidad pública. Esto hace que deban trabajar para preservar la universidad, la universidad como universidad, lo que no se consigue sino al oponerse a todo lo que la está degradando: el burocratismo tedioso y estúpido, la mezquina tecnocracia capitalista neoliberal y la tramposa instrumentalización política de la institución.

Lo que está devorando interiormente a nuestra universidad es lo mismo que está destruyendo a nuestro país y a nuestro continente: el capitalismo, el neoliberalismo, la desigualdad, la corrupción, la politiquería, la simulación. Luchar contra todo esto es lo mismo que trabajar en la universidad como universidad, en ella y por ella, y así resistir contra lo que la carcome por dentro. La resistencia es la única forma honesta en la que puede hacerse hoy en día el trabajo docente universitario, haciéndolo de verdad, sin trampas ni simulaciones. Para un profesor de la universidad, enseñar de verdad ya es resistir, y resistir es empezar a luchar.

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Universidad Michoacana: entre la insolvencia y la resistencia

Conferencia en el panel ¿Hacia dónde llevan a nuestra universidad?, convocado por el Frente para la Defensa de la Educación Pública y realizado el jueves 23 de noviembre de 2017 en el Aula Mater del Colegio de San Nicolás, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Evaluación

No hay nada que me entristezca tanto como aquellos estudiantes que tan sólo piensan en sus calificaciones. Están siempre concentrados en el diez que desean y no en todo lo que pueden aprender en sus clases. No les interesa lo que se evalúa, sino su evaluación. Todo su aprendizaje sirve para obtener una buena calificación final. Después, una vez que la obtienen, pueden olvidar todo lo demás, pues la evaluación era lo que les importaba, el sentido mismo del curso, la verdad a la que podía reducirse todo lo demás. Para estos recolectores de calificaciones y no de saberes, todo puede ignorarse en la carrera que se estudia mientras uno haya juntado suficientes dieces que luego puedan canjearse por un buen título.

Afortunadamente, al menos en las tres facultades en las que laboro, hay relativamente pocos estudiantes que sólo piensen en sus dieces. Me temo que son cada vez más, pero son aún pocos. El fenómeno de anteponer la evaluación a lo evaluado es más común entre los docentes, cada vez más obsesionados por sus constancias, por sus puntos, por sus promociones, por su perfil PRODEP, su puntaje en el ESDEPED y su permanencia o su nivel en el SNI. A veces tengo la impresión de que estas evaluaciones han terminado siendo lo que verdaderamente importa en la actual vida universitaria, la verdad secreta de todo lo que enseñan los profesores, tal como las calificaciones también son como la verdad secreta de todo lo que aprenden los malos alumnos a los que ya me referí.

Así como hay estudiantes que únicamente piensan en sus calificaciones, así también hay docentes que tan sólo piensan en sus evaluaciones, y así también hay funcionarios, al interior y al exterior de la universidad, que solamente son capaces de pensar en acreditaciones y en otros indicadores análogos. Observamos el mismo fenómeno en los tres casos, pero no en el mismo grado, pues me parece que se agrava a medida que ascendemos en la jerarquía universitaria. Como lo había dicho, aquellos a quienes únicamente les importan las evaluaciones son aún escasos entre los estudiantes, pero son muy numerosos entre los docentes y me atrevo a decir que son la inmensa mayoría de los funcionarios. Considero que esta diferencia corresponde a un grado variable de perversión por el sistema que rige las evaluaciones. Los funcionarios serían los más pervertidos, los docentes lo serían un poco menos y los estudiantes apenas estarían empezando a pervertirse.

En todo caso, tanto entre funcionarios como entre docentes y estudiantes, las evaluaciones tienden a volverse cada vez más importantes y no dejan de avanzar a costa de lo evaluado. Esto se ha puesto en evidencia en los últimos años con la campaña de orgullo nicolaita y con las múltiples declaraciones en el marco de la conmemoración del centenario de la universidad.

Cuantificación

¿Qué es lo que más hemos conmemorado y lo que nos hace sentir más orgullosos? Nuestras buenas evaluaciones, nuestros muchos dieces, nuestro número de estrellitas en la frente: número de licenciaturas acreditadas, número de posgrados incluidos en el programa nacional de posgrados de calidad, número de profesores con perfil deseable, número de miembros del SNI, etc. Pareciera que estos números captan la esencia de la universidad, su más profundo sentido, sus mayores logros, su verdad más íntima, lo que se conmemora, lo que nos enorgullece. En realidad, no se trata más que de unos simples números detrás de los cuales desaparece nuestra historia, nuestras luchas, nuestros logros, lo que nos hace únicos. Pero todo esto, lo realmente importante, no parece importarle a nadie. Lo que nos importa son unos cuantos números. Hemos terminado reduciendo todo el contenido de la universidad a estos números, procediendo así como los malos estudiantes que reducen todo el contenido de sus clases a unas cuantas calificaciones.

Comportándonos como los peores de nuestros estudiantes, muchos docentes y la mayoría de los funcionarios tienden a reducir la universidad a un conjunto de evaluaciones. Han llegado así a extremos tan desoladores como el de fincar nuestro valor en la posición que ocupamos en los rankings nacionales e internacionales de las mejores universidades. Nos envalentonamos con una lista que nos dice que somos la séptima mejor universidad nacional, desatendemos otra lista en la que ocupamos el decimosexto lugar, ignoramos otra lista más en la que ni siquiera aparecemos y exhibimos una suficiencia trágica, desalentadora, por ser la universidad número 1236 en el mundo.

El espectáculo es triste, patético y obsceno, e indigno de nuestra universidad. No encuentro semejante ejemplo de indignidad entre mis estudiantes, a los que todavía no he visto compararse unos con otros por su lugar en el ranking de su grupo ni tampoco jactarse de ocupar un séptima posición. Pero quizás vea esto muy pronto. ¡Con el mal ejemplo que les estamos dando!

Mercantilización

Los rankings y las demás evaluaciones tienen un propósito claro y explícito. De lo que se trata es de traducir lo cualitativo, como puede ser la calidad intrínseca del aprendizaje o del desempeño de un docente o de un estudiante o una institución, en los indicadores cuantitativos de las evaluaciones, como pueden ser puntos, niveles en el SNI, puntajes en el ESDEPED, números de programas acreditados, lugares en los rankings, etc.

¿Y por qué traducir así lo cualitativo en lo cuantitativo? Todos lo sabemos, aunque tal vez de un modo un tanto intuitivo: necesitamos convertir lo cualitativo en cuantitativo para poder intercambiarlo por dinero, quizás directamente, o tal vez indirectamente, a través de una serie de intercambios de unos valores cuantitativos por otros. En el caso del ESDEPED, por ejemplo, es muy claro: el puntaje se traduce en el número de salarios mínimos que recibimos. El funcionamiento del SNI es también transparente, al menos en esto: cada nivel corresponde a cierta cantidad de dinero. La misma lógica directa opera en el número de programas de calidad, pues todos ellos reciben recursos para la universidad, principalmente en concepto de becas para los estudiantes. En cuanto a las calificaciones de los estudiantes, ya sabemos que se canjean por títulos que a su vez se truecan por trabajos más o menos remunerados. Estas remuneraciones también se verían favorecidas por las acreditaciones de los programas en los que se estudia, los cuales, además, al estar acreditados, permitirían obtener mayores recursos para la universidad. Es al menos lo que se nos dice, y era ya el argumento de los rectores anteriores, desde Jaime Hernández, para impulsar la acreditación de los programas universitarios.

En todos los casos, es por los recursos, por los presupuestos, por los futuros salarios, por los dineros que se miden siempre cuantitativamente, por los que debemos cuantificarlo todo. Solamente las cantidades exactas de lo que sea pueden intercambiarse por cantidades exactas de pesos. El reino del dinero en el sistema capitalista impone el reino de las cantidades, el dominio de los valores cuantitativos sobre los cualitativos, el dominio del valor de cambio sobre el valor de uso, y aquí, en el seno de la universidad, el poder cada vez mayor de las evaluaciones cuantitativas, de los números, de los niveles, de las calificaciones, de las acreditaciones, de los puntos y puntajes. Todo esto es cada vez más decisivo en la universidad porque el dinero es cada vez más importante en el gran mercado en el que se está convirtiendo nuestro mundo.

Lo que se nos quiere hacer aceptar es que nuestra universidad, aunque pública, está en el mundo, es decir, en el mercado, y, por lo tanto, es una suerte de mercancía o conjunto de mercancías que debe aprender a venderse como todo lo demás que hay en el mercado. Y para venderse, tiene que expresarse en los términos cuantitativos del dinero. Es en estos mismos términos en los que la universidad intenta obtener más recursos, venderse al mejor precio, al exhibir sus números de miembros del SNI, de eficiencia terminal y de programas acreditados o de calidad.

Privatización

Se nos dice que los números sirven para convencer al gobierno de que nos proporcione más recursos. Y el gobierno, presentándose como cliente, quiere lógicamente dar menos dinero, y regatea, y la universidad se hace publicidad con sus números e insiste en que vale más. Y aquí estamos, negociando, cada vez más atrapados en la mezquina lógica del mercado. Es en esta lógica y sólo en esta lógica en la que puede hablarse de una “quiebra técnica” de nuestra universidad. ¡Como si lo público pudiera estar en quiebra! ¡Como si lo que es de todos pudiera ser insolvente! ¡Como si no dispusiera precisamente de la solvencia de todos! Con esta riqueza de la sociedad, lo público no puede estar quebrado, sino tan sólo despojado, saqueado, expoliado, privatizado, mercantilizado.

Se me ha preguntado hacia dónde están llevando a la Universidad Michoacana, y ya puedo responder lo que pienso: lo que pienso es que la están llevando, nos están llevando, al terreno del mercado. Esto ya es una forma de privatización de la universidad pública. Lo es, en primer lugar, porque se hace con el apoyo de instancias privadas, como el CENEVAL, que usurpan funciones públicas trascendentes, privatizándolas al tiempo que se privatizan también los recursos que les pagan. Pero tenemos una privatización más fundamental, una privatización de carácter ideológico, en el hecho mismo de operar como una empresa debe hacerlo en el mercado, vendiéndonos por los recursos que necesitamos y compitiendo con las demás empresas en los rankings, y reproduciendo esto en el interior de la universidad, al hacer que los profesores e investigadores también se vendan por dinero, por los apoyos del SNI y por los estímulos al desempeño, y compitan unos con otros como empresarios de sí mismos.

La universidad que se vende y que funciona como debe funcionarse en el mercado, de manera estratégica publicitaria, productivista, individualista y competitiva, es una universidad que se está privatizando. Es ya una universidad parcialmente privatizada, porque lo público, en donde sólo existe lo de todos nosotros, lo de toda la sociedad, se debería distinguir precisamente de lo privado por no funcionar en su lógica mercantil en la que uno tiene que venderse y publicitarse, producir más y más, pensar en uno para competir con el otro, e intercambiar lo privado por lo privado, lo tuyo por lo mío, tu dinero a cambio de mi producto entregable, tu estímulo a cambio de mi desempeño, tus pesos a cambio de mis puntajes, tus recursos a cambio de mis números de miembros del SNI o de programas acreditados o de calidad.

¿Pero por qué lo privativamente mío y tuyo y el intercambio mercantil entre lo uno y lo otro no podría tener un lugar, al menos un lugar bien acotado, en una universidad pública? Por algo muy sencillo: porque lo público, insistamos, es lo de todos nosotros, lo que no puede ser de nadie porque es de todos, lo que es de todos porque fue pagado con los impuestos de todos, con el trabajo de todos, con el esfuerzo de toda la sociedad. Esto es lo que nunca se entenderá en el mercado, en su ámbito mercantil-empresarial, que es también la esfera del capitalismo neoliberal.

Insolvencia

Ni siquiera debería plantearse la cuestión de que no hay recursos para una universidad pública: los hay porque los hay, porque hay riqueza pública en la sociedad y esa riqueza no le pertenece al gobierno, sino que nos pertenece a todos, precisamente porque es pública, es nuestra. Y cuando no se nos da, sencillamente se nos quita, se nos roba, pues hay que robarnos para no darnos lo que es nuestro. Y al decir “nuestro”, no estoy pensando sólo en los empleados y en los docentes de la universidad, sino también y especialmente en los estudiantes, en los futuros profesionistas, en sus familias de trabajadores y hasta en la población que se ve beneficiada por todo lo que gastamos los universitarios en Michoacán.

Desde luego que puede e incluso debe hacerse todo lo posible para que los recursos no sean malgastados, pero esto ha de lograrse en el consenso, en el diálogo sobre cómo administrar nuestro patrimonio público, y no como lo han hecho los gobiernos federal y estatal: no haciendo como si fuera el dueño de lo que sólo es el administrador, no acaparando los recursos que son de todos, no recortándolos arbitrariamente, no usándolos con fines políticos diferentes de los establecidos, no desviándolos discrecionalmente desde la educación hacia la seguridad, no impidiendo el funcionamiento de instituciones educativas, no empobreciendo lo público, no robándole su riqueza, no privatizándola, no entrando en una lógica mercantil de chantaje, de coacción económica, de regateo, de intercambios de lo privado por lo privado.

¿Pero acaso no es la misma universidad la que ha ido claudicando y entrándole al juego del mercado?  Es verdad que ha sido presionada, casi extorsionada para hacerlo, pero también es verdad que no ha resistido lo suficiente y que se ha dejado llevar a un terreno en el que tenemos todas las de perder, como lo estamos viendo, y esto por una simple razón: porque somos una universidad pública y tenemos que dejar de ser lo que somos, debemos perdernos, para funcionar en el mercado, en el ámbito de lo privado y en su lógica mercantil, comerciante y empresarial. Y de cualquier modo, como lo muestra nuestra supuesta quiebra técnica, ni siquiera conseguimos funcionar bien en el mercado, lo cual, por cierto, quizás debiera ser lo que más nos enorgullezca, pues demostraría que no hemos logrado pervertirnos lo suficiente y que no hemos llegado a ser lo que se quiere que seamos, lo que sencillamente no somos.

Resistencia

Aunque no hayamos resistido lo suficiente, aunque nos hayamos dejado llevar al mercado, hay algo que aún resiste, algo en lo que me parece que radica la poca dignidad que todavía nos queda, algo que nadie quiso recordar en la conmemoración del centenario, algo que paradójicamente suele avergonzar a muchos sencillamente porque es algo que no puede venderse. Estoy haciendo alusión a algo que se expresa en las casas de estudiantes, en el vínculo profundo que nos une con las comunidades indígenas, pero también en algunos aspectos de nuestra ley orgánica, en el sistema de jubilaciones, en el vigor de las bases de nuestros sindicatos, en los estudiantes que se movilizan en las calles y en la figura de aquellos docentes, entre los que desafortunadamente yo no me encuentro, que entregan sus vidas a la enseñanza y que no se dejan corromper ni distraer por el SNI, el ESDEPED y todos los demás sobornos con lo que se nos compra cotidianamente.

Hay algo, pues, que no se deja comprar, que no ha cedido, que todavía resiste y subsiste. Me refiero a eso en lo que reposa todo mi orgullo nicolaita, eso que no tiene absolutamente nada que ver con las acreditaciones y los demás artilugios con los que buscamos vendernos al mejor precio. Estoy pensando en lo que nos distingue, lo que nos hace cualitativamente únicos, algo que resulta necesariamente incuantificable, inconmensurable, y que, por lo tanto, no puede situarnos en ningún ranking ni tampoco representarse numéricamente para compararnos con otras universidades. Pienso en eso que nos hace incomparables y que vemos aparecer una y otra vez en la historia de nuestra universidad.

Aquello a lo que me refiero es lo que hizo que nuestro fundador, Vasco de Quiroga, defendiera a los indígenas contra los conquistadores y les dejara nuestro Colegio de San Nicolás para que en él se educaran “gratuitamente, sin pagar y sin que se les pidiera ni llevase cosa alguna”. Es lo mismo por lo que nuestro antiguo rector, Miguel Hidalgo y Costilla, exigió que cesara “toda exacción” contra los indios. Es eso por lo que otro nicolaita, José María Morelos, abolió en nuestro país cualquier “distinción de castas”, ordenando que “todos quedáramos iguales”, y que sólo nos distinguiera “el vicio y la virtud”. Fue lo que impulsó a Melchor Ocampo a luchar por la libertad, por la justicia y contra los privilegios, y lo que hizo que el socialista Isaac Arriaga, alumno y maestro nicolaita, participara en la revolución, repartiera tierra entre los campesinos michoacanos y fuese asesinado en 1921 por una turba de conservadores enfurecidos. Fue lo defendido por valientes rectores como Natalio Vázquez Pallares, Porfirio García de León y Eli de Gortari. Es aquello por lo que fueron asesinados los mártires nicolaitas Héctor Tavera Torres y Agustín Abarca Xochíhuatl, quienes exigían precisamente mayor presupuesto para la universidad.

En lo que estoy pensando es también aquello por lo que fueron encarcelados Efrén Capiz y Ramón Martínez Ocaranza. Es lo que atrajo a nuestra universidad a tantos intelectuales críticos e insumisos, entre ellos el gran Aníbal Ponce, así como exiliados de la Guerra Civil Española como los filósofos José Gaos, María Zambrano y Juan David García Bacca, el escritor alemán antifascista Ludwig Renn, y finalmente quienes secundaron el proyecto elidegortarista, como el comunista Juan Brom y el marxista Adolfo Sánchez Vázquez. Pienso en aquello por lo que le otorgamos el doctorado honoris causa a Salvador Allende póstumamente en 1974, a Pablo Neruda en 1943, y, en el mismo año, al injustamente menos conocido Rómulo Gallegos, el escritor y futuro presidente venezolano que se atrevió a defender la soberanía de su país y elevar los impuestos para las compañías petroleras, lo que le valió un golpe de estado, en 1948, que nos lo trajo de nuevo a Morelia.

Desconfianza

Nos guste o no, lo mejor de nuestra universidad, lo más destacado, aquello por lo que se le recordará y en lo que se ha condensado su mayor inteligencia y su mayor osadía intelectual, contradice diametralmente la orientación ideológica mercantil-empresarial y capitalista-neoliberal que se le impone desde hace algún tiempo. Lo único por lo que podría justificarse esta orientación, la obtención de recursos del gobierno, parece no estar dando muy buenos resultados, puesto que, según dicen, estamos en situación de insolvencia. ¡Es por esta miseria por la que renunciamos a lo mejor de nosotros! Es como si quisiéramos perdernos, prostituirnos y convertirnos en una vulgar empresa tan sólo para estar en quiebra.

Vamos a seguir perdiendo cada vez que entremos en el juego de un sistema que sólo sabe ganar tramposamente contra los ingenuos que juegan según las reglas que él impone. Obtuvo nuestros indicadores, pero no quiere darnos la retribución que les corresponde. No ha pagado ninguna compensación por todo aquello a lo que renunciamos para satisfacerlo. Tampoco solucionó los problemas económicos de varias instituciones de educación superior que accedieron a reformar su régimen de pensiones y jubilaciones para solucionar sus problemas económicos. Ahora el mismo sistema nos asegura que basta reformar tal régimen para salir de la insolvencia y para que todo se arregle. ¿Seremos tan ingenuos como para creerle una vez más?

Tenemos que desconfiar del sistema. Ciertamente vamos a tener que negociar con él, pero debemos hacerlo con prudencia, con la mayor desconfianza, y no en sus términos, precisamente porque son los suyos y están marcados, trucados, viciados, cargados para beneficiarlo. Tenemos que recobrar nuestros propios términos, que no son los de todos esos números por los que nos dejamos cautivar y entrampar. Mientras continuemos obsesionados con las evaluaciones, vamos a seguir perdiendo en el juego, y además, lo peor, vamos a seguir perdiéndonos a nosotros mismos.

¿Cómo no recordar a esos malos estudiantes que obtienen las peores calificaciones precisamente por estar obsesionados con sus calificaciones? Esta obsesión los distrae de lo realmente importante y les impide comprender todo lo que está en juego en lo que aprenden. Me parece que esto es lo que nos está pasando en la universidad: andamos tan concentrados en la estrategia para vendernos, que ya ni siquiera sabemos lo que vendemos. En definitiva, tan sólo sabemos que vendemos estrategias para vendernos, como acreditaciones, reconocimientos de calidad a los posgrados y pertenencias al SNI.

Ahora que fundaron significativamente la carrera de mercadotecnia, me dije que habría de sernos muy útil, pues es a lo que nos dedicamos desde hace algún tiempo, desde que sólo pensamos en vendernos. Y hay que insistir en que no lo hacemos nada bien. Lo repito: parece que nos hemos convertido en una gran empresa tan sólo para estar en quiebra. Desde luego que también tendríamos problemas económicos si hubiéramos preservado lo mejor de nosotros, pero al menos podríamos consolarnos con la satisfacción de preservar eso, lo mejor de nosotros. No perdamos lo que nos queda.

Gloria Álvarez Cross y la quiebra intelectual de la Universidad Michoacana

Artículo publicado en Michoacán 3.0 y Respublicae el 5 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Se habla cada vez más del riesgo de bancarrota en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Sin embargo, para quienes aún vemos esta institución como una universidad y no como una empresa, la peor quiebra no estriba en la falta de recursos financieros, sino en la falta de recursos intelectuales, en la insolvencia de pensamiento, en la pobreza de capacidad crítica y reflexiva. Esta quiebra es la que acaba de ponerse de manifiesto en la decisión de invitar a Gloria Álvarez Cross al Auditorio Samuel Ramos de nuestra máxima casa de estudios.

Nuestra universidad exhibe públicamente su miseria, su déficit de inteligencia y de cultura, cuando carece del criterio suficiente para discernir quién tiene el mérito, la seriedad y la decencia que se requieren para ser invitado como conferencista. Sobran los hombres y las mujeres de ciencias y de artes, intelectuales que han destacado mundialmente por su capacidad y por su trabajo, que podrían honrar a nuestra universidad con su presencia y enseñar algo valioso a docentes y estudiantes. Sin embargo, en lugar de invitar a un modelo de seriedad y de integridad en el campo académico, nos hemos rebajado a promocionar y brindar nuestro espacio institucional a Gloria Álvarez: un personaje bastante desacreditado en la academia y que tan sólo podría ser ejemplo de vulgaridad, charlatanería, oportunismo, deshonestidad intelectual y complicidad con las más corruptas élites políticas y económicas del mundo y especialmente de América Latina.

¿Quién es Álvarez? Es una figura mediática guatemalteca, locutora de radio, presentadora de televisión y estrella de redes sociales. Ya publicó un par de obras, El engaño populista y Cómo hablar con un progre, pero no son más que librillos de opinión política barata que ningún docente serio citaría, salvo quizás para burlarse de ellos o para criticar su ingenuidad o la visibilidad obscena de sus presupuestos ideológicos. Por lo demás, en estos libros como en sus conferencias y en sus intervenciones en los medios, Álvarez no profiere sino enternecedoras simplezas, viejas banalidades y los más burdos prejuicios y estereotipos. Así, a primera vista, parece que la rubia treintañera es alguien inofensivo, demasiado tonto para ser peligroso, pero que, de cualquier modo, por su nulidad e irrelevancia, no tiene el mérito suficiente para ser invitado a una universidad que se respete. Esto es verdad en parte, al menos en parte, y muestra que nuestra universidad se está perdiendo el respeto. Pero desgraciadamente hay más, mucho más.

Álvarez no sólo es intelectualmente insignificante, sino que profesa opiniones que no pueden ser toleradas en el ámbito universitario. No podemos permitir que alguien afirme en la Universidad Michoacana que la pobreza es por causa de la “mentalidad” de los pobres o que los indígenas violan a sus mujeres con la aquiescencia de su régimen de justicia. Así como excluimos la astrología, el tarot, la eugenesia y el llamado “racismo científico”, así también tendríamos que cerrar las puertas de la universidad ante una charlatanería clasista y racista como la de Álvarez.

No es tan sólo un asunto de contenido, sino también de forma. Conduciéndose de un modo inaceptable para cualquier universidad, Álvarez inocula sus opiniones insidiosamente, con artimañas retóricas tramposas y maliciosas con las que se disimula tanto lo que se transmite como la propia inepcia de quien lo transmite. Es así como Álvarez, al igual que otros jóvenes ideólogos de la nueva derecha y de la derecha alternativa (la alt-right de Estados Unidos), sabe ocultar de la mejor manera su lado más bajo y sombrío. Este lado sólo se nos revela cuando la escuchamos o leemos con atención, deteniéndonos un momento en las implicaciones de sus puerilidades y chabacanerías, y cuando sabemos un poco más acerca de su pensamiento y de su trayectoria. Es entonces cuando entendemos por qué la Universidad Michoacana jamás debió acoger a quien fuera la representante carismática y la figura más visible del ultraderechista Movimiento Cívico Nacional (MCN) guatemalteco, el cual, además de su carácter neofascista, clasista y racista, era financiado por los más sucios sectores oligárquicos de Guatemala y terminó siendo investigado e incriminado por cargos de corrupción.

Aunque Álvarez terminara separándose del MCN, lo hizo demasiado tarde, cuando era evidente que sólo buscaba protegerse del escándalo de corrupción al traicionar a sus correligionarios. Y, además, nunca tomó sus distancias con respecto a lo más grave, las posiciones de extrema derecha del movimiento, las cuales, de cualquier modo, le imprimen su particular tono ideológico al discurso individualista y libertarista de Álvarez. Al acogerla en nuestra universidad, estamos promoviendo este discurso y todo lo que hay en él: no sólo su defensa obscena del capitalismo y de la versión más extrema, intolerante y dogmática de neoliberalismo, sino también su mezquindad, su desdén hacia la comunidad, su miserable individualismo, su tácita justificación del abuso y de la explotación de nuestros semejantes, su clasismo elitista y sus sutiles insinuaciones racistas bien encubiertas por su despreciativa condescendencia típicamente neocolonial.

La presencia de alguien con el clasismo y el racismo de Álvarez hiere y ultraja todo lo popular e indígena que hay en la Universidad Michoacana. También han sido agraviadas otras víctimas de las diatribas de Álvarez que encontramos en su último libro: las mujeres, a las que responsabiliza del machismo de los hombres; las feministas, a las que les reprocha que aspiren a demasiados privilegios y que se pongan “por encima de otros grupos”; los hijas e hijos de inmigrantes, a quienes acusa de “llegar a destruir la cultura” del país al que emigran; los indígenas y todos los mexicanos en general, por no ser capaces de valorar positivamente la “valentía” de Trump, su “discurso elevado” y su capacidad para “hacer grande de nuevo a América”.

Todos hemos sido humillados por la presencia de Álvarez en la Universidad Michoacana. La decisión de invitarla nos ha ofendido como latinoamericanos y latinoamericanas, mexicanos y mexicanas, mujeres, feministas, hijos e hijas de inmigrantes, mestizos y mestizas, indígenas, estudiantes y docentes progresistas. La misma institución ha sido ultrajada por haber debido acoger en su propio seno a quien, además de rechazar abiertamente la educación pública y gratuita, contradice diametralmente el compromiso nicolaita con la igualdad, la justicia y la democracia.

En lo que se refiere a la democracia, no hay que olvidar, por ejemplo, que Álvarez apoyó activamente la reciente maniobra golpista contra el régimen democrático de Rousseff en Brasil. Al mismo tiempo, en lugar de una sociedad justa e igualitaria, Álvarez prefiere una “meritocracia” neoliberal en la que no haya ninguna forma de redistribución de la riqueza y en la que triunfen los individuos más capaces, es decir, los que disponen de más recursos, los más ricos, los privilegiados como ella, los que puedan pagarse la universidad privada guatemalteca en la que ella estudió, la Universidad Francisco Marroquín (UFM), fundada por Manuel Ayau, llamado “El Muso” en alusión a Mussolini, y conocida por haber sido la puerta para el ingreso del neoliberalismo en Guatemala.

Como encarnación del neofascismo, del neoliberalismo y del neocolonialismo, Álvarez contradice todo aquello por lo que trabajamos quienes aún creemos en el espíritu de la Universidad Michoacana: la igualdad, la justicia y la democracia, pero también la solidaridad, la generosidad, la movilidad social y la redistribución de la riqueza, la educación gratuita para los más pobres, la nobleza y grandeza de los pueblos indígenas de Michoacán, de México y de Latinoamérica. Nosotros no consideramos, como Álvarez, que un país latinoamericano sea un “país de mierda”. Tampoco pensamos, como ella, que el Che Guevara sea comparable a Pinochet. Tan sólo podemos indignarnos contra ella y contra su degradación moral cuando se atreve a rechazar los derechos universales “a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda”. No coincidimos con ella cuando asegura, delatando su propia bajeza y la del mundo burgués del que proviene, que “todos somos egoístas”, que los que pretenden no serlo son unos “hipócritas” y que no existe ningún hombre que “no sólo piense en sí mismo”. Nosotros no somos esa clase de humanidad. Y es quizás por eso que tampoco somos, como Álvarez, defensores de la barbarie neoliberal que tanto mal ha hecho a Latinoamérica y que fue también defendida por el mismo Pinochet a costa de la sangre de miles de chilenos inocentes, entre ellos el gran Salvador Allende, quien recibió de nuestra institución el doctorado honoris causa.

La Universidad Michoacana es uno de los innumerables reductos de resistencia contra la destrucción capitalista neoliberal y neocolonial de nuestro continente. Ahora debe ser también una trinchera contra el neofascismo. Es por esto por lo que Álvarez debía ser duramente rebatida como lo fue en el Auditorio Samuel Ramos. No merecía nada mejor. No habría debido ni siquiera poner un pie dentro de nuestra institución. La manera en que su discurso fue cuestionado con inteligencia y rechazado con ardor nos demuestra que muchas y muchos estudiantes no se encuentran aún en una situación de quiebra intelectual.

Nuestra quiebra no es del estudiantado, sino de la institución que organizó el evento de Álvarez y que exhortó a los “aspirantes de becas” a estar presentes con “pantalón de mezclilla y camisa roja”, erosionando su dignidad y acarreándolos como ganado para ser adoctrinados, engañados, pervertidos, maleducados. La última escena, la del significativo desenlace con aquellos estudiantes uniformados rodeando a la conferencista rubia que intentaba mantenerlos a distancia, mancha los festejos por el centenario de la universidad y ofende la memoria de Quiroga, Clavijero, Hidalgo, Morelos, Ocampo, Aníbal Ponce, María Zambrano y Elí de Gortari, entre tantos otros nicolaitas que han contribuido, cada uno a su modo, a conquistar el respeto hacia nuestra gente.

El mercado en la universidad

Breve intervención en la mesa redonda Mercantilización de la Educación, convocada por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), el lunes 28 de noviembre de 2016

David Pavón-Cuéllar

Uno tiene a veces la impresión de que la educación universitaria, incluso cuando es pública, tiende a convertirse en una especie de gran mercado. En el nivel más alto, la competencia entre comerciantes reaparece en la rivalidad entre universidades en los rankings. En el nivel más bajo, tenemos la constante agitación de las transacciones entre conocimientos, puntos, asistencias, calificaciones y títulos, constancias, diplomas o certificados. El vórtice de toda esta agitación, de todo este barullo comparable al de una feria de pueblo, suele ser la venta de autorizaciones profesionales al precio de méritos académicos adquiridos a su vez a cambio de las más diversas evaluaciones.

Los conocimientos que se ofrecen, como productos a la venta, deben enlistarse en los catálogos de los programas de cada unidad de aprendizaje. Los mismos conocimientos deben presentarse, envolverse y promocionarse de tal modo que atraigan la atención de los estudiantes. Cuando se nos dice que hay que motivar a los jóvenes, uno sabe que no podrá conseguirlo si carece de nociones mínimas de mercadotecnia y de manipulación publicitaria.

Muchos estudiantes, por su parte, al negociar los criterios de evaluación al principio del ciclo escolar, proceden como compradores que negocian los precios o los términos de los contratos con sus proveedores. Luego regatean las exigencias de las materias con el tono insistente y empalagoso de las señoras ante los puestos de los tianguis. Finalmente los vemos quejarse y exigir calificaciones con la actitud prepotente de quien sabe que el cliente siempre tiene la razón.

Los alumnos, de hecho, tienden a tener siempre la razón, especialmente desde que la eficiencia terminal, el porcentaje de inscritos que aprueban o se titulan, resulta decisiva para obtener acreditaciones y recursos. En los posgrados, por una cómica paradoja, uno sabe que los alumnos deben aprobar todo con calificación mayor a ocho para que los programas puedan mantener su acreditación de “calidad”. Otro factor que ha empoderado a los estudiantes como clientes ha sido su derecho a evaluar a los profesores, el cual, especialmente en las universidades en las que impacta en el salario, ha hecho que los docentes no sólo se vuelvan tan serviles y obsequiosos como vendedores de chucherías, sino que terminen comportándose como payasos o merolicos para merecer las mejores evaluaciones.

En la misma lógica mercantil, así como los clientes significan ganancias potenciales para los negociantes, así los estudiantes pueden llegar a representar puntos que a su vez se convierten en suplementos de salario para el docente que logra venderles tutorías y asesorías. No hay nada más enternecedor, patético y ridículo que los profesores compitiendo entre sí por un asesorado en posgrado, intentando arrebatárselo unos a otros, como si éste fuera el más pudiente de los clientes. ¡Y qué decir de los conmovedores arrebatos de los asesores cuando pierden a un asesorado porque se va con otro asesor o abandona la tesis y opta por otra modalidad de titulación!

El mismo ánimo competitivo, que oscila entre el triunfalismo despreciativo y el derrotismo envidioso, puede observarse también entre los docentes cuando se trata de las promociones, de los apoyos de investigación, de los Estímulos al Desempeño y de los niveles en el Sistema Nacional de Investigadores. En estos casos y en otros más, la competencia y la rivalidad entre competidores han avanzado a costa de la autonomía intelectual y de la solidaridad entre compañeros. Esto no sólo hace que las universidades parezcan mercados, sino que los sindicatos hayan terminado convirtiéndose en una especie de gremios feudales de mercaderes que defienden los privilegios de sus agremiados y no los derechos de toda la clase trabajadora.

La transición es clara: de trabajadores a competidores, de intelectuales a negociantes, de educadores a vendedores de educación que rivalizan unos con otros por los puntos y por las resultantes retribuciones. La figura del profesor pierde así gran parte de su dignidad, no por impartir clases en parques durante las tomas, sino por esa gran transformación que acaba con los salarios fijos iguales para toda la planta docente y que impone remuneraciones con variaciones cada vez más importantes que dependen cada vez más de la capacidad de los docentes para venderse a sí mismos y vender sus productos académicos. A medida que se da esta gran transformación, los profesores piensan cada vez más en lo que habrán de ganar y cada vez menos en lo que habrán de enseñar. Es lo mismo que les ocurre a los estudiantes que se concentran cada vez más en las calificaciones y se distraen cada vez menos con lo que aprenden. Su aprendizaje se vuelve un simple medio para obtener una calificación que a su vez se traducirá en una titulación que habrá de asegurar cierta remuneración al final del camino.

Al final, si la universidad se parece cada vez más a un mercado, es porque todo su funcionamiento está subordinado a la ganancia monetaria que se busca obtener tanto a través de la enseñanza como a través del aprendizaje. Al igual que una mercancía, la educación deja de tener su verdad en sí misma, en el contenido mismo del saber y en su relación con la existencia de los sujetos. Esta verdad ya no está en lo que se enseña y se aprende, sino en lo que se gana con lo que se enseña y se aprende, es decir, por un lado, en el salario y el suplemento para el profesor, y, por otro lado, en la calificación, la futura titulación y la remuneración final para el estudiante.

En un proceso típicamente capitalista, los medios y los fines han terminado invirtiéndose y trastocándose. Las evaluaciones de los estudiantes y las retribuciones de los docentes eran originalmente medios subordinados a la enseñanza y el aprendizaje, pero han terminado convirtiéndose en los fines mismos de la enseñanza y el aprendizaje. En lugar de querer ser calificado únicamente para conocer y medir su aprendizaje, el estudiante quiere aprender únicamente para obtener una calificación. De igual manera, en lugar de necesitar un salario mensual para dedicarse libremente a la enseñanza, el actual docente hace todo lo que hace para obtener la más alta retribución económica posible.

Tanto en el caso de la enseñanza como en el del aprendizaje, el valor determinante de la educación deja de estar en sí misma o en su contenido, en su valor cualitativo intrínseco, y se transfiere a un valor cuantitativo extrínseco, el de los puntos o pesos que se obtienen con ella. En términos marxistas, diremos que el valor crucial de la educación es ahora el valor de cambio y no el de uso, el valor del título y no el de la formación a la que se refiere el título, el valor de la evaluación y no el del conocimiento evaluado, el valor de la calificación y no el del aprendizaje calificado, el valor de la remuneración y no el del trabajo docente remunerado. Esto hace que la vida universitaria se descentre de la educación y empiece a girar en torno a las remuneraciones, las calificaciones, las evaluaciones y las titulaciones.

Lo realmente importante son los precios de las cosas y no las cosas mismas. No importan ya ni los estudiantes ni lo que se les enseña y lo que aprenden, sino el número de los que se titulan, sus resultados en los exámenes del CENEVAL y lo que representan para el bolsillo de sus profesores y para las cuentas cada vez más deficitarias de las instituciones universitarias. Antes de ser explotados por las empresas, los estudiantes deben aprender a ser explotados por los docentes y por los dispositivos institucionales que también son indirectamente explotados por las empresas para formar mano de obra explotable. Imposible escapar a la explotación capitalista cuando permitimos que la universidad se deje absorber por el mercado.

De herederos a rechazados: la deuda histórica de Latinoamérica y el examen de ingreso a la Universidad Michoacana

Publicado en Izquierda Diario y en Michoacán 3.0, el martes 18 de octubre 2016

David Pavón-Cuéllar

Deuda histórica

Tras fundar el Colegio de San Nicolás en 1540, Vasco de Quiroga lo heredó a los indígenas a través de su famoso Testamento de 1565. Sus palabras al respecto fueron claras y precisas. Legando el Colegio a los “indios de Michoacán” porque “ellos lo hicieron y a su costa”, Quiroga ordenó que fueran “perpetuamente en él gratis enseñados todos los hijos de los indios”, y enfatizó: “gratis como es dicho, sin que para ello den ni paguen ni se les pida cosa alguna”.

Si Quiroga entendió que no podría jamás condicionarse de ningún modo la educación de los indios, fue porque reconoció la deuda que se había contraído con ellos. Era una deuda tal que sólo podría pagarse al ofrecerles perpetuamente educación gratuita. El carácter perpetuo de la gratuidad permite vislumbrar el valor inmenso e inconmensurable de la deuda. ¿Cómo no presentir aquí una deuda histórica fundada en algo más que la simple construcción del Colegio de San Nicolás?

Según Quiroga, no es tan sólo que los indios hicieran el Colegio, sino que lo hicieran a su costa, es decir, a costa de sus materiales, de su tiempo y de su esfuerzo, pero quizás también a costa de todo lo demás que eran, que poseían y a lo que tuvieron que renunciar por su colonización y evangelización. Todo eso, tan inabarcable como impagable, es lo que se les debe a los indios. Todo eso es también lo que los pueblos mestizos de Latinoamérica se deben a sí mismos como indios, como pobres, como despojados.

Casas de Estudiantes

La deuda no deja de insistir. Quizás Hidalgo y Morelos, respectivamente rector y estudiante del Colegio de San Nicolás, fueran formas de recordar todo lo que se debe. Lo seguro es que la deuda se está honrando con la educación gratuita ofrecida por aquello en lo que se convirtió el Colegio: la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), la institución universitaria estatal mexicana con un perfil socioeconómico más bajo y con una mayor proporción de estudiantes provenientes de comunidades rurales e indígenas.

Entre las expresiones del espíritu popular con el que la UMSNH honra su deuda histórica, tal vez la más elocuente se encuentre en las 35 Casas de Estudiantes que albergan y alimentan gratuitamente a unos seis mil estudiantes de bajos recursos. Los jóvenes vienen de parajes recónditos de Michoacán, pero también de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Guanajuato y otros estados. Hay tzeltales, mixtecos, nahuas, otomíes, purépechas y otros indígenas. Muchos de ellos jamás habrían podido estudiar si esas casas no existieran.

Autogestionadas por sus propios moradores, las Casas de Estudiantes promueven diversos tipos de formación, organización y movilización en el terreno político. Algunas han padecido infiltraciones de las grandes fuerzas electorales, pero su tendencia predominante corresponde a una izquierda más próxima a los movimientos sociales, apartidista, socialista e incluso revolucionaria. Los nombres de las casas hablan por sí solos: Rosa Luxemburgo, Lenin, Espartaco, Che Guevara, Lucio Cabañas, América Libre, Dos de Octubre, etc.

Solidaridad

Muchos de los moradores de Casas de Estudiantes ingresaron a la UMSNH gracias al Movimiento de Aspirantes Rechazados (MAR). Tras haber obtenido así un lugar en la universidad, los jóvenes continúan apoyando activamente al MAR a través de la Coordinadora de Universitarios en Lucha (CUL). Al hacerlo, permiten el ingreso de las siguientes cohortes generacionales de estudiantes.

Los que están fuera pueden entrar al tomar la mano de quienes ya están dentro. Los del interior saben que deben abrir las puertas, estirar sus brazos y ayudar a ingresar a los del exterior. Es así como la solidaridad estudiantil mantiene vivo el espíritu popular de la UMSNH. Es así también como permite honrar la deuda histórica de la universidad.

La CUL y el MAR contribuyen a que ingresen anualmente a la UMSNH centenares de jóvenes que no pasan el examen de admisión debido a su rezago educativo. Sobra decir que este rezago no es imputable a quienes repartieron su día entre el estudio y el trabajo, tomaron clases en ayunas o a la intemperie y debieron mezclarse con niños de todos los niveles al repartirse al único maestro de la comunidad. Es verdad que no todos los rechazados estudiaron en condiciones tan adversas, pero sí muchos, demasiados, lo que basta para comprometer el examen de ingreso.

Los de abajo

Considerando las abismales desigualdades socioeconómicas de nuestro país, el examen de admisión a la universidad no puede ser más que un despiadado instrumento de exclusión de los excluidos de siempre. De ahí su carácter clasista y racista. Su efecto, después de todo, es el de negar la educación superior a quienes ya se negó una buena educación básica, media y media superior, es decir, los hijos de indígenas, campesinos, obreros, desempleados, comerciantes pobres y tantos otros.

Los rechazados tienden a ser precisamente aquellos con los que la UMSNH tiene la deuda histórica por la que existe y por la que tiene sentido su existencia. No está de más preguntarse, por lo tanto, en qué medida el rechazo de esos aspirantes podría estar deshonrando a la universidad. ¿Y si el examen de ingreso no fuera más un mezquino subterfugio con el que la UMSNH se las arreglaría, quizás de manera inconsciente, para no honrar su deuda con los de abajo?

Por una cruel paradoja, los rechazados son generalmente aquellos mismos a quienes Vasco de Quiroga legó la universidad. Se les rechaza en su propia casa. No se les deja ya entrar libremente ni siquiera en un minúsculo reducto que se les entregó como ínfima compensación a cambio de todo lo que se les arrebató.

Consejo Supremo Indígena

Al demandar a los indígenas que paguen, presenten y aprueben el examen de ingreso, la UMSNH podría estar contrariando y traicionando a su fundador, quien estableció explícitamente que los indios recibieran educación “gratis” o “sin que para ello dieran ni pagaran ni se les pidiera cosa alguna”. ¿Exigirles un examen y un pago no es acaso pedirles algo para educarse? De ser así, estaría haciéndose aquello mismo que Vasco de Quiroga ordenó que no se hiciera. Estaría exigiéndose algo, algo más, a quien se le debe todo.

Quizás la UMSNH esté en la vergonzosa posición de aquél a quien se le tienen que recordar sus obligaciones. Fue al menos lo que debió hacer el Consejo Supremo Indígena de Michoacán, integrado por más de treinta comunidades, a través de un manifiesto aprobado en asamblea y emitido el 18 de septiembre de 2016. Además de solicitar a la UMSNH que “recordara” su “deuda histórica con los pueblos originarios”, el Consejo expresó que “respaldaba totalmente la lucha emprendida por jóvenes aspirantes y rechazados”.

Dando su verdadera dimensión al conflicto por el ingreso en la UMSNH, el manifiesto del Consejo Supremo Indígena dejó claro lo que estaba en causa. De lo que se trataba era de saber si hay disposición a seguir pagando al menos una parte insignificante de lo que se debe a los indios y a lo que representan para nosotros y dentro de nosotros mismos. Lo que está en juego es una cuenta pendiente que tenemos todos en México. Podemos hacer como si no existiera, desde luego, pero entonces perderemos todo lo que nos debemos.

Rechazados somos todos

Nuestra deuda es también con lo que somos. Nos rechazamos en los rechazados. No es tan sólo que excluyamos a los indígenas en sentido estricto, sino que dejamos fuera todo lo que somos al encarnar aquello que significa lo indígena en Latinoamérica: lo invadido y dominado, lo expulsado y desvalijado, lo empobrecido, lo despreciado, abandonado, marginado, excluido, rechazado.

La condición de los rechazados es la misma que todos padecemos en proporciones variables y en diferentes aspectos de nuestras vidas. No hay nadie a salvo del rechazo. Quizás esto forme parte de lo expresado con el grito de “¡rechazados somos todos!”, alternado con el de “¡Ayotzinapa somos todos!”, que resonó el 26 de septiembre 2016 en las calles de Morelia, cuando la marcha por los 43 visitó a los compañeros de la CUL y del MAR que mantenían tomada la Ciudad Universitaria de la UMSNH.

El rechazo más violento, el que sufren los aspirantes rechazados y los moradores de Casas de Estudiantes de la UMSNH, es el mismo que padecen los estudiantes de Ayotzinapa y de las demás Escuelas Normales Rurales. Por eso comprendemos que los normalistas rurales de Tiripetío, en la primera semana de octubre de 2016, se hayan solidarizado con la CUL y con el MAR hasta el punto de participar con refuerzos en sus tomas de las instalaciones de la UMSNH.

Clasismo y racismo

La solidaridad entre los rechazados no es tan sólo comprensible, sino indispensable, pues ya vimos en Iguala hasta dónde puede llegar el rechazo del que son víctimas. Hemos vuelto a descubrir peligrosas expresiones de ese rechazo en las agresiones físicas y verbales que los estudiantes inscritos de la UMSNH han dirigido recientemente contra los aspirantes rechazados. Atacándolos con palos y piedras, los han llamado “indios”, “nacos”, “piojosos”, “hambreados”, “pinches rechazados” y “perros mugrosos”.

Todo el rechazo clasista y racista que se ha visto en la UMSNH no es más que la continuación del rechazo institucional justificado por un examen de admisión igualmente clasista y racista. El clasismo y el racismo empiezan por la política de ingreso y terminan en los enfrentamientos entre estudiantes. El porrismo estudiantil no es más que la continuación del examen de admisión por otros medios.

Lo irónico es que la UMSNH cultive el rechazo, tanto en sus formas porriles como evaluativas, cuando ella misma, como universidad popular, es víctima de rechazo. Digamos que es una institución rechazada, como bien lo muestra su pésima imagen en la sociedad, en las empresas y en los medios, así como su presupuesto anual de 51 mil pesos por estudiante, menor a la media nacional de 59 mil pesos y sin comparación con los recursos recibidos por la UNAM y por otras instituciones que sobrepasan los 100 mil pesos.

Privatizar lo público

Lo cierto es que la situación de la UMSNH no es más que un caso extremo de la actual degradación de la educación pública en México. La cobertura de las universidades públicas en relación con las privadas ha retrocedido veinte puntos porcentuales, de 90% a 70%, en los últimos cuarenta años. La privatización progresiva se ha visto recientemente acelerada por el desvío de recursos públicos hacia instituciones privadas mediante las becas para militares (2009), la deducibilidad de impuestos para colegiaturas (2011), los créditos bancarios (2012) y los apoyos a la investigación fuera del ámbito público (2014).

La privatización ha impedido que la universidad pública se desarrolle en función de las necesidades sociales y ofrezca más lugares para los aspirantes. El número creciente de rechazados es correlativo de la degradación de lo público. Su lucha contra el rechazo es también una lucha por lo público y contra su privatización, por la educación para todos y contra la educación para unos cuantos, por el derecho y contra el privilegio.

Privatizar lo público es robar la riqueza de todos para entregársela a unos cuantos privilegiados. ¿Pero acaso este desfalco no se realiza también de algún modo mediante el examen de admisión con el que seleccionamos a los privilegiados que podrán beneficiar de la educación pública? El derecho de todos a esta educación está siendo violado al convertirse en el privilegio de los supuestamente más aptos, los cuales, como por casualidad, tienden a ser también los menos pobres y los de tez más clara.

Agudizar la desigualdad, justificar el desprecio y evadir la responsabilidad

El examen de admisión hace ascender a los que están más arriba y descender a los que están más abajo. Rechaza a los eternos rechazados y acepta a los eternos aceptados. El acceso a la educación pública agrava en lugar de atenuar la desigualdad. Las víctimas de la desigualdad no sólo no son resarcidas mediante una discriminación positiva, sino que son castigadas por haber sido castigadas en la vida.

Además de hundir aún más a los de abajo, el examen de admisión los convence de que merecen estar abajo al hacerlos imaginar que han sido rechazados por causa de su propia incapacidad personal. Es así como confirman lo que se piensa de ellos, que son unos incapaces, y creen entender entonces por qué están abajo y por qué se les desprecia. El desprecio del pobre y del indígena se justifica “científicamente”, con exactitud numérica, en la mismísima puerta de la universidad.

Por si fuera poco, además de justificar y de agravar la discriminación, el examen de admisión permite que el Estado evada su responsabilidad y la descargue en el estudiante, responsabilizándolo de su rechazo y de su rezago educativo, es decir, indirectamente, de su exclusión y de su miseria. Se ha llegado así al extremo de culpar al propio aspirante de su rechazo después de rechazarlo tan sólo por haber sido rechazado toda su vida.

Eliminar a los acreedores en lugar de saldar la deuda

En la estrecha perspectiva del examen de admisión, el problema del rechazado es su incapacidad y no la falta de inversión en la educación pública ni tampoco los efectos directos de esta falta de inversión, entre ellos la insuficiencia de lugares en la educación superior y la situación desastrosa de la educación básica, media y media superior en las zonas marginadas. Lo que debe solucionarse no es la marginación, sino el propio marginado. El rechazado es el problema y es por eso que se le rechaza.

La clase dominante y su Estado están procediendo como el criminal que intenta desaparecer el cuerpo de su víctima para borrar su crimen. Para olvidar todo lo que se ha hecho a los pobres e indígenas, ¿qué mejor que deshacerse de ellos al rechazarlos mediante el examen de admisión? ¡Que se regresen a sus comunidades y desaparezcan de las calles de Morelia y de la UMSNH! Hay que desaparecerlos de nuestro campo de visión tal como se desapareció a los 43 de Ayotzinapa.

Es más fácil, rápido y barato eliminar a los de abajo que pagarles todo lo que se les debe. En lugar de saldar la deuda histórica y cumplir así el testamento de Vasco de Quiroga, se ha preferido eliminar a los acreedores. Lo sorpresivo para los cálculos del poder es que estos acreedores no se dejen eliminar, que insistan en existir, que tomen las calles y los edificios mismos de la universidad.

 

Psicología y responsabilidad social: de la publicidad empresarial a la reflexión universitaria

Intervención en la segunda sesión de la Cátedra de Psicología “Dra Julieta Heres Pulido”, sobre Psicología y Responsabilidad Social Universitaria, del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), el lunes 3 de noviembre 2014, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Se me ha pedido que hable sobre la responsabilidad social de los psicólogos y de las facultades o escuelas de psicología. Me permitiré puntualizar y problematizar el asunto. Me preguntaré qué hacer con aquello que ahora se llama “responsabilidad social” cuando uno es, como yo, docente de una facultad de psicología en una universidad pública latinoamericana y específicamente mexicana.

En mi opinión, como universitario que soy, pienso que debo evitar utilizar irreflexivamente cualquier concepto, incluido el de “responsabilidad social”. Esta utilización irreflexiva se le puede perdonar a un psicólogo profesional o técnico, pero no a un académico, por más que la profesionalización y tecnificación de la disciplina tiendan a inhibir la reflexión en el ámbito universitario. Si creo en el valor de la reflexividad académica, entonces no podré servirme del concepto de “responsabilidad social” sin reflexionar sobre él y plantear una serie de cuestiones relativas a su origen, su empleo y sus posibles implicaciones.

En lo que se refiere al origen de la “responsabilidad social”, debe considerarse que se trata de un concepto presumiblemente forjado en el ámbito privado empresarial. Desde luego que esta circunstancia no es razón suficiente para descartar el concepto, pero sí debe hacer que seamos cautos al emplearlo y que nos interesemos en las funciones que ha desempeñado ahí en donde se inventó. No debemos olvidar que los conceptos responden a las necesidades internas de la esfera en la que se crean.

Al surgir en empresas privadas, el concepto de “responsabilidad social” ha obedecido a lógicas diferentes de las que deberían imperar en la universidad pública. Y esas lógicas podrían ser vehiculadas por el concepto. La “responsabilidad social”, como cualquier otro concepto importado, puede ser un Caballo de Troya que termine contribuyendo a la ya de por sí preocupante invasión de la ideología neoliberal en las universidades públicas.

El peligro concreto es que nuestro ámbito público universitario se vea contaminado y degradado por lógicas privadas empresariales en las cuales, por ejemplo, la responsabilidad social puede no ser más que una estrategia publicitaria para adquirir una imagen más atractiva en el mercado. Sabemos, en efecto, que la empresa privada puede presentarse como socialmente responsable para vender mejor sus productos al competir contra otras empresas. Es exactamente así como la etiqueta de “responsabilidad social” está funcionando en ciertas universidades públicas para conseguir más recursos y posicionarse mejor en la mezquina competencia por el reparto del presupuesto. El ámbito educativo termina convertido en mercado.

Si piensan que estoy exagerando, les contaré que hace unos meses, en una reunión universitaria de mi comisión académica, se nos dijo que ahora debíamos hablar de “responsabilidad social” para poder bajar recursos. El concepto está funcionando aquí exactamente como lo hacía en el ámbito empresarial del que proviene. Se trata de una simple estrategia publicitaria para persuadir al comprador, a quien habrá de comprar el producto o el proyecto que le vendemos, es decir, en este caso, los funcionarios que toman decisiones respecto a las aportaciones de recursos. Es por eso que digo que la universidad termina convertida en mercado, lo cual, desde luego, no debe achacarse a la “responsabilidad social” como tal, sino a la manipulación viciosa del concepto. El problema es que esta manipulación viciosa corresponde precisamente al funcionamiento de la esfera de procedencia del concepto. La “responsabilidad social” proviene del mercado y quizá no debiera sorprendernos que acabe desembocando en el mercado.

Lo extraño es que vayamos a buscar al mercado conceptos que nosotros mismos, como universitarios, deberíamos generar. Me preocupa que la universidad, que debería ser productora de ideas, acabe siendo consumidora de nociones producidas en una esfera tan profundamente ideologizada como es la del mundo empresarial. Además de exhibirse la alarmante influencia que este mundo empresarial puede llegar a ejercer en el ámbito académico, me temo que se está revelando aquí la falta de productividad conceptual de la universidad.

Ahora bien, además de mostrar nuestra esterilidad como productores de ideas, pienso que estamos delatando nuestra inconciencia como consumidores de ideas. Quiero decir que nos tragamos el concepto de “responsabilidad social” sin detenernos en sus ingredientes, igual que los mexicanos que usan la Salsa Tabasco sin saber que sus chiles vienen de México. Así como los chiles de la salsa estadounidense fueron cultivados por los mexicanos que luego consumen la salsa, así también los elementos constitutivos de la “responsabilidad social” han sido siempre cultivados por quienes luego se convierten en consumidores inconscientes del producto.

No es preciso recordar que los académicos e intelectuales hablamos de responsabilidad y de sociedad desde hace ya varios siglos. Hay una larga acumulación de especulaciones, discusiones e investigaciones filosóficas, politológicas, antropológicas, sociológicas y jurídicas que ahora olvidamos al emplear el concepto. Es como si no hubieran existido. Esta amnesia es también alarmante. ¿Cómo los universitarios podemos aceptar con entusiasmo una consigna o un eslogan aparentemente nuevo sin antes discutir y examinar detenidamente sus partes constitutivas?

¿De qué responsabilidad estamos hablando? ¿Y a qué sociedad nos referimos? Nada menos claro cuando reivindicamos la “responsabilidad social”. Nuestro empleo del concepto resulta muy ingenuo para quien esté mínimamente curtido en los debates que han rodeado a nociones centrales como las de “sociedad” y “responsabilidad”. Estas nociones deberían ser manejadas con mayor circunspección y deliberación. De lo contrario, nos exponemos a una serie de peligros sobre los que deseo atraer su atención. Me referiré aquí a doce peligros que alcanzo a vislumbrar.

Cuando hablamos de responsabilidad social, ¿qué sentido estamos dando a lo social? Para empezar, ¿pensamos acaso en la sociedad global o en una sociedad nacional o quizás en una local o regional? Esto debe aclararse, porque si yo soy responsable con respecto a la sociedad global puede ser que sea irresponsable con la sociedad mexicana o latinoamericana, y viceversa. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, un soldado nazi podría criticarles irresponsabilidad social a los comunistas desertores, y tendría la razón desde su punto de vista, que es el de cierta sociedad alemana.  Pero los desertores, en la perspectiva internacionalista, le criticarían falta de responsabilidad al soldado movilizado, y también tendrían la razón.

Una vez que hayamos identificado la sociedad con respecto a la cual habremos de responsabilizarnos, habrá que enfrentarse a quienes, como yo, consideran que lo social no existe como tal, que la sociedad está siempre disociada, que sólo consiste en una apariencia ideológica de unidad con la que se oculta la disociación de clases en su interior. Desde este punto de vista, que es el mío, responsabilizarnos con una sociedad es responsabilizarnos con la clase dominante que nos hace imaginar que existe dicha sociedad. Esta “responsabilidad social” puede posibilitar que se perpetúe cierta forma de opresión y explotación que tal vez desaparecería si nos permitiéramos ser un poco más irresponsables. Hay que alegrarnos, por ejemplo, de que la aristocracia francesa terminara siendo tan socialmente irresponsable como lo fue en la segunda mitad del siglo XVIII, pues esa irresponsabilidad social permitió agravar las contradicciones que estallaron en la Revolución Francesa.

El ejemplo de la Revolución Francesa me permite pasar a un tercer peligro que encuentro en el empleo ciego del concepto de responsabilidad social. Cuando no contextualizamos históricamente su empleo, existe el riesgo de que seamos irresponsables con el futuro por obstinarnos en asumir cierta responsabilidad con el presente. Si nos hubiéramos acercado a María Antonieta y le hubiéramos pedido que se mostrara socialmente responsable y que dejara de ser tan despilfarradora y de hacer tales fiestones memorables, y si la reina se hubiera dejado convencer, entonces habríamos evitado la revolución francesa y quizá ahora viviríamos en un mundo aún menos habitable que el que nos rodea. Seríamos irresponsables con el futuro por haber insistido en la responsabilidad con respecto a cierta sociedad y por haber permitido así que se perpetuara.

Cuando nos mostramos socialmente responsables en cierto contexto histórico, existe el riesgo de que lo perpetuemos, reduzcamos sus conflictos internos y le impidamos transformarse. Es algo, por cierto, que no dejamos de hacer los psicólogos. Esto me conduce al cuarto peligro de la responsabilidad social, y es el sentido conservador y reproductivo que suele tener, ya que se es responsable con respecto a lo que existe, es decir, con respecto a ciertas formas de existencia que tal vez deberían ser aniquiladas y superadas en lugar de ser responsablemente preservadas. La responsabilidad social tiende a ir a contracorriente del cambio, la transformación, la subversión y la revolución, por la simple razón de que no hay nada más irresponsable que una subversión o una revolución. Es claro que la responsabilidad social inhibirá esos gestos socialmente destructores a los que debemos, por cierto, mucho de lo mejor que hay en nuestro mundo.

Me parece que necesitamos de cierta irresponsabilidad y que no conviene convertir a la responsabilidad social en un valor absoluto, como lo hacen con frecuencia los promotores del concepto. He intentado mostrar que somos relativamente responsables, responsables en relación con alguien y con algo, pero esta responsabilidad siempre implica cierta irresponsabilidad. Vivimos en un mundo conflictivo, desgarrado, que nos hace pensar en un campo de batalla. En este campo, a veces debo mostrarme irresponsable con unos, en la trinchera enemiga, para ser responsable con otros en mi trinchera. Esto es así porque sólo puedo ser responsable con unos al serlo contra otros.

El aspecto esencialmente beligerante y conflictivo de nuestra vida y de nuestro mundo tiende a ser soslayado por la idea misma de “responsabilidad social”. Se es responsable hacia toda la sociedad. El concepto no toma partido por una clase contra otra, sino que es deliberadamente general y englobante. Me atrevo a decir que es un concepto pretendidamente imparcial, neutro y vacío, desprovisto de un proyecto político progresista o conservador, popular o elitista, revolucionario o reformista. Esto es inaceptable para quienes pensamos, como yo, que no hay manera de ser neutros e imparciales. Cuando pretendemos serlo, cuando no tomamos partido por algo, es porque estamos tomando partido por todo, por toda la sociedad con la que somos responsables, es decir, estamos optando por el orden establecido. Ser neutro y apartidista, para mí, es adoptar un proyecto conservador y reaccionario. He aquí un sexto peligro que nos amenaza en el concepto de responsabilidad social.

En el mejor de los casos, la responsabilidad social aparece como un sustituto edulcorado, light, artificial, de un proyecto político preciso. Este sustituto artificial es peligrosísimo para universidades, como es el caso de la Universidad Michoacana, que tienen una larga historia de compromiso militante con las clases desfavorecidas, las más oprimidas y explotadas. Al resumir nuestro compromiso político en el concepto apolítico de responsabilidad social, corremos el riesgo de perder lo más importante de lo que estamos resumiendo. Seremos amablemente responsables con esta sociedad en lugar de seguir apostando a su destrucción al mantenernos comprometidos con las clases que más sufren el peso de la sociedad.

El peligro es que el concepto de responsabilidad social puede servir como cuartada para eludir la cuestión política de nuestro posicionamiento y toma de partido. Este octavo peligro, el del apolitismo, se relaciona estrechamente con el noveno, el de caer en una concepción moralista y subjetivista, psicológica y psicologizadora, en la que se enfatizan la conciencia y la voluntad de individuos y grupos socialmente responsables, olvidándose las determinaciones objetivas estructurales, el sistema económico, la intrincada trama de las orientaciones históricas y las movilizaciones colectivas, las inevitables complicidades clasistas y los necesarios compromisos políticos. Todo esto desaparece cuando nos dejamos entusiasmar por la noción de “responsabilidad social” hasta el punto de imaginar que la solución de los grandes problemas estructurales puede llegar a depender únicamente de las buenas intenciones de individuos y de grupos, de su preocupación por el otro, de su disposición a ser socialmente responsables.

¡Como si nuestra propia responsabilidad social no pudiera ser manipulada y explotada por cierto sistema y por ciertos grupos! Éste es el décimo peligro que veo en la responsabilidad social. Cuando somos socialmente responsables, puede ser que lo seamos en perjuicio de las mayorías o de quienes más necesitan nuestra solidaridad. He conocido a bomberos españoles que perdieron su empleo remunerado gracias a las buenas intenciones de grupos de voluntarios que participaban gratuitamente en la extinción de incendios forestales. También conocí a basureros caídos en el desempleo y la miseria porque la buena gente disciplinada empezó a tirar la basura en los botes y no en las aceras.

No hay que olvidar que la responsabilidad social, como fue reconocido por el mismo Claus Offe, constituye un mecanismo disciplinario de autocontrol. Pero hablar de disciplina es hablar de poder. Hay que preguntarnos siempre, como psicólogos que somos, qué poder está ejerciéndose a través de nuestra supuesta responsabilidad social. Me atrevo a decir que siempre habrá ese poder, y al asumirlo y ocultarlo detrás de nuestra propia responsabilidad social, eximiremos y descargaremos de responsabilidad a los auténticos responsables en las altas esferas del poder político y económico. Aquí hay otro peligro, el onceavo, el de responsabilizarnos por los estragos causados por el sistema.

En lugar de luchar contra el capitalismo, nos sentimos responsables por sus víctimas e intentamos ayudarlas a través de nuestra caridad, la cual, de paso, puede servir para que las empresas socialmente responsables evadan algunos impuestos. Se nos hace también asumir la responsabilidad social de las crisis económicas y salvar a banqueros y especuladores con nuestros impuestos. Las compañías petroleras pueden ahorrarse costos de limpieza del mar cuando se cuenta con grupos de ciudadanos socialmente responsables que hacen gratuitamente una buena limpieza. Y nos encontramos finalmente con la inversión perversa, típicamente neoliberal, por la que respondemos de todos los vicios y errores de nuestros gobernantes.

Hemos llegado al extremo de imaginar que un gobierno como el de Peña Nieto es corrupto y criminal sencillamente porque refleja una sociedad mexicana corrupta y criminal. Seríamos entonces nosotros mismos, como sociedad, los responsables de que nuestros jóvenes hubieran sido asesinados a través del crimen organizado transformado en gobierno. Tendríamos el gobierno que nos merecemos. Esto es verdad en parte, pero no del todo, y si lo aceptáramos en sentido absoluto, disiparíamos la responsabilidad y olvidaríamos que no todos los sectores sociales tienen el gobierno que se merecen, que hay clases más inocentes que otras, que hay también individuos más responsables que otros, que nadie es tan responsable como un gobernante y que tenemos derecho a exigir que rinda cuentas por un crimen como el de Ayotzinapa.

Llego al último peligro de la responsabilidad social al que deseaba referirme. El concepto puede hacer que no reconozcamos la concentración de la responsabilidad en ciertos núcleos de poder económico y político. En lugar de hacer que los gobernantes asuman su responsabilidad, quizá la descarguemos estoicamente sobre nosotros los gobernados. Seremos entonces nosotros, cada uno de nosotros, los responsables de todo y de todos, como diría Dostoievski. Por lo tanto, seremos nosotros mismos los que tendremos que esforzarnos en cambiar. Lucharemos por cambiarnos en lugar de luchar para cambiar el sistema.

En lugar de una revolución a gran escala, haremos una de aquellas pequeñas revoluciones personales y domésticas en las que somos especialistas los psicólogos. Se tratará de cambiarlo todo en el sujeto para que todo siga igual en el mundo. El problema es que si todo sigue igual en el mundo, es muy poco lo que podremos cambiar el sujeto. Las transformaciones del individuo y de su entorno son interdependientes entre sí e indisociables una de otra.

Ya he mencionado los doce peligros que ahora percibo en el empleo imprudente del concepto de “responsabilidad social”. Estoy seguro de que hay más aspectos riesgosos que no consigo ver ahora. También confío en que muchos de los que logré detectar, quizás incluso todos ellos, puedan ser conjurados si el concepto se emplea con suficiente precaución. Esto exige reflexionar más en él y usarlo menos como consigna, eslogan, ideal o prescripción. Por mi parte, prefiero no emplearlo, pues no deja de parecerme demasiado peligroso y además resulta incompatible con mi posicionamiento político y con mi perspectiva teórico-epistemológica.

Lo público en la Universidad Michoacana

Charla para estudiantes de nuevo ingreso. Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, martes 9 de septiembre 2014.

David Pavón-Cuéllar

Tengo un colega y amigo mexicano que vive en París. Hace poco le escribí sobre la violencia en Michoacán y los cada vez más graves problemas económicos de la Universidad Michoacana. Me respondió la semana pasada, preguntándome si todavía no consideraba irme a otra universidad. Es la segunda vez que me lo preguntaba, y la primera vez, hace un par de años, su pregunta fue acompañada por una generosa y atractiva invitación a trabajar en otra universidad. Esta vez ya no hubo ninguna invitación, pero presentí, quizá ingenuamente, que la habría si yo confesaba que había llegado el momento de partir.

Es común, cuando uno es profesor nicolaita, que nuestros colegas de otras universidades nos pregunten si queremos irnos. Ya perdí la cuenta de cuántos me lo han preguntado, y más de una vez la pregunta vino acompañada por amables invitaciones u ofrecimientos de apoyo para conseguir un trabajo en otra universidad. Siento una enorme gratitud ante estos gestos amistosos, pero también me hacen preocuparme cada vez más. ¿Será que de verdad estamos tan mal? Puede ser que sí. Mi temor es que esté rechazando los salvavidas mientras se hunde el barco al que me aferro, y que después, una vez que el barco esté hundido, ya no haya ningún rescatista que me ofrezca salvavidas y yo termine ahogándome, hundiéndome con mi barco michoacano.

Desde luego que no quiero ahogarme, pero tampoco me gustaría irme a otra universidad. Estoy feliz en este barco. Espero que siga flotando y que me permita permanecer aquí el mayor tiempo que sea posible.

Debo decir que antes de subirme a este barco, hace ya muchos años, yo deseaba estar y trabajar aquí. Fue mi propio deseo el que me trajo, y mi deseo no se explicaba ni por haber estudiado en esta universidad ni por ser de Morelia o de Michoacán. Soy defeño, de la capital, y nunca viví en esta región del país. Tampoco tengo el gusto de contar con michoacanas o michoacanos entre mis parejas o amistades o antepasados. Nada previo me unía entonces ni a Morelia ni al estado ni a su universidad. Y sin embargo, hice todo lo posible para venirme a vivir a Morelia y trabajar en esta universidad. Esto es algo que me sorprende mucho ahora, sobre todo ahora, cuando sé que la mayoría de mis colegas llegaron aquí simplemente porque son de aquí, por las circunstancias o por aparentes azares del destino. Yo debí obstinarme en venir.

Bueno, es verdad que había dos o tres otras universidades en las que habría trabajado con gusto, pero también es verdad que la Michoacana terminó siendo mi primera opción a pesar de todo lo mal que escuché sobre ella. Me insistieron en que estaba en bancarrota, que era demasiado conflictiva, que siempre estaba en huelga, que había grupos de poder que lo controlaban todo, que la descomposición social del estado, que la corrupción y la violencia y todo lo demás que ya conocen. En fin, una imagen desoladora. Y aun así, yo deseaba trabajar aquí. ¿Por qué? ¿Por qué un deseo tan intenso de la Universidad Michoacana? ¿Y por qué sigo ahora tan aferrado a este barco?

Son muchas las razones y no consigo distinguir entre las más y las menos importantes, entre las que me hicieron subirme al barco y las que me hacen ahora mantenerme a bordo y rechazar los salvavidas que me ofrecen. Y sin embargo, ahora que lo pienso, hay una razón que se destaca por sobre todas las demás.

La Universidad Michoacana es pública y yo creo en la educación pública. Tal vez haya que agregar que no creo en la educación privada. Y no creo en ella porque la conocí, porque tuve la experiencia de la gran aberración por la que uno recibe saber a cambio de la colegiatura que paga. El dinero se transmuta de manera casi mágica en un profesor, en un conocimiento, en calificaciones y hasta en títulos. Todo aparece cuando uno introduce la moneda. El estudiante se vuelve cliente y el maestro se ve reducido a un vendedor cualquiera. El conocimiento se torna simple mercancía y la universidad es una tienda como cualquier otra. Esto puede llegar a ser diferente, desde luego, cuando no hay un propósito lucrativo, sino un proyecto social o político, tal vez de índole celestial como el de ciertos religiosos, entre los que no incluyo, desde luego, a los legionarios de cristo. Sin embargo, aun en estos casos, no creo en la educación privada porque pienso que la educación es algo demasiado importante como para privatizarlo y subordinarlo a los intereses o ideales de un sector específico. La educación debe ser de toda la sociedad y para toda la sociedad, y nadie tendría que tener derecho de acapararla de ningún modo.

Decir que la Universidad Michoacana es pública significa también que se trata de un espacio público, abierto, no cerrado al mundo exterior. La calle se prolonga al interior de la Universidad y de la Facultad. No estamos fuera de la ciudad ni de la sociedad. Los perros callejeros entran a la Facultad como Juan por su casa. A veces nos encontramos con limosneros y con vendedores ambulantes. Recientemente hasta hubo profesores amenazados por estudiantes quizá vinculados por el crimen organizado. Pero también las luchas sociales no dejan de agitar nuestra máxima casa de estudios. Todos los problemas sociales atraviesan los muros de la universidad.

Si hay violencia y miseria en el exterior, no debe sorprendernos entonces que las haya también en el interior, pues aquí no hay un interior diferente del exterior. El interior es parte del exterior. La universidad es parte de la sociedad y está atravesada por la sociedad con todos sus conflictos y todas sus carencias.

Decir que la universidad es pública implica también que no tiene propietario. Hay que aclarar que no es del gobierno. Quizá el gobierno la gestione, pero no la posee, pues nadie posee lo público y es por eso que se trata de algo público, no privado. Lo público no es de nadie en particular, ni siquiera de nosotros que estamos aquí, sino que es de todos, de toda la sociedad que paga la universidad pública con su trabajo, con lo que produce y con los impuestos que se generan con lo que produce. Esta universidad es tan de ustedes como de las trabajadoras y los trabajadores, en fábricas, minas y campos, que no están aquí, pero cuyo trabajo nos está pagando todo esto que nos rodea. Tenemos una deuda con ellas y ellos que nos pagan la educación, y esto es algo que no debemos olvidar jamás cuando estamos en una universidad pública como la Michoacana.

La Michoacana es pública y ésta es una primera razón por la que estoy aquí. Pero hay otras universidades públicas en México y en el mundo, y seguramente muchas de ellas, quizá la mayoría, tienen mucho que ofrecer, y sin embargo yo he preferido ésta que otras. ¿Por qué?

Me atrevo a decir, para empezar, que nuestra universidad no sólo es una universidad pública, sino que tiende a ser también, en cierto sentido, más pública, entiéndase más abierta y más de todos, que otras universidades públicas. Es una universidad a la que vienen a estudiar jóvenes de otros estados que muchas veces no podrían estudiar una carrera universitaria si nuestra universidad no existiera. Esto quiere decir que nuestra universidad es más pública, más abierta y más de todos, lo que la hace, al menos desde mi punto de vista, mejor que otras universidades públicas que se han ido privatizando, es decir, que se han ido cerrando, que se han ido convirtiendo en privilegio de unos y han dejado ya de ser de todos.

Cuando una universidad pública se privatiza, entonces deja de ser un derecho de todos y se convierte en privilegio de unos cuantos. Esto es un robo, sí, un robo por el que cierto sector de la sociedad le roba la educación a toda la sociedad. Lo que es de todos termina siendo monopolizado por unos cuantos. Se les arrebata la educación pública a los trabajadores que la pagan y se les entrega a quienes habrán de explotarlos. Esto no se justifica de ningún modo, ni siquiera bajo el argumento de la calidad.

Es deseable, desde luego, que la educación pública sea de calidad, sea cual sea el significado que le demos a esta palabra. Pero antes debe ser pública, y si deja de ser verdaderamente pública para ser de calidad, entonces no sólo se convierte en un producto de lujo como la educación impartida en ciertas universidades privadas, sino que se torna un producto robado que no ha sido pagado por quienes la acaparan, sino por todos, pues no deja de ser mantenida por el erario público. Digamos que la educación pública se privatiza cuando unos pocos privan de ella a todo el  resto del pueblo. Esto no ha ocurrido todavía en la Michoacana, pero debemos cuidar que no ocurra. Mejor un barco hundido que un barco robado por los piratas.

No conocía ni conozco bien todas las universidades públicas de México, pero sí debo decir que una de las razones decisivas que me hizo venir y que ahora me hace aferrarme a la Universidad Michoacana es precisamente que me parece una universidad más pública, más abierta, más de todos, más de los de abajo, más de los trabajadores, más popular, menos elitista, menos pirateada que otras universidades. Muchos estudios socioeconómicos de la población universitaria confirman esta idea. Por ejemplo, somos la universidad pública estatal con más indígenas en México. Podríamos incluso afirmar, con cierta dosis de optimismo, que somos una universidad auténticamente pública y popular. La Michoacana, en efecto, se acerca mucho al ideal de ser una universidad del pueblo y para el pueblo, pagada por el pueblo como otras universidades públicas, pero también gozada por el pueblo, por todo o casi todo el pueblo, por hijos e hijas de jornaleros e indígenas, de obreros y mineros, de madres solteras y espaldas mojadas. Nuestra universidad no cierra o sus puertas, al menos en principio, a quienes vienen de rancherías y telesecundarias, quienes debieron trabajar desde niños en la milpa, quienes debieron ocuparse de sus pequeños hermanos, quienes difícilmente serían admitidos en otras universidades públicas, en las privatizadas, en los barcos tomados por los piratas.

He conocido a estudiantes que tienen un gran criterio y madurez intelectual, pero que también cometen las faltas de ortografía más elementales, pues nunca se les ofreció la ocasión de corregirlas antes de empezar los estudios universitarios. Hay muchas y muchos que han pasado hambre y que han sufrido todas aquellas violencias y humillaciones por las que la miseria viene a veces acompañada. Se trata de estudiantes que son pueblo y a los que esta universidad a menudo permitirá salir de la miseria de sus familias y dejar de ser oprimidos y explotados. Para ellos, la educación verdaderamente pública es también una forma de liberación social. Es nuestra universidad la que tal vez les permita liberarse de todo aquello por lo que han sido sistemáticamente oprimidos y explotados, pero también marginados o enajenados. Nuestra máxima casa de estudios les habrá permitido pensar lo que no tenían permiso de pensar, entrar ahí en donde no tenían derecho de entrar, y les ha dado la posibilidad de elegir ahí donde otros elegían por ellos y en lugar de ellos.

Más allá de la movilidad social, hay una transformación y liberación social que puede llegar a ocurrir en las aulas. Esto es para mí nuestra Universidad Michoacana, y esto es lo que hace, también para mí, que sea única y especial, y que se distinga de muchas otras universidades públicas. Es por esto que yo la he preferido, y es también esto lo que yo preservaría y desarrollaría. Y no hay que olvidar que esto ha sido posible, en gran medida, por la gratuidad o por las bajas cuotas, y especialmente por las Casas de Estudiante que han asegurado alojamiento y a veces alimentación a varias generaciones sucesivas de estudiantes de bajos recursos provenientes de diferentes regiones del país. Hay quienes quieren suprimir las Casas de Estudiante para sanear las finanzas de la universidad, para quitarle peso al barco y que no se hunda. Pero esto es piratería. Sin Casas de Estudiante, la Universidad Michoacana deja de ser lo que es. El barco tal vez no se hunda, pero ya no es el mismo barco, sino un barco pirata.

Para ser lo que es, la Universidad Michoacana debe ser popular. Lo popular está unido, tan unido a esta institución, que lo encontramos en sus mismos orígenes, en el siglo XVI y en el Testamento de nuestro fundador, Vasco de Quiroga, quien legó la universidad al pueblo y específicamente a los indígenas purépechas. Podemos leer en su testamento: “Por cuanto lo hicieron todo los indios de esta ciudad de Michoacán por mi ruego y mandado, sin habérseles pagado bien como debiera, que se le quede todo como dicho es perpetuamente para siempre jamás al dicho colegio de San Nicolás con cargo que en recompensa y satisfacción de lo que allí los indios de esta ciudad de Michoacán y barrios de la Laguna trabajaron, pues ellos lo hicieron y a su costa, sean perpetuamente en él gratis enseñados todos los hijos de los indios”, e insiste: “que han de ser enseñados gratis como es dicho, en satisfacción y recompensa de lo que allí y en otra cualquier parte y obra hubieren trabajado los dichos indios”.

La Universidad Michoacana, desde un principio, fue de los indígenas y para los indígenas, del pueblo y para el pueblo, de los dominados y para los dominados, de los más pobres y para los más pobres. En cierto sentido, los demás estamos invitados, y debemos tener una enorme gratitud hacia quienes nos comparten generosamente su universidad. Tenemos también que hacer todo lo posible para preservar su carácter público, pues este carácter público es lo que hace que aquí, en la Universidad Michoacana, la educación haya sido también liberación. Recordemos que las aulas de nuestra universidad vieron pasar a nuestros libertadores Miguel Hidalgo, José María Morelos, José María Izazaga e Ignacio López Rayón, héroes de la Independencia, quienes ayudaron a nuestra liberación del colonialismo español. Es un honor que el gobierno virreinal español decidiera cerrar nuestra universidad precisamente por su naturaleza rebelde y sediciosa. Luego será el furioso liberal Melchor Ocampo quien reabra sus puertas en 1847. Por último, en el siglo XX, nuestra universidad será honrada por intelectuales particularmente críticos y comprometidos como Aníbal Ponce, María Zambrano y Eli de Gortari. La movilizaciones estudiantiles de 1963 y 1966 precederán e impulsarán las de la Ciudad de México.

Ya nos liberamos de la corona española y de uno que otro despotismo posterior, pero queda todavía mucho a lo que deberíamos dejar de someternos. Lo encontrarán en las calles, en las aulas, en sus clases e incluso en la psicología que estudian, que a veces resulta comparable a esa religión con la que se aseguró la opresión, explotación, marginación y enajenación de los indígenas. Esto se encuentra obviamente en cualquier otra universidad, pero aquí somos especialistas en resistencias populares y luchas liberadoras. Tenemos todo para liberarnos al menos de las peores ideologías psicológicas. Intentemos que nuestra liberación confirme el carácter auténticamente público de nuestra universidad.

Es por lo público por lo que yo vine y permanezco aquí, hablando con ustedes, y es también por lo público por lo que muchas y muchos de ustedes pueden estar aquí, estudiando y quizá liberándose, y no allá, sometidos, trabajando en algún centro de explotación del sistema. No estamos aquí ni por la calidad ni por los rankings ni por las acreditaciones. Todo esto quizá tenga su importancia, pero si fuera lo que más nos importara, tal vez habría que pensar mejor en irse a otra universidad. Si estamos aquí, es por algo diferente.