Peña Nieto ante Ayotzinapa: el vocero del capitalismo y la indiscreción de sus palabras

Conferencia durante el encuentro “Ayotzinapa Vive”, el lunes 28 de septiembre 2015, en el Auditorio “María Zambrano” de la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Morelia, Michoacán, México) 

David Pavón-Cuéllar

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Personificación del capital e hidra capitalista

Para muchos mexicanos, entre los que yo me incluyo, Peña Nieto es una de las cabezas de aquel monstruo que los zapatistas han caracterizado perspicazmente como hidra capitalista. Esta caracterización, con su referencia al capitalismo para designar la esencia de un jefe de gobierno, habría sido inaceptable en amplios sectores académicos e intelectuales hace aún poco tiempo, veinte años atrás, durante los tiempos del aturdimiento posmoderno que siguió al fin del socialismo real. Se nos habría considerado entonces marxistas anticuados y trasnochados por el simple hecho de reconducir un fenómeno político a su fundamento económico en el sistema capitalista.

Hoy en día, por fortuna para nosotros los marxistas, el capitalismo tiene mayores dificultades para disimularse. Contra lo que imaginan muchos discípulos de los posmodernos, la principal razón de esto no se encuentra evidentemente en coyunturas filosóficas, estrictamente ideales o espirituales, como podría ser el desgaste de la metanarrativa posmodernista. Existen otros factores concretos y materiales, más fundamentales y decisivos, como han sido los excesos cada vez más escandalosos del propio capitalismo, el carácter crónico y catastrófico de sus crisis, el recrudecimiento de la desigualdad y de sus otros efectos sociales, y el creciente cinismo de sus manifestaciones ideológicas. Todo esto hace que volvamos a familiarizarnos con el capital y que reaprendamos a reconocerlo cuando se nos muestra con sus distintos rostros, como es el de Peña Nieto, uno de los más visibles y desvergonzados en México.

Peña Nieto es el capitalismo en persona. Considero incluso que podemos aplicarle aquella célebre definición marxiana del capitalista como “capital personificado, dotado de conciencia y de voluntad”[1]. Sí, podemos definir así a Peña Nieto, pero siempre y cuando entendamos bien que el capital sólo puede llegar a personificarse totalmente a través de múltiples y variadas conciencias, voluntades, fisonomías, cabezas, personalidades. Hay efectivamente algo de personalidad múltiple en el ente capitalista. No basta una sola cabeza para que el capital se personifique, para que tenga conciencia y voluntad, para que piense y quiera todo lo que necesita pensar y querer para poder funcionar. De ahí que la imagen zapatista de la hidra capitalista nos parezca tan elocuente. Para que el capital del siglo XXI haga todo lo que tiene que hacer en México, no bastan las cabezas de grandes empresarios criminales como Emilio Azcárraga, el Chapo Guzmán y Germán Larrea, sino que se requieren también muchas otras cabezas, muchos otros ojos y oídos, muchas otras bocas, entre ellas las de periodistas vendidos, intelectuales orgánicos del sistema, y políticos o funcionarios corruptos, entre ellos Peña Nieto.

El capital habla de manera tan descarada en el discurso del actual gobierno mexicano, que podemos percibir claramente lo que nos está diciendo sin tener que descifrar códigos ideológico-políticos nacionalistas, populistas o providencialistas como los que operarían en un Estado capitalista relativamente autónomo de los intereses capitalistas, como el descrito por Nicos Poulantzas[2]. Estos códigos, que subsistían en los viejos regímenes priistas e incluso en los últimos gobiernos panistas, no se mantienen sino como torpes fórmulas residuales en la obscena retórica neoliberal de Peña Nieto.

El discurso capitalista de Peña Nieto

El discurso presidencial mexicano es actualmente un discurso capitalista. Cada operación discursiva es una operación del capitalismo neoliberal. Esto puede apreciarse claramente en las palabras de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.

Cuando el presidente concibe la matanza y desaparición de normalistas como una “oportunidad” para “fortalecer” a policías y militares[3], percibimos la astucia del sistema capitalista que no pierde una sola oportunidad para fortalecerse a sí mismo, por ejemplo al fortalecer a sus esbirros y sicarios, como es el caso de los policías y militares de nuestro país. De igual modo, cuando Peña Nieto nos exhorta encarecidamente a “encauzar nuestro dolor e indignación hacia propósitos constructivos” [4], alcanzamos a escuchar el imperativo capitalista de explotarlo todo, incluso nuestros propios sentimientos, con fines productivos. El sistema capitalista de producción, de producción de medios para producir más capital, debe rentabilizar también el dolor y la indignación. Es por eso que debemos encauzar nuestros sentimientos, no aferrarnos a ellos, liberarlos y dejar que circulen tan libremente como las mercancías y los capitales golondrinos.

En el capitalismo neoliberal, hay que permitir la libre circulación de todo, incluso de nuestros propios sentimientos. Nada puede inmovilizarse. Todo tiene que moverse para permitir la realización posterior a la producción de la plusvalía, como lo muestra Marx en el segundo libro del Capital. Es por eso que, según los propios términos de Peña Nieto, no podemos quedar atrapados en Ayotzinapa, así como tampoco los automovilistas pueden ser bloqueados en las autopistas. Cualquier interrupción de la circulación tiene un costo altísimo para el capital. No podemos dejar un solo instante de mover a México para seguir vendiéndolo al mejor postor.

El saqueo exige continuamente mover a México, tal como rezaba la consigna electoral del presidente. Obviamente, siguiendo este eslogan repetido hasta el cansancio, hay que mover a México para explotarlo, exprimirlo, extraerlo, vaciarlo, destruirlo, triturarlo, pulverizarlo, refinarlo, procesarlo, empacarlo, transportarlo, exhibirlo, evaluarlo, tasarlo y exportarlo. No hay aquí tiempo que perder. Todo tiene que rematarse en un sexenio. Hay que seguir el movimiento vertiginoso de la depredación. Como Chaplin en los Tiempos modernos, los mexicanos deben seguir el ritmo del sistema.

El saqueo no puede retrasarse con accidentes de trabajo como el de Ayotzinapa. Es por eso que Peña Nieto solicita enfáticamente “superar ese momento de dolor”[5]. Ese lapso momentáneo es el único del que se dispone en el capitalismo. El tiempo capitalista está segmentado en momentos. Nada tiene que durar más.

El tiempo es dinero y hay que optimizarlo. Si las operaciones bursátiles duran sólo un momento, ¿por qué el dolor por Ayotzinapa debería durar más? Es como cuando el obrero se lastima en una línea de producción. El herido no puede parar: tiene que reanudar su labor tras el momento de dolor, y si no puede, entonces hay que sustituirlo. ¿Por qué habría que darle más tiempo? El tiempo cuesta, y los obreros, lo mismo que los padres de los normalistas asesinados o desaparecidos, no tienen dinero para comprar tiempo. Es precisamente por eso que tienen que vender su tiempo, su vida como fuerza de trabajo, para comprar dinero que les permita sobrevivir, mantenerse con vida.

El sistema capitalista reduce nuestras vidas a su valor de uso como fuerza de trabajo. Cuando no se nos puede explotar para trabajar, entonces no tenemos derecho a sobrevivir ni en México ni en otros países en los que no hay protección alguna contra el capitalismo salvaje. Los inexplotables estorban y se les puede eliminar impunemente. Es, en definitiva, lo que sucede con todos los que se resisten a la explotación capitalista y buscan formas existenciales alternativas, entre ellos los estudiantes de Ayotzinapa, que por eso también pudieron ser asesinados y desaparecidos. Lo que les ocurrió no tiene importancia alguna para el capitalismo, y es por eso que tampoco la tiene para Peña Nieto.

En el discurso presidencial como expresión del sistema capitalista, la tragedia no estribó en la matanza y la desaparición de los estudiantes, sino en el costo político-económico de lo que vino después. Es tan sólo en millones de pesos como puede evaluarse una tragedia en el capitalismo. Es por esto que lo trágico, según las palabras de Peña Nieto, no fueron los hechos sangrientos que no le costaron en sí mismos un solo peso al sistema, sino el tema de Iguala y la información posterior. Esto sí que provocó pérdidas millonarias. Esto sí que fue costoso para el capital y sus diversas personificaciones en los ámbitos empresarial y político.

Para el capitalismo, en efecto, la tragedia fue provocada por lo que inundó las calles y por lo que apareció en las pantallas de televisión, por lo que dañó la imagen de las mercancías en las que se ha subdividido todo México, lo que espantó a los inversionistas que nos compran, lo que desgarró el velo con el que se cubre la destrucción lucrativa del país y de sus habitantes. Esto fue lo único real en el sistema capitalista. Y los culpables de esto no fueron los militares, los policías y los demás sicarios del sistema, sino los periodistas y activistas que difundieron los hechos y protestaron contra ellos.

Resulta comprensible, pues, que los castigados sean los periodistas y los activistas, que no dejan de ser perseguidos y asesinados en México, y no sus verdugos, no los que mataron y desaparecieron a los estudiantes, no los policías, los militares y los demás sicarios del sistema, que no dejan de ser fortalecidos precisamente a causa de la tragedia. Conviene reiterar que la tragedia, para el capitalismo que habla por la boca de Peña Nieto, no estribó en los hechos sangrientos de Iguala, sino en lo que vino después. La tragedia, por lo tanto, no es imputable a los policías y militares, sino a los periodistas y activistas.

El saber con verdad y con razón

Hemos visto que el discurso presidencial no sólo traiciona constantemente al presidente como sujeto enunciador, sino también al sistema capitalista que articula sus palabras y que se expresa por su boca. Este sistema simbólico se descubre a sí mismo al intentar encubrirse a través de la trama ideológica de las palabras indiscretas de Peña Nieto. Gracias a su indiscreción, las palabras son reveladoras y no sólo mistificadoras. La opacidad se transparenta. Marx diría que el “cuento” se muestra “verdadero”[6]. Lacan observaría que la “estructura de ficción” desdobla su “verdad”[7]. Esta verdad corresponde a lo mismo que Gramsci llamó el valor “gnoseológico” de la ideología[8].

Como lo hemos apreciado, la trama ideológica, tal como se despliega en el discurso de Peña Nieto, nos permite conocer el funcionamiento del sistema capitalista neoliberal en su manifestación periférica mexicana, particularmente despiadada, salvaje, sangrienta y criminal. El capitalismo es delatado por cada lapsus de su portavoz, por cada uno de sus actos fallidos, por los hechos mismos de Iguala, pero también por los activistas y los periodistas que se han dedicado a denunciar en lugar de limitarse a enunciar el capitalismo. Hemos visto igualmente cómo la denunciación reviste la forma de una multitud indignada que inunda calles y plazas, que muestra mantas y corea consignas con informaciones más confiables, consistentes y verdaderas que todos los informes oficiales difundidos hasta ahora.

Ningún falso informe ha nublado la vista de centenares de miles de personas que han atisbado, ya desde un principio, que fue el Estado y que es el capitalismo, como se lee en una placa instalada sobre un muro de la Universidad Nacional Autónoma de México. Los universitarios, al igual que otros amplios sectores de la sociedad, han sabido muy bien de qué se trata. Lo supieron desde los primeros días. Este saber social, de hecho, fue reconocido por el mismo Peña Nieto cuando confesó, a través de otro de sus lapsus, que “la sociedad mexicana demanda y tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió”[9]. Por consiguiente, si queremos informarnos acerca de lo ocurrido en Iguala, no perdamos el tiempo acudiendo a la Procuraduría General de la República. Mejor vayamos directamente con la sociedad que demanda y tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió. Ella sí que está al tanto de lo ocurrido.

Aunque la sociedad mexicana demande saber, al mismo tiempo ya sabe, y sabe con verdad lo que sabe y tiene razón cuando lo sabe, según lo que nos dice Peña Nieto. La frase presidencial resulta reveladora porque le reconoce un saber a la misma sociedad que demanda saber, es decir, no a cualquier sociedad, sino a la que protesta en las calles contra la represión gubernamental, la que denuncia el crimen de Estado, la que presiente una relación entre el crimen y el sistema capitalista neoliberal y la que exige la renuncia del presidente al considerarlo culpable por acción u omisión. Esta sociedad es la que tiene razón, la que sabe con verdad lo que sabe, según lo que nos dice Peña Nieto de modo reiterativo. El presidente está reconociendo, por lo tanto, que la sociedad está en lo cierto cuando clama que fue el Estado. Al acusar al gobierno de Peña Nieto por la matanza y desaparición de los estudiantes, la sociedad tiene razón en saber con verdad qué fue lo que ocurrió. Es lo que dice el presidente. Son sus palabras indiscretas.

Sinceridad y culpabilidad

Desde luego que el énfasis en las palabras literales no debe hacer que nos detengamos en la superficie de lo que nos dice Peña Nieto. Cualquier literalidad tiene una estructura tridimensional y contiene zonas de total opacidad. Por más valor cognitivo que atribuyamos al discurso, no debemos olvidar que su trama es ideológica y que posee además un “valor psicológico” también reconocido por Gramsci[10].

Hay algo relativo al psiquismo de Peña Nieto que se revela en su confesión. Tal vez el deseo de ser castigado por su culpabilidad. Quizás ni siquiera se trate de ser culpable, sino de sentirse culpable, y no forzosamente a título personal, sino tal vez como representante de un Estado y miembro de un partido que, ellos sí, indiscutiblemente, están empapados en sangre.

Lo mismo podemos decir acerca de otros lapsus del presidente. Uno de los más preocupantes concierne el famoso escándalo de tráfico de influencias y conflicto de interés en la adquisición de la Casa Blanca de Peña Nieto. El presidente siempre negó que su proceder hubiera sido corrupto. Sin embargo, al referirse a este proceder, el presidente alegó, casi justificándose, que “hemos conocido de otros eventos de corrupción en distintos órdenes de Gobierno”[11]. Peña Nieto describió así literalmente como un evento de corrupción aquel escándalo al que se había referido en la frase anterior y del que él fue protagonista. Esto mismo, aunque suficientemente sospechoso y hasta inculpatorio, no significa necesariamente que el presidente, como persona, sea culpable de un evento de corrupción. Tal vez únicamente se esté sintiendo culpable o esté denunciando una corrupción estructural que atravesaría todos los órdenes del gobierno y de la que no podría escapar. Quizás incluso esté denunciando al capital que personifica, ya que en definitiva, y en rigor, toda la corrupción y los demás crímenes del Estado capitalista deben ser atribuidos al sistema como tal y no a sus diversas personificaciones.

En cualquier caso, por más inconscientes e involuntarios que sean, los elocuentes lapsus de Peña Nieto demuestran sinceridad y quizás incluso una cierta dosis de honestidad. Resultan por ello esperanzadores. La verdad que insiste en ellos, después de todo, tiende a recordarnos la verdad que grita en las calles. Ambas claman que fue el Estado. Ambas coinciden así al denunciar la responsabilidad gubernamental.

Extimidad y democracia

Resulta profundamente significativo que las palabras indiscretas de un presidente coincidan con las mantas, las consignas y las pintas de las masas inconformes con el mismo presidente. Aquello que aquí tiene una significación profunda es la coincidencia no sólo entre quienes se oponen, sino entre planos que suelen excluirse el uno al otro. La denunciación voluntaria y pública, exterior, expresa lo mismo que una denunciación involuntaria y tan privada, tan recónditamente interior, como lo es un lapsus. Lo más íntimo converge con lo más distante.

Las protestas de la calle resuenan en la garganta y no sólo en los oídos del presidente contra el que se protesta. La insondable intimidad subjetiva se encuentra en la exterioridad radical del mundo social, cultural, político, económico e histórico. Es lo que Lacan designa con el término de “extimidad”[12],  situándolo en un “lugar central”, en una “exterioridad íntima”, en un “interior excluido”[13]. Es aquí, en el centro exterior del sujeto, en donde las palabras indiscretas de Peña Nieto coinciden con la realidad que intenta ocultar y con las acciones o reivindicaciones de aquellas multitudes que inundan las calles y que le exigen renunciar. Las palabras y las realidades, lo mismo que las manifestaciones callejeras y las declaraciones presidenciales, aparecen como expresiones consonantes o complementarias, se aclaran unas a otras, se preguntan y se responden. Es por eso que deben considerarse conjuntamente, articuladamente, a través de una lectura sintomal como la propuesta por Althusser: lectura literal de síntomas, de lapsus, de “blancos” y “desfallecimientos” discursivos, pero siempre a través de un entrecruzamiento entre órdenes diferentes, mediante un análisis entre discursos,  “de unos por otros”, de palabras a través de hechos y viceversa[14].

Una lectura sintomal puede ayudarnos a percibir lo expresado por un lapsus en un lugar lógico diferente de aquel en el que se pronuncia y en el que lo expresado suele pasar desapercibido. La perspectiva de las movilizaciones callejeras puede permitirnos así revalorizar los discursos presidenciales. Aunque Peña Nieto no pretenda representar democráticamente al pueblo, el caso es que lo hace al culparse a sí mismo, al capitalismo y a su Estado, en cada uno de sus lapsus. Estos resbalones de lengua permiten que el presidente conozca de algún modo la democracia. De pronto, cada vez que el tirano se equivoca, es como si dejara de mentir, como si dejara de usurpar la soberanía popular, como si el mismo pueblo tomara la palabra y denunciara su tiranía.

La verdad democrática del pueblo hace irrupción en el discurso despótico del tirano. Comprendemos entonces el sentido más hondo, el menos evidente, de la idea marxiana según la cual “todas las formas de Estado tienen su verdad en la democracia, y precisamente por ello faltan a la verdad cuando no son la democracia”[15]. El régimen de Peña Nieto miente por ser antidemocrático, pero no puede evitar que su verdad irrumpa en las calles y en la boca misma del tirano.

Las consignas populares y los lapsus gubernamentales denuncian lo mismo, lo mismo que enuncian, el mismo Gran Otro al que traicionan. Unos y otros hablan con la misma verdad y tienen la misma razón. Quizás podamos conjeturar una estructura de lapsus en ambos casos. La multitudinaria movilización por Ayotzinapa, en México y en el mundo, sería también como un gran lapsus, como un gran acto fallido, fallido y por eso mismo exitoso, peligroso, tal vez al final desastroso para el capitalismo y para su Estado.

Si el sistema capitalista funcionara perfectamente, no permitiría ningún acto fallido, ningún lapsus, ni en las calles ni en la boca de Peña Nieto. Pero los sujetos reales son indispensables para el sistema simbólico del capitalismo, y mientras ellos intervengan, causarán fallas en el sistema. Lo simbólico no dejará de ser perturbado por lo real, el capital seguirá siendo importunado por la vida, el trabajo muerto continuará siendo afectado por el trabajo vivo, los vampiros no dejarán de ser acechados por los humanos.

Mientras la humanidad se mantenga viva, lo representado por Ayotzinapa, nos guste o no, seguirá causando molestias a los poseídos por el capital en bancos y empresas, en cuarteles militares y en cárteles de la droga, en bolsas de valores y en palacios presidenciales como la Residencia Oficial de Los Pinos. Los representantes de la muerte seguirán siendo atosigados por esa vida que no deja de brotar de los intersticios del sistema capitalista en forma de lapsus y actos fallidos, sueños y ensueños, síntomas personales y protestas sociales, huelgas y marchas, bloqueos y escándalos. Si la pulsión puede llegar a servir para algo, es para no satisfacerse tranquilamente con el goce mortal del sistema.

El capital no dormirá tranquilo mientras haya vida humana en este mundo. Y como sólo esta vida mantiene vivo al capital, podemos concluir entonces que el capital nunca dormirá tranquilo. Es por eso que se agitará y se revolucionará incesantemente mientras viva. Tendría que morir, o más bien aceptar su muerte, para curar su insomnio.

[1] Karl Marx, El Capital I (1867), México, FCE, 2008, p. 109.

[2] Nicos Poulantzas, Poder político y clases sociales en el Estado capitalista (1968), México D.F., Siglo XXI, 2001.

[3] Peña Nieto, “Peña Nieto pide a gobernantes asumir responsabilidades en seguridad”, Notimex, 18 de diciembre 2014, http://www.notimex.com.mx/acciones/verNota.php?clv=222284

[4]  Peña Nieto, “Peña afirma que comparte la exigencia de justicia por la barbarie en Iguala”, La Jornada, 16 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/16/politica/007n1pol

[5] Peña Nieto, “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[6] Karl Marx, L’interdiction de la ‘Leipziger Allgemeine Zeitung’ dans l’Etat Prussien (1843), en Œuvres philosophie, París, Gallimard-Pléiade, 1982, pp. 312-313.

[7] Jacques Lacan, La psychanalyse et son enseignement (1957), en Écrits I, París, Seuil Poche, 1999, p. 448.

[8] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, tomo 5 (1932-1935), México, Era, 1986, p. 45.

[9] Peña Nieto, “Peña, dispuesto a ver a los padres; el caso Iguala sigue abierto, dijo”, Excélsior, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/09/08/1044414

[10] Gramsci, op. cit., p. 45.

[11] Peña Nieto, “Entrevista por Jorge Fernández”, Presidencia de la República, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-jorge-fernandez/

[12] David Pavón-Cuéllar, Extimacy, en Thomas Teo (Ed.), Encyclopedia of Critical Psychology, New York, Springer.

[13] Jacques Lacan, Le séminaire, livre VII, L’éthique de la psychanalyse (1959-1960), París, Seuil, 1986, pp. 65, 122, 167.

[14] Althusser, Lire le Capital I, París, Maspero, 1968, pp. 34-36, 183.

[15] Karl Marx, Crítica del Derecho del Estado de Hegel, en Escritos de juventud, México, FCE, 1986, p. 344.

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Ayotzinapa según Peña Nieto

Conferencia durante la Semana por Ayotzinapa, el jueves 24 de septiembre 2015, en el Auditorio Aníbal Ponce de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (Morelia, Michoacán, México)

David Pavón-Cuéllar

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El 26 de septiembre de 2014, en la ciudad guerrerense de Iguala, estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fueron vigilados, perseguidos, atacados y detenidos en una operación conjunta en la que participaron policías municipales, estatales y federales, así como soldados y sicarios no identificados. El saldo fue de 43 estudiantes desaparecidos, 7 muertos y 27 heridos. Una vez que se confirmó el involucramiento de la Policía Federal y del Ejército Mexicano, la responsabilidad por los delitos de asesinato y desaparición forzada recae en el gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto.

En lugar de asumir su responsabilidad criminal, Peña Nieto ha intentado mistificar los hechos por todos los medios, muchos de ellos de carácter discursivo. El discurso presidencial ha servido para distraer o desviar la atención de lo realmente importante, embrollar los indicios e impedir así la reconstrucción de lo ocurrido, encubrir a los culpables y ocultar las evidencias, mentir y desacreditar a quienes denuncian la mentira, crear ilusiones y luego corroborarlas con otras ilusiones. Además de cumplir estas funciones y otras análogas bien conocidas por todos, el discurso de Peña Nieto ha realizado cuatro operaciones menos evidentes, de carácter subrepticio e insidioso, en las que me gustaría detenerme un momento.

Las cuatro operaciones a las que me refiero buscan incidir en la manera en que se presentan la matanza y la desaparición de estudiantes de Ayotzinapa. Digamos que son operaciones de las palabras sobre los hechos. Cada operación hace algo diferente con los hechos ocurridos en Iguala. Una consiste en su minimización, otra en su instrumentalización, otra más en su desrealización y la última en su formalización. En términos lacanianos, las dos primeras corresponden a modalidades de simbolización, mientras que las dos últimas remiten más bien a la imaginarización. Empecemos por las últimas.

Formalización

Daremos el nombre de formalización a la operación discursiva que reduce los hechos a su pura forma exterior, aparente y espectacular, tal como ésta se manifiesta en la información que se da sobre ellos, en la visión que se tiene de ellos o en la significación que se les atribuye. Al final Ayotzinapa ya no es una matanza y desaparición de estudiantes, sino únicamente la manera en que esta matanza y desaparición aparece a los ojos de la opinión pública y a través de los medios masivos de comunicación. Esto es todo lo que importa. Veamos algunos ejemplos.

Tan sólo una semana después de los hechos de Iguala, Peña Nieto decide “fijar una posición muy clara de parte del Gobierno de la República ante los muy lamentables hechos de violencia”[1]. Sin embargo, al momento de posicionarse ante estos hechos, lo que nos dice es que se encuentra “profundamente indignado y consternado ante la información que ha venido dándose”[2]. Es la información y no los hechos, no aquello a lo que se refiere la información, lo que indigna y consterna a Peña Nieto.

Al fijar la posición gubernamental ante los hechos, el presidente sólo consigue posicionarse ante las informaciones. Lo que importa es lo que se informa y no lo que ocurre. Y si alguien pensara que se trata de lo mismo, Peña Nieto lo desmentiría justo después de expresar su indignación y consternación ante las informaciones, cuando nos dice que “lamenta de manera muy particular la violencia que se ha dado”[3].

Al agregar que lamenta la violencia de manera muy particular, Peña Nieto deja claro que esta violencia no es lo mismo que las informaciones que lo indignan y lo consternan. Es por esto que las dos cosas, los hechos y lo que se informa sobre ellos, provocan sentimientos diferentes. La matanza y desaparición de estudiantes resulta simplemente lamentable, mientras que las informaciones son algo que indigna y consterna. En cierto sentido, las informaciones afectan más que los hechos. Lo más grave para Peña Nieto, si nos atenemos a su discurso, no es lo que ocurrió en Iguala, sino que se haya informado sobre lo que ocurrió. Esto es lo que escuchamos y es también lo que Peña Nieto nos dice.

Las palabras de Peña Nieto lo traicionan al anteponer las informaciones a los hechos, la forma al contenido, la apariencia a la realidad. Quizá nos consolemos pensando que el presidente al menos consigue lamentar la matanza y desaparición de estudiantes. Es verdad, habría sido mejor que estuviera consternado e indignado ante los hechos como lo está ante las informaciones, pero al menos ha sido capaz de lamentar los hechos. Esto es mejor que nada. Sin embargo, cuando nos familiarizamos un poco más en el discurso presidencial, nos percatamos de que lo verdaderamente lamentable no está en los hechos, sino en que lo que dejan ver los hechos.

En diciembre de 2014, al resumir el año que terminaba, Peña Nieto volvió a lamentar lo ocurrido en Iguala, pero esta vez fue más preciso al aclarar qué era exactamente lo que le parecía lamentable. Sus palabras fueron: “lamentablemente lo ocurrido en Iguala dejó ver ante toda la sociedad un hecho de barbarie que resulta inaceptable”[4]. Si algo se lamenta, no es el hecho de barbarie, sino que este hecho se haya dejado ver ante toda la sociedad. Por lo tanto, si toda la sociedad no hubiera visto el hecho, si el hecho hubiera permanecido invisible, entonces no habría nada que lamentar. Lo lamentable es que se haya dejado ver algo inaceptable, y no lo inaceptable como tal. O para ser más precisos: lo que se lamenta en la matanza y desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, no es el hecho de barbarie como tal, no es lo inaceptable en sí mismo, sino que lo inaceptable se haga visible.

El problema es ahora la visibilidad así como lo fue anteriormente la información. Peña Nieto se preocupa solamente por lo que se informa y por lo que se ve, pero no por lo que ocurre. Los estudiantes pueden seguir siendo asesinados y desaparecidos mientras no se vea ni se informe sobre ello. Lo que importa, una vez más, es la imagen, la forma y no el contenido, lo aparente y no lo real.

Dicho de otro modo, lo que preocupa no es lo que ocurre, sino lo que significa. Es por esto que Peña Nieto puede llegar a describir la matanza y desaparición de normalistas como “un evento que ha significado una gran tragedia, que fue lo ocurrido en Iguala”[5]. Es decir: lo ocurrido no es una gran tragedia, sino un evento que ha significado una gran tragedia. La gran tragedia no estriba en el evento, sino en su significación. Lo trágico es lo que el evento significa y no el evento en sí mismo. Casi podríamos decir, a partir de las palabras que hemos citado, que la matanza y desaparición de estudiantes carece de importancia cuando se le compara con lo que ha significado para Peña Nieto. Esta significación es lo único trágico. La tragedia está en lo que el evento ha significado: el desprestigio del presidente, el derrumbe de sus cotas de popularidad y el peligro de la insurrección social y de la resultante interrupción de ese gran proyecto peñista de saqueo y enriquecimiento.

Desrealización

Hay que insistir en que la tragedia, si nos atenemos al discurso presidencial, no es la matanza y desaparición de los normalistas en Iguala, sino lo que estos hechos significan. Es quizá por esto que Peña Nieto, evocando retrospectivamente el mes de septiembre de 2014, reconoce que “nadie advirtió en ese momento”, en el “primer día o el segundo día” después de los hechos, “ni de lo que realmente esto estaba significando, ni del tamaño de la tragedia, ni de la dimensión que esto tenía”, es decir, la “dimensión que vimos fue cobrando”[6]. Como puede apreciarse, el tamaño de la tragedia se equipara con lo que realmente esto estaba significando, con la dimensión que vimos fue cobrando. Esta dimensión y significación ulterior fue la verdadera tragedia para Peña Nieto. Es por eso que el presidente no podía medir el tamaño de la tragedia en los primeros días, aun cuando ya sabía, al igual que todos nosotros, que los estudiantes habían sido masacrados y desaparecidos.

Extrañamente, desde el punto de vista de Peña Nieto, los hechos violentos y sangrientos de Iguala no muestran por sí mismos el tamaño de la tragedia y ni siquiera tienen una significación real. Para ver cuán trágicos fueron y lo que realmente estaban significando, había que esperar y advertir lo que se veía de ellos y se informaba sobre ellos. La visión y la información, Televisa y los demás medios, monopolizan la única significación real, la única realidad que existe para el presidente, la única tragedia que puede ocurrir para él. Más allá de esta realidad mediática, no parece haber ninguna realidad. Los hechos son desrealizados y ceden su lugar de realidad a lo que aparece en la pantalla de televisión, lo más real que lo real, como lo hiperreal de Baudrillard. Llegamos así a la desrealización, es decir, la segunda operación discursiva que hemos identificado en las palabras de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.

El discurso presidencial borra lo real trágico de Iguala. No es en la matanza y desaparición de estudiantes en donde Peña Nieto encuentra lo real y mide lo trágico del asunto. La realidad y el tamaño de la tragedia, para él, sólo pudieron apreciarse ulteriormente, cuando vimos la dimensión que fue cobrando, es decir, en el nivel de lo que se visibiliza, informa y significa. Este nivel mediático, por cierto, es aquel en el que Peña Nieto siempre se ubica. Él mismo lo admite justo después de reconocer que no advirtió la dimensión de la tragedia, cuando agrega cándidamente: “lo digo desde el propio gobierno, los medios de comunicación informando sobre el tema” [7]. Esta aposición identifica el punto de vista de los medios de comunicación con el del gobierno. Por si nos quedaba alguna duda, el mismísimo presidente está reconociendo que los medios y el gobierno están en una misma posición, en un mismo lugar de poder. Son, por así decir, intercambiables.

Televisa y Peña Nieto son prácticamente lo mismo. Sin embargo, para desgracia del presidente, hay otros medios además de los que se confunden con el gobierno. Son esos otros medios, perseguidos y censurados constantemente por la violencia gubernamental, los que han provocado la tragedia al informar y dejar ver lo ocurrido en Iguala.

De hecho, para Peña Nieto, lo que ha ocurrido en Iguala no es la matanza y desaparición de estudiantes, sino su difusión mediática. Digamos que la información es todo lo que ocurre. Podemos entender entonces que al referirse a la matanza y desaparición de estudiantes en una entrevista, Peña Nieto nos diga, en tono inocultablemente despreciativo, “el tema ocurrido en Iguala”[8]. Para el presidente, lo que ocurrió en Iguala fue un simple tema, un tema entre otros, un tema sobre el que se informa, un tema del que se habla, un tema sobre el que se opina, un tema por el que se protesta.

Cuando se afirma que el tema es lo que ocurre, se está negando que lo real haya ocurrido. Se está desrealizando la matanza y desaparición de estudiantes. Es como si este acontecimiento no hubiera ocurrido. Lo que ocurrió quizás haya ocurrido por causa de los hechos sangrientos, pero no es ellos. Digamos que la matanza y desaparición de estudiantes fue tan poco importante para Peña Nieto que ni siquiera es correcto decir que ocurrió verdaderamente.

Quizás haya ocurrido algo con la masacre, pero la masacre, en sentido estricto, no ocurrió. Es lo que nos confirma Peña Nieto cuando admite, en otra entrevista, que el año de 2014 –lo cito– “ha estado marcado por momentos difíciles, particularmente de tragedia, como fue lo ocurrido en Iguala con la desaparición de 43 jóvenes estudiantes”[9]. Una vez más: la tragedia no es la desaparición de los estudiantes, sino lo ocurrido con esta desaparición. O peor aún: lo que realmente ocurrió no fue la desaparición, sino lo que ocurrió con la desaparición. Lo real no fue lo que sucedió en Iguala, sino todo lo que se vino con eso. La desaparición de estudiantes es dejada de lado, menospreciada, negada y desrealizada. La realidad está en otra parte, junto a ella, pero no en ella.

Minimización

Es verdad que Ayotzinapa no siempre es desrealizada en las palabras indiscretas de Peña Nieto. A veces el discurso presidencial reconoce lo real de lo ocurrido, pero minimizándolo. Este proceso discursivo, el tercero del que deseo ocuparme, tiene un carácter predominantemente simbólico, ya que no consiste en una simple extracción de realidad o vaciamiento de contenido, sino que requiere de la inserción de los hechos en una estructura significante que determina la importancia respectiva de cada elemento por sus relaciones con los demás. Será siempre en comparación con otros elementos que algo pueda minimizarse.

En el caso de los hechos violentos de Iguala, el discurso presidencial puede minimizarlos al compararlos con algo tan importante como el desarrollo del país. Este desarrollo se despliega espacialmente en todo México y temporalmente en todo su presente y futuro, mientras que lo ocurrido en Iguala, según las palabras de Peña Nieto, fue sólo un “momento de dolor”[10] que tuvo lugar en únicamente “dos municipios de Guerrero”[11]. ¿Qué importan dos municipios en un país con 2445 municipios? ¿Qué importancia tiene el momento de la desaparición y matanza de los normalistas cuando se piensa en los años de futuro y desarrollo que México tiene por delante?

La minimización de Ayotzinapa, tal como se opera en el discurso de Peña Nieto, sitúa los hechos en un amplio contexto espacial y temporal. Una vez que toda la tragedia se ha reducido a sólo un momento de dolor en sólo dos municipios del país, el presidente puede atreverse a exhortar –lo cito– a “superar este momento de dolor”, agregando: “para asegurar paz, es fundamental asegurar el desarrollo en todo el país”[12]. Es decir: todo el país, con sus 2445 municipios, debe desarrollarse para evitar momentos de dolor como el que ocurrió en sólo dos municipios de Guerrero. Y para que el desarrollo sea posible, hay que superar el momento de dolor. Se establece así una vinculación perversa entre la superación del dolor y el desarrollo del país. Es como si el país tan sólo pudiera desarrollarse al superar el dolor por la tragedia. Es también como si este dolor fuera lo que impide el desarrollo del país.

Cuando Peña Nieto nos habla del desarrollo del país, todos sabemos bien de qué nos está hablando. Se está refiriendo al desarrollo de sus propios negocios y los de sus amigos, la concesión de la obra pública mediante sobornos y licitaciones fraudulentas, la venta lucrativa del patrimonio del Estado, la entrega del subsuelo a grandes compañías mineras y petroleras, el obsequio de mano de obra malbaratada para otros grandes capitales extranjeros. Todo esto es obstaculizado por Ayotzinapa.

Los padres y amigos de los normalistas asesinados y desaparecidos, así como todos los demás que sienten dolor por lo ocurrido, estorban los negocios de quienes se dedican a saquear el país, los estorban al bloquear carreteras, pero también al asustar a los potenciales inversionistas, es decir, a quienes vienen a comprar todos los pedazos de país que el gobierno de Peña Nieto ha puesto a la venta. Este desarrollo es lo impedido por el momento de dolor.

Entendemos que Peña Nieto se impaciente y exhorte a seguir adelante con los negocios, a no detenerse, a superar el momento de dolor, según sus propios términos. Aunque estas palabras hayan producido una gran indignación en el país, la impaciencia del presidente fue aún mayor, y unas semanas después repitió que “este momento en la historia de México” no debía “dejarnos atrapados” y que había que “seguir caminando”[13]. En otras palabras: avanzar, no distraerse, continuar avanzando con los asesinos, llevándolos sobre nuestras espaldas, y dejar a los muertos a la orilla del camino. Después de todo, según Peña Nieto, no se trata más que de un pequeño momento en la gran historia de México.

Instrumentalización

Desde luego que podríamos replicarle a Peña Nieto y explicarle que la historia de México está hecha de momentos y sólo de momentos. Pero él nos respondería que hay momentos que sólo corresponden a etapas que nos conducen a un destino y que este destino es lo verdaderamente importante. Lo que importa es el éxito de los negocios de la clase representada por el presidente. Para llegar a este futuro de felicidad, hay que pasar por algunos momentos de dolor. Ayotzinapa es uno de ellos.

De hecho, según ciertas palabras de Peña Nieto, es como si debiéramos pasar por la matanza y desaparición de estudiantes en Iguala para poder continuar adelante. O mejor dicho: la tragedia sirve para llegar a nuestro destino. En este caso, ya no se trata de la simple minimización de Ayotzinapa, sino de su instrumentalización, la última y más maliciosa de las operaciones discursivas a las que deseo referirme.

Los hechos de Iguala son instrumentalizados, en efecto, cuando Peña Nieto nos llama a hacer de ellos –lo cito– “una oportunidad para reconducir, para reforzar y fortalecer nuestras instituciones de seguridad pública, de procuración de justicia”[14]. No deja de ser paradójico, desde luego, que la matanza y desaparición de estudiantes sean instrumentalizadas para fortalecer y reforzar a las mismas instituciones que mataron y desaparecieron a los estudiantes. Es profundamente paradójico, pero no es por ello menos revelador. Y lo que nos revela resulta estremecedor. Hay que reforzar y fortalecer a quienes cometieron el crimen. Hay que darles más fuerza con la que seguirán cometiendo crímenes, quizás precisamente porque los crímenes pueden ser instrumentalizados y posibilitar a su vez más crímenes, y así sucesivamente.

El sistema que nos gobierna tiene una organización tan efectiva, como crimen organizado, que funciona en circuito cerrado y se reproduce constantemente a sí mismo al reproducir incesantemente su propia criminalidad. Tan sólo esto puede permitir que las instituciones criminales sean premiadas en lugar de ser castigadas por su crimen. Peña Nieto, en efecto, no aprovecha el crimen para investigar, limpiar e incluso disolver las criminales instituciones de seguridad pública, sino que lo instrumentaliza para fortalecerlas. Evidentemente se requiere de cada vez mayor fuerza para los militares y policías represivos que protegerán el desarrollo de ese negocio millonario al que Peña Nieto le da el nombre de México. Este fin justifica todos los medios.

Como nos lo dice el presidente, “debemos tener la capacidad de encauzar nuestro dolor e indignación hacia propósitos constructivos”[15]. También el dolor y la indignación deben ser encauzados propositivamente, es decir, utilizados, rentabilizados, instrumentalizados, explotados, como todo lo demás en la sociedad y en el país. Nada puede escapar a la explotación por el sistema con sus propósitos constructivos. ¿Constructivos de qué? Peña Nieto no deja de repetirlo: constructivos de carreteras, puentes, puertos, minas, pozos, oleoductos, fábricas, almacenes y otros medios para seguir saqueando el país y para seguir generando así cada vez más riqueza para unos pocos a costa de cada vez más pobreza para la gran mayoría de la población, como lo confirman todos los datos económicos.

El discurso de la organización criminal capitalista

La economía de saqueo, de enriquecimiento y empobrecimiento, es evidentemente una economía capitalista. Y gracias al gobierno ultra-liberal de Peña Nieto, el capitalismo se libera de todas las trabas, se vuelve todopoderoso y puede actuar de la manera más cruel, salvaje, asesina. El crimen organizado se torna forma de gobierno y puede hablarnos públicamente a través del Presidente de la República. Sabemos que Peña Nieto es portavoz de los narcos y los demás empresarios criminales del país. Las voces de todos ellos resuenan en el discurso presidencial.

Cuando Peña Nieto minimiza o instrumentaliza la matanza y desaparición de estudiantes, su voz es la de aquellos criminales que ofrecen justificaciones y circunstancias atenuantes para sus crímenes. Lo mismo ocurre con la desrealización y formalización de los hechos de Iguala. Si el presidente fuera totalmente inocente de lo que se le acusa, ¿por qué se esforzaría en vaciarlo de realidad y de contenido?

Una vez que los hechos se reducen a un simple tema o a una pura información, ¿a quién vamos a culpar de lo ocurrido? Quizás a quienes informan o tematizan, a los periodistas y a los activistas, pues ellos son los únicos responsables de la tragedia temática e informativa, que es, como hemos visto, la única tragedia para Peña Nieto y para su organización criminal capitalista, la tragedia que estorba sus negocios al dañar nuestra imagen en los escaparates del mercado, al espantar a los compradores en el remate de nuestro país, al entorpecer el saqueo y retrasar la marcha triunfal del capitalismo salvaje. En cuanto a los militares y los policías, ellos no son causantes de nada trágico desde el punto de vista presidencial. Ellos tan sólo matan y desaparecen a estudiantes. ¿Pero acaso no es lo que se les ordena? Su función es neutralizar cualquier peligro y retirar cualquier estorbo para facilitar y asegurar la libre circulación del capital y de sus diversas mercancías, ya sean drogas o minerales, cosas o personas, materias primas o productos manufacturados.

El Ejército Mexicano y las Policías Federales, Estatales y Municipales, no son más que obedientes esbirros y sicarios del capitalismo y de su Estado. Tan sólo cumplen con su obligación de proteger la gran organización criminal encabezada por el Presidente de la República. Lo hacen muy bien, derramando mucha sangre, y es por eso que deben tener más fuerza, cada vez más fuerza. Cuando Peña Nieto reconoce esto último, sabemos bien qué y quiénes hablan por su boca. Es el capitalismo. Son los capitalistas.

[1] Peña Nieto, E. “Peña Nieto: no cabe la impunidad en la agresión sufrida por normalistas”, 6 de octubre 2014, La Jornada, consultado en http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/10/06/ni-201cel-mas-minimo-resquicio201d-de-impunidad-ofrece-pena-2102.html

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Peña Nieto, E. “Por concluir, año de claroscuros para México, afirma Peña”, La Jornada, 18 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/18/politica/017n1pol

[5] Peña Nieto, E. “Entrevista por Jorge Fernández”, Presidencia de la República, 8 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-jorge-fernandez/

[6] Peña Nieto, E. “Entrevista por Adela. Enrique Peña Nieto: Admito que México enfrenta una situación de desconfianza”, Presidencia de la República, 3 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-adela-enrique-pena-nieto-admito-que-mexico-enfrenta-una-situacion-de-desconfianza/

[7] Ibíd.

[8] Peña Nieto, E. “Entrevista por Carlos Marín. Enrique Peña Nieto: México ha tenido un 2015 muy difícil, Presidencia de la República”, 10 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-carlos-marin-enrique-pena-nieto-mexico-ha-tenido-un-2015-muy-dificil/

[9]   “Entrevista por Óscar Mario Beteta. Radio Fórmula. Enrique Peña Nieto: Avances en la primera mitad de la administración”, Presidencia de la República, 7 de septiembre 2015, consultado en http://www.presidencia.gob.mx/articulos-prensa/entrevista-por-oscar-mario-beteta-radio-formula-enrique-pena-nieto-avances-en-la-primera-mitad-de-la-administracion/

[10] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[11] Peña Nieto, E. “Prevalece violencia en tres estados: EPN”, El Universal, 14 de febrero 2015, http://m.eluniversal.com.mx/notas/nacion/2015/prevalece-violencia-en-tres-estados-epn-223273.html

[12] Peña Nieto, E. “Peña Nieto llama a ‘superar’ el dolor del caso Ayotzinapa”, CNN México, 5 de diciembre 2014, http://mexico.cnn.com/nacional/2014/12/04/pena-nieto-guerrero-visita-plan-seguridad-ayotzinapa-43-normalistas

[13] Peña Nieto, E. “Pena no debe paralizarnos: Peña Nieto”, Excélsior, 28 de enero 2015, consultado en http://www.excelsior.com.mx/nacional/2015/01/28/1004990

[14] Peña Nieto, E. “Peña Nieto pide a gobernantes asumir responsabilidades en seguridad”, Notimex, 18 de diciembre 2014, http://www.notimex.com.mx/acciones/verNota.php?clv=222284

[15]  Peña Nieto, E. “Peña afirma que comparte la exigencia de justicia por la barbarie en Iguala”, La Jornada, 16 de diciembre 2014, consultado en http://www.jornada.unam.mx/2014/12/16/politica/007n1pol

Psicología de amos y análisis de esclavos

Featured image Presentación del libro Lacan, discurso, acontecimiento: nuevos análisis de la indeterminación textual (publicado en inglés por Routledge y en español por Plaza y Valdés), los días lunes 23 de marzo 2015 en el auditorio de la Facultad de Psicología de la UMSNH (Morelia), martes 24 de marzo en el auditorio Adolfo Chacón Gallardo de la Facultad de Psicología de la UAQ (Querétaro) y miércoles 25 de marzo en el auditorio Luis Lara Tapia de la Facultad de Psicología de la UNAM (Ciudad de México). Se contó con la participación de Ian Parker en las tres presentaciones. También participaron Javier Dosil y Alfredo Huerta en la UMSNH, Raquel Ribeiro, Isaí Soto, Gregorio Iglesias, Carlos García y Tania González en la UAQ, y Néstor Braunstein y Ricardo García en la UNAM. David Pavón-Cuéllar

Introducción: método anti-psicológico para la psicología 

Hay al menos dos grandes motivaciones anudadas en el origen de nuestro libro. Una de ellas es el deseo de hacerles un regalo maldito a nuestros colegas psicólogos. Les obsequiamos una canasta de recursos teóricos lacanianos para que sean utilizados en la psicología, pero nos aseguramos de que estos recursos no puedan ser psicologizados ni pierdan su carácter anti-psicológico. Lo que ofrecemos, en otras palabras, es un método que no pueda servirle a la psicología sin cuestionarla, que no pueda ser útil sin ser perturbador, que no pueda ser analítico y crítico sin ser autocrítico y reflexivo.

Evidentemente nuestro método no obedece a un deseo perverso de hostigar a los psicólogos ni mucho menos a una intención de favorecer al bando psicoanalítico en su eterna lucha contra el bando psicológico. No pienso traicionar el pensamiento de Ian Parker al decir que desconfiamos tanto del psicoanálisis como de la psicología, y si en algún momento cuestionamos la psicología, lo hacemos como psicólogos, y no lo hacemos por el gusto de hacerlo, sino porque pensamos que la psicología puede llegar a cumplir funciones que se oponen a nuestra posición en ciertas luchas políticas. Es por estas luchas, por ellas y por el papel de la psicología en ellas, que desarrollamos un método que ciertamente desafía la teoría psicológica.

Digamos que nuestra crítica teórica estuvo también motivada por cierto proyecto de práctica política. Esto nos hace llegar a la segunda gran motivación de nuestro libro, la cual, de hecho, está en el fundamento de la primera motivación. El propósito de crítica teórica, en efecto, está fundado en un objetivo de práctica política. Me refiero a nuestro deseo impaciente del acontecimiento, de la ruptura histórica, de la transformación radical de la sociedad.

Acontecimiento 

El acontecimiento da un sentido al análisis. ¿Para qué nos molestaríamos en describir analíticamente un texto, una tarea bastante árida en sí misma, si no fuera para transformar al menos algo en el mundo? El fin transformador no sólo sirve para evitar el aburrimiento de un análisis de discurso limitado a la reproducción parafrástica y tautológica de lo analizado, sino que también permite conjurar los peligros de un trabajo analítico cerrado al acontecimiento.

Estoy pensando particularmente en la responsabilidad criminal del mundo académico en la reproducción de nuestro mundo injusto en que vivimos. Por un lado, al describir este mundo una y otra vez, los buenos investigadores lo vuelven cada vez más banal y natural, nos acostumbran a él, hacen que su horror deje de sorprendernos y sublevarnos, y es así como lo fortalecen, le dan cada vez más consistencia y realidad, contribuyen a que olvidemos que todo podría ser diferente y hacen que lo que es se desarrolle a costa de lo que podría ser. Por otro lado, al comprender este mundo injusto, los investigadores, en cierto modo, justifican su injusticia, lo vuelven comprensible, imprimen cierta racionalidad en él y así hacen que pase desapercibido su carácter absurdo, irracional, incomprensible, injustificado, inadmisible.

Negándose a comprender y diferenciándose así del análisis de contenido, nuestro análisis lacaniano de discurso está negándose a cumplir con la función académica de comprender lo incomprensible, racionalizar lo irracional, justificar lo injustificable, perdonar lo imperdonable. Al mismo tiempo, al no limitarse a describir y al deslindarse así del análisis convencional de discurso, nuestro método crítico está optando por la transformación en lugar de la reproducción, por la función revolucionaria y no por la conservadora, por la apertura y no la cerrazón hacia el acontecimiento.

No hay metalenguaje 

Nuestro análisis pretende abrirse al acontecimiento. ¿Y cómo lo hace? De muy diversas maneras, pero ahora me gustaría sólo referirme a una de ellas, a saber, la exclusión de cualquier posible metalenguaje. Esto supone, en la teoría lacaniana, que sólo hay un lenguaje, y que no podemos ubicarnos fuera de él, en un metalenguaje, para analizar alguna de sus manifestaciones discursivas. El discurso analizado no puede objetivarse ni analizarse objetivamente desde el exterior, pues tal exterior no existe.

No hay manera de situarse al exterior del sistema económico y de su estructura ideológica. El capitalismo no termina en las puertas del mundo universitario, sino que se continúa en su interior. Los pasillos universitarios son una continuación de las calles en las que se vive y se circula, se protesta y se reprime. Estamos en la misma sociedad. No hay discontinuidad entre las plazas públicas y los auditorios universitarios.

Por más autónoma que sea o pretenda ser la universidad, nuestros cubículos y salones de clase no están fuera del mundo en que vivimos. Este mundo injusto, este único lenguaje con sus manifestaciones discursivas, no puede analizarse desde un exterior académico, sino sólo desde su propio interior, desde una posición específica en él: una posición histórica, económica y política, social y cultural. Ya estamos posicionados en el mundo y nuestro análisis está situado en el mismo nivel que lo analizado. Nuestro análisis es también un discurso y no puede ser únicamente científico, sino que es también ideológico y político.

Nuestro análisis es un discurso analizante que puede lidiar con el discurso analizado, luchar contra él o aliarse a él, profundizarlo o completarlo, cuestionarlo o radicalizarlo, pero no distanciarse de él para observarlo, escudriñarlo, retratarlo, describirlo y comprenderlo. No podemos aspirar a ninguna clase de neutralidad, objetividad o verdad entendida como correspondencia con la realidad. Nuestra verdad forma parte de la misma realidad, y como todo lo que hay en esta realidad, sólo puede verificarse por su fuerza o por su poder, por sus efectos reales y no por su adecuada representación o descripción de la realidad. Es por esto, precisamente por esto, que nuestro análisis no puede resignarse a ser descriptivo, sino que debe aspirar a ser transformador. Tan sólo al transformar, al tener ciertos efectos, podrá llegar a demostrar su verdad. En el momento del análisis, esta verdad aún está pendiente. Le falta su verificación futura. De ahí que la verdad, en su concepción lacaniana, solamente pueda llegar a decirse a medias. La mitad faltante estriba en lo que no es ni ha sido, pero habrá sido retroactivamente gracias al análisis acertado.

El análisis tan sólo acierta cuando sabe cómo adecuarse a la realidad, operar en el único lenguaje sin metalenguaje y acoplarse a su estructura para conseguir la transformación en la que estriba su efectividad y su veracidad. Esto le exige al discurso analizante retomar escrupulosamente el discurso analizado para intervenir de la mejor manera en el campo de batalla del lenguaje, de la política y la ideología. Hemos conocido intervenciones magistrales de esta clase en la historia reciente de México. Permítanme referirme a una de ellas.

Fox y Peña Nieto 

En diciembre 2014, durante su visita oficial a Guerrero, Enrique Peña Nieto exhorta literalmente a los familiares de los 43 normalistas desaparecidos a que ya “superen el momento de dolor”. Estas palabras desencadenan una avalancha de reacciones en las redes sociales. En una suerte de análisis de contenido psicológico, se denuncian masivamente los sentimientos y rasgos de personalidad que se atribuyen a nuestro presidente: su hastío, su estúpida insensibilidad, su petulante desprecio hacia los de abajo, su crueldad sádica y su autoritarismo psicopático, perverso, que le hace querer decidir hasta en los sentimientos de sus propias víctimas.

En el centro de tanta buena psicología popular, aparece también el hashtag #YaSuperenlo, el cual, en sí mismo, constituye un valioso análisis de discurso que se atiene a las palabras literales para poner en evidencia todo lo que implican. Ya no intentamos entender el significado, sino que nos damos una ocasión para explicar el significante: superen el momento de dolor, supérenlo, ya supérenlo. Quizá esto no fuera lo que Peña Nieto quiso decir, pero sí fue lo que dijo y lo que escuchamos, lo que resonó y lo que se criticó en las redes sociales.

Me atrevo a decir que el #YaSuperenlo es un caso paradigmático de análisis lacaniano de discurso, no sólo por la manera en que procede al posicionarse y enfrentar sin mediaciones la palabra textual, sino también por lo que busca provocar, el desenmascaramiento del amo, la división del gran Otro, la emergencia de su deseo, la irrupción de la verdad en el nivel de la enunciación y no del enunciado. Todo esto es lo que se provoca desde tiempos inmemoriales cuando las palabras de los tiranos, de los amos y señores, son escuchadas por los mejores analistas de discurso, por quienes tienen los oídos más agudos, los que no tienen sus canales auditivos obstruidos por su poder, los esclavos y los siervos, las masas oprimidas y marginadas, los niños y los estudiantes, los pueblos colonizados, los locos, las mujeres con el sexto sentido que les permite conocer tan bien todo lo que deben obedecer.

Los dominados no dejan de hacer lo que nosotros pretendemos formalizar en el análisis lacaniano de discurso. Nosotros, académicos, tan sólo podemos tomar la estafeta y continuar lo que han venido haciendo nuestros compañeros y compañeras de lucha con el único recurso del que ellas y ellos y nosotros disponemos: un único lenguaje ideológico-político sin metalenguaje científico-académico. El método será el mismo, pero justificado teóricamente y afinado conceptualmente, aunque también quizás, en algunos casos, reconducido a las batallas particulares a las que nos enfrentamos en el campo académico.

Psicologías 

Por ejemplo, cuando llevamos las palabras de Peña Nieto a nuestra batalla en la trinchera de la psicología crítica, podremos emplear nuestro análisis lacaniano de discurso para mostrar cómo la exhortación textual a “superar el momento de dolor” es un buen ejemplo de psicologización de la realidad. En el discurso de Peña Nieto, el crimen de Estado, los asesinatos y desapariciones, se ve simpáticamente psicologizado, reducido a un estado mental, a un sentimiento momentáneo, a un “momento de dolor”. Es como si todo hubiera ocurrido en la cabeza, lo cual, por cierto, fue confirmado por otro aprendiz de psicólogo, Vicente Fox, quien recientemente le explicó a los familiares de los normalistas, con el mismo tono autoritario, que “no podían vivir eternamente con ese problema en su cabeza”.

Puesto que todo ocurrió aparentemente en la cabeza de los familiares de los normalistas, ahora entendemos quizá mejor por qué han desaparecido los 43. Han de estar bien escondidos en las circunvoluciones cerebrales o en los laberintos mentales de sus familiares. Es un “problema en la cabeza”, como dice Fox, y por lo tanto deberíamos dejar que fuera solucionado por los especialistas de la cabeza, por las psicólogas y los psicólogos, y no por los policías honestos, que de cualquier modo no los hay en México, ni por los luchadores sociales, que andan buscando afuera lo que sólo está dentro de ciertas cabezas.

Según la psicología de Fox y de Peña Nieto, el Estado mexicano sólo es culpable de hacer pasar un “momento de dolor” y de causar un “problema en la cabeza”. No hubo nada más. No hubo ni seis asesinatos ni un desollamiento ni 43 desapariciones forzadas. No hubo este crimen sistemáticamente realizado por nuestro narcogobierno, con monitoreo constante de la Procuraduría General de la República y con la confirmada complicidad de los militares y participación activa de policías federales y no sólo municipales. Todo esto no ocurrió. Fue sólo una pesadilla o un delirio en las cabezas de los familiares. Fue únicamente un problema psicológico, un problema en la cabeza, un momento de dolor.

Conclusión: aficionados y profesionales de la psicología

Espero que mi esbozo de análisis, además de ilustrar un aspecto puntual de nuestro método, haya mostrado el riesgo de complicidad entre la psicología y los poderes que nos gobiernan. Me permitiré subrayar, para concluir, que la psicologización de los problemas económicos y sociales, convertidos en momentos de dolor u otros problemas en la cabeza, no sólo sucede en el Cártel de Los Pinos, sino que es una constante en las facultades de psicología de todo el mundo. Los psicólogos profesionales, con su autoridad científica y académica, legitiman así las justificaciones psicológicas de gente de la calaña de Fox y Peña Nieto. Ésta es tan sólo una de las razones por las cuales Ian Parker y yo, junto con los demás colaboradores y colaboradoras de nuestro libro, hemos querido hacer un regalo maldito a la disciplina psicológica.

La psicología se ha caracterizado tradicionalmente por tener una muy buena relación con las clases dominantes. Estas clases, como ya lo notaba Plejánov hace más de un siglo y como sigue notándolo Ian Parker hoy en día, siempre han sido aficionadas a la psicología. Siempre han mostrado una suerte de aptitud psicológica seguramente favorecida por su dedicación casi exclusiva al trabajo intelectual, su falta de experiencia en el trabajo manual, su desconocimiento de las necesidades corporales primarias y su distancia con respecto a todo lo que ocurre fuera de sus cabezas. Las clases dominantes siempre han tenido tiempo de repasar cada una de sus acciones y reacciones, preocuparse por sus interacciones y comunicaciones, y escudriñar su alma, sus ideas, sus pensamientos y sentimientos, sus deseos y aspiraciones, sus emociones y sus demás estados de ánimo. Quienes dominan siempre han hecho así aquello mismo en lo que se especializan los psicólogos. Así como este lujo de amos es la actividad principal de la psicología dominante, así nuestro análisis lacaniano de discurso, como lo hemos visto, pretende ofrecer algunas estrategias de esclavo a la psicología crítica. Se trata, en definitiva, de llevar un poco de lucha de clases al interior del ámbito de la psicología.

¿Qué podría significar Ayotzinapa? Entre el discurso y el acontecimiento

AyotlPonencia magistral en el Cuarto Coloquio Regional Multidisciplinario de la ANEFH Análisis de las Manifestaciones Contrahegemónicas. Palacio Clavijero, Morelia, Michoacán, México, miércoles 4 de marzo 2015

David Pavón-Cuéllar

Introducción: de Madrid a Iguala

No pensaba discurrir sobre Ayotzinapa en este coloquio. Mi primera propuesta de ponencia magistral fue sobre la reconfiguración de la izquierda española, sobre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, sobre la hegemonía, su poder y también su debilidad. Sería una ponencia en tono alegre, festivo, esperanzador, consolador para quienes ahora mismo necesitamos consolarnos de lo que ocurre en México.

Hace una semana propuse mi título de ponencia: “Entre la hegemonía y la emancipación: el problema del poder en el discurso de Podemos”. Estaba entusiasmado con el tema. Sin embargo, de pronto, gracias a una charla con mis estudiantes, empecé a dudar. ¿Acaso tenía derecho a consolarme? La Puerta del Sol estaba demasiado lejos y yo estaba perdiendo una ocasión para pensar en lo más próximo, en lo que nos está ocurriendo, en la matanza de Iguala y todo lo que se ha desencadenado en lo sucesivo. Esto volvió a parecerme lo único importante. No debería distraer a los asistentes con otros asuntos. No podíamos cansarnos como el exprocurador Jesús Murillo Karam. Tampoco podíamos seguir el consejo de Enrique Peña Nieto y dejar atrás a nuestros muertos.

Le escribí a quien me invitó al coloquio y le pedí que me permitiera cambiar el tema de mi ponencia. Decidí volver a pronunciarme sobre Ayotzinapa, como ya lo había hecho en diversos foros académicos, en manifestaciones callejeras, en redes sociales y en cinco artículos publicados en los últimos cinco meses. ¿Cómo no regresar al tema una y otra vez? ¿Cómo no seguir pensando en algo con tantas implicaciones, tan desbordante de sentido, tan significativo?

Significación de Ayotzinapa

La significación de Ayotzinapa desborda todo lo que decimos y nos hace volver a construir nuevos diques de palabras que también serán desbordados como los anteriores. La tarea parece interminable. No hay manera de contener esa inundación de sentido que a veces reviste la forma de marea humana e invade las calles, los periódicos, las redes sociales. Quizás los antimotines puedan cerrarle el paso a la muchedumbre, pero no a la marea de significación que se ha hecho muchedumbre. La corriente sigue fluyendo y arrastra los obstáculos con los que se encuentra, ya sean manipulaciones mediáticas, falsas investigaciones forenses, engañosas declaraciones presidenciales o brutales represiones policíacas. Todo es arrastrado por la corriente y viene a reforzar lo que intentaba debilitar.

La significación de Ayotzinapa no se agota. Las palabras no convencen. Los estudiantes no aparecen por ningún lado. Sus familias no se dan por vencidas. El duelo no termina. El caso permanece abierto. Nada está claro. De ahí el desasosiego y la expectación, el miedo y la esperanza, pasiones de la incertidumbre.

No sólo ignoramos lo que ocurrirá, sino también la significación exacta de lo que ha ocurrido. Esta significación tan sólo podrá completarse y solidificarse una vez que hayamos llegado a cierto desenlace. Por ejemplo, si estallara una revolución, quizá concluiríamos que Ayotzinapa fue la chispa que prendió la flama, como Cananea en 1906 o Río Blanco en 1907. Y si todo sigue igual, entonces habremos agregado un eslabón más a esa larga cadena de infamias que no se olvidan. El 26 de septiembre se incluirá en el mismo calendario que el 2 de octubre y el 10 de junio. El torrente de significación de la matanza de Iguala desembocará en ese plácido mar de sangre en el que vemos acumularse la única sustancia de los últimos gobiernos mexicanos.

Imposible saber, por lo pronto, lo que significa exactamente Ayotzinapa. Imposible prever con certeza lo que habrá significado. Tan sólo hay lugar para conjeturar lo que podría llegar a significar. Es en esto en lo que me gustaría detenerme unos minutos.

Río de tortugas

Empecemos por el principio. Remontemos la corriente de significación hasta los orígenes de lo que nos ocupa. Llegaremos así a un paraje en el centro del estado de Guerrero. Su nombre, Ayotzinapa, significa en náhuatl río de tortugas. Esta significación es bien conocida por todos los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Todos ellos saben muy bien que ayotl quiere decir tortuga. Ninguno ignora por qué aparece una tortuguita retratada en la base del escudo que ostenta su escuela normal. Es el símbolo de la escuela y significa más que un simple reptil quelonio con duro caparazón. Para los normalistas, la tortuga enseña el valor de avanzar lentamente, pero con paso firme y seguro, constante y paciente, y con el cuerpo bien protegido contra los policías y otros depredadores, que jamás han faltado en México y mucho menos en Guerrero.

Y además de las tortugas, ayotl, está el río, apa, con su movimiento incesante al que resisten desde siempre las tortugas. Hay quienes comparan su resistencia con la de aquellos nahuas de Guerrero que han sabido sobrevivir a la conquista, la colonización, la explotación en minas y latifundios, la destructora modernización, la constante represión, la guerra sucia. Todo ha ido pasando y los indígenas están ahí, sobreviviendo como pueden, como tortugas atrincheradas en sus caparazones, inmóviles como rocas, resistiendo a la corriente.

Es verdad que las tortugas del río pueden permanecer inmóviles, pero también son excelentes nadadoras y saben cómo nadar a contracorriente o bien seguir la corriente y utilizarla para desplazarse tan de prisa como el más ágil de los peces.  Así también, a su manera, los indígenas y campesinos mexicanos han aprendido a moverse en la historia. No han sido los eternos rezagados, como se ha llegado a creer, sino que han estado siempre en movimiento. Significativamente, en momentos decisivos, han sido nuestra locomotora o han estado a nuestra cabeza. Han sabido ser vanguardia y no sólo retaguardia u obstáculo.  Han tenido la cara de Benito Juárez e Ignacio Manuel Altamirano, han engrosado las filas insurgentes y revolucionarias, han sido sublevación de palabras en Chiapas y ahora torrente de significación de Ayotzinapa. El río de nuestra historia es también el de las tortugas, el de su agitada resistencia, el de su memoria y su esperanza, el del pasado más remoto y el futuro más prometedor, el de Ayotzinapa.

Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri

Hace más de trescientos años, a finales del siglo XVIII, Ayotzinapa era una hacienda perteneciente a Don Sebastián de Viguri, terrateniente inmensamente rico.  Los habitantes eran en su mayoría campesinos indígenas nahuas. Todos trabajaban para Don Sebastián. Era el personaje más respetado y poderoso en la región, especialmente en el cercano pueblo de Tixtla, colindante con Ayotzinapa.

En los tiempos del Señor Don Sebastián, en 1782, en Tixtla y a pocos pasos de Ayotzinapa, nació Vicente Guerrero, futuro héroe de la Independencia, considerado a menudo el primer líder guerrillero de nuestra historia. Fue él quien mantuvo encendida la llama de la revuelta en las montañas de Michoacán y Guerrero, entre 1816 y 1820, cuando los españoles creían haber triunfado sobre los insurgentes mexicanos.

Una de las mayores victorias militares de la guerrilla de Vicente Guerrero tuvo lugar en El Tamo, aquí en Michoacán, justamente ocho años después del Grito de Dolores, el 15 de septiembre de 1818. Tras dos horas de batalla, los insurgentes, comandados por Guerrero, derrotaron a las fuerzas españolas dirigidas por el general José Gabriel de Armijo y compuestas de 800 soldados procedentes de Morelia. Unos 200 murieron. Los demás parecen haberse unido a los insurgentes.

El 16 de septiembre de 1818, al día siguiente de la victoria de Vicente Guerrero en El Tamo, sucedió algo muy importante en Tixtla, su ciudad natal. Podemos decir que fue otra victoria, no militar, sino social, política y económica. El señor de Ayotzinapa, Don Sebastián de Viguri, a quien ya me referí anteriormente, donó sus tierras a los campesinos indígenas de la región. Lo hizo aparentemente animado por el espíritu de la Independencia de México y por los Sentimientos de la Nación que José María Morelos había proclamado en 1813 en Chilpancingo. El acto generoso de Viguri habría sido inspirado por el doceavo sentimiento de Morelos, en el que se dice literalmente que las leyes deben ser tales que “moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, mejoren sus costumbres, se aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto”.

Antes de formalizar la donación de Ayotzinapa, Don Sebastián manifestó el deseo de que sus tierras fueran entregadas a quienes las trabajaran, pero a condición de que se comprometieran a sostener económicamente a quienes no pudieran trabajar, ancianos, enfermos e inválidos. Así se hizo. Las tierras fueron bien repartidas por el ejecutor del testamento, Don Francisco Altamirano, quien también fue benefactor de la familia indígena chontal del famoso maestro, político y literato Ignacio Manuel Altamirano.

Entre la justicia y la injusticia

Los indígenas recuperaron sus tierras y triunfó la Independencia por la que luchó Vicente Guerrero, el cual, además, llegó a ser Presidente de la República después de haber sido guerrillero. Pareciera que llegamos a un final feliz, pero no fue así. Al igual que tantos otros guerrilleros que vinieron después de él, Guerrero fue asesinado por órdenes del gobierno. Se le fusiló tras un juicio militar sumario después de haberlo secuestrado a traición. El traidor, el célebre marino genovés Francisco Picaluga, recibió del gobierno de Anastasio Bustamante la cantidad considerable de 50,000 pesos oro a cambio de capturar a Guerrero cuando almorzaba en su barco, en 1831.

A los indígenas de Ayotzinapa no les fue mejor que a Vicente Guerrero. En 1862 fueron despojados nuevamente de sus tierras. El Presidente Benito Juárez intervino a su favor y ordenó al gobernador Francisco Arce que restituyera las tierras a sus legítimos propietarios, pero el mandato nunca fue obedecido.

No fue sino hasta 1931 cuando se empezó a resarcir de verdad a los pueblos indígenas a los que se había despojado anteriormente de los terrenos de Ayotzinapa. Los profesores Rodolfo A. Bonilla y Raúl Isidro Burgos solicitaron al Ayuntamiento de Tixtla que les concediera esos terrenos para una escuela normal de maestros que ya funcionaba desde 1926 en locales alquilados e improvisados. La solicitud recibió una respuesta favorable y fue así como nació la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, que después tomaría el nombre de uno de sus fundadores, Raúl Isidro Burgos.

En la breve historia que acabo de contar, la significación de Ayotzinapa condensa el despojo y la necesidad de resarcimiento de los pueblos indios, el sufrimiento de la injusticia y el afán justiciero, los ideales que guiaron a los insurgentes de 1810, la eterna lucha por la Independencia de México y por los sentimientos de la nación, por leyes contra la desigualdad, contra la opulencia y la indigencia. El nombre de Ayotzinapa es también el de la supervivencia del nahua y del náhuatl. Significa el espíritu indígena de resistencia, de constancia y de paciencia, de firmeza y seguridad, tal como se expresa en el símbolo de la tortuga en el río.

Pero la historia de Ayotzinapa no termina, desde luego, con la fundación de la Escuela Normal Rural. Hay una historia después de 1931. Y esta historia posterior, como la anterior, viene a enriquecer el caudal torrencial de significación del río de tortugas.

La Revolución Mexicana y sus Escuelas Normales Rurales

La Escuela de Ayotzinapa, al igual que otras Normales Rurales, formaba parte de un proyecto educativo popular impulsado en los años veinte por los gobiernos posrevolucionarios, animado por los ideales de justicia e igualdad, y enfocado principalmente a campesinos, indígenas y otros sectores sociales pobres y marginados.  Uno de sus inspiradores, Moisés Sáenz, había hecho su Doctorado en Filosofía en la Universidad de Columbia, en donde se volvió seguidor de John Dewey. Siguiendo el método y la orientación del pedagogo norteamericano, las Normales Rurales no sólo formarían maestros, sino también líderes de comunidades para la reconstrucción de la sociedad.

Se esperaba que los estudiantes normalistas, futuros maestros y líderes, procedieran de los mismos sectores sociales pobres y marginados en los que habrían de intervenir.  De ahí que las Normales Rurales debieran funcionar como internados y asegurar la manutención de los estudiantes. Era y sigue siendo la única manera en que muchos indígenas y campesinos mexicanos pueden estudiar y así guiarse a sí mismos en lugar de recibir la guía de otros sectores de la sociedad. El proyecto era y sigue siendo verdaderamente revolucionario por muchas razones, entre ellas porque no divide la sociedad entre los educadores y los educados, lo cual, como ya lo denunció Marx en su momento, reproduce la división social entre las clases dominantes y las dominadas, entre los guías y los guiados, entre los maestros y sus estudiantes. Las Normales Rurales buscan ir más allá de esta división al plantear que son los propios campesinos e indígenas los que deben ser maestros de sí mismos.

Las Normales Rurales tenían un propósito de concientización y transformación social, y tal como se concibieron desde un principio, debían continuar la enorme tarea que sólo había sido preparada, posibilitada y comenzada por la Revolución Mexicana. Después de luchar con las armas en el campo de batalla, llegaba el momento de luchar con las ideas y con las palabras en los salones de clase.  La vía era diferente, pero el objetivo era el mismo: crear una sociedad más justa e igualitaria, más libre y consciente, más democrática e incluyente.

En cierto sentido, las Normales Rurales buscaban realizar aquel sentimiento de la nación por el que Don Sebastián de Viguri donó sus terrenos a los indígenas de Ayotzinapa. Lo hizo, recordemos, en los términos de Morelos, para “moderar la opulencia y la indigencia, aumentar el jornal del pobre, mejorar sus costumbres, alejar la ignorancia”. No hay que pasar por alto el abismo histórico que se abre entre los Sentimientos de la Nación de 1813 y el proyecto de las Normales Rurales de 1922, pero tampoco hay razón para negar las evidentes afinidades políticas e ideológicas entre ambas orillas del abismo. Cuando Morelos hablaba de alejar la ignorancia y mejorar las costumbres, no pensaba en algo muy diferente de lo que después se llamaría concientización, y cuando se refería a moderar la opulencia y la indigencia, es claro que pensaba en una sociedad más justa e igualitaria.

La reacción contra la revolución y contra su proyecto educativo

Quizá los ideales de las Normales Rurales hayan sido poco realistas, demasiado avanzados para su tiempo, demasiado elevados para la bajeza de algunos sectores de nuestra sociedad. Tal vez los inspiradores del proyecto hayan sido tan ingenuos como Emiliano Zapata o Francisco Villa al imaginar que podrían continuar lo que había empezado en la Revolución Mexicana.  El caso es que las aspiraciones de las Escuelas Normales Rurales chocaron frontalmente con las ambiciones de unos y las convicciones de otros.

Desde un principio, desde los años veinte, el proyecto de las Normales fue mal recibido por diversos sectores de la sociedad mexicana. Primero, en tiempos de la cristiada, fueron los conservadores indignados por el carácter laico de la enseñanza de los normalistas.  Luego fueron los revolucionarios institucionales que no podían tolerar a esos maestrillos andrajosos y revoltosos que se habían tomado en serio los ideales de la Revolución Mexicana.  Finalmente llegó el crimen organizado, es decir, esa enorme banda criminal compuesta de gobernantes neoliberales, narcotraficantes y otros empresarios, todos unidos en su afán de hacer fortuna, saquear el país y extorsionar a sus habitantes, amenazando con desaparecer a cualquiera que se interponga en sus negocios y que no se deje convertir en botín.

Los estudiantes de las Normales Rurales no se han dejado amedrentar, no han cedido a sus extorsionadores. Y como suele suceder en estos casos, han pagado muy cara su temeridad. Se les ha desaparecido.  ¿Pero cómo no van a desaparecer cuando se han obstinado en significar algo para lo que ya no hay lugar en México?  Ya no hay lugar para su proyecto de concientización y transformación social, ni para la igualdad y la justicia, ni para los ideales de la Independencia ni para José María Morelos ni para Vicente Guerrero y Sebastián de Viguri, ni para la revolución de Villa y Zapata, ni para los pueblos originarios ni para los campesinos y ejidatarios, ni para las tortugas ni para sus ríos.

Así como están extinguiéndose la chopontil y otras especies mexicanas de tortugas de río, así también podrían extinguirse especies como la de nuestros normalistas de Ayotzinapa. No parece haber condiciones para que sobrevivan en este basurero de sociedad así como tampoco hay lugar para la chopontil en los ríos cada vez más contaminados por el capitalismo. El sistema que provoca la desaparición de las tortugas es el mismo que impide la aparición de los normalistas.

¿En dónde podrían aparecer los 43? ¿En un hotel de Cancún, en alguna playa privatizada, en un centro comercial, en un Oxxo, en las porquerizas en las que se han convertido las cámaras de senadores y diputados, en la Casa Blanca de Peña Nieto, en su avión presidencial, en el prostíbulo priista de Cuauhtémoc Gutiérrez? ¿O quizás debamos buscarlos en la lista de invitados a la fiesta del alcalde de San Blas, o entre los entrevistados por Laura Bozzo, o extraviados en alguna telenovela o en el noticiero de López Dóriga? ¿Acaso les ven un lugar en el grotesco país que estamos construyendo, el de Televisa y Soriana, el del PRI y los demás partidos priistas, el de las reformas energéticas y educativas, el del Tratado de Libre Comercio, el de la guerra sucia y ese lento exterminio de los pueblos indios?

Resistencia

Todo excluye la existencia de los normalistas rurales, pero así ha sido también en el pasado, en tiempos de la reacción religiosa y de la guerra sucia, lo que no les ha impedido sobrevivir durante noventa años. La supervivencia de los normalistas es tan sorprendente como la de aquellas tortugas chopontiles que todavía nadan en caldos espumosos compuestos de cianuro, petróleo, detergentes, sustancias cloradas, ácidos, pesticidas y otros venenos producidos por nuestro sistema. Los seres vivos en semejantes caldos no deberían sorprendernos menos que la vida intensa e impetuosa de los normalistas en esta sociedad preparada por Enrique Peña Nieto y los demás pozoleros que nos gobiernan. Uno termina sospechando que lidiamos con seres inmortales, invencibles como los indígenas, que han sobrevivido a cada una de sus muertes, y que siguen ahí, de pie, recordándonos que no podemos acabar con lo que somos.

Tal como ocurre con los indígenas, la estrategia de supervivencia de los normalistas rurales no ha sido una simple adaptación pasiva, sino una resistencia activa, decidida, firme y constante. Fue con este espíritu de resistencia, bien representado por el símbolo de la tortuga, que los normalistas formaron en 1935 la “Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México” (FECSM), una organización que buscaba proteger a los futuros maestros de todo aquello que estaba conspirando contra ellos dentro y fuera de las instituciones, en el gobierno y en la sociedad mexicana. Esta Federación fue a veces la antesala de movimientos sociales o específicamente magisteriales en los que participaban los normalistas una vez obtenido su diploma de maestros. Un ejemplo bien conocido fue la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), en la que había muchos maestros formados en Ayotzinapa, entre ellos los futuros líderes guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, cuyos rostros decoran los muros de la Escuela Normal Rural.

Guerrilleros, luchadores y maestros

Se ha dicho hasta el cansancio que la Normal de Ayotzinapa es un nido de guerrilleros. Sería más correcto decir que es un nido de maestros comprometidos con la transformación social que a veces, en muy contadas ocasiones, han debido optar por la lucha armada como último recurso para defenderse de la violencia asesina del gobierno priista mexicano.  El maestro Genaro Vázquez toma las armas tras la matanza de Iguala de 1962, cuando la policía mata a siete personas. De igual modo, Lucio Cabañas  deja de ser maestro y se vuelve guerrillero después de la matanza de Atoyac de 1967, en la que policías disparan sobre una concentración de padres de familia y matan a once civiles desarmados.

Fue la represión gubernamental, y no la estancia en Ayotzinapa, la que hizo que Lucio y Genaro tomaran las armas. Quizás lo que ellos y otros aprendieran en la Normal Rural fue a resistir, a no dejarse matar, a al menos a no dejarse matar sin luchar, pues la batalla siempre terminó siendo ganada por los poderosos, por los verdaderos asesinos, llámense Anastasio Bustamante, Luis Echeverría, Rubén Figueroa, Carlos Salinas o Enrique Peña Nieto. Quizás Atlacomulco, Los Pinos y el PRI sean cunas de asesinos, pero no Tixtla, no Ayotzinapa. Es verdad que ahí nació el primer gran líder guerrillero de nuestra historia, Vicente Guerrero, y ahí mismo se formaron dos de los más grandes del siglo XX, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Pero estos guerrilleros, como tantos otros de México, han sido más mártires que asesinos.

Además, por cada guerrillero que salió de Ayotzinapa,  hubo centenares de luchadores sociales que se aferraron a los medios pacíficos de acción, organización y manifestación. El más conocido fue Othón Salazar, líder del Movimiento Revolucionario del Magisterio en los años cincuenta y candidato a gobernador por el Partido Comunista Mexicano en 1980. Otro luchador menos conocido, Claudio Castillo Peña, fue asesinado por los policías federales hace algunos días tras cuarenta años de lucha incansable y más de veinte años en la docencia. Pero el maestro Claudio no es más uno de los centenares de luchadores sociales que se han formado en Ayotzinapa y que han sido asesinados en los últimos cincuenta años.

Además, por cada luchador social, hubo miles de maestros egresados de Ayotzinapa que se limitaron a cumplir su trabajo docente en las zonas más inaccesibles del país y en las condiciones más duras de trabajo. Incontables murieron de enfermedades curables que habrían podido ser curadas en una sociedad más justa. Muchos fueron asesinados, especialmente durante la guerra sucia, tan sólo por ser maestros y por lo tanto sospechosos, y sin siquiera tener tiempo de convertirse en luchadores sociales. Podemos decir que todos fueron víctimas de lo mismo. Nadie se acuerda ya de estos héroes anónimos e invisibles a los que debemos mucho de lo mejor que se ha hecho en México en el último siglo. Pienso que Ayotzinapa significa también esto, el olvido, el heroísmo invisible y anónimo.

Conclusión: el espectáculo y la desaparición

Los héroes desaparecen detrás de las noticias sobre los bloqueos de la autopista del sol y el retraso de quienes van a descansar a las playas de Acapulco.  Las palabras de los partidos políticos y de las cámaras de comercio resuenan en la radio y en la televisión y no dejan escuchar las justas reivindicaciones de los normalistas que viven en condiciones infrahumanas y que reciben cada uno menos de 40 pesos diarios para su manutención.  La desaparición de los normalistas empieza por la represión de su palabra, por el silenciamiento de sus luchas y sus demandas, por el desconocimiento de sus condiciones de vida, por el ocultamiento de sus esfuerzos y de sus méritos, de su heroísmo y del gran servicio que prestan a la sociedad.

Ayotzinapa es también el nombre de lo oculto, lo desconocido, lo silenciado, lo reprimido, lo desaparecido por el sistema político-económico.  Es aquí también, tras la pantalla de televisión y tras las otras manifestaciones del espectáculo que nos rodea, en donde podría estribar la significación de Ayotzinapa. Los 43 desaparecidos representarían entonces también todo lo desaparecido: todo lo que somos todos, nuestra vida, el pueblo que resiste, la dignidad indígena, la verdad campesina, el esfuerzo diario de las clases populares, el trabajo que se hace por vocación de servicio y no por afán de enriquecimiento, el heroísmo de muchos maestros rurales, sus luchas sociales incansables, pero también la guerra sucia contra ellos, el mar de sangre que han dejado las sucesivas tiranías que nos gobiernan, las fosas comunes, la revolución inconclusa, la injusticia y la desigualdad, el desprecio por los sentimientos de la nación, la independencia traicionada, el saqueo del país, el espectro de Porfirio Díaz y de Victoriano Huerta, el triunfo de la infamia, el priismo de todos o casi todos los partidos políticos, la institucionalización del crimen organizado, la condición criminal de nuestros gobernantes, la indiferenciación entre los sicarios y los políticos, la miseria generalizada, la destrucción de todo, las fosas que se lo tragan todo, la muerte que no deja de ganar terreno sobre la vida, la sociedad que no deja sobrevivir a sus jóvenes, el río contaminado que está envenenando a sus tortugas.

Quizás Ayotzinapa sea el signo de lo que ya no puede permanecer ni olvidado ni oculto. Si así fuera, tal vez haya razón para confiar en una reaparición de lo desaparecido.  Ayotzinapa significaría entonces el fin de la desaparición. Dependerá de nosotros y es por esto mismo que resulta imposible saberlo por ahora. Debemos conocer antes aquello de lo que somos capaces. Debemos llegar al acontecimiento que permita verificar la verdad de nuestro discurso.

Así como hubo que remontar al pasado para llegar al presente, así también habrá que ir hacia el futuro para entender este mismo presente. Ayotzinapa significará hoy lo que habremos conseguido que signifique, lo que habrá significado, la significación que hayamos conquistado. El futuro está en nuestras manos, pero también el pasado y el presente. Dependerá de nosotros que haya un sentido en la resistencia de las tortugas y de los normalistas, en la donación de Sebastián de Viguri, en la muerte de Guerrero y de Morelos, y en todo lo demás a lo que me he referido en estos minutos.

Estado de Excepción: Marx y Lacan en Ayotzinapa

Conferencia en el Foro del Campo Lacaniano de São Paulo, Brasil, lunes 20 de octubre 2014, con comentarios de Raul Albino Pacheco Filho e Ivan Ramos Estevão

David Pavón-Cuéllar

Se me ha invitado a hablar sobre marxismo y psicoanálisis lacaniano. Lo haré, desde luego, pero únicamente como puedo hacerlo ahora mismo, en este preciso momento.

Estamos en la historia y cada momento es único y singular. Cada uno requiere de palabras diferentes. Cada momento me exige a mí, como le exige a cualquiera de ustedes, vincular el marxismo y el psicoanálisis de manera excepcional. Evidentemente no es una excepción por la que se confirme la regla, sino que es la regla misma. La regla es que en la historia sólo hay excepciones. La regla es la excepción, como ya nos lo decía Althusser. Y es por eso que la ciencia de la historia, como la del psicoanálisis, es una ciencia de lo particular para Lacan. Digamos que es una ciencia de las excepciones.

Cada momento es excepcional y nos exige hablar de su excepción. Esta exigencia es algo que siento ahora mismo, cuando sólo puedo hablar de marxismo y psicoanálisis denunciando algo que ha ocurrido en mi país, México, hace aproximadamente un mes. Algunas y algunos de ustedes ya sabrán a lo que me refiero: la reciente matanza de Iguala. Resumamos los hechos. El pasado 26 de septiembre, policías mataron y desaparecieron a varios estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, una institución pública de enseñanza superior en la que se forman futuros maestros, casi todos ellos hijos de campesinos pobres.

Los estudiantes de Ayotzinapa estaban en Iguala para botear, es decir, para pedirle a los transeúntes una cooperación voluntaria que les permitiría viajar a la Ciudad de México y participar en la gran marcha estudiantil que se realiza cada año para conmemorar la masacre de estudiantes que ocurrió en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, cuando los militares asesinaron a centenares de estudiantes en una plaza pública. 36 años después, en Iguala, fueron policías los que atacaron a los estudiantes, disparando sobre ellos y matando a 6, además de arrestar a otros y desaparecerlos. Hay actualmente 43 desaparecidos. Ya se descubrió el cadáver de un estudiante al que torturaron, le arrancaron los ojos y le desollaron el rostro. Se han encontrado también algunas fosas comunes con más cadáveres. Las investigaciones revelaron que muchos de ellos fueron quemados vivos.

La versión oficial es que los policías y funcionarios municipales de Iguala trabajaban para un capo local del narcotráfico y que fue él quien ordenó matar a los estudiantes. Pero nadie entiende por qué los narcotraficantes de Iguala querrían o necesitarían matar a los estudiantes de Ayotzinapa. Esto ha hecho que se difunda la versión más verosímil y convincente de que la matanza de estudiantes fue decidida por el gobierno estatal e incluso federal. Después de todo, a diferencia de los narcotraficantes, los gobernantes de México sí que tenían móviles para matar a unos estudiantes conocidos por su militancia rebelde antigubernamental.

Quizá ni siquiera tenga importancia confirmar si los asesinos de estudiantes obedecían órdenes del gobierno federal o de algún cártel del narcotráfico. El narco y el gobierno mexicano se han unido tan íntimamente que podemos hablar ya de un verdadero narcogobierno. La subordinación del Estado Mexicano al narcotráfico no es más un aspecto de su total sumisión ante otros sectores de la economía capitalista, como el financiero, el industrial y el extractivo. Son los amos del dinero los que mandan en México. El presidente Enrique Peña Nieto y sus mediocres funcionarios neoliberales no suelen ser más que títeres en manos de los grandes oligarcas nacionales y extranjeros de la minería, la manufactura, la finanza y el narcotráfico. Son los ricos los que mandan. El poder está en su riqueza, en su dinero, en su capital, en el capital.

Sabemos por Marx que el capital cobra conciencia y voluntad en los capitalistas, los cuales, a su vez, hacen valer esa conciencia y esa voluntad a través de gobiernos como el mexicano. Los policías, brazos armados y caras visibles del gobierno, deben proceder como el capital decide que procedan. Aunque a menudo cometan errores, sus mismos errores, como el de Ayotzinapa, tienden a constituir una suerte de lapsus o síntoma que revela su total subordinación al capitalismo. Ésta es la verdad que se descubre a sí misma, como aletheia, en los asesinatos de estudiantes, ya sea que los policías obedezcan al narcotráfico o a funcionarios que obedecen a al narco y a otros sectores de la economía capitalista.

No importa cuántas y cuáles mediaciones hubiera entre el capital y los policías asesinos de Iguala.  Da igual que obedecieran directamente a un capo local del narcotráfico o indirectamente al presidente mexicano que a su vez obedece al capitalismo global con sus narcotraficantes, banqueros y demás personificaciones criminales. En ambos casos, una parte importante de la responsabilidad última de la matanza recae en el capital, en el capitalismo, lo que no absuelve desde luego a los esbirros del capital, desde los policías de Iguala hasta el Presidente de la República.

Lo que digo es algo que parece presentirse entre los supervivientes de Ayotzinapa y entre las decenas de miles de estudiantes mexicanos que han salido a protestar a las calles después de la masacre. Basta escuchar las consignas y pasear por las redes sociales para captar la intuición general de que los estudiantes fueron asesinados por algo que se expresa lo mismo en los narcotraficantes que en los policías, en los distintos niveles del gobierno y del crimen organizado, en los medios masivos de comunicación, en los diversos poderes fácticos económicos, en las últimas reformas neoliberales y en la manera en que los partidos opositores se han dejado intimidar, sobornar, cooptar y degradar por el corrupto y represor Partido Revolucionario Institucional, el PRI, que volvió al poder en 2012, después de haber gobernado México entre 1930 y 2000.

Si el PRI se mantuvo setenta años en el poder, fue mediante el control de los sindicatos, la absorción de otros partidos, la compra sistemática de votos, la censura de los medios y una represión brutal que lo llevó a matar a decenas de miles de opositores, entre ellos los estudiantes que murieron en Tlatelolco en 1968. El régimen priista era ciertamente autoritario y tiránico, pero no por ello dejó de respetar los rituales democráticos de las elecciones periódicas, la separación de poderes, la sucesión presidencial y la no reelección de los mandatarios. Distinguiéndose así de otras dictaduras latinoamericanas,  la tiranía priista recibió el nombre de “dictadura de partido”. Su buena imagen democrática exterior, la discreción de sus crímenes y su capacidad de control interno hicieron que Vargas Llosa la llamara “la dictadura perfecta” en 1990.

La expresión de la “dictadura perfecta” ha regresado y está en el aire. Es el título de una película sobre el retorno del PRI que salió en salas mexicanas la semana pasada. La misma expresión ha sido empleada más de una vez en relación con la matanza de los estudiantes de Ayotzinapa. Se dice que la dictadura perfecta está de vuelta, y la matanza de Ayotzinapa se incluye en una larga lista de matanzas priistas: la de Tlatelolco, la de los halcones, la de Acteal, la del Bosque, la del Charco, etc.

Quienes evocan el retorno de la dictadura también consiguen adivinar el papel del capitalismo en la matanza de estudiantes. Hay una especie de lucidez colectiva, expresada en protestas y redes sociales, por la que se intuye que el poder capitalista subyace al dictatorial, que ambos poderes económico y político son un mismo poder, y que es con ese poder capitalista-gubernamental con el que se asesinó a los estudiantes de Ayotzinapa, tan culpables de manifestaciones antigubernamentales como de posiciones anticapitalistas. ¿Podemos decir entonces que fue por anticapitalistas y antigubernamentales que los estudiantes fueron asesinados? Quizás haya en esto una parte de verdad, pero no toda la verdad, pues somos decenas de millones los mexicanos anticapitalistas y antigubernamentales, y sin embargo no hemos sido asesinados. Yo estoy aquí en Sao Paulo, vivo frente a ustedes, pues no he sido asesinado.

¿Entonces por qué diablos fueron asesinados los estudiantes de Ayotzinapa? Se puede responder sin responder y decir que se les eligió al azar, pero que pudieron haber sido otros, ya que se trataba sólo de matar a unos pocos para asustar a todos los demás anticapitalistas y antigubernamentales del país. Ha llegado incluso a suponerse que se asesinó a los estudiantes de Ayotzinapa con el propósito de intimidar específicamente a los del Instituto Politécnico Nacional que estaban movilizados en esos mismos días en la Ciudad de México. ¿Pero entonces por qué no matar directamente a los estudiantes del Politécnico? ¿Por qué pasar por la matanza de los de Ayotzinapa?

Aun si no fuera cierto que la matanza de Iguala era para enviar un mensaje a los estudiantes del Politécnico, ¿por qué haber matado específicamente a los estudiantes de Ayotzinapa entre las decenas de miles de estudiantes que manifestaban en esos mismos días? Entre tantos estudiantes anticapitalistas y antigubernamentales en todos los rincones de México, ¿por qué los de Ayotzinapa? Le pregunté esto a dos jóvenes compañeros marxistas justo antes de venir a Brasil, y no supieron qué responderme. Tan sólo balbucearon algunas explicaciones en torno a la situación en Guerrero y la radicalidad de los estudiantes de Ayotzinapa. Sus explicaciones fueron convincentes, pero  me parecieron insuficientes.

Me temo que mis compañeros conocían la respuesta que yo quería escuchar, pero no sabían muy bien cómo expresarla y ni siquiera cómo pensarla. Es lo mismo que me ocurría. Llegamos aquí a uno de aquellos puntos intratables ante los que Lacan puede sernos particularmente útil a nosotros los marxistas.

Lacan puede servirnos, por ejemplo, a considerar los diversos discursos políticos y periodísticos en los que se denigra sistemáticamente a los estudiantes de Ayotzinapa. En lugar de abordar los discursos como descriptivos y comunicativos de cierta realidad existente, podemos concebirlos, en una perspectiva lacaniana, como creadores y organizadores de una realidad imaginaria que sólo existe en virtud de los mismos discursos.  Es aquí, en esta realidad imaginaria generada por un sistema simbólico, en donde los estudiantes de Ayotzinapa se presentan como parásitos inútiles y prescindibles, que no rinden ahora ni rendirán jamás ningún servicio a la sociedad, pero que son costosos y dispendiosos, y además ávidos e insaciables, pues quieren más y más, sin dar nada a cambio.

Para convencerse del carácter imaginario de la realidad recién descrita, consideremos que la manutención de los estudiantes de Ayotzinapa le cuesta al gobierno 30 pesos mexicanos, 6 reales brasileños por día, lo que sólo permite comprar los alimentos mínimos para sobrevivir. De hecho, los estudiantes de Ayotzinapa son aquellos en los que menos gasta el gobierno de México. Y desde cierto punto de vista, se les podría considerar particularmente útiles, ya que serán futuros maestros rurales que alfabetizarán a hijas e hijos de campesinos. Aunque la utilidad de la alfabetización pueda ser cuestionable, no cabe duda de que es una actividad más útil que las actividades habituales de los funcionarios y periodistas que denuncian la inutilidad de los estudiantes.

Hay buenas razones para invertir el mensaje del Otro, desentrañar aquí una denegación y ver a los estudiantes de Ayotzinapa como lo diametralmente opuesto a lo que se afirma de ellos. Podríamos decir que son los más útiles y los más baratos entre los estudiantes de México, mientras que se les presenta como los más inútiles y los más caros en los discursos que circulan. Es claro que estos discursos, como cualquier otro discurso, no tienen su verdad en una realidad existente, sino en lo que se descubre a través de la realidad imaginaria que nos ofrecen. ¿Y qué se descubre aquí, en esa realidad en la que nuestros estudiantes de Ayotzinapa son demasiado agresivos y conflictivos, demasiado ávidos y exigentes, demasiado costosos y dispendiosos? Lo que se descubre, según yo, es que lo que se dice literalmente: que los estudiantes son demasiado lo que son, que lo son en exceso, que son más de lo que deberían ser, que están de más, que sobran. Esta condición intrínsecamente sobrante de los estudiantes se confirma en sus caracterizaciones como inútiles y prescindibles.

Los estudiantes de Ayotzinapa son algo que sobra, y cuando algo sobra, es normal que se le deba eliminar, limpiar, tirar al cesto de la basura, o, en este caso, a una fosa común. La matanza de los estudiantes de Ayotzinapa no es más que la conclusión de un silogismo sencillo: los estudiantes sobran, y lo que sobra debe desaparecer; por lo tanto, los estudiantes deben desaparecer. Al desaparecer a los estudiantes, los policías únicamente completaron el silogismo que no dejaba de operar en el gobierno de Enrique Peña Nieto y en los grandes medios de comunicación. Los autores morales de la matanza están en las cúpulas gubernamentales y en las pantallas de televisión, e incluyen a famosos periodistas como Carlos Loret de Mola, Joaquín López Dóriga y Ciro Gómez Leyva. Éstos y muchos otros asesinos de cuello blanco prepararon la matanza de los estudiantes al justificar su represión, ocultar sus condiciones de vida, ignorar sus reivindicaciones, quitarles la voz y reducirlos a la condición de obstáculos de los que debíamos deshacernos para permitir el desarrollo del país y específicamente la circulación en las carreteras.  Hasta podríamos decir que los periodistas fueron los que empezaron la matanza de estudiantes. Únicamente fueron precedidos por los políticos neoliberales, quienes ya estaban matando a los estudiantes al denunciarlos como un problema que debía resolverse, como un despilfarro que debía ahorrarse, y al reducir el dinero que les daban y al no dárselos en numerosas ocasiones, aun cuando sabían que eran los jóvenes más pobres del país y que apenas podían sobrevivir con lo que recibían.

Al matar a los estudiantes, los policías concluyeron el trabajo de los políticos y los periodistas. Hicieron además únicamente lo que les fue indicado por el gobierno y por la televisión. El asesinato de los estudiantes de Ayotzinapa se fraguó en lugares como la residencia oficial de Los Pinos, las diferentes Secretarías, el Senado y el Congreso de la Unión, así como Televisa, Televisión Azteca, Milenio y otros medios. Es aquí en donde se tejió esa trama discursiva en la que no había ya lugar para los estudiantes, en la que no cabían, sobraban y debían descartarse, desecharse como un resto que difícilmente podríamos resistirnos a pensar a través de la noción de objeto a.

Como en la concepción lacaniana del objeto a, los estudiantes de Ayotzinapa son aquello mismo cuya exclusión da lugar y sentido a los discursos oficiales. Estos discursos no dejan de afirmar la falta de todo lo personificado por cada estudiante de Ayotzinapa: la dignidad en la miseria, la vida en la muerte, la resistencia de los condenados, la insumisión de los despreciados, la furia de los de abajo, la rebeldía subversiva de indios y campesinos desharrapados como los revolucionarios Emiliano Zapata y Francisco Villa. Todo esto desafía el silogismo al que acabo de referirme. Es algo real contra lo que nada puede la simbolización del discurso oficial, el del PRI, el Revolucionario Institucional, que tiene sus orígenes más remotos, no en la revolución de Villa y Zapata, sino en la otra, en la falsa y astuta, la corrupta y represiva, la de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, los asesinos de Zapata y Villa, respectivamente.

La revolución institucional se instituyó al neutralizar la revolución propiamente dicha. El símbolo se erigió sobre la muerte de lo real, de la cosa, del movimiento revolucionario que lo trastornó todo en México. Se empezó así por asesinar a Villa, Zapata y los demás que podrían subvertir el discurso revolucionario institucional.

Se excluyó aquello que tomó entonces la forma de obstáculo para la pacificación y el progreso. Era mucho más que una piedra en el zapato de los nuevos ricos. Fue lo que se levantó en armas en 1910. Era y sigue siendo el oprimido que lo aguanta todo hasta que deja de aguantarlo, el mexicano que acumula resentimientos y razones de venganza, la indiada enigmática y la plebe mestiza turbia y amenazante detrás de su cándida sonrisa, el objeto andrajoso en el que se concentra la angustia de los opresores. La violenta inmolación ritual de esto, primero en las figuras de Villa y Zapata y luego en los millones de muertos de hambre y de represión, ha permitido la institucionalización revolucionaria de aquello que se convierte en la dictadura perfecta. Pero el valor simbólico de la dictadura nunca deja de estribar en lo mismo de lo que es la sustracción. El meollo del PRI siempre ha radicado y sigue radicando en su relación con lo descartado, con lo real que no se deja simbolizar, con la revolución que resiste a su traición institucionalizada, con eso que irrumpió a través de Zapata y Villa en la Revolución de 1910, pero también en los movimientos guerrilleros posteriores, entre ellos los más temibles y recordados, los de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, quienes estudiaron precisamente en Ayotzinapa.

Entre quienes contribuyeron al asesinato de los estudiantes, están quienes dicen ahora, en 2014, que la Escuela Normal de Ayotzinapa debería desaparecer porque es un nido de guerrilleros. La afirmación es absurda y no tiene más fundamento que el de los guerrilleros egresados hace medio siglo. Se trata evidentemente de una calumnia, de una declaración infundada y engañosa, pero no por ello menos reveladora de cierta verdad. Una vez más debemos buscar la verdad en la mentira, en la estructura de ficción de la que nos hablaba Lacan, en los cuentos verdaderos de los que nos hablaba Marx.

La mentira de los estudiantes revolucionarios nos descubre la verdad de lo que estaban encarnando los estudiantes que fueron asesinados, aquel objeto de angustia, pues la angustia no carece de objeto, y en este caso, como lo hemos visto, su objeto parece residir en cierto residuo sangriento, marca del vacío dejado por Villa y Zapata, resto indeleble de la Revolución de 1910, pero también de todas las demás revoluciones derrotadas, ahogadas en baños de sangre.  He aquí el fantasma que ahora mismo recorre México. Es el espectro de Villa y Zapata, pero también de Lucio y Genaro y de otros guerrilleros asesinados, Jaramillo y Gámiz y tantos otros, incluidos los 20 mil asesinatos políticos en los últimos años del PRI, así como los millones de indios que no dejan de masacrarse desde 1521. En lugar de pedirle perdón al pueblo y a la indiada, el gobierno ha preferido perdonarlos a través de una serie de amnistías que remontan a los tiempos coloniales y que invierten la relación entre los verdugos y sus víctimas, pero que vuelven también a descubrirnos la verdad a través de la mentira. En una interesante formación reactiva, las asesinas élites políticas y económicas mexicanas están ofendidas en lugar de arrepentidas, y dan el perdón por no pedirlo, quizá porque presienten que no lo recibirán, que no serán perdonadas, que nunca podrá perdonarse todo lo que han hecho desde la conquista de México hasta la nueva dictadura perfecta. La deuda se ha vuelto impagable.

¿Cómo podría haber duelo en México? Imposible llegar a elaborar simbólicamente lo que no deja de acechar en lo real. Es lo que asusta constantemente a las élites económicas y políticas, a los periodistas y los policías. Es aquel guerrillero persecutor, vengador y justiciero, contra el que disparan sus balas de metal y de tinta. La angustia suscitada por este objeto puede apreciarse al medir la saña con la que se le trata al denigrarlo, torturarlo, despellejarlo, quemarlo vivo. Hay aquí evidentemente un proceso ritual que pretende en vano, a través de una nueva inversión, compensar la imposibilidad efectiva del duelo en nuestra cultura.

Pero los asesinos de los estudiantes de Ayotzinapa no sólo temen a los estudiantes como vengadores y justicieros potenciales, sino que también los critican y los reprenden, empleando sus mismas palabras, por alterar el orden público en lugar de ponerse a trabajar. Esta acusación es la más común entre la población y es tan mentirosa y reveladora como las demás. Se les pide a los estudiantes que se pongan a trabajar, como si estuvieran descansando, como si no trabajaran al estudiar y como si no hubiera tampoco ningún trabajo en sus protestas, sus asambleas, su colecta de recursos y otras formas de militancia. Y es verdad que todo esto no constituye ningún trabajo para el sistema capitalista, en el cual, como bien sabemos, el único trabajo reconocido como tal suele ser el productivo y remunerado, es decir, el que tiene un valor de uso y un valor de cambio para el sistema capitalista.

En términos marxistas, el único trabajo reconocido por el capital es aquel en el que el mismo capital realiza la explotación de nuestra vida como fuerza de trabajo. Esto no se cumple, desde luego, en el caso de los estudiantes de Ayotzinapa. Su vida no es ni promete ser fuerza de trabajo que pueda ser explotada por el sistema capitalista. Desde el punto de vista de este sistema, la vida de los estudiantes de Ayotzinapa es inútil y se goza en lugar de usarse, ya que es pura vida pulsional, pura pulsión inexplotable que no se ha dejado reducir a fuerza de trabajo y que por eso mismo debe ser eliminada. Su eliminación habría podido evitarse, desde el mismo punto de vista, si la pulsión hubiera sido adecuadamente reprimida para convertirse en fuerza de trabajo. Esta conversión de la vida en fuerza de trabajo es el punto preciso en el que intervienen dispositivos disciplinarios y de control como los estudiados por Foucault. Su producto es una fuerza explotable que nunca sobra como la vida pulsional de los estudiantes de Ayotzinapa.

Si los estudiantes de Ayotzinapa debían morir, fue también y quizá fundamentalmente porque el gobierno y los medios redujeron toda su existencia real a lo que es para el sistema capitalista: pura vida pulsional quizá gozable, pero indisciplinada e incontrolada, y por tanto inútil e inexplotable. Una vida como ésta solamente puede causar problemas. De ahí que deba ser eliminada o al menos desactivada, marginada o expulsada del sistema. Esto la distingue claramente de las vidas que se dejan reprimir, disciplinar y controlar, convirtiéndose así en una fuerza explotable que a su vez,  al ser explotada como fuerza de trabajo, se aliena y se convierte en el poder explotador inherente al capital.

Ya sabemos que para Marx, el poder del capital, como trabajo muerto, no proviene sino de la fuerza del trabajador, como trabajo vivo. Es fácil ahora percatarse, gracias a la lectura lacaniana de Marx, que la fuerza de trabajo es aquello en lo que se ha convertido la vida que no es gozada como pulsión por el sujeto, sino explotada como fuerza por el gran Otro del sistema simbólico, del lenguaje y la cultura, del capitalismo. Esta fuerza de trabajo del sistema, esta fuerza disciplinada y controlada, útil o con valor de uso para el capital, es aquello en lo que habrían debido convertirse las existencias de los estudiantes para que se les perdonara la vida.

Lo que no se perdona es que se opte por lo que se percibe como vida pulsional gozable en lugar de fuerza laboral usable. De allí la reiterada caracterización de inútiles prescindibles para los estudiantes de Ayotzinapa. Estos estudiantes serían inútiles prescindibles porque no tendrían un valor de uso para el sistema. Y no tendrían valor de uso porque no habrían permitido su represión, su disciplina, su control y finalmente su proletarización, es decir, la reducción de su vida a simple fuerza de trabajo del sistema capitalista. Para el sistema, su existencia no sería entonces más que vida pulsional inútil o inexplotable, pero además peligrosa, esencialmente disruptiva y subversiva. Esta vida no tendría ningún derecho a seguir viviendo.

Para no terminar en una fosa común como los estudiantes de Ayotzinapa, debe hacerse el trabajo del sistema capitalista, ya sea cumpliendo con labores ideológicas o bien estrictamente económicas. Ya sea en la fábrica o en la universidad, en las empresas o en los noticieros, hay que hacer un trabajo útil, explotable, productivo, que produzca positivamente una plusvalía simbólica para el sistema y negativamente un plus-de-goce real para el sujeto. En otras palabras, el sujeto debe renunciar a gozar de la vida como pulsión y dejar que el sistema la use como fuerza de trabajo.

Los estudiantes de Ayotzinapa, como dicen los discursos oficiales, deben dejar de gozar con sus protestas y tienen que ponerse a trabajar. Como ya lo señalé con anterioridad, estos discursos de periodistas y gobernantes neoliberales desconocen el trabajo que los estudiantes realizan diariamente. Lo desconocen, hacen como si no existiera, porque no existe verdaderamente en su universo simbólico. Al estar fuera de este universo que lo engloba todo, el trabajo estudiantil no está en ninguna parte. No es porque no es un trabajo del capitalismo, del sistema simbólico de nuestra cultura, de nuestro lenguaje.

Digamos, en términos lacanianos, que no hay metalenguaje. No hay un exterior del capitalismo en el que pueda reconocerse el trabajo de los estudiantes de Ayotzinapa. Su trabajo exterior sólo puede ser visto como goce, como simple satisfacción de la pulsión, como algo real no simbolizable en el único universo simbólico que existe para nosotros, el del capitalismo global, el del sentido común democrático burgués y neoliberal, el del Pensamiento Único.

Sin embargo, además del capitalismo, hay otros universos simbólicos. Hay otras civilizaciones que engloban, cada una, todo lo que existe. Y además está el comunismo. Los estudiantes de Ayotzinapa trabajan para él, e incluso ya en él, gracias a una lógica retroactiva y prefigurativa por la que ahora mismo se habrá hecho existir aquello mismo por lo que se lucha. Es así como Ayotzinapa se ha liberado y ha sabido estar fuera y después del mundo en el que habitamos.

Quizá en este mundo los estudiantes de Ayotzinapa sean restos del pasado y deban extraerse del presente para despejar las autopistas hacia el futuro. Pero hay otro mundo en el que los mismos estudiantes anuncian el futuro. Y para ese otro mundo, para ese otro lenguaje sin metalenguaje, son otros los inútiles. Son otros los que no estarían trabajando, pues se limitarían a gozar, a satisfacer la única pulsión, la de muerte, la del vampiro del capital. Gozarían de esta gran máquina de goce mortal que es el capitalismo que destaza y hornea vivos a nuestros jóvenes.

Finalmente no habría más que humo y ceniza, huesos quemados y desperdigados, huellas de tortura y rastros de resistencia. Quizás aquí el objeto no deje de caer, pero es porque no termina de caer. El fantasma perverso no se repite sino al avanzar, y al avanzar, lo hace por caminos desconocidos. Además no hay que olvidar que la desviación, el clinamen, es una realidad permanente. La gran ruta de Lacan es una ficción conceptual. Sólo hay pequeños caminos. No hay línea recta. No hay necesidad ni principio de razón suficiente, sino sólo contingencia, como Epicuro y el primer Marx, y luego el último Althusser y ahora Quentin Meillasoux nos lo demuestran convincentemente.

No hay paso previsible. No hay tampoco dos pasos iguales. Cada paso es diferente de los anteriores. El gigante puede tropezar en cualquier momento, y si no tropieza, quizá consigamos derribarlo desde abajo. Puede ocurrir de un momento a otro. Estamos en la historia y cada momento es único y singular. Sólo hay excepciones.