Aspectos psicosociales de la represión gubernamental: terrorismo de Estado, cortina de humo, efectos y remedios

Presentación del libro Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya: lucha por su presentación con vida que trasciende familia y militancia política, del Frente Nacional de Lucha por el Socialismo (FNLS), en la Plaza Melchor Ocampo de Morelia, el sábado 8 de octubre 2017

 David Pavón-Cuéllar

La obra que estoy presentando es verdaderamente colectiva. No la firman varios autores. Tampoco está compuesta de capítulos escritos por diferentes individuos. No hay aquí la individualidad que escribe para su propio beneficio, por el dinero, por la celebridad o por el prestigio universitario. El desinterés, la generosidad y la nobleza de quienes escribieron este libro se demuestra en el hecho mismo de que se hayan cubierto de anonimato. El único autor mencionado es un grupo, un colectivo, un frente: el Frente Nacional de Lucha por el Socialismo (FNLS).

El título de la obra es el nombre de dos luchadores sociales, Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya, ambos integrantes del Partido Democrático Popular Revolucionario (PDPR) y del Ejército Popular Revolucionario (EPR). Gabriel y Edmundo fueron desaparecidos por elementos policíacos y militares en mayo de 2007, en la ciudad de Oaxaca, bajo la presidencia federal de Felipe Calderón y el gobierno estatal de Ulises Ruíz. Ambos gobiernos, el federal panista y el estatal priista, deben ser considerados los responsables de esta desaparición, ya que Gabriel y Edmundo fueron desaparecidos por las fuerzas de seguridad, como lo han reconocido las propias instancias gubernamentales, entre ellas un tribunal federal.

Tenemos, entonces, a un gobierno panista y priista que admite haber desaparecido a dos luchadores sociales, pero que al mismo tiempo no hace nada ni para esclarecer su desaparición forzada ni tampoco para encontrar a los desaparecidos. Esta situación es, a primera vista, el tema central de la obra que estoy presentando. Sin embargo, a medida que uno avanza en la lectura del libro, va comprendiendo que dicho tema tiene una trascendencia tal que desborda su particularidad y nos permite resignificar la ola de violencia que vive actualmente el país. Toda esta violencia muestra su vínculo esencial con el gobierno represivo a través del caso de Gabriel y Edmundo.

Como leemos en el mismo libro, la desaparición forzada de Gabriel y Edmundo permite “desenmascarar al Estado mexicano” y mostrarlo como culpable de “miles de crímenes de lesa humanidad” (FNLS, 2017, p. 97). Todos estos crímenes terminan mostrándose como lo que son, como crímenes de Estado, cuando el Estado admite su responsabilidad en uno solo de ellos. Es así como el crimen contra Gabriel y Edmundo, citando nuevamente el libro, “ayuda a comprender la esencia represiva del gobierno mexicano” (p. 10). Esta esencia represiva y su encubrimiento son las dos tesis más importantes de la obra: dos tesis que a mí, personalmente, me interesan en especial por su aspecto psicosocial.

Terrorismo de Estado

El libro incursiona en el ámbito psicológico al ahondar en la represión gubernamental, en sus fines terroristas y en sus medios mistificadores. En lo que se refiere a los fines, se nos muestra cómo nuestro gobierno intenta “generar” emociones como “terror, zozobra y miedo” para inhibir así la movilización social y “los procesos organizativos” de la sociedad (FNLS, 2017, p. 242). El Estado Mexicano, en otras palabras, intenta neutralizar “la convicción de lucha” al “infundir miedo” en los luchadores potenciales (p. 241).

De lo que se trata, en definitiva, es de inmovilizar a través del terror. Es por esto que puede hablarse de terrorismo de Estado: el Estado Mexicano es terrorista, como lo es el Estado Islámico, porque busca y logra causar terror en sus enemigos, en sus opositores y en la sociedad en general. Una sociedad aterrorizada es por fuerza una sociedad acobardada e inmovilizada, achicada y paralizada, sumisa y pasiva, sin valor para protestar ni para levantarse contra el régimen que la oprime.

Al dejarse achicar y paralizar por el terrorismo de Estado, la sociedad está en condiciones de ser controlada por el mismo Estado. Es así como un gobierno, según los términos del mismo libro, consigue “mantener el control total de la población a través del terror” (FNLS, 2017, p. 241). El terrorismo se torna una estrategia gubernamental necesaria para gobernar, tan permanentemente necesaria que no se deja de recurrir a ella y acaba normalizándose, convirtiéndose en una forma de “normalidad social” que “aniquila toda voluntad y expresión de lucha” (p. 253).

Cortina de humo

Como bien lo muestra el libro, nuestra lucha no sólo se ve inhibida por el terrorismo de Estado, sino también por su encubrimiento. El Estado terrorista se oculta para que no se luche contra él. Para neutralizar a sus opositores, el gobierno represivo no se limita a reprimirlos y aterrorizarlos, sino que les hace creer que él no es el que los reprime y aterroriza. Los gobiernos panistas y priistas, por ejemplo, han encubierto su esencia represiva y su estrategia terrorista mediante la supuesta guerra contra el narcotráfico. Esta guerra se ha utilizado así como una “cortina de humo para ocultar el terrorismo de Estado” (FNLS, 2017, p. 71).

En el libro no se niega, desde luego, la realidad del narco. Por el contrario, se reconoce la droga como una “mercancía” y el tráfico de droga como “parte de la economía subterránea que oxigena al capital” (FNLS, 2017, pp. 71-72). Sin embargo, en lugar de creer en la ilusión ingenua de una guerra del gobierno contra el narco, se reconoce la inseparabilidad entre el crimen organizado y el sistema capitalista con su dispositivo gubernamental.

En lugar de la guerra del gobierno contra el narco, lo que hay es la guerra del sistema, con sus expresiones gubernamentales y criminales, contra la sociedad, contra el pueblo y contra los luchadores sociales. Y esta guerra se disimularía con la ilusión de un combate del narcotráfico, así como con la psicologización y psicopatologización de los guerreros, haciéndonos creer que se trata de criminales con “mentes perversas o contaminadas” (FNLS, 2017, p. 11). En realidad, no hay aquí los “individuos aislados” ni tampoco las “circunstancias” excepcionales de la supuesta guerra contra el narco, sino una estructura estable, implacable, que “rebasa los límites sexenales” (pp. 11-12).

Tras la supuesta guerra contra el narco, lo que hay es una “política transexenal” del gobierno contra el pueblo (FNLS, 2017, p. 11). Esta política tiene carácter estructural y no personal ni circunstancial. No es tan sólo que “la delincuencia y el narcotráfico hayan corrompido al Estado mexicano”, sino que no hay verdaderamente una “línea divisoria” entre el mecanismo criminal y el dispositivo estatal-gubernamental del sistema capitalista (p. 72).

Efectos

El capitalismo implica la criminalidad, así como también implica forzosamente una “corrupción” como la de nuestro gobierno (FNLS, 2017, p. 72). Y tanto la corrupción como la criminalidad son siempre contra el pueblo. Él es la víctima de la violencia. Él es el robado, el asesinado y el desaparecido. Como bien se explica en el libro, la “violencia que azota a todo el país tiene una condición de clase”, ya que afecta principalmente al “pueblo trabajador, asalariado, ejidatario, comunero”, el que “vive en barrios populares”, el “opositor-crítico del régimen” (p. 19).

El pueblo no sólo es violentado, sino criminalizado, culpado por la violencia que él mismo sufre. Lo que se hace contra él debe ser pagado, expiado por él mismo, como si fuera su crimen y no el del sistema. Y, además, por si fuera poco, se le culpabiliza: se le convence a él mismo de su criminalidad. El pueblo debe sentirse responsable de los crímenes que se han cometido contra él. Se le hace sufrir primero por la violencia y luego por la culpa de la violencia. El pueblo termina cargando todos los crímenes, condenándose a sí mismo como criminal, “repitiendo y haciéndose eco de la criminalización” al estigmatizar como delincuentes a sus hijos, incluso a los muertos y desaparecidos (FNLS, 2017, pp. 257-258). Ya conocemos los rumores: “en algo debían andar pa’ que los mataran”.

Es el mismo pueblo, pues, el que aprende a criminalizarse, imputándose los crímenes que el sistema comete contra él, convenciéndose así de que es culpable de lo que tan sólo es víctima. En cuanto a los verdaderos culpables, el sistema de muerte y su Estado terrorista, el mortífero capitalismo y el gobierno represivo, se hacen pasar por las víctimas. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se habla del supuesto daño a las empresas, a las instituciones, a la economía del país, como si todo esto no estuviera nutrido por el mismo dinero del narco.

Tenemos, entonces, una inversión entre los papeles del violento y del violentado. El violento se hace pasar por el violentado, mientras que su víctima se presenta como verdugo. La víctima se culpa de lo que le ocurrió. Esto es muy común, como sabemos, y puede observarse a veces incluso entre los familiares de las víctimas de los desaparecidos, que a veces prefieren aceptar la versión gubernamental para facilitar su proceso de duelo.

Remedios

Es verdad, como lo concede el libro, que el proceso de duelo tras las desapariciones resulta particularmente difícil, ya que, a diferencia de lo que sucede con las muertes bien conocidas como tales, hay un “duelo alterado” en el que “no es fácil llevar a cabo la reestructuración de la dinámica familiar porque sería aceptar la muerte del ser querido” (FNLS, 2017, p. 251). Esto hace que el duelo quede trabado, entrampado, y que el dolor no cese.

Ante el duelo suspendido por el misterio de la desaparición, el remedio que se propone en el libro es el único efectivo, como ya se ha puesto de manifiesto en otros contextos, como los de ciertas dictaduras latinoamericanas. Me refiero a la acción colectiva en la que se trasciende el duelo individual. Tan sólo podemos avanzar en el duelo al transmutar “la angustia y el dolor en indignación y en convicción de lucha” (FNLS, 2017, p. 118). De lo que se trata, en otras palabras, es de “transformar el dolor psíquico en organización popular” (p. 252).

Tan sólo un pueblo movilizado consigue levantar y poner a caminar al individuo postrado, sin esperanza, decaído y deprimido. La depresión individual, como bien se explica en el libro, puede superarse a través de “motivos y objetivos vitales que inspiran sentimientos superiores como el amor por los seres queridos” transformado en “la exigencia de presentación con vida de sus familiares, pero también de los miles de detenidos desaparecidos del régimen” (FNLS, 2017, pp. 259-260).

Lo colectivo reabsorbe lo individual y familiar. O más bien: la familia y el individuo se reconocen al fin como integrantes de una colectividad. Se recobra la identidad popular cuando los desaparecidos ya no se conciben como simples miembros de una familia, como hijos de unos padres determinados, sino como “hijos del pueblo” ante los que nadie “puede ser apático o indiferente” (pp. 260-261).

Los hijos del pueblo

Reivindicando la solidaridad y la lucha popular por la aparición de los hijos del pueblo, el libro critica la “actitud egoísta, producto del individualismo exacerbado”, en la que sólo importan los muertos o desaparecidos de la propia familia, del propio círculo de amigos o de la propia organización, lo que tal vez sea una “actitud comprensible ante el dolor”, pero que “no abona a la construcción de una conciencia política” y “sólo beneficia a los perpetradores de crímenes de Estado”, ya que “evita la coordinación y unidad entre los familiares de las víctimas para enfrentar organizadamente la violencia que azota al pueblo” (FNLS, 2017, p. 52). De lo que se trata es de luchar en la “solidaridad” con los otros en lugar de sumirse en la cerrazón familiar o en el “individualismo” y en el “sectarismo” de grupos u organizaciones (p. 413). Más allá del “sentido individual” de “mi familiar” o de “mi correligionario”, más allá de lo que sólo existe como “tú” o como “yo”, hay que ascender al “nosotros” del pueblo, de nuestro pueblo, de “nuestros detenidos desaparecidos” (p. 26), de nuestra “clase” y de nuestra “humanidad” (p. 52).

Nosotros podemos luchar ante lo que yo sólo puedo sufrir. El individuo y la familia deben claudicar ante lo que únicamente una colectividad es capaz de transformar. Nuestra solidaridad consigue vencer todo lo que nos vence a cada uno de nosotros por separado.

Nuestro duelo alterado, tal como se vive ante las desapariciones, no es forzosamente una dificultad o debilidad interior, sino que puede y debe exteriorizarse, desplegarse en el exterior, colectivizarse, compartirse y convertirse en la fuerza misma con la que luchamos colectivamente. Quizás esta idea sea una de las nociones psicosociales más penetrantes que encontramos en el libro sobre Gabriel y Edmundo. El mismo libro es él mismo una ilustración de tal noción, pues es un episodio, una batalla, un momento de lucha del pueblo por sus hijos desaparecidos. No hay en el libro, como comenté al principio, ningún autor individual, sino sólo uno colectivo, el del Frente Nacional de Lucha por el Socialismo. Se trata del pueblo que lucha por la aparición de sus hijos, de Gabriel y Edmundo, pero también de todos los demás.

Referencias

FNLS (2017). Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya: lucha por su presentación con vida que trasciende familia y militancia política. México: FNLS.

Anuncios