Espectros comunistas en Indonesia

Artículo publicado en Michoacán 3.0, el 30 de septiembre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Mi primera impresión de Indonesia es como la de cualquier turista: rumor y muchedumbre, hormigueo de personas y motocicletas, hacinamiento y embotellamientos. La densidad poblacional es aquí, en efecto, una de las mayores del mundo. No dejo de ver gente y de tropezar con ella mientras camino. Sin embargo, cuando hablo con mis anfitriones y recuerdo lo que ocurrió hace poco más de medio siglo, alcanzo a sentir y entrever un gigantesco vacío que está detrás y por debajo de todo. Y entonces las masas de indonesios aparecen proyectadas como sombras de wayangen la pantalla con la que se oculta el vacío que está en el fondo.

Es como si el espacio vacío fuera mayor y más profundo y más verdadero que lo lleno y multitudinario que se ve por todos lados. La presencia de la multitud no corrige la ausencia de quienes faltan. El saldo es negativo. Todo es demasiado poco para llenar de verdad, más allá de las apariencias, el hueco dejado por los comunistas.

¿Comunistas en Indonesia? Los hubo, pero se les exterminó en 1965. Fueron demasiados los masacrados: no mil ni diez mil ni cien mil, sino al menos medio millón, aunque seguramente más, un millón, y quizás aún más, dos o tres millones.

El furor anticomunista se desató hace exactamente 52 años, el 30 de septiembre de 1965, y se abatió sobre las mayores islas del archipiélago. Barrios y pueblos enteros quedaron desiertos. Los cadáveres flotaban por decenas en los ríos y obstruían los canales. Y no se les mató ni en serie ni en masa, ni con bombas ni en cámaras de gases ni de modo mecanizado y automatizado, sino manualmente, artesanalmente, uno por uno, y a veces poco a poco, dándose tiempo de humillar, torturar o castrar antes de apuñalar, desmembrar, ahorcar o decapitar. Las hileras de cabezas clavadas en picos alternaban con las cadenas de penes amarrados en cordones.

Los asesinos eran militares, paramilitares, pandilleros o delincuentes, civiles ordinarios, muchos extremistas musulmanes, pero también hinduistas y hasta estudiantes católicos. Los diferentes grupos consiguieron superar sus diferencias y aliarse a sus enemigos de siempre con el fin de luchar todos juntos contra los nuevos enemigos de todos, los comunistas, a los que se acusaba de haber asesinado a seis generales de la Armada Indonesia. Era la ocasión perfecta para deshacerse de unos rojos ateos que no sólo ponían en peligro la religión y la moralidad, sino también lo que realmente importaba: las jerarquías y los privilegios de ciertos sectores, las estructuras tradicionales de sujeción y dominación, la opresión religiosa de la mujer, la discriminación y segregación de los chinos y de otros grupos étnicos, la dependencia neocolonial del país, las abismales desigualdades en Java, la explotación en las grandes plantaciones en Sumatra y el sistema de castas en Bali, así como también, desde luego, los intereses de los Estados Unidos en la región.

La embajada estadounidense proporcionó listas interminables con los nombres de los comunistas a los que se debía eliminar. Los militares iban tachando a los eliminados y luego devolvían las mismas listas en la embajada. El gobierno de los Estados Unidos contaba, sumaba y calculaba. Sabía muy bien lo que hacía y lo hizo del modo más efectivo. Había que acabar con el PKI, el Partido Comunista de Indonesia, el mayor del mundo tras los de China y la Unión Soviética. Las elecciones de 1957 habían convertido al PKI en la primera fuerza electoral de Indonesia. Para el Secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, el PKI era “el principal problema” de aquel país y no podía resolverse con los “medios ordinarios democráticos”.

Los Estados Unidos también querían derrocar al presidente Sukarno, el Gran Líder, el Proclamador, el Padre de Indonesia, culpable de aliarse con los comunistas y de organizar en 1955, en Bandung, la Conferencia de “países no alineados”, entre ellos la China de Mao, la India de Nehru, la Yugoslavia de Tito y el Egipto de Nasser, todos ellos opuestos al intervencionismo neocolonial y al reparto del mundo entre los bloques estadounidense y soviético. A Sukarno se le imputaban también otros crímenes como los de confiscar bienes de compañías holandesas, nacionalizar el petróleo, realizar una tímida reforma agraria, oponerse al imperialismo estadounidense y adoptar la doctrina de nasakom, síntesis de nacionalismo, religión y comunismo. Y, por si fuera poco, la estrategia política de Sukarno, basada en el consenso, pretendía superar la democracia parlamentaria occidental, representativa y liberal, centrada en la mayoría y juzgada intrínsecamente conflictiva e insuficientemente democrática.

Sukarno fue testigo de la brutal aniquilación de sus aliados antes de ser depuesto y condenado al aislamiento y al arresto domiciliario. Quien ocupó su lugar fue uno de los principales responsables de las matanzas de comunistas, el general golpista Suharto, el hombre de los Estados Unidos, famoso por su corrupción y por su lucrativa participación en el saqueo de los recursos naturales de Indonesia. Durante su gobierno autoritario, que se prolongó de 1968 a 1998, Suharto se dedicó además a nutrir el miedo y el odio hacia esos comunistas a quienes tan sólo podía reprocharse que se hubieran dejado matar. El comunismo fue presentado como la mayor amenaza en discursos gubernamentales, programas de televisión, periódicos, libros y películas.

Hoy en día, veinte años después del final de la dictadura, una gran parte de la población de Indonesia continúa temiendo y aborreciendo a esos mismos comunistas que ya no existen desde su exterminio en 1965. Es como si los espectros de los centenares de miles de víctimas estuvieran acechando a quienes deberían tener mala conciencia. La sociedad sigue obsesionada con los comunistas. El comunismo no deja de ser castigado por la justicia y violentamente atacado por grandes sectores de la sociedad.

Ayer, en la víspera del aniversario de la masacre, decenas de miles de indonesios recorrieron las calles de Yakarta para manifestarse contra “la creciente amenaza del comunismo”. Hace unos días, en la misma ciudad, una multitud enardecida, lanzando piedras y gritando consignas anticomunistas, arremetió contra el edificio en el que se realizaba un seminario sobre las matanzas de 1965. Por su parte, la policía indonesia prohibió la realización de varios eventos académicos “sospechosos” de comunismo y encarceló a un manifestante por llevar una pancarta con la hoz y el martillo. El mismo símbolo estampado en una camiseta hizo que un turista ruso fuese recientemente agredido y arrestado en Riau. También hay el rumor de un comerciante detenido por vender una medalla de la armada soviética. Y cuando se me ocurre preguntar si aún hay comunistas, provoco gestos de asombro e inquietud, así como respuestas reveladoras: “no, porque es ilegal”; “no, porque te matan si eres comunista”; “no, porque los mataron a todos”, etc.

Entre quienes me rodean en Indonesia, muchos no dudan en situarse a sí mismos en la extrema izquierda. Sienten una gran afinidad con el comunismo. Podrían ser comunistas. Quizás lo fueran en otro lugar, pero aquí no pueden serlo.

Conocí al nieto de una de las víctimas de las matanzas de 1965. Me confesó que le habría gustado ser comunista como lo era su abuelo, pero que no hubo nadie para “enseñarle el comunismo”. ¿Cómo ser comunista en el vacío, en la orfandad, a partir de nadie, solo, ex nihilo, después del exterminio de todos los comunistas?

Los exterminados no dejaron sino su ausencia. Es tan sólo un vacío, pero está en el centro de todo lo que se dice y se discute actualmente en Indonesia. Es como un punto de referencia para cualquier posicionamiento ético y político.

Los indonesios empiezan por tomar posición ante el vacío de los comunistas asesinados. Este vacío es lo que está en juego desde un principio y hasta el final. Todos lo señalan y lo rodean, hablan de él y lo ven con terror. No importa que aquello que aterre sea el rojo de la sangre o el rojo del comunismo. Lo importante es que hay algo aterrador que se vislumbra en ese desolador vacío dejado por los asesinados y por todos aquellos que no han podido ser lo que habrían sido, que no han tenido ni siquiera la ocasión de nacer, entre ellos los hijos de quienes murieron, sus nietos y bisnietos, sus seguidores y sus compañeros más jóvenes.

Es mucho lo que no pudo ser, lo que ha quedado pendiente y en suspenso. Afortunadamente la historia de Indonesia, como la del resto del mundo, no ha terminado todavía. Queda el futuro para ocuparse del pasado, hacer justicia y honrar la memoria de los muertos.

El vacío de ayer es el mismo de mañana. Volverse comunista puede ser una manera de resucitar al menos a uno de los cientos de miles de asesinados injustamente. Se entiende que la izquierda consecuente pueda sentirse tan provocada por el abismo. Se entiende también que la derecha siga sintiéndose amenazada.

Quizás lo que aterre sea “ese porvenir eternamente amenazador, provocador”, como lo caracteriza Pramoedya Ananta Toer al abrirse el telón de su monumental Cuarteto de Buru. ¿Cómo calmarse ante el insondable abismo de lo que habrá de ser? Nadie sabe lo que puede salir de ahí. ¿Cómo no temer que salga otra generación de comunistas? ¿Cómo no sentirse tentado a formar parte de ella?

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Trump el síntoma

Serie de cuatro artículos publicados en la edición michoacana de Revolución 3.0: Trump el normópata: locura de la normalidad (18 de diciembre 2016), Trump el síntoma: retorno del fascismo (25 de diciembre 2016), Trump el indiscreto: nacionalismo, racismo y capitalismo (30 de diciembre 2016) y Trump el sistema: delirio de persecución (8 de enero 2017). Los artículos fueron elaborados a partir de una conferencia dictada en la tercera edición de Librósfera, De lo local a lo universal, el sábado 10 de diciembre de 2016, en Morelia, Michoacán, México.

David Pavón-Cuéllar 

¿Trump loco?

Parece haber cierto consenso en torno al diagnóstico de la enfermedad mental de la que sufriría Donald Trump. El cineasta Oliver Stone ha declarado que Trump “es un loco”.[1] David Brooks, el célebre columnista del New York Times, ha precisado que el presidente electo de los Estados Unidos tiene una “personalidad patológica” marcada por el “narcisismo” y una “alexitimia” que “le impide identificar y describir sus emociones”.[2] El cantante español Miguel Bosé ha ido más lejos y ha caracterizado a Trump como “un demente, un loco, un paranoico, un ególatra y un Calígula”.[3] En el mismo sentido, según el periodista británico John Carlin, el electorado estadounidense “ha puesto a un loco a cargo del manicomio: lo cual daría risa si uno no se parara a pensar que el manicomio en cuestión es la potencia nuclear número uno del mundo.”[4] Entre quienes han señalado la supuesta locura de Trump, se encuentran igualmente el director de cine James Cameron, el actor Robert de Niro, el presidente de la NBC Robert Greenblatt, el multimillonario Mark Cuban y muchos otros.

Uniéndose a quienes han diagnosticado a Trump, un colega psicólogo me confesó hace unos días que su mayor preocupación era el “trastorno psicótico” de Trump. Lo preocupante, según mi colega, no era tan sólo que Trump estuviera trastornado, sino que su trastorno se había contagiado a millones de estadounidenses. Escuchar esto me dio la ocasión de protestar contra lo que ya estaba empezando a exasperarme. Descarté categóricamente el diagnóstico de Trump, considerándolo un burdo ejemplo de psicologización de los acontecimientos históricos. Era, según yo, un error comparable al de quienes aún imaginaban que el nazismo se había originado en la supuesta locura de Hitler. Objeté, además, que Trump no me parecía loco, sino perfectamente normal, banal, común y corriente.

Mis palabras, como era de prever, no consiguieron convencer a mi interlocutor. El problema es que ni siquiera yo quedé completamente convencido con lo que dije. Sentí, en efecto, que había cierta verdad en la tesis del desquiciamiento del presidente electo de los Estados Unidos.

Volví sobre la cuestión en los días siguientes al preparar una conferencia en la que reflexionaba sobre Trump a través de la dialéctica negativa de Theodor Adorno.[5] El filósofo de la Escuela de Frankfurt me ayudó a entender por qué tenía yo la sensación de que había cierta verdad en el diagnóstico de la supuesta enfermedad mental de Trump. El diagnóstico me pareció entonces admisible y comprensible, pero sólo desde cierto punto de vista que se contraponía irremediablemente a mi punto de vista. Omitiendo el tortuoso camino por el que Adorno me condujo hasta ese punto, me limitaré a decir que me hizo ver por qué mi colega y yo teníamos razón, pero juntos y al contradecirnos, es decir, al considerar al mismo tiempo y uno contra el otro que Trump desvaría y no desvaría, que está y no está loco. Sentí que sería imposible superar esta contradicción. Trump resultaría intrínsecamente contradictorio y tan sólo podría pensarse de modo correcto al pensarse de forma dialéctica, tal como todo se presenta en un verdadero diálogo: apareciendo escindido entre los interlocutores, escindiéndose en dos aspectos, aquí uno anómalo y el otro normal.

Patología de la normalidad

No es tan sólo que reconozcamos que hay aspectos sensatos e insensatos que estén coexistiendo en la persona de Trump, sino que veamos que unos y otros aspectos están intrínsecamente vinculados entre sí. De hecho, son los mismos aspectos. En la persona de Trump, en efecto, lo más cuerdo se confunde con lo menos cuerdo.

Trump no sólo nos deja ver lo desquiciada que está nuestra cordura, sino que nos demuestra cómo cualquiera puede llegar a enloquecer. Después de todo, como el psicoanalista francés Jacques Lacan lo notó alguna vez, “no es un privilegio estar loco”.[6] No hay, pues, ninguna incompatibilidad entre estar chiflado y ser alguien tan ordinario como Trump.

¿Acaso no es como si la normalidad misma hubiera enloquecido a Trump? O, mejor dicho, Trump es alguien tan perfectamente normal, que está completamente loco. Se ha vuelto loco de normalidad. Su condición es tan común y corriente que ha terminado enfermándolo. Su patología radica en su normalidad. Podemos decir, pues, que Trump sufre de lo que Joyce McDougall llamaba “normopatía”, entendiéndola como patología de la normalidad.[7]

Como cualquier otro normópata, el presidente de los Estados Unidos es alguien tan extremadamente normal que deja de ser normal. Sin embargo, descollando por sobre el normópata común, Trump es tan patológicamente normal que incluso deja de parecer normal. Su normopatía es tan extrema, tan grave, que trasciende su apariencia de normalidad y permite superar la conformidad enfermiza característica de la normopatía común. El eterno inconforme no deja de sorprendernos al desafiar cualquier normalidad. Esto es tal vez lo que haga que Trump se distinga entre los demás normópatas, sobresalga sobre ellos y se convierta lógicamente en su líder.

¿Trump vulgar y común como cualquier persona corriente?

Si Trump es único y ha llegado hasta donde ha llegado, es quizás porque por más vulgar y común que sea, no podemos tampoco decir, como Slavoj Žižek lo hizo recientemente, que Trump sea “un tipo vulgar y común como cualquier persona corriente”.[8] No me parece personalmente que Trump sea vulgar y común como cualquier persona corriente. Lo es de otra forma. Lo es de una manera teatral, afectada, espectacular, creativa, histérica, enfática, exagerada, esperpéntica, hiperbólica, expandida y multiplicada en millones de imágenes. Lo es, además, de un modo hasta cierto punto cínico, autoconsciente, deliberado, calculado, cuidadoso, demasiado concienzudo como para serlo al estilo de cualquier persona corriente. Hay aquí una suerte de normopatía de segundo grado que nos remite a lo elaborado por Lacan en torno al caso de James Joyce.

Guardando las proporciones, cabe conjeturar que, al igual que el escritor irlandés, el empresario estadounidense consigue salir de la sombra de su padre al hacer que su “nombre propio” se vuelva “común” y así reciba el “homenaje” que merece.[9] ¿Y cómo consigue Trump algo semejante? No sólo apropiándose lo común, haciéndose un personaje y elevándose ahora con el taburete de la Casa Blanca, sino también simplemente imprimiendo su nombre sobre aviones, hoteles, rascacielos, periódicos y propagandas electorales, y haciendo que este nombre designe, en cada caso, lo propio de lo común: la excepcionalidad de la regla, lo extraordinario de lo más ordinario, el gigantismo alcanzado por la normalidad, la grandeza de la mediocridad, la enormidad en la vulgaridad.

Siguiendo la monótona lógica del capital y de su acumulación, Trump no deja de expandir cuantitativamente lo cualitativamente invariable. Su discurso es tan redundante y tan reiterativo como el funcionamiento del dinero que sólo puede llegar a desarrollarse al ser más y más y más… El millonario Trump jamás consigue trascender la única dimensión que es la suya y en la que asciende a través del movimiento mismo del sistema que Herbert Marcuse ha descrito como “unidimensional”.[10]

Todo lo que Trump logra es enroscar dos veces en sí misma la única dimensión capitalista normal. Finalmente sólo hay dos tímidos saltos del cambio cuantitativo a una intrascendente mutación cualitativa: el primero de la normalidad a la normopatía, el segundo de la normopatía a la patología de la propia normopatía. Es así como Trump al menos reinventa su normalidad y la singulariza más allá de la misma particularidad normopática. Y a veces, al igual que Joyce, hace lo que hace con humor, haciendo reír, aparentemente con ligereza, como si estuviera simplemente bromeando y como si no se estuviera jugando toda su identidad en cada broma.

Entre broma y broma, la verdad se asoma, y Trump se hace algo único a partir de lo más banal. Insisto: lo más común se transforma en algo fuera de lo común; lo más ordinario se torna extraordinario; la normalidad adquiere proporciones grandiosas. Digamos que Trump es normal, quizás no en una escala genial como Joyce, pero al menos sí en una escala presidencial. De ahí su merecido liderazgo.

Loca normalidad

Si Trump merece dirigir a los normópatas que votaron por él, es quizás por la gravedad extrema de su normopatía: por tener una condición tan anormalmente normal, tan cabalmente normópata, que se trata de una verdadera locura. Esta locura es, pues, como una patología en la patología de la normalidad, pero no por ello deja de residir, como cualquier otra normopatía, en el hecho mismo de ser anormalmente normal. Es en la normalidad en la que reside la patología de Trump. Lo anormal es aquí lo normal.

Llegamos al punto más importante: si es en la normalidad en donde radica la enfermedad mental de Trump, entonces lo enfermo, en su caso, es la normalidad misma y no el sujeto normal. No es Trump el que está loco. Al igual que en el caso de Joyce examinado por Lacan, Trump no “tiene” su locura, sino que la “es”.[11]

Trump encarna su locura; la escenifica; es poseído por ella en lugar de poseerla. Por lo tanto, no se trata exactamente de su locura, sino más bien de una locura de lo que Trump representa. ¿Y qué representa? Precisamente la normalidad, el buen sentido, el mejor sentido común.

Si Trump encarna cierta locura, esta locura es paradójicamente locura de la norma y de lo normalizador. Es una locura del mundo y de la sociedad. Como ya lo observó Erich Fromm alguna vez, la sociedad enferma es la que se manifiesta en la normalidad enfermiza de un individuo como Trump: la enfermedad no está en él, sino en la sociedad, en el mundo, en el capitalismo; lo enfermo es el sistema capitalista y no quienes deben desempeñar su papel en él.[12]

Trump disruptivo

El papel excéntrico interpretado por Trump no es más que el signo elocuente de una enfermedad transindividual, social y cultural, económica e histórica. El desquiciamiento del sistema capitalista normalizador es el que hace irrupción a través de los enfermos de normalidad: los normópatas y sus líderes. Trump no es más que un síntoma de nuestra enfermedad, la padecida por nuestro mundo, por el mundo que somos y en el que vivimos.

La manifestación del trastorno mundial tiene lógicamente un carácter sintomático, irregular, perturbado y perturbador, alterado y disruptivo. De ahí el “dislocamiento del lenguaje” que Alain Badiou señala en los discursos de Trump.[13] Este dislocamiento nos recuerda la desarticulación con la que se inaugura la rearticulación de lenguaje que Jacques Lacan descubrió en James Joyce y que expresó con el concepto de “Joyce-el-síntoma”, pero hay aquí una diferencia fundamental: incluso antes de cualquier esbozo de rearticulación, los balbuceos de Trump-el-síntoma “conciernen” a los demás y permiten que “algo se enganche de su inconsciente”.[14] Casi podemos decir que todo el mundo, cada uno al estilo de su inconsciente, ha quedado enganchado con Trump, lo cual, por lo demás, resulta comprensible, considerando que se trata del síntoma de algo que está afectando a todo el mundo.

Hay que insistir en la dimensión planetaria del trastorno que se revela en el síntoma llamado “Trump”. Este síntoma es valioso por todo lo que nos permite vislumbrar de lo que padecemos. El gigantesco tumor capitalista que nos aqueja, que nos desangra y que nos consume, se descubre a través del cinismo y de la incorrección política de Trump. Su rostro es el del capital desenmascarado. Nos aterra porque amenaza con devorarnos, pero también porque ya nos ha devorado y nos muestra eso monstruoso en lo que nos hemos convertido en el capitalismo. También somos nosotros los que nos desenmascaramos en Trump. Su verdad es también la nuestra y no por ello deja de ser la de lo más ajeno y contrario a nosotros.

Trump verdadero

Sea lo que sea que nos revele, Trump es revelador. Quizás altere la verdad que nos revela, tal vez la trastorne hasta volverla irreconocible, pero no deja por ello de revelárnosla. Es por esto que también podemos decir que Trump es verdadero. Como bien lo supieron sus votantes, lo es y lo era más que Hillary Clinton. Y es por esto que nos aterra y quizás nos repugna, pero es por lo mismo, según yo, que pudo llegar a fascinar a otros y a obtener tantos votos de ellos.

Mi convicción es que los votantes premiaron que Trump fuera verdadero, que lo fuera más que su contrincante. Y es claro que lo fue y que lo es, pero no por mentir menos, sino porque, aun cuando mentía, mostraba más. En efecto, las palabras de Trump eran y son verdaderas en el sentido preciso de la aletheia, como revelaciones, como los síntomas, pero también como los actos fallidos, los lapsus, los sueños, los olvidos significativos y otras formaciones del inconsciente en las que la verdad se revela por sí misma cuando se presenta en su ausencia, en el error, en la mentira, en la ficción, en el delirio.[15]

Por más delirantes que fueran, las palabras de Trump eran y son “verdaderas” por ser intrínsecamente reveladoras, pero no por ser “exactas”, no por cumplir con el criterio de la adequatio rei et intellectus, no por corresponder con ninguna realidad.[16] Sobra decir que Trump no es ni era menos mentiroso ni demagógico ni farsante que Hillary Clinton. Quizás incluso lo fuera más, pero eso no impidió que fuera verdadero, sintomáticamente verdadero, y, según yo, fue recompensado por esto.

Digamos que Trump ganó por su verdad. Como bien lo notó Badiou, esta verdad tan sólo pudo haber llegado a rivalizar con la de Bernie Sanders, pero jamás con lo expresado por Hillary, cuya función era encubrir lo descubierto por Trump y Sanders.[17]

Trump fascista

Quizás hace algunos años nadie hubiera querido un descubrimiento sintomático de la verdad como el personificado por Trump. No era su momento, pero ahora sí. Hemos llegado a una época de revelaciones y definiciones.

Ahora sí estamos seguros de que ha terminado el tiempo de la tolerancia universal, de la corrección política, de las vacaciones posmodernas, de la paz ilusoriamente perpetua y del supuesto fin de la historia. Hemos regresado al campo de batalla del escenario histórico. Estamos en donde pensamos que nunca más volveríamos a estar: en donde pareciera que hemos permanecido siempre, en esa infancia constitutiva e insuperable de la humanidad, en esa eterna inmadurez en la que Freud nos recluye y de la que ni Kant ni nadie más podrá sacarnos. Y aquí redescubrimos lo que no quisimos ver durante décadas, aun cuando aparentemente estuvo siempre de algún modo entre nosotros. Nos encontramos de nuevo ante algo que se parece demasiado a lo que dábamos el nombre de “fascismo”.

Ya son muchos los que han identificado a Trump con el fascismo, entre ellos el expresidente uruguayo José Mujica[18], el pensador y activista estadounidense Noam Chomsky[19], el filósofo y escritor francés Alain Badiou[20], el líder político español Pablo Iglesias[21] y el historiador mexicano Enrique Krauze[22]. Lo rasgos fascistas de Trump son evidentes y concluyentes: la xenofobia, el victimismo y el revanchismo, el voluntarismo y el irracionalismo, las tendencias racistas y nacionalistas, la demagogia y las provocaciones, el componente afectivo e identitario, el estilo hiperbólico y escandaloso, el desprecio por los dispositivos reguladores del orden establecido, etc.

Quizás Trump nos parezca demasiado capitalista y neoliberal como para ser un fascista en el sentido estricto del término. Pero tal vez debiéramos reconsiderar lo que entendemos por “fascismo” y aceptar que pueda llegar a designar, en los términos de Hobbes, no un Leviatán, un Estado fuerte y bien cohesionado, sino un Behemoth, el triunfo de la ley de la selva, el capitalismo salvaje ultra-liberal, con instituciones vulneradas, erosionadas, fragilizadas, arrastradas y utilizadas por los poderes económicos desatados, incontrolables e omnipotentes, como lo mostró Franz Neumann en el caso del nazismo.[23] Si así fuera, entonces el fascismo de Trump bien podría corresponder a una fase superior del capitalismo, a un Estado ya no sólo dominado exteriormente por el capital, sino disuelto en el capital, integrado en él, o, mejor dicho, subsumido real y no sólo formalmente en el capitalismo. Es al menos lo que sugiere el nombramiento de quienes llevarán las riendas del gobierno: como Secretario de Estado, Rex Tillerson, accionista y director de Exxon Mobil; como Secretario del Trabajo, Andrew Puzder, magnate de la comida rápida y enemigo abierto del salario mínimo; como Secretaria de Educación, Betsy DeVos, millonaria, empresaria de tecnología y enemiga de las escuelas públicas; como Secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, inversor en Goldman Sachs y especulador con deudas riesgosas en Soros, es decir, el típico responsable de la crisis financiera de 2008. Esta pandilla de horrorosos y peligrosos oligarcas podría ser la última versión del fascismo: la más acabada y descarnada realización del capitalismo neoliberal.

La verdad en los efectos

Sea como sea que entendamos el fascismo, es verdad que todavía no tenemos la certeza de que Trump quiera y pueda instaurarlo. Pero tampoco podemos estar completamente seguros, como lo está Žižek, de que “el temor de que Trump convierta a los Estados Unidos en un Estado fascista” sea “una exageración ridícula”.[24] ¿Y si no fuera finalmente una exageración? ¿Y si lo ridículo fuera la pretensión adivinadora de saber desde ahora que se trata de una exageración?

Lo único seguro es que todavía no tenemos una idea clara de lo que Trump significa, pero sentimos que se relaciona de algún modo con el fascismo y con aquello que ha tomado el poder en Hungría y en Polonia, que orienta las políticas de gobiernos como el de Rusia, Turquía y Filipinas, y que gana terreno en varios países del mundo, entre ellos potencias mundiales como Brasil, Francia y Reino Unido. Es algo que tiene una larga historia en los Estados Unidos, en donde acaba de celebrar el triunfo de Trump con símbolos tan añejos como las banderas confederadas y las capuchas del Ku Klux Klan. Pero es también algo renovado que se hace llamar “alt-right”, “derecha alternativa”, y que está bien personificado por Stephen Bannon, jefe de estrategia de Trump y presidente del medio masivo de comunicación Breitbart News, en el que millones de estadounidenses consumen informaciones y opiniones de tinte racista, sexista, supremacista blanco, antisemita, homófobo y xenófobo.

No importa si hablamos de fascismo, neofascismo, populismo derechista, derecha alternativa u otra cosa que nos cause menos miedo y que sirva para conjurar los fantasmas del pasado. Lo importante es que reconozcamos lo más fundamental: que hay un retorno de algo que estaba relativamente reprimido, que se nos presenta como un rebrote de una extraña locura que ya conocíamos, que tal rebrote es tan diferente de los anteriores como semejante a ellos, y que sigue formando parte del cuadro nosológico del capitalismo, pero que obedece a una evolución específica de la variedad neoliberal globalizada. También habría que tener en mente lo más evidente: que se trata de un fenómeno planetario, que ha tomado el gobierno más poderoso del mundo, y que habla por la boca de Trump y de otros normópatas. Ahora debemos escuchar a esos vulgares energúmenos tan atentamente como escuchamos un síntoma, esperando pacientemente, con paciencia heideggeriana, que lo escuchado nos revele su verdad y non anuncie las consecuencias de esta verdad.

Tan sólo escuchando podremos llegar a saber algo sobre aquella locura de la que Trump es el síntoma, sobre lo que habrá de suscitar y sobre lo que nos tiene deparado, pues no hay que olvidar que esta clase de verdad se verifica por sus efectos en el porvenir. Es en el futuro y no en el presente ni en el pasado en donde hay que buscar aquello a lo que Trump corresponde. Su verdad es profética y estriba en su eficacia. Puede provocar angustia, pero no es momento para que nos rindamos al desánimo.

Nacionalismo y goce de los poseedores

Según mi diagnóstico, una locura global y no personal, histórica y no biográfica, es lo que se revela sintomáticamente en la normalidad patológica de Trump. Esta normopatía, en efecto, dejaría ver el desquiciamiento al que nos ha llevado el capitalismo: un desquiciamiento que reviste ahora una forma fascista o al menos fascistoide sin abandonar sus últimas tendencias crónicas neoliberales. Todo esto se revelaría en los discursos de Trump, el indiscreto portavoz de nuestro momento histórico, a través de sus más diversas manifestaciones sintomáticas, entre ellas algunas a las que deseo referirme ahora.

La manifestación más notoria es la nacionalista. Su expresión más clara es el énfasis enfermizo en la prioridad nacional. Esta prioridad aparece, por ejemplo, en consignas como la de “Estados Unidos primero”[25], así como en la propensión a definir como estadounidense, como “americano”, todo aquello que se juzga lo más importante, como es el propósito de “salvar vidas estadounidenses, empleos estadounidenses y el futuro estadounidense”[26].

Lo que aquí resulta más preocupante no es la prioridad nacional como tal, sino sus formulaciones reiteradas y extremas, brutales y despiadadas, totalmente despreciativas y anuladoras de la otredad, en particular cuando Trump compara lo estadounidense prioritario y lo extranjero secundario. Por ejemplo, al cuestionar a Hillary Clinton y a los medios de comunicación que alegan “las necesidades de las personas que viven ilegalmente” en los Estados Unidos, Trump no duda en afirmar que “sólo hay un tema central en el debate sobre la inmigración y es éste: el bienestar de la población americana”, y agrega: “no hay nada que se le acerque en importancia”.[27]

Leamos bien lo que Trump está diciendo: las necesidades de los inmigrantes ni siquiera se acercan en importancia al bienestar de la población americana. Significativamente se habla de población americana y no de ciudadanos de los Estados Unidos. No sólo se excluye a los inmigrantes ilegales de la ciudadanía, sino que se les excluye incluso de la población americana, y lo más importante: no sólo se antepone el bienestar de esta población a las necesidades de los inmigrantes, sino que se considera que estas necesidades ni siquiera se acercan en importancia al bienestar de la población americana. En otras palabras, que los estadounidenses estén bien, que gocen de tranquilidad y felicidad, es algo que debe asegurarse a expensas de la vida misma de los inmigrantes. Las necesidades vitales de los mexicanos pueden olvidarse cuando se trata de los deseos, caprichos y alegrías de la población americana. La sonrisa de un estadounidense es inconmensurablemente más importante que la existencia de un extranjero.

¿Pero acaso la existencia de los trabajadores en China, en México y en otros lugares no es cotidianamente sacrificada en beneficio de las sonrisas de sus explotadores tanto en el Primer Mundo como en las clases dominantes de los países subdesarrollados y emergentes? ¿Acaso el goce del capitalista no se paga día tras día con las vidas explotadas como fuerza de trabajo? Lo que Trump viene a revelar con su prioridad nacional es un principio constitutivo del capitalismo y que podemos resumir con la expresión “prioridad clasista”. El goce de la clase de los poseedores, su goce y no sólo su vida, su satisfacción pulsional y no únicamente la condición de tal satisfacción, tendrá siempre la prioridad sobre aquella vida que es lo único poseído por los desposeídos: aquello que tendrán que vender para asegurar el goce de los poseedores.

Quizás alguien objete que Trump no se está dirigiendo a los poseedores, sino a los estadounidenses desposeídos, que son quienes lo escucharon y quienes votaron por él. Contra esta objeción, puede replicarse lo siguiente: en primer lugar, Trump no suele hacer ninguna distinción entre estadounidenses poseedores y desposeídos; en segundo lugar, no hay ningún indicio que haga pensar que se está dirigiendo únicamente a los desposeídos; en tercer lugar, aun cuando se dirige también a ellos, los hace aparecer como poseedores en potencia o incluso en acto a través de la posesión de sus bienes, entre ellos la nacionalidad estadounidense y sus derechos entendidos como privilegios; en cuarto lugar, como lo demuestran las encuestas de salida, los votantes de Trump fueron mayoritariamente poseedores y no desposeídos. Esto último es crucial: contra lo que se ha barajeado insistentemente después de las elecciones, debemos entender que Trump no es el presidente de las clases populares, como lo demuestra su propuesta económica neoliberal desreguladora y adversa a la inversión social. Si Trump defiende a los trabajadores estadounidenses, es en su condición de estadounidenses y no de trabajadores.

Racismo e incorrección política

Las encuestas de salida no sólo muestran el mencionado sesgo clasista del voto por Trump, sino también su marcada orientación racial y sexual. Esta orientación viene a corroborar y fundamentar la tendencia racista y sexista que se ha puesto de manifiesto más de una vez a través del propio Trump. Cuando se recuerdan sus actitudes ante la negritud y la feminidad, se entiende que sus votantes hayan sido mayoritariamente de raza blanca y de sexo masculino. Lo que ha sorprendido es que hubiera tantos votantes por un candidato que también representaba el racismo y el sexismo, y que los representaba de manera tan cínica, obscena, soez, políticamente incorrecta.

La incorrección política de Trump no sólo ha suscitado una invencible repulsión en unos, sino también una irresistible atracción en otros. Lo atrayente es, al menos en parte, lo que aparece como revelación de la verdad, como desgarramiento del semblante y como promesa de restitución de todo lo que ha sido pervertido por la política. El problema es que esta perversión reaparece en la incorrección política de Trump. Su incorrección está políticamente pervertida en un grado superior, más elevado y más elaborado, quizás igualmente mentiroso, pero más engañoso por su pretensión de verdad, aunque simultáneamente más verdadero por diversas razones, entre ellas la manera en que desenmascara las formas políticamente correctas que ha trascendido.

La corrección política ciertamente presupone y supera la incorrección política ordinaria, pero la incorrección política de Trump no es ordinaria de ningún modo. Se trata más bien de una forma perversa de incorrección que a su vez presupone y supera la corrección. Trump es perversamente correcto en su perversa incorrección. Y, por esto mismo, por su misma perversión, Trump revela sintomáticamente la continuidad esencial entre la corrección y la incorrección.

Como bien lo ha mostrado Žižek, no hay discontinuidad entre la corrección política y una incorrección, como la de Trump, en la que vemos cómo el referente real de lo políticamente incorrecto se tornó “públicamente aceptable” precisamente cuando “el lenguaje público se volvió políticamente correcto con el fin de proteger a las víctimas de la violencia simbólica”.[28] No es tan sólo que le apostemos todo a la protección contra la violencia simbólica y que así quedemos totalmente desprotegidos ante la violencia real. Es también y sobre todo que la misma violencia real se las arregla para abrirse paso en lo simbólico. Lo hace a través de nuevas formas de violencia todavía indetectables que se presentan a primera vista como simbólicamente pacíficas, inofensivas, correctas, pero que muy pronto nos descubren una violencia especialmente maligna y dañina por su carácter insidioso, pérfido y perverso, que opera en el nivel real de la enunciación y no sólo en el plano simbólico de lo enunciado.

Si nos atenemos a lo enunciado, Trump quizás nos parezca pacífico e incluso políticamente correcto, pero basta detenernos un poco en la enunciación para descubrir toda su violencia y su incorrección política. Pensemos, por ejemplo, en su venenosa declaración con respecto a la actitud del gobierno de Obama frente a las protestas de la población afroamericana de Baltimore tras la muerte de Freddie Gray bajo custodia de la policía: “¡nuestro gran presidente afroamericano no ha hecho nada precisamente positivo contra los matones que tan feliz y abiertamente están destruyendo Baltimore!”[29]. Trump es políticamente correcto porque no se permite ni mencionar el color de piel de nadie ni tampoco identificar a los afroamericanos que estarían destruyendo Baltimore. Sin embargo, además de caracterizar a estos afroamericanos como matones, Trump nos recuerda la identidad afroamericana del gran presidente, estableciendo así un vínculo interno entre el presidente y los matones, como si éstos fueran protegidos por el presidente o como si el presidente mismo fuera uno de ellos. Todo esto es apenas sugerido. No se enuncia claramente, sino que se expresa insidiosamente a través de la enunciación. Es algo que se dice a medias, violentando sin violentar explícitamente, ofendiendo como sin querer ofender a nadie, siendo políticamente incorrecto mientras se cuida escrupulosamente la corrección política. Lo políticamente incorrecto guarda la forma de lo políticamente correcto: el retorno de lo reprimido muestra la huella de la represión.

Así como la represión permite el retorno de lo reprimido a través del síntoma, así también la corrección política permite que al final regresen formas políticamente incorrectas de racismo al autorizarles a los sujetos, en principio y de manera tácita, que sean tan racistas como ellos quieran, pero siempre y cuando lo hagan de manera políticamente correcta. Lo autorizado empieza por someterse y plegarse a la forma, pero muy pronto se desarrolla, se expande y se ramifica, y es entonces cuando la forma le queda estrecha, tiende a forzarla cada vez más y finalmente vemos aparecer una modalidad nueva de incorrección política. Esta nueva modalidad se caracteriza por sobreponerse a la corrección política y por apropiársela y reabsorberla por el mismo gesto que la imita, la exagera y la ridiculiza en un estilo un tanto esperpéntico. Es así como el neofascismo nace inmunizado contra diversos dispositivos que buscaban protegernos contra el retorno del fascismo. Este retorno sintomático de lo reprimido se vale de los mismos dispositivos represivos al jugar con ellos, torearlos, marearlos, desconcertarlos, aturdirlos, desviarlos de su meta y volverlos contra sí mismos en un détournement en el que las armas contra el fascismo terminan siendo usadas por el mismo fascismo.

Capitalismo e instrumentalización irracional de la racionalidad

Entre lo reciclado por el nuevo fascismo, está la democracia. El neofascismo ha llegado al poder por la vía de las urnas. De ahí que Badiou lo defina como un “fascismo democrático”, insistiendo en que es “algo nuevo”, pero también totalmente “viejo”, ya que, después de todo, “Hitler también salió victorioso por las elecciones”.[30] De hecho, para Badiou, el fascismo designa precisamente una política “dentro del juego democrático, pero también en algún sentido afuera: adentro y afuera, y adentro para finalmente estar afuera”.[31]

Así como Trump sólo entra en la democracia y en la corrección política para servirse de ellas al salir de ellas, así también se instala en otras formas de racionalidad para explotarlas al estar fuera de la racionalidad. Lo racional se ve totalmente instrumentalizado por lo irracional. Sin embargo, si puede haber tal instrumentalización, es porque la racionalidad se ha visto ya reducida previamente, en el mundo capitalista moderno, a su carácter puramente instrumental, como bien lo mostró Max Horkheimer al final de la Segunda Guerra Mundial.[32]

En otras palabras: antes de ser instrumentalizada por la irracionalidad fascista de Hitler y de Trump, la racionalidad ya fue convertida en un simple instrumento y sistemáticamente instrumentalizada por la irracionalidad económica de la explotación capitalista y de la acumulación del capital. Esta degradación de la racionalidad, que ya dura cientos de años, ha posibilitado su posterior explotación por la irracionalidad en el discurso y en el programa de Trump. Lo que se revela sintomáticamente en Trump no es tan sólo su instrumentalización irracional fascista de la racionalidad, sino la reducción capitalista de la racionalidad a un simple instrumento, a una lógica de medios y no de fines, a una forma eficaz de funcionamiento de la irracionalidad capitalista.

Digamos que la sinrazón del capital es la que ha subordinado la razón a la sinrazón del fascismo y del neofascismo. Luego es fácil proceder a las distintas formas irracionales de instrumentalización de la racionalidad que encontramos en Trump, entre las que podemos tomar algunas al azar, como simple ilustración. Una de ellas es la iniciativa de “selección” perfectamente racional de los inmigrantes mediante un “sistema que satisfaga” las “necesidades” de los Estados Unidos, filtrando a los inmigrantes “según sus probabilidades de éxito en la sociedad americana y sus capacidades para ser financieramente autosuficientes”, y evitando que sean “trabajadores menos capacitados y con menos educación” que los estadounidenses.[33] Encontramos otra forma irracional de instrumentalización de la racionalidad en el proyecto de “muro físico impenetrable” entre México y Estados Unidos: un muro de irracionalidad que habrá de utilizar, como las armas y los campos de concentración de los nazis, la más alta y avanzada racionalidad tecnológica: “la mejor tecnología, incluyendo sensores de superficie y subterráneos, torres de vigilancia aérea, y personal para reforzar el muro, encontrar y destruir túneles”.[34]  Es lo mismo con la deportación masiva de inmigrantes: una deportación irracional que deberá efectuarse de modo impecablemente racional, es decir, en los términos del propio Trump: “vamos a hacerlo de forma profesional”.[35] El mismo profesionalismo, la misma racionalidad, se observan en medidas tan irracionales como la “certificación ideológica” de los inmigrantes[36], “el estudio y la vigilancia” de las mezquitas[37], el bloqueo “completo y total” a la entrada de musulmanes hasta que las autoridades “averigüen lo que está pasando”[38]. En todos los casos, tenemos tristes manifestaciones sintomáticas de la manera en que la racionalidad se ha visto degradada en la civilización occidental, bajo efecto del capitalismo, hasta el punto de convertirse en simple instrumento, herramienta, medio, arma de una irracionalidad sumamente violenta, racista y xenófoba, prejuiciada y excluyente, quizás incluso psicótica, enloquecida, como lo veremos a continuación.

Lo proyectado y lo invertido

Trump nos ofrece también una manifestación típicamente psicótica, reminiscente de la bien conocida paranoia de los nazis con respecto a los judíos, en la que se combinan signos tan reveladores como la auto-victimización del sujeto estadounidense y su conversión en un objeto del otro extranjero, la proyección de sus impulsos en el otro árabe o mexicano, el sentimiento de persecución por el otro y la resultante justificación de la violencia contra el perseguidor. Esta violencia pretendidamente defensiva puede consistir incluso en la tortura, como lo apreciamos cuando Trump justifica el “restablecimiento” de la tortura por ahogamiento contra sospechosos de terrorismo por considerar que “es muy poca cosa comparado con lo que ellos”, los simples sospechosos, les hacen a los estadounidenses[39]. En un razonamiento completamente delirante, los estadounidenses son así víctimas, no de los terroristas, sino de los sospechosos de terrorismo: son perseguidos por ellos y resulta comprensible que busquen defenderse de ellos y de lo que supuestamente les hacen, aun cuando no sean más que sospechosos, y aun cuando lo que supuestamente les hacen parece no ser, en definitiva, sino una proyección de lo que se les hace y se desea hacerles a través de la misma tortura, pero también al matarlos masivamente a través de intervenciones como las que se han dado en Afganistán, Irak o Siria.

Uno podría pensar que los estadounidenses odian al islam, pero no es así para Trump, el cual, en tono cándido, nos informa: “creo que el islam nos odia, y no podemos permitir venir a este país a quien tiene este odio hacia los Estados Unidos”[40]. Vemos bien cómo la certidumbre del odio no reposa más que en una creencia. Así como los sospechosos de terrorismo se volvían terroristas, así lo posible se vuelve real sin prueba, sin evidencias, sin otra mediación que la del delirio de aquello que razona en la cabeza de Trump. Siguiendo este razonamiento delirante, los estadounidenses son los objetos, las víctimas de un odio sentido por todo el islam, por todos los musulmanes, y no sólo por los terroristas o por los islamistas radicales. De ahí que los musulmanes estén persiguiendo a los estadounidenses para matarlos, y de ahí también que se justifique suficientemente que los estadounidenses intenten defenderse de su perseguidor.

Lo mismo ocurre con los mexicanos. Trump asegura que tampoco nosotros somos amigos de los estadounidenses. La prueba es que los matamos. Retomo las palabras del propio Trump: “Amo a los mexicanos, pero México no es nuestro amigo; ellos nos están matando en las fronteras y nos están matando en los trabajos y el comercio”.[41] Nosotros, los mexicanos, matamos a los estadounidenses, somos enemigos de nuestros amigos, odiamos a quienes nos aman, somos los perseguidores de quienes aparecen como víctimas nuestras.

El tono persecutorio se acentúa en el famoso discurso de Arizona en el que Trump enumera uno por uno diversos casos de “estadounidenses inocentes” que fueron asesinados por mexicanos, entre ellos un hombre de 90 años de edad, quien fue “brutalmente golpeado y abandonado hasta que murió desangrado en su casa”, y una “veterana de 64 años de la Fuerza Aérea, quien fue agredida sexualmente y asesinada a martillazos”[42]. Los mexicanos aparecemos en este discurso como perseguidores, como seres temibles, como asesinos y violadores. Ya en otro discurso bien conocido, Trump había dicho literalmente que los inmigrantes mexicanos “traen drogas, crimen, son violadores y supongo que algunos son buenas personas”[43]. Este pasaje es muy claro: tan sólo “algunos” mexicanos serían buenas personas, y solamente lo serían porque así quiere “suponerlo” Trump. Sin embargo, más allá de las suposiciones, en los hechos, los mexicanos únicamente son peligrosísimos criminales y violadores.

Y, por si fuera poco, los mexicanos son también explotadores. Esta explotación es quizás, en el discurso de Trump, el mejor ejemplo de la concepción freudiana del mecanismo proyectivo que hace al sujeto atribuirles a otros aquello que no quiere o no puede reconocer en sí mismo. Expresémoslo desde el punto de vista de los depositarios de lo proyectado: el otro decide que somos nosotros los que hacemos lo que nos hace, que él es la víctima de lo que somos víctimas, que somos culpables de lo que él es culpable, que su poder sobre nosotros es ejercido por nosotros sobre él, que lo perseguimos cuando nos persigue, que lo explotamos cuando nos explota. Así, gracias a Trump, nos venimos a enterar de que somos nosotros los que explotamos a los estadounidenses. Los explotamos, por ejemplo, a través de nuestras exportaciones, a través del Tratado de Libre Comercio e incluso a través de nuestro propio trabajo en los Estados Unidos. Curiosamente, por una vez en la historia, pareciera que son los trabajadores los que explotan a sus patrones. Es el sistema el explotado por quienes trabajan para él. Trump lo explica de una manera contundente: “los trabajadores ilegales obtienen mucho más del sistema que lo que llegarán a aportar”[44].

Los acreedores endeudados

La noción delirante de que los trabajadores mexicanos obtienen más de lo que dan al sistema es particularmente reveladora y tiene que ser tomada muy en serio. Los trabajadores mexicanos, tal como aparecen en el discurso de Trump, nos dicen mucho sobre la situación del sujeto en el capitalismo. Sabemos que el sistema capitalista, cuya enfermedad se revela sintomáticamente a través de Trump, no deja de insistir, a través de la ideología neoliberal, en que es explotado por aquellos mismos a los que explota. Los explotados aparecen como explotadores cuya voracidad les ha hecho enriquecerse a costa del sistema, obteniendo además toda clase de privilegios insostenibles, como prestaciones, jubilaciones, vacaciones, límites a las jornadas laborales, educación pública y diversos favores de la seguridad social. Estos derechos son presentados como privilegios que deben abolirse. Los abusos de los privilegiados son atribuidos a sus víctimas y asumidos por ellas. Los explotados, convenciéndose de ser los explotadores, deben cargar con la creciente deuda que el sistema tiene hacia ellos.

Los acreedores deben pagarle al capitalismo lo que el capitalismo les debe. Esta deuda simbólica tiene efectos políticos y no sólo económicos: no sólo hace que los sujetos entreguen su vida al sistema para que la explote como fuerza de trabajo, sino que los hace apoyar y respaldar al sistema, defenderlo contra sus enemigos, votar por él en cada elección, amarlo hasta el punto de morir por él en sus guerras. Tan sólo así pueden pagar todo lo que les debe el sistema.

El sistema capitalista procede como el superyó a través del cual opera en la subjetividad: el sistema no sólo no paga todo lo que ha recibido, sino que lo exige, de tal modo que exige más cuanto más se le da. Entre más haya recibido, más ha de recibir. En su condición de capital, más ha de explotar cuanto más haya explotado. Es por esto que los más explotados tienden a seguir siéndolo, ya que deben pagar todo lo que se les debe. Es por lo mismo que los trabajadores mexicanos aparecen como los mayores explotadores del sistema que habla por la boca de Trump: aparecen como los mayores explotadores precisamente porque son los mayores explotados.

El destino de los perseguidores

El caso es que nosotros los mexicanos, tal como aparecemos en lo que habla por la boca de Trump, explotamos a nuestros benefactores, matamos a nuestros amigos que nos aman: somos sus enemigos, al igual que los musulmanes, que también odian a sus amigos de Estados Unidos. Los pobres estadounidenses aparecen como víctimas de sus perseguidores mexicanos y musulmanes, como objetos de un sujeto peligroso y temible. Este otro ciertamente reproduce a viejos personajes de Hollywood como los terroristas árabes o las malévolas criaturas extraterrestres, pero también recuerda el papel de los judíos en la cultura popular alemana de 1933 a 1945. Además, y esto es quizás lo alarmante, semejantes caracterizaciones persecutorias jamás habían cobrado tanta insistencia y consistencia en un programa político real de los Estados Unidos, ni siquiera en el de George W. Bush durante su cruzada contra el mal, cuando aún operaban diversos recursos retóricos para atenuar cualquier incorrección política.

A diferencia de sus antecesores, Trump da rienda suelta al delirio de persecución. Y este delirio, insisto, no es el suyo, sino el de aquello de lo que es el síntoma. Lo peligroso es precisamente que esta locura esté en el mundo en el que vivimos y no en la cabeza de Trump, el cual, después de todo, podría no ser más que un empresario que sabe cómo hablarles a sus clientes. En este caso, el problema sería que Trump sabe hablarles a sus clientes al decirles aquello que desean escuchar. Tal vez todo se quede en la palabra, en lo expresado y lo escuchado, y finalmente los clientes “anti-establishment” se sientan defraudados, “inevitablemente enojados” con la presidencia de Trump, como ha sido previsto por Žižek.[45] Pero quizás, una vez más, Žižek esté suponiendo saber más de lo que verdaderamente sabe al pensar que puede conocer el futuro.

¿Y si Trump no desengañara jamás a sus votantes? ¿Y si fuera la fiel representación de lo que representa para ellos? Aun suponiendo que no supiera estar a la altura de aquello de lo que es el síntoma, podría ser tan buen comerciante que encontrara la manera de asegurarse la más absoluta lealtad de sus clientes. Es al menos lo que él mismo supone cuando afirma, con una escalofriante suficiencia comparable a la del filósofo esloveno, que “tiene a la gente más leal” y que no lo abandonaría ni siquiera si él se pusiera a “disparar a la gente en la Quinta Avenida”[46].

En caso de que estemos ante un fenómeno puramente comercial y publicitario, lo que debe preocuparnos es que millones hayan comprado lo vendido por alguien que no está loco en el sentido en el que decimos que está mentalmente enfermo aquel a quien se encierra en un hospital psiquiátrico. Si así fuera, bastaría encerrarlo, o, mejor, encontrar la manera de vivir con él. ¿Pero cómo vamos a vivir con una locura tan patológicamente normal como la de Trump? ¿Cómo vivir con la normopatía que ha sido capaz de ganar unas elecciones en el país más poderoso del mundo?

¿Qué hacer ante ese país que tal vez deba seguir a Trump en la sinrazón de “reforzar y expandir enormemente su capacidad nuclear hasta que el mundo entre en razón respecto a las armas nucleares”?[47] ¿Cómo protegerse de esa potencia que se ubica fuera del mundo, que no respeta las reglas que impone al mundo y que tiene la convicción de ser perseguida por el mundo? ¿Cómo lidiar con un delirio nacional de persecución, especialmente cuando nosotros, los mexicanos, somos los vecinos de la nación delirante, mantenemos toda clase de relaciones con ella y jugamos el papel de perseguidores en el delirio?

Nunca le ha ido bien a quienes persiguen a sus víctimas en los delirios colectivos. No les fue bien ni a los judíos en la Alemania nazi ni a los tutsis en Ruanda ni a los diversos perseguidores de los Estados Unidos. Y ahora, en el caso de nuestro vecino del norte, no se trata de una persecución como las anteriores. Quizás hubiera precedentes de esta locura, pero no hemos visto exactamente lo que estamos viendo. Como siempre en la historia, nos encontramos ante algo nuevo. Quizás no termine siendo tan destructivo como algunos creemos que lo es, pero tal vez sí. Lo sabremos pronto.

Referencias

[1] “Trump es un loco, pero Clinton es más peligrosa”, dice Stone, Telesur, 6 de noviembre 2016, consultado en http://www.telesurtv.net/news/Trump-es-un-loco-pero-Clinton-es-mas-peligrosa-dice-Stone-20161106-0037.html

[2] David Brooks, The Unity Illusion, The New York Times, 10 de junio 2016, consultado en http://www.nytimes.com/2016/06/10/opinion/the-unity-illusion.html

[3] Miguel Bosé: Donald Trump es un loco, un paranoico, un ególatra, El Universal, 10 de octubre 2016, http://www.eluniversal.com.mx/articulo/espectaculos/musica/2016/10/10/miguel-bose-donald-trump-es-un-loco-un-paranoico-un-egolatra

[4] John Carlin, Un loco a cargo del manicomio, El País, 9 de noviembre 2016, consultado en http://internacional.elpais.com/internacional/2016/11/09/actualidad/1478668003_908217.html

[5] David Pavón-Cuéllar, ¿Cómo es que Trump coincide con Adorno al cuestionar el movimiento afirmativo de la dialéctica?, 25 de noviembre 2016, consultado en https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2016/11/25/como-es-que-trump-coincide-con-adorno-al-cuestionar-el-movimiento-afirmativo-de-la-dialectica/

[6] Jacques Lacan, Le séminaire, livre XXIII, Le sinthome (1975-1976), París, Seuil, 2005, p. 87.

[7] Joyce McDougall, Plea for a measure of abnormality, Nueva York, International University Press, 1978.

[8] Slavoj Žižek, Insoportable levedad de la vulgaridad, El Mundo, 4 de marzo 2016, consultado en http://www.elmundo.es/opinion/2016/03/04/56d88471ca4741f30e8b4577.html

[9] Lacan, Le séminaire, livre XXIII, Le sinthome, op. cit., pp. 88-89.

[10] Herbert Marcuse, El hombre unidimensional (1964), Barcelona, Ariel, 2014.

[11] Lacan, Joyce le symptôme (1979), en Autres écrits, París, Seuil, 2001, pp. 566-567.

[12] Erich Fromm, The sane society (1955), Londres y Nueva York, Routledge, 2012.

[13] Alain Badiou, Sobre Trump: durante el horror de una profunda noche, La tinta, consultado en http://latinta.com.ar/2016/11/alain-badiou-sobre-trump-durante-el-horror-de-una-profunda-noche/

[14] Cf. Lacan, Le séminaire, livre XXIII, Le sinthome, op. cit., pp. 164-165.

[15] Lacan, La chose freudienne (1955), en Écrits I, Paris, Seuil (poche), 1999.

[16] Lacan, Le séminaire sur ‘La lettre volée’ (1956), en Écrits I, op. cit., p. 20.

[17] Badiou, Sobre Trump: durante el horror de una profunda noche, op. cit.

[18] Mújica compara la era Trump con el auge del fascismo de los años 30, Público, 14 de noviembre 2016, http://www.publico.es/sociedad/mujica-compara-trump-auge-fascismo.html

[19] Noam Chomsky: Trump’s Victory Recalls Memories of Hitler and Fascism’s Spread Across Europe, Alternet, 15 de diciembre 2016, consultado en http://www.alternet.org/election-2016/noam-chomsky-trumps-victory-recalls-memories-hitler-and-fascisms-spread-across-europe

[20] Badiou, Sobre Trump: durante el horror de una profunda noche, op. cit.

[21] Pablo Iglesias: “Podemos llamar fascista a Donald Trump”, Público, 28 de noviembre 2016, consultado en http://www.publico.es/politica/pablo-iglesias-llamar-fascista-donald.html

[22] Enrique Krauze: “Donald Trump se parece mucho más a un fascista que a un populista”, BBC, 8 de marzo 2016, consultado en http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/03/160302_donald_trump_enrique_krauze_mexico_estados_unidos_jcps

[23] Franz Leopold Neumann, Behemoth: the structure and practice of national socialism, 1933-1944 (1944). Chicago: Ivan R. Dee, 2009.

[24] Slavoj Žižek, Slavoj Žižek on Clinton, Trump and the Left’s dilemma, To paraphrase Stalin: They are both worse, In These Times, 6 de noviembre 2016, consultado en http://inthesetimes.com/features/zizek_clinton_trump_lesser_evil.html

[25] El discurso completo de Donald Trump sobre inmigración en Arizona, Univisión, 1 de septiembre 2016, consultado en http://www.univision.com/noticias/elecciones-2016/el-discurso-completo-de-donald-trump-sobre-inmigracion

[26] Ibíd.

[27] Ibíd.

[28] Žižek, Insoportable levedad de la vulgaridad, op. cit.

[29] Donald Trump ataca a Obama en un tuit ‘racista’ sobre la protesta de Baltimore, RT, 29 de abril 2015, consultado en https://actualidad.rt.com/ultima_hora/173420-trump-ataque-obama-tuit-baltimore

[30] Badiou, Sobre Trump: durante el horror de una profunda noche, op. cit.

[31] Ibíd.

[32] Max Horkheimer, Crítica de la razón instrumental (1946), Buenos Aires, Terramar, 2007.

[33] El discurso completo de Donald Trump sobre inmigración en Arizona, op. cit.

[34] Ibíd.

[35] Clinton y Trump debatieron agresivamente sobre inmigración, Telemundo, 19 de octubre 2016, consultado en  http://www.telemundo.com/noticias/2016/10/19/clinton-y-trump-debatieron-agresivamente-sobre-inmigracion?page=1

[36] El discurso completo de Donald Trump sobre inmigración en Arizona, op. cit.

[37] Trump habla de cierre de mezquitas y pide atacar las fuentes de petróleo y bancos del EI, El Diario, 16 de noviembre 2015, consultado en http://www.eldiario.es/politica/Trump-mezquitas-fuentes-petroleo-EI_0_452855594.html

[38] Donald Trump pide prohibir la entrada a todos los musulmanes en EEUU, El Mundo, 7 de diciembre 2015, consultado en http://www.elmundo.es/internacional/2015/12/07/56660ea5268e3ee01a8b4663.html

[39] Trump dice que restablecería la tortura por ahogamiento simulado, Agencia EFE, 22 de noviembre 2015, consultado en http://www.efe.com/efe/america/politica/trump-dice-que-restableceria-la-tortura-por-ahogamiento-simulado/20000035-2770768

[40] Donald Trump: “Creo que el Islam nos odia”, CNN, 10 de marzo 2016, consultado en http://cnnespanol.cnn.com/2016/03/10/donald-trump-creo-que-el-islam-nos-odia/

[41] Donald Trump nuevamente arremete contra México: “No es nuestro amigo”, La Tercera, 30 de junio 2015, consultado en http://www.latercera.com/noticia/donald-trump-nuevamente-arremete-contra-mexico-no-es-nuestro-amigo/

[42] El discurso completo de Donald Trump sobre inmigración en Arizona, op. cit.

[43] Trump califica a inmigrantes mexicanos de “violadores” y “criminales” en su discurso, Univisión, 16 de junio 2015, consultado en http://www.univision.com/noticias/trump-califica-a-inmigrantes-mexicanos-de-violadores-y-criminales-en-su-discurso

[44] El discurso completo de Donald Trump sobre inmigración en Arizona, op. cit.

[45] Žižek, Slavoj Žižek on Clinton, Trump and the Left’s dilemma, op. cit.

[46] Trump: “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”, El País, 28 de enero 2016, consultado en http://internacional.elpais.com/internacional/2016/01/24/estados_unidos/1453633454_177514.html

[47] Trump dice en un tuit que Estados Unidos debe “expandir su capacidad nuclear”, El País, 23 de diciembre 2016, consultado en http://internacional.elpais.com/internacional/2016/12/22/actualidad/1482426855_086444.html

¿Cómo es que Trump coincide con Adorno al cuestionar el movimiento afirmativo de la dialéctica?

Conferencia en el Coloquio “Adorno: A cincuenta años de la Dialéctica negativa”, en la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), en Morelia, Michoacán, el jueves 24 de noviembre 2016

David Pavón-Cuéllar

Trump y Adorno

Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de los Estados Unidos en 2016, es decir, exactamente medio siglo después de que se publicara, en 1966, la Dialéctica negativa de Theodor Adorno. Sobra decir que no hay ninguna relación directa entre los dos hechos. Sin embargo, como intentaré mostrarlo ahora, la obra de Adorno puede ayudarnos a elucidar algunos aspectos fundamentales de lo representado por Trump. De cualquier modo, aun si así no fuera, sería difícil ahora mismo estar en México y olvidar las recientes elecciones en los Estados Unidos. Estas elecciones están entre las cosas más importantes que ocurren a nuestro alrededor, y cuando uno se toma en serio la gran obra de Adorno, al igual que otras obras de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, uno sabe que no puede utilizarla para distraerse o evadirse de lo que ocurre a su alrededor.

La Dialéctica negativa no es una de aquellas obras que les permiten a los filósofos planear por encima de la superficie terrestre y de sus campos de batalla. Por el contrario, hay que reflexionar a cada momento sobre lo que ocurre aquí abajo para poder entender algo en los argumentos de Adorno. Sus palabras tan sólo tienen sentido por la manera en que se vinculan internamente con los acontecimientos históricos del presente y con la manera en que nos posicionamos ante ellos.

Pensar en el mundo en que vivimos es la única manera legítima de pensar en aquello que nos ofrece la Dialéctica negativa. Después de todo, la negatividad se refiere también aquí a la insuficiencia de la filosofía para bastarse a sí misma. La especulación filosófica debe considerar aquello exterior a ella que la niega y con lo que no deja de tropezar a cada momento.

Ahora mismo, por ejemplo, yo me tropiezo con Trump cada vez que intento pensar en Adorno. Al menos Adorno, en lugar de pedirme que no me distraiga con la actualidad política, me exige que me distraiga con ella como único medio para concentrarme en lo que él escribe. Como su obra está descentrada, como tiene su centro fuera de ella, entonces no se deja leer adecuadamente sin desviar nuestra atención hacia cada uno de los obstáculos exteriores con los que tropezamos al pensar en su interioridad.

El pensamiento, su verdad y su imperativo categórico

Adorno llega todavía más lejos al exigir que la reflexión sea una “autorreflexión del pensar”, pero una autorreflexión tal en la que pensar no sea tan sólo pensar en sí mismo y pensar en su mundo, sino “pensar contra sí mismo” y “medirse con lo más exterior”, precisamente con el obstáculo con el que tropezamos y contra el que debemos encontrar la manera de lidiar a través de lo que pensamos.[1] Tan sólo así el pensamiento podría llegar a ser “verdadero”.[2] Su verdad estaría en su vínculo estrecho y concreto con el exterior. Cuando este vínculo se rompiera, como suele ocurrir en la mayor parte del pensamiento filosófico autorreferencial que se hace actualmente en el ámbito académico, entonces el pensamiento filosófico sería, según Adorno, como “la música de acompañamiento con la que las SS ocultaban los gritos de sus víctimas”.[3]

En el mundo actual, sabemos que la filosofía puede seguir cumpliendo aproximadamente la misma función distractora y encubridora de algunos medios masivos de comunicación, pero para una minoría selecta y exigente que requiere de las más elevadas elucubraciones de los grandes filósofos para olvidar la miseria y la violencia de la sociedad en la que vive.  Este olvido resulta inaceptable para Adorno en dos sentidos. En el ya mencionado sentido metodológico, nuestro pensamiento no puede ser verdadero al olvidar aquello en lo que se funda su verdad. Al mismo tiempo, en un sentido ético, nuestro pensamiento no puede olvidar el mundo porque este olvido le impide cumplir con el imperativo categórico prescrito por Adorno, que nos manda “pensar y actuar de tal modo que Auschwitz no se repita, que nada parecido pueda ocurrir”.[4]  Para que algo semejante no ocurra, tendremos al menos que molestarnos en pensar en el mundo en el que ocurriría y ver aquí la manera en que pueda evitarse que ocurra. La manera de hacerlo es asunto de cada uno, pero no hay que dejar de pensar en esto.

Siguiendo la prescripción que Adorno presenta como un imperativo categórico, no hay que dejar de pensar en el mundo y especialmente en aquello en donde creemos ver el peligro de que algo próximo al nazismo vuelva a ser posible. Esto es lo que yo creo ver ahora en Trump. No digo que Trump sea necesariamente una especie de nazi o de fascista en el sentido estricto de los términos. Mucho menos diría que es la reencarnación de Hitler, que instalará campos de concentración para mexicanos y que tarde o temprano desencadenará una Tercera Guerra Mundial. Sé que tales formulaciones pecan de falta de imaginación y proyectan el pasado en un futuro que inevitablemente habrá de sorprendernos. También sé que mucho de lo que nos atemoriza está ocurriendo cotidianamente desde hace varios años. En otras palabras, la hecatombe no requiere de un Trump ni del cumplimiento de sus peores amenazas para seguir aconteciendo. Sin embargo, siento que Trump bien podría abrir una posibilidad, ciertamente remota, de que ciertas fuerzas o clases de fuerzas vuelvan a desatarse y arrastren incluso al mundo occidental desarrollado, haciéndolo sufrir una vez más lo que había conseguido repeler durante varias décadas hasta el exterior de su fortaleza.

La universalidad y su negatividad

Cuando me refiero a Trump, no estoy pensando en una persona con rasgos singulares intrínsecos, sino en aquello universal encarnado por su personalidad singular. Estoy pensando en lo representado por lo que el propio Adorno, al referirse al líder, caracteriza como “órgano ejecutivo de lo universal”, como “forma de volver conmensurable lo universal”, y, de manera más precisa, como una “proyección de nostalgias impotentes”, como “productividad sin límites” y como “imago de libertad desencadenada”.[5] Sé que Trump es muy poco libre, que tiene muy poco margen de maniobra para producir lo que sea, pero en lo que estoy pensando con Adorno es en todo aquello de lo que Trump es el depositario: esa libertad desencadenada y esa productividad ilimitada que se le atribuye, esas profundas frustraciones que se espera que remedie, ese odio social y racial del que se ha vuelto el canalizador y el catalizador. Es verdad que hay buenas razones para que el señor Trump nos parezca inofensivo, incluso irrisorio, ¿pero acaso el mismo Hitler no era, como bien lo señala Adorno, una “parodia de la pasión” y un buen ejemplo del “individuo caído en la insignificancia”?[6]

La caricatura más intrascendente e inocente puede servir para condensar todo aquello que vino a fundamentar, justificar e ilustrar, en los años treinta y cuarenta, lo que luego Adorno habrá de conceptualizar como la negatividad de la dialéctica. Si el pensamiento dialéctico debe ser negativo, es porque hay algo como aquello de lo que Trump es el nombre. Digamos, en general, que lo representado por Trump constituye ya por sí mismo una brutal objeción al sentido positivo, evolutivo y ascendente, que se atribuye con optimismo la tradición filosófica occidental que va desde Platón hasta Hegel o Comte y Spencer, y luego hasta el posmodernismo, el pensamiento único y el fin de la historia de Francis Fukuyama.

La historia no ha terminado ni la modernidad ha sido superada porque aparentemente no hemos avanzado un solo paso. Por más que nos hayamos desplazado, no parece que nos hayamos dirigido hacia una dirección que estaría más arriba o más adelante. Al menos queda claro que no hemos dejado nada ni atrás ni debajo de nosotros. Las contradicciones permanecen aquí en el mundo que nos rodea, tropezamos incesantemente con ellas, no han sido resueltas ni trascendidas, y no han permitido a la humanidad liberarse de sus viejos fardos, como bien lo está demostrando Trump a cada momento. Es en este sentido en el que podemos afirmar, un tanto humorísticamente, que Trump coincide con Adorno al cuestionar el movimiento afirmativo de la dialéctica.

Ruptura de la unidad

La batalla electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump fue muchas cosas a la vez, entre ellas la escenificación de una serie de contradicciones, en el seno mismo de la dialéctica positiva, entre su validación por la candidata demócrata y su invalidación por el candidato republicano. Si tuviera más tiempo del que tengo, emprendería un análisis de producciones discursivas de los dos candidatos para mostrar detalladamente los distintos planos lógicos en los que se oponían la previsible reivindicación y la escandalosa impugnación de la misma positividad en la dialéctica. No hay ahora condiciones de llevar a cabo semejante análisis, pero sí mostraré cinco posiciones en las que podremos apreciar claramente, retomando mi expresión, cómo es que Trump coincide con Adorno al cuestionar el movimiento afirmativo de la dialéctica.

En primer lugar, al desafiar abiertamente algunos aspectos del establishment que regula normativamente lo admisible e inadmisible en política, Trump coincide con Adorno en su decisión de ofrecer una visión “anti-sistema” y así “escapar al principio de unidad”.[7] Si Hillary personifica el sistema y la unidad en el sentido fuerte de los términos, Trump encarna o intenta encarnar una oposición al sistema y una ruptura de la unidad. La propuesta de Trump, en efecto, pretende impugnar el supuesto pensamiento único y el supuesto consenso global en los que se basa la candidatura de Hillary. Esta candidatura demócrata, en los términos de Adorno, descansa en la creencia más o menos ingenua y más o menos hipócrita en la “identidad” final resultante de la “síntesis” dialéctica entre las posiciones que se han enfrentado en la historia de la humanidad:[8] la izquierda y la derecha, la de abajo y la de arriba, la más estatista o intervencionista y la más liberal o neoliberal, pero también la occidental y la oriental, la septentrional y la meridional, la negra y la blanca, e incluso la femenina y la masculina.

La feminidad de Hillary es aquí tan significativa como la coloración de la piel de Obama. En ambos casos, pareciera que hemos al fin superado la eterna contradicción entre, por un lado, los hombres blancos monopolizando el poder, y, por otro lado, la feminidad y la negritud condenadas a la impotencia. No se requiere ya de más luchas raciales y sexuales, de acciones beligerantes como las del feminismo radical y el black power, pues hemos llegado a un resultado tan satisfactorio como el de un presidente de color y una candidata femenina, quienes encarnan pacíficamente, armoniosamente, la síntesis lograda y la unidad exitosa tras siglos de contradicciones y conflictos.

Dinamismo en la inmovilidad

Al ver el color de Obama y la feminidad de Hillary, y al escuchar sus programas en los que parecen dejarse atrás las deficiencias de visiones extremas unilaterales como las de Reagan y Roosevelt, uno tiene la impresión de que avanzamos, de que la historia tuvo un sentido ascendente, de que tantas luchas valieron la pena, de que hemos alcanzado la síntesis, la unidad y la identidad, la positividad absoluta de la dialéctica. Pero entonces llega Trump con su negatividad, con su impugnación de la síntesis, con su ruptura de la unidad, con su reactivación de todas las contradicciones aparentemente superadas, con su demostración de la “no-identidad” en el seno mismo de la “identidad”.[9] En los términos de Adorno, Trump es la “conciencia de la no-identidad en la identidad”, es el inevitable momento “regresivo” en el proceso “progresivo”, es la alteridad irreductible del otro que “resiste” violentamente a la identidad.[10]

Trump es el fin de la paz eterna del orden mundial, el regreso del conflicto en donde había paz, así como la agudización de los conflictos ya existentes. Es por esto que puede ser visto con esperanza e incluso con una fascinación m disimulada por intelectuales de izquierda como Slavoj Žižek. Lo que ven en Trump es un desgarramiento del semblante de armonía y una oportunidad para la transformación e incluso para la revolución. Después de todo, y aquí llegamos a la segunda coincidencia con Adorno, Trump representa una revolución contra la evolución, el acontecimiento contra la duración bergsoniana, la discontinuidad contra la continuidad, el acto contra la inercia, el movimiento contra el inmovilismo de Hillary, el “dinamismo” de la sociedad estadounidense contra la “inmovilidad” constitutiva del Estado en la concepción de Hegel.[11] En los términos althusserianos, podríamos decir que Trump encarna el ineliminable desequilibrio de la dialéctica marxiana y marxista contra el equilibrio de la síntesis alcanzada por la dialéctica hegeliana y presupuesto ingenuamente por Hillary.

La ventaja de Trump, en los términos de Adorno, es que denuncia la “dominante ideológica de la síntesis” ofrecida por Hillary.[12] La desventaja es que, por un lapso de tiempo histórico más o menos largo y más o menos destructivo, aquello representado por Trump hará olvidar a muchos el componente ideológico de la contradicción. Para quienes apoyan a Trump, e incluso para sus enemigos de izquierda que se han dejado seducir por lo que representa, él es más franco, sincero y verdadero que Hillary, e inspira más confianza que ella, por el simple hecho de haberla desenmascarado. ¿Cuánto habrá que esperar para que Trump sea desenmascarado ante los millones de sus votantes y simpatizantes en su propia trinchera y en la trinchera enemiga? ¿Y qué pasará mientras no sea desenmascarado? ¿Y qué será capaz de hacer para conservar su máscara?

Irracionalidad en la racionalidad

Un aspecto que tal vez haya de retrasar el desenmascaramiento de lo representado por Trump es precisamente su negatividad. No hay en él nada plenamente afirmativo que pueda llegar a negarse. Por lo mismo, no hay ninguna racionalidad que pueda refutarse. Hay que insistir en ese lugar común demagógico y mediático: Trump es profundamente irracional. Esto, al menos esto, no es falso porque lo hayan dicho los medios y lo políticos del establishment. Es verdad que lo propuesto por Trump se caracteriza por su profunda irracionalidad tras la superficie de racionalidad, por su insensatez en su aparente sensatez, por su falta de cordura disimulada por la mayor trivialidad y por el buen sentido.

¿Cómo no preocuparse al sospechar que Trump sea el hombre nuevo del capitalismo, el perfecto normópata, el Hitler posmoderno, patológicamente normal, enloquecidamente banal, irracionalmente racional? Esto nos conduce a la tercera coincidencia de Trump con Adorno. Ambos nos recuerdan aquello que estará en el centro de atención de la Escuela de Frankfurt, a saber, la irracionalidad de la racionalidad o lo que ahora Honneth llama la “patología de la razón”. El candidato republicano, al mostrarnos que “la unidad es escisión”, está demostrándonos al mismo tiempo, según la expresión de Adorno, el carácter “irracional” de la historia supuestamente racional, pero también, lo más importante, la “irracionalidad inmanente a la racionalidad”.[13]

Trump nos está revelando, insistamos, la locura de la banalidad, la enfermedad en la normalidad, la insensatez inmanente a la sensatez del estadounidense promedio. Al revelarnos todo esto y al dar así continuidad a la misión crítica frankfurtiana, Trump nos descubre también lo que se encubre en la cuerda cordura o en la sensata sensatez demagógica de Hillary. De ahí también la ya mencionada confianza que inspira Trump en contraste con Hillary. Una vez más ella se nos presenta como la máscara y él como el desenmascaramiento. La verdad de Trump, en este sentido, radica en la única dimensión en la que puede radicar: en el desenmascaramiento, en el gesto, en lo que se hace y no en lo que dice, o mejor, como diría Lacan, en la enunciación y no en lo enunciado.

Desconfianza hacia la positividad fetichizada

Mientras Hillary se concentraba en lo que decía y así justificadamente despertó sospechas sobre la verdad de sus palabras o sobre su adecuación con la realidad, Trump optó por concentrarse en lo que hacía con lo que decía y fue así como se ubicó en el plano de los hechos, el cual, además de ser más confiable y convincente para los votantes, contenía intrínsecamente su verdad y por eso excluía de entrada cualquier tipo de refutación. Me atrevo a decir que la verdad de Trump fue la verdad actuada como Aletheia, como revelación en la que se confunden el decir con el ser y el hacer, mientras que la verdad de Hillary fue la verdad como Adaequatio, como correspondencia de lo que se dice con lo que es o con lo que se hace. De ahí que haya podido fácilmente refutarse lo expresado por alguien tan mentiroso e inconsecuente como Hillary, cuyas palabras no solían corresponder con sus actos ni con la realidad, pero ¿cómo refutar lo actuado por Trump?

Los gestos de Trump no pretendían corresponder a nada y no daban así la ocasión de exponer una correspondencia con la realidad que pudiese refutarse. No, sus actos no pretendían corresponder a la realidad, sino que poseían y ostentaban su propia realidad. Imposible refutarlos. De cualquier modo, no podemos refutar un acto, sino sólo enfrentarnos a él, atacarlo y luchar contra su materialidad. Uno de los aspectos más peligrosos de Trump es precisamente que haya conducido la batalla al terreno de los hechos, de los gestos y no de las palabras, o más bien, de las palabras como gestos y no como palabras, como actos y no como significantes con significado.

Tanto antes como ahora, lo más atrayente de los discursos de Trump no es el contenido, sino la forma, el tono, la materialidad literal, lo que se hace con lo que se dice y no lo que se dice, la enunciación y no el enunciado, pero también específicamente el énfasis, el ánimo, el afecto. Este elemento ya fue señalado por Badiou, quien le atribuye a Trump un “lenguaje afectivo” que compartiría con Berlusconi y con otros líderes populistas de derecha.[14] Estoy completamente de acuerdo con este señalamiento. Y agregaría: el afecto de Trump es netamente negativo, y en esto discrepa también del optimismo festivo que mostró Hillary, la cual, aquí, estuvo siempre bien secundada por Obama. Contra la desesperante insistencia en buscar el lado positivo de las cosas, Trump no deja de mostrarnos el lado negativo y critica abiertamente el optimismo a ultranza y lo que Adorno llamaría a “fetichización de lo positivo”.[15] Tenemos aquí una cuarta coincidencia de Trump con Adorno en el cuestionamiento de la positividad.

Al igual que el pensador frankfurtiano, Trump expresa abiertamente su desconfianza hacia la positividad fetichizada, hacia el optimismo impuesto y hacia cualquier tipo de alegre aceptación adaptativa del presente, del estado de cosas, del mundo que nos rodea. El discurso de Trump, como el de Adorno, se ostenta como un discurso intransigente y de ruptura, discurso anti-adaptacionista o anti-conformista, o mejor, según la expresión de Adorno, anti-colaboracionista. Sin embargo, a diferencia de Adorno, Trump no se limita prudentemente a la crítica ni tampoco avanza para matizarla y profundizarla, sino que avanza únicamente para descargar el afecto, pasar al acto y continuar la crítica en la brutalidad más rudimentaria, en la agresividad verbal, en la burla y en la sorna. Es así como Trump, en su batalla contra Hillary, termina cayendo en el vergonzoso conflicto que Adorno siempre evita: el conflicto entre el “colaboracionismo” de Hillary y la “barbarie” de Trump, es decir, según el razonamiento del mismo Adorno, entre el culpable mantenimiento de una cultura intrínsecamente culpable y la no menos culpable destructividad de quien se entrega a “la barbarie que la cultura demostró ser”.[16]

Sustancialidad en la funcionalidad

A partir de Adorno, podemos decir que la culpa de Hillary era contribuir a la reproducción de un sistema cuya barbarie, horror y destructividad, se ha puesto de manifiesto en Auschwitz, pero también en Hiroshima y Nagasaki, en las guerras de Corea y Vietnam, en cada rincón de África, en Palestina, en las dictaduras latinoamericanas, en Irak y en Afganistán, en Acteal y en Iguala y en tantos otros lugares. Trump tendría toda la razón de querer cambiar al menos algo en este sistema bárbaro de muerte y destrucción, pero el problema es que lo haría, paradójicamente, adoptando la misma barbarie del sistema. Su orientación anti-sistema pudo haberlo llevado a oponerse a esa barbarie, como quizás fuera el propósito de Bernie Sanders, pero no fue así. Trump no tiene una orientación anti-sistema sino porque se atreve a descubrirnos la barbarie que el sistema encubre y se opone con esa barbarie a ciertos aspectos del sistema y no a todo el sistema.

Entre los aspectos del sistema capitalista neoliberal a los que se opone Trump, hay uno que fue lúcidamente abordado por Adorno, que nos permite apreciar una quinta y última coincidencia de Trump con Adorno, y que hoy en día nos concierne a todos. Me refiero a la disolución de las identidades comunitarias, culturales y nacionales bajo el efecto del proceso globalizador. En los términos de Adorno, se pierde el ser como “sustancialidad” en favor del ser como “funcionalidad”, y entonces lo que somos pierde importancia “por sí mismo” en un funcionalismo capitalista global que lo reduce todo a su función en el sistema y a la “interconexión integral entre las funciones”.[17] Ante este fenómeno, una vez más, Adorno se limita a ofrecer una aguda crítica de lo que ocurre, mientras que Trump cede a la tentación, también criticada por Adorno, de aferrarse a la propia comunidad, la propia cultura o la propia nación, “fetichizándola” y entregándose a toda clase de “reminiscencias regresivas” que nos hacen remontar hasta “la tribu arcaica”.[18] La irracionalidad arcaica, racista y xenófoba, ocupa entonces el lugar de la racionalidad crítica por la que se guía el proyecto de la Escuela de Frankfurt.

Una vez que la negatividad personificada por Trump va más allá de la crítica del sistema, una vez que cree poder continuar esta crítica por otros medios y se torna rechazo e incluso destrucción del otro en el sistema, una vez que esto ocurre, vemos cómo Trump se deja reabsorber por el sistema, ya no coincide con Adorno y se convierte más bien en objeto de su crítica. Es entonces cuando Trump se nos presenta de pronto como síntoma del capitalismo.

Trump como síntoma del capitalismo

Como síntoma, Trump sigue encarnando la verdad como Aletheia, como revelación, pero lo que revela ya no es necesariamente lo que piensa o desea revelar. Su verdad sintomática es la de aquello que se traiciona a través de él. Si nos limitamos a la perspectiva crítica de la Dialéctica negativa de Adorno, por ejemplo, detectamos al menos tres revelaciones sintomáticas de la verdad como lo que se traiciona a sí mismo. Y en lo que se traiciona en los tres casos, como por casualidad, nos encontramos con el mismo capitalismo.

En primer lugar, el nacionalismo de Trump, centrado en el enriquecimiento nacional sin regulaciones y en la concepción de Estados Unidos como potencia económica mundial, se traiciona como una simple “transformación” del mismo capitalismo neoliberal globalizador al que pretende oponerse, de modo que podemos decir que este capitalismo es el que se opone a un aspecto de sí mismo a través de un nacionalismo netamente capitalista y neoliberal como el de Trump.[19] En segundo lugar, ante lo que se ha llamado el “narcisismo” de Trump, no reconocemos un amor de la persona por sí misma como un sujeto extravagante y original independiente del sistema, sino que asistimos a la revelación de un apego del sistema capitalista neoliberal por sí mismo como sistema, en la medida en que la personalidad del rico empresario Trump no es más que una expresión, por lo demás prototípica, del sistema capitalista.[20] Esta expresión, en tercer lugar, no puede llegar a encabezar el Estado sin escenificar una especie de retorno de lo reprimido por el que somos testigos de la manera en que el “espíritu del mundo”, el representante mismo de la “unidad social”, ha terminado siendo acaparado por los poderes económicos y los monopolios financieros.[21] Digamos que el gobierno de los Estados Unidos aparece ahora como el último triunfo empresarial de una de las encarnaciones más claras del Capital.

Desde luego que podríamos decir que Hillary Clinton encarnaba también el Capital, pero lo hacía con mayor disimulación para mantener la simulación del carácter universal del Estado, y no de cualquier Estado, sino del Estado con mayores pretensiones de universalidad en el mundo. A diferencia de otros Estados, en efecto, sabemos que el estadounidense pretende representar la universalidad, la imparcialidad y la ecuanimidad, en el mundo entero y no sólo dentro de sus propias fronteras. Esta falsa representación aún podía ser personificada por Hillary, pero ya no por Trump, quien revela sintomáticamente la verdad del Estado: la verdad de una parte que se hace pasar por el todo, la verdad de una clase cuyos intereses se presentan como los de la sociedad entera.

La dialéctica positiva de Trump

La verdad es aún peor que la mentira. Esto es quizás lo más terrible de Trump. Nosotros ante él, como Adorno ante otros personajes históricos, nos asustamos al descubrir que la verdad, lo que había de conocerse, está “abajo” y “no arriba”.[22] De hecho, como bien lo ha notado Žižek, esta bajeza fue uno de los elementos que le dio su triunfo a Trump, el cual, si ganó las elecciones, fue también por su vulgaridad, por su “bajeza oportunista y humana” en donde “la gente que tiene rabia” puede ver al fin “un momento de verdad”, una manifestación de la verdad de la “desintegración de los valores públicos, de los modales”.[23] Digamos que la bajeza de Trump es atrayente porque es verdadera: porque muestra descarnada la misma bajeza del capitalismo que se disimulaba, maquillaba, enmascaraba en Hillary.

Podemos decir entonces que la contradicción entre Hillary y Trump, al ser tan sólo una contradicción entre dos expresiones falsa y verdadera del mismo capitalismo, no constituye una contradicción en el pleno sentido lógico dialéctico de la palabra. Ni siquiera es una contradicción entre lo falso y lo verdadero, sino entre lo más bien falso y lo más bien verdadero en ciertas circunstancias, desde cierto punto de vista y en relación con cierta concepción de la verdad. Finalmente no hay más que dos versiones del capitalismo que ni siquiera son capaces de contradecirse entre sí.

Como bien lo ha observado Badiou, “la contradicción entre Hillary Clinton y Trump fue una contradicción relativa y no absoluta, es decir, una contradicción en los mismos parámetros, en la misma construcción del mundo”.[24] Pareciera incluso que esta construcción capitalista requiere de una contradicción como la que existe entre Hillary y Trump. De ser así, la contradicción haría sistema, formaría parte de las relaciones constitutivas del sistema capitalista y resultaría totalmente integrable, sin resto, a la totalidad sistémica. Se terminaría cerrando así lo que Adorno intentaba mantener abierto.  No se relativizaría y abriría la totalidad a través de la contradicción con respecto a ella, sino que se realizaría la totalidad también a través de la contradicción y de su funcionamiento en el sistema capitalista neoliberal.

A modo de conclusión: un hueso difícil de roer

Ahora bien, si pensáramos que la contradicción funciona en el sistema y permite realizar la totalidad, entonces habríamos recaído en la síntesis de la dialéctica positiva cuestionada por Adorno. La única manera de evitar esta recaída es reconocer, como hemos intentado hacerlo, todo aquello por lo que Trump sencillamente no encaja en el sistema. Desde luego que esto no debe hacer que soslayemos ingenuamente aquello en lo que sí encaja, pero es preciso reconocer lo ininteligible que desencaja, la falta o el exceso, lo que no puede asimilarse, lo que resiste a cualquier síntesis de significación, aquello a lo que no se le puede acordar ningún sentido y que es precisamente el motivo de nuestra inquietud lo mismo que de nuestra esperanza.

Lo que debe reconocerse, en definitiva, es lo que no cabe de ninguna manera dentro de nuestras ideas y sus operaciones dialécticas. El reconocimiento de este exterior de cualquier idealidad es una de las principales garantías del materialismo. Es al menos lo que significa ser materialista para pensadores tan alejados en el tiempo y en el espacio como el joven Marx y el viejo Louis Althusser, pero también Rosa Luxemburgo y Ernesto Laclau. De manera diferente para cada uno de ellos, ser materialista es conceder la existencia de algo que podemos denominar material y que sencillamente no puede ser aprehendido ni comprendido por ninguna idea.

Como lo dice Breton con respecto al sueño, las ideas forman parte de eso a lo que me refiero, pero eso no forma parte de las ideas. Y al no formar parte de las ideas, no hay manera de pensarlo. Si no puede pensarse, es por su complejidad en Rosa Luxemburgo, por su opacidad en Laclau y por su anterioridad con respecto al pensamiento en Marx y Althusser. En cualquier caso, tenemos algo impensable, aunque no por ello menos tratable o abordable a través de lo que pensamos, pero también a través de lo demás que hacemos y experimentamos. Los dientes de todas nuestras facultades han de ponerse en obra cuando ataquemos ese hueso difícil de roer que se encuentra en el centro de la dialéctica negativa de Adorno. Es tan sólo con todo lo que somos con lo que podemos enfrentarnos a eso de lo que Trump es el nombre.

[1] Theodor W. Adorno, Dialectique négative, Paris, Payot, 2003, pp. 441-442.

[2] Ibíd., p. 442.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd., pp. 414-415.

[6] Ibíd., p. 416.

[7] Ibíd., p. 8.

[8] Ibíd., pp. 192-194.

[9] Ibíd., pp. 192-194.

[10] Ibíd., pp. 194-198.

[11] Ibíd., p. 409.

[12] Ibíd., p. 215.

[13] Ibíd., pp. 384, 413.

[14] Alain Badiou, Alain Badiou sobre Trump: durante el horror de una profunda noche. Recuperado el 21 de noviembre 2016 de http://latinta.com.ar/2016/11/alain-badiou-sobre-trump-durante-el-horror-de-una-profunda-noche/

[15] Theodor W. Adorno, Dialectique négative, op. cit., p. 197.

[16] Ibíd., p. 444.

[17] Ibíd., p. 84.

[18] Ibíd., p. 411.

[19] Ibíd., p. 379.

[20] Ibíd., pp. 262. 378.

[21] Ibíd., p. 383.

[22] Ibíd., p. 441.

[23] Slavoj Žižek, Trump es escoria, pero igualmente los de izquierda lo deberían admirar. Recuperado el 21 de noviembre 2016 de http://www.revistaarcadia.com/noticias/articulo/slavoj-zizek-habla-sobre-donald-trump/60646

[24] Alain Badiou, op. cit.