Repetir en lugar de recordar: la memoria del sujeto atrapado en su pasado

Intervención en el Coloquio Memoria, sujeto y educación histórica, Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), Morelia, Michoacán, México, lunes 30 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Memoria e inconsciente

El inconsciente de Freud no se define de manera negativa. No es algo menos existente o menos presente que lo consciente. No es un vacío ni tampoco está más vacío que la conciencia. No se compone de lo desconocido, sino de lo que se conoce de otro modo. Es un saber particular y no una falta de saber. No está constituido tampoco por lo que se olvida o se borra de la memoria, sino por lo que se recuerda o se inscribe de otra manera.

Para Freud, paradójicamente, hay una memoria inconsciente: hay formas inconscientes de recordar. Una de ellas es la repetición de lo que no conseguimos rememorar conscientemente. No pudiendo evocarlo en la conciencia, debemos escenificarlo en la realidad.

Muchos de nuestros actos no suceden sino porque no pueden ser pensamientos conscientes. La ausencia e insuficiencia de nuestra conciencia es lo que se manifiesta, entonces, en la presencia y la suficiencia de nuestra actividad. En otras palabras, actuamos por no poder pensar. Esta idea genial será desarrollada por Freud entre 1900 y 1912, entre el caso Dora y el texto intitulado “Recordar, repetir y reelaborar”. Permítanme detenerme un momento en estos dos textos.

Freud: repetir y recordar

El caso Dora, como sabemos, es la historia de una joven atrapada en una intrincada red erótica en la que se entretejen las relaciones entre ella y la señora K, entre la señora K y el señor K, entre el señor K y Dora, entre Dora y su padre, entre su padre y la señora K. Esta red es aquello de lo que Dora tendría que liberarse a través del análisis con Freud, pero el proceso analítico parece complicarse y fracasar demasiado pronto. Una de las razones del fracaso es que no se consigue desenmarañar y destejer la red a través de la transferencia en el vínculo entre Dora y Freud. Este vínculo reactualiza la red erótica de un modo que impide reflexionarla y superarla. Según los términos del propio Freud (1905), la joven Dora “actuó un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo en la cura” (p. 104).

El caso Dora le permite a Freud trazar una distinción fundamental entre la reproducción en la cura y el acto que no cura, es decir, entre el método transferencial del psicoanálisis y el pasaje al acto que viene a liquidar el proceso analítico. Esta distinción habrá de profundizarse diez años después en el pequeño texto “Recordar, repetir y reelaborar”, en el que se distingue claramente: por un lado, el “recordar”, la “reproducción como recuerdo”; y, por otro lado, el “actuar”, la reproducción como “acción” (Freud, 1914, p. 152). Actuamos lo que no podemos recordar. A falta de un recuerdo propiamente dicho, lo que tenemos es un acto, y, de manera más precisa, una repetición, y, de modo aún más exacto, la “compulsión de repetición”, descrita por Freud como una “manera de recordar” (pp. 152-153).

Freud plantea, pues, que repetir es una manera de recordar, y nosotros podemos entender que se trata de una manera inconsciente de recordar, y, por ende, también, en cierto modo, una manera de no-recordar o de olvidar, pues el repetir no deja de oponerse al recordar. Se trata de un dilema entre la rememoración y la repetición. Hay, en efecto, dos posibilidades mutuamente excluyentes: o reproducimos en el recuerdo o reproducimos en la acción. Estamos condenados a repetir de modo incesante, crónico y patológico, lo que no estamos en condiciones de recordar y de curar a través del recuerdo.

Pensamiento y liberación

No pudiendo evocar algo conscientemente dentro de nosotros, debemos hacerlo persistir inconscientemente en la realidad, fuera de nosotros y a través de nosotros, en lo que somos y hacemos. Debemos quedar así atrapados en aquel pasado que nos hace actuar y en el que no podemos pensar. Pensarlo nos haría objetivarlo, desprendernos de él, escapar de su esfera y dejarlo atrás al dejar de actuarlo. El pensamiento, en el sentido más radical de la palabra, condiciona entonces nuestra liberación. Tan sólo podemos liberarnos de aquello en lo que pensamos, aquello que aprehendemos reflexivamente, aquello que nos representamos conscientemente.

En cuanto a los acontecimientos pasados que se resisten a nuestros intentos de representación consciente y de aprehensión reflexiva, debemos aceptar que se mantengan inconscientemente presentes y que sean más bien ellos los que nos aprehendan al poseernos como seríamos poseídos por un demonio. Muchos de nuestros actos, quizás incluso casi todos, acaban siendo repeticiones del pasado que domina implacablemente nuestras vidas. Lo que ya vivimos ayer decide lo que habremos de vivir hoy y mañana. La vida futura le pertenece a la pretérita.

No podemos vivir, en definitiva, sino al repetir esos acontecimientos pasados en los que nos hemos quedado trabados. Nos llevan con ellos a donde ellos quieren ir. Después de todo, al no poder pensarlos, es como si pensaran por nosotros. Es en ellos en donde radica la clave de nuestros pensamientos y es por eso que nos dominan como lo hacen. Tan sólo podemos liberarnos de ellos cuando nuestra conciencia es capaz de capturarlos, comprenderlos, y así, como de dice, “tomarlos por los cuernos”. De lo contrario, son ellos los que nos mantienen atrapados en ellos y los que hacen que debamos experimentarlos en carne propia, desplegarlos a través de nuestras vidas, vivirlos, actuarlos y sufrirlos.

Por ejemplo, cuando nuestra conciencia es incapaz de aprehender lo que está en juego en la colonización europea y en la opresión porfirista, corremos el riesgo de mantenernos colonizados y oprimidos en diversos aspectos de nuestra existencia. Es, entonces, como si la Independencia y la Revolución hubieran fracasado. Nosotros mismos repetimos la colonia y el porfiriato: nos doblegamos, renunciamos a la democracia, nos sometemos a un despotismo demasiado semejante al porfirista, nos vendemos al mejor postor y establecemos con él vínculos neocoloniales de franca dependencia. ¿No es acaso lo que ocurre cotidianamente en México? Todo tiende a neutralizar las conquistas de la Independencia y la Revolución. Podríamos decir que estos dos intentos de liberación han terminado fracasando, al igual que el proceso analítico de la joven Dora, porque no hemos sido capaces de reflexionar seriamente sobre nuestra historia de colonialismo y despotismo. No hemos podido hacer consciente lo inconsciente, y entonces nos hemos condenado a repetir el colonialismo y el despotismo, actuándolos inconscientemente y así quedando atrapados en el pasado.

Reelaboración y resistencias

Liberarnos del pasado nos exige recordarlo. Sin embargo, para llegar a recordarlo, no basta que otro nos lo recuerde. Freud nos advierte que el intento de alguien más de recordarnos lo que estamos repitiendo sólo sirve para fortalecer nuestra compulsión a la repetición y nuestra correlativa resistencia a recordarlo. Para que lleguemos a recordarlo realmente, se nos debe “dar tiempo” y permitir que nos “enfrasquemos en la resistencia” y que la “reelaboremos” (Freud, 1914, p. 157).

La reelaboración, que nos permite pasar de la repetición inconsciente a la rememoración consciente, sólo será verdadera y efectiva cuando sea hecha por el propio sujeto, es decir, en un plano socio-histórico, por nosotros mismos como ente colectivo, como colectividad, como pueblo. Es el mismo pueblo el que debe reelaborar su pasado y así recordarlo de verdad y liberarse de él al dejar de actuarlo y repetirlo. Nadie puede hacer todo esto en lugar del pueblo, ni las vanguardias ni los “maestros de escuela” repudiados por Marx y por Rosa Luxemburgo, ni los dirigentes ni los intelectuales orgánicos o inorgánicos, ni los historiadores ni los psicólogos sociales ni los supuestos “psicoanalistas de la sociedad” ni los demás usurpadores del pueblo.

Es el mismo pueblo el que ha de superar sus resistencias. ¿Pero por qué superarlas? Para liberarse de lo que lo impiden liberarse, a saber, la repetición inconsciente y sus redes: redes tan opresivas como las del caso Dora.  El colonialismo en México, por ejemplo, se perpetúa debido a las resistencias del pueblo para liberarse de él, para independizarse, para concretar los ideales de Hidalgo, Morelos y Guerrero. Soy las mismas resistencias por las que Dora no podría curarse. De ahí que las resistencias tengan una connotación claramente negativa en Freud: nos resistimos a recordar, a pensar, a reflexionar, a hacer consciente lo inconsciente, a liberarnos del pasado en el que permanecemos atrapados. Nos resistimos, pues, a nuestra propia liberación, a nuestra propia curación.

Cuestionamiento y problematización

Para conquistar nuestra libertad, habría que empezar por vencer nuestras propias resistencias. Ésta es la convicción de Freud. Pero tal vez debamos cuestionarla y problematizarla, preguntándonos si resulta siempre deseable acabar con las resistencias del sujeto, hacer consciente lo inconsciente, liberarnos del pasado y dejar de actuar lo que no alcanzamos a pensar.

¿Y si las acciones inconscientes del pueblo preservaran algo popular trascendente, valioso y significativo, que no pueda preservarse de otro modo: algo que deba repetirse para conservarse, un pasado que sólo pueda mantenerse presente al actuarse en lugar de pensarse de modo consciente? Consideremos, por ejemplo, toda esa fabulosa opacidad impenetrable de las tradiciones populares y de aquello que Halbwachs (1950) designaba con el nombre de “memoria colectiva”. ¿Por qué habría que liberarse de esas formas de repetición que nos permiten resistir a muchas cosas, no sólo a los procesos independentistas y revolucionarios, sino también a los órdenes coloniales y despóticos? ¿Por qué habría que vencer aquí la resistencia?

¿Por qué no respetar los últimos reductos de resistencia que hay dentro de nosotros y en las comunidades? ¿Por qué abrir esos refugios en los que el pueblo se ha escondido y protegido exitosamente contra las adversidades más violentas de la historia? ¿Por qué habría que hacer consciente lo que sólo puede mantenerse vivo a través del inconsciente? Y de modo aún más radical: ¿por qué habría que dejar de actuarse lo que tal vez necesite actuarse para concebirse, reflexionarse, pensarse? ¿Por qué habría que dejar de repetirse lo que sólo puede recordarse al repetirse? Esto es algo que sabemos bien en el marxismo: hay cosas de las que sólo podemos tener una idea clara y distinta por medio de la acción. Es por esto que algunos marxistas consideramos que la práctica no es aplicación de la teoría, sino continuación de la teoría por otros medios y en campos en los que debe practicarse para teorizar.

Hay cosas que resisten intrínsecamente a la teorización, al pensamiento y a la conciencia. Freud no lo ignoraba: la resistencia está en el cuerpo, en la profundidad insondable del ello, en el meollo pulsional, en el núcleo del sueño, en el corazón del pueblo y de su cultura. Es un hueso imposible de roer por el pensamiento y que debe hacerse y vivirse para existir. Es también para esto que existe la práctica psicoanalítica.

El psicoanálisis es mucho más que un simple ejercicio por el que el yo adviene en donde era ello y se hace consciente lo inconsciente. A diferencia de la psicología dominante, el psicoanálisis coincide con el marxismo al desconfiar del yo y de su conciencia. Lo consciente, para Freud, es peligroso y no sólo impotente.

Nuestra conciencia jamás puede agotar lo que debe hacerse y vivirse para existir, pero sí quizás exista el peligro de que lo degrade y hasta lo destruya por obstinarse en sacarlo a la luz. Es un peligro que debemos tener presente quienes queremos pensarlo todo: nosotros los académicos, los universitarios, que imaginamos que todo lo existente es también pensable. Esta imaginación es lo que nosotros, los marxistas, denominamos “idealismo”. Es la certeza de que las ideas engloban todo el mundo material, como si fuera el mundo entero el que está en ellas y no ellas las que están en el mundo.

Referencias

Freud, S. (1905). Fragmento de análisis de un caso de histeria (caso Dora). En Obras completas, volumen VII. Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Freud, S. (1914). Recordar, repetir y reelaborar. En Obras completas, volumen XII. Buenos Aires: Amorrortu, 1998.

Halbwachs, M. (1950). La mémoire collective. París: Albin Michel, 1997.

 

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Tras la matanza de Tlatelolco: la perseverancia de los verdugos y de sus víctimas

Charla en el Auditorio Aníbal Ponce de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), en Morelia, Michoacán, México, el lunes 2 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Recuerdo y demora

El dos de octubre no se olvida. ¿Cómo habría de olvidarse cuando todo nos lo recuerda? Todo sabe aún a 1968 en el México en el que ahora vivimos. Aquí, en este país que tanto se ha transformado, todo tiene algo de aquellos tiempos en los que Tlatelolco se tiñó de rojo.

Lo que ocurrió hace medio siglo se vislumbra en todo lo que sucede hoy en día. Todo nos hace pensar en esa época. Desde luego que no se trata de lo mismo, pero sí de reflejos, variaciones, consecuencias y ramificaciones de lo mismo.

Todo se relaciona de algún modo con aquello que produjo la masacre de la Plaza de las Tres Culturas. El México de 1968 no ha quedado atrás, a nuestras espaldas, confinado en el pasado. No se han cortado los hilos invisibles que tan estrechamente nos unen a él. Su momento continúa siendo nuestro momento. La herida no deja de ser la nuestra. Sigue abierta. No se ha hecho nada para cerrarla, cicatrizarla, superarla y seguir adelante.

Seguimos atrás. Hay algo de nosotros que se ha demorado, que se ha quedado lesionado en la orilla del camino, que no ha llegado hasta el presente. Por más que hayamos avanzado, no hemos avanzado. Nos encontramos detrás de nosotros mismos.

Estamos aún atrapados en lo que acorraló a los mártires de Tlatelolco. El régimen autoritario contra el que se manifestaban era una versión anterior del mismo sistema opresivo y represivo contra el que seguimos protestando. Nosotros continuamos denunciando los mismos vicios que ellos denunciaban: la violencia y la injusticia, la falta de libertad y el déficit democrático, la corrupción y la demagogia, la censura y el control de la prensa.

Lo mismo que en 1968

Podemos hacerle al actual gobierno mexicano los mismos reproches que se le hacían al de 1968. Se trata, de hecho, del mismo gobierno, pero ahora más viejo, más degradado, aunque también más depravado, más taimado, con más colmillo, más experimentado, y, además, hay que reconocerlo, renovado, quirúrgicamente rejuvenecido y vestido a la moda tecnocrática neoliberal.

Desde luego que nuestros gobernantes no se parecen a Gustavo Díaz Ordaz. No suelen tener ya ni su fealdad ni su gesto adusto ni el tono duro de su voz. Los discursos también han cambiado. La mística revolucionaria se ha desvanecido. La retórica política del pueblo y la igualdad ha perdido terreno ante la jerga económica del mercado y la competitividad.

Sin embargo, ahora como en 1968, lo que domina en el discurso gubernamental es la vacuidad, la mentira, el ocultamiento, la discrepancia con respecto a los hechos y el objetivo fundamental de confundir, engañar y a veces intimidar. La estrategia intimidatoria no deja de servirse también de los policías y los militares, los cuales, tan desprestigiados como siempre, siguen caracterizándose por su lealtad hacia el gobierno y por su deslealtad hacia el pueblo. Y cuando no puede recurrirse a los uniformados, el gobierno actual, como los anteriores, cuenta con el apoyo de esbirros y matones asalariados. Las tareas ejecutadas por el Batallón Olimpia de Tlatelolco son las mismas que ahora se encomiendan a menudo al crimen organizado. El trabajo sucio no deja de hacerse rutinariamente. La represión continúa. La impunidad también.

Los empresarios, por su parte, llevan más de cincuenta años exigiendo, respaldando y aplaudiendo la violencia del gobierno contra la sociedad movilizada. El régimen sigue contando también con el apoyo y la simpatía del gobierno estadounidense. Ahora, como en 1968, es en Washington en donde se decide mucho de lo que aparentemente se decide aquí en México. La sumisión de Gustavo Díaz Ordaz ante Lyndon B. Johnson es comparable a la de todos y cada uno de los siguientes presidentes mexicanos ante sus homólogos estadounidenses.

Permítanme invocar las imágenes que guardamos en la memoria. La actitud acomplejada, nerviosa y pusilánime del pequeño Peña Nieto ante Obama y Trump es prácticamente igual a la que mostraba el pequeño Díaz Ordaz ante Johnson. Mientras que los relajados presidentes de Estados Unidos parecen tener una idea clara sobre sus propósitos y las direcciones hacia las que avanzan, los de México muestran una triste mezcla de rigidez, cordialidad servil y tensión de lacayos, y dan la impresión de concentrarse en sus homólogos, atenerse a ellos y actuar en función de su voluntad.

Las actitudes recién evocadas contrastan con los rostros valientes, libres y voluntariosos, dignos e indignados, que vemos lo mismo en las fotografías del movimiento del 68 que en las del movimiento por los 43 de Ayotzinapa. Quizás tengamos que tomar en serio estas imágenes y reconocer que aquí, en México, el reparto de la dignidad sigue siendo inverso a la distribución del poder. Tanto ahora como en 1968, los poderosos, los de arriba, son los más indignos, los más despreciables de nuestro país, mientras que los que no tienen poder alguno, los de abajo, suelen ser los más dignos, los más respetables.

El México de 1968, como el de ahora, es un país en el que la virtud y el mérito se castigan, mientras que la bajeza y la infamia permiten conquistar el poder y se recompensan con toda clase de riquezas y privilegios. Lo más bajo es curiosamente lo que se encuentra siempre más arriba, y cuando alguien consigue subir, sabemos que es generalmente porque baja, se rebaja, se degrada. Semejante configuración espacial, parcialmente responsable de la decadencia moral de las personas y las instituciones de México, se ve posibilitada, sostenida y apuntalada por todos los medios y especialmente por los medios entre los medios, los de comunicación masiva, cuyo espejo cóncavo hace que todo lo veamos al revés.

El espejo mediático

Las ilusiones ópticas de los medios prácticamente no han cambiado en los últimos cincuenta años. Tampoco hemos asistido a modificaciones sustanciales en las demás tácticas mediáticas utilizadas por Televisa y por los demás empresas oficialistas o gobiernistas. Las nubes de humo no se han disipado. Al mismo tiempo, el buen clima no deja de reconfortar. Los discursos de los funcionarios aún sirven como ruido para no escuchar las demandas populares. Lo que realmente ocurre en la sociedad no deja de ser disimulado por lo que se escenifica en el gobierno. Y, ya sea que se trate de la final de fútbol o de las Olimpiadas del 68, el deporte sigue operando como el distractor más efectivo.

La Televisa de hoy es como la de ayer. El Sol de México, el Excélsior, Novedades, La Prensa, El Nacional, El Universal y El Heraldo son también exactamente los mismos. Las noticias tras la noche de Tlatelolco son comparables a las que hubo tras la noche de Iguala y tras las demás noches de matanzas. Los soldados repelen siempre agresiones que vienen hoy de vándalos o de hombres armados como provenían ayer de francotiradores apostados en las azoteas de Tlatelolco. Recordemos los titulares del 3 de octubre de 1968. Ovaciones: “Decenas de Francotiradores se enfrentaron a las Tropas”. El Heraldo: “Francotiradores dispararon contra el Ejército: el General Toledo lesionado”. El Nacional: “El Ejército tuvo que repeler a los Francotiradores”. El Sol de México: “Francotiradores abrieron fuego contra la tropa en Tlatelolco, manos Extrañas se empeñan en desprestigiar a México, el objetivo es frustrar los XIX Juegos”.

Los agredidos son siempre los agresores. Lo justo se presenta como injusto y lo injusto se presenta como justo. En el mejor de los casos, lo más claro se oscurece y ya no discernimos ni a las víctimas ni a los responsables, ni tampoco las causas ni el contexto. Recordemos algunos titulares tras la matanza y desaparición de estudiantes en Iguala. El Heraldo: “Resurge la violencia, masacres en Chihuahua y Guerrero”. El Informador: “Ataques dejan al menos ocho muertos en Iguala”. Unión de Guanajuato: “Comando Armado ataca camión de equipo de futbol”. Milenio: “Enfrentamientos entre policías y normalistas dejan 6 muertos”. A Tiempo: “Deja 9 muertos violencia entre normalistas y policías en Guerrero”. El ataque unilateral de la policía es descrito como una batalla entre policías y normalistas. Las víctimas dejan de ser identificadas como normalistas. La violencia policiaca se difumina y se disipa en la violencia generalizada en el país.

La represión gubernamental desaparece tras la mistificación mediática. En los casos mencionados como en los demás, la prensa, los periódicos y los noticieros continúan obedeciendo una lógica de manipulación, distracción, desinformación, justificación del régimen y descalificación de las protestas y de las movilizaciones sociales. Y así como el gobierno mantiene su control de los medios, así también sigue cooptando a fuerzas opositoras como las sindicales y partidistas. Los sindicalistas charros y los partidos paleros no dejan de operar y adquieren incluso formas tan ambiciosas y elaboradas como la del Pacto por México. 

Más que un partido

El PRI no ha perdido su capacidad para corromper y absorber a sus enemigos. Al igual que el Partido Popular Socialista (PPS) y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) en 1968, ahora el PAN y el PRD se han dejado cooptar hasta el punto de convertirse en partidos priistas, simples avatares del PRI, como ya lo eran el Verde Ecologista y Nueva Alianza, y como quizás, muy pronto, lo sea también MORENA. Todas las diferencias terminan disolviéndose en ese caldo pútrido y corrosivo que ha ido carcomiendo la política mexicana. Me refiero, desde luego, a la hegemonía priista.

¿Qué es el PRI? No es tan sólo un partido. No es tampoco únicamente una constelación de partidos que se han dejado convertir al priismo. El PRI es más: es una forma de hacer política y de ser gobierno. Es un método para ejercer y acaparar el poder, para negociarlo y gestionarlo, para vencer a los contrincantes, para controlar a los medios, para cooptar o reprimir a fuerzas opositoras, para comprar votos y vender prebendas, para enriquecerse al desempeñar funciones públicas, para corromper el gobierno y la política. Es también, desde luego, desde un principio, una manera de preservar el espíritu de la revolución al institucionalizarlo. Sin embargo, como lo muestra la historia moderna de México, la institucionalidad revolucionaria no es verdaderamente revolucionaria. O si se prefiere: la revolución institucional es algo muy diferente a la revolución propiamente dicha.

Lo revolucionario es un impulso, un movimiento, y, por lo tanto, al institucionalizarse, al estabilizarse, al inmovilizarse, no se conserva, sino que, por el contrario, tiende a perderse, neutralizarse, anularse. De ahí que la Revolución Mexicana se haya visto literalmente anulada por la burocracia del PRI. El priismo acabó con la Revolución Mexicana tal como el estalinismo neutralizó la Revolución de octubre y tal como Napoleón se deshizo de la Revolución Francesa. En todos los casos, tenemos tiranías que tan sólo pueden asegurar la consumación y la victoria de las revoluciones al detenerlas y derrotarlas, al convertirlas en tiranías bonapartistas, estalinistas, priistas.

El PRI es la detención y la derrota de la gesta revolucionaria de 1910. La Revolución es lentamente desactivada y sofocada por el contragolpe de su institucionalización. Podemos decir, pues, que el priismo es también un dispositivo reaccionario para destruir lo revolucionario. El PRI ha sido esto en Tlatelolco. Lo ha sido también, ya desde sus orígenes carrancistas y obregonistas, cuando todavía no se llamaba PRI, en la Hacienda de Chinameca y en la ciudad de Parral, en donde fueron asesinados, respectivamente, Emiliano Zapata y Francisco Villa. ¿Quiénes los asesinaron? Los pioneros de la institucionalización, los precursores del PRI. 

La máquina de matar

El priismo se prefigura con los asesinatos de Villa y Zapata. La matanza de Tlatelolco es ya una forma consumada, madura, de ser priista. El PRI es también una máquina de matar. Lo fue ya en 1952 cuando masacró a unos 200 henriquistas en la Alameda Central de la Ciudad de México. Lo ha sido también al asesinar a más de cincuenta miembros de la Asociación Cívica Guerrerense entre 1960 y 1962, a unos 80 copreros en Acapulco en 1967, a unos cincuenta estudiantes en el Halconazo de 1971, a 9 personas en La Trinidad en 1982, a 17 campesinos en Aguas Blancas en 1995, a 45 en Acteal en 1997 y a 11 en El Charco en 1998, por mencionar los casos mejor conocidos.

Las múltiples matanzas perpetradas por los gobiernos priistas ponen de manifiesto que el priismo es también algo asesino. Lo es, y aun si aparentemente no lo siguiera siendo, lo sería porque lo ha sido. Los pasados crímenes del priismo comprometen por siempre lo que es en el presente y será en el futuro. Aunque haya prescripción jurídica, el asesino será siempre un asesino. Lo asesino sigue siendo lo que es: lo sigue siendo por haberlo sido.

Me atrevo incluso a sostener que no se puede ser priista sin tener algo de asesino, sí, algo, al menos aquello que viene simbólicamente implicado en la identidad nominal del priista, es decir, aquello que la define, que la caracteriza históricamente y que debe asumirse al adoptar la personalidad moral del priismo. Esta personalidad comporta su culpabilidad, su responsabilidad en una historia de crímenes horrendos, entre ellos el de la Plaza de las Tres Culturas. Habiendo sido perpetrada por un gobierno priista, la matanza de Tlatelolco es un crimen priista del que son culpables de algún modo, en su condición de priistas, quienes continúan llamándose así, o al menos quienes todavía no han sido capaces de repudiar abiertamente lo asesino que hay en su afiliación partidista.

Por así decir, cuando una persona física decide adoptar sin restricciones la personalidad moral del priismo, como es el caso de la inmensa mayoría de los priistas, entonces debe hacerse cargo también de aquello de lo que el priismo ha sido culpable. Su culpabilidad será desde luego como persona moral y no como persona física, pero no por ello será menor. El priista no será menos culpable por serlo tan sólo en tanto que integrante del PRI o exponente del priismo. Tendrá que rendir cuentas, quizás no en un juicio legal, pero sí ante su propia conciencia y en el juicio de la historia. Deberá explicar, por ejemplo, cómo fue que se atrevió a ser el priista que es aun al conocer los crímenes del PRI. Estando al tanto de los innumerables asesinatos cometidos por los priistas, ¿por qué decidió ser uno de ellos: uno de los asesinos? ¿Por qué se le ocurrió ser uno de aquellos que desearon y decidieron matar a los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas?

Supervivencia de los asesinados

Los asesinos de Tlatelolco permanecen aún entre nosotros, están vivos y hasta suelen tener suerte en la vida, ganan elecciones, ocupan altos puestos del gobierno y muestran una singular facilidad para enriquecerse. Al mismo tiempo, generalmente por debajo de ellos, los mártires de Tlatelolco, las víctimas del priismo, también continúan viviendo entre nosotros. Los hacemos vivir cada vez que los recordamos y salimos a la calle para corear que el 2 de octubre no se olvida.

Así como los asesinos de Tlatelolco subsisten de modo simbólico a través de los priistas, así también sus víctimas, los asesinados, pueden sobrevivir simbólicamente a través de quienes pensamos en ellos y llevamos adelante su lucha contra eso de lo que el priismo es el nombre. Nuestros muertos viven a través de nosotros: a través de nuestras vidas, nuestras marchas, pancartas y discursos, pero también a través de nuestro miedo, nuestro agotamiento, nuestra frustración y nuestra indignación. Gracias a lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos por ellos, ellos están vivos, vivos con el aliento que les damos, vivos de nuestra vida, vivos como nosotros, vivos al ser nosotros, vivos al sentirse, pensarse, decirse y hacerse dentro de aquello mismo que nosotros sentimos, pensamos, decimos y hacemos por ellos.

Los mártires de Tlatelolco sobreviven a las balas al sobrevivir al olvido. Mientras que nosotros los recordemos, el gobierno y sus militares no habrán podido matarlos por completo. Desde luego que seguirán asesinándolos, como lo hicieron una vez más en Iguala en 2014, pero nosotros podremos revivirlos, y así, de una vez, reviviremos a las siguientes víctimas.

Los de Ayotzinapa, movilizados por los de Tlatelolco, requieren ahora de nuestra movilización por unos y otros. Nosotros los necesitamos también a unos y a otros, los necesitamos para ser lo que somos, pues también somos nuestros muertos, y si nos los quitaran, si no pudiéramos hacerlos vivir a través de lo que somos, nos mutilarían y nos harían ser mucho menos de lo que somos.

 

Hacia una función histórica del historiador

Conferencia en la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Morelia, Michoacán, 27 de septiembre 2013.

David Pavón-Cuéllar

El problema de la función social del historiador

Se me ha pedido que les hable acerca de la función social del historiador. Empezaré por cuestionar la idea misma de que el historiador tenga una “función” en la sociedad. Cuando consideramos que la tiene, estamos admitiendo que debe desempeñar algún papel o cumplir con un deber en el ámbito social. Quizá estemos aceptando incluso que hay una sociedad que funciona como una máquina o como un organismo cuyo funcionamiento exige el cumplimiento de ciertas funciones.

La función proviene etimológicamente de la palabra latina functio, y ésta del verbo griego fungi,  que significa precisamente cumplir o solventar, pagar o satisfacer. La función que se desempeña es el papel interpretado al satisfacer un deber u obligación. Esta obligación es el correlato de la función. Al desempeñar una “función social”, el historiador está respondiendo positivamente a una obligación que le impone la sociedad. Podemos decir también que está cumpliendo con un encargo social.

El problema es que al cumplir con aquello que le encarga la sociedad, el historiador está sometiéndose dócilmente a cierta sociedad. Está haciendo lo que tiene que hacer para que la sociedad funcione como tiene que funcionar. Para el buen funcionamiento de la máquina social, en efecto, se requiere que sus engranes y sus demás piezas desempeñen adecuadamente sus respectivas funciones sociales. Estas funciones también pueden sugerir la imagen de un organismo. En el organismo de la sociedad, el historiador sería un órgano que debería funcionar correctamente, saludablemente, al cumplir de manera puntual con su función orgánico-social.

El historiador al servicio de un modelo ideológico normativo de la sociedad

¿Y cuál sería la función orgánico-social del historiador? Quizá simplemente aquella memoria automática, refleja, por la que un organismo puede recordar lo que hace daño, y así evitarlo, tal como el niño o el animal que aprenden a alejarse del fuego después de haberse quemado. Es así como la sociedad aprendería de sus pasados errores gracias a la memoria del historiador que retendría la reminiscencia de estos errores.

El historiador nos recordaría que debemos alejarnos del peligroso y doloroso fuego de las guerras, de las revueltas y de las revoluciones. Aquí tendríamos una buena función social defensiva y apaciguadora del historiador. También podríamos asignarle una función social como la de comprobar que no hay bastardía, que somos hijos legítimos de los padres de la patria, que hay cierta unidad, estabilidad, continuidad en el desarrollo de la sociedad, la cual, siendo la que es a través de las etapas sucesivas de su desarrollo, tendría una identidad a toda prueba: una identidad social, nacional o cultural, étnica o incluso racial, que habría que seguir preservando por todos los medios.  Por último, en el mismo sentido, el historiador podría cumplir también con la función social de hurgar en el pasado para encontrarle un sentido al presente, por ejemplo al mostrarnos que la historia describe una línea evolutiva ascendente por la que el presente es mejor que el pasado: que fuimos colonias y que hoy somos independientes, que pasamos de los privilegios de unos cuantos a los derechos iguales para todos, que ayer sufríamos la tiranía porfirista y que hoy disfrutamos la democracia revolucionaria.

En los tres casos que he mencionado, el cumplimiento de una “función social” hace que los historiadores estén al servicio de un modelo ideológico normativo de sociedad, ya sea el pacífico y armónico de los conservadores, el puro y legítimo de los nacionalistas, o el avanzado y optimista de los progresistas.  Estos grupos tienen claro lo que debe ser la sociedad. Parten de una sociedad ideal para después inferir cuál debe ser la función del historiador en esta sociedad. La representación ideológica de la sociedad predetermina la función social de cada sector de la sociedad. Es por esto, por lo anterior y por mucho más que yo descartaría la idea misma de la “función social del historiador”.

Función histórica y disfunción social del historiador

Más que de una función social del historiador, yo preferiría caer en cierta redundancia y hablar de una función histórica del historiador. Esta función histórica no somete al historiador a la sociedad, sino a la historia. Es en la extensa trama histórica, y no en una simple vicisitud social de esa trama, en la que el historiador tendría que buscar el sentido propio de lo que hace.

El sentido propio del oficio de historiador tendría que hallarse más allá del horizonte de cualquier modelo ideológico normativo de sociedad. El historiador no debería justificar o confirmar cierto funcionamiento social, sino más bien cuestionarlo y demostrar sus fallas y perversiones a la luz de la historia. Me atrevo incluso a decir que el historiador tendría que buscar la manera de representar una disfunción social en lugar de limitarse a cumplir una función social propiamente dicha.

No podemos exigirle al historiador que sea socialmente funcional. Más bien tendríamos que pedirle que fuera socialmente disfuncional, que no cumpliera su función social, que no se dejara someter a la sociedad en la que vive, que no fuera una pieza más de la máquina social. Deberíamos pedirle al historiador, en otras palabras, que no adecuara su trabajo a la extrema estrechez de su contexto social, sino sólo a la ilimitada extensión del contexto histórico.

Dar testimonio de la historia

El historiador tendría que empezar por dar testimonio de la historia. La historia, el hecho mismo de la historia, es lo primero que el historiador tendría que retener y proclamar una y otra vez, día tras día, para que no se nos olvide. Al recordarnos incesantemente que hay un pasado que fue diferente del presente, el historiador nos recordará también constantemente que hay un futuro que puede ser diferente del presente. Es así como el historiador nos ofrece una posibilidad que refuta categóricamente cualquier ilusión de imposibilidad de cambio. El cambio no sólo es posible, sino real e inevitable, y es por esto mismo, de hecho, que se requiere del oficio de los historiadores. Si no hubiera estos especialistas de lo cambiante, ¿quiénes podrían ocuparse del cambio mismo de las cosas que cambian con el tiempo?

Al ocuparse de la transformación histórica en el tiempo, los historiadores contradicen la eternización ideológica del presente. No hay nada eterno para los historiadores. Ellos saben muy bien que no hay instituciones sociales o culturales que sean resistentes y refractarias a la historia, que todo puede ser transformado con tiempo y con paciencia, que todo es endeble y mortal, que podemos destruirlo todo, incluso aquello que se nos presenta como eterno, como es el caso ahora del sistema capitalista liberal. En la honda perspectiva de la historia, este sistema no puede ser más que uno entre otros y habrá de extinguirse al igual que los demás. No hay nada que lo haga inmune al paso del tiempo. No hay que lo proteja de la historia. Esta historia barrerá el capitalismo así como dispersó el feudalismo.

El historiador nos recuerda que hubo un feudalismo que se creyó eterno, que antes de él hubo ya otras eternidades tan ilusorias como la suya y que la supuesta eternidad capitalista liberal no es más que una más en la lista. El capitalismo liberal quizá merezca un capítulo en los libros de historia, pero no será el último, no puede ser el último, salvo si el mismo capitalismo acaba con la humanidad y con la historia. Sin embargo, en este caso, no habría ya libros de historia.

Libros de historia

Mientras haya historia e historiadores, debe haber distintos capítulos y diferentes épocas. Nuestra época no es la única. Tampoco nuestra sociedad es la sociedad. El historiador nos recuerda otras sociedades y así abre al fin el horizonte de la nuestra. Digamos que abre una ventana en los muros de nuestra sociedad para dejarnos ver el paisaje de la historia.

El panorama histórico nos libera de la cerrazón ideológica de nuestra sociedad y nos permite ventilarla e historiarla, contextualizarla y relativizarla, desmintiendo su absolutización, generalización y naturalización. Una sociedad, tal como la concibe el historiador, no puede ser ni punto de referencia, ni línea de horizonte, ni variable independiente, ni base ni marco ni criterio que deba guiar nuestra investigación histórica. Esta investigación definitivamente no puede subordinarse a una función social que más bien debería ser un simple objeto de la investigación histórica.

Más que desempeñar una función social en una sociedad ya dada, los historiadores deberían desempeñar una función histórica en la transformación de la sociedad. Quienes luchan por transformar la sociedad requieren de especialistas en la transformación, la modificación, el cambio. Los historiadores conocen la intriga histórica y la manera en que se atan y desatan los acontecimientos. No podemos poner este inmenso poder al servicio de nuestra injusta sociedad. Mejor emplearlo contra ella y reescribir una historia por la que nuestra sociedad habrá quedado atrás y nuestro presente habrá caído por fin en el pasado.

Necesitamos dejar atrás nuestra sociedad. Hay que pasar al siguiente capítulo. El presente se prolonga demasiado. Ha llegado el momento de que el presente se haga pasado y cobre la significación de lo que habrá sido en el futuro. Esto es lo que uno esperaría también de los historiadores: que nos distanciaran de nosotros mismos y que así nos ayudaran a rebasarnos, a sobreponernos a lo que somos, a darnos la espalda y atrevernos a seguir adelante.