Psicología de amos y análisis de esclavos

Featured image Presentación del libro Lacan, discurso, acontecimiento: nuevos análisis de la indeterminación textual (publicado en inglés por Routledge y en español por Plaza y Valdés), los días lunes 23 de marzo 2015 en el auditorio de la Facultad de Psicología de la UMSNH (Morelia), martes 24 de marzo en el auditorio Adolfo Chacón Gallardo de la Facultad de Psicología de la UAQ (Querétaro) y miércoles 25 de marzo en el auditorio Luis Lara Tapia de la Facultad de Psicología de la UNAM (Ciudad de México). Se contó con la participación de Ian Parker en las tres presentaciones. También participaron Javier Dosil y Alfredo Huerta en la UMSNH, Raquel Ribeiro, Isaí Soto, Gregorio Iglesias, Carlos García y Tania González en la UAQ, y Néstor Braunstein y Ricardo García en la UNAM. David Pavón-Cuéllar

Introducción: método anti-psicológico para la psicología 

Hay al menos dos grandes motivaciones anudadas en el origen de nuestro libro. Una de ellas es el deseo de hacerles un regalo maldito a nuestros colegas psicólogos. Les obsequiamos una canasta de recursos teóricos lacanianos para que sean utilizados en la psicología, pero nos aseguramos de que estos recursos no puedan ser psicologizados ni pierdan su carácter anti-psicológico. Lo que ofrecemos, en otras palabras, es un método que no pueda servirle a la psicología sin cuestionarla, que no pueda ser útil sin ser perturbador, que no pueda ser analítico y crítico sin ser autocrítico y reflexivo.

Evidentemente nuestro método no obedece a un deseo perverso de hostigar a los psicólogos ni mucho menos a una intención de favorecer al bando psicoanalítico en su eterna lucha contra el bando psicológico. No pienso traicionar el pensamiento de Ian Parker al decir que desconfiamos tanto del psicoanálisis como de la psicología, y si en algún momento cuestionamos la psicología, lo hacemos como psicólogos, y no lo hacemos por el gusto de hacerlo, sino porque pensamos que la psicología puede llegar a cumplir funciones que se oponen a nuestra posición en ciertas luchas políticas. Es por estas luchas, por ellas y por el papel de la psicología en ellas, que desarrollamos un método que ciertamente desafía la teoría psicológica.

Digamos que nuestra crítica teórica estuvo también motivada por cierto proyecto de práctica política. Esto nos hace llegar a la segunda gran motivación de nuestro libro, la cual, de hecho, está en el fundamento de la primera motivación. El propósito de crítica teórica, en efecto, está fundado en un objetivo de práctica política. Me refiero a nuestro deseo impaciente del acontecimiento, de la ruptura histórica, de la transformación radical de la sociedad.

Acontecimiento 

El acontecimiento da un sentido al análisis. ¿Para qué nos molestaríamos en describir analíticamente un texto, una tarea bastante árida en sí misma, si no fuera para transformar al menos algo en el mundo? El fin transformador no sólo sirve para evitar el aburrimiento de un análisis de discurso limitado a la reproducción parafrástica y tautológica de lo analizado, sino que también permite conjurar los peligros de un trabajo analítico cerrado al acontecimiento.

Estoy pensando particularmente en la responsabilidad criminal del mundo académico en la reproducción de nuestro mundo injusto en que vivimos. Por un lado, al describir este mundo una y otra vez, los buenos investigadores lo vuelven cada vez más banal y natural, nos acostumbran a él, hacen que su horror deje de sorprendernos y sublevarnos, y es así como lo fortalecen, le dan cada vez más consistencia y realidad, contribuyen a que olvidemos que todo podría ser diferente y hacen que lo que es se desarrolle a costa de lo que podría ser. Por otro lado, al comprender este mundo injusto, los investigadores, en cierto modo, justifican su injusticia, lo vuelven comprensible, imprimen cierta racionalidad en él y así hacen que pase desapercibido su carácter absurdo, irracional, incomprensible, injustificado, inadmisible.

Negándose a comprender y diferenciándose así del análisis de contenido, nuestro análisis lacaniano de discurso está negándose a cumplir con la función académica de comprender lo incomprensible, racionalizar lo irracional, justificar lo injustificable, perdonar lo imperdonable. Al mismo tiempo, al no limitarse a describir y al deslindarse así del análisis convencional de discurso, nuestro método crítico está optando por la transformación en lugar de la reproducción, por la función revolucionaria y no por la conservadora, por la apertura y no la cerrazón hacia el acontecimiento.

No hay metalenguaje 

Nuestro análisis pretende abrirse al acontecimiento. ¿Y cómo lo hace? De muy diversas maneras, pero ahora me gustaría sólo referirme a una de ellas, a saber, la exclusión de cualquier posible metalenguaje. Esto supone, en la teoría lacaniana, que sólo hay un lenguaje, y que no podemos ubicarnos fuera de él, en un metalenguaje, para analizar alguna de sus manifestaciones discursivas. El discurso analizado no puede objetivarse ni analizarse objetivamente desde el exterior, pues tal exterior no existe.

No hay manera de situarse al exterior del sistema económico y de su estructura ideológica. El capitalismo no termina en las puertas del mundo universitario, sino que se continúa en su interior. Los pasillos universitarios son una continuación de las calles en las que se vive y se circula, se protesta y se reprime. Estamos en la misma sociedad. No hay discontinuidad entre las plazas públicas y los auditorios universitarios.

Por más autónoma que sea o pretenda ser la universidad, nuestros cubículos y salones de clase no están fuera del mundo en que vivimos. Este mundo injusto, este único lenguaje con sus manifestaciones discursivas, no puede analizarse desde un exterior académico, sino sólo desde su propio interior, desde una posición específica en él: una posición histórica, económica y política, social y cultural. Ya estamos posicionados en el mundo y nuestro análisis está situado en el mismo nivel que lo analizado. Nuestro análisis es también un discurso y no puede ser únicamente científico, sino que es también ideológico y político.

Nuestro análisis es un discurso analizante que puede lidiar con el discurso analizado, luchar contra él o aliarse a él, profundizarlo o completarlo, cuestionarlo o radicalizarlo, pero no distanciarse de él para observarlo, escudriñarlo, retratarlo, describirlo y comprenderlo. No podemos aspirar a ninguna clase de neutralidad, objetividad o verdad entendida como correspondencia con la realidad. Nuestra verdad forma parte de la misma realidad, y como todo lo que hay en esta realidad, sólo puede verificarse por su fuerza o por su poder, por sus efectos reales y no por su adecuada representación o descripción de la realidad. Es por esto, precisamente por esto, que nuestro análisis no puede resignarse a ser descriptivo, sino que debe aspirar a ser transformador. Tan sólo al transformar, al tener ciertos efectos, podrá llegar a demostrar su verdad. En el momento del análisis, esta verdad aún está pendiente. Le falta su verificación futura. De ahí que la verdad, en su concepción lacaniana, solamente pueda llegar a decirse a medias. La mitad faltante estriba en lo que no es ni ha sido, pero habrá sido retroactivamente gracias al análisis acertado.

El análisis tan sólo acierta cuando sabe cómo adecuarse a la realidad, operar en el único lenguaje sin metalenguaje y acoplarse a su estructura para conseguir la transformación en la que estriba su efectividad y su veracidad. Esto le exige al discurso analizante retomar escrupulosamente el discurso analizado para intervenir de la mejor manera en el campo de batalla del lenguaje, de la política y la ideología. Hemos conocido intervenciones magistrales de esta clase en la historia reciente de México. Permítanme referirme a una de ellas.

Fox y Peña Nieto 

En diciembre 2014, durante su visita oficial a Guerrero, Enrique Peña Nieto exhorta literalmente a los familiares de los 43 normalistas desaparecidos a que ya “superen el momento de dolor”. Estas palabras desencadenan una avalancha de reacciones en las redes sociales. En una suerte de análisis de contenido psicológico, se denuncian masivamente los sentimientos y rasgos de personalidad que se atribuyen a nuestro presidente: su hastío, su estúpida insensibilidad, su petulante desprecio hacia los de abajo, su crueldad sádica y su autoritarismo psicopático, perverso, que le hace querer decidir hasta en los sentimientos de sus propias víctimas.

En el centro de tanta buena psicología popular, aparece también el hashtag #YaSuperenlo, el cual, en sí mismo, constituye un valioso análisis de discurso que se atiene a las palabras literales para poner en evidencia todo lo que implican. Ya no intentamos entender el significado, sino que nos damos una ocasión para explicar el significante: superen el momento de dolor, supérenlo, ya supérenlo. Quizá esto no fuera lo que Peña Nieto quiso decir, pero sí fue lo que dijo y lo que escuchamos, lo que resonó y lo que se criticó en las redes sociales.

Me atrevo a decir que el #YaSuperenlo es un caso paradigmático de análisis lacaniano de discurso, no sólo por la manera en que procede al posicionarse y enfrentar sin mediaciones la palabra textual, sino también por lo que busca provocar, el desenmascaramiento del amo, la división del gran Otro, la emergencia de su deseo, la irrupción de la verdad en el nivel de la enunciación y no del enunciado. Todo esto es lo que se provoca desde tiempos inmemoriales cuando las palabras de los tiranos, de los amos y señores, son escuchadas por los mejores analistas de discurso, por quienes tienen los oídos más agudos, los que no tienen sus canales auditivos obstruidos por su poder, los esclavos y los siervos, las masas oprimidas y marginadas, los niños y los estudiantes, los pueblos colonizados, los locos, las mujeres con el sexto sentido que les permite conocer tan bien todo lo que deben obedecer.

Los dominados no dejan de hacer lo que nosotros pretendemos formalizar en el análisis lacaniano de discurso. Nosotros, académicos, tan sólo podemos tomar la estafeta y continuar lo que han venido haciendo nuestros compañeros y compañeras de lucha con el único recurso del que ellas y ellos y nosotros disponemos: un único lenguaje ideológico-político sin metalenguaje científico-académico. El método será el mismo, pero justificado teóricamente y afinado conceptualmente, aunque también quizás, en algunos casos, reconducido a las batallas particulares a las que nos enfrentamos en el campo académico.

Psicologías 

Por ejemplo, cuando llevamos las palabras de Peña Nieto a nuestra batalla en la trinchera de la psicología crítica, podremos emplear nuestro análisis lacaniano de discurso para mostrar cómo la exhortación textual a “superar el momento de dolor” es un buen ejemplo de psicologización de la realidad. En el discurso de Peña Nieto, el crimen de Estado, los asesinatos y desapariciones, se ve simpáticamente psicologizado, reducido a un estado mental, a un sentimiento momentáneo, a un “momento de dolor”. Es como si todo hubiera ocurrido en la cabeza, lo cual, por cierto, fue confirmado por otro aprendiz de psicólogo, Vicente Fox, quien recientemente le explicó a los familiares de los normalistas, con el mismo tono autoritario, que “no podían vivir eternamente con ese problema en su cabeza”.

Puesto que todo ocurrió aparentemente en la cabeza de los familiares de los normalistas, ahora entendemos quizá mejor por qué han desaparecido los 43. Han de estar bien escondidos en las circunvoluciones cerebrales o en los laberintos mentales de sus familiares. Es un “problema en la cabeza”, como dice Fox, y por lo tanto deberíamos dejar que fuera solucionado por los especialistas de la cabeza, por las psicólogas y los psicólogos, y no por los policías honestos, que de cualquier modo no los hay en México, ni por los luchadores sociales, que andan buscando afuera lo que sólo está dentro de ciertas cabezas.

Según la psicología de Fox y de Peña Nieto, el Estado mexicano sólo es culpable de hacer pasar un “momento de dolor” y de causar un “problema en la cabeza”. No hubo nada más. No hubo ni seis asesinatos ni un desollamiento ni 43 desapariciones forzadas. No hubo este crimen sistemáticamente realizado por nuestro narcogobierno, con monitoreo constante de la Procuraduría General de la República y con la confirmada complicidad de los militares y participación activa de policías federales y no sólo municipales. Todo esto no ocurrió. Fue sólo una pesadilla o un delirio en las cabezas de los familiares. Fue únicamente un problema psicológico, un problema en la cabeza, un momento de dolor.

Conclusión: aficionados y profesionales de la psicología

Espero que mi esbozo de análisis, además de ilustrar un aspecto puntual de nuestro método, haya mostrado el riesgo de complicidad entre la psicología y los poderes que nos gobiernan. Me permitiré subrayar, para concluir, que la psicologización de los problemas económicos y sociales, convertidos en momentos de dolor u otros problemas en la cabeza, no sólo sucede en el Cártel de Los Pinos, sino que es una constante en las facultades de psicología de todo el mundo. Los psicólogos profesionales, con su autoridad científica y académica, legitiman así las justificaciones psicológicas de gente de la calaña de Fox y Peña Nieto. Ésta es tan sólo una de las razones por las cuales Ian Parker y yo, junto con los demás colaboradores y colaboradoras de nuestro libro, hemos querido hacer un regalo maldito a la disciplina psicológica.

La psicología se ha caracterizado tradicionalmente por tener una muy buena relación con las clases dominantes. Estas clases, como ya lo notaba Plejánov hace más de un siglo y como sigue notándolo Ian Parker hoy en día, siempre han sido aficionadas a la psicología. Siempre han mostrado una suerte de aptitud psicológica seguramente favorecida por su dedicación casi exclusiva al trabajo intelectual, su falta de experiencia en el trabajo manual, su desconocimiento de las necesidades corporales primarias y su distancia con respecto a todo lo que ocurre fuera de sus cabezas. Las clases dominantes siempre han tenido tiempo de repasar cada una de sus acciones y reacciones, preocuparse por sus interacciones y comunicaciones, y escudriñar su alma, sus ideas, sus pensamientos y sentimientos, sus deseos y aspiraciones, sus emociones y sus demás estados de ánimo. Quienes dominan siempre han hecho así aquello mismo en lo que se especializan los psicólogos. Así como este lujo de amos es la actividad principal de la psicología dominante, así nuestro análisis lacaniano de discurso, como lo hemos visto, pretende ofrecer algunas estrategias de esclavo a la psicología crítica. Se trata, en definitiva, de llevar un poco de lucha de clases al interior del ámbito de la psicología.

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Lacan, lector de Marx

Defensa de la tesis doctoral “Lacan, lector de Marx” (en francés)

Discours de soutenance de la thèse « Lacan, lecteur de Marx »

David Pavón-Cuéllar

Doctorat en Philosophie à l’Université de Rouen

Directeur: Jean-Pierre Cléro. Membres du jury: Hélène L’Heuillet, Patrick Landman et Christian Laval. Soutenance: Université de Rouen, le mardi 25 juin 2013. Mention « très honorable avec les félicitations du jury ». 

Avant de commencer, je tiens à remercier les membres du jury pour leurs lectures, leurs pré-rapports et leur présence aujourd’hui, ainsi que mon directeur de thèse, Jean-Pierre Cléro, pour sa disponibilité, son accompagnement, son aide, son soutien et sa patience inépuisable tout au long de cette recherche qui s’est poursuivi pendant plus de sept ans.

Plutôt que de résumer l’ensemble de ma thèse qui a été portée à votre connaissance, je souhaiterais, pour commencer, déployer l’éventail des circonstances, des raisons et des motivations qui ont impulsé sa mise en œuvre, ce qui me permettra ensuite d’en exposer la conception, la méthode et les résultats les plus remarquables.

Ma thèse matérialise la rencontre de mes passions respectives pour Marx et pour Lacan, pour le marxisme et pour la psychanalyse. De ces deux passions divergentes et presque opposées, la plus ancienne est celle qui m’attache à Marx et au marxisme. Elle remonte à mon premier engagement, en tant que lycéen et étudiant, d’abord dans des mouvements sociaux proches du marxisme, puis dans une organisation maoïste, ensuite dans le Front Zapatiste de Libération Nationale du Mexique et finalement dans le milieu des partis communistes. À une certaine époque, je ne lisais que du Marx, du Lénine et du Mao, et je ne me permettais de juger quoi que ce soit que dans le vieux jargon du marxisme. Au bout de quelques années, sous l’influence de mes études et des idées zapatistes, je me suis éloigné du marxisme le plus doctrinaire et intransigeant. Néanmoins, si j’ai modéré mes jugements et diversifié mes lectures, je n’ai jamais cessé de me passionner pour Marx et pour le marxisme.

Ma passion pour Lacan et pour la psychanalyse est plus récente. Elle s’est éveillée à l’université, pendant mes études en psychologie, et après avoir lu Althusser, ainsi que Braunstein, Sastre et d’autres auteurs latino-américains qui faisaient une critique de la psychologie en s’inspirant des idées marxistes et freudiennes, lacaniennes et althussériennes. Dans une tradition différente, il y avait aussi le britannique Ian Parker, dont le projet de psychologie critique discursive n’était pas seulement fondé sur Foucault et Derrida, mais également sur Marx et Trotsky, Freud et Lacan.

Donc on peut dire que le rapport entre Marx et Lacan était déjà essentiel pour moi dès mes premiers contacts avec la psychanalyse lacanienne. Or, à l’époque, j’imaginais que ce rapport allait de soi, qu’il n’était pas du tout problématique. Je croyais également, ce qui était encore plus naïf, que la meilleure manière de m’occuper de ce rapport c’était de faire un doctorat en psychologie sociale. C’est d’ailleurs ce que j’ai fait à l’Université de Saint-Jacques-de-Compostelle, en Galicie, Espagne. À la fin j’ai soutenu une thèse où j’analysais le discours de l’Armée Zapatiste. Grâce à l’ouverture de mon directeur de recherche, José Manuel Sabucedo, j’ai pu utiliser une méthode inspirée en partie de l’analyse critique de discours développée par Ian Parker, laquelle s’inspirait à son tour du marxisme et de la psychanalyse lacanienne. Lacan et Marx était présents partout dans ma thèse, mais leur rapport n’allait plus de soi. Ils étaient séparés et souvent confrontés un à l’autre.

Comme c’était à prévoir, la psychologie sociale m’a un peu déçu. J’y ai trouvé surtout une sorte d’insensibilité constitutionnelle à l’égard de tout ce qui m’intéressait chez Marx et Lacan. Ceci m’a décidé à faire des études parallèles en psychanalyse, pour Lacan, et en philosophie, pour Marx. J’ai commencé par un master de philosophie à l’Université de Porto. Puis je me suis installé en France, où j’ai pu enfin me concentrer sur la psychanalyse. En plus d’une dizaine d’années d’assistance à des présentations de malades et à des enseignements dans le cadre de sections et antennes cliniques, j’ai fait un master en psychanalyse sous la direction de François Regnault et j’ai travaillé comme chargé de cours dans le département de psychanalyse de Paris 8. Tout cela m’a permis d’avoir de précieux interlocuteurs et d’être bien accompagné dans ma lecture de Lacan, mais ce n’était pas assez.

Au moins dans les milieux où je me développais, Marx n’était qu’un auteur lu par Lacan, une référence de plus, secondaire d’ailleurs, qui n’intéressait que pour mieux comprendre certains concepts lacaniens. Il s’agissait aussi de répéter encore et encore que Lacan avait eu raison là où Marx avait eu tort. Il ne fallait surtout pas approfondir là-dessus. Bien évidemment, il y avait des exceptions remarquables, mais l’environnement intellectuel, en général, n’était pas très favorable à rapprocher ou contraster le marxisme et la psychanalyse lacanienne dans un rapport d’égalité, en prenant Marx au sérieux, sans se précipiter à le subordonner à Lacan.

C’était comme si, à force de s’occuper de Lacan, il ne restait plus beaucoup de temps pour Marx. Ceci est d’ailleurs légitime et compréhensible, puisqu’il s’agissait de gens qui avaient déjà fait le choix de Lacan. Moi, au contraire, je ne pouvais pas concevoir de choisir Lacan au lieu de Marx, la psychanalyse au lieu du marxisme. J’étais encore marxiste, et mon choix, s’il y en avait un, c’était celui de Marx et Lacan.

Si j’acceptais volontiers la maxime de pas Marx sans Lacan, c’était à condition d’y ajouter : pas Lacan sans Marx. Je me suis même engagé dans une voie assez dangereuse, et peut-être sans issue, que j’ai appelée marxisme lacanien. Certes, c’était aussi aller trop vite, mais ça indiquait simultanément une hésitation qui me paralysait. Le fait est que je n’arrivais pas à trancher entre Marx et Lacan. Ce dilemme n’était pas du tout réglé pour moi. Il fallait encore s’y arrêter, s’attarder sur le rapport entre Marx et Lacan, approfondir dans la lecture de Marx par Lacan. C’est précisément ce que j’ai voulu faire dans ma thèse.

Je me suis refusé à faire une thèse en psychanalyse, car ceci aurait supposé déjà de choisir un camp dès le début. Je me disais que je devais me situer dans un terrain neutre qui ne penche ni pour le côté marxien ni pour le côté lacanien, mais qui soit aussi proche de l’un que de l’autre, qui les concerne tous les deux, et qui ait un rapport étroit et profond avec leurs champs de réflexion. J’ai cru trouver ce terrain dans la philosophie.

On sait que la philosophie n’a cessé d’être mise en œuvre et en question aussi bien par Marx que par Lacan. Tous les deux, en effet, se sont acharnés sur une tradition philosophique dont ils ne pouvaient pas d’ailleurs s’en passer. Même leurs arguments les plus antiphilosophiques ont une portée philosophique. Mais la philosophie n’est pas seulement un point de référence à l’horizon de leurs idées. Ces idées, en fait, ne cessent de se déployer et de se rencontrer dans le terrain philosophique. C’est peut-être là, dans ce terrain, où Marx et Lacan se rapportent le plus souvent l’un avec l’autre. Il m’a donc paru assez justifié d’élucider leur rapport mutuel en me situant dans la philosophie.

Au risque de tomber dans cet impérialisme des philosophes qui réabsorbent dans leur philosophie tout ce qui veut s’en écarter, je partais de la prémisse que le rapport entre Marx et Lacan n’étais pas quelque chose d’étranger et de réfractaire à l’élucidation philosophique. D’où ma décision d’en faire une thèse en philosophie. Une fois que ma décision était prise, j’ai demandé à Monsieur Jean-Pierre Cléro de m’orienter et de m’accompagner dans mon travail de thèse. J’ai pensé à lui parce que je l’avais déjà lu, j’admirais son travail et j’aimais comment il abordait la théorie lacanienne sur le terrain philosophique. Il ne subordonnait pas la philosophie à la psychanalyse. Il ne réduisait pas non plus d’autres auteurs à n’être que des simples références de Lacan. En même temps, la théorie lacanienne était reconnue et préservée dans sa particularité non-philosophique. Elle n’était pas dissoute dans le discours philosophique traditionnel.

J’ai eu l’honneur que Monsieur Cléro s’intéresse à ma recherche et accepte de la diriger. Pour commencer, nous avons décidé que la meilleure manière d’étudier le rapport entre Marx et Lacan, c’était de se concentrer sur la lecture que Lacan fait de Marx. Cette lecture nous permettrait de connaître, non seulement la manière dont Lacan lit Marx, l’interprète, le traduit, l’explique, le critique, le renverse et se sert de lui, mais aussi la façon dont Marx, à son tour, influence Lacan, se fait lire par lui et détermine sa lecture, par exemple en lui imposant les termes de cette lecture ou en attirant son attention sur certains objets.

On s’est vite aperçu que l’influence de Marx sur Lacan était favorisée, de manière décisive, par la particularité de la lecture lacanienne. Quand Lacan lisait Marx ou un autre auteur, il appliquait méthodiquement sa notion prescriptive de ce qu’une bonne lecture doit être, à savoir, une lecture qui s’en tient aux termes de ce qui est lu, qui se limite à ce qui est dit et n’essaie pas de savoir ce qui pourrait vouloir dire, qui se refuse alors à comprendre les signifiants qu’elle rencontre, mais qui se permet de les commenter, de les expliquer en y ajoutant d’autres signifiants. C’est ainsi que les termes de Lacan s’ajoutent à ceux de Marx, lesquels s’incorporent aussi à leur commentaire lacanien. Lacan ne se permet de lire Marx qu’en s’appropriant les propres termes de Marx et en les faisant intervenir systématiquement dans sa lecture.

La méthode lacanienne de lecture part d’un refus catégorique de l’existence d’un métalangage qui nous permettrait de nous situer en dehors de ce qu’on lit pour décrire et pour comprendre ce que cela peut bien vouloir dire. Faute de métalangage,  il n’y a que ce langage où les termes de Marx et de Lacan se rapportent les uns avec les autres. Il n’y a que ce lieu qui est le seul où nous pouvons découvrir la lecture que Lacan fait de Marx. Donc, pour analyser cette lecture lacanienne, il fallait adopter la méthode lacanienne de lecture. Il ne fallait surtout pas employer une méthode philosophique traditionnelle, compréhensive ou herméneutique, où l’on prétendrait clarifier ce que Lacan voulait dire en faisant le commentaire de Marx. Si on avait eu recours à un supposé métalangage pour saisir et récrire le sens que l’on attribuait à la lecture lacanienne de Marx, finalement on ne se serait pas occupé de cette lecture, mais de notre lecture de cette lecture. On ne pouvait atteindre la lecture lacanienne de Marx que dans ce lieu de langage où elle se développait, et en acceptant ses propres conditions, en adoptant ses propres termes, en approchant Lacan à sa manière. Donc on a retourné sur lui sa propre méthode, car cette méthode a été pour nous, de même que pour lui, « la meilleure méthode », celle qui applique au texte –je cite Lacan– « les principes mêmes » de lecture dont le texte « se fait le véhicule ».

Notre analyse a essayé d’appliquer à la lecture lacanienne de Marx les principes mêmes de cette lecture, tout comme cette lecture appliquait aux textes de Marx les principes mêmes de ces textes. En fait, quand on remonte jusqu’aux textes de Marx, on découvre que le principe fondamental qui les gouverne est précisément le refus du métalangage, et que Marx ne se permet de lire les textes de l’idéalisme allemand ou de l’économie politique anglaise qu’en leur appliquant leurs mêmes principes. Déjà le jeune Marx, celui de la Critique de Hegel ou de l’Idéologie Allemande, sait très bien qu’il doit avoir recours à la terminologie hégélienne afin de mettre en question Hegel et discuter avec les jeunes hégéliens de gauche. Puis il s’affronte à Smith, Ricardo, Mill et les autres dans leurs propres termes. Il en fait un critique immanente, comme dirait Althusser.

Bien évidemment, ce n’est pas que Marx applique la méthode lacanienne de lecture. C’est plutôt que cette méthode est une méthode marxiste. D’ailleurs Lacan lui-même le reconnaît explicitement quand il admet –je le cite– que déjà Marx s’était fait une « vie d’enfer », en analysant le « discours naïf du capitaliste », afin de payer « le prix qu’il faut mettre à nier qu’aucun discours puisse s’apaiser d’un métalangage ». Dans sa difficile et douloureuse réfutation du métalangage, Marx aurait été le premier à se rendre compte qu’il n’y avait qu’un langage infernal pour accéder à un discours du capitaliste qui ne se laissait lire que dans ses propres termes. Marx aurait été ainsi l’inventeur de cette méthode que nous appliquons à Lacan et que Lacan applique à Marx. Donc notre méthode serait marxiste et lacanienne, ou marxiste lacanienne, et en l’employant, on aurait mis en œuvre le même rapport entre Lacan et Marx qu’on essayait de mettre en évidence. On l’aurait mis en évidence précisément en le mettant en œuvre !

Je me suis rendu compte de ce détail déterminant dans les derniers mois, seulement après avoir fini la thèse. Je n’arrive pas encore à comprendre pourquoi j’ai pris autant de temps pour m’apercevoir de quelque chose de tellement simple, d’aussi flagrant, clair et central, autour de quoi je tournais continuellement. Ma découverte, si je peux l’appeler ainsi, m’a rempli de joie, pour de nombreuses raisons. En premier lieu, elle montrait que l’on avait réussi à satisfaire une condition essentielle de notre méthode marxiste et lacanienne : la condition d’identité entre la méthode et son objet, entre le contenu et la forme, entre un langage et ce qui n’est pas du tout son métalangage. En deuxième lieu, ma découverte dissipait un soupçon qui me tourmentait dès le début de ma recherche, à savoir, que j’aurais finalement pris le parti de Lacan et que j’aurais cédé sur mon option pour le marxisme, sur mon désir d’engagement avec Marx, dans un plan, celui de la méthode, qui était le plus fondamental d’un certain point de vue. En troisième lieu, je découvrais que j’avais été aussi plus marxiste de ce que j’imaginais, bien avant cette recherche, en employant l’analyse lacanienne de discours que Ian Parker avait proposée et que j’avais employée dans ma thèse de psychologie sociale et dans d’autres travaux. En quatrième lieu, en découvrant le caractère marxiste de la méthode lacanienne de lecture ou d’analyse de discours, j’arrivais à résoudre un mystère qui m’intriguait et que je peux résumer en une simple question. Pourquoi cette méthode émergente que l’on appelait analyse lacanienne de discours était surtout développée et utilisée par des marxistes comme Ian Parker, moi et bien d’autres, quand nous savons très bien que les marxistes se méfient souvent de la psychanalyse et n’ont pas une prédisposition particulière à être lacaniens ? La réponse était sans doute dans la coïncidence entre Marx et Lacan dans leurs méthodes respectives d’analyse et de lecture de textes.

La coïncidence au niveau de la méthode ne pouvait pas être limitée à ce niveau et ne pouvait pas non plus être sans rapport avec d’autres correspondances entre Lacan et Marx que nous avons analysées dans la thèse. Précisément à cause de l’identité entre la méthode et son objet, la coïncidence entre les méthodes lacanienne et marxienne impliquait une correspondance entre leurs objets. La concordance formelle était elle-même une convergence dans le contenu. Comme dirait le jeune Marx, la recherche renfermait déjà son aboutissement. Ceci nous mène, sans aucune transition, de la méthode aux résultats de notre recherche.

Parmi les résultats auxquels nous sommes arrivés, je voudrais maintenant me concentrer sur certains où nous retrouvons ladite coïncidence entre Marx et Lacan. C’est le cas du structuralisme qui aurait été inauguré par Marx et cultivé par Lacan, et qui poserait l’identité du discours avec ses conditions, c’est-à-dire l’appartenance du supposé métalangage à la structure signifiante du langage. Cette structure ne sera sociale ni pour Marx ni pour Lacan. Pour l’un, elle sera économique, alors que pour l’autre, elle sera symbolique. Or, d’après Lacan, le symbolique engloberait l’économique. L’argent ne serait qu’un symbole, un signifiant parmi d’autres, et la structure économique dont parle Marx ne serait que la structure symbolique et signifiante qui est au centre de la théorie lacanienne.

Le structuralisme de Lacan serait ainsi le même que celui de Marx. Dans les deux cas, il s’agirait de la même structure de l’inconscient qui ne pouvait être découverte par Marx et Freud qu’après l’absolutisation du marché dans le capitalisme, après l’impérialisme et la globalisation, une fois que le système symbolique apparaît enfin comme ce qu’il avait toujours été, comme un univers sans extérieur, un Autre sans Autre, un langage sans métalangage, une structure où chaque signifiant renvoie, non pas à une idée ou signification consciente, mais à un autre signifiant inconscient qui renvoie à un autre et ainsi de suite. C’est de cette même façon que les valeurs d’échange ne se rapportent qu’à des valeurs d’échange dans un système capitaliste dont la fermeture est celle du système symbolique de la culture. Impossible d’atteindre ici une quelconque nature ou quelque chose de réel.

D’après Lacan, lui et Marx reconnaissent l’impossibilité du réel dans le système symbolique. Tous les deux peuvent concevoir une situation où il n’y a que du symbolique. Mais ni l’un ni l’autre ne se permettent pour autant de prendre le symbolique pour le réel, et d’identifier, par exemple, à la manière hégélienne, le réel et le rationnel. Un tel idéalisme, fétichisme de l’idée ou du symbole, ne pourrait être accepté ni par Lacan ni par Marx, car tous les deux sont matérialistes. C’est au moins ce qu’ils prétendent. Mais il est vrai que leur matière n’est pas quelque chose de brut, d’informe et d’inerte, mais elle est imprégnée, insufflée et transcendée par l’économique et par le symbolique, par la dialectique et par la logique du signifiant, par la vie et par le désir, par l’action et par l’énonciation, par des flexions historiques et hystériques. Il s’agit de la matérialité d’une pratique et d’un discours, d’un corps qui parle et qui travaille, qui jouit et qui renonce à la jouissance. Au nom de cette matérialité et du matérialisme qui s’ensuit, Marx et Lacan s’opposent à d’autres matérialismes.

Marx critique les interprétations matérialistes contemplatives ou mécanicistes qui ne considèrent ni la pratique ni la dialectique. Lacan dénonce la religiosité des matérialistes qui peuvent croire à la matière jusqu’au point de l’abstraire du symbolique et de la concevoir comme quelque chose d’absolument réel. Dans les deux cas, l’erreur des autres matérialismes réside essentiellement dans une identification hâtive et simpliste du matériel au réel. Cette identification n’est pas du tout ce que l’on trouve dans les matérialismes lacanien et marxien. Dans ces matérialismes, le matériel n’est pas seulement le réel, et le réel n’est pas simplement le matériel.

On sait que le réel de Lacan ne se matérialise que sous des formes irrégulières et résiduelles, disruptives et excessives, comme c’est le cas, tout particulièrement, du symptôme et de ce que Lacan appelle le plus-de-jouir. Or, d’après Lacan, ces deux matérialisations corrélatives et privilégiées du réel auraient été découvertes par Marx. C’est Marx qui aurait vu, le premier, que la vérité du système, le réel du symbolique, ne se manifeste qu’en faisant irruption comme symptôme, tension et crise, contradiction et conflit, émeute ou révolte. C’est aussi Marx qui aurait découvert que la production du système n’est pas seulement la valeur symbolique de la plus-value, mais aussi le coût de cette plus-value, son prix dans le réel, la perte qu’elle implique pour celui qui la produit, sa renonciation à la jouissance, le plus-de-jouir.

Il est vrai que Lacan reproche à Marx d’avoir tenté de calculer ou comptabiliser le plus-de-jouir. Mais c’est précisément cette tentative qui a permis à Marx de cerner le plus-de-jouir en isolant ce qui du réel est irréductible au symbolique, ce qui ne peut ni se calculer ni se comptabiliser ni se transmettre ni s’accumuler dans le système, ce qui ne peut que se perdre, aussi bien pour les capitalistes que pour les travailleurs. Ce résultat est ce qui importe. L’important pour Marx, de même que pour Lacan, ce n’est pas la plus-value gagnée par le capitaliste, mais le plus-de-jouir, ce que personne ne gagne. Si Marx découvre le plus-de-jouir, c’est afin de prouver que le système capitaliste ne convient à personne, car personne n’en profite, tous y perdent, tous en souffrent. Il y aurait un malaise généralisé. C’est à peu près ce que Freud appellerait le malaise dans la culture. C’est ce que Lacan se représente comme un malaise dans le langage. Seulement, pour Lacan aussi bien que pour Freud, ce malaise n’est pas exclusif du système capitaliste. On le retrouve partout dans le langage, partout dans le système symbolique de la culture, pour autant que ce système, en étant symbolique, implique un travail de renonciation au réel de la jouissance.

Lacan admet l’idée freudienne selon laquelle toute culture exige une compulsion au travail et une insatisfaction pulsionnelle. Ce malaise culturel ne pourrait pas être aboli par une révolution comme celle envisagé par Marx et les marxistes. Il y a là évidemment un abîme qui s’ouvre entre Marx et Lacan. L’un est persuadé que le malaise est irrémédiable, tandis que l’autre veut y remédier par une révolution. Il n’y a plus de coïncidence possible entre les deux. Il n’y a même plus de rapport qui ne soit pas le non-rapport, l’écart, la distance pure et simple. C’est l’abîme. Impossible de continuer à chercher des articulations entre les deux bords de cet abîme dans la lecture que Lacan fait de Marx. Je ne pouvais que décrire et expliquer la contradiction, mais j’étais frustré, car ce que je voulais, dès le début, c’était d’approfondir le plus possible dans le rapport entre Marx et Lacan, et là, tout d’un coup, il n’y avait plus de rapport. Si on voulait s’y impliquer, il fallait trancher. Il fallait faire ce que je n’avais pas voulu faire dès le début. Il fallait se décider, soit pour l’optimisme révolutionnaire de Marx, soit pour le scepticisme psychanalytique de Lacan. Et là-dessus, au moins là-dessus, le plus sensé, le plus facile, c’était sans doute de se décider pour Lacan et de conclure que Marx avait été dépassé.

Mais si Marx avait été dépassé dans son optimisme révolutionnaire, alors il aurait été dépassé aussi dans les implications et les fondements de cet optimisme, tout particulièrement dans son humanisme communiste. C’est ce que Lacan laisse entendre quand il ironise à propos de cette conception marxienne d’une essence de l’homme qui pourrait se réaliser pleinement dans le communisme, après la révolution et la dictature d’un prolétariat conçu comme incarnation de l’humanité dans son ensemble et comme classe qui serait l’annulation de toutes les classes et de la société de classes où l’humanité s’aliène. Et c’est vrai qu’on a du mal aujourd’hui à prendre au sérieux ces idées, spécialement dans leur fameuse interprétation par Engels et Lénine, d’après laquelle, suite à la révolution et à la prise du pouvoir par les prolétaires, il y aurait l’extinction naturelle de la société de classes et de l’État, de l’oppression et de l’exploitation, de l’aliénation et de ses effets, y compris le malaise dans la culture.

Il n’y aurait plus de malaise dans le communisme ! Cette idée faisait sourire Lacan. Mais bien avant Lacan, à l’époque de Marx, ici à Rouen, des idées très semblables faisaient déjà sourire Flaubert. On pourrait dire alors que ces idées ont été dépassées depuis longtemps. Et il en va de même pour d’autres idées que l’on attribue à Marx, comme la détermination unilatérale de la superstructure idéologique par la base économique, ou l’écroulement inévitable du capitalisme et l’avènement du communisme qui s’ensuivrait. Toutes ces idées paraissent tellement naïves, simplistes, vieilles, révolues ! Elles confirmeraient, pour certains, que Marx a été dépassé. Or, même en supposant que ces idées soient effectivement révolues et qu’elles soient vraiment celles de Marx et non pas celles de ses lecteurs, est-ce qu’elles suffisent pour conclure que Marx lui-même soit dépassé ?

Peut-on dire que Marx a été dépassé ? On sait que Lacan ne serait pas de cet avis. Il insisterait sur ce qu’il nous a déjà dit : qu’on ne peut pas dépasser Marx, qu’il est indépassable comme tous ceux –je cite Lacan– qui « ont mené leur recherche avec cette passion de dévoiler qui a un objet, la vérité », qui est « toujours neuf ».

Au lieu de prétendre en vain dépasser Marx, il faudrait plutôt dépasser certaines lectures de Marx, celles qui ne lui rendent plus justice. Il faudrait encore lui rendre justice en ouvrant des nouveaux horizons de lecture de son œuvre. Pour ouvrir ces horizons, Lacan nous conseille –je le cite encore– de nous « déplacer à l’intérieur » de l’œuvre de Marx et de nous « guider avec ce qu’il nous a donné comme directions ». C’est exactement ce que Lacan a fait. C’est aussi ce que nous avons essayé de faire avec l’aide inestimable de Lacan et d’autres auteurs. Cette aide nous a servi à nuancer tout ce qu’on lisait ou relisait chez Marx. Tout se présentait à nous sous une forme renouvelée qui n’avait plus rien à voir avec le Marx de ma jeunesse révolutionnaire. Je n’oserais même plus attribuer à Marx ni l’historicisme ni le fatalisme ni l’optimisme révolutionnaire ni le communisme humaniste où il aurait été dépassé depuis longtemps. Comme Lacan, Althusser et d’autres nous l’ont bien montré, Marx lui-même aurait déjà dépassé tout cela. Il se serait déjà dépassé lui-même.

On peut toujours découvrir un Marx qui se dépasse lui-même pour se rajeunir et réapparaître comme notre contemporain. Ce Marx est toujours nouveau. Sa lecture est toujours une découverte. Cette découverte est celle que Lacan fait en s’approchant de ce Marx structuraliste qui est étonnamment d’accord avec lui, ce Marx critique et sarcastique, sceptique et pessimiste, peut-être particulièrement actuel aujourd’hui, ou plutôt hier, car heureusement l’actualité change jour après jour. On sait que celle de Lacan n’a plus rien à voir avec la nôtre. Mais au moins une chose n’a pas changé, c’est qu’il y a encore et toujours du changement, du nouveau, de l’imprévisible, ces surprises que Lacan espérait de l’histoire. Les surprises sont là, maintenant, au Brésil, en Turquie et ailleurs. Certaines surprises donnent raison à Marx et confirment que sa vérité est toujours neuve. D’autres nous font penser plutôt à la lecture lacanienne de Marx. D’autres encore exigent des nouvelles lectures.

Parmi les nouvelles lectures de Marx, il y en a un grand nombre qui s’inspirent de Lacan. Je pense à Badiou, Jameson, Zizek, Butler, Laclau et tant d’autres. Notre analyse n’aurait jamais osé prétendre à faire partie de ces nouvelles lectures. Elle n’en avait même pas l’intérêt. Même si elle comportait une certaine relecture de Marx inspirée par Lacan, son objectif était ailleurs, dans une lecture de la lecture lacanienne de Marx. Seulement, pour faire correctement cette lecture, il fallait la faire à la manière marxiste et lacanienne, ce qui impliquait aussi de la faire à notre manière et de continuer la lecture de Lacan, de lire Marx et non seulement Lacan, de nous écarter de Lacan afin de suivre Lacan. Tel est le paradoxe méthodologique de la thèse, auquel on a déjà fait référence. Je voudrais seulement ajouter, pour finir, que ce paradoxe explique certains problèmes dans le contenu et la forme de la thèse, notamment l’ambigüité de l’oscillation entre la hyper-citation et la surinterprétation, entre l’analyse pointilleux et l’invention hasardeuse, entre le discours de l’université et ceux du marxisme et de la psychanalyse, entre la prétention de neutralité et l’insistance dans le positionnement, entre la rigidité de la structure et son débordement permanent, entre la perspective de Lacan et la nôtre, entre notre analyse de la lecture lacanienne de Marx et notre propre lecture lacanienne de Marx.

Malgré cette oscillation et d’autres problèmes, j’ai confiance que notre thèse pourra servir à ceux qui s’intéressent à la lecture lacanienne de Marx. J’espère qu’ils pourront dégager nos éclaircissements de cette lecture au milieu des zones d’ombre de notre propre lecture. Ce ne sera pas une tâche facile, mais la difficulté ne devrait pas empêcher que chaque lecteur s’y implique avec une autre lecture.