El marxismo del 68

Marx1968

Intervención presentada bajo el título “El 68 fue también marxista” como réplica para la conferencia “El 68 no fue marxista” de Patrick Llored, profesor de la Universidad de Lyon, el miércoles 31 de octubre de 1968, en el marco del Coloquio Internacional Movimientos Sociales: a 200 años de Marx y a 50 de los 68’s, realizado en la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

David Pavón-Cuéllar

El 68 no fue sólo marxista

El 68 no fue sólo marxista. Fue también anarquista y feminista. Fue a veces más bien apolítico, hippie, psicodélico y roquero. Fue simplemente pacifista en sus protestas contra la Guerra de Vietnam o antirracista en el Movimiento por los Derechos Civiles en los Estados Unidos. Fue además espacio de gestación de los futuros movimientos ecologista y homosexual, así como también antecedente directo de la fiesta posmoderna y de su alegre actitud postmarxista o antimarxista. El antimarxismo, de hecho, ya se atisba en algunas trincheras de 1968.

Diversos grupos y movimientos del 68 se deslindaron del marxismo y a menudo lo criticaron y se opusieron a él. Algunas de las referencias y figuras emblemáticas del espíritu sesentayochero no eran marxistas. Es el caso, por ejemplo, de los anarquistas Noam Chomsky en Estados Unidos y Daniel Cohn-Bendit en Francia.

Es claro, pues, que el 68 no fue sólo marxista, sino que fue muchas cosas más, algunas de ellas totalmente diferentes del marxismo y a veces incluso diametralmente opuestas a él. Esto es incontestable.

El 68 fue también marxista

Ahora bien, aunque el 68 no fuera sólo marxista, esto no quiere decir, desde luego, que no fuera marxista. El 68 fue también marxista. El marxismo fue un elemento definitorio del espíritu sesentayochero. Fue tan definitorio que muchos testigos externos y enemigos del movimiento del 68, al igual que algunos de sus participantes, acabaron asimilándolo al marxismo. Tal asimilación resulta ciertamente simplificadora, pero también reveladora, pues nos deja ver la importancia que tuvo el elemento marxista en el espíritu sesentayochero.

El marxismo del 68 se puso de manifiesto en el peso que adquieren figuras como las de los propios Marx y Engels junto con los marxistas favoritos del movimiento: Rosa Luxemburgo y Trotsky, el Che Guevara y Fidel Castro, Mao Tse-Tung y Ho Chi Minh. Estos nombres no dejan de resonar en 1968. Sus rostros respectivos aparecen en todos lados, en mantas y pancartas, en panfletos o periódicos de organizaciones. Sus palabras no dejan de citarse, interpretarse y discutirse.

Un enorme número de sesentayocheros de todo el mundo se identifican a sí mismos y se reconocen o se distinguen unos de otros al presentarse como diferentes clases de marxistas. Muchos aún permanecen fieles a la Unión Soviética y son marxistas-leninistas de corte dogmático y tradicional, pero hay cada vez más que se distinguen de ellos y que los rebasan por la extrema izquierda. Están primeramente los marxistas libertarios anti-leninistas y espartaquistas-luxemburguianos. Al mismo tiempo, la revolución cultural china, que estalló en 1966, hace que se levante una ola de maoístas en todo el mundo. Hay también una extraña proliferación de trotskistas, así como cada vez más gramscianos y guevaristas. Estas diversas corrientes políticas del marxismo dan lugar a organizaciones ultraizquierdistas que se alían o rivalizan y que son protagonistas de muchos de los movimientos y acontecimientos de 1968.

El Mayo Francés, por ejemplo, será protagonizado principalmente por siete organizaciones marxistas de extrema izquierda, todas ellas rivales del más tradicional Partido Comunista Francés. En la trinchera trotskista están Voz Obrera y luego Lucha Obrera, la Federación de Estudiantes Revolucionarios, la Organización Comunista Internacionalista y principalmente la Juventud Comunista Revolucionaria, precedente de la famosa Liga Comunista Revolucionaria. El frente maoísta dispone de las Juventudes Comunistas Marxistas Leninistas y de su derivado, Izquierda Proletaria, vinculada con Louis Althusser. En cuanto al campo marxista libertario y antiautoritario, vinculado con los anarquistas y los situacionistas, cuenta con el fabuloso Movimiento del 22 de Marzo.

Las organizaciones tienen a veces líderes que son tan marxistas como ellas y que habrán de convertirse en íconos del espíritu del 68. Pensemos ahora, como ilustración, en el más conocido sesentayochero alemán, Rudi Dutschke, marxista gramsciano, pero también luxemburguiano y altamente influido por filósofos marxistas occidentales como Ernst Bloch y Marcuse, aunque también paradójicamente por Mao Tse-Tung. Es bajo inspiración maoísta, en efecto, que Dutschke forja su famosa noción de “larga marcha a través de las instituciones” con la que se refiere a una estrategia de infiltración y subversión de los espacios institucionales desde su interior para establecer las condiciones de la revolución.

El marxismo sesentayochero también se evidenció, pues, en los dirigentes marxistas carismáticos, figuras icónicas del 68, así como en la proliferación de grupos de corte marxista y en la forma en que tales grupos englobaron una fracción importante del movimiento estudiantil. Incluso al exterior de los espacios de militancia comunista y socialista, hubo una enorme difusión de Marx y del marxismo entre los jóvenes movilizados en todo el mundo. Lo mismo en Francia que en Alemania, Italia, Japón y México, observamos la generalizada representación de la realidad en términos de lucha de clases o de base y superestructura y el empleo masivo de los apelativos “capitalista” y “burgués” con propósitos insultantes o descalificadores. Todo esto nos permite apreciar un ambiente altamente impregnado por el marxismo. La impregnación es particularmente manifiesta en los ámbitos universitarios y académicos.

El elemento marxista del espíritu sesentayochero es también el de sus referentes intelectuales. Tenemos aquí un marxismo renovado, radicalizado y tan ramificado como el de las tendencias políticas de la época. Mencionemos al menos el marxismo estructuralista de Louis Althusser, el existencialista de Jean-Paul Sartre, el hegeliano de Georg Lukács, el frankfurtiano de Max Horkheimer, Theodor Adorno y especialmente Herbert Marcuse, el historiográfico británico de E. P. Thompson y Eric J. Hobsbawm, el humanista de Ernst Bloch, Erich Fromm, Karel Kosík, Lucien Goldmann y Roger Garaudy, el de la teoría de la dependencia de Celso Furtado, Theotonio Dos Santos, Andre Gunder Frank y Ruy Mauro Marini, los marxismos inclasificables de José Revueltas en México y Takaaki Yoshimoto en Japón. Los pensadores más influyentes del 68 fueron en su mayoría marxistas, quizás heterodoxamente marxistas, pero marxistas, indiscutiblemente marxistas.

El discutible marxismo del 68

Es verdad que también hubo en 1968 influyentes pensadores cuyo marxismo resulta discutible. Pensemos, por ejemplo, en el grupo marxista anti-dogmático Socialismo o Barbarie, particularmente en sus líderes y fundadores, Cornelius Castoriadis y Claude Lefort. Sabemos que ambos, después de haberse opuesto únicamente al marxismo-leninismo estalinista y soviético, tienden a distanciarse de cualquier perspectiva marxista en el curso de los años sesenta. Sin embargo, en la misma época, este distanciamiento del marxismo provoca la escisión de la facción de Pierre Souyri y Jean-François Lyotard, quienes permanecen fieles al marxismo y tendrán un papel importante en el movimiento del 68 en Francia, especialmente a través de la revista Pouvoir Ouvrier.

De cualquier modo, aun en el caso de Lefort y Castoriadis, el punto de partida y el impulso vital de su pensamiento, así como su fundamento y su marco de referencia, no dejan de ser profundamente marxistas. Es lo mismo que ocurre, aunque de modo aún más notorio, con Guy Debord, cabeza de una Internacional Situacionista que jugará un papel decisivo en el Mayo Francés. Nadie pondrá en duda que Debord funda sus ideas fabulosas en ideas muy precisas del propio Marx, en el proyecto original de Socialismo o Barbarie, en la crítica de la vida cotidiana del marxista humanista Henri Lefebvre, en el freudomarxismo surrealista y en la perspectiva marxista occidental de Georg Lukács y Karl Korsch. Todos estos materiales, aunque provenientes del marxismo, ya son de por sí relativamente incompatibles con el marxismo-leninismo, pero se articulan además de un modo tan original y con un estilo tan innovador y provocador que resultan desconcertantes y completamente irreconocibles para marxistas rígidos, convencionales y sensatos, por no decir tontos y aburridos, como los que predominan en las estructuras y dirigencias del Partido Comunista Francés (PCF) y de su tentáculo sindical, el de la Confederación General del Trabajo (CGT).

Los viejos comunistas franceses vieron a los situacionistas sesentayocheros con desprecio y desconfianza. No los tomaron en serio. No supieron aprender todo lo que habrían podido enseñarles. No pudieron encontrar en ellos más que ideología burguesa e izquierdismo anarquista. No fueron capaces de vislumbrar su marxismo tan auténtico y tan consecuente, aun cuando ahí estaba, no sólo presente, sino demasiado presente, desbordante, ampliado y profundizado, aunque ciertamente marcado por su orientación libertaria e imbricado con elementos anarquistas y con las ideas no-marxistas o para-marxistas de otros grandes exponentes del situacionismo, entre ellos el famoso Raoul Vaneigem.

Marxismo y anarquismo

El 68 consiguió liberar al marxismo de mucho de lo que impedía su reconciliación con el anarquismo. Esto fue posibilitado por la fuerza que adquieren marxismos libertarios, anti-dogmáticos y antiautoritarios, como el espartaquista-luxemburguiano, el consejista, el de Socialismo o Barbarie o el situacionista. Sin embargo, en el fundamento mismo de la opción por estos marxismos y de la reconciliación con el anarquismo, lo decisivo fue el espíritu mismo del 68, su carácter insumiso y subversivo que lo hace desafiar cualquier poder opresivo y desembarazarse de todo aquello que lo contrapone al anarquismo, como el burocratismo, el autoritarismo, el verticalismo, el vanguardismo y el despotismo que reinan lo mismo en los Partidos Comunistas que en la Unión Soviética y en otros países socialistas.

En cualquier caso, el eterno conflicto y malentendido entre marxistas y anarquistas, que viene desgastándolos desde el triste final de la Primera Internacional y que asegura la fatídica división del movimiento mundial anticapitalista, parece llegar a superarse entre algunos sesentayocheros. Esto provoca la incomprensión de los viejos patriarcas del comunismo y del anarquismo. Es algo que se aprecia muy bien en el Congreso Anarquista Internacional de Carrara, que se realiza entre el 31 de agosto y el 5 de septiembre de 1968 y en el que se crea la Internacional de Federaciones Anarquistas (IFA). Vemos oponerse entonces la tradicional posición antimarxista, representada principalmente por el viejo Maurice Joyeux, y la emergente postura pro-marxista, personificada por el joven sesentayochero Daniel Cohn-Bendit. La oposición entre estas dos posturas nos dice mucho de la relación entre el marxismo y el anarquismo en 1968 y merece que nos detengamos un momento en ella.

El viejo Joyeux se opone violentamente a cualquier alianza con la “podredumbre marxista” y acusa a los exponentes del marxismo libertario sesentayochero de “merodear en torno al movimiento libertario como putas en torno a los bares”. En respuesta, después de corear varias veces con sus compañeros “vive les putains!, ¡viva las putas!, ¡viva las putas!”, Cohn-Bendit expresa elocuentemente el espíritu sesentayochero cuando afirma: “hemos de abandonar el falso dilema anarquistas o marxistas y plantear el dilema: revolucionarios o no”, y continúa con firmeza: “el movimiento revolucionario tiene que basarse en la autogestión, en los consejos obreros, en el rechazo de la dirección, tanto si la ejerce un partido comunista como si lo hace una federación anarquista”.

Después de terminar su maravilloso discurso, Cohn-Bendit abandona la sala con su grupo de jóvenes, quienes corean ahora: “Vous êtes des anciens combattants!”, “¡Son ustedes unos viejos combatientes!”. Los viejos combatientes se quedan en la sala y el encargo de responder cae en otra anarquista de edad, ni más ni menos que la veterana y exministra de la República Española Federica Montseny, la cual, en tono condescendiente y casi materno, dice con respecto al discurso de Cohn-Bendit: “yo pensaba igual que él cuando tenía veinte o treinta años”.

El meollo del asunto es, pues, la brecha generacional. Quizás Montseny tenga razón. Hay algo en su generación que suele impedirle comprender a esos jóvenes del 68 que intentan ahondar en sus convicciones marxistas y anarquistas para superar sus diferencias y para cumplir así con sus propósitos. Esto es también el espíritu sesentayochero, el espíritu que muchos hemos perdido y cuya pérdida nos mantiene derrotados al mantener el conflicto estéril e interminable entre quienes van ocupando sucesivamente las posiciones de los viejos marxistas y de los viejos anarquistas, ya sean comunistas y libertarios, populistas y trotskistas o hasta morenistas y zapatistas. Unos y otros no dejan de tropezar entre sí, boicoteándose constantemente los unos a los otros, mientras el capitalismo va ganando terreno y anulando todas las conquistas pasadas.

Mucho de lo que sufrimos hoy en día proviene de la incomprensión del espíritu del 68. El espíritu, incomprendido, terminó derrotado por la misma incomprensión. Lo viejo triunfó sobre lo nuevo. El movimiento revolucionario fue neutralizado por el reflujo reaccionario. Este reflujo revistió muchas formas diferentes, pero todas ellas muestran una total incomprensión ante los diferentes aspectos del espíritu del 68, entre ellos su elemento marxista.

Marxismo y marxismo

La incapacidad para comprender no sólo afecta severamente a los viejos anarquistas de la época, sino también a los viejos marxistas. Ya mencionamos a los dinosaurios del Partido Comunista Francés que no fueron capaces ni siquiera de vislumbrar, al menos al principio, toda la radicalidad marxista de los jóvenes sesentayocheros, tanto los situacionistas como los ultraizquierdistas, los trotskistas, los maoístas y los anti-autoritarios luxemburguianos. Exactamente lo mismo ocurre en los Estados Unidos, en México y en Checoslovaquia. Detengámonos un momento en cada caso.

En el contexto estadounidense, los viejos comunistas van a tildar burlonamente de “groucho marxistas” a los yippies del Partido Internacional de la Juventud. Y sí, claro, es verdad que el marxismo de los yippies es discutible, por decir lo menos. Jerry Rubin, de hecho, está más próximo al anarquismo. Sin embargo, cuando lo escuchamos, a menudo sentimos que su discurso está mucho más cerca del marxismo, y sus héroes, no por casualidad, son Fidel Castro, Mao Tse-Tung y Ho Chih Min.

Por su parte, el otro yippie más famoso, Abbie Hoffman, se describe como un anarco-comunista, pero todo su pensamiento está bajo la influencia indirecta de Marx y directa de Marcuse, y, según él mismo dice, quiere combinar los estilos de Andy Warhol con Fidel Castro, lo que no está nada mal. Hay aquí nuevamente un impulso a transgredir, subvertir y unir lo aparentemente incompatible: un impulso que pudo llegar a ser liberador para el marxismo. Si esto no sucedió, fue por la disolución y recuperación del espíritu del 68, aunque también, insistamos, por la incomprensión en la misma izquierda.

Más al sur, en el contexto mexicano, hay también múltiples ejemplos de la misma incomprensión, pero me gustaría ceñirme a uno que nos relata Roger Bartra y que me parece particularmente significativo. El protagonista fue el viejo marxista Vicente Lombardo Toledano, quien siempre estuvo en la órbita del gobierno posrevolucionario, ya fuera como político del ala izquierdista del Partido Revolucionario Institucional (PRI) o como primer secretario general de la central sindical oficialista Confederación de Trabajadores de México (CTM) o como dirigente del paraestatal Partido Popular Socialista (PPS). El primero de octubre de 1968, exactamente un día antes de la matanza de Tlatelolco, Lombardo Toledano quiso reprender con severidad a los jóvenes marxistas sesentayocheros y los acusó de presentarse como “reformadores del marxismo para calumniarlo” y de abrir paso a una nueva izquierda “por un camino que no es el del marxismo-leninismo”. Quizás no fuera, en efecto, la vía leninista clásica, sino algo que Lenin habría juzgado un infantilismo de izquierda precisamente por insistir en el atajo y evitar cualquier tipo de rodeo.

Lo seguro es que el camino de los sesentayocheros no era la senda tortuosa que siguió Lombardo Toledano hasta la cima del poder. Pero esto no quiere decir que no fuera el camino del marxismo, aunque un camino tal vez efectivamente demasiado recto, demasiado consecuente, demasiado juvenil y hasta infantil para ser comprendido por el venerable anciano Lombardo Toledano, el cual, por cierto, falleció en el mes de noviembre de 1968, tan sólo unas semanas después de reprender a los jóvenes a los que masacraron en Tlatelolco y a los que no supo comprender. Tenemos aquí, una vez más, la incomprensión de un viejo ante el espíritu del 68 y su elemento marxista.

La vejez que le achaco al viejo Lombardo Toledano, lo mismo que al viejo Maurice Joyeux o a los viejos comunistas franceses y estadounidenses, no es evidentemente una vejez biológica, sino histórica, simbólica, ideológica. Es la vejez que nunca fue sufrida ni por Salvador Allende, el viejo joven, como él mismo se caracterizaba, ni por otros dos marxistas que supieron comprender muy bien el marxismo sesentayochero mexicano. Me refiero, desde luego, a Elí de Gortari y especialmente José Revueltas, los cuales, aunque bien cargados respectivamente con 50 y 54 años a cuestas, dieron prueba de una juventud que les hizo vibrar con el espíritu del 68 hasta pagar las consecuencias y terminar encarcelados en Lecumberri.

Hay alguien más a quien deseo referirme, ahora un checoslovaco, alguien que tampoco era precisamente joven de edad biológica, pero que fue históricamente joven al comprender muy bien el marxismo sesentayochero. Estoy pensando en Alexander Dubček, el principal artífice del 68 de Checoslovaquia, de la Primavera de Praga y del Socialismo con rostro humano. Los viejos marxistas checoslovacos y soviéticos acusaron a Dubček y a sus compañeros de no ser auténticos marxistas y de traicionar el marxismo. Lo cierto es que no podían evidenciar ni mayor autenticidad en sus convicciones marxistas ni mayor insistencia en su fidelidad al marxismo, como lo muestra claramente el Programa de acción de abril de 1968, en el que se resumen los principios de su propuesta de Socialismo con rostro humano.

¿Qué leemos en el mencionado Programa de acción? Leemos que “se estimulará el desarrollo del pensamiento marxista”, que “el concepto marxista-leninista del desarrollo del socialismo” debe ser “principio rector”, que “la gestión política” de este concepto es condición para “el correcto desarrollo de nuestra sociedad socialista” y que la “ciencia marxista” dará la fuerza que “permita preparar condiciones científicas responsables para tal programa”. Se insiste así una y otra vez en la profesión de fe marxista. Nada malo hasta aquí. El problema es que también leemos en el mismo programa que las “propias experiencias y el mismo conocimiento científico marxista” los han llevado a la conclusión de que su objetivo de plenitud personal y vital “no puede lograrse por viejos caminos, al usar medios que han sido métodos obsoletos y duros, que siempre nos están arrastrando”, y es por eso que deciden “abrirse camino a través de condiciones desconocidas, experimentar, darle un nuevo aspecto al desarrollo socialista”, incluso “profundizar el socialismo”, y siempre “apoyándose en un pensamiento marxista creativo”.

La creatividad es todo el problema del marxismo de los sesentayocheros de Checoslovaquia. Dubček y sus compañeros continúan siendo marxistas, auténticamente marxistas, insistentemente marxistas, apasionadamente marxistas, pero lo son de un modo creativo, innovador, nuevo, como sus compañeros de México, Francia y Estados Unidos, lo que les vale ser incomprendidos y finalmente invadidos por la Unión Soviética y por las demás naciones del Pacto de Varsovia. Esta vez la incomprensión del marxismo del 68 se traduce en tanques y metrallas. Mejor disparar en lugar de intentar comprender, lo que provoca la indignación de partidos comunistas como el italiano, el francés y el finlandés, y así termina preparando el terreno para el surgimiento del eurocomunismo no alineado con la Unión Soviética.

Entre la incomprensión y el reconocimiento del marxismo del 68

No fue solamente la Unión Soviética la que pagó muy cara la incomprensión del marxismo sesentayochero. Esta incomprensión, en realidad, ha sido costosa y perjudicial para todos los que se nutren de la herencia de Marx y de sus seguidores. Todos nos hemos quedado como paralizados y atrapados en el 68 y en sus consecuencias.

El inmenso legado marxista llegó en 1968 a una encrucijada histórica decisiva de la que dependía su destino: o se desviaba para volver atrás y para seguir dando vueltas, agotándose y quedando cada vez más atrás, o bien seguía siempre adelante, lo que le exigía renovarse, reinventarse, radicalizarse, o, según los términos de los compañeros checoslovacos, experimentar, profundizarse y abrirse camino a través de condiciones desconocidas. Este camino hacia adelante, el mismo elegido por los marxistas sesentayocheros de México y de todo el mundo, fue obstruido en Praga por los tanques soviéticos, así como fue también estorbado en otros países por el peso de las vetustas estructuras de partidos y dogmas comunistas, bien expresadas por las reconvenciones que Lombardo Toledano dirigió a los jóvenes mexicanos.

Los estorbos existen al interior de cada organización y de cada miembro. El movimiento del 68, mientras dura, se debate constantemente entre los dos caminos o entre el camino y el obstáculo, entre lo joven y lo viejo, entre los marxismos renovados y los anquilosados. Esto es muy claro en el caso de Japón, en donde vemos oscilar a los jóvenes entre las viejas sectas marxistas Zengakuren, dogmáticas y ritualistas, y los nuevos Consejos universitarios de lucha conjunta, los Zenkyoto, espacios únicos de libertad y creatividad. Como en otros contextos, la experiencia de los Zenkyoto es incomprendida y termina siendo estorbada y finalmente frustrada por las inercias de los Zengakuren.

El obstáculo de la incomprensión de los propios marxistas vino a sumarse a todos los demás obstáculos del mundo capitalista. Contribuyó así al repliegue de ese espíritu del 68 que pudo haberle permitido al marxismo dar un salto y seguir adelante. Ciertamente una parte de él continuó moviéndose a través de la noche neoliberal, posmoderna y ahora hipermoderna, pero se ha movido siempre titubeando, tambaleándose, trastabillando, cayendo y cojeando, sin poder aún recobrarse de sus múltiples caídas. Él mismo no deja de volver atrás y se retiene en el pasado y sigue tropezando con él mismo.

El avance del marxismo exige reconocer el marxismo sesentayochero. Este marxismo es aún irreconocible como tal, como un tipo de marxismo, para muchos marxistas. No lo comprenden. Es todavía demasiado nuevo, demasiado revolucionario, demasiado marxista, para los gustos marxistas mayoritarios de nuestra época. No hemos conseguido alcanzarlo. Aún estamos atrás, muy atrás del socialismo con rostro humano de Checoslovaquia, de aquello por lo que murieron los mártires de Tlatelolco, de los ideales de libertad profesados por los yippies y por los trostkistas, maoístas, espartaquistas y situacionistas del 68. Estos jóvenes marxistas eran demasiado jóvenes y nosotros ya somos demasiado viejos.

Tan sólo estaremos en condiciones de rejuvenecer, tan sólo podremos renovar y reactualizar lo que significa ser marxistas para nosotros, después de que hayamos reconocido el marxismo del 68, después de que hayamos tomado conciencia de todo aquello en lo que ese marxismo nos ha superado, es decir, todo aquello en lo que nos hemos ido rezagando. El signo de este rezago será precisamente su desconocimiento. Lo desconoceremos cuando ni siquiera veamos aquello con respecto a lo cual estamos rezagados, cuando no percibamos el marxismo en el 68, cuando no hayamos tomado conciencia de todo aquello que puede llegar a ser el marxismo sin dejar de ser lo que es.

Lo cierto es que el marxismo sigue siendo el marxismo que es al ser el del 68, al desafiar el marxismo-leninismo soviético, al ser maoísta y libertario, al ser feminista y yippie, al reconciliarse con el anarquismo, al convertirse en situacionismo y al profundizarse tanto como lo profundizaron los sesentayocheros. El espíritu del 68 nos muestra mucho de lo que puede llegar a ser el marxismo y que hoy en día nadie o casi nadie reconoce como algo marxista, quizás porque terminaron ganando los viejos, porque el movimiento reaccionario vino después del movimiento revolucionario y definió lo que habría de ser cada cosa, incluido el propio marxismo. Nos quedamos entonces únicamente con lo superado y trascendido por el espíritu sesentayochero. Perdimos así el marxismo del 68 para conservar tan sólo aquello marxista que lo precedió y contra lo que se rebeló.

Ahora suele creerse que el marxismo es tan sólo eso que envejeció y murió en la Unión Soviética. Se nos olvida que fue también aquello que pudo rejuvenecer en el 68 y que así consiguió sobreponerse a su vejez y a su muerte. La juventud y la vida misma del marxismo es lo que suele caer en el olvido.

Lo que dejamos de recordar, en otras palabras, es la capacidad que tiene el marxismo de transformarse a sí mismo para seguir constituyendo la principal amenaza práctico-teórica para el sistema capitalista y para sus dispositivos ideológicos, disciplinarios y represivos. Esto es lo que no debe saberse. Es también por el peligro de saberlo que no se nos permite reconocer el marxismo del 68. Reconocerlo sería ver mucho de lo que puede ser el marxismo además de lo que envejeció y murió en la Unión Soviética. Mejor no verlo e imaginar que lo superamos, que lo dejamos atrás, que podemos resignarnos a pensamientos mejor adaptados al capitalismo.

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El 68 mexicano: historia, memoria colectiva y perseverancia transgeneracional

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Conferencia magistral publicada en Memoria, revista de crítica militante, y dictada por el autor en el marco del Foro Nicolaita de Pensamiento Psicosocial Contemporáneo, el martes 29 de mayo de 2018, en el Centro Cultural Universitario de la Universidad Michoacana, con el título “¡2 de octubre no se olvida! Historia, memoria colectiva y perseverancia transgeneracional del 68 mexicano”. Esta conferencia matiza, desarrolla y profundiza otra conferencia más breve, intitulada “October 2nd is not forgotten! Collective memory of 1968 among students in Mexico”, que el mismo autor dictó en inglés un mes antes, el martes 24 de abril del mismo año, en la Universidad de California en Long Beach.

David Pavón-Cuéllar

Los estudiantes del 68 y la vigencia de su ímpetu revolucionario

El agitado espíritu del 68 tuvo uno de sus vórtices en México. En este país, como en Francia o en Estados Unidos, 1968 fue un año de amplias e intensas movilizaciones caracterizadas por su relativa espontaneidad, su frescura y su desenvoltura, su aspecto novedoso y subversivo, su gran expresividad y su imaginación desbordante, su afán liberador y la participación masiva de los estudiantes. Eran jóvenes que estudiaban en preparatorias y universidades en la Ciudad de México, Morelia, Puebla, Guadalajara, Monterrey y otras ciudades. Eran generalmente muy diferentes de sus padres. Veían la sociedad y la historia de otro modo. Querían cambiar todo lo que les rodeaba. Eran vigorosos e impetuosos. Y eran muchos: miles, decenas de miles, centenares de miles que inundaron el espacio público.

La ola estudiantil mexicana se levantó hasta niveles nunca vistos hasta entonces y amenazó con trastornarlo y transformarlo todo. Las estructuras sociales y políticas se estremecieron bajo el impulso del movimiento del 68. Los estudiantes de aquellos tiempos casi revolucionaron el país en el que vivían, pero no lo hicieron, o, mejor dicho, como intentaré mostrarlo ahora, no lo han hecho todavía.

Desconocemos todo lo que aún puede ocurrir en el futuro gracias a lo que ocurrió en 1968 en México. Tan sólo conocemos lo ocurrido en ese año y sus efectos en los años que pasaron desde entonces. Y todo esto únicamente lo conocemos en parte. Es una parte, un rastro de lo sucedido, la que nos permite ahora pensar en el 68.

El 68 mexicano: único y como cualquier otro

Ya sea que hayamos estado presentes o ausentes en los acontecimientos de 1968, nuestros pensamientos acerca de aquel año se basan tan sólo en una parte de lo acontecido: en aquella de la que estamos enterados, en la que alcanzamos a recordar, en la que nos tocó vivir o en la que nos contaron o sobre la que pudimos leer o estudiar. Es siempre tan sólo una parte. Sin embargo, aun siendo sólo una parte, puede llegar a ser algo inmenso e inabarcable, un cúmulo compuesto de innumerables reminiscencias, informaciones, imágenes, palabras e impresiones. Recordemos algunas de ellas, pocas, muy pocas. Empecemos por aquellas que no son distintivas del caso de México, es decir, aquellas en las que el 68 mexicano es análogo al de otros países occidentales por una profunda consonancia generacional entre los jóvenes de aquella época.

Los estudiantes sesentayocheros mexicanos procedieron como los europeos y los estadounidenses en sus principales acciones: tomaron decisiones en asambleas, declararon paros y huelgas, marcharon por las calles, corearon consignas, portaron mantas, realizaron mítines en las plazas, ocuparon edificios, desbordaron los cauces de la política institucional, se opusieron a diversos aspectos del orden establecido, tuvieron una orientación progresista y de izquierda, cuestionaron a las autoridades, protestaron contra el gobierno, se enfrentaron con los policías y les arrojaron piedras. También coincidieron con los de otros países al denunciar la hipocresía de su tiempo. Esta denuncia, en el caso preciso de México, tendió a centrarse en el régimen autoritario y altamente represivo del Partido Revolucionario Institucional (PRI): un régimen que hipócritamente se presentaba como democrático, tolerante y respetuoso de la libertad de expresión.

Tras la imagen exterior de tolerancia, libertad y democracia, la sociedad mexicana sufría desde los años cuarenta del siglo XX una opresión despótica y una despiadada persecución de toda clase de opositores políticos. Este clima opresivo y persecutorio fue un factor determinante para que el 68 de México fuera tan diferente al de otros países y terminara con un baño de sangre, el de la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. Semejante desenlace casi habría podido preverse al examinar la historia de México en el siglo XX. Detengámonos un momento en esta historia para ver algunas de las causas por las cuales el 68 mexicano fue tan particular. Su particularidad obedece en gran parte a la trama histórica en la que se inserta.

La historia que desemboca en el 68 mexicano

Desde los tiempos coloniales, México ha sido un país desgarrado por las desigualdades socioeconómicas. Estas desigualdades no se atenuaron con la Independencia del país a principios del siglo XIX. Por el contrario, tendieron a agudizarse, impidieron siempre una verdadera democratización y llegaron a ser insostenibles durante la dictadura de Porfirio Díaz, en el cambio del siglo XIX al XX, lo que favoreció que estallara la Revolución Mexicana de 1910. El movimiento revolucionario fue por democracia, por tierra y libertad, pero también, fundamentalmente, lo que suele olvidarse, fue por justicia e igualdad.

Tras la Revolución Mexicana, hubo que esperar hasta el régimen de Lázaro Cárdenas, entre 1934 y 1940, para que se materializaran parcialmente los ideales revolucionarios a través de medidas nacionalistas e igualitaristas como la expropiación de latifundios, el reparto de 18 millones de hectáreas a comunidades campesinas, la nacionalización de los ferrocarriles y de la industria petrolera, el fortalecimiento de los sindicatos, un ambicioso plan de alfabetización y de educación pública, la difusión popular de la cultura y la insubordinación ante la injerencia de los Estados Unidos y de países europeos. Estas medidas causaron un gran malestar entre los sectores privilegiados y conservadores de la sociedad mexicana, los cuales, tras el final de la presidencia de Cárdenas, se esforzaron en revertir la transformación revolucionaria del país.

Tanto la presión de las clases dominantes como los intereses propios de los gobernantes hicieron que las conquistas de Cárdenas empezaran a ser atenuadas, recortadas o sencillamente anuladas en las décadas siguientes. A partir de los años cuarenta del siglo XX, la historia de México es la de un incesante desmantelamiento del cardenismo y de su herencia revolucionaria. Esto nos ha llevado actualmente a una situación muy semejante a la que existía durante la dictadura de Porfirio Díaz, con un incremento vertiginoso de la desigualdad, la cada vez mayor explotación y marginación de los más pobres, el abandono de la educación, la cada vez mayor concentración de la riqueza y de la tierra en las manos de los privilegiados, la privatización de lo que había sido nacionalizado, el saqueo imparable de los recursos nacionales por empresas extranjeras, la erosión de la soberanía y la creciente injerencia de los Estados Unidos y de otros países en los asuntos internos.

La tendencia de progresiva derechización, de reflujo anti-cardenista y de retorno al pasado prerrevolucionario desencadenó desde el principio, desde los años cuarenta del siglo XX, una ola de movilizaciones colectivas para defender la herencia revolucionaria del cardenismo. Estas movilizaciones provocaron a su vez la reacción violenta del régimen del PRI, el cual, desde entonces hasta ahora, ha mostrado ese lado autoritario y altamente represivo que se manifestó en las agresiones contra el movimiento estudiantil del 68 y especialmente en la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco.

La matanza de Tlatelolco no fue la primera. Los años anteriores a 1968 ya estuvieron pautados por una serie de masacres perpetradas por motivos políticos y ejecutadas por militares y policías en contra de civiles y opositores al régimen: en 1942, en el centro de la Ciudad de México, asesinato de seis estudiantes del Instituto Politécnico Nacional; en 1952, también en la Ciudad de México, 200 opositores henriquistas, seguidores del candidato presidencial Miguel Henríquez, masacrados en la Alameda; en 1958, en el zócalo de la misma ciudad, varias víctimas del movimiento magisterial; entre 1960 y 1962, en Guerrero, 50 asesinados en la represión de la Asociación Cívica Guerrerense; en 1963 y 1966, en Morelia, 3 estudiantes universitarios acribillados; en 1967, en Guerrero, 5 muertos entre maestros y padres de familia en Atoyac, y entre 40 y 80 muertos y desaparecidos en la represión contra los copreros de Acapulco. Estas matanzas no impidieron que hubiera, durante la misma época, grandes movimientos de protesta en los que se defendía la herencia de la revolución y del cardenismo: en 1952, el movimiento henriquista por la restauración del proyecto cardenista; en 1958, el Movimiento Revolucionario del Magisterio liderado por Othón Salazar, así como la huelga ferrocarrilera dirigida por Valentín Campa y Demetrio Vallejo; en 1964, los paros y manifestaciones de médicos; entre 1963 y 1967, las movilizaciones estudiantiles en Puebla, en Sonora, en Tabasco y especialmente en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo en Morelia.

De la Marcha de la Libertad a los encuentros de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos

Así como la represión gubernamental fue incapaz de frenar las grandes movilizaciones sociales de 1952 a 1968, así también fue incapaz de impedir que se diera el gran movimiento estudiantil del 68. Este movimiento no dejó de abrirse paso a través y a pesar de la represión, como lo veremos ahora, en un breve recorrido en el que tan sólo esbozaré algunos trazos generales de lo que ha sido ya registrado, relatado y analizado minuciosa y exhaustivamente por autores como Edmundo Jardón Arzate[1], Elena Poniatowska[2], Sergio Zermeño[3], Paco Ignacio Taibo II[4], Daniel Cazés[5], Sergio Aguayo[6], Jorge Volpi[7], Julio Scherer y Carlos Monsiváis[8]. Quizás lo único distintivo de mi relato sea todo aquello sobre lo que Citlali Martínez Cervantes atrajo mi atención: lo que ocurrió fuera de la Ciudad de México, especialmente entre enero y julio de 1968, lo cual, significativamente, suele olvidarse o subestimarse.

El año de 1968 empieza con la organización y realización de una gran Marcha de la Libertad organizada por la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED). Los marchistas pretenden recorrer 200 kilómetros, de la población de Dolores Hidalgo a la ciudad de Morelia, para demandar la excarcelación de presos políticos, entre ellos Rafael Aguilar Talamantes, Efrén Capiz y Sebastián Dimas Quiroz, líderes del movimiento estudiantil de 1966 en la Universidad Michoacana. Después de avanzar 120 kilómetros, llegando a Valle de Santiago, la marcha será disuelta con violencia por los militares. Esto provocará una ola de protestas estudiantiles en la Ciudad de México, Morelia, Culiacán, Mazatlán, Monterrey, Villahermosa, Veracruz, Chihuahua y Puebla.

En febrero de 1968, en diversas partes de México, once mil estudiantes de 29 escuelas normales rurales se declaran en huelga. En los meses siguientes se multiplican las detenciones de activistas estudiantiles y de miembros del Partido Comunista Mexicano y de otras organizaciones. Al mismo tiempo hay numerosas manifestaciones por la liberación de los presos políticos. Uno de los presos más carismáticos, el famoso líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo, realiza una huelga de hambre en prisión. Varios dirigentes estudiantiles de la UNAM se solidarizan con él y se declaran también en huelga de hambre.

Entre el 16 y el 17 de marzo se realiza la Conferencia Nacional de Solidaridad con el Pueblo de Vietnam. Luego, entre marzo y mayo, decenas de miles de personas, incluyendo muchos estudiantes, manifiestan su apoyo solidario a los vietnamitas y su repudio a la intervención estadounidense en varias ciudades del país. Hay manifestaciones sucesivamente en Guadalajara (25 de marzo), Chilpancingo, Torreón y Los Mochis (21 de abril), Ciudad de México y Culiacán (25 de abril), Zacatecas (27 de abril), Fresnillo (27 y 29 de abril), Mexicali (24 de mayo) y Morelia (26 y 28 de julio).

En mayo en la Ciudad de México y en julio en Morelia tienen lugar dos encuentros de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) a los que asisten representantes de todo el país y en los que se resuelve seguir luchando por la paz en Vietnam, por la democratización de la educación y por la liberación de los presos políticos estudiantiles. En la Constitución General de esta Central de Estudiantes, aprobada el 10 de mayo, no sólo se marca el objetivo de emanciparse del “imperialismo yanqui”, sino que se plantea “una activa lucha política, ideológica y práctica contra la planeación restriccionista y tecnicista de la educación y contra la orientación pragmática, cientificista y desarrollista, bases del actual sistema educativo”[9].

El 11 de julio, en una manifestación estudiantil en Puebla, un estudiante fue asesinado por un grupo universitario estrechamente vinculado con el gobierno. Este asesinato provocó protestas y agravó un largo y violento conflicto entre sectores gubernamentales y anti-gubernamentales en la Universidad Autónoma de Puebla. El mismo asesinato fue también motivo para una declaración pública de condena por parte de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos en Morelia.

El epicentro del movimiento en la Ciudad de México

Desde finales del mes de julio, el movimiento del 68 tendrá su epicentro en la Ciudad de México. Es aquí en donde el 22 de julio, una semana después del mencionado encuentro estudiantil en Morelia, se da el desencadenamiento de una serie de sucesos que desembocarán desafortunadamente en la masacre de Tlatelolco. Se trata simplemente de unos enfrentamientos callejeros entre alumnos de escuelas de educación media superior, pero el cuerpo de granaderos de la policía interviene, detiene a varios estudiantes y allana una escuela vocacional del Instituto Politécnico Nacional. Esto hace que el 26 de julio, para protestar contra las acciones policiacas, haya una manifestación de estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN), la cual, a su vez, también es atacada por los granaderos. A causa del ataque, los manifestantes retroceden y terminan reuniéndose con otra manifestación que se realiza al mismo tiempo y que ha sido convocada por la Juventud Comunista, la Central Nacional de Estudiantes Democráticos y sociedades de alumnos de del Instituto Politécnico Nacional y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para festejar la Revolución Cubana y conmemorar el asalto al Cuartel Moncada. Los participantes de ambas manifestaciones marchan juntos y son duramente reprimidos por los granaderos. Hay más de quinientos heridos y decenas de detenidos. En los días siguientes, policías y militares entrarán en varias escuelas, ocuparán el Comité Central del Partido Comunista, detendrán a varios miembros del partido y también a integrantes de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos.

El 31 de julio, protestando contra las acciones policiacas y militares, se declara una huelga en todas las facultades, institutos y escuelas de la UNAM y del IPN. Al día siguiente, el primero de agosto, hay una manifestación de 80 mil universitarios encabezados por el rector Javier Barros, quien demanda respeto a la autonomía universitaria y libertad a los estudiantes presos. El 2 de agosto se constituye un Consejo Nacional de Huelga (CNH) en el que se concentra el liderazgo del movimiento.

Durante los meses de agosto y septiembre se multiplican las manifestaciones multitudinarias en la Ciudad de México. El movimiento ya no sólo tiene un carácter estudiantil. Hay también toda clase de trabajadores: electricistas, ferrocarrileros, telefonistas, maestros de primaria y obreros de la fábrica de llantas Euzkadi. Se protesta contra las reacciones represivas del régimen, contra su carácter opresivo y antidemocrático, pero también contra el capitalismo y el imperialismo estadounidense. A partir del 20 de agosto, después de la intervención en Checoslovaquia, también se protesta contra el Pacto de Varsovia y contra el seguidismo pro-soviético. El mismo Comité Central del Partido Comunista Mexicano condena la intervención. A diferencia de otros comunistas en el mundo, los mexicanos tienden a mostrar una gran proximidad, afinidad y sensibilidad ante el movimiento del 68, el cual, por su parte, suele simpatizar con los comunistas y exterioriza posiciones anticapitalistas y antiimperialistas. En las manifestaciones aparecen retratos del Che Guevara y Ho Chi Minh junto con los del líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo. También abundan significativamente los retratos de Pancho Villa y Emiliano Zapata, los revolucionarios consecuentes por excelencia, los que no claudicaron y tampoco se dejaron corromper y pervertir como los del régimen.

Las manifestaciones más numerosas fueron las del 5 de agosto, con 100 mil manifestantes; la del 13 de agosto, con 150 mil; y la del 27 de agosto, con 300 mil. En esta última manifestación, que se prolongó hasta el día siguiente, los estudiantes izaron la bandera rojinegra en el zócalo de la Ciudad de México, recibieron la solidaridad de empleados gubernamentales y fueron duramente reprimidos por policías y militares, así como por sujetos que por primera vez dispararon sobre los manifestantes desde los edificios aledaños. Es así como se responde una y otra vez con represión a las manifestaciones contra la represión. Pero las movilizaciones continúan. Se realizan mítines en Texcoco, Tlalnepantla y otras zonas industriales para aproximarse a los obreros y buscar su apoyo. El 13 de septiembre hay una gran marcha silenciosa en la Ciudad de México. Muchos manifiestan con mordazas o con tela adhesiva en la boca. Se hace el signo de la “V” con los dedos. Hay pancartas y carteles en las que se lee: “el silencio es repudio a la represión”, “líder honesto igual a preso político”, “libertad a la verdad: ¡diálogo!”[10].

Al mismo tiempo, en todo el país, surgen muestras de solidaridad con los estudiantes de la capital. Entre el 8 y el 9 de agosto estallan huelgas en la Escuela Nacional de Maestros, la Escuela Normal Superior, el Tecnológico de Ciudad Madero, el Centro de Capacitación de Uruapan y las universidades de Puebla, Oaxaca, Morelos, Yucatán, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Campeche, Baja California, Chihuahua, Veracruz y Guerrero. La más importante institución educativa jesuita en México, la Universidad Iberoamericana, entra en huelga el 13 de agosto. Hay manifestaciones estudiantiles en todo el país: el 30 de julio en Puebla, el primero de agosto en Monterrey, el 5, 10 y 16 de agosto en Torreón, el 13 de agosto en Xalapa, el 25 y el 31 de agosto en Morelia, el 26 y 27 de agosto en Oaxaca, el mismo 27 de agosto en Culiacán y Monterrey, el 4 de septiembre en Puebla, el 9 de septiembre otra vez en Culiacán, y el 28 de septiembre en Orizaba y Xalapa, en donde se da una respuesta violenta de policías y militares.

Reacción y represión

Las reacciones violentas de Orizaba y Xalapa no fueron hechos aislados. Recordemos que el 27 de agosto los militares habían atacado a los manifestantes en la Ciudad de México. En septiembre los militares también cercaron centros educativos en Oaxaca y Chilpancingo. Además ocuparon una preparatoria de Cuernavaca en la que sesionaba el Consejo de Huelga de la Universidad Autónoma de Morelos. Hubo paralelamente un despliegue militar importante en torno a los edificios de la Universidad Autónoma de Puebla.

En un hecho aislado, el 14 de septiembre, cinco trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla fueron linchados en el pequeño pueblo de San Miguel Canoa. Los habitantes del lugar asesinaron con palos y machetes a tres de ellos y al dueño de la casa en la que se hospedaban. El principal instigador parece haber sido un sacerdote que acusó a los universitarios de ser comunistas y de querer izar una bandera rojinegra en la iglesia.

La campaña anticomunista rodeó constantemente al movimiento del 68. Desde un principio, lo mismo en la capital que en la provincia, los sesentayocheros fueron asimilados a los comunistas por los funcionarios del gobierno, los dirigentes patronales y la mayor parte de los periodistas de la prensa impresa, de la radio y la televisión. Muchos imaginaron una maniobra comunista-soviética para desestabilizar el país, derrocar al gobierno e impedir las Olimpiadas que se realizarían en México entre el 12 y el 27 de octubre de ese mismo año de 1968.

La animadversión contra el movimiento del 68 fue predominante en las altas esferas del gobierno y en los sectores más conservadores y derechistas de la sociedad mexicana. Los estudiantes sufrieron la violencia de movimientos de extrema derecha, pandillas juveniles pro-gubernamentales y agrupaciones militares y paramilitares cuyos integrantes usaban armas de fuego y vestían como civiles. Esta clase de grupos difícilmente identificables atacaron constantemente al movimiento del 68 y mostraron su poder al realizar una serie de agresiones coordinadas sobre escuelas preparatorias y sobre el Colegio de México los días 31 de agosto y 7 de septiembre. Fue así como prepararon el terreno para las acciones finales de los militares.

El 18 de septiembre el Ejército Mexicano ocupó la Ciudad Universitaria y detuvo a más de 500 profesores y estudiantes. Cuatro días después, el 23 de septiembre, los militares ocuparon los principales centros educativos del Instituto Politécnico Nacional. Finalmente, el 2 de octubre, un mitin de 15 mil personas en la Plaza de las tres Culturas de Tlatelolco fue atacado por militares y paramilitares del Batallón Olimpia, quienes asesinaron a más de 200 personas, tal vez 300, quizás más de 300. Hubo también más de 3000 detenidos que se agregaron a los anteriores. Muchos de ellos fueron torturados. Algunos desaparecieron para siempre. Hoy sabemos que estos crímenes fueron decididos, maquinados, autorizados, ordenados y dirigidos por los más altos funcionarios del gobierno mexicano de la época, entre ellos el Presidente, Gustavo Díaz Ordaz, el Secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, y el Secretario de Gobernación y futuro mandatario Luis Echeverría Álvarez.

La brutalidad gubernamental consiguió el propósito de sofocar temporalmente el movimiento. Como leemos en un hermoso relato de Arturo Taracena, “finalmente, con el reflujo que produjo la matanza de Tlatelolco y la captura de los principales dirigentes del movimiento estudiantil, el espíritu del 68 quedó un momento en suspenso, opacado por la fastuosa inauguración de las Olimpiadas”[11]. Sin embargo, entre los meses de octubre y diciembre, continuó una represión que tampoco debemos olvidar. El 16 de noviembre fue encarcelado el escritor y pensador marxista José Revueltas. Hubo más detenciones, más asesinatos de estudiantes, así como expulsiones de extranjeros vinculados con el movimiento. El primero de diciembre de 1968, en una reunión de la CNED en la que faltaron varios asesinados y encarcelados, se realizó un diagnóstico elocuente que sigue siendo vigente hasta ahora: “Es vital para las fuerzas gobernantes conservar sus métodos represivos y antidemocráticos tradicionales pues no son capaces de mantenerse en el poder en un juego libre de fuerzas políticas”[12].

¡2 de octubre no se olvida!

Los sesentayocheros mexicanos consiguieron desenmascarar los métodos represivos y antidemocráticos tradicionales del régimen priista. Y no lo hicieron en cualquier momento, sino en 1968, cuando los ojos del mundo veían hacia México, en donde iban a realizarse los juegos olímpicos. Estas circunstancias fueron decisivas para llegar al sangriento desenlace del 68 en México. La matanza ocurrió el 2 de octubre: sólo diez días antes de que empezaran las olimpiadas. Ante la llegada inminente de una avalancha de turistas y periodistas, el gobierno mexicano recurrió a su método habitual, a la represión, para solucionar con rapidez y eficacia el problema de la movilización estudiantil.

El propósito principal de la movilización estudiantil, como ya lo señalé antes, era desenmascarar al gobierno priista mexicano, quitarle su hipócrita máscara democrática y mostrar su verdadera cara, su rostro autoritario, violento y represivo. Curiosamente fue el mismo gobierno el que se traicionó y se exhibió tal como era, en la matanza de Tlatelolco, precisamente para no ser denunciado y expuesto por los estudiantes. En efecto, para que el movimiento estudiantil no lo desenmascarara, el gobierno se apresuró a desenmascararse a sí mismo.

El más conocido suceso del movimiento anti-represivo del 68 mexicano fue paradójicamente la sangrienta represión gubernamental. Es por esta represión por la que solemos recordar el 68 cada año, en México, el 2 de octubre. En ese día, año tras año, desde hace ya medio siglo, decenas de miles de estudiantes salen a las calles de la Ciudad de México y de otras ciudades mexicanas para homenajear a sus compañeros caídos en 1968. Es una manera de recordarlos y de mantener vivo el recuerdo. Es una expresión de lo que Maurice Halbwachs denominaba “memoria colectiva” para designar “la memoria en la que participamos como integrantes de un grupo”[13] y en la que nos acordamos colectivamente de “un acontecimiento que forma parte de la existencia del grupo y que percibimos desde el punto de vista del mismo grupo”[14]. Aquí el grupo es el del estudiantado mexicano que recuerda, resiente y se representa lo sucedido en 1968 como parte de su existencia. Es en cierto modo el mismo grupo que se movilizó en 1968 y que fue atacado en Tlatelolco. Es el grupo que sigue movilizándose cada vez que llega el 2 de octubre para conmemorar el aniversario de la masacre. Su memoria colectiva se torna explícita en la consigna coreada una y otra vez por los estudiantes: “¡2 de octubre no se olvida! ¡2 de octubre no se olvida! ¡2 de octubre no se olvida!”.

Que el 2 de octubre no se olvide se confirma en los mismos estudiantes que llenan las calles para corear “¡2 de octubre no se olvida!”. Su consigna dice lo mismo que ellos despliegan masivamente con su presencia. Ellos, al manifestarse cada 2 de octubre, ponen en evidencia que el 2 de octubre no se olvida, que se recuerda colectivamente, manifestándose, marchando, haciendo mítines, levantando puños, coreando consignas, pintando mantas y muros. Estas acciones exteriorizan una memoria colectiva que difiere de la simple historia pasada, como bien lo señala Halbwachs, porque “sólo retiene del pasado lo que está aún vivo y es capaz de vivir en la conciencia del grupo que lo sostiene”[15].

Los estudiantes de México sostienen y mantienen vivo el 2 de octubre. Lo distinguen de un simple dato histórico muerto al hacerlo vivir en lo que sienten y piensan, pero también en lo que dicen y en lo que hacen. Todo esto es la conciencia del estudiantado. Todo esto es también su memoria colectiva. Es tan exterior como interior. No sólo está en la significación de los gestos, sino en los gestos mismos, entre ellos el de corear que el 2 de octubre no se olvida.

La enunciación misma, el hecho de corear la consigna, corrobora lo enunciado, que “el 2 de octubre no se olvida”. Enunciar esto cada año, al igual que manifestarse por esto cada año, es una forma de no olvidar el 2 de octubre, de no olvidarlo aunque pasen los años, 1969, 1970, 1971, los demás años setenta, ochenta y noventa del siglo XX, los dos mil y los dos mil diez y tantos. Los años pasan y los estudiantes siguen saliendo a la calle, puntualmente, cada 2 de octubre, demostrándonos una y otra vez, cada año, que el 2 de octubre no se olvida, que su recuerdo insiste y resiste, que la memoria colectiva persiste y consigue atravesar las generaciones. Tenemos, pues, una perseverancia transgeneracional del 68 mexicano. Esta perseverancia es una forma simbólica de subsistencia del estudiantado que se movilizó en 1968 y que fue atacado en Tlatelolco, pues la subsistencia del grupo, como lo sugiere Halbwachs, es correlativa de la permanencia de su memoria, una memoria que no es ni más ni menos que “el grupo visto por dentro”, una memoria cuyos “límites” coinciden con los del mismo grupo[16].

Los estudiantes del 68 se mantienen simbólicamente vivos a través de quienes los recuerdan en las movilizaciones conmemorativas del 2 de octubre. La memoria colectiva es un triunfo contra Díaz Ordaz, contra los miembros del Batallón Olimpia y contra los demás verdugos de Tlatelolco. Aunque los asesinos hayan matado a jóvenes llenos de vida, no habrán acabado con una parte importante de su vida: la del espíritu del 68. Tal espíritu seguirá vivo mientras haya nuevos cuerpos en los que pueda encarnarse. Y para encarnarlo, para prolongar su vida, basta recordar y actuar en consecuencia.

Lo que se olvida cuando el 2 de octubre no se olvida

Es verdad que muchos estudiantes, aunque salgan a marchar el 2 de octubre, no tienen una idea muy clara de lo que sucedió ese día. También es verdad que la mayoría de los manifestantes de cada 2 de octubre ignoran casi todo sobre el movimiento del 68 en México. Hay una gran amnesia en la memoria colectiva. El 2 de octubre no se olvida para olvidar todo lo demás.

No podemos negarlo: hay mucho que se olvida cuando el 2 de octubre no se olvida. Tampoco podemos evitar las más diversas sospechas con respecto a este olvido. La memoria colectiva es sospechosamente selectiva. ¿Por qué retiene lo que retiene y descarta lo que descarta? ¿Cuál es su criterio de selección? ¿Cómo no vamos a sospechar de ella? Algunas de nuestras sospechas, por cierto, no tienen mucha importancia y hasta pueden ser divertidas.

Por ejemplo, cuando pensamos en la amnesia generalizada con respecto al origen del movimiento del 68, la Marcha de la libertad y todo lo demás que sucedió fuera de la capital mexicana y a lo que hicimos referencia al principio, ¿cómo no vislumbrar aquí un perfecto ejemplo de lo que llamaré humorísticamente “chilangocentrismo” para designar la creencia prejuiciosa de que la Ciudad de México es el centro del país, que todo gira en torno a él, que él precede y gobierna todo lo que ocurre en las provincia, que las ciudades provincianas siguen el ritmo de la capital y que nada verdaderamente originario y decisivo sucede fuera de la Ciudad de México? Este prejuicio encuentra una interesante refutación en el movimiento del 68, el cual, aunque terminara teniendo su epicentro en la Ciudad de México, se originó claramente fuera de la ciudad y hundió sus raíces en movimientos estudiantiles como los de Sonora y especialmente Morelia. Sin embargo, ante la importancia de lo que ocurrió en 1968, parece mezquino detenerse en estas pequeñeces. ¿Qué importa olvidar lo que sucedía en la provincia cuando se asesinó a centenares de manifestantes en la capital?

Olvidar lo esperanzador y recordar lo desesperanzador

La evocación exclusiva del 2 de octubre contiene pequeños olvidos que podemos olvidar sin consecuencias, pero hay también otros olvidos, grandes olvidos, que tal vez no debamos olvidar y que nos inspiran las más graves sospechas. Hay dos a los que deseo referirme. Ya mencioné el primero: al recordar una y otra vez el 2 de octubre y sólo el 2 de octubre, olvidamos todos los demás días, todos los demás sucesos, todo el 1968, todo lo que sucedió ese año. El movimiento del 68 desaparece detrás de la matanza de Tlatelolco. El 2 de octubre se torna sinónimo de 1968, sustituyéndose al año entero, condensándolo en un solo día, como si el 2 de octubre hubiera sido el único día en el año, como si no hubiera 364 días más, como si la represión fuera lo único sucedido en el movimiento del 68.

Paco Ignacio Taibo lo expresa de manera brillante: “el 68, por la magia negra del culto a la derrota y a los muertos, se vuelve Tlatelolco”, de tal modo que el 2 de octubre “se queda solo” y “sustituye en la memoria los 100 días de la huelga”[17]. Hay aquí, efectivamente, un preocupante derrotismo necrófilo: nos olvidamos del maravilloso movimiento social y no de la espantosa represión gubernamental. Recordamos la matanza que nos asusta y nos desalienta, pero olvidamos lo que se mata, lo que nos inspira y nos alienta. Perdemos lo esperanzador, el movimiento del 68, y nos quedamos con lo desesperanzador, con el 2 de octubre, con la violencia del gobierno. Mantenemos vivo el terror y no la ilusión del 68. Olvidamos lo que no deberíamos olvidar y no olvidamos lo que tal vez, en definitiva, sería mejor olvidar.

El recuerdo insistente de la matanza de Tlatelolco podría estar cumpliendo una función crucial en el régimen priista represivo y antidemocrático: dar un golpe traumático tal que anulara cualquier confianza en la movilización y que hundiera a las personas en el desánimo, en el temor, en el terror ante la violencia gubernamental. El “¡2 de octubre no se olvida!” significa igualmente: no se olvida que el régimen priista reprime cuando se protesta, que mata a quienes protestan, que las protestas acaban en baños de sangre, que no tienen finales felices, que por eso es mejor no protestar, como nos lo enseña el 2 de octubre, y es quizás también por eso que no hay que olvidarlo.

En los años 1990, cuando era joven y participaba en las marchas del 2 de octubre, me acuerdo que mi querida madre, para disuadirme de marchar, me decía que era peligroso, que no me expusiera, que no olvidara el 2 de octubre. Me decía, pues, exactamente lo mismo que yo iba a gritar a las calles: que el 2 de octubre no se olvida. Lo que me hacía ir a la calle a manifestar mi rabia contra el gobierno asesino es lo mismo que hacía que ella pensara que era una mala idea ir a la calle a manifestar esa rabia. Su miedo era provocado por lo mismo que encendía mi rabia: por lo resumido en la consigna “¡2 de octubre no se olvida!”. La memoria colectiva podía justificar tanto la rabia como el miedo, tanto el ánimo como el desánimo, tanto la pasividad como la actividad. Los efectos eran contrarios, pero la memoria colectiva era la misma. Recordar el 2 de octubre no sólo hacía que yo y mis compañeros fuéramos a las calles a protestar contra el régimen, sino que también hacía que muchos otros, quizás muchos más que nosotros, no fueran a las calles a manifestar su inconformidad.

Hay, pues, buenas razones para sospechar que la reducción del movimiento del 68 al 2 de octubre tiene efectos desesperanzadores, disuasivos, desmovilizadores. Es lo mismo que ocurre con la reducción de los sesentayocheros a quienes claudicaron y renegaron de sus convicciones, quienes terminaron encarnando todo lo contrario del espíritu del 68, quienes traicionaron al movimiento, delataron a sus compañeros y se vendieron al régimen a cambio de becas o puestos gubernamentales. Desde luego que hay casos como los del renegado Gilberto Guevara Niebla, el delator Sócrates Campos Lemus y el incongruente Marcelino Perelló Valls, pero son proporcionalmente minoritarios. Además, como bien lo ha mostrado Luis González de Alba, son casos bastante discutibles y ninguno corresponde al perfil de alguien “objetivamente traidor”[18]. Sin embargo, al pensarse que son casos objetivos de traición y que son mayoritarios o típicos o incluso universales, uno se queda con la impresión de que el espíritu del 68 era una simple forma de inmadurez, una rebeldía típicamente adolescente, algo que debería superarse al madurar. Es así como terminamos reduciendo simplistamente el movimiento del 68 al capricho de unos cuantos personajes miserables, despreciables, jóvenes malcriados y adultos inconsecuentes. Este simplismo reduccionista puede servir para lo mismo que sirve el que reduce 1968 al 2 de octubre: decepcionar, desmoralizar, desinflar a quienes tengan la tentación de continuar lo empezado en 1968.

Olvidar el presente

El espectro del 68 es conjurado con las invocaciones de la matanza y de la traición. Al pensar en Tlatelolco y en Campos Lemus, ¿quién tendría el ánimo de retomar la estafeta del movimiento? De lo que se trata es que el movimiento del 68 quede confinado al año de 1968. Lo que se busca es que haya terminado. Esto nos conduce al segundo reduccionismo al que deseo referirme en relación con la consigna de “¡2 de octubre no se olvida!”: el que no sólo equipara el año de 1968 al día miércoles 2 de octubre, sino que reduce el medio siglo que ha transcurrido ya desde 1968 al solo año de 1968, el cual, seguidamente, se reduce a un solo día. Voy a explicarme.

Contra lo que se nos quiere hacer creer, el movimiento del 68 no fue atajado con la matanza de Tlatelolco. No fue derrotado por las bazucas y ametralladoras de los militares. Tampoco es algo que pueda relegarse al año de 1968, algo que haya empezado y terminado en ese año, algo que responda solamente a la coyuntura y al ambiente planetario de 1968. El 68 mexicano más bien exterioriza un movimiento que viene desde 1940 y que todavía dura en 2018: un movimiento por libertad y por democracia, por igualdad y por justicia, por la herencia revolucionaria y cardenista, y contra el régimen priista contrarrevolucionario, corrupto e injusto, represivo y antidemocrático. Este movimiento que no ha terminado es también el movimiento del 68, el cual, por lo tanto, no es un movimiento del pasado, sino del presente. Recordarlo es continuarlo. Mantener vivo su recuerdo nos exige mantener vivo el movimiento.

La memoria colectiva mantiene vivo aquello que recuerda y no sólo su recuerdo. No se trata sólo de que el movimiento del 68 no se olvide, sino de que no termine, que siga adelante, lo cual, por lo demás, es también lo que ocurre cuando los estudiantes salen a las calles a corear “¡2 de octubre no se olvida!”. Los estudiantes no olvidan el 2 de octubre de 1968 porque siguen luchando por lo mismo que se luchaba el 2 de octubre de 1968. Y siguen luchando por lo mismo porque no lo han conseguido, porque todo sigue igual que en 1968, porque el movimiento no ha logrado revolucionar el país, no lo ha hecho todavía, pero quizás lo haga en el futuro. Esto es también lo que frecuentemente se olvida cuando el 2 de octubre no se olvida. Lo que se olvida es que no hay nada que pueda simplemente olvidarse, dejarse atrás, como si fuera sólo pasado, como si ya hubiera ocurrido, como si no siguiera ocurriendo.

El 2 de octubre de 1968 se repite el 10 de junio de 1971 en la Ciudad de México, el 22 de diciembre de 1997 en Acteal y el 26 de septiembre de 2014 en Iguala. El gobierno represivo no deja de matar a los opositores. La represión continúa. La opresión y el autoritarismo también. El déficit democrático sigue vigente en México. La injusticia y la desigualdad son sufridas cotidianamente por la mayoría de los mexicanos.

El capitalismo sigue devastando al mundo y ahora pone en peligro la subsistencia del género humano. El imperialismo estadounidense no deja de bombardear a pueblos inocentes, empobrecer a los países subdesarrollados y ser un obstáculo para la democratización en América Latina. La Guerra de Vietnam se desplazó a Centroamérica y luego a Medio Oriente, a Irak, Siria y Palestina.

Las causas del movimiento del 68 son tan vigentes ahora como en 1968. Y es por todo esto que no se deja de luchar, y que el movimiento del 68 prosigue después de 1968, tal como había empezado antes. Es una lucha continua contra la represión, contra la opresión, contra la explotación, contra la destrucción, contra la muerte. Sólo hay aquí dos posibilidades: o luchamos y quizás triunfemos, o claudicamos y de seguro perdemos. Como ya lo escribía José Revueltas en 1968, estamos ante un “único dilema insoslayable y rotundo: victoria o muerte”, pues mientras “la victoria, para nuestro país, será un México libre, democrático, sano, donde se pueda respirar, pensar, crear, estudiar, amar”, la derrota será la muerte, “la noche del alma, las torturas sin fin, el candado en los labios, la miseria del cuerpo y del espíritu”[19]. Es para evitar esta miseria que se lucha en el 68, pero también antes, después, aún hoy y seguramente mañana.

Historia de lucha

Ya vimos cómo el 68 mexicano se inserta en una historia de lucha que viene desde los años cuarenta del siglo XX. José Revueltas conjeturó que esta historia, tras la represión de la huelga ferrocarrilera en 1958, encontró la manera de “vengarse” al “caminar por debajo de los acontecimientos” hasta emerger en el movimiento estudiantil del 68, el cual, por lo tanto, no estaba “aislado históricamente”[20]. Como bien lo ha observado Pablo Gómez, coincidiendo con la conjetura de Revueltas, el 68 formaba parte de un entramado histórico en el que diferentes protestas y otras acciones colectivas, lejos de estar “aisladas las unas de las otras”, se entretejían en un único “proceso” de lucha en el que 1968 apareció como un “punto culminante”[21]. Este año hizo únicamente que el proceso ya existente adquiriera cierta intensidad, amplitud y coloración, y que siguiese adelante así como venía desde atrás. El proceso, pues, no debe confinarse a 1968. Desde luego que ese año es decisivo, pero no para inaugurar ni mucho menos para consumar, completar y terminar la historia de lucha, sino simplemente para continuarla y conducirla por nuevos cauces.

El punto culminante fue también un punto de inflexión. Todo cambió al atravesar el espíritu del 68 con su marcado factor juvenil, su cuestionamiento de la hipocresía generalizada y sus demás elementos característicos. Por ejemplo, como lo han mostrado Soledad Loaeza, Ilán Semo y otros, la acción democratizadora del movimiento y su impacto social e institucional fueron factores decisivos que han condicionado y determinado la interminable transición a la democracia en México[22]. En cuanto a la represión gubernamental y específicamente la matanza de Tlatelolco, al delatar la cerrazón del gobierno mexicano ante cualquier estrategia legal y pacífica, pudo haber favorecido la proliferación de las guerrillas en los años setenta. Lo seguro es que el 68 vino a transformar el país.

Todo cambió con el 68, sin duda, pero para seguir adelante. En México, desde 1968 hasta ahora, los movimientos sociales no han cejado en su esfuerzo por defender y preservar la herencia revolucionaria. Han sido millones los mexicanos que luchan infatigablemente por lo mismo que en 1968: por libertad y democracia, pero también por igualdad y justicia. Así como recordamos el 68, así también guardamos en la memoria las más importantes movilizaciones nacionales de los años posteriores: las de apoyo al hijo de Lázaro Cárdenas, Cuauhtémoc Cárdenas, cuando fue candidato presidencial en el fraude electoral de 1988; la ola de solidaridad con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) desde que se levantó en armas, en 1994, hasta ahora; la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) en 2006 y el movimiento liderado por Andrés Manuel López Obrador en los últimos años.

El recuerdo insistente de las grandes luchas no debe hacernos olvidar los innumerables movimientos sociales que han agitado incesantemente a la sociedad mexicana en los últimos cincuenta años, incluyendo varias movilizaciones estudiantiles en diversas instituciones de todo el país: la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1971, la Universidad Autónoma de Sinaloa en 1972, la UNAM en 1986 y 1999, los Colegios de Ciencias y Humanidades en 1995, la Universidad Autónoma Metropolitana en 1996, y así sucesivamente. Al mismo tiempo, cada nuevo 2 de octubre, los estudiantes han salido a la calle a corear “¡Dos de octubre no se olvida!”. En los últimos años hubo además dos grandes movimientos que unieron a estudiantes de todo México y en los que se recordó insistentemente la matanza de Tlatelolco: en 2012, el movimiento #yosoy132, por la democracia, por la libertad de expresión y contra el retorno del régimen priista; y en 2014, el movimiento causado por la desaparición de 43 estudiantes de la escuela Normal Rural de Ayotzinapa, los cuales, significativamente, fueron atacados por los policías cuando reunían fondos para ir a la Ciudad de México y participar en la manifestación conmemorativa del 2 de octubre.

Medio siglo de represión

Así como la movilización continuó durante los últimos cincuenta años, así también la represión prosiguió, dejando miles de víctimas en todo el país, entre ellas algunas asesinadas en grupo en las matanzas del régimen que vinieron después de Tlatelolco, por ejemplo: en 1971, en la Ciudad de México, medio centenar de estudiantes asesinados en la matanza de Corpus Christi; en 1982, en La Trinidad, Guerrero, 9 campesinos asesinados; en 1995, en Aguas Blancas, Guerrero, 17 campesinos asesinados; en 1997, en Acteal, Chiapas, 45 indígenas asesinados; en 1998, en El Charco, Guerrero, 11 jóvenes asesinados; en 2014, en Iguala, Guerrero, 8 asesinados y 43 estudiantes desaparecidos; en 2016, en Nochixtlán, 10 asesinados; en 2017, en Arantepacua, 4 indígenas asesinados. Todas estas personas molestaban al régimen y fueron eliminadas por policías, militares y paramilitares. Su eliminación basta para confirmar que México no es una democracia, ni siquiera una democracia imperfecta, sino simplemente una dictadura, aunque eso sí, una “dictadura perfecta”, como la llamara Mario Vargas Llosa cuando todavía era capaz de sostener un discurso crítico y consecuente[23].

Como ya lo comentamos anteriormente, la represión gubernamental de los movimientos pacíficos, tanto en 1968 como antes y después, hizo que muchos opositores optaran por tomar las armas y unirse a la guerrilla. Desde los años sesenta hubo grupos guerrilleros importantes en México, entre ellos los de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez entre los sesenta y principios de los setenta, el Movimiento de Acción Revolucionaria y la Liga Comunista 23 de septiembre en los setenta, el Partido Revolucionario Obrero Campesino – Unión del Pueblo (PROCUP) en los ochenta, el EZLN y el Ejército Popular Revolucionario en los noventa. Ante la irrupción de la guerrilla, la represión tendió a recrudecerse. Miles de personas fueron detenidas, torturadas y asesinadas en la persecución contra los guerrilleros. Fue en el contexto de esta persecución que sucedieron muchas de las matanzas que mencionamos anteriormente, como las de Acteal y El Charco.

De cualquier modo, en todas las matanzas mencionadas y en los miles de asesinatos políticos perpetrados por el régimen priista después de 1968, las víctimas fueron mayoritariamente opositores al régimen eliminados por militares, paramilitares, policías y pistoleros trabajando para el régimen. Es verdad que los muertos luchaban por causas diferentes, pero siempre, en última instancia, luchaban también por lo mismo que los jóvenes que murieron en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968: por libertad y democracia, por justicia e igualdad. Podemos decir, pues, que se trata de una lucha que no ha cesado en México desde los cuarenta del siglo XX. Esta lucha, que ya dura casi ochenta años, es la que se exteriorizó en el movimiento del 68, el cual, por lo tanto, no debe confinarse al año de 1968, no debe abstraerse de la gran lucha en la que el 68 es tan sólo un eslabón, sí, un eslabón decisivo y diferente de cualquier otro, pero un eslabón que sólo tiene sentido por el pasado y el futuro que se unen en él. Y el futuro de 1968, no hay que olvidarlo, es nuestro presente, es decir, el presente de aquellos, como yo, que aún creemos en lo mismo que los estudiantes del 68: la libertad, la democracia, la igualdad, la justicia, la soberanía de los pueblos.

¿Final feliz?

Si creemos en lo mismo que los sesentayocheros, entonces tan sólo podremos realizarlo al ser continuadores de ellos y al proseguir lo que ellos empezaron. Debemos ver su lucha como una tarea pendiente. Hay que seguir luchando contra la represión y la opresión, contra la injusticia y la desigualdad, contra la explotación capitalista y contra el imperialismo de los Estados Unidos y de otras potencias mundiales.

Todavía sufrimos lo mismo que los jóvenes del 68. Aún sentimos y pensamos lo mismo que ellos, deseamos lo mismo, somos lo mismo. Es verdad que somos también muchas otras cosas que ellos todavía no eran. Y desde luego que ellos eran también muchas otras cosas que nosotros ya no somos. Pero hay algo que ya eran ellos y que persiste a través de lo que somos. Es por esto que los encontramos dentro de nuestra memoria colectiva. Están aquí porque son lo que somos.

Como nos lo han mostrado Henri Tajfel y John Turner, hay una identidad compartida en la base y en el seno de la memoria colectiva[24]. No podemos recordar juntos, a través de nuestra vida, sino lo que somos unos con otros. Nuestro nosotros es también el de los del 68. Ellos también forman parte de lo que somos. Hay algo que sólo podemos ser con ellos. Dejarlos atrás no sería otra cosa que dejarnos atrás a nosotros mismos.

Para no perdernos, debemos continuar protestando como los sesentayocheros, denunciando lo que ellos denunciaban, exponiéndonos a las balas que los mataron. Tenemos que seguir hablando sobre ellos para no dejar de hablar sobre nosotros. Y no debemos dejar de corear las consignas con las que nos recordamos al recordarlos estruendosamente cada nuevo 2 de octubre. De lo contrario, como decía el astrónomo Guillermo Haro al recordar el 68, caeremos en “ese magnífico y egoísta silencio con el que nos protegemos y nos olvidamos”[25].

Para guardarnos en la memoria, debemos dejarnos poseer por lo que Jorge Volpi llamaba el “espíritu de Tlatelolco”[26]. Tenemos que ser aquello en lo que no se apaga el espíritu del 68: el espíritu de lucha de los sesentayocheros. No sólo hay que mantener vivo su recuerdo, sino que hay que mantenerlos vivos a ellos, a los que aparentemente murieron en Tlatelolco. Tan sólo así podremos vencer a quienes creyeron matarlos. Y de paso venceremos a otros asesinos de la vida y de la esperanza, entre ellos quienes asesinaron y desaparecieron a los estudiantes de Ayotzinapa mientras se preparaban para homenajear a los de Tlatelolco.

Tal vez al final, con el apoyo de los de Ayotzinapa y de todos los demás, consigamos que el 68 mexicano tenga un final feliz, un final diferente al 2 de octubre. Hay que insistir en que el 2 de octubre no fue el final del movimiento. El final está por verse. Y seguramente falta mucho para verlo, pues los sesentayocheros, como bien lo apuntó José Revueltas, están “haciendo la historia”, son “su carne y su sangre”, y es precisamente por esto que tan sólo podrán “vencer hasta el fin”[27].

Referencias

[1] Edmundo Jardón Arzate, De la Ciudadela a Tlatelolco: el islote intocado, Ciudad de México, Fondo de Cultura Popular, 1969.

[2] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, Ciudad de México, Era, 1971.

[3] Sergio Zermeño, México : una democracia utópica: el movimiento estudiantil del 68, Ciudad de México, Siglo XXI, 1978.

[4] Paco Ignacio Taibo II, 1968 (1991), Madrid, Traficantes de Sueños, 2006.

[5] Daniel Cazés, Crónica 1968, Ciudad de México, Plaza y Valdés, 1993.

[6] Sergio Aguayo Quezada, 1968: los archivos de la violencia, Ciudad de México, Grijalbo, 1998.

[7] Jorge Volpi, La imaginación y el poder, una historia intelectual de 1968 (1998), Ciudad de México, Era, 2006.

[8] Julio Scherer y Carlos Monsiváis, Parte de guerra, Tlatelolco 1968, Ciudad de México, Aguilar, 1999.

[9] En Gerardo Peláez Ramos, El movimiento estudiantil y los comunistas (1963-1968), Cronología IV y última, La Haine, consultado en http://www.lahaine.org/b2-img10/pelaez_6368_4.pdf

[10] En Daniel Cazés, Crónica 1968, op. cit., p. 166.

[11] Arturo Taracena Arriola, Las lecciones del 68. Bajo el Volcán 7(13) (2008), p. 77.

[12] En Gerardo Peláez Ramos, El movimiento estudiantil y los comunistas (1963-1968), Cronología IV y última, op. cit.

[13] Maurice Halbwachs, La psychologie collective (1937-1942), París, Flammarion, 2015, p. 174.

[14] Maurice Halbwachs, La mémoire collective (1926-1944), París, Albin Michel, 1997, pp. 65-66.

[15] Ibíd., pp. 131-132.

[16] Ibíd., pp. 131, 140.

[17] Paco Ignacio Taibo II, 1968, op. cit., p. 101.

[18] Luis González de Alba, En el Consejo Nacional de Huelga no hubo traidores, Proceso, 11/10/16, consultado en https://www.proceso.com.mx/458278/gonzalez-alba-68-en-consejo-nacional-huelga-hubo-traidores

[19] José Revueltas, México 68: juventud y revolución, Ciudad de México, Era, 2008, p. 91.

[20] Renata Sevilla, Tlatelolco, ocho años después (entrevistas), Ciudad de México, Posada, 1976, pp. 13-14.

[21] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, op. cit., p. 18.

[22] Soledad Loaeza, México 1968: los orígenes de la transición, Foro internacional 30(1) (1989), pp. 66-92. Ver también algunos capítulos contenidos en: Ilán Semo, La transición interrumpida: México 1968-1988, Ciudad de México, Universidad Iberoamericana, 1993.

[23] Mario Vargas Llosa, México es la dictadura perfecta. Españoles y latinoamericanos intervienen en la polémica sobre el compromiso y la libertad, El País, 1 de septiembre de 1990, https://elpais.com/diario/1990/09/01/cultura/652140001_850215.html

[24] Henri Tajfel y John Turner, The Social Identity Theory of Intergroup Behavior, en S. Worchel & W.G. Austin (eds), The Psychology of Intergroup Relations (pp. 7-24), Chicago, Nelson-Hall, 1986.

[25] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, op. cit., p. 145.

[26] Jorge Volpi, La imaginación y el poder, una historia intelectual de 1968, op. cit., pp. 359-375.

[27] José Revueltas, México 68: juventud y revolución, op. cit., 2008, p. 25.

Hacia una psicopolítica de la democracia imposible en México

PRI

Conferencia en el Auditorio Luis Lara Tapia de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ciudad Universitaria, Ciudad de México, viernes 2 de marzo de 2018

David Pavón-Cuéllar

Dictadura perfecta

Ocurrió el jueves 30 de agosto de 1990 por la noche, en la televisión, durante un debate de intelectuales convocado por Octavio Paz y transmitido en vivo a todo México. Fue entonces cuando el escritor peruano Mario Vargas Llosa describió al gobierno mexicano como una “dictadura perfecta” que tenía todas “las características de la dictadura”, entre ellas “la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido, y de un partido que es inamovible” (Vargas Llosa, 1990, 1 de septiembre, párr. 2-3). Vargas Llosa estaba refiriéndose, desde luego, al Partido Revolucionario Institucional (PRI), el cual, bajo tres diferentes denominaciones, gobernó el país ininterrumpidamente desde 1929 hasta el año 2000, es decir, durante más de siete décadas.

Fueron setenta y un años los que México vivió en aquello que Vargas Llosa describía como “dictadura perfecta”. Esta descripción era fiel y acertada. En México, entre los treinta y noventa del siglo XX, no había una democracia, ni siquiera una democracia imperfecta. Lo que había era una dictadura, y sí, en efecto, no cualquier dictadura, sino una dictadura perfecta. ¿Por qué perfecta? Por lo que le permitía durar tanto, por ejercer una dominación tan velada y al mismo tiempo tan implacable, por saber cooptar o neutralizar a los opositores, por ser tan eficaz al ocultar su carácter dictatorial y al hacerse pasar por una democracia.

Era quizás en la simulación democrática en donde mejor se apreciaba la perfección de la dictadura mexicana. El régimen priista era perfecto como régimen dictatorial por lo bien que sabía disimular su carácter dictatorial y simular un carácter democrático. Al aparentar ser una democracia, el PRI-gobierno podía realizar mejor todo lo propio de una dictadura: perpetuarse, imponerse, controlar, censurar, suprimir cualquier oposición, oprimir y reprimir, coartar libertades y violar derechos. Todo esto se hacía mejor en secreto, discretamente, sin escandalizar a nadie, sin atraer la atención. Entendemos que la “dictadura camuflada” priista, según Vargas Llosa, pudiera ser un modelo para “todas las dictaduras latinoamericanas” que habían intentado en vano “crear algo equivalente al PRI” (1990, 1 de septiembre, párr. 3-5).

El régimen priista era inimitable. No pudo ser imitado por ninguna de las dictaduras latinoamericanas. De ahí que ninguna de ellas consiguiera durar tanto como la priista. Ninguna duró tanto porque ninguna funcionó con tanta perfección como la dictadura mexicana en diversos campos, en especial algunos que aquí son los que más nos interesan: el ideológico y el psicológico, el psicosocial y el psicopolítico. En estos campos, en efecto, ninguna dictadura latinoamericana tuvo logros como los de la dictadura priista en México: ninguna supo arreglárselas para ser tan respetada y admirada, ninguna encontró la manera de proyectar y mantener una apariencia tan impecablemente democrática, ninguna tuvo tanto éxito al asegurar el asentimiento y el consenso, ninguna utilizó estrategias tan efectivas de persuasión y manipulación de la sociedad, ninguna ejerció un poder tan sutil, ninguna supo ser tan eficaz al canalizar el descontento, reabsorber toda oposición, tejer complicidades, embelesar y cautivar a los sujetos, comprarlos y poseerlos, chantajearlos y extorsionarlos, pervertirlos y corromperlos, atraparlos y dominarlos por dentro.

El régimen priista en el gobierno panista

El régimen priista hundió sus raíces en la sociedad y en la subjetividad, transformándolas radicalmente, haciendo que fueran aquello que debían ser para posibilitar la permanencia del régimen. Fue así como el régimen se convirtió en algo prácticamente invencible. Y, sin embargo, vimos cómo fue vencido en las elecciones de los años 2000 y 2006, cuando la presidencia fue ganada por el Partido Acción Nacional (PAN). Fue sin duda lo que vimos. ¿Pero sucedió realmente?

Hay suficientes indicios que nos permiten sostener que la dictadura priista no fue realmente vencida ni en el 2000 ni en el 2006. Por un lado, como lo sabemos por fuentes autorizadas como el excandidato priista Roberto Madrazo (2007) y el periodista Álvaro Delgado (2016), las derrotas del PRI en esos dos años fueron pactadas con el PAN y permitieron mantener las estructuras priistas de poder e influencia. Por otro lado, como es fácil percatarse y como ya fue magistralmente señalado por Marcos Roitman Rosenmann (2012, 10 de julio), los gobiernos panistas de Fox y Calderón únicamente constituyeron una continuación del priismo por otros medios, una prolongación encubierta de su dictadura perfecta, un reacomodo encaminado a la renovación y restauración de su orden social y de su cultura política, de sus formas de control y manipulación, de su corrupción y de sus prácticas antidemocráticas.

Desde luego que hubo importantes diferencias entre los gobiernos priistas y panistas. Era necesario que las hubiera. No había que ser tan obvios. La continuidad no podía ser demasiado evidente ni transparente. Los gobiernos panistas, además, debían cumplir con funciones precisas por las que debían diferenciarse de los gobiernos priistas, entre ellas la misma ilusión de cambio y de alternancia, la satisfacción del afán de novedad, la canalización del descontento y una ingeniosa reconfiguración mistificadora de las fuerzas políticas. De lo que se trataba, como en Lampedusa, es de que todo cambiara para que todo siguiera igual.

La perpetuación del régimen priista, después de setenta y un años de marcha y desgaste, requería de grandes cambios, como la alternancia en el poder, y de nuevos medios, como lo fueron los gobiernos panistas. El PAN en el poder constituyó una maniobra genial con la que se confirmó una vez más la perfección de la dictadura perfecta del PRI. Esta dictadura encontró la manera de transfigurarse para preservarse.

Para durar más de siete décadas, el régimen priista supo enmascararse con el gobierno panista. Esta idea podría inspirar una teoría conspirativa si tuviéramos la certeza de que todo fue urdido minuciosamente por cabezas tan perversas y poderosas como las que se atribuyen a Salinas de Gortari y a Fernández de Cevallos. Puede ser que así haya sido, al menos en parte, pero no era necesario que lo fuera ni parcial ni totalmente para que ocurriera el fenómeno al que me refiero.

Para que el régimen priista se perpetuara mediante los gobiernos panistas, bastaba con que el PAN se fuera convirtiendo en una suerte de avatar del PRI a través de su participación en un sistema en el que dominaba el estilo priista de hacer política, ejercer el poder, gobernar, controlar, negociar, convencer, pensar, actuar. Este sistema terminó pervirtiendo al PAN y convirtiéndolo en otro PRI. Fue lo mismo que hizo con el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Es lo mismo que tal vez termine haciendo con el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).

Los partidos priistas

Sabemos que MORENA, como ya ocurrió con el PAN y con el PRD, se ha convertido en refugio para muchos priistas. Los de más peso, Manuel Bartlett y Esteban Moctezuma, son perfectas personificaciones de la dictadura perfecta. Bartlett era Secretario de Gobernación cuando se consumó el gran fraude electoral de 1988, mientras que Moctezuma, como titular de la misma secretaría en 1995, dirigió la llamada “traición de febrero” y la mayor persecución que hayan sufrido los zapatistas. ¿Acaso estos dos políticos no representan precisamente aquello contra lo que surge MORENA? ¿Por qué, entonces, forman parte de MORENA? Si este movimiento puede verse como la esperanza de México, es porque permite imaginar un México sin lo personificado por Bartlett y Moctezuma.

Sobra decir que el problema no radica en la personificación. Las personas, después de todo, pueden reformarse. No son ellas el problema. Ni siquiera lo son cuando son tantas como los militantes del PRI que se precipitan hacia MORENA como ya se precipitaron antes hacia el PAN o el PRD. No, el problema no son los priistas que saltan como ratas de su embarcación que se hunde para subirse a las naves que aún flotan, retomando una metáfora de Alain Badiou. El problema no son esos pobres náufragos que sólo quieren sobrevivir en la política, sino lo que representan y lo que anuncian, aquello de lo que son el signo y en lo que nos hacen pensar, a saber, el sistema que amenaza con apoderarse de la única alternativa electoral al sistema.

Desde luego que MORENA todavía no es un partido priista, como tampoco lo fueron el PRD y el PAN en la época en la que actuaban y se expresaban como auténticos partidos opositores. No hay que olvidar cómo el PAN se dedicó a importunar al PRI durante varias décadas. Tampoco debe olvidarse cómo el régimen priista llegó a sentirse amenazado por el PRD hasta el punto de masacrar a más de quinientos militantes perredistas en los años noventa del siglo XX.

El PAN y el PRD nunca fueron partidos paleros o paraestatales, como se les ha conocido tradicionalmente a los falsos partidos opositores creados por el mismo régimen priista, como antes el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (el PARM) y ahora el Partido Nueva Alianza (PANAL): astutos artilugios de una dictadura perfecta que ha sabido incluso generar su propia oposición para poder controlarla mejor. A diferencia de estos partidos paleros, el PAN y el PRD no surgieron por iniciativa del priismo, sino que aparecieron en franca oposición contra él. Fueron sus principales enemigos y rivales. Y, además, ofrecieron verdaderamente otras formas de hacer política. Sin embargo, con el paso del tiempo, su política se pareció cada vez más a la del priismo.

Los grandes partidos anti-priistas se dejaron corromper, cooptar y reabsorber por el priismo hasta el punto de convertirse en una suerte de nuevos partidos priistas que incurren de manera sistemática en todo aquello contra lo que luchaban en el pasado: el clientelismo, el favoritismo, el corporativismo, el acarreo, el desprecio por las bases, la demagogia, las falsas promesas, la propaganda engañosa, el control mediático, la censura, la corrupción, la compraventa de votos, las despensas, la explotación electoral de la miseria y todo lo demás que imposibilita la democracia en México. Todo el arsenal de la política dictatorial priista es utilizado por el PAN y por el PRD. Lo mismo ha ocurrido con partidos más pequeños como el Movimiento Ciudadano. Lo mismo también ha empezado a ocurrir en MORENA. Es como si el destino de todos los partidos opositores fuera el de terminar alimentando el cauce del priismo. Es como si el PRI se impusiera nuevamente como partido único al poseer a todas las demás opciones electorales.

¿Qué hacer?

En las próximas elecciones, como en las últimas y en las penúltimas y en las anteriores, tendremos que elegir entre varios partidos priistas y uno esperanzador que amenaza con volverse tan priista como los demás. Quizás, en definitiva, sea cual sea nuestro voto, habremos votado por el PRI. Tal vez tengamos aquí la última jugada magistral de la dictadura perfecta.

¿Qué hacer? Evidentemente la abstención o el voto nulo también sería una manera de votar por el mismo sistema que nunca se reproduce tan fácilmente como cuando le aportamos el apoyo de nuestra pasividad. Quien decide no hacer nada está permitiendo que siga dominando lo que domina: lo que se fortalece con todo lo que no le opone resistencia. Como la bella alma hegeliana, el abstencionista se está descargando ilusoriamente de su responsabilidad y de sus consecuencias, lo que tal vez le ofrezca un sentimiento de inocencia, pero no le da la inocencia. Por el contrario, lo convierte en el más culpable, pues le hace tener la culpa de todo lo que no intentó evitar. La dictadura perfecta, en efecto, no sólo ha sido sostenida por quienes han votado por el PRI o por los demás partidos priistas, sino también por los que no han votado contra ellos.

¿Entonces qué hacer para acabar con la dictadura perfecta? ¿Simplemente votar contra el priismo que no deja de avanzar y de ocupar nuevas posiciones? ¿Batirse así en retirada y refugiarse cada vez en el último reducto de la oposición? ¿Votar por el único partido que todavía no se ha dejado absorber totalmente por el priismo, como el PAN antier, el PRD ayer y MORENA hoy? ¿Votar, entonces, por lo que está cediendo y no por lo que ha cedido ya totalmente al régimen priista? ¿Esto es todo lo que nos queda? No lo sé, tal vez, pero sólo en el ámbito electoral.

Lo psicológico

El ámbito electoral, afortunadamente, no es el único en el que podemos luchar por la democracia y contra la dictadura perfecta. Existen otros campos de batalla. Y algunos, quizás, en definitiva, sean más básicos y decisivos que el de las elecciones. Tal es el caso de los campos que más deberían interesarnos en la psicología, los que involucran la subjetividad, aquellos en los que lo psíquico resulta indiscernible de lo político, los cuales, por lo tanto, exigen un acercamiento que podemos denominar “psicopolítico”.

Al abordar psicopolíticamente el problema de la dictadura perfecta, descubrimos en primer lugar, en el nivel psicológico en sentido estricto, una serie de factores subjetivos por los que se explican en parte los problemas objetivos que imposibilitan la democracia. Por ejemplo, si hay desvío de recursos públicos para financiar campañas, es porque hay en los sujetos un desprecio generalizado por lo público: un desprecio muy común en la sociedad mexicana, en la cual, paradójicamente, el dinero público, el de todos, el que debería ser más respetado, es a menudo el menos respetado, el que se gasta y se despilfarra con mayor facilidad, el que se roba con menos escrúpulos de conciencia. Por otro lado, si hay subordinación de los medios de comunicación a los poderes político-económicos, es por la condición pusilánime o venal, dominable o sobornable, de los periodistas que se dejan intimidar o comprar por lo políticos. De igual modo, la manipulación mediática puede tener éxito porque hay, en el plano subjetivo, la credulidad y la falta de espíritu crítico de los votantes que se dejan manipular por los medios. Que estos mismos votantes vendan su voto es asimismo por su disposición a vender su voto. Y si hay parcialidad en unos órganos electorales que benefician a su patrón o a su mejor postor, es por la deshonestidad característica de los funcionarios en el gobierno mexicano.

En todos los casos, hay algo psicológico por lo que podemos ofrecer una explicación de cada obstáculo para la democracia. La corrupción del Instituto Nacional Electoral se explica psicológicamente por la corruptibilidad de sus funcionarios, la compraventa de votos por la propensión de los votantes a vender sus votos, el engaño de los medios por aquello que se deja engañar en los votantes, el control de la información por la falta de honradez y de valentía de muchos periodistas, la financiación gubernamental de partidos por la desvalorización de lo público. Tenemos, por lo tanto, ciertas configuraciones de la subjetividad en las que vemos apoyarse firmemente la dictadura perfecta: votantes comprables y manipulables, funcionarios corruptos y sin respeto por lo público, periodistas cobardes y deshonestos. Mientras haya tales tipos de sujetos, imposible democratizar el país: no habrá manera de liberarse del yugo del régimen priista del PRI, del PAN, del PRD y quizás también próximamente de MORENA.

El priismo seguirá manteniendo su dictadura perfecta mientras no hayamos transformado todo aquello subjetivo que la sostiene. ¿Y cómo transformarlo? Esta pregunta quizás entusiasme a especialistas en la subjetividad como lo son los moralistas o los psicólogos, quienes quizás vean aquí la confirmación de su creencia de que el problema político de México es moral o psicológico y requiere una solución moral o psicológica.

Ya estamos familiarizados con ese lugar común: cada pueblo tiene el gobierno que se merece; el problema no es del gobierno, sino del pueblo, de las personas que se dejan entrampar y que venden sus votos; aquí radica el problema, y no es político, sino moral y psicológico… Esto es lo que se piensa muy a menudo. ¿Pero acaso esto no es incurrir en una moralización y psicologización de lo político, es decir, a fin de cuentas, en una despolitización de lo político? La respuesta es afirmativa. Estamos despolitizando lo político al suponer que el fundamento subjetivo de un fenómeno como el régimen priista ya no es político, sino moral o psicológico, anímico e interno, como si la subjetividad empezara cuando termina la política y cuando empieza la moralidad y la psicología.

La política

En realidad, como bien lo sabía Lacan (1960), la política es un lenguaje sin metalenguaje: un único lenguaje que se articula en lo subjetivo, en lo moral y en lo psicológico, así como en lo cultural y en lo socioeconómico. Todo esto se encuentra indisociablemente imbricado en el régimen priista. Y si hay que reconocer que lo subjetivo está en la base de las prácticas del régimen, también debe concederse que es el propio régimen el que se ha provisto de los tipos de sujetos que requiere para poder operar como lo hace. Estos sujetos, como cualesquiera otros, no son políticos porque decidan participar en política, sino porque se constituyen políticamente. Su politización es su constitución misma.

Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, la subjetividad ha sido constituida por el priismo de tal modo que pueda sostenerlo. De ahí que la sujeción al régimen priista pueda estar implicada en cierta subjetivación del mexicano. Ser sujeto, serlo aquí, es también a veces cargar con el Otro del priismo. Y a falta de un Otro del Otro, como diría Lacan, es el mismo priismo el que debe cargarse a sí mismo. Es por esto que el priismo también se manifiesta subjetivamente a través de un fundamento subjetivo que ni siquiera conseguimos diferenciar de lo fundamentado. La dictadura perfecta es también quienes la sostienen, quienes le dan vida y rostro, quienes la personifican, Salinas y Peña Nieto, Bartlett y Moctezuma, pero también los militantes de base y todos los demás, los votantes comprables y manipulables, los funcionarios corruptos y sin respeto por lo público, los periodistas deshonestos y cobardes. Todos ellos son la dictadura perfecta y no sólo su fundamento subjetivo.

Si los sujetos efectivamente sostienen el régimen priista, es porque son lo que deben ser para que el régimen pueda existir a través de ellos, como ellos, en ellos y no sólo sobre ellos. Ellos le dan su existencia a un régimen del que reciben su propio ser. Hay una cierta corrupción o deshonestidad, en efecto, que es una forma de ser priista, y al serlo, uno le permite al priismo existir con su propia existencia humana, ya sea que uno milite en el PRI, en el PAN, en el PRD o en MORENA, o que no sea militante de ningún partido.

El problema va más allá y más acá de la militancia, pero no por ello deja de ser esencialmente político. No es un problema que pueda resolverse con una reeducación moral o con un tratamiento psicoterapéutico. Es más bien algo que sólo puede tratarse a través de la acción política. ¿Y por qué? Porque es algo que se encuentra, no en el espacio interior en el que buscan incidir la moralidad y la psicología, no dentro del sujeto, sino más adentro, es decir, afuera, en el exterior, en ese espacio político al que siempre salimos cuando ahondamos demasiado en el sujeto.

La subjetividad, en efecto, es algo que se atraviesa cuando se profundiza. Cuando alcanzamos lo más íntimo del sujeto, llegamos al exterior, al intimum cordis de Agustín, al ser social en Marx, a lo éxtimo de Lacan. Es aquí afuera, en el fondo insondable del sujeto, en donde tenemos que enfrentarnos al régimen priista, el cual, en este nivel, aparece como aquello que subyace a lo mismo que lo sostiene en cada sujeto. Estamos llegando, pues, al meollo del priismo, a eso priista que hace que los votantes sean comprables y manipulables, eso que hace que los funcionarios sean corruptos y desprecien lo público, eso mismo que vuelve a los periodistas cobardes y deshonestos. ¿Qué es eso, en el priismo, con lo que se engendra la subjetividad requerida por el régimen priista?

Dinero y mercantilización de la política

Veamos. ¿Qué hace que los periodistas sean deshonestos, los funcionarios corruptos y los votantes comprables? En otras palabras: ¿qué se necesita para comprar un voto, corromper a un funcionario y contratar los servicios de un periodista deshonesto? La respuesta es muy sencilla: se necesita dinero. Es con dinero que puedo sobornar a periodistas, funcionarios y votantes, ya sea que lo haga directamente, con billetes, o indirectamente, con jugosos favores o con tarjetas de Soriana o con despensas u otras mercancías compradas con billetes. En todos los casos, el dinero es necesario para sobornar.

El soborno, desde luego, no sólo necesita de quien soborna y de su dinero, sino también de quien se deja sobornar, lo que nos plantea otra cuestión relacionada con la subjetividad. ¿Por qué se dejan sobornar los votantes, funcionarios y periodistas? Porque para ellos, ya sea por su miseria o por su avidez, el voto, la función pública o el trabajo periodístico son menos importantes que aquello con lo que se les puede sobornar. Es por esto, precisamente, que se dejan sobornar.

En el reino del soborno, lo más importante es el dinero, es decir, aquello que se necesita para sobornar. El reino del soborno es el reino del dinero, y no cualquier dinero, sino uno que se invierte para obtener algo más que al final suele representar más dinero. Por ejemplo, el dinero permite comprar votos con los que se obtienen diputaciones o presidencias con las que se adquieren a su vez poderes, contratos, salarios y accesos al presupuesto que aportan mucho más dinero del invertido inicialmente para comprar los votos. Lo mismo ocurre con el dinero para comprar a funcionarios y a periodistas: es una cantidad invertida para ganar una mayor cantidad al final.

Empezamos con el dinero y terminamos con más dinero, y entre el principio y el final, tenemos votos y puestos públicos reducidos a mercancías para obtener más dinero. La política entera se ve así mercantilizada. Su destino ahora es el de obedecer la ecuación fundamental del mercado en el capitalismo: dinero-mercancía-dinero, lo que Marx (1867) formulaba D-M-D, en donde el dinero deja de ser un medio para intercambiar mercancías y se convierte en el fin mismo de las mercancías, en aquello por lo que se venden y se compran, es decir, en este caso, en aquello por lo que existe la política.

Basta ver las actuales campañas y publicidades electorales para convencerse de que estamos en el mercado. La verdad inherente a la política no reside aquí en ella misma, en su valor intrínseco, en su valor de uso para la sociedad, sino en su valor de cambio para obtener cierto plus-valor al negociar con ella. Es en este valor de cambio en donde estriba paradójicamente su valor de uso. Estamos ante una de aquellas paradojas de la mercancía que fueron descritas y resueltas por Marx (1867). Nos encontramos en el mercado. Es en una lógica de mercado en donde tenemos que situar la política priista en su forma acabada.

Lo decisivo en el actual priismo no es ya la política, no es el puesto de elección popular en sí mismo, no es ni siquiera el poder, sino lo que se gana con el poder, o, mejor dicho, para ser más precisos, la diferencia entre lo que se gasta para comprarlo y lo que se gana al ejercerlo. Tenemos aquí, en una forma resumida, la fórmula del capital como proceso con el que se capitaliza una inversión inicial en dinero. Esta capitalización es una operación fundamental del régimen priista. Se realiza en todos los niveles: no sólo en la compra de puestos de elección popular, en la adquisición y explotación de los votos, de las notas periodísticas y de las decisiones electorales, sino en los intercambios de favores, en el favoritismo y el clientelismo, en el corporativismo, el acarreo, el trabajo sucio de los mapaches del SNTE, las extorsiones de los antorchistas, el uso de influencias, las contrataciones y licitaciones, las privatizaciones y todo lo demás.

Subsunción de la política en el capital

Todo termina efectuándose para ser capitalizado, para incrementar la inversión inicial, para enriquecerse. La riqueza tiende a ser lo que da sentido a una política priista que excluye la pobreza. De ahí que alguien con el cinismo de Carlos Hank González, fundador y mentor del aún dominante grupo Atlacomulco, pudiera sostener que “un político pobre es un pobre político” al tiempo que amasaba una fortuna gigantesca.

El enriquecimiento acaba siendo el fin último al que todos los demás propósitos quedan subordinados. El poder mismo se vuelve un simple medio para la producción de un plus-valor. El capital es el proceso en el que todas las operaciones del régimen priista quedan subsumidas. Podemos hablar, pues, retomando el famoso concepto de Marx (1866), de una subsunción de la política en el capital. Esta subsunción es real y no sólo formal, pues no sólo recurre a medios tradicionales, sino que ha generado toda una serie de nuevos dispositivos que no dejan de acumularse, complicarse y refinarse desde que se fundó el régimen priista hace casi un siglo.

El priismo ha sido siempre una expresión del sistema capitalista y de la sociedad burguesa. Quizás no lo fuera de manera evidente en sus orígenes. Debió depurarse durante décadas, tomar confianza y aceptarse a sí mismo como lo que era, desembarazarse de sus temores y pudores con Miguel Alemán y Carlos Salinas, desencantarse, desapasionarse y entregarse resignado a sus más bajas pulsiones. Es así como al final, sólo al final, ha conseguido revelarnos retroactivamente una verdad que había guiado toda su historia. Hoy en día sabemos que el capitalismo estaba ya en esa interrupción del proceso revolucionario, como diría Gilly (1971), que nos hizo pasar de los cañonazos de verdad a los de 50 mil pesos de Álvaro Obregón. Desde entonces hasta ahora, la avidez ha ido imponiéndose como el gran motor de un régimen priista que se consolidó precisamente cuando pasamos de los generales que buscaban aparentemente el poder por el poder a los civiles que buscan abiertamente el poder por la riqueza.

La dictadura perfecta del capitalismo

El ansia de riqueza le ha permitido al régimen priista insertarse de la mejor manera en el sistema capitalista mundial y en su ideología dominante. Esta inserción es una de las principales razones del éxito del régimen y de la permanencia de la dictadura perfecta. La dictadura del PRI es también perfecta porque es la dictadura del capital, es decir, de aquello que se ha mostrado capaz de vencer toda resistencia y de reinar en el mundo entero. Se trata, en efecto, de una dictadura y no de una democracia, de un sistema vertical y no horizontal, autoritario y no deliberativo. Sin embargo, al igual que el priismo, el capitalismo es una dictadura perfecta porque sabe disimular su carácter dictatorial y hacerse pasar por democrático.

Nuestra noción misma de la democracia, como democracia burguesa y liberal, es un dispositivo endiabladamente ingenioso para disimular y perpetuar la dictadura perfecta del capitalismo. Lacan (1972) describe tal dispositivo a través de su formulación de un discurso capitalista en el que el capital con su poder es enmascarado por el mismísimo sujeto de la democracia, el votante y el consumidor, el sujeto supuestamente libre para elegir, el que tiene la convicción de estar decidiendo entre las diferentes opciones de lo mismo, entre los diferentes partidos priistas, entre las diferentes versiones del mismo capitalismo, entre las diferentes marcas del mismo producto. Sea cual sea lo que decida comprar, el consumidor habrá comprado el capitalismo y habrá contribuido a su perpetuación. De igual modo, sea cual sea el partido por el que vote, el sujeto votará por el capitalismo, es decir, en México, por el priismo, por el régimen priista como expresión local del sistema capitalista.

La dictadura perfecta del capitalismo, al igual que la del priismo, ejerce un poder totalitario, sin alternativas evidentes, al ser todo aquello entre lo que se puede elegir. Su poder engloba incluso a quienes eligen, pues opera también a través de mecanismos de subjetivación. Tales mecanismos hacen que el capitalismo y el priismo hayan triunfado aún antes de la batalla: en la existencia misma de un sujeto que no tiene ya razones de luchar contra eso mismo de lo que él es la expresión. Un sujeto semejante sólo podrá perturbar el sistema por accidente, por error, por un lapsus o por un acto fallido, al soñar o al enfermarse, como lo ha constatado el psicoanálisis al tratar a los sujetos del capitalismo. Es en este nivel de la subjetividad, como ya lo mostramos en el caso del priismo, en el que se asegura la perfección de una dictadura capitalista que ha sabido coincidir con las aspiraciones más hondas y francas de la humanidad al crearse una humanidad a su imagen y semejanza.  Este capitalismo reduce cada vez más a sus opositores a la condición de inhumanos, locos, desadaptados, suicidas, marginales, rebeldes sin causa, tullidos, cojos, como los llamaba Lacan. Ante un ejército semejante, no sorprende que el capitalismo, como el priismo, haya conseguido eternizar su dictadura perfecta.

El capitalismo ejerce una dictadura tan perfecta como el priismo, lo que no es una coincidencia, ya que se trata de la misma dictadura. La perfección del régimen priista, como dictadura perfecta, viene a corroborar la perfección del sistema capitalista. Es la perfección por la que el capital nos gana todas las jugadas.

La democracia burguesa liberal y su verdad en la dictadura perfecta del PRI

El Estado capitalista es el único exitoso en el sistema capitalista, como lo muestra elocuentemente el régimen priista, porque es el Estado mismo del sistema, su forma política, su cara y al mismo tiempo la máscara que lo disimula, como bien lo han denunciado Marx (1843), Engels (1878), Lenin (1917) y otros marxistas. El marxismo nos ha enseñado también cómo el Estado le sirve a la clase dominante para ejercer eficazmente su dominación al disimularla bajo una forma de consenso y totalidad. El Estado necesita presentarse como un Estado para todos para poder cumplir adecuadamente su función para algunos.

Quienes encarnan el capital, así como fundamentalmente lo encarnado por ellos, es lo que el Estado capitalista debe arreglárselas para servir en secreto a cada momento, lo que no es nada fácil, pues no hay nada más complicado y cambiante que el capitalismo. Si un Estado capitalista fracasa, es porque no sabe traducir toda la complejidad y versatilidad propia del capitalismo, porque no sabe seguir el ritmo vertiginoso del sistema capitalista, porque no sabe gestionar sus contradicciones al transformarse incesantemente. Es todo esto lo que ha sabido hacer magistralmente el régimen priista. Es aquello por lo cual, según Vargas Llosa, otras dictaduras latinoamericanas han intentado en vano imitar la dictadura perfecta del PRI.

La perfección de la dictadura perfecta mexicana, como ya lo sugerimos, ha sido asegurada por su perfecta inserción en el sistema capitalista. Es verdad que esta inserción ha sido periférica y dependiente, ha venido acompañada por aspectos precapitalistas y ha estado mediada por el imperialismo, y todo esto, como bien lo ha mostrado González Casanova (1965), no ha permitido que se consolide una democracia burguesa y liberal como la que han gozado otros países en Europa y Norteamérica. Pero tales particularidades han sido precisamente las que han posibilitado el desarrollo de una dictadura perfecta que nos descubre, como un síntoma, la verdad oculta de cualquier democracia burguesa liberal.

Aquellos regímenes democráticos europeos que tanto envidiamos no son más que mistificaciones imperfectas de la tiranía del capital. Su imperfección es desde luego una concesión del capitalismo, es decir, una pequeña victoria de la sociedad sobre el sistema capitalista, del sujeto sobre el vampiro del capital, de la vida sobre la muerte. Pero desde luego que este breve tropiezo del capital no interrumpe su marcha triunfal que nos está destruyendo y que lo está destruyendo todo a su paso por el mundo. Es una simple cuestión de tiempo. Tan sólo se retrasa la destrucción. Es quizás lo más a lo que podemos aspirar en este momento. Es tal vez el único triste criterio por el que podremos decidir nuestro voto en las próximas elecciones.

Dos caras de un mismo pueblo: notas para un acercamiento psicosocial a María de Jesús Patricio y Andrés Manuel López Obrador

 

Publicado en Rebelión del 27 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Legado

El pueblo de México ha llegado a una encrucijada. Su camino se ha bifurcado entre un hombre y una mujer. Él es el Peje, Andrés Manuel López Obrador, a la cabeza del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA). Ella es Marichuy, María de Jesús Patricio, vocera de una entidad que emana del Congreso Nacional Indígena (CNI) y que es apoyada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

El Peje y Marichuy representan dos tradiciones paralelas y dos opciones opuestas de la izquierda mexicana. Él aparece como heredero de un cardenismo al que le debemos en gran parte, como pueblo que somos, lo que ahora intentan arrebatarnos, lo mejor de nuestras instituciones públicas, las mayores conquistas sociales concretas del proceso revolucionario, la poca justicia y la poca igualdad que hay en México. Ella se presenta como depositaria de la herencia histórica de un zapatismo del que recibimos, también como pueblo, nuestros más altos ideales de justicia e igualdad, nuestro más íntimo ímpetu rebelde, nuestra lucha por tierra y libertad, nuestra indomable dignidad y nuestra inagotable capacidad de resistencia.

Ella nos anima con todo aquello que anhelamos y que nunca hemos conseguido. Él nos consuela con las pocas aspiraciones que realizamos en el pasado. Nos decimos que él nos hará volver a ganar algo, quizás muy poco, aunque sea para mantener viva nuestra esperanza. Contamos con ella para desear algo más, algo prácticamente inalcanzable, aunque sea para que no muera ese misterioso deseo latente del que siempre depende nuestra esperanza manifiesta.[1]

Amistad

Tanto María de Jesús como Andrés Manuel parecen merecer nuestra confianza. Los dos nos han dado suficientes pruebas de buena fe, de honestidad y de legitimidad. Son quienes son, y no, como se pretende, artimañas de quienes corrompen, saquean y destruyen todo lo que nos rodea.

Ella no es el producto de una conspiración orquestada para dividir los votos de la izquierda. Él no es una cabeza más de la hidra capitalista contra la que arremeten los zapatistas. Ni él ni ella son los verdaderos enemigos de quienes han decidido seguirlos.

Ni él ni ella parecen estar manipulando al pueblo que los apoya con tanto ardor y entusiasmo. ¿Por qué habrían de manipularlo? ¿Y cómo habrían de hacerlo? Este pueblo tiene memoria, criterio e inteligencia.[2] Piensa con toda la capacidad intelectual de nuestros millones de pensamientos que se han ido entretejiendo poco a poco, generación tras generación, hasta componer el abrigo que nos protege y nos cobija en las circunstancias más adversas.

El pueblo no se dejaría engañar como aquellos torpes votantes aislados que lo traicionan al desprenderse de él y al caer en las redes comerciales y mediáticas de compra y promoción del voto. El pueblo no es como ellos, pues tiene conciencia de clase: conocimiento colectivo, práctico, material e histórico.[3] Es por esto que no se ha dejado atrapar, devorar, subsumir totalmente ni como productor en el capital[4] ni como consumidor en su ideología[5]. Sabe mantenerse también afuera y es precisamente por eso que es pueblo. Es pueblo porque no es tan incauto como se lo representan quienes lo desprecian.

Mismidad

El pueblo es tan prudente y tan juicioso que tan sólo acepta seguirse a sí mismo. Digamos que no se aliena sino en sí mismo: al desalienarse a sí mismo de todo lo demás. Es lo que hace al elegir su propio reflejo en Andrés Manuel y en María de Jesús. Él y ella no pueden ser más que pueblo: dos caras de nuestro mismo pueblo proyectado en aquello que debe obedecerlo, manifestarlo, identificarse con él, ser él.[6]

Ella, indígena, es la fisonomía femenina, reveladoramente femenina, de quinientos años de lucha subterránea por la vida y resistencia invisible contra la colonización, la dominación, la discriminación, la marginación y la devastación. Él, mestizo, es el doble rostro masculino, significativamente masculino, de la victoria en la derrota, de la obstinación en la claudicación, de la independencia en la dependencia, de la revolución en la institucionalización, de la incesante guerra contra el poder en el seno mismo del poder.

Él, inevitablemente contradictorio, tiene que hacer concesiones para llevarnos hacia donde queremos ir. Ella, necesariamente consecuente, debe mantenerse firme y no hacer concesiones para que no terminemos una vez más en donde no queremos estar. Es verdad que ella, en sintonía con el zapatismo, se nos presenta como una utopista que no deja de apostarle histéricamente a lo imposible.[7] También es cierto que él ha sabido ser un realista que se atiene obsesivamente a lo posible.[8] ¿Pero acaso él no ha demostrado ya cuán utópico es el realismo en una sociedad como la nuestra?[9] ¿Y acaso los zapatistas, en la heterotopía de sus comunidades, no han demostrado que hay un lugar en el que lo imposible puede realizarse?[10]

Tal vez dudemos, con mucha razón, de que el proyecto purista y anticapitalista de ella sea realizable a nivel nacional. Sin embargo, con igual razón, también podemos desconfiar de un proyecto, como el de él, que sólo parece realizable con la adhesión de nuestros peores enemigos y en el contexto del sistema capitalista que todo lo degrada y lo destruye. ¿Pero acaso, volviendo al viejo debate, no resulta imposible deshacerse del capitalismo en un solo país?[11]

Mientras seamos un solo país, quizás mejor convenga que nos limitemos a contener el capitalismo globalizado y atenuar localmente sus peores efectos. Es al menos lo que Andrés Manuel parece proponer. ¿Vejez claudicante o madurez ante una suerte de infantilismo izquierdista? ¿Realismo u oportunismo? ¿Derrotismo y resignación o sensatez y buen sentido? ¿Buen o mal aprendizaje de lo que nos enseñan las últimas experiencias populistas latinoamericanas?

Valentía

El caso es que el Peje restringe su movimiento al ámbito nacional. Ofrece ni más ni menos que un país en el que todos tengamos nuestro lugar. Marichuy, en cambio, prefiere un mundo en el cual, siguiendo la máxima zapatista, quepan muchos mundos.

Quizás ella y sus adeptos muestren una respetuosa humildad al no pretender que nadie se asimile a nada, pero por eso mismo son tan histéricamente intrépidos como para querer cambiar el mundo. Tal vez el Peje se muestre modesto y mesurado al buscar tan sólo transformar nuestra nación, pero exhibe su obsesiva osadía cuando no tolera que nadie quede afuera de su proyecto. Él nos acoge tanto como ella nos respeta.

Ella no insiste, pero sólo admite a quienes estén dispuestos a situarse abajo y a la izquierda. Él tiene ciertamente una orientación hacia la izquierda y una inclinación hacia los de abajo, pero sabe que debe abarcar a todos o al menos a casi todos, entre ellos muchos de arriba y de la derecha, para llegar al poder y para proponer un proyecto de nación que sea verdaderamente inclusivo, auténticamente nacional.

El Peje cultiva la respetable y esperanzadora política populista y quiere triunfar por la unidad, por la universalidad, por la hegemonía, por las equivalencias entre diferentes reivindicaciones de nuestra sociedad.[12] Marichuy prefiere la otra política, la compartida por los zapatistas: no sólo mantiene un respeto irrestricto por la diferencia y por la particularidad, sino que ni siquiera se interesa en triunfar, aun cuando sabe muy bien lo que desea.[13]

Complementariedad

María de Jesús parece atraer uno por uno, caso por caso, a los diferentes, a los más conscientes de sus diferencias, mientras que Andrés Manuel es masivamente seguido por los iguales, por los más sensibles a la igualdad. Lógicamente, si los de él tienen la obsesión de la unidad política y colectiva, los de ella están empecinados en la organización micropolítica y transindividual.

Ella busca entrelazar y él necesita sumar. Él debe ser estratégico y pensar en los términos cuantitativos de la democracia representativa y de la sociedad moderna o hipermoderna, mientras que ella puede plantear la situación en los términos cualitativos de la comunidad tradicional o posmoderna y de una democracia directa como la practicada milenariamente por los pueblos indios.

Hay que decir que ella no sólo tiene afinidad con los indígenas y los campesinos, sino también con individuos solitarios de las clases medias, con pequeños grupos de soñadores, con las más diversas tribus urbanas, con equilibristas que alcanzan a vivir tanto en los márgenes de la sociedad, en las orillas del abismo circundante, como en los intersticios que se abren entre los grandes bloques sociales. En cambio, él suele atraer a estos grandes bloques, a sectores enteros de la población, a muchedumbres maltratadas e indignadas, a las masas de trabajadores que sufren todo el peso de los núcleos industriales y empresariales. Quienes optan por él se concentran por lo general en los grandes centros de producción y circulación, mientras que los de ella tienden a disiparse en la periferia de nuestro universo simbólico.

Podríamos conjeturar que las minorías excluidas y marginadas la necesitan a ella, mientras que las mayorías oprimidas y explotadas precisan de alguien como él. Es verdad en parte, pero lo cierto es que todos somos como sujetos, en uno u otro aspecto de lo que somos, tan minoritarios como mayoritarios, tan excluidos como explotados, tan marginados como oprimidos.[14]

Resolución

Al menos aquí, en el pueblo, todos tenemos buenas razones para sentirnos representados por Marichuy y por el Peje. Quizás necesitemos de los dos para no sacrificar nada en lo que somos, pues quienes los apoyamos, nos guste o no, estamos irremediablemente divididos entre lo que se nos explota y lo que se nos excluye, entre el interior y el exterior del sistema capitalista, entre nuestra universalidad como ciudadanos y nuestra particularidad como sujetos, entre lo que negocia y lo que se resiste a cualquier negociación, entre el país y la madre tierra, entre la sociedad y la comunidad, entre lo mestizo y lo indígena, entre lo que intenta regenerarse y lo que busca preservarse.[15]

Es desde siempre que nos hemos desgarrado entre las dos opciones que ahora se nos imponen tan abiertamente. Desde luego que son diferentes y hasta contradictorias. Quizás incluso resulten inconciliables, pero estamos en condiciones de respetarlas y ver cómo se anudan en el pueblo y en cada uno de nosotros, como cuando pensamos con una y sentimos con la otra, o cuando profundizamos en una tan sólo para llegar a la otra.

El Peje y Marichuy podrían ser los dos términos de la ecuación que debemos resolver para vencer al sistema capitalista que amenaza con aniquilarnos. Esto es urgente, pero difícil. ¿Cómo relacionar lógicamente dos términos que nos parecen a veces inconmensurables y otras veces mutuamente excluyentes?

¿Cómo no sentirse tentado a ceder a la facilidad al quedarnos con uno de los términos y descartar el otro? Es lo que haremos al elegir simplemente una opción, reconocernos en ella y desconocernos en la otra, defender la elegida y descalificar la rechazada. Pero entonces lucharemos contra nosotros mientras luchemos por nosotros. Es algo que hacemos a menudo en la izquierda. Nos ha costado muy caro: aún pagamos con la pesada cadena de fracasos de la que no conseguimos liberarnos.

Referencias

[1] Jacques Lacan, Les non-dupes errent (1973-1974), París, L’Association Freudienne Internationale, 2001.

[2] Maurice Halbwachs, La psychologie collective (1938), París, Flammarion, 2015.

[3] György Lukács, Historia y conciencia de clase (1923), Madrid, Sarpe, 1985.

[4] Karl, Marx, El Capital, libro I, capítulo VI inédito (1866), México, Siglo XXI, 2009.

[5] Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana (1846), Montevideo, Pueblos Unidos, 1974.

[6] Sigmund Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), en Obras completas XVIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1998.

[7] Jacques Lacan, Le séminaire, livre XVII, L’envers de la psychanalyse (1969-1970), Paris, Seuil, 2006.

[8] Ibíd.

[9] Ver Jacques Rancière, Aux bords du politique (1998), París, Gallimard, 2004.

[10] Ver Michel Foucault, Le corps utopique suivi de Les hétérotopies (1966), Paris, Lignes, 2009.

[11] Leon Trotsky, El gran debate (1924-1926), La revolución permanente, Buenos Aires, Pasado y presente, 1972.

[12] Ernesto Laclau, La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2005. Laclau y Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy (1985), Londres, Verso, 2001.

[13] David Pavón Cuéllar, Elementos políticos de marxismo lacaniano, México, Paradiso, 2014.

[14] Jacques Lacan, Écrits, París, Seuil, 1966.

[15] Karl Marx, Sobre la cuestión judía (1843), en Escritos de juventud, México, FCE, 1987.

Gloria Álvarez Cross y la quiebra intelectual de la Universidad Michoacana

Artículo publicado en Michoacán 3.0 y Respublicae el 5 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Se habla cada vez más del riesgo de bancarrota en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Sin embargo, para quienes aún vemos esta institución como una universidad y no como una empresa, la peor quiebra no estriba en la falta de recursos financieros, sino en la falta de recursos intelectuales, en la insolvencia de pensamiento, en la pobreza de capacidad crítica y reflexiva. Esta quiebra es la que acaba de ponerse de manifiesto en la decisión de invitar a Gloria Álvarez Cross al Auditorio Samuel Ramos de nuestra máxima casa de estudios.

Nuestra universidad exhibe públicamente su miseria, su déficit de inteligencia y de cultura, cuando carece del criterio suficiente para discernir quién tiene el mérito, la seriedad y la decencia que se requieren para ser invitado como conferencista. Sobran los hombres y las mujeres de ciencias y de artes, intelectuales que han destacado mundialmente por su capacidad y por su trabajo, que podrían honrar a nuestra universidad con su presencia y enseñar algo valioso a docentes y estudiantes. Sin embargo, en lugar de invitar a un modelo de seriedad y de integridad en el campo académico, nos hemos rebajado a promocionar y brindar nuestro espacio institucional a Gloria Álvarez: un personaje bastante desacreditado en la academia y que tan sólo podría ser ejemplo de vulgaridad, charlatanería, oportunismo, deshonestidad intelectual y complicidad con las más corruptas élites políticas y económicas del mundo y especialmente de América Latina.

¿Quién es Álvarez? Es una figura mediática guatemalteca, locutora de radio, presentadora de televisión y estrella de redes sociales. Ya publicó un par de obras, El engaño populista y Cómo hablar con un progre, pero no son más que librillos de opinión política barata que ningún docente serio citaría, salvo quizás para burlarse de ellos o para criticar su ingenuidad o la visibilidad obscena de sus presupuestos ideológicos. Por lo demás, en estos libros como en sus conferencias y en sus intervenciones en los medios, Álvarez no profiere sino enternecedoras simplezas, viejas banalidades y los más burdos prejuicios y estereotipos. Así, a primera vista, parece que la rubia treintañera es alguien inofensivo, demasiado tonto para ser peligroso, pero que, de cualquier modo, por su nulidad e irrelevancia, no tiene el mérito suficiente para ser invitado a una universidad que se respete. Esto es verdad en parte, al menos en parte, y muestra que nuestra universidad se está perdiendo el respeto. Pero desgraciadamente hay más, mucho más.

Álvarez no sólo es intelectualmente insignificante, sino que profesa opiniones que no pueden ser toleradas en el ámbito universitario. No podemos permitir que alguien afirme en la Universidad Michoacana que la pobreza es por causa de la “mentalidad” de los pobres o que los indígenas violan a sus mujeres con la aquiescencia de su régimen de justicia. Así como excluimos la astrología, el tarot, la eugenesia y el llamado “racismo científico”, así también tendríamos que cerrar las puertas de la universidad ante una charlatanería clasista y racista como la de Álvarez.

No es tan sólo un asunto de contenido, sino también de forma. Conduciéndose de un modo inaceptable para cualquier universidad, Álvarez inocula sus opiniones insidiosamente, con artimañas retóricas tramposas y maliciosas con las que se disimula tanto lo que se transmite como la propia inepcia de quien lo transmite. Es así como Álvarez, al igual que otros jóvenes ideólogos de la nueva derecha y de la derecha alternativa (la alt-right de Estados Unidos), sabe ocultar de la mejor manera su lado más bajo y sombrío. Este lado sólo se nos revela cuando la escuchamos o leemos con atención, deteniéndonos un momento en las implicaciones de sus puerilidades y chabacanerías, y cuando sabemos un poco más acerca de su pensamiento y de su trayectoria. Es entonces cuando entendemos por qué la Universidad Michoacana jamás debió acoger a quien fuera la representante carismática y la figura más visible del ultraderechista Movimiento Cívico Nacional (MCN) guatemalteco, el cual, además de su carácter neofascista, clasista y racista, era financiado por los más sucios sectores oligárquicos de Guatemala y terminó siendo investigado e incriminado por cargos de corrupción.

Aunque Álvarez terminara separándose del MCN, lo hizo demasiado tarde, cuando era evidente que sólo buscaba protegerse del escándalo de corrupción al traicionar a sus correligionarios. Y, además, nunca tomó sus distancias con respecto a lo más grave, las posiciones de extrema derecha del movimiento, las cuales, de cualquier modo, le imprimen su particular tono ideológico al discurso individualista y libertarista de Álvarez. Al acogerla en nuestra universidad, estamos promoviendo este discurso y todo lo que hay en él: no sólo su defensa obscena del capitalismo y de la versión más extrema, intolerante y dogmática de neoliberalismo, sino también su mezquindad, su desdén hacia la comunidad, su miserable individualismo, su tácita justificación del abuso y de la explotación de nuestros semejantes, su clasismo elitista y sus sutiles insinuaciones racistas bien encubiertas por su despreciativa condescendencia típicamente neocolonial.

La presencia de alguien con el clasismo y el racismo de Álvarez hiere y ultraja todo lo popular e indígena que hay en la Universidad Michoacana. También han sido agraviadas otras víctimas de las diatribas de Álvarez que encontramos en su último libro: las mujeres, a las que responsabiliza del machismo de los hombres; las feministas, a las que les reprocha que aspiren a demasiados privilegios y que se pongan “por encima de otros grupos”; los hijas e hijos de inmigrantes, a quienes acusa de “llegar a destruir la cultura” del país al que emigran; los indígenas y todos los mexicanos en general, por no ser capaces de valorar positivamente la “valentía” de Trump, su “discurso elevado” y su capacidad para “hacer grande de nuevo a América”.

Todos hemos sido humillados por la presencia de Álvarez en la Universidad Michoacana. La decisión de invitarla nos ha ofendido como latinoamericanos y latinoamericanas, mexicanos y mexicanas, mujeres, feministas, hijos e hijas de inmigrantes, mestizos y mestizas, indígenas, estudiantes y docentes progresistas. La misma institución ha sido ultrajada por haber debido acoger en su propio seno a quien, además de rechazar abiertamente la educación pública y gratuita, contradice diametralmente el compromiso nicolaita con la igualdad, la justicia y la democracia.

En lo que se refiere a la democracia, no hay que olvidar, por ejemplo, que Álvarez apoyó activamente la reciente maniobra golpista contra el régimen democrático de Rousseff en Brasil. Al mismo tiempo, en lugar de una sociedad justa e igualitaria, Álvarez prefiere una “meritocracia” neoliberal en la que no haya ninguna forma de redistribución de la riqueza y en la que triunfen los individuos más capaces, es decir, los que disponen de más recursos, los más ricos, los privilegiados como ella, los que puedan pagarse la universidad privada guatemalteca en la que ella estudió, la Universidad Francisco Marroquín (UFM), fundada por Manuel Ayau, llamado “El Muso” en alusión a Mussolini, y conocida por haber sido la puerta para el ingreso del neoliberalismo en Guatemala.

Como encarnación del neofascismo, del neoliberalismo y del neocolonialismo, Álvarez contradice todo aquello por lo que trabajamos quienes aún creemos en el espíritu de la Universidad Michoacana: la igualdad, la justicia y la democracia, pero también la solidaridad, la generosidad, la movilidad social y la redistribución de la riqueza, la educación gratuita para los más pobres, la nobleza y grandeza de los pueblos indígenas de Michoacán, de México y de Latinoamérica. Nosotros no consideramos, como Álvarez, que un país latinoamericano sea un “país de mierda”. Tampoco pensamos, como ella, que el Che Guevara sea comparable a Pinochet. Tan sólo podemos indignarnos contra ella y contra su degradación moral cuando se atreve a rechazar los derechos universales “a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda”. No coincidimos con ella cuando asegura, delatando su propia bajeza y la del mundo burgués del que proviene, que “todos somos egoístas”, que los que pretenden no serlo son unos “hipócritas” y que no existe ningún hombre que “no sólo piense en sí mismo”. Nosotros no somos esa clase de humanidad. Y es quizás por eso que tampoco somos, como Álvarez, defensores de la barbarie neoliberal que tanto mal ha hecho a Latinoamérica y que fue también defendida por el mismo Pinochet a costa de la sangre de miles de chilenos inocentes, entre ellos el gran Salvador Allende, quien recibió de nuestra institución el doctorado honoris causa.

La Universidad Michoacana es uno de los innumerables reductos de resistencia contra la destrucción capitalista neoliberal y neocolonial de nuestro continente. Ahora debe ser también una trinchera contra el neofascismo. Es por esto por lo que Álvarez debía ser duramente rebatida como lo fue en el Auditorio Samuel Ramos. No merecía nada mejor. No habría debido ni siquiera poner un pie dentro de nuestra institución. La manera en que su discurso fue cuestionado con inteligencia y rechazado con ardor nos demuestra que muchas y muchos estudiantes no se encuentran aún en una situación de quiebra intelectual.

Nuestra quiebra no es del estudiantado, sino de la institución que organizó el evento de Álvarez y que exhortó a los “aspirantes de becas” a estar presentes con “pantalón de mezclilla y camisa roja”, erosionando su dignidad y acarreándolos como ganado para ser adoctrinados, engañados, pervertidos, maleducados. La última escena, la del significativo desenlace con aquellos estudiantes uniformados rodeando a la conferencista rubia que intentaba mantenerlos a distancia, mancha los festejos por el centenario de la universidad y ofende la memoria de Quiroga, Clavijero, Hidalgo, Morelos, Ocampo, Aníbal Ponce, María Zambrano y Elí de Gortari, entre tantos otros nicolaitas que han contribuido, cada uno a su modo, a conquistar el respeto hacia nuestra gente.

Espectros comunistas en Indonesia

Artículo publicado en Michoacán 3.0, el 30 de septiembre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Mi primera impresión de Indonesia es como la de cualquier turista: rumor y muchedumbre, hormigueo de personas y motocicletas, hacinamiento y embotellamientos. La densidad poblacional es aquí, en efecto, una de las mayores del mundo. No dejo de ver gente y de tropezar con ella mientras camino. Sin embargo, cuando hablo con mis anfitriones y recuerdo lo que ocurrió hace poco más de medio siglo, alcanzo a sentir y entrever un gigantesco vacío que está detrás y por debajo de todo. Y entonces las masas de indonesios aparecen proyectadas como sombras de wayangen la pantalla con la que se oculta el vacío que está en el fondo.

Es como si el espacio vacío fuera mayor y más profundo y más verdadero que lo lleno y multitudinario que se ve por todos lados. La presencia de la multitud no corrige la ausencia de quienes faltan. El saldo es negativo. Todo es demasiado poco para llenar de verdad, más allá de las apariencias, el hueco dejado por los comunistas.

¿Comunistas en Indonesia? Los hubo, pero se les exterminó en 1965. Fueron demasiados los masacrados: no mil ni diez mil ni cien mil, sino al menos medio millón, aunque seguramente más, un millón, y quizás aún más, dos o tres millones.

El furor anticomunista se desató hace exactamente 52 años, el 30 de septiembre de 1965, y se abatió sobre las mayores islas del archipiélago. Barrios y pueblos enteros quedaron desiertos. Los cadáveres flotaban por decenas en los ríos y obstruían los canales. Y no se les mató ni en serie ni en masa, ni con bombas ni en cámaras de gases ni de modo mecanizado y automatizado, sino manualmente, artesanalmente, uno por uno, y a veces poco a poco, dándose tiempo de humillar, torturar o castrar antes de apuñalar, desmembrar, ahorcar o decapitar. Las hileras de cabezas clavadas en picos alternaban con las cadenas de penes amarrados en cordones.

Los asesinos eran militares, paramilitares, pandilleros o delincuentes, civiles ordinarios, muchos extremistas musulmanes, pero también hinduistas y hasta estudiantes católicos. Los diferentes grupos consiguieron superar sus diferencias y aliarse a sus enemigos de siempre con el fin de luchar todos juntos contra los nuevos enemigos de todos, los comunistas, a los que se acusaba de haber asesinado a seis generales de la Armada Indonesia. Era la ocasión perfecta para deshacerse de unos rojos ateos que no sólo ponían en peligro la religión y la moralidad, sino también lo que realmente importaba: las jerarquías y los privilegios de ciertos sectores, las estructuras tradicionales de sujeción y dominación, la opresión religiosa de la mujer, la discriminación y segregación de los chinos y de otros grupos étnicos, la dependencia neocolonial del país, las abismales desigualdades en Java, la explotación en las grandes plantaciones en Sumatra y el sistema de castas en Bali, así como también, desde luego, los intereses de los Estados Unidos en la región.

La embajada estadounidense proporcionó listas interminables con los nombres de los comunistas a los que se debía eliminar. Los militares iban tachando a los eliminados y luego devolvían las mismas listas en la embajada. El gobierno de los Estados Unidos contaba, sumaba y calculaba. Sabía muy bien lo que hacía y lo hizo del modo más efectivo. Había que acabar con el PKI, el Partido Comunista de Indonesia, el mayor del mundo tras los de China y la Unión Soviética. Las elecciones de 1957 habían convertido al PKI en la primera fuerza electoral de Indonesia. Para el Secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, el PKI era “el principal problema” de aquel país y no podía resolverse con los “medios ordinarios democráticos”.

Los Estados Unidos también querían derrocar al presidente Sukarno, el Gran Líder, el Proclamador, el Padre de Indonesia, culpable de aliarse con los comunistas y de organizar en 1955, en Bandung, la Conferencia de “países no alineados”, entre ellos la China de Mao, la India de Nehru, la Yugoslavia de Tito y el Egipto de Nasser, todos ellos opuestos al intervencionismo neocolonial y al reparto del mundo entre los bloques estadounidense y soviético. A Sukarno se le imputaban también otros crímenes como los de confiscar bienes de compañías holandesas, nacionalizar el petróleo, realizar una tímida reforma agraria, oponerse al imperialismo estadounidense y adoptar la doctrina de nasakom, síntesis de nacionalismo, religión y comunismo. Y, por si fuera poco, la estrategia política de Sukarno, basada en el consenso, pretendía superar la democracia parlamentaria occidental, representativa y liberal, centrada en la mayoría y juzgada intrínsecamente conflictiva e insuficientemente democrática.

Sukarno fue testigo de la brutal aniquilación de sus aliados antes de ser depuesto y condenado al aislamiento y al arresto domiciliario. Quien ocupó su lugar fue uno de los principales responsables de las matanzas de comunistas, el general golpista Suharto, el hombre de los Estados Unidos, famoso por su corrupción y por su lucrativa participación en el saqueo de los recursos naturales de Indonesia. Durante su gobierno autoritario, que se prolongó de 1968 a 1998, Suharto se dedicó además a nutrir el miedo y el odio hacia esos comunistas a quienes tan sólo podía reprocharse que se hubieran dejado matar. El comunismo fue presentado como la mayor amenaza en discursos gubernamentales, programas de televisión, periódicos, libros y películas.

Hoy en día, veinte años después del final de la dictadura, una gran parte de la población de Indonesia continúa temiendo y aborreciendo a esos mismos comunistas que ya no existen desde su exterminio en 1965. Es como si los espectros de los centenares de miles de víctimas estuvieran acechando a quienes deberían tener mala conciencia. La sociedad sigue obsesionada con los comunistas. El comunismo no deja de ser castigado por la justicia y violentamente atacado por grandes sectores de la sociedad.

Ayer, en la víspera del aniversario de la masacre, decenas de miles de indonesios recorrieron las calles de Yakarta para manifestarse contra “la creciente amenaza del comunismo”. Hace unos días, en la misma ciudad, una multitud enardecida, lanzando piedras y gritando consignas anticomunistas, arremetió contra el edificio en el que se realizaba un seminario sobre las matanzas de 1965. Por su parte, la policía indonesia prohibió la realización de varios eventos académicos “sospechosos” de comunismo y encarceló a un manifestante por llevar una pancarta con la hoz y el martillo. El mismo símbolo estampado en una camiseta hizo que un turista ruso fuese recientemente agredido y arrestado en Riau. También hay el rumor de un comerciante detenido por vender una medalla de la armada soviética. Y cuando se me ocurre preguntar si aún hay comunistas, provoco gestos de asombro e inquietud, así como respuestas reveladoras: “no, porque es ilegal”; “no, porque te matan si eres comunista”; “no, porque los mataron a todos”, etc.

Entre quienes me rodean en Indonesia, muchos no dudan en situarse a sí mismos en la extrema izquierda. Sienten una gran afinidad con el comunismo. Podrían ser comunistas. Quizás lo fueran en otro lugar, pero aquí no pueden serlo.

Conocí al nieto de una de las víctimas de las matanzas de 1965. Me confesó que le habría gustado ser comunista como lo era su abuelo, pero que no hubo nadie para “enseñarle el comunismo”. ¿Cómo ser comunista en el vacío, en la orfandad, a partir de nadie, solo, ex nihilo, después del exterminio de todos los comunistas?

Los exterminados no dejaron sino su ausencia. Es tan sólo un vacío, pero está en el centro de todo lo que se dice y se discute actualmente en Indonesia. Es como un punto de referencia para cualquier posicionamiento ético y político.

Los indonesios empiezan por tomar posición ante el vacío de los comunistas asesinados. Este vacío es lo que está en juego desde un principio y hasta el final. Todos lo señalan y lo rodean, hablan de él y lo ven con terror. No importa que aquello que aterre sea el rojo de la sangre o el rojo del comunismo. Lo importante es que hay algo aterrador que se vislumbra en ese desolador vacío dejado por los asesinados y por todos aquellos que no han podido ser lo que habrían sido, que no han tenido ni siquiera la ocasión de nacer, entre ellos los hijos de quienes murieron, sus nietos y bisnietos, sus seguidores y sus compañeros más jóvenes.

Es mucho lo que no pudo ser, lo que ha quedado pendiente y en suspenso. Afortunadamente la historia de Indonesia, como la del resto del mundo, no ha terminado todavía. Queda el futuro para ocuparse del pasado, hacer justicia y honrar la memoria de los muertos.

El vacío de ayer es el mismo de mañana. Volverse comunista puede ser una manera de resucitar al menos a uno de los cientos de miles de asesinados injustamente. Se entiende que la izquierda consecuente pueda sentirse tan provocada por el abismo. Se entiende también que la derecha siga sintiéndose amenazada.

Quizás lo que aterre sea “ese porvenir eternamente amenazador, provocador”, como lo caracteriza Pramoedya Ananta Toer al abrirse el telón de su monumental Cuarteto de Buru. ¿Cómo calmarse ante el insondable abismo de lo que habrá de ser? Nadie sabe lo que puede salir de ahí. ¿Cómo no temer que salga otra generación de comunistas? ¿Cómo no sentirse tentado a formar parte de ella?

Notas para una crítica de la política milleriana

Artículo publicado en Antroposmoderno, sitio de habla hispana y portuguesa dedicado al pensamiento psicoanalítico y posmoderno, el lunes 22 de mayo de 2017

David Pavón-Cuéllar

Panegírico aclaratorio

Es mucho lo que se le debe al psicoanalista francés Jacques-Alain Miller (en lo sucesivo JAM). Estuvo en el origen de una de las más interesantes publicaciones periódicas del pensamiento contemporáneo, los Cahiers pour l’Analyse, en donde aparecieron textos cruciales de autores tan influyentes como Canguilhem, Bachelard, Althusser, Derrida, Bouveresse, Foucault, Badiou, Dumézil, Grosrichard, Pêcheux, Irigaray, Milner y Regnault. Con poco más de veinte años de edad, escribió textos ya clásicos tan fundamentales y revolucionarios como Acción de la estructura y Sutura: elementos de la lógica del significante. Luego ha dedicado años de trabajo incansable a establecer y editar los seminarios de Jacques Lacan, respondiendo así a la voluntad expresa del propio Lacan, el cual, significativamente, habría querido que JAM, quien sabía cómo leerlo, apareciera como coautor.

De modo global, tanto a través de su trabajo editorial como con sus escritos, cursos y conferencias, JAM ha hecho un aporte decisivo a la preservación, la elucidación y la transmisión de la obra de Lacan, evitando su dispersión, fragmentación, mutilación, trivialización, degeneración o reclusión en interpretaciones herméticas y esotéricas. Ha evidenciado y a veces reconstruido algunas de las principales formulaciones teóricas lacanianas en torno a la clínica psicoanalítica. Tiene además valiosas contribuciones propias y originales, entre ellas las concepciones de la sutura, de la escuela como institución, de las psicosis ordinarias o no desencadenadas, el capricho, el partenaire síntoma y el cuerpo hablante, por mencionar sólo algunas.

Hay que reconocer también lo que JAM enseñó a sus discípulos, entre ellos importantes exponentes actuales de la teoría psicoanalítica, tales como Éric Laurent y Slavoj Žižek. ¿Y cómo olvidar esa labor de organización institucional que lo hizo participar en la fundación de la Escuela de la Causa Freudiana, la Escuela Europea de Psicoanálisis y la Asociación Mundial de Psicoanálisis? Entretanto JAM disipaba errores y rumores con sus Cartas a la opinión ilustrada. Y, por si fuera poco, reivindicó y defendió exitosamente el psicoanálisis contra intentos de regulación gubernamental y contra panfletos anti-freudianos como el Libro negro del psicoanálisis.

Podría continuarse, pero no se terminaría. Se necesitarían demasiadas páginas para dar una idea clara de todo lo que se le debe a JAM. Además, de cualquier modo, no es el propósito del presente escrito. Lo que aquí se quiere no es reconocer los inestimables méritos y los valiosos aportes editoriales, teóricos e institucionales de JAM, sino cuestionar algunos de sus más recientes posicionamientos políticos en torno a la última elección presidencial en Francia. El propósito es aproximarse a estos posicionamientos para interrogarlos, criticarlos y denunciar algunas de sus implicaciones, y no sólo para deslindarse y distanciarse de ellos, como ya lo hizo, de modo franco e intrépido, el argentino Jorge Alemán (2017, 7 de mayo).

La invisible diferencia entre el centro y la extrema derecha

JAM participó con entusiasmo en los debates en torno a los comicios franceses de abril y mayo 2017. Ante la primera vuelta del 23 de abril de 2017, defendió y promovió su decisión de votar por el centrista neoliberal Emmanuel Macron para cerrar el paso a la extrema derecha del Frente Nacional y a su candidata Marine Le Pen. También rechazó vehementemente la opción política de su hermano Gérard Miller y de los demás simpatizantes del aspirante de izquierda Jean-Luc Mélenchon. Poco después, ante la segunda vuelta del 7 de mayo que se jugó entre Macron y Le Pen, JAM volvió a lanzarse contra aquellos izquierdistas que preferían abstenerse antes que votar por un candidato neoliberal.

En su crítica de los abstencionistas, JAM los comparó con los trotskistas franceses que no participaron en la resistencia armada contra los invasores alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, sino que se esforzaron en convencer a los soldados alemanes de que se rebelaran contra sus superiores. Esta estrategia, basada en un espíritu pacifista e internacionalista, hizo que los estalinistas los denominaran “hitlero-trotskistas”, denominación retomada por JAM y convertida en “lepeno-trotskistas” para designar a quienes “no consiguen ver ninguna diferencia, excepto quizás la diferencia sexual, entre Le Pen y Macron” (Miller, 2017, 27 de abril).

Si la “incapacidad” para diferenciar a Macron de Le Pen basta para convertirlo a uno en un lepeno-trotskista, entonces la dura imputación de lepeno-trotskismo puede recaer en muchos de los intelectuales de izquierda considerados más críticos y radicales en la actualidad. Didier Eribon y Slavoj Žižek, por ejemplo, están entre aquellos que han identificado a Le Pen con Macron. Eribon (2017, 16 de abril) no dudó en situarlos en el mismo “sistema”, concluyendo que “votar por Macron es votar por Le Pen”. Por su parte, el filósofo esloveno observó que Macron y Le Pen coincidían al presentarse como “anti-sistema” y al fundar toda su fuerza en el “miedo” (Žižek, 2017, 3 de mayo).

La ecuación Macron = Le Pen, que recuerda mucho la reciente fórmula Hillary = Trump, hacía que la segunda vuelta de la elección francesa fuera prácticamente intrascendente: daba igual que ganara Le Pen o Macron, pues representaban dos caras de lo mismo. Eran, por así decir, intercambiables. Como lo afirmó sin ambages el propio Žižek (2017, 3 de mayo), no había una “verdadera opción entre Le Pen y Macron”. Este razonamiento de Žižek es el que resultaba inaceptable para JAM, para quien sí había una verdadera opción entre el neoliberal y la neofascista, ya que sí había una gran diferencia entre uno y otra. La diferencia estaba ahí, y quienes no la vieran, como Žižek o Eribon, merecían el apelativo peyorativo de “lepeno-trotskistas”.

El capitalismo neoliberal y su fruto neofascista

Es verdad que sí había diversos aspectos visibles por los que podíamos diferenciar a Macron de Le Pen. Algunos de estos aspectos, de hecho, fueron admitidos por los propios Eribon y Žižek. Eribon (2017, 16 de abril) concede que Le Pen y Macron personifican no sólo el mismo “sistema”, sino dos “polos” opuestos del sistema. En cuanto a Žižek (2017, 3 de mayo), nota que, aunque Macron y Le Pen coincidieran en fundar toda su fuerza en el miedo, se trataba en los dos casos de un miedo a cosas o personas diferentes: en Le Pen, miedo al mundo, a Europa y a los inmigrantes; en cambio, en Macron, simplemente miedo a Le Pen. El mismo Žižek hace otra observación aún más perspicaz: aunque Le Pen y Macron se presentaran como antisistema por su exterioridad con respecto a los partidos centristas convencionales, Macron se distinguía por ser capaz de representar el sistema en su conjunto, lo que sólo podía conseguir precisamente al desempeñar su rol antisistema, el cual, situándolo aparentemente al exterior, le permitía superar y englobar todas las categorías interiores al sistema, entre ellas las categorías fundamentales de la izquierda y la derecha.

Lo interesante es que el sistema capitalista neoliberal, tan bien representado por Macron, es el mismo sistema que produjo a Le Pen, la cual, por lo tanto, como producto del sistema, también lo representa en algún modo. Ésta es, por lo demás, la convicción de Žižek y de Eribon. Es por tal convicción que Eribon (2017, 16 de abril) consideró, con escalofriante lucidez, que votar por Macron, por el sistema que produce a Le Pen, era una manera de votar anticipadamente por Le Pen en las próximas elecciones. En el mismo sentido, Žižek (2017, 3 de mayo) subrayó la paradoja de que se optara por la causa, por el neoliberalismo de Macron, para vencer su efecto, el neofascismo de Le Pen.

JAM fue uno de aquellos mayoritarios que decidieron paradójicamente luchar por la causa neoliberal para combatir su efecto neofascista. Y esta decisión tan desconcertante, por decir lo menos, lo hizo insultar y maldecir a quienes él mismo llamó “lepeno-trotskistas”, es decir, a quienes tuvieron el valor de negarse a elegir entre el neoliberalismo y el neofascismo, entre el sistema y su producto, entre la causa y su efecto.

Luchando por la reproducción del sistema y contra la revelación de su verdad

En contraste con los llamados “lepeno-trotskistas”, JAM eligió la causa neoliberal contra el efecto neofascista. Lo cómico es que, al elegir la causa para evitar el efecto, eligió también, de modo automático, el mismo efecto que deseaba evitar, el efecto de la causa, pero sin darse cuenta, indirectamente y para más tarde, para las próximas elecciones. Digamos, siguiendo el razonamiento de Eribon, que JAM se dedicó en 2017 a hacer campaña por el neofascismo para las elecciones presidenciales francesas de 2022.

Quizás incluso podamos prever que el neofascismo de 2022 será más difícil de vencer que el de 2017, ya que será más fuerte, gracias a toda la fuerza que le habrá dado el neoliberalismo de Macron. Si así fuera, entonces JAM habría luchado ahora para fortalecer el neofascismo y no sólo el neoliberalismo. La historia sería muy triste: JAM, quien aparentemente no quería ni el neoliberalismo ni el neofascismo, sólo se habría terminado resignando al neoliberalismo para evitar el mal peor, el neofascismo, pero al hacerlo, se habría condenado a tener los dos males que aparentemente no quería, la destructora enfermedad neoliberal y el insoportable síntoma neofascista. Es lo que ocurre cuando nos apresuramos a remediar el síntoma en lugar de escucharlo atentamente.

Lo sorprendente es que haya sido un psicoanalista quien se haya negado a escuchar con la mayor atención la sintomática denunciación neofascista del capitalismo neoliberal. Como la mayoría de sus compatriotas, JAM prefirió borrar el síntoma que atacar la enfermedad. En lugar de enfrentarse al capitalismo neoliberal al posicionarse como abstencionistas o como votantes contra Macron, JAM y millones de franceses, en efecto, intentaron simplemente acallar el revelador síntoma neofascista al votar contra Le Pen. Y lo consiguieron: se tomaron un analgésico, un sedante que les quitará la molestia neofascista durante cinco años, pero ¿qué pasará en 2022?

Quizás pueda pronosticarse al menos que el voto neoliberal promovido por JAM no servirá para conjurar la amenaza neofascista del Frente Nacional. Como bien lo ha notado Viviana Saint-Cyr (2017, 20 de abril), “no podemos vencer el neofascismo con el neoliberalismo que lo hizo nacer”. Esta estrategia ya mostró su total ineficacia en la historia más reciente de Francia y de otros países. Los éxitos actuales del neofascismo son precisamente la consecuencia de la estrategia de voto neoliberal contra el neofascismo. Quienes promueven esta estrategia, como JAM, son los menos indicados para dar “lecciones de antifascismo”, como bien lo ha notado el hermano de JAM, Gérard Miller (2017, 27 de abril).

Votar por lo necesario y contra lo contingente

Siendo justos con JAM, debemos encomiarlo por su inteligencia y su honestidad al reconocer abiertamente que su campaña por Macron había sido un proselitismo a favor del “candidato del dinero” [candidat du fric], el de “los medios financieros”, el del “gran capital” (Miller, 2017, 27 de abril). Ahora bien, si JAM sabía lo que hacía, ¿por qué lo hizo? ¿Por qué se dedicó a luchar indirectamente a favor del capital, de la finanza y del dinero? Porque supuso que tan sólo se disponía del voto por el capital para frenar el ascenso del neofascismo, porque supuestamente no había ninguna otra alternativa, porque de cualquier modo “nadie en Francia fue elegido presidente de la Quinta República [régimen constitucional vigente en Francia desde 1958 hasta ahora] contra el Gran Capital” (Miller, 2017, 27 de abril). Como el Gran Capital siempre ganó en el pasado, seguiría ganando en el presente y en el futuro, y como seguiría ganando, habría que votar por él. ¡Es verdad que no hay alternativa! El presente y el futuro sólo pueden ser idénticos al pasado. Tiene que votarse por lo que siempre ha ganado y de cualquier modo habrá de ganar. Esto es actuar estratégicamente.

Ya desde su llamado a votar por Macron en la primera vuelta, la acción impecablemente estratégica del previsor JAM, como la de cualquier buen especulador o empresario en el sistema, se basó en un cálculo de probabilidades y consistió en hacer exactamente lo que tenía que hacerse para que ocurriera lo que fatalmente debía ocurrir. Esta clase de acción totalmente sumisa, perfectamente subyugada a las reglas de operación del sistema, suele ser la más estratégica precisamente porque dispone de toda la fuerza del sistema que opera en ella para tener éxito. ¿Pero entonces por qué preocuparse por el triunfo de Marine Le Pen? Por una muy sencilla razón: porque nunca dejó de saberse que el sistema no estaba condenado a funcionar siempre de la misma forma. Sin embargo, independientemente de las temibles modificaciones en el funcionamiento, ¿acaso un psicoanalista, un especialista de la sorpresa, un científico de lo singular, un crítico incansable del saber absoluto, jamás consideró el riesgo de un disfuncionamiento, de una excepción, de una irrupción del sujeto, de una perturbación en el funcionamiento del sistema?

Desde luego que se vislumbró el peligro de la “contingencia”, que “todo podía ocurrir”, que “lo real que no dejaba de no escribirse” de pronto “dejara de no escribirse” (Miller, 2017, 17 de mayo). Pero este peligro se asimiló significativamente al neofascismo, como si la izquierda no fuera el último bastión de la esperanza en la sorpresa, como si ésta fuera el monopolio de la extrema derecha y como si la eventualidad fascista no estuviera suficientemente simbolizada, como si no formara parte del sistema, como si no fuera producto concebible y efecto previsible del capitalismo en su modalidad liberal más extrema (Neumann, 1944).

El neofascismo, al igual que el neoliberalismo, es un paso, quizás incluso un salto, pero no un simple tropiezo del sistema capitalista. Sin embargo, aun si admitiéramos que fuera un tropiezo, ¿por qué sería el único posible? ¿Y la esperanza de que el capitalismo tropiece por la izquierda? Esto debía descartarse. Había que dejar semejantes ilusiones de colegial a los insumisos de Mélenchon y a los anticapitalistas de Poutou, quienes aparentemente no habían atravesado el fantasma de su goce populista y revolucionario, de su insumisión y de su anticapitalismo, pues evidentemente se trataba de un fantasma. Si no fuera un fantasma, ¿qué más podría ser? ¿Una verdadera militancia cuya radicalidad estribaría precisamente en el hecho de no ser fantasmática? ¿Un atravesamiento del fantasma posibilitado por la desidentificación de los ideales ofrecidos por el capitalismo neoliberal? ¿Una ruptura con cierta ideología dominante? ¿Una identificación provisional y autodestructiva, suicida como la entidad estatal comunista, y no infinitamente reproducida como las ofrecidas por Marx y Lenin, pero también por Freud, Lacan y JAM a sus leales e incondicionales acólitos? ¡Bah! Todas estas posibilidades eran en sí mismas fantasmáticas y debían atravesarse, no al final del análisis, sino desde un principio, ya en la primera lección de la educación sentimental, en el 1848 de JAM, a principios de los setenta, en la conversión a la posmodernidad, cuando tenía que tomarse por necesidad el camino de Lacan y cuando por eso mismo debían olvidarse el maoísmo, la Gauche Prolétarienne, el comunismo althusseriano, la necesidad de la contingencia, la regla de la excepción.

Calculando y explotando el objeto del psicoanálisis

Al menos JAM sabe que se trata del sistema capitalista, de la finanza y del dinero, y no disimula su opción a favor de aquello de lo que se trata. Esto lo hace contrastar con Eric Laurent (2017, 12 de mayo), quien desea creer y hacernos creer que “el sistema es una palabra utilizada como una pantalla para decir la democracia representativa en su múltiple”. ¿Así que ahora el sistema es aquello con lo que se oculta la democracia en lugar de ser lo encubierto por la democracia en su multiplicidad? Y, por cierto, ¿cuál multiplicidad? ¿La de la dualidad? ¿La del voto neoliberal más el voto neofascista? ¿La del pensamiento único en sus expresiones diversas y hasta contradictorias? ¿La de los múltiples efectos activos y reactivos de la misma causa?

¿Cuál multiplicidad cuando tan sólo se puede elegir, si creemos en JAM, lo ya elegido por el Gran Capital? Tras esta elección, en la segunda vuelta, Laurent y JAM ya disponen de un criterio normativo para normar su elección en el seno de la supuesta multiplicidad. Habrá sólo dos opciones: entre lo ya elegido y lo no elegido, es decir, entre lo elegible y lo inelegible, entre lo posible y lo “imposible” (Miller, 2017, 17 de mayo). Tan sólo podrá elegirse, en otras palabras, entre lo democrático y lo populista, entre lo múltiple y lo único, entre lo estratégico y lo torpe, entre lo realista y lo fantasmático, entre el voto útil y el inútil, entre la utilidad y el goce. Al menos tal normatividad binaria es confesada por Laurent (2017, 12 de mayo), y es en esta confesión, en este lapsus, en donde radica toda su honestidad: “lo contrario de la utilidad es siempre el goce”. Es decir, considerando lo postulado por JAM, lo contrario de la determinación del capital es el goce inútil, inservible, inexplotable por el capital.

¿Y el deseo? Para Laurent, el deseo estriba en aquello útil, servible, explotable, que determina el voto por el capital. En suma, es la utilidad, el valor de uso, lo que está en juego en el deseo. Deseamos en función de lo útil. Sí, ¡lo útil! Es así como nos venimos a enterar que la utilidad no es ni más ni menos que la causa última de deseo. Deseamos lo útil. ¡Vaya revelación! ¡Vaya mensaje que nos transmite ahora, de pronto, “el viento nuevo” que sopla desde Francia y que nos trae “audacias prudentes” y “sortilegios impresionantes” (Miller, 2017, 16 de mayo)! ¿Cómo no entender que los argentinos reaccionen resistiéndose y defendiéndose contra semejantes hallazgos? Si Freud hubiera sabido lo que Laurent nos descubre, se habría enriquecido tranquilamente al hacer la fácil apología del sistema en el que se define la utilidad y no se habría dado tantas molestias para inventar el psicoanálisis. ¿Así que tan sólo se trataba de lo útil? Sí, así es, y Laurent (2017, 12 de mayo) nos lo explica de manera transparente: el voto útil, el “votútil”, es el “voto del deseo”, mientras que el otro voto, el inútil, es el “voto de un goce indecible que surge”. Al reducir así el deseo al deseo de lo útil, Laurent está confesando tácitamente lo mismo que fue abiertamente admitido por Miller. Sólo hay un sistema totalizador que ha conseguido lo que ningún otro sistema: reabsorber el objeto de deseo y reincorporar el deseo a la utilidad, la funcionalidad, el funcionamiento del sistema, su estrategia, su cálculo. Es aquí en donde vamos a encontrar el objeto que no encontrábamos por ninguna parte.

El objeto a deja de ser lo que siempre escapaba al sistema, lo que se deslizaba entre sus engranajes, lo inasimilable a su lógica, lo incuantificable, inconmensurable, incalculable. Ahora los psicoanalistas pueden calcularlo como lo hizo JAM en sus cálculos probabilísticos ante la primera vuelta de las elecciones. Podemos superar al fin el abismo que se abría entre los métodos cuantitativos y el método eminentemente cualitativo del psicoanálisis. Los psicoanalistas por fin pueden generalizar y evaluar cuantitativamente, a través de un cálculo probabilístico de la utilidad social, aquello irreductiblemente singular que está en juego en el deseo. Más aún: deben hacerlo, pues tan sólo así podrán llegar al único voto del deseo, el voto útil.

En ausencia de ello

Nuestros psicoanalistas han caído en la misma trampa en la que Lacan (1968-1969, 1969-1970) vio caer a Marx: la de querer aprehender cuantitativamente el objeto del deseo, el plus-de-gozar, a través del cálculo del plusvalor entendido como excedente del valor de uso del trabajo sobre su valor de cambio. Pero el cálculo de Marx le permitió aproximarse a la noción de plus-de-gozar al aislar aquello que no puede reducirse al cálculo, aquello que desborda el plusvalor, aquello perdido por el trabajador, así como intransferible, inexplotable, inutilizable por el capitalista. Esto inútil es lo que se traduce en la infelicidad generalizada en el capitalismo de Marx, así como también en el malestar en la cultura de Freud, y es también aquello en nombre de lo cual podemos condenar la reducción ideológica típicamente burguesa del deseo al principio supremo de la utilidad, tal como se manifiesta en JAM y en Laurent.

Desde luego que nuestra condena de lo burgués, como bien lo ha notado JAM, nos hace convertirnos en una especie de “superyó de toda la izquierda” y especialmente de “los sumisos”, los “aburguesados”, los “burgueses” entre los que JAM se incluye valientemente a sí mismo (Miller, 2017, 27 de abril). Y sí, así es, alguien debe interpretar aquí el rol del yo aburguesado, y alguien más el de un superyó que no es necesariamente el del burgués. Desde luego que ninguno de los dos roles es honorable ni reconfortante, pero hay que desempeñarlos. Cada uno debe cumplir su función en el sistema. Es lo que procede cuando los estrechos límites del sistema cierran el horizonte, cuando no dejamos fuera ni siquiera el objeto de deseo, cuando sintetizamos y sistematizamos todo, cuando cedemos a la dialéctica positiva y al saber absoluto, cuando lo comprendemos todo tan bien y con tanta facilidad (Lacan, 1955-1956).

Por ejemplo, ¿cómo no comprender lo que nos dice Laurent acerca de la incompatibilidad entre la democracia y el Frente Nacional? Que el neofascismo sea antidemocrático es fácilmente comprensible. Sin embargo, más allá de la comprensión, está simplemente lo que ocurre: Le Pen va ganando terreno en el sistema, en la democracia, y como producto de la misma democracia, del mismo sistema que gana en cada elección. El neofascismo se abre camino, su pequeño camino zigzagueante, a través de sus derrotas contra el neoliberalismo que lo nutre. Desde hace varios años, hemos visto cómo el centro gana cada vez para perder terreno ante la extrema derecha que es la que siempre termina ganando terreno al final. Es casi como si todo estuviera siendo tramado por el neofascismo, como si el Frente Nacional llevara las riendas, como si el neofascismo no sólo fuera un producto del sistema neoliberal, sino la transformación actual del mismo sistema poseído por su producto. Quizás finalmente Anaëlle Lebovits-Quenehen (2017, 19 de marzo) tenga razón cuando supone que el Frente Nacional “ya está gobernando” en Francia.

¿Resistir o desistir?

En realidad, como Viviana Saint-Cyr (2017, 20 de abril) lo ha mostrado, el Frente Nacional “todavía no está gobernando”. El neofascismo no lo domina todo en Francia. Y si no lo domina todo, es porque el capitalismo neoliberal no se ha totalizado hasta el punto de volverse totalitario. Hay bastiones que resisten a los embates del capital y de su neoliberalismo. Hay bolsas de resistencia, de insumisión, de anti-capitalismo, de generosidad, hospitalidad, igualdad, horizontalidad, comunidad y comunismo, que han sido y seguirán siendo, siempre abajo y a la izquierda, las únicas defensas eficaces contra eso que ahora toma el nombre de neoliberalismo y neofascismo.

No sólo existe el sistema de Macron y del Gran Capital, de la burguesía y del aburguesamiento, de los cálculos, de la sumisión y de la utilidad. No sólo hay eso a lo que se ha visto reducida la política de la Causa Freudiana. Incluso en el seno de la institución francesa de “lacano-centristas”, aparece un solitario que va a “contra pie”, que se mueve a “contracorriente” y cuyo movimiento deja ver la “inmovilidad” de los demás, y que no es evidentemente quien se mueve con “todos”, con las mayorías que ganan elecciones y que “no van a ningún lado”, sino su hermano, Gérard Miller, ese “uno solo” que se multiplica por “cien” en la escuela argentina (Miller, 2017, 17 de mayo).

Debemos conceder, empero, que lo mayoritario es lo mayoritario. Domina lo que domina. El centro está en el centro. El capitalismo neoliberal, con sus cálculos utilitarios y con sus productos neofascistas, lo decide casi todo en Francia como en el resto del planeta. Como hemos visto, el sistema gobierna incluso el criterio de los psicoanalistas lacanianos, lacano-centristas, que se ajustan a la norma del centrismo. El centro lo sigue atrayendo todo con esa inercia, con ese peso de la fatalidad, con esa fuerza de gravedad que ciertamente se ha debilitado tras la reciente crisis económica, pero que sigue venciendo cualquier otra fuerza en la mayor parte del planeta, como viene haciéndolo desde hace al menos tres décadas. ¿Y por qué? Al menos en el contexto francés, una razón decisiva es la que menciona JAM: el Partido Comunista Francés no supo “mantenerse firme ante el golpe de la posmodernidad”. Y fue así como contribuyó a que triunfara, por un lado, la posverdad operante en el neoliberalismo y no sólo en el neofascismo, pero también, por otro lado, la única verdad admitida, la de ese autoritario pensamiento único de la multiplicidad y la democracia en las que aún cree Laurent, es decir, esa metanarrativa posmoderna que todavía opera como justificación ideológica perfecta de un sistema capitalista neoliberal que no acepta alternativas diferentes de las que nos ofrece.

JAM tiene mucha razón al considerar que el triunfo de la posmodernidad se ha visto directamente favorecido por la rendición del comunismo. Pero quien afirma esto es el mismo que, sólo dos párrafos antes, ha celebrado tal rendición bajo la forma actual del apoyo decidido al candidato neoliberal en la segunda vuelta de la elección francesa (Miller, 2017, 27 de abril). ¿Pero cómo no aplaudir la claudicación cuando uno mismo es lo que es gracias a ella? En efecto, al igual que Macron y Marine Le Pen, el actual JAM es producto de la claudicación que fue la del Partido Comunista, pero también la de la mayor parte de su generación, al menos en los medios intelectuales. Me refiero a eso que Alain Badiou (2013, 28 de febrero), otro “archi-minoritario” que se distingue de “la mayoría de sus contemporáneos”, ha llamado “renegación” en su condena superyoica de JAM.

Es verdad que tan sólo tenemos la certeza de que JAM se convirtió en eso-mayoritario-que-ahora-es-con-los-demás: eso que gana elecciones en Francia y que predomina en los medios masivos de comunicación, así como en las escuelas y asociaciones de psicoanálisis. Sin embargo, desde cierto punto de vista, esta conversión corresponde al gesto de quien deja de moverse a contrapié, a contracorriente, y se abandona cómodamente al aire de los tiempos. Tal gesto no es ni más ni menos que una renegación “sin razón defendible a los ojos” de quienes creen saber adónde ir y se han esforzado en mantener el rumbo contra viento y marea (Badiou, 2015, 31 de enero). El mismo JAM ha terminado confesándolo en francés, en inglés y hasta en ruso en una divertida misiva para Badiou: “J’avoue, I confess, ani mitvade; estoy aquí para eso, para confesar” (Miller, 2013, 27 de febrero).

¿Cómo elegir en lugar del elector?

La carta de JAM para el Camarada Badyou es el mejor ejemplo de aquella libertad y ligereza de los posmodernos que pretenden planear por encima de todo lo que ocurre. Pero no hay que dejarnos engañar por la apariencia libre y ligera de la posmodernidad: esta apariencia, la misma de multiplicidad y democracia por la que se deja engañar Laurent, sólo sirve para ocultar la más tiránica y opresiva de las metanarrativas, la que excluye cualquier otra metanarrativa que no sea la suya propia (Lyotard, 1979). El dogma posmoderno termina descartando cualquier alternativa que no sea entre los productos del capitalismo, entre el neoliberalismo o el neofascismo, el voto útil o el inútil, Macron o Le Pen, Le Pen hoy o Le Pen mañana, la sumisión o la sumisión, el capitalismo o el capitalismo, la bolsa o la bolsa. No hay aquí lugar, desde luego, para elegir “la bolsa o la vida”, el capitalismo o el anticapitalismo, la sumisión o la insumisión (Saint-Cyr, 2017, 20 de abril). En caso de que a uno se le ocurra elegir la insumisión o el anticapitalismo, se dirá que uno está eligiendo, en realidad, la peor expresión de la sumisión y del capitalismo. Se decidirá lo que uno decide. ¿No es acaso lo que JAM y tantos otros hicieron en la primera vuelta de la elección francesa, cuando resolvieron que votar contra el neoliberalismo era votar por el neofascismo, como si no hubiera ninguna otra alternativa?

Para empezar, cuando sólo podemos elegir entre el neoliberalismo y el neofascismo, nuestra libertad de elegir se reduce a una elección entre dos caras de lo mismo, entre dos expresiones del mismo Gran Capital, entre un capitalismo y otro capitalismo, “entre lo igual y lo mismo”, sin que haya lugar para algo que sea “Otro” y que se distinga, que “haga insignia” (Miller, 1986-1987). Pero esto no es todo. En caso de que aceptemos someternos a lo que nos interpela por la boca de JAM, ni siquiera tendremos derecho de elegir entre las dos expresiones neofascista y neoliberal del mismo capitalismo, pues una, la neofascista, es la que no podemos elegir, mientras que la otra, la neoliberal, es la que debemos elegir. Es así como tendremos que elegir libremente lo que debemos elegir forzosamente, ya que otra elección, cualquier otra, irá contra la libertad que se estaría ejerciendo al elegir.

El chantaje constitutivo de la supuesta libertad ofrecida por el neoliberalismo se pone de manifiesto en la fórmula que Žižek (2017, 8 de mayo) lee en la primera página de un periódico francés: “hagan lo que quieran, pero voten por Macron”, o lo que es lo mismo: “hagan lo que quieran, pero tomen la buena decisión”. En otras palabras, desde luego que ustedes son libres de elegir, pero siempre y cuando elijan lo que deben elegir, es decir, según JAM, lo ya elegido por el Gran Capital, o sea, en Francia, Macron. ¿Acaso no es lo que ordenan JAM y tantos otros al exhortar imperativamente a ejercer de modo adecuado esa libertad ya de por sí arrinconada en el derecho a votar?

El padre, su horda y el populismo lacano-milleriano

La libertad neoliberal es un chantaje en el que eres libre de elegir, pero debes elegir lo ya elegido por el sistema, porque, si no lo haces, entonces perderás tu libertad de elegir. Es lógico: si no adoptas la elección del sistema, votarás por un candidato antisistema, y entonces quizás te despoje de tu libertad neoliberal de elegir lo ya elegido por el sistema. Y para persuadirte de que elijas lo que debes elegir para ejercer tu libertad, se te muestra lo que ha ocurrido en Venezuela, en donde se habría perdido esa valiosísima libertad neoliberal por el hecho mismo de perder el supuesto “estado de derecho”, el cual, para colmo, sería “la condición mínima para el desarrollo del psicoanálisis” (Bassols, 2017, 3 de abril). El psicoanálisis, pues, exigiría esa libertad que JAM ha reivindicado apasionadamente en los últimos meses: libertad de votar sólo por Macron, libertad de elegir el neoliberalismo y nada más, libertad de hacer lo que debe hacerse. Tal parece que esta libertad impuesta e impositiva es la única entendida por JAM, quien tal vez por eso no sea capaz de comprender que Mélenchon, en la segunda vuelta de la elección francesa, no diera consigna de voto y prefiriera permitir a sus electores votar por lo que desearan, aun cuando no fuese aquel por el que debían votar. Esto, para JAM, no era más que una “farsa” que revelaba los “pudores de gacela” del candidato de izquierda (Miller, 2017, 27 de abril).

Cualquier libertad sin chantaje resulta incomprensible e incluso imposible para alguien, como JAM, que sólo parece conocer la costosa libertad condicional del neoliberalismo: libertad a cambio del avasallamiento, libertad atrapada en su propia utilidad, libertad útil, utilizable, manipulable, aprovechable para lo que se requiera en cada momento. Ésta es aparentemente la única libertad a los ojos de JAM. ¿Pero entonces esta “libertad” es la “vinculada con la posibilidad misma del psicoanálisis” (Miller, 2017, 13 de mayo)? De ser así, tendrían mucha razón quienes han denunciado una complicidad profunda entre el psicoanálisis y el capitalismo antes liberal y ahora neoliberal.  Entenderíamos entonces por qué Laurent pudo reducir el deseo a la utilidad para el Gran Capital. Concluiríamos que la política promovida por JAM es la única política posible para el psicoanálisis: la política del sistema capitalista neoliberal, la política del chantaje, del cálculo mezquino, de la estrategia, de la utilidad, del orden establecido sin alternativas, de una falsa libertad que sólo permite elegir lo que debe elegirse.

¿Y si la política neoliberal no fuera necesariamente la del psicoanálisis? ¿Y si estuviéramos en condiciones de liberar la herencia freudiana de su imbricación tradicional con la sociedad burguesa liberal y ahora neoliberal (Pavón-Cuéllar, 2017)? Entonces tendríamos que deshacernos de JAM como “referente político”, tal como ya lo hizo Jorge Alemán (2017,7 de mayo). En cuanto a quienes coinciden políticamente con JAM al permanecer en el centro posmoderno de la democracia y la multiplicidad, quizás al menos deberían ser congruentes con su espíritu múltiple y democrático, e impedir que JAM encarne la figura tan moderna del caudillo antidemocrático, del jefe máximo unificador, hasta el punto de que él solo, sólo él con todo su poder, los “haga presentes” a ellos, a todos ellos, en el campo de la política (Miller, 2017, 13 de mayo).

¿Por qué los seguidores de JAM no tienen el valor de analizar, ni siquiera tras el final-sin-final de su análisis, lo que hace que su líder se convierta en el sustento de sus identificaciones políticas enajenantes y masificadoras, pensando y decidiendo por ellos, eligiendo lo que ellos deberían elegir, haciéndolos existir e incluso convocándolos a defenderlo cuando es atacado? ¿Qué hace que la comprensible deuda que se tiene con JAM por su inestimable trabajo teórico, editorial e institucional, desaparezca tras la ciega masificación identificatoria, tras el encandilado enamoramiento hasta la servidumbre y tras una torpe devoción que raya en el culto de la personalidad?

Quizás tuviera que procederse verdaderamente a la desidentificación ofrecida por el psicoanálisis (Pavón-Cuéllar, 2014), desidentificándose de JAM y no sólo invitando a los peronistas a que se desidentifiquen de Perón (cf. Fuentes, 2017, 17 de mayo; Izcovich, 2017, 17 de mayo). Tan sólo así habrá condiciones para hacer fructificar todo lo que se ha recibido y sigue recibiéndose de JAM, de sus propias contribuciones teóricas y no sólo de las de Lacan, pues también habría que deshacer la identificación de las identificaciones, la de JAM, quien podría estar soñando que es Lacan, tal como Mélenchon, según JAM, soñaría que es Chávez y Perón (Miller, 2017, 27 de abril), los cuales, por cierto, entre paréntesis, nunca fueron antisemitas, como puede verificarse en diversas fuentes (v. g. Maler, 2006; Rein, 2016).

En fin, tal vez la política de JAM sea injusta, por no decir errónea y errática. O tal vez, continuando con la dualidad lógica fantasmática de todo/nada, JAM sea verdaderamente infalible y tenga razón en todos y cada uno de sus planteamientos y posicionamientos políticos. En este caso, es el autor de estas líneas el que no ha entendido nada, quizás ofuscado por su “transferencia negativa” que le impide ascender a la “adulación”, dado que estas dos actitudes parecen ser las únicas posibles para un latinoamericano que se relaciona con JAM (Miller, 2017, 16 de mayo). Como sucede a menudo, las relaciones de lo no-europeo con lo europeo, desde el punto de vista del europeo, tienden a ser irracionales, ciegas, afectivas, apasionadas, desmesuradas, oscilando entre la servil sumisión y el rencor infundado, entre un humillante sometimiento y una rebeldía injustificada. Estamos aquí evidentemente ante un fenómeno fantasmático, ya sea que se encuentre en la visión o en lo visto, en los gestos imaginados o en los efectuados, en París o en América Latina.

Referencias

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