Psicología y responsabilidad social: de la publicidad empresarial a la reflexión universitaria

Intervención en la segunda sesión de la Cátedra de Psicología “Dra Julieta Heres Pulido”, sobre Psicología y Responsabilidad Social Universitaria, del Consorcio de Universidades Mexicanas (CUMEX), el lunes 3 de noviembre 2014, en Morelia, Michoacán, México

David Pavón-Cuéllar

Se me ha pedido que hable sobre la responsabilidad social de los psicólogos y de las facultades o escuelas de psicología. Me permitiré puntualizar y problematizar el asunto. Me preguntaré qué hacer con aquello que ahora se llama “responsabilidad social” cuando uno es, como yo, docente de una facultad de psicología en una universidad pública latinoamericana y específicamente mexicana.

En mi opinión, como universitario que soy, pienso que debo evitar utilizar irreflexivamente cualquier concepto, incluido el de “responsabilidad social”. Esta utilización irreflexiva se le puede perdonar a un psicólogo profesional o técnico, pero no a un académico, por más que la profesionalización y tecnificación de la disciplina tiendan a inhibir la reflexión en el ámbito universitario. Si creo en el valor de la reflexividad académica, entonces no podré servirme del concepto de “responsabilidad social” sin reflexionar sobre él y plantear una serie de cuestiones relativas a su origen, su empleo y sus posibles implicaciones.

En lo que se refiere al origen de la “responsabilidad social”, debe considerarse que se trata de un concepto presumiblemente forjado en el ámbito privado empresarial. Desde luego que esta circunstancia no es razón suficiente para descartar el concepto, pero sí debe hacer que seamos cautos al emplearlo y que nos interesemos en las funciones que ha desempeñado ahí en donde se inventó. No debemos olvidar que los conceptos responden a las necesidades internas de la esfera en la que se crean.

Al surgir en empresas privadas, el concepto de “responsabilidad social” ha obedecido a lógicas diferentes de las que deberían imperar en la universidad pública. Y esas lógicas podrían ser vehiculadas por el concepto. La “responsabilidad social”, como cualquier otro concepto importado, puede ser un Caballo de Troya que termine contribuyendo a la ya de por sí preocupante invasión de la ideología neoliberal en las universidades públicas.

El peligro concreto es que nuestro ámbito público universitario se vea contaminado y degradado por lógicas privadas empresariales en las cuales, por ejemplo, la responsabilidad social puede no ser más que una estrategia publicitaria para adquirir una imagen más atractiva en el mercado. Sabemos, en efecto, que la empresa privada puede presentarse como socialmente responsable para vender mejor sus productos al competir contra otras empresas. Es exactamente así como la etiqueta de “responsabilidad social” está funcionando en ciertas universidades públicas para conseguir más recursos y posicionarse mejor en la mezquina competencia por el reparto del presupuesto. El ámbito educativo termina convertido en mercado.

Si piensan que estoy exagerando, les contaré que hace unos meses, en una reunión universitaria de mi comisión académica, se nos dijo que ahora debíamos hablar de “responsabilidad social” para poder bajar recursos. El concepto está funcionando aquí exactamente como lo hacía en el ámbito empresarial del que proviene. Se trata de una simple estrategia publicitaria para persuadir al comprador, a quien habrá de comprar el producto o el proyecto que le vendemos, es decir, en este caso, los funcionarios que toman decisiones respecto a las aportaciones de recursos. Es por eso que digo que la universidad termina convertida en mercado, lo cual, desde luego, no debe achacarse a la “responsabilidad social” como tal, sino a la manipulación viciosa del concepto. El problema es que esta manipulación viciosa corresponde precisamente al funcionamiento de la esfera de procedencia del concepto. La “responsabilidad social” proviene del mercado y quizá no debiera sorprendernos que acabe desembocando en el mercado.

Lo extraño es que vayamos a buscar al mercado conceptos que nosotros mismos, como universitarios, deberíamos generar. Me preocupa que la universidad, que debería ser productora de ideas, acabe siendo consumidora de nociones producidas en una esfera tan profundamente ideologizada como es la del mundo empresarial. Además de exhibirse la alarmante influencia que este mundo empresarial puede llegar a ejercer en el ámbito académico, me temo que se está revelando aquí la falta de productividad conceptual de la universidad.

Ahora bien, además de mostrar nuestra esterilidad como productores de ideas, pienso que estamos delatando nuestra inconciencia como consumidores de ideas. Quiero decir que nos tragamos el concepto de “responsabilidad social” sin detenernos en sus ingredientes, igual que los mexicanos que usan la Salsa Tabasco sin saber que sus chiles vienen de México. Así como los chiles de la salsa estadounidense fueron cultivados por los mexicanos que luego consumen la salsa, así también los elementos constitutivos de la “responsabilidad social” han sido siempre cultivados por quienes luego se convierten en consumidores inconscientes del producto.

No es preciso recordar que los académicos e intelectuales hablamos de responsabilidad y de sociedad desde hace ya varios siglos. Hay una larga acumulación de especulaciones, discusiones e investigaciones filosóficas, politológicas, antropológicas, sociológicas y jurídicas que ahora olvidamos al emplear el concepto. Es como si no hubieran existido. Esta amnesia es también alarmante. ¿Cómo los universitarios podemos aceptar con entusiasmo una consigna o un eslogan aparentemente nuevo sin antes discutir y examinar detenidamente sus partes constitutivas?

¿De qué responsabilidad estamos hablando? ¿Y a qué sociedad nos referimos? Nada menos claro cuando reivindicamos la “responsabilidad social”. Nuestro empleo del concepto resulta muy ingenuo para quien esté mínimamente curtido en los debates que han rodeado a nociones centrales como las de “sociedad” y “responsabilidad”. Estas nociones deberían ser manejadas con mayor circunspección y deliberación. De lo contrario, nos exponemos a una serie de peligros sobre los que deseo atraer su atención. Me referiré aquí a doce peligros que alcanzo a vislumbrar.

Cuando hablamos de responsabilidad social, ¿qué sentido estamos dando a lo social? Para empezar, ¿pensamos acaso en la sociedad global o en una sociedad nacional o quizás en una local o regional? Esto debe aclararse, porque si yo soy responsable con respecto a la sociedad global puede ser que sea irresponsable con la sociedad mexicana o latinoamericana, y viceversa. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, un soldado nazi podría criticarles irresponsabilidad social a los comunistas desertores, y tendría la razón desde su punto de vista, que es el de cierta sociedad alemana.  Pero los desertores, en la perspectiva internacionalista, le criticarían falta de responsabilidad al soldado movilizado, y también tendrían la razón.

Una vez que hayamos identificado la sociedad con respecto a la cual habremos de responsabilizarnos, habrá que enfrentarse a quienes, como yo, consideran que lo social no existe como tal, que la sociedad está siempre disociada, que sólo consiste en una apariencia ideológica de unidad con la que se oculta la disociación de clases en su interior. Desde este punto de vista, que es el mío, responsabilizarnos con una sociedad es responsabilizarnos con la clase dominante que nos hace imaginar que existe dicha sociedad. Esta “responsabilidad social” puede posibilitar que se perpetúe cierta forma de opresión y explotación que tal vez desaparecería si nos permitiéramos ser un poco más irresponsables. Hay que alegrarnos, por ejemplo, de que la aristocracia francesa terminara siendo tan socialmente irresponsable como lo fue en la segunda mitad del siglo XVIII, pues esa irresponsabilidad social permitió agravar las contradicciones que estallaron en la Revolución Francesa.

El ejemplo de la Revolución Francesa me permite pasar a un tercer peligro que encuentro en el empleo ciego del concepto de responsabilidad social. Cuando no contextualizamos históricamente su empleo, existe el riesgo de que seamos irresponsables con el futuro por obstinarnos en asumir cierta responsabilidad con el presente. Si nos hubiéramos acercado a María Antonieta y le hubiéramos pedido que se mostrara socialmente responsable y que dejara de ser tan despilfarradora y de hacer tales fiestones memorables, y si la reina se hubiera dejado convencer, entonces habríamos evitado la revolución francesa y quizá ahora viviríamos en un mundo aún menos habitable que el que nos rodea. Seríamos irresponsables con el futuro por haber insistido en la responsabilidad con respecto a cierta sociedad y por haber permitido así que se perpetuara.

Cuando nos mostramos socialmente responsables en cierto contexto histórico, existe el riesgo de que lo perpetuemos, reduzcamos sus conflictos internos y le impidamos transformarse. Es algo, por cierto, que no dejamos de hacer los psicólogos. Esto me conduce al cuarto peligro de la responsabilidad social, y es el sentido conservador y reproductivo que suele tener, ya que se es responsable con respecto a lo que existe, es decir, con respecto a ciertas formas de existencia que tal vez deberían ser aniquiladas y superadas en lugar de ser responsablemente preservadas. La responsabilidad social tiende a ir a contracorriente del cambio, la transformación, la subversión y la revolución, por la simple razón de que no hay nada más irresponsable que una subversión o una revolución. Es claro que la responsabilidad social inhibirá esos gestos socialmente destructores a los que debemos, por cierto, mucho de lo mejor que hay en nuestro mundo.

Me parece que necesitamos de cierta irresponsabilidad y que no conviene convertir a la responsabilidad social en un valor absoluto, como lo hacen con frecuencia los promotores del concepto. He intentado mostrar que somos relativamente responsables, responsables en relación con alguien y con algo, pero esta responsabilidad siempre implica cierta irresponsabilidad. Vivimos en un mundo conflictivo, desgarrado, que nos hace pensar en un campo de batalla. En este campo, a veces debo mostrarme irresponsable con unos, en la trinchera enemiga, para ser responsable con otros en mi trinchera. Esto es así porque sólo puedo ser responsable con unos al serlo contra otros.

El aspecto esencialmente beligerante y conflictivo de nuestra vida y de nuestro mundo tiende a ser soslayado por la idea misma de “responsabilidad social”. Se es responsable hacia toda la sociedad. El concepto no toma partido por una clase contra otra, sino que es deliberadamente general y englobante. Me atrevo a decir que es un concepto pretendidamente imparcial, neutro y vacío, desprovisto de un proyecto político progresista o conservador, popular o elitista, revolucionario o reformista. Esto es inaceptable para quienes pensamos, como yo, que no hay manera de ser neutros e imparciales. Cuando pretendemos serlo, cuando no tomamos partido por algo, es porque estamos tomando partido por todo, por toda la sociedad con la que somos responsables, es decir, estamos optando por el orden establecido. Ser neutro y apartidista, para mí, es adoptar un proyecto conservador y reaccionario. He aquí un sexto peligro que nos amenaza en el concepto de responsabilidad social.

En el mejor de los casos, la responsabilidad social aparece como un sustituto edulcorado, light, artificial, de un proyecto político preciso. Este sustituto artificial es peligrosísimo para universidades, como es el caso de la Universidad Michoacana, que tienen una larga historia de compromiso militante con las clases desfavorecidas, las más oprimidas y explotadas. Al resumir nuestro compromiso político en el concepto apolítico de responsabilidad social, corremos el riesgo de perder lo más importante de lo que estamos resumiendo. Seremos amablemente responsables con esta sociedad en lugar de seguir apostando a su destrucción al mantenernos comprometidos con las clases que más sufren el peso de la sociedad.

El peligro es que el concepto de responsabilidad social puede servir como cuartada para eludir la cuestión política de nuestro posicionamiento y toma de partido. Este octavo peligro, el del apolitismo, se relaciona estrechamente con el noveno, el de caer en una concepción moralista y subjetivista, psicológica y psicologizadora, en la que se enfatizan la conciencia y la voluntad de individuos y grupos socialmente responsables, olvidándose las determinaciones objetivas estructurales, el sistema económico, la intrincada trama de las orientaciones históricas y las movilizaciones colectivas, las inevitables complicidades clasistas y los necesarios compromisos políticos. Todo esto desaparece cuando nos dejamos entusiasmar por la noción de “responsabilidad social” hasta el punto de imaginar que la solución de los grandes problemas estructurales puede llegar a depender únicamente de las buenas intenciones de individuos y de grupos, de su preocupación por el otro, de su disposición a ser socialmente responsables.

¡Como si nuestra propia responsabilidad social no pudiera ser manipulada y explotada por cierto sistema y por ciertos grupos! Éste es el décimo peligro que veo en la responsabilidad social. Cuando somos socialmente responsables, puede ser que lo seamos en perjuicio de las mayorías o de quienes más necesitan nuestra solidaridad. He conocido a bomberos españoles que perdieron su empleo remunerado gracias a las buenas intenciones de grupos de voluntarios que participaban gratuitamente en la extinción de incendios forestales. También conocí a basureros caídos en el desempleo y la miseria porque la buena gente disciplinada empezó a tirar la basura en los botes y no en las aceras.

No hay que olvidar que la responsabilidad social, como fue reconocido por el mismo Claus Offe, constituye un mecanismo disciplinario de autocontrol. Pero hablar de disciplina es hablar de poder. Hay que preguntarnos siempre, como psicólogos que somos, qué poder está ejerciéndose a través de nuestra supuesta responsabilidad social. Me atrevo a decir que siempre habrá ese poder, y al asumirlo y ocultarlo detrás de nuestra propia responsabilidad social, eximiremos y descargaremos de responsabilidad a los auténticos responsables en las altas esferas del poder político y económico. Aquí hay otro peligro, el onceavo, el de responsabilizarnos por los estragos causados por el sistema.

En lugar de luchar contra el capitalismo, nos sentimos responsables por sus víctimas e intentamos ayudarlas a través de nuestra caridad, la cual, de paso, puede servir para que las empresas socialmente responsables evadan algunos impuestos. Se nos hace también asumir la responsabilidad social de las crisis económicas y salvar a banqueros y especuladores con nuestros impuestos. Las compañías petroleras pueden ahorrarse costos de limpieza del mar cuando se cuenta con grupos de ciudadanos socialmente responsables que hacen gratuitamente una buena limpieza. Y nos encontramos finalmente con la inversión perversa, típicamente neoliberal, por la que respondemos de todos los vicios y errores de nuestros gobernantes.

Hemos llegado al extremo de imaginar que un gobierno como el de Peña Nieto es corrupto y criminal sencillamente porque refleja una sociedad mexicana corrupta y criminal. Seríamos entonces nosotros mismos, como sociedad, los responsables de que nuestros jóvenes hubieran sido asesinados a través del crimen organizado transformado en gobierno. Tendríamos el gobierno que nos merecemos. Esto es verdad en parte, pero no del todo, y si lo aceptáramos en sentido absoluto, disiparíamos la responsabilidad y olvidaríamos que no todos los sectores sociales tienen el gobierno que se merecen, que hay clases más inocentes que otras, que hay también individuos más responsables que otros, que nadie es tan responsable como un gobernante y que tenemos derecho a exigir que rinda cuentas por un crimen como el de Ayotzinapa.

Llego al último peligro de la responsabilidad social al que deseaba referirme. El concepto puede hacer que no reconozcamos la concentración de la responsabilidad en ciertos núcleos de poder económico y político. En lugar de hacer que los gobernantes asuman su responsabilidad, quizá la descarguemos estoicamente sobre nosotros los gobernados. Seremos entonces nosotros, cada uno de nosotros, los responsables de todo y de todos, como diría Dostoievski. Por lo tanto, seremos nosotros mismos los que tendremos que esforzarnos en cambiar. Lucharemos por cambiarnos en lugar de luchar para cambiar el sistema.

En lugar de una revolución a gran escala, haremos una de aquellas pequeñas revoluciones personales y domésticas en las que somos especialistas los psicólogos. Se tratará de cambiarlo todo en el sujeto para que todo siga igual en el mundo. El problema es que si todo sigue igual en el mundo, es muy poco lo que podremos cambiar el sujeto. Las transformaciones del individuo y de su entorno son interdependientes entre sí e indisociables una de otra.

Ya he mencionado los doce peligros que ahora percibo en el empleo imprudente del concepto de “responsabilidad social”. Estoy seguro de que hay más aspectos riesgosos que no consigo ver ahora. También confío en que muchos de los que logré detectar, quizás incluso todos ellos, puedan ser conjurados si el concepto se emplea con suficiente precaución. Esto exige reflexionar más en él y usarlo menos como consigna, eslogan, ideal o prescripción. Por mi parte, prefiero no emplearlo, pues no deja de parecerme demasiado peligroso y además resulta incompatible con mi posicionamiento político y con mi perspectiva teórico-epistemológica.

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