Bolsonaro y su verdad

Bolsonaro

Artículo publicado en Rebelión del 25 de octubre de 2018 y en la edición michoacana de Revolución 3.0 del 21 de octubre del mismo año

David Pavón-Cuéllar

¿Quién es Bolsonaro?

Jair Bolsonaro es un político brasileño de extrema derecha. Es un homófobo que promueve leyes contra la homosexualidad y prefiere a un hijo “muerto” que homosexual. Es también un machista que estima que el salario de las mujeres debe ser menor al de los hombres y que no duda en gritarle a una diputada que no la viola porque está “muy fea”.

Bolsonaro es un xenófobo que desea usar a las fuerzas armadas para “hacer frente” a los inmigrantes bolivianos, haitianos, senegaleses y sirios, a los que describe como “escoria del mundo”. Es, además, un racista que lamenta que “indios hediondos” posean territorios propios, anuncia que ya “no habrá un centímetro” de tierra para las comunidades indígenas y afrodescendientes, asegura que sus hijos no podrían enamorarse de una mujer de color porque “están bien educados” y afirma que los negros “no hacen nada” y que “ni para procreadores sirven ya”.

Bolsonaro es un ecocida potencial que promete “poner un punto final” a cualquier “activismo ambiental”, acabar con leyes e instituciones que frenan la deforestación del Amazonas y sacar a Brasil del Acuerdo de París para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Es, en fin, un potencial tirano, apologista de la violencia, del asesinato y la tortura, que juzga la democracia como un sistema “de mierda”, expresa que sólo un gobierno militar podría conducir a un país “más próspero y sostenible”, ensalza la dictadura en Brasil como una época “gloriosa” de “orden y progreso”, considera que el único error de la dictadura fue “torturar y no matar”, piensa que Pinochet “debió haber matado a más gente” y que la policía brasileña “tendría que matar más”, advierte que va a “fusilar” a sus rivales políticos y amenaza con “dar un golpe” y “cerrar el Congreso”.

¿Un comediante?

El ultraderechista Bolsonaro representa, en suma, una estremecedora conjunción de racismo, xenofobia, machismo, homofobia, culto a la violencia, riesgo de tiranía y hasta amenaza de ecodicio. Todo esto, que basta y sobra para considerarlo un patente caso de neofascismo y un grave peligro para el mundo, se desprende claramente de sus declaraciones y promesas de campaña. Él mismo nos confiesa con franqueza lo que es. ¿Por qué dudaríamos de él?

Es verdad que Bolsonaro nos advirtió recientemente que es “un comediante” y que no se le debe “tomar en serio”. Concedamos que no hay que tomarlo en serio cuando nos dice que no hay que tomarlo en serio. Sin embargo, acatando su voluntad, el resto del tiempo sí que debemos escucharlo con seriedad. Se tiene que atender seriamente a lo que hace aun cuando parece estar jugando con sus presas.

El estilo humorístico de Bolsonaro es el mismo de Trump y de otros ultraderechistas. Les permite decir lo inadmisible y volverlo admisible al colorearlo de humor y al hacer como si no fuera de verdad. Como bien lo ha señalado el filósofo brasileño Vladimir Safatle al referirse al mismo Bolsonaro, “uno ironiza la violencia mientras destroza a todo el mundo, porque si se asumiera una ética de la convicción, nadie lo soportaría”.

Las ideas y su respaldo social

Soportamos lo que dice Bolsonaro porque lo reducimos a “chistes y frases imbéciles”, como lo hace otro filósofo brasileño, Gustavo Bertoche Guimarães, quien imagina que hay que escribir Mein Kampf para volverse tan peligroso como Hitler. Esta idea no debería tranquilizarnos por dos razones. Por un lado, como se ha visto en múltiples casos históricos, puede haber una división del trabajo por la que un intelectual como el ultraderechista Olavo de Carvalho se ocupe de Mein Kampf: de la elaboración y sistematización de lo personificado por un líder como Bolsonaro. Por otro lado, el peligro no está, de cualquier modo, en el hecho de elaborar y sistematizar las ideas, sino en las ideas mismas y en el apoyo que alcanzan a tener en la sociedad.

Por desgracia, en el caso de Bolsonaro, la peligrosidad se encuentra lo mismo en las convicciones extremas que en el enorme respaldo social. Este respaldo no es tan sólo, como supone igualmente Guimarães, “anticorrupción”, “antisistema” y “antiizquierda”. Es también claramente antidemocrático, anti-negro, anti-indígena y anti-homosexual, como puede comprobarse en los torrentes de opiniones racistas y homófobas de simpatizantes de Bolsonaro que circulan en periódicos y redes sociales, así como en la ola de agresiones de bolsonaristas contra personas de color y del colectivo LGBT, incluyendo asesinatos como el del maestro de capoeira Moa del Katendê, el 7 de octubre en Salvador de Bahia, o el de una mujer trans, al grito de “¡Bolsonaro sí!”, el 16 de octubre en el centro de Sao Paulo.

Hay un amplio sector de la sociedad brasileña que siente, piensa, ejecuta y realiza lo que Bolsonaro expresa en sus polémicas declaraciones. Digamos que la palabra de Bolsonaro no está vacía porque él no está solo, porque sus ideas no son únicamente suyas, porque las comparte con una muchedumbre de seguidores. Es también por esto que se trata de alguien tan peligroso al que debemos tomar tan en serio: porque no es ni un simple individuo aislado ni mucho menos un inofensivo comediante, sino el nombre y la cara de un inmenso movimiento neofascista que amenaza lo mismo a los negros que a los indígenas, las mujeres, los homosexuales e incluso al planeta mismo, al que se le pretende arrancar su pulmón amazónico.

Verdad y mentira de Bolsonaro

Es en el respaldo social en el que debemos buscar la verdad subyacente a lo manifestado por Bolsonaro. Esta verdad tendría que interesarnos más que la mentira con la que simultáneamente se encubre y se descubre. De nada sirve repetir que el discurso de Bolsonaro es tramposo y engañoso, que es el mejor ejemplo de posverdad, que se basa en puras fake news y manipulaciones de la realidad. Todo esto es innegable, pero no es lo importante.

Lo que importa no es que Bolsonaro mienta constantemente, lo que nadie sensato ignora, sino que logre persuadir con su mentira, lo cual, si no se quiere subestimar el criterio de quienes se dejan persuadir, tan sólo puede explicarse por la existencia de una verdad que esté revelándose a pesar y a través de la mentira. Esta verdad en la mentira es la que persuade, complace, apasiona y permite ganar elecciones. Es una verdad tan atrayente como la que se exterioriza en la ficción de las películas más taquilleras: las de vampiros que nos recuerdan lo que sufrimos ante el capital que nos acecha y absorbe nuestra vida, las de zombis en las que alcanzamos a vislumbrar nuestro comprensible terror ante aquello a lo que nos vemos reducidos en el capitalismo, las de catástrofes naturales planetarias en las que adivinamos nuestra ansiedad ante el destino del mundo imparablemente destruido por el sistema capitalista. En todos los casos, cumpliéndose la regla aristotélica de la catarsis dramática, las películas nos ofrecen la experiencia de lo que no podemos experimentar de otro modo, es decir, lo que nuestra condición enajenada e ideologizada nos impide conocer de una manera más crítica y racional que tal vez nos permitiría pensar en lo que experimentamos, cuestionar lo que deba cuestionarse y luchar contra lo que haya que luchar.

Las películas de Hollywood se valen de sus patrañas para neutralizarnos al tiempo que nos dejan ver profundas verdades relativas a nuestra experiencia. Es también por esto que son tan cautivadoras. De igual modo, si Bolsonaro puede llegar a ser tan seductor para un amplio sector de la sociedad brasileña, es porque algo verdadero le está confesando al mentirle sin parar. Lo que está confesando es algo que también puede verse en películas de Hollywood, algo inconfesable que la sociedad siente, algo vergonzoso que muchos brasileños nunca dejaron de experimentar, algo siniestro que reina secretamente en el mundo: la fascinación por la violencia, el desprecio del otro, el deseo de sumisión, la mezquindad y la ambición, las pulsiones de muerte y destrucción, el racismo y la xenofobia, la homofobia y el machismo.

Ideal realista

Entre las opiniones que expresan los bolsonaristas, hay múltiples variantes de un mismo argumento que suele dejar pasmados y desarmados a quienes pretenden refutarlo: aquello que nos asusta en Bolsonaro es lo mismo que se ha vivido en los últimos años, incluso en los gobiernos de izquierda, los del Partido del Trabajo, los de Lula y Dilma. En los últimos quince años, en efecto, no ha cesado todo lo que se teme de Bolsonaro: la destrucción de la selva amazónica, la violencia de la policía, los crímenes homofóbicos y transfóbicos, los feminicidios y otras formas de violencia machista y misógina contra las mujeres, el desprecio racista y neocolonial hacia indígenas y afrodescendientes. Es como si todo esto fuera inevitable y sólo Bolsonaro tuviera el valor y la franqueza de asumirlo como programa de gobierno. De ahí que se le prefiera. Sus seguidores menos insensatos argumentan de manera bastante convincente: mejor un cínico veraz que otro hipócrita demagógico y respetuoso de lo políticamente correcto.

Los votantes de Bolsonaro se consideran defraudados por los anteriores gobernantes y están seguros de que su nuevo candidato no los decepcionará. De algún modo tienen razón. Bolsonaro no podría llegar a decepcionarlos porque sólo sabe prometerles el racismo, la xenofobia, el machismo, la homofobia, la violencia, el ecocidio y todo lo demás que ya existe a su alrededor.

Lo existente es, paradójicamente, aquello a lo que aspira Bolsonaro. Lo más lejos a lo que puede llegar su deseo es a la acentuación, intensificación, agravación y aceleración de lo que sucede y nos rodea, pero no a su transformación. ¿Por qué habría que transformar lo que acontece día tras día? Tan sólo hay que darle rienda suelta. Éste es el único ideal bolsonarista: más de lo mismo, es decir, más violencia, más desprecio, más destrucción de la naturaleza, más de todo lo que ya hay. Estamos aquí ante un extraño conformismo extremista que adhiere fanáticamente a la realidad.

Neofascismo como síntoma del neoliberalismo

El ideal bolsonarista coincide misteriosamente con el mundo real. Es una opción idealista por una realidad que no es otra que la que todos ya padecemos, la del sistema capitalista violento y ecocida, neoliberal y neocolonial, patriarcal y heteronormativo. Las opciones de este capitalismo son las de Bolsonaro, pero lo son desvergonzadamente, cínicamente, pues el rasgo característico de la ultraderecha, tanto fascista como neofascista, es revelar de modo sintomático la verdad propia del capital que suele disimularse tanto en el viejo liberalismo como en el neoliberalismo.

Lo que neoliberales como Temer, Duque, Macri, Piñera o Peña Nieto disimulan es lo que se revela sintomáticamente en el neofascista Bolsonaro, el cual, por lo mismo, cuenta con el apoyo incondicional de la oligarquía brasileña. Los dueños del dinero escuchan el susurro más íntimo de sus corazones en las invectivas de Bolsonaro. Como ya intenté demostrarlo en el caso de Trump, si el neofascismo es el retorno de lo políticamente incorrecto, es porque representa, como el síntoma en Freud, un retorno de lo reprimido: una reaparición de lo disimulado en el neoliberalismo, de su verdad secreta, de lo encubierto por lo políticamente correcto. El discurso neofascista pone de manifiesto el retorno de aquello que, aunque reprimido, siempre estuvo ahí en el capitalismo neoliberal y en su funcionamiento violento, destructor, mortífero, ecocida, etc.

El capital, por ejemplo, como lo han demostrado Marx y sus seguidores, no puede operar sin destruir y sin matar, sin convertir lo vivo en algo muerto, la naturaleza orgánica y la fuerza humana de trabajo en más y más dinero inorgánico e inanimado. Es de esta muerte, de esta conversión de lo vivo en lo muerto, de la que vive paradójicamente el sistema capitalista. Es aquí en donde estriba su verdad inconfesable que sólo se revela sintomáticamente con los fascistas y los neofascistas, con Millán Astray y la consigna franquista de “¡Viva la muerte!” o con la insistencia patológica de Bolsonaro en que Pinochet debió matar más, la dictadura brasileña debió matar más, la policía debería matar más, etc. Esta máxima de matar más, como la de acabar aún más rápido con el pulmón amazónico del que todos respiramos y vivimos, no es más que la sincera proclamación del imperativo categórico del vampiro del capital, el imperativo de consumir cada vez más vida para producir más y más muerte, un imperativo escandaloso que suele ser bien disimulado en los discursos políticamente correctos de los dirigentes neoliberales.

El capitalismo y su exceso neofascista

Para hacer consciente la verdad inconsciente del capitalismo, requerimos del fascismo, así como ahora es necesario el discurso neofascista de alguien como Bolsonaro para tomar conciencia de la verdad latente del sistema capitalista en su fase neoliberal. Quizás debiéramos estar agradecidos con el programa destructivo de Bolsonaro porque vuelve manifiesto lo que subyace a los discursos demagógicos del neoliberalismo que pretenden proteger lo que destruyen. Sin embargo, si Bolsonaro consigue delatar así a los neoliberales, no es tanto por afán de veracidad, sino más bien, como ya lo señalamos, por su funesto propósito de acentuar y acelerar la destrucción capitalista.

Es por su aspecto excesivo que el síntoma fascista nos descubre su fondo capitalista liberal y ahora neoliberal, anárquico y destructivo, lo que ya fue comprendido muy bien por Franz Neumann, hace más de medio siglo, y lo que han venido a confirmar Trump, Viktor Orban, Geert Wilders y otros ultraderechistas neoliberales. El último de ellos es Bolsonaro, el cual, llegando aún más lejos que los demás, nos ofrece una versión todavía más impúdica del neofascismo y además entronca directamente con cinco siglos de historia latinoamericana de la infamia capitalista en sus fases mercantil-colonial, industrial-imperialista y ahora financiera-imperial-neocolonial. El rostro de Bolsonaro nos resulta ya bastante conocido en América Latina: es un viejo rostro de conquistador, encomendero, cacique, terrateniente, hacendado, tirano, dictador, torturador, paramilitar, militar asesino, delincuente uniformado o de cuello blanco, gobernante corrupto y vendepatria, patrón insaciable y empresario sin escrúpulos.

Bolsonaro es la síntesis de todo lo que ha impedido que América Latina levante el vuelo. Es lo que no ha dejado que seamos lo que podemos llegar a ser. Es lo que nos ha puesto a disposición del mejor postor, lo que nos ha traicionado, lo que nos ha vendido, lo que nos ha saqueado y explotado, lo que nos ha discriminado y segregado, lo que nos ha despreciado, humillado, prostituido, violado, torturado, asesinado y desaparecido.

La vida contra la muerte

Si Bolsonaro es todo lo que es en el contexto latinoamericano, lo es al personificar el capital que está realizando la destrucción tanto de la naturaleza con sus especies diversas como de la humanidad en toda su diversidad racial, cultural y sexual. Este doble proceso destructor es el revelado por Bolsonaro. Al revelárnoslo, nos enseña ciertamente lo que el sistema capitalista es para nosotros, pero también, derivativamente, lo que somos nosotros para el capitalismo.

Aprendemos lo que somos para el capital en el sincero discurso de Bolsonaro. Sus palabras nos hacen reconocernos como las víctimas de lo que delatan. El capitalismo no aparece aquí sin mostrar lo que destruye. Nos descubre así a nosotros: mujeres, afrodescendientes, indígenas, homosexuales, extranjeros y extranjeras, simplemente humanos, pero también animales y vegetales, ya que si los árboles y los monos y las demás especies del amazonas y del resto del mundo pudieran votar, lo harían seguramente contra el capitalismo y contra Bolsonaro, es decir, contra lo que amenaza con aniquilarlos.

Amenazándonos abiertamente a todos nosotros, Bolsonaro nos recuerda la vida que nos une ante el impulso mortífero del capital que habla sin ambages por su boca. El portavoz, obsesionado con matar, nos enseña lo que nos quiere quitar, lo que somos, lo que nos hermana. Es así como puede hacer brotar nuestra conciencia de clase en su más alto nivel de universalidad, el de la conciencia de los vivos, conciencia contra la pulsión de muerte que será siempre la definitoria, no sólo manifiestamente de la ultraderecha, sino latentemente del capitalismo en general. Ante la devastación capitalista de todo lo vivo, es urgente que la izquierda consecuente, la anticapitalista, supere sus divisiones y recuerde el fundamento de su comunismo, lo que tenemos en común, la propia vida. Somos la vida en toda su incontrolable diversidad interna de sexos, culturas, colores y especies. Esta vida que somos es la amenazada por Bolsonaro, pero también por el capital y el capitalismo a los que desenmascara en su discurso. Aprendamos de este desenmascaramiento para identificar a nuestros enemigos y de paso para identificarnos a nosotros mismos.

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Jair Bolsonaro en Brasil: humillación y amenaza para toda la humanidad

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Artículo publicado en la edición michoacana de Revolución 3.0 el 7 de octubre de 2018

David Pavón-Cuéllar

Jair Bolsonaro, militar y político brasileño situado en la extrema derecha del espectro político, podría convertirse en el próximo presidente de Brasil. Esto debe preocuparnos a todos en el mundo y especialmente en Latinoamérica. La victoria de Bolsonaro no es la de un candidato como cualquier otro.

Para empezar, Bolsonaro no cree en el Estado laico. Proclama que “el Estado es cristiano” y que “la minoría que está en contra” debe “cambiar”. Desde su punto de vista, “las minorías tienen que inclinarse hacia las mayorías”.

La apuesta de Bolsonaro por las mayorías no le impide juzgar la democracia como un sistema político “de mierda”. Ya prometió en el pasado que, si fuera presidente de Brasil, “el mismo día cerraría el Congreso y daría un golpe”. Tiene la convicción de que sólo un gobierno militar podría conducir a un país “más próspero y sostenible”. Describe los tiempos de la dictadura en Brasil como una época “gloriosa”, como “20 años de orden y progreso”.

El único error del régimen dictatorial brasileño, según Bolsonaro, fue “torturar y no matar”. Desde luego que hubo asesinados, al menos 421 entre 1964 y 1985, pero fueron aparentemente pocos. Fue el mismo problema en Chile. Sin duda el dictador chileno Aungusto Pinochet se las arregló para provocar miles de muertes. Sin embargo, según Bolsonaro, “debió haber matado a más gente”.

Aunque prefiera matar que torturar, Bolsonaro no duda en declararse “favorable a la tortura”. Su voto por la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, torturada en tiempos de la dictadura, lo dedicó a un torturador, a quien llamó “el pavor de Dilma”, el coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, responsable de centenares de torturas y de al menos 45 asesinatos y desapariciones forzadas.

Es verdad que Bolsonaro muestra cierta inquietud ante los altos índices de crímenes violentos en Brasil, pero estima que “la violencia debe combatirse con violencia y no con banderas de derechos humanos” como las defendidas por los integrantes de Amnistía Internacional, a quienes caracteriza, por cierto, como “canallas” e “idiotas”. Promete que, si gana las elecciones, “todo ciudadano va a tener un arma de fuego dentro de casa”. Cuando se entera de que la policía brasileña es la que más asesina en el mundo, simplemente declara que “tendría que matar más”.

Bolsonaro es abiertamente violento. Ante sus seguidores, en un reciente acto de campaña, empuñó un trípode como si fuera un arma y clamó que iba a “fusilar” a todos los militantes del Partido del Trabajo (PT). Tal vez fuera una extraña broma. De cualquier modo se entiende la preocupación de los militantes brasileños de izquierda, pero no sólo de ellos. Hay otras víctimas potenciales del político ultraderechista.

Bolsonaro quiere a las fuerzas armadas “en las calles” para “hacer frente” a los haitianos, bolivianos, senegaleses y sirios, a los que describe como “la escoria del mundo”. También lamenta que “indios hediondos, no educados”, posean tierras en Brasil. Promete que les arrebatará sus tierras comunitarias a los pueblos originarios y también a los afrodescendientes. Si es elegido presidente en 2018, según sus promesas, “no va a haber un centímetro demarcado para reserva indígena o para quilombola (comunidad con mayoría negra)”.

Bolsonaro es racista. No disimula su desprecio hacia los negros. Dice que no trabajan, que “no hacen nada”, y agrega: “creo que ni para procreadores sirven ya”. Cuando se le pregunta qué haría si uno de sus hijos terminara enamorándose de una mujer de color, tan sólo responde que “eso no ocurriría porque sus hijos están bien educados”.

Bolsonaro se preocupa mucho por el destino de sus hijos en un mundo en el que hay mujeres afrodescendientes y hombres homosexuales. Ha confesado que “prefería ver morir en un accidente” a uno de sus hijos que “encontrarlo con un bigotudo”. Alguna vez admitió que “sería incapaz de amar a un hijo homosexual”.

De manera consecuente, Bolsonaro ha impulsado leyes para criminalizar la homosexualidad. También ha justificado castigos corporales contra los homosexuales. Recientemente afirmó: “si veo a dos hombres besándose en la calle, los voy a golpear”.

El problema no es tan sólo con la homosexualidad, sino también con el sexo femenino. Bolsonaro piensa que fue por “debilidad” que tuvo a una hija y no a puros hijos varones. También considera que no es justo que mujeres y hombres reciban el mismo salario. ¡Las mujeres tendrían que ganar menos! ¿Por qué? Porque puede suceder que se embaracen, lo cual, desde luego, afecta las ganancias de quienes las contratan. Estas mujeres… Una de ellas, diputada, acusó a Bolsonaro de promover la violación. Él repuso que “no la violaría” porque “estaba muy fea” y “no lo merecía”.

Violación, misoginia, homofobia, racismo, violencia, tortura, muerte y dictadura. He aquí la exitosa fórmula de la ultraderecha por la que millones de brasileños están votando. No sólo es un ultraje a la memoria de las víctimas de las dictaduras latinoamericanas y de las olas de feminicidios y de crímenes de odio racista y homofóbico. Es también una humillación y una amenaza, dentro y fuera de Brasil, para los pacifistas, los demócratas, los militantes de izquierda, las mujeres, los homosexuales, los afrodescendientes, los pueblos originarios, los mestizos con sangre indígena y todos los demás que no correspondemos al modelo de macho blanco heterosexual, violento y potencialmente violador, que está por ganar las elecciones del país más grande y poblado en América Latina.

Resulta muy significativo que Bolsonaro, humillándonos y amenazándonos a todos, sea el candidato favorito del dinero, de la finanza, de las empresas y de las clases pudientes de Brasil. Es así como se confirma una vez más que el capital quiere lo contrario de lo que desea nuestra humanidad en toda su diversidad sexual, social y cultural. Somos lo que el capitalismo intenta destruir. Esto es lo que la ultraderecha nos ha revelado una y otra vez. No hay que olvidarlo.

La ultraderecha latinoamericana: cien años de lucha por la desigualdad

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Artículo publicado en La Gaceta de La Patriada, Proyecto Comunidad, en Buenos Aires, Argentina, el miércoles 11 de abril 2018

David Pavón-Cuéllar

Ultraderecha y desigualdad

La derecha moderada es una derecha disimulada. Lo es por disimular aquello mismo por lo que se ha definido históricamente la derecha: la opción por la desigualdad. Esta opción tan sólo se torna explícita en la ultraderecha, en la extrema derecha, la cual, si es extrema, lo es por llegar hasta el extremo de exhibirse como la derecha que es.

Hay múltiples formas en las que la ultraderecha deja clara su opción definitoria por la desigualdad: actitudes clasistas, racistas y sexistas; vehemente defensa de jerarquías, estratificaciones y privilegios; reivindicación de los ideales de propiedad y autoridad; visión vertical de la sociedad, orientación autoritaria y simpatía por las tiranías y las oligarquías; enardecida lucha contra la democracia, contra los derechos universales, contra las políticas redistributivas y contra otras medidas tendientes a la igualdad; creencia en la condición esencialmente inferior de ciertas personas, colectividades, naciones o culturas; intento de supresión de grupos que no pueden inferiorizarse o que se juzgan tan inferiores que ni siquiera merecen existir; violencia contra quienes luchan por la igualdad, ya sean comunistas, socialistas u otros militantes de izquierda.

Todas las concepciones, posiciones y acciones características de la extrema derecha contradicen abiertamente la igualdad. Esto ha sido así en distintas épocas. Ha sido también así en diferentes regiones del mundo, entre ellas América Latina, en donde hay una clara presencia de grupos ultraderechistas desde hace al menos un siglo.

Desde que existe, la ultraderecha latinoamericana se ha dedicado a defender y justificar las desigualdades propias de su contexto socioeconómico y cultural, a veces originadas en tiempos coloniales y generalmente agudizadas con el desarrollo del capitalismo periférico y dependiente: desigualdades entre descendientes de colonizadores y de colonizados, entre indígenas y mestizos, entre el pueblo y las élites blancas, entre asiáticos o afrodescendientes y todos los demás, entre pequeñas oligarquías locales y grandes masas de oprimidos y explotados, entre cristianos y judíos, entre los machos y sus víctimas, entre preferencias sexuales en un entorno tradicional heteronormativo, etc. Estas relaciones desiguales y otras más, que le dan a las sociedades latinoamericanas su peculiar estructuración vertical, han contado en el último siglo con la protección de sus rabiosos guardianes ultraderechistas.

Orígenes en México y Argentina

La ultraderecha latinoamericana tuvo su primera expresión en la Revolución Mexicana. Surgió para tratar de restablecer el orden pre-revolucionario estratificado y jerárquico. Para conseguirlo, se alió con el embajador estadounidense Henry Lane Wilson y llevó al poder al tirano Victoriano Huerta en 1913. Dos años después, en la ciudad de Morelia, fundó la “U”, la Unión de Católicos Mexicanos (UCM), y empezó a operar de manera secreta en todo el país. Fue siempre contrarrevolucionaria, conservadora y católica.

En el norte de México, desde 1911 hasta los años treinta, la ultraderecha empezó por actuar de modo irreflexivo y se fue haciendo consciente de sí misma en el curso de la persecución de los inmigrantes chinos. Primero masacró a centenares en Torreón, Chihuahua y Monterrey. A los supervivientes los despojó de sus tierras y de sus comercios. Luego confinó a muchos en guetos en Sonora. Deportó a miles a un campo de concentración en la Isla María Magdalena. En esta misma isla dejó morir de hambre a unos cuatro mil.

El horror de lo acontecido en México se reprodujo al otro extremo del continente. En Argentina, entre 1919 y 1922, la ultraderecha se dedicó a destruir sinagogas y a matar a judíos, inmigrantes pobres, obreros huelguistas y peones rurales. El saldo fue de 700 muertos en las calles de Buenos Aires y 1500 en los campos de Patagonia. Los asesinos fueron jóvenes despreocupados y sonrientes, elegantes y adinerados, hijos de comerciantes, de industriales y de terratenientes. Habían sido reclutados, entrenados y armados por la siniestra Liga Patriótica Argentina con su ideólogo Manuel Carlés, quien pretendía proteger la propiedad y la autoridad contra quienes la amenazaban: sindicalistas, anarquistas, comunistas y otros luchadores por la igualdad.

Momento nazi-fascista

Entre los años veinte y treinta del siglo XX, la ultraderecha latinoamericana se vio impulsada por el falangismo español, el fascismo italiano y el nazismo alemán. Se volvió antiestadounidense y empezó a oscilar entre una germanofilia moderna, futurista, casi revolucionaria, y un hispanismo tradicionalista, católico y conservador. En ambos casos, los venerados europeos le sirvieron para legitimar y reafirmar su opción por la desigualdad, su racismo y su clasismo, su antisemitismo y su anticomunismo.

La ultraderecha latinoamericana de inspiración europea cobijó sueños belicistas, estatistas y totalitaristas, y formó partidos militarizados, jerarquizados y uniformados en Brasil, Argentina, Chile, México y otros países. A veces también alcanzó a integrar gigantescos movimientos de masas, con centenares de miles de miembros, como el sinarquista mexicano y especialmente el integralista brasileño. Emulando a las camisas negras italianas y las camisas pardas alemanas, contó con sus camisas verdes en Brasil y sus camisas doradas en México. Los encamisados mexicanos le sirvieron para atacar a huelguistas, a sindicalistas y comunistas, y para perseguir y extorsionar a los judíos.

Para justificar sus actos, la ultraderecha nazi-fascista dispuso también de sus intelectuales que denunciaron una conspiración judeo-marxista-masónica para destruir la civilización cristiana occidental. Quizás los más importantes fueran el brasileño Gustavo Barroso y los mexicanos Vicente Martínez Cantú, Salvador Borrego Escalante y Salvador Abascal Infante. Los dos últimos, tras la Segunda Guerra Mundial, negaron el holocausto, deploraron la derrota de Alemania y se atribularon ante el desarrollo de la democracia y el avance del comunismo y del igualitarismo entre los años cuarenta y setenta del siglo XX.

Giro estadounidense

La ultraderecha latinoamericana fue mucho más que su tendencia nazi-fascista con su estatismo y su totalitarismo. Tuvo también, ya desde la etapa de entreguerras, una corriente ultraliberal y anti-estatista que fue ganando terreno en el siglo XX. Esta corriente le hizo oponerse a cualquier política gubernamental intervencionista y redistributiva.

En Colombia, en 1935, a través de la Acción Patriótica Económica Nacional (APEN), la ultraderecha protestó contra el alza de los impuestos y contra cualquier intervención del Estado en la economía. No tardó en hacer lo mismo en otros países. Continuó cultivando el anticomunismo y rechazando cualquier igualitarismo, pero se alejó de los fascismos europeos y se dejó seducir por el imperialismo estadounidense.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, con la Guerra Fría y en especial tras el triunfo de la Revolución Cubana, la ultraderecha latinoamericana fue reforzando su tendencia ultra-liberal y se fue tornando predominantemente pro-capitalista y pro-estadounidense, antisoviética y anticastrista. Se dotó de un centro de operaciones en Miami. Recibió armas, financiamiento y apoyo logístico de los Estados Unidos. Tendió a desembarazarse de su disfraz idealista y de sus complicadas racionalizaciones ideológicas a las que aún recurría en su momento nazi-fascista.

Escuadrones de la muerte, grupos de influencia y regímenes dictatoriales

La ultraderecha latinoamericana de la posguerra se volvió pragmática, pero también ciega, maquinal, y cada vez más cruel y despiadada. Tuvo entonces su mejor expresión en los escuadrones de la muerte. Recordemos algunos: Mano Blanca en Guatemala, Fuerzas Armadas de Liberación Anticomunista en El Salvador, Batallón 3-16 en Honduras, Banda Colorá en República Dominicana, Operación Bandeirantes en Brasil, Alianza Anticomunista Argentina, Comandos Caza Tupamaros en Uruguay y Autodefensas Unidas de Colombia. Entre 1967 y 2006, estas agrupaciones paramilitares arrasaron pueblos enteros, sembraron el terror en las ciudades y torturaron, mutilaron, violaron, asesinaron y desaparecieron a centenares de miles de personas, entre ellas muchos militantes izquierdistas que luchaban por la igualdad, pero también civiles que no militaban en organización alguna, incluyendo indígenas, campesinos y obreros, estudiantes y maestros, intelectuales y periodistas.

Los escuadrones de la muerte operaban siempre con los mismos propósitos: preservar un capitalismo periférico y dependiente, mantener las estructuras verticales de opresión y explotación, defender los privilegios de las oligarquías locales y los intereses de los Estados Unidos en América Latina, y suprimir a los comunistas y a otros luchadores por la igualdad. Estos mismos propósitos fueron también alcanzados en la misma época por medios más sutiles, más formativos y persuasivos que represivos y coercitivos, a través de la infiltración ideológica ultraderechista de ambientes estudiantiles, religiosos, empresariales y gubernamentales. En el contexto mexicano, por ejemplo, desde los años sesenta del siglo veinte, la ultraderecha contó con grupos de influencia implantados en casi todas las universidades públicas del país, entre los que destacó el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO). La ultraderecha mexicana también penetró en las más altas esferas del poder y del dinero a través de universidades privadas como la Autónoma de Guadalajara, la Anáhuac y la Panamericana, redes semisecretas como Los Tecos y El Yunque, y congregaciones católicas ultraconservadoras como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo. Estas dos congregaciones rindieron los mismos servicios a la ultraderecha latinoamericana en otros países, como Argentina, Venezuela, Colombia, Chile y Brasil, en los cuales, de modo paralelo, destacó un grupo católico ultraderechista de laicos, Tradición, Familia y Propiedad (TFP), vinculado con el paramilitarismo colombiano.

Apoyándose en los grupos de influencia y en los escuadrones de la muerte, así como también en los ejércitos regulares y en el apoyo estadounidense, la ultraderecha llegó a controlar amplios sectores del Estado en varios países latinoamericanos. A veces pudo conseguirlo gracias a los golpes militares que se dieron sucesivamente en Guatemala, Paraguay, Brasil, Bolivia, Uruguay, Chile y Argentina. Estos golpes le permitieron a la ultraderecha, en la segunda mitad del siglo XX, adquirir una forma institucional, vestirse de policía y militar, y emplear todos los recursos del Estado, incluida la violencia legal, para encarcelar, torturar y eliminar a decenas de miles de personas, así como para difundir su ideología, transformar las sociedades e imponer políticas económicas de tipo capitalista neocolonial y neoliberal.

Nazis, neonazis, cristianos e influencers

El fin de las dictaduras en el cono sur fue acompañado por el resurgimiento de partidos nazi-fascistas como el Nacional Socialista Paraguayo (1989-1993), Nuevo Triunfo de Argentina (1990-2009) y Patria Nueva Sociedad de Chile (1999-2010). Simultáneamente hubo una proliferación de pandillas de neonazis y de cabezas rapadas en Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y especialmente Brasil, en donde bandas como White Power y los Carecas do Brasil han golpeado y asesinado a innumerables negros, mulatos, homosexuales, transexuales, toxicómanos, nordestinos y pobres de las favelas.

En el mismo contexto brasileño, desde hace una década, el político Jair Bolsonaro justifica los crímenes de las dictaduras. Además hace coro con los pastores cristianos Silas Malafaia y Marco Feliciano cuando gritan su homofobia, su machismo y su misoginia. Estas mismas actitudes y otras más son exhibidas cotidianamente por twitteros, blogueros, youtubers y otros influencers ultraderechistas de varios países de América Latina.

El internet es un lugar óptimo para que la ultraderecha latinoamericana desate públicamente su violencia simbólica. El mexicano Callodehacha se burla socarronamente lo mismo de las mujeres acosadas y agredidas que de las feministas y de quienes luchan por igualdad y por justicia. La hispano-venezolana Yael Farache, desde Miami, ostenta su veneración por Donald Trump, su racismo hacia los afroamericanos y su desprecio por la democracia, por los inmigrantes y por otras culturas.

Jóvenes ultraliberales

La más reciente adquisición de la ultraderecha latinoamericana es un ejército de hermosos jóvenes ultra-liberales. Muchos de ellos se autodenominan “libertarianos” y se han formado en think-tanks financiados por consorcios empresariales y por entidades públicas y privadas estadounidenses. Con los inagotables recursos que se han puesto a su disposición, estos jóvenes promocionan el capitalismo neoliberal y defienden los intereses de las transnacionales, de las clases dominantes locales y del gobierno y las empresas de los Estados Unidos. También se oponen a la izquierda y al igualitarismo en todas sus expresiones, entre ellas las populistas y socialistas.

En su cruzada ultraderechista contra la igualdad, además de ser anticomunistas, anti-populistas y anti-socialistas, los jóvenes ultraliberales son también racistas, clasistas y sexistas, homófobos y anti-feministas. El argentino Agustín Laje asimila el feminismo al incesto y a la pedofilia. Su compatriota Nicolás Márquez reduce despreciativamente la homosexualidad a una ideología y la igualdad a una fantasía. El chileno Axel Kaiser, como alguna vez lo hiciera el psiquiatra franquista Vallejo Nájera, describe a los marxistas como asesinos en potencia con una mente patológica. El brasileño Rodrigo Constantino también atribuye una enfermedad mental a los militantes de izquierda y además afirma públicamente que los pobres y los negros son bárbaros e inferiores. La guatemalteca Gloria Álvarez encuentra en los indígenas una propensión a violar y tolerar la violación, explica la pobreza por la mentalidad de los pobres y desecha los derechos universales a la salud, a la educación, a la vivienda y al trabajo.

Vejez y continuidad

Con Álvarez, Constantino, Kaiser, Márquez y Laje, como con Farache y Callodehacha, la ultraderecha latinoamericana parece rejuvenecida. Tiene una cara fresca y lozana, pero hay algo añejo y anticuado en ella. Sus exponentes, al contrario de Salvador Allende, son jóvenes viejos, quizás envejecidos prematuramente por lo que los anima, lo cual, para quien discrepe de ellos y se permita juzgarlos moralmente, podría no ser más que bajeza, tacañería y mezquindad, perversión y cinismo, corrupción e impudicia.

Lo seguro, independientemente de cualquier juicio moral, es que la ultraderecha de hoy adopta las mismas viejas posiciones de siempre. Continúa oponiéndose a la igualdad y al igualitarismo. Sigue rechazando los derechos universales y defendiendo los más rancios privilegios. Mantiene su racismo, su clasismo y su anticomunismo. Su máscara liberal es la misma que ya usó hace ocho décadas en Colombia y luego en las dictaduras centroamericanas y sudamericanas.

La ultraderecha latinoamericana es hoy anti-populista en toda América Latina como fue ayer contrarrevolucionaria en México. Y, como en la Revolución Mexicana y luego durante la Guerra Fría, no deja de representar los intereses estadounidenses y traicionar a nuestros pueblos a cambio de unos cuantos dólares. El dinero sigue siendo tan importante para ella como la propiedad, el poder, la clase, la autoridad, la jerarquía, la virilidad, la blancura de la piel y todos los demás criterios que la guían al distribuir a las personas en la única dimensión vertical de su representación de la sociedad.

La nueva ultraderecha latinoamericana (1992-2018)

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Artículo publicado en Marxismo Crítico y en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 28 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

La extrema derecha marginal

Dos artículos anteriores nos mostraron cómo la extrema derecha de América Latina surgió en el primer cuarto del siglo XX, luego cobró fuerza bajo el impulso de los fascismos europeos en la etapa de entreguerras y finalmente coincidió con los intereses de Estados Unidos en la región durante los años de la guerra fría. De hecho, como vimos, la injerencia estadounidense contribuyó a que la ultraderecha latinoamericana pudiera llegar al poder en algunas dictaduras sudamericanas.

Poco después de la democratización de los países con regímenes dictatoriales, entre los años ochenta y noventa del siglo XX, hubo rebrotes marginales de organizaciones de extrema derechaque aprovecharon la apertura democrática y el relativo relajamiento del control social para hacerse un pequeño lugar en el espacio público. Paraguay contó durante un breve período, entre 1989 y 1993, con el Partido Nacional Socialista Paraguayo (PNSP), cuyo ideario abiertamente nazi no le impidió participar en dos procesos electorales. En Argentina, entre 1990 y 2009, existió el Partido Nuevo Triunfo (PNT), que adoptó posiciones anti-chilenas y supo disimular su nazismo y su antisemitismo con las etiquetas de nacionalismo y anti-sionismo. El Movimiento Patria Nueva Sociedad (PNS) de Chile, existente entre 1999 y 2010, también utilizó la posición anti-sionista para disimular su antisemitismo, pero prefirió hablar de socialismo nacional que de nacionalismo y se caracterizó por su insistencia perfectamente ultraderechista en que no era un partido ni de izquierda ni de derecha.

Un caso paradigmático es el de Brasil, en donde vemos aparecer muy pronto, ya desde finales de los ochenta, una plétora de organizaciones ultraderechistas en las que podemos distinguir tres grupos: los tradicionales nazi-fascistas, como el Partido Nacionalista Revolucionario Brasileño (PNRB), surgido en 1988 y con un ideario ultranacionalista, xenófobo y antisemita; los neo-integralistas o continuadores del integralismo, tradicionalistas, nacionalistas, anticomunistas y antiliberales, como la nueva Acción Integralista Brasileña (AIB), aparecida a mediados de los noventa, y el Frente Integralista Brasileño (FIB), fundado en 2004; y las bandas furiosas de neonazis y cabezas rapadas, generalmente surgidas por escisiones de los Carecas do suburbio, como es el caso de los Carecas do Brasil, homófobos, antisemitas y represores de toxicómanos, y especialmente White Power, nacido en 1989, centrado en la convicción de la superioridad racial de los blancos y extremadamente violento hacia negros, mulatos, homosexuales, judíos y nordestinos –originarios del norte brasileño.

Los neonazis formarán también grupos más o menos violentos en otros países latinoamericanos, como el Partido Nacionalsocialista de México, Orgullo Criollo en Venezuela, Nacional Socialismo Ecuatoriano, la Unión Radical Nacional Socialista de Bolivia (URNSB), Perú Criollo y Movimiento Nacionalsocialista Despierta Perú (MNSDP), así como tres organizaciones colombianas: Tercera Fuerza Nacional Socialista, el Frente Skinhead y la Juventud Nacional Socialista (NS). Éstos y otros grupos análogos comparten su furia contra diversas minorías étnicas y sexuales, así como su apología de la violencia y a veces el empleo de métodos violentos. La juventud, la marginalidad, el pensamiento débil y el resentimiento social de sus integrantes hacen pensar en los escuadrones de la muerte y en los porros y halcones mexicanos. Sin embargo, a diferencia de aquellos grupos, las bandas neonazis tienen una clara tendencia nazi-fascista y suelen seguir programas ideológicos más claros y explícitos, aunque al mismo tiempo actúen de manera más independiente y espontánea, estén menos organizadas y tengan menos recursos humanos y financieros, pues generalmente carecen de apoyo gubernamental y no obedecen a una agenda planeada en Miami o en Washington.

Muy próximos a los grupos neonazis y a veces vinculados con ellos, pero con mayor nivel de elaboración doctrinaria, existen otras nuevas organizaciones ultraderechistas latinoamericanas cuyos discursos llaman la atención por su conservadurismo, por su nacionalismo a ultranza y por los enemigos específicos en los que se concentra su enfurecimiento. Por ejemplo, en Perú, la furia contra la finanza, contra los bancos y contra el Fondo Monetario Internacional fue la especialización del antiliberal y anticomunista Frente de Defensa contra el Agio y la Usura (FREDECONSA), el cual, disuelto en 2012, profesaba el llamado nacional-cristianismo de su ideólogo Ricardo de Spirito Balbuena, lo que hizo que se opusiera también furiosamente a todo lo juzgado anticristiano, como la homosexualidad, la pornografía, la manipulación genética y la legalización de las drogas y del aborto. En México, desde 2006, la furia contra los yanquis es el eje rector del Frente Nacionalista de México Siglo XXI (FRENAMEX), antes Organización por la Voluntad Nacional y Frente Nacional Mexicanista, que además de aspirar a la reconquista de los territorios mexicanos anexionados por los Estados Unidos en el siglo XIX, reivindica el Segundo Imperio de Maximiliano de Habsburgo, lucha por la reincorporación de los países centroamericanos a México y exige la expulsión de los inmigrantes haitianos en el país.

Tres frentes de la nueva ultraderecha

El FRENAMEX mexicano y el FREDECONSA peruano, al igual que los grupos nazi-fascistas y neonazis recién abordados, tienen una influencia relativamente débil en la sociedad latinoamericana y no amenazan por ahora con dejar una huella profunda en la historia del subcontinente. Las amenazas parecen venir de otros cuatro frentes de la nueva ultraderecha: uno católico semi-secreto y camuflado, uno cristiano sexista escandaloso, otro virtual opinológico y otro más por el que habremos de terminar el presente recorrido: el frente imperialista ultra-liberal.

Ya nos referimos en un artículo anterior al primer frente, el católico semi-secreto y camuflado, particularmente presente en México bajo la forma de la red invisible de Los Tecos, El Yunque y otros entes disimulados a través de organizaciones como Pro-Vida, asociaciones como DHIAC y ANCIFEM y congregaciones religiosas como los Legionarios de Cristo. Por más fría y calculadora que sea la estrategia de esta red ultraderechista mexicana para influir en la sociedad y especialmente en las élites gobernantes, por más discretos que sean los discursos insidiosos con los que desarrolla su hegemonía ideológica, no deja de estar animada por una furia mortífera que podría estarse manifestando en la violencia directa, simbólica-ideológica y estructural socioeconómica, tan racista como clasista, ejercida cotidianamente hacia los de abajo y a la izquierda: hacia los indígenas y hacia los más pobres del país, hacia periodistas y activistas, hacia estudiantes como los 43 de Ayotzinapa, hacia maestros como los masacrados en Guerrero y Oaxaca entre 2015 y 2016, hacia campesinos como los asesinados en Arantepacua en 2016, hacia obreras de maquiladoras y evidentemente hacia miles de supuestos miembros del crimen organizado eliminados en masa por los mismos que los hacen existir. La dictadura perfecta mexicana puede operar así como las demás a las que nos hemos referido, con toda la furia de la extrema derecha, siempre a favor de los privilegios y de la desigualdad, y siempre autoritariamente y antidemocráticamente, pero de modo encubierto y aparentemente democrático, sin necesidad de golpes antidemocráticos y sin riesgo de procesos democratizadores.

El segundo frente que debería preocuparnos, el cristiano sexista, es mucho más abierto que el anterior y tiene ahora su mejor expresión en los discursos de una ultraderecha brasileña vinculada estrechamente con empresarios del sector agropecuario, con defensores de mano dura contra el crimen y especialmente con las iglesias evangélicas y con algunos sectores católicos. Tal vez sus mejores exponentes sean los furiosos líderes carismáticos y esperpénticos Bolsonaro, Malafaia y Feliciano, los tres igualmente homófobos, heteronormativos, machistas, misóginos, defensores de del cristianismo brasileño, adeptos al escándalo público y poseídos por una extraña furia injuriosa y provocadora. El primero, el político Jair Bolsonaro (nacido en 1955), sobresale además como defensor de los pasados regímenes dictatoriales, considera que “los militares salvaron a Brasil de una cubanización”, que “el error de la dictadura fue torturar y no matar”, y que “Pinochet debería haber matado a más gente”. Por su parte, el pastor evangélico Silas Malafaia (nacido en 1958) dice “amar” a los homosexuales como a los “bandidos” y defiende furiosamente la familia tradicional de “macho y hembra”. Por último, el joven pastor neo-pentecostal Marco Feliciano (nacido en 1972), mezclando racismo y homofobia, no ha dudado en afirmar que “la podredumbre de los sentimientos de los homoafectivos conduce al odio, al crimen, al rechazo”, que “la maldición de África” proviene del “primer acto de homosexualidad de la historia” y que “el caso del continente africano es sui generis: casi todas las sectas satánicas, de vudú, son oriundas de allí; las enfermedades como el sida provienen de África”.

El tercer frente de la nueva ultraderecha latinoamericana, el virtual opinológico, muy próximo al anterior, aunque aún más burdo y vulgar, está compuesto de jóvenes influencers: twitteros, blogueros, youtubers y otras estrellas del internet que se dedican a difundir mensajes típicamente ultraderechistas. Dos buenos ejemplos son los de Callodehacha y Yael Farache. El primero, de nombre Jorge Roberto Avilés Vázquez (nacido en 1986), es famoso en México por su misoginia, su antifeminismo, su minimización de la violencia contra las mujeres y el estilo ramplón y socarrón con el que propaga su furia contra la izquierda y especialmente contra el famoso líder populista Andrés Manuel López Obrador. Esta furia está bien disimulada en una estrategia típicamente ultraderechista en la que se repudia lo mismo la izquierda que la derecha bajo el supuesto de que todos los políticos son lo mismo, lo que permite minimizar los excesos del régimen derechista corrupto, opresivo y represivo, y al mismo tiempo desprestigiar a sus opositores. Las demás tareas ideológicas generales desempeñadas por Callodehacha, independientemente de los encargos puntuales por los que se le paga, consisten fundamentalmente en darle un aire amable, risueño e inofensivo a los discursos de la extrema derecha, forjar un estilo jocoso en el que lo inaceptable resulte aceptable, convertir la humillación del otro en pasatiempo y diversión, difamar y ridiculizar a quienes luchan por justicia e igualdad, banalizar la violencia y endulzar el mismo sentimiento de odio que se infunde en la sociedad.

Algunas de las tareas desempeñadas por Callodehacha serán también cumplidas eficazmente por Yael Farache Bograd (nacida en 1985), judía-sefardí hispano-venezolana residente en Miami, la cual, a través de un discurso un poco más elaborado que el de su homólogo mexicano, consigue además racionalizar los más irracionales prejuicios y hacerlos parecer lógicos y sensatos. Alternando sus mensajes provocadores con sus provocativas fotos eróticas y a veces francamente pornográficas, esta famosa bloguera no sólo exhibe obscenamente su racismo hacia la gente de color y su odio hacia la izquierda en todas sus formas, sino que desprecia la democracia, intenta demostrar la tendencia intrínsecamente violenta del Islam, profesa veneración por Donald Trump, celebra sus propuestas de construir un gran muro en la frontera con México y de expulsar a millones de inmigrantes de los Estados Unidos, y no duda en sostener que hay pueblos, razas y religiones mejores y peores, “nobles” y “de mierda”.

Imperialismo ultra-liberal

El cuarto frente que debe inquietarnos, quizás el más inquietante de los cuatro, es el de aquellos jóvenes latinoamericanos que instilan astutamente sus furiosas convicciones ultraderechistas a través de las racionalizaciones liberales, neoliberales y libertaristas o libertarianas que han aprendido generalmente en think tanks financiados por los Estados Unidos y que les ayudan a justificar sus posiciones anticomunistas, anti-socialistas, anti-estatistas, anti-intervencionistas y especialmente anti-populistas –opuestas a los populismos latinoamericanos de las últimas décadas. Este frente imperialista ultra-liberal no sólo muestra una vez más, al igual que los ya revisados golpes militares y escuadrones de la muerte del último tercio del siglo XX, el papel crucial del imperialismo estadounidense en el mantenimiento y el reforzamiento de la extrema derecha en América Latina, sino que también corrobora la compatibilidad que puede existir entre las tendencias ultraderechistas y las doctrinas ultra-liberales: algo que ya observamos en dictaduras como la pinochetista en el Chile de los 1970 y en organizaciones como la APEN colombiana de los años 1930. En el contexto actual, como en aquellas coyunturas, la furiosa defensa del libre mercado se anuda con las enfurecidas opiniones ultraderechistas de jóvenes como la guatemalteca Gloria Álvarez, el brasileño Rodrigo Constantino, el chileno Axel Kaiser o los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez.

Los discursos de los jóvenes ultra-liberales propagan su furia ultraderechista, no sólo contra Lula y Dilma en Brasil, Evo en Bolivia, Correa en Ecuador, los Kirchner en Argentina o Chávez y Maduro en Venezuela, sino también contra las masas que apoyan a esos líderes populistas, contra los comunistas, los marxistas y las feministas, y, además, lo que resulta particularmente preocupante, contra los pobres, los inmigrantes, los negros y los indígenas. Por más que profesen un liberalismo o libertarianismo pretendidamente opuesto al fascismo, lo cierto es que se nos muestran como descarados neofascistas al dejarnos vislumbrar sus prejuicios racistas, sus posiciones clasistas y xenófobas, su promoción de la desigualdad y sus aserciones delirantes en las que atribuyen perversiones y patologías a los comunistas y a las feministas. Agustín Laje, por ejemplo, atribuye al feminismo las “horripilantes reivindicaciones” del incesto y la pedofilia. Su colega Nicolás Márquez descarga su cólera desquiciada contra las organizaciones de izquierda por enarbolar “fantasías igualitarias”, fomentar la “desjerarquización”, promover “el homosexualismo” y ofrecer un “alivio personal” al “sodomita”.

Por su parte, Axel Kaiser no sólo ha publicado un libro intitulado Tiranía de la igualdad: por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad, sino que ha despotricado contra los inmigrantes que benefician de atención médica en los países ricos y no ha dudado en escribir hace poco –recordándonos al siniestro psiquiatra franquista Antonio Vallejo Nájera– que los marxistas tienen una psique “patológica” y que son “asesinos en potencia”. Rodrigo Constantino, en el mismo sentido, acusó a los militantes de izquierda y “progresistas modernos” de tolerar la pedofilia y de sufrir un “desorden psiquiátrico”, pero también se opuso a la celebración de un Día de la Conciencia Negra y describió a los “pobres y negros” que participan en flash mobs dentro de centros comerciales como “bárbaros incapaces de reconocer su propia inferioridad”.

Tenemos, por último, a Gloria Álvarez Cross, la cual, procediendo como los sinarquistas mexicanos o como los miembros de la APEN colombiana o del Movimiento Nacionalista de Chile, confirma su posición ultraderechista precisamente al pretender superar la división entre derecha e izquierda. Gloria Álvarez también llega hasta el extremo de rechazar los derechos universales “a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda”. Y, además, atribuye a los indígenas guatemaltecos una propensión a violar y tolerar la violación. Por si fuera poco, la misma Álvarez describe como “insensatos idealistas” a quienes creen que “es posible cambiar el mundo”, repudia el dilema entre “la asfixia del igualitarismo” y “el igualitarismo asfixiante” y no puede sino burlarse del progre “ecologista, pacifista, feminista, antiglobalización, antiimperialista y pro Tercer Mundo”, así como “paritario, tolerante, dialogante, que busca el consenso, lucha por los derechos humanos, por la mejora de las condiciones de vida del planeta”.

La ultraderecha latinoamericana durante la guerra fría (1946-1991)

Ultraderecha2

Artículo publicado en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 20 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

Antisemitismo en la posguerra: revisionistas mexicanos y tacuaras argentinos

Un artículo anterior nos hizo remontar hasta los orígenes de la ultraderecha latinoamericana en la etapa de entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial. Este recorrido nos condujo finalmente a los tiempos en los que el moreliano Salvador Abascal Infante (1910-2000) lideró la Unión Nacional Sinarquista (UNS) en México. En los años siguientes, ya en el último tercio del siglo XX, Abascal Infante se dedicó a escribir una serie de libros, elocuentes ejemplos de revisionismo histórico de extrema derecha, en los que tergiversó toda la historia de México, repudió la Revolución “antimexicana” y atacó vehementemente al “marxista” Benito Juárez y al “comunista” Lázaro Cárdenas. A menudo, en estos libros y en otros más, Abascal Infante no consigue reprimir su furor contra los ateos, los socialistas, los masones, los demócratas, los capitalistas y los yanquis, todos ellos asimilados al “judaísmo” que emplearía el poderío estadounidense para obtener el dominio económico, político y cultural del mundo.

Salvador Abascal no ha sido ni el primero ni el único revisionista de ultraderecha en América Latina. Varios años antes de sus recién mencionadas falsificaciones de la historia de México, tenemos ya la obra cumbre latinoamericana del revisionismo y del negacionismo, Derrota mundialescrita por otro mexicano, el furibundo antisemita y anticomunista Salvador Borrego Escalante (1915-2018). El voluminoso libro de Borrego Escalante, publicado en 1953, no sólo niega el holocausto y ensalza el nazismo, sino que profundiza en la tesis de la conspiración judeo-masónica-marxista para dominar el mundo, culpa de la Segunda Guerra Mundial al movimiento político judío y reinterpreta la victoria de 1945 como una “derrota de Occidente” frente al “marxismo israelita”.

La representación de los israelitas como siempre victoriosos permite poner al resto de los seres humanos como siempre derrotados. La derrota mundial, tal como es concebida en el discurso de Borrego Escalante, puede servir entonces para justificar el revanchismo y excitar la furia de los derrotados, fracasados, victimizados. Una vez más, como en los discursos de Barroso, Martínez Cantú y Abascal Infante, la furia es rencorosa y se vuelca principalmente contra unos judíos presentados como verdugos victoriosos.

El antisemitismo latinoamericano de la posguerra no sólo se manifestó en especulaciones conspiratorias. También tuvo manifestaciones más consistentes, más concretas y palpables, como fueron las acciones violentas de la última gran organización antisemita de América Latina, el Movimiento Nacionalista Tacuara de Argentina, que operó entre 1955 y 1965 con un ideario hispanista, católico, nacionalista y nazi-fascista furiosamente antijudío, anticomunista y antidemocrático, pero también antiestadounidense, anticapitalista y antiimperialista. Sus integrantes, mayoritariamente estudiantes jóvenes de las clases altas, defendían la educación religiosa, creían en conspiraciones judías internacionales como las fabuladas por Abascal Infante y Borrego Escalante, admiraban a Hitler y a Mussolini, utilizaban camisas pardas y saludaban con el brazo extendido. Sus acciones se dirigieron principalmente contra la comunidad judía y consistieron en profanaciones de cementerios, explosiones de bombas en sinagogas y ataques violentos hacia jóvenes de la comunidad, llegando hasta la tortura y el asesinato.

En 1964, después de que el joven militante judío comunista Raúl Alterman fuese asesinado por miembros de Tacuara, la familia de la víctima recibió el siguiente mensaje: “Nadie mata porque sí nomás; a su hijo lo han matado porque era un sucio judío”. La condición cultural del sujeto se presenta como causa de su muerte. La supuesta causa no es la furia mortífera del asesino, sino lo que la excita: el judaísmo de la víctima. Es, en definitiva, como si el joven judío fuera víctima de sí mismo. Tenemos aquí un ejemplo extremo de revisionismo histórico en el que la víctima termina convertida en verdugo.

Revolución Cubana y anticastrismo: la reconciliación de la ultraderecha latinoamericana con los Estados Unidos

La ultraderecha Tacuara no fue el único movimiento ultraderechista latinoamericano mayoritariamente juvenil y estudiantil de los años cincuenta y sesenta. Hubo muchos otros, aunque no centrados en la persecución antisemita, sino en el combate anticomunista. En México sobresalieron el Frente Universitario Anticomunista (FUA), nacido en 1954 en la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), y el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), surgido en 1962 en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Estos dos movimientos fueron expresiones visibles de una extensa red semisecreta que aún existe, que se vincula estrechamente con el Partido Acción Nacional (PAN) y en la que destacan dos grupos bastante influyentes y poderosos en México: Los Tecos, aparecidos en los años treinta en la derechista Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG), y especialmente El Yunque, fundado en 1952 por el entonces estudiante Ramón Plata Moreno y concebido por uno de sus primeros miembros, Klaus Feldmann Petersen, como “un cuerpo de combate contra el comunismo, la masonería y todos los demás enemigos de Dios y de su Iglesia”.

El tono agresivo y belicoso del Yunque mexicano, con el que se delata una furia guerrera como la del argentino Manuel Carlés en los orígenes de la ultraderecha latinoamericana, está en sintonía con la década en la que surge. Es una de las fases más candentes de la Guerra Fría: el tiempo del macartismo y la caza de comunistas en los Estados Unidos, la Guerra de Corea, las grandes gestas de liberación nacional en el mundo y la guerrilla jaramillista en México. La década culmina con el triunfo de la Revolución Cubana que habrá de forzar una reorganización y reorientación de la ultraderecha latinoamericana. El antisemitismo, el racismo y el nazi-fascismo tienden a debilitarse o a subsumirse en una lucha primordialmente anticomunista y a menudo apoyada, controlada y financiada por los Estados Unidos. La subordinación a la CIA y a la Casa Blanca, junto con un ideario bastante débil y obscenamente capitalista y liberal, ganan terreno sobre la germanofilia y sobre el hispanismo antiestadounidense, anticapitalista y antiimperialista. La furia de la ultraderecha no se apaga, desde luego, pero prefiere canalizarse de modo estratégico por la vía militar o paramilitar, a través de la represión generalizada y sistemática, o a disimularse e infiltrarse de modo insidioso en lugar de simbolizarse abiertamente a través de los vanos delirios conspiracionistas y de la parafernalia hispanista o nazi-fascista. La política tradicional de la ultraderecha, con sus movimientos de masas y sus discursos grandilocuentes, va cediendo su lugar al pragmatismo, al intervencionismo yanqui, a los golpes de estado y a los escuadrones de la muerte, a las guerras sucias y psicológicas.

La transformación a la que acabamos de referirnos habrá de operarse de manera diferente en cada país. En la ultraderecha costarricense, por ejemplo, corresponde a la transición de la Unión Cívica Revolucionaria (1957-1968) del exnazi Frank Marshall, caracterizada por su nacionalismo y su antiimperialismo, al anticastrista y antisandinista Movimiento Costa Rica Libre (1961 hasta ahora), el cual, pese al espectáculo fascista de sus Tridentes y Boinas Azules, se ha limitado a ser un instrumento del imperialismo estadounidense en Centroamérica. Los Estados Unidos tienden así a suplantar a España y Alemania como naciones de referencia de los ultraderechistas, mientras que sus mayores enemigos dejan de ser los judíos y los soviéticos para convertirse en los guerrilleros comunistas personificados por Fidel y el Che.

Antes de marcar el imaginario ultraderechista, el triunfo de la Revolución Cubana provocó reacciones concretas inmediatas en la ultraderecha. La primera de ellas fue la creación de la Legión Anticomunista del Caribe: una organización paramilitar fundada en el mismo año de 1959 en República Dominicana, por órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo, con el propósito de invadir Cuba y derrocar a Fidel Castro. Después de esta iniciativa pionera, la reacción anticastrista, anticomunista y contrarrevolucionaria dará lugar a otras organizaciones ultraderechistas violentas. Las más conocidas fueron dos organizaciones terroristas vinculadas con el narcotráfico: Alpha 66, formada entre 1961 y 1962, y el Frente de Liberación Nacional Cubano (FLNC), que realizó entre 1972 y 1975 medio centenar de acciones contra barcos pesqueros y representaciones diplomáticas de Cuba. Éstos y otros grupos han hecho que la capital del exilio cubano, la ciudad de Miami, se convierta en uno de los principales puntos referenciales y articuladores de la ultraderecha latinoamericana, la cual, desde 1961, será furiosamente anticastrista por esencia y por definición.

De los porros a los escuadrones de la muerte

Fue precisamente durante una movilización contra Fidel Castro que se fundó en 1961 el ya mencionado MURO en México. Sus primeras acciones, de hecho, consistieron en ataques violentos contra los estudiantes procastristas de la UNAM. El posicionamiento anticastrista será en lo sucesivo un denominador común de las organizaciones estudiantiles ultraderechistas mexicanas que poco a poco, entre los años sesenta y setenta, se multiplican, adquieren más y más poder, estrechan sus vínculos con las cúpulas universitarias y gubernamentales y recurren cada vez más a la violencia física. Es así como estas organizaciones terminan revistiendo formas porriles y convirtiéndose en cuadrillas de porros, como se conoce en México a los “grupos de pandilleros, al servicio de las autoridades universitarias y el gobierno”, en los que vemos converger “la tradición de violencia y pandillerismo universitario de los grupos conservadores tradicionales, con las formas corporativas y autoritarias del Estado mexicano”. Además de usar piedras, palos, barras metálicas y armas punzocortantes para atacar a sus enemigos, los porros ultraderechistas aplaudirán y a veces apoyarán la sangrienta represión gubernamental contra los movimientos estudiantiles de izquierda. Ya en 1968, mientras los militares y paramilitares del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz masacraban a centenares de universitarios, los militantes del MURO entonaban furiosamente consignas como “¡viva Díaz Ordaz!”, “¡queremos uno, dos, tres Chés muertos!” o “¡mueran los guerrilleros apátridas!”.

Las consignas de MURO, que recuerdan a las camisas doradas con su ¡muerte al comunismo! y sus referencias a los judíos apátridas, muestran la simpleza y la necrofilia de un ideario en el que tan sólo puede reivindicarse la vida para los asesinos y la muerte para sus víctimas. La mejor síntesis de tal ideario minimalista se encuentra en las famosas intervenciones con las que el general franquista José Millán Astray, no menos tonto que sanguinario, presentó sus furiosas objeciones ante el discurso de Miguel de Unamuno en 1936: “¡viva la muerte!” y “¡muera la inteligencia!”. Estas dos frases, la segunda convertida en lema y grito de guerra del franquismo, resumen elocuentemente mucho de lo que está en juego en la furia de la ultraderecha. Para el porro mexicano de 1968, como para el franquista español de 1936, el enfurecimiento es invariablemente contra la inteligencia y no sólo contra la vida.

Los porros anticomunistas mexicanos alcanzaron su versión más bestial y mortífera en la figura de los halcones, responsables del asesinato de cerca de 120 personas, el 10 de junio de 1971, durante la Matanza de Corpus Christi en la Ciudad de México. Es verdad que los halcones, al igual que muchas agrupaciones porriles, difieren de las demás organizaciones ultraderechistas por su total dependencia de las directivas gubernamentales, por la falta de un claro posicionamiento político y por su funcionamiento predominantemente oportunista y mercenario. Sin embargo, además de sus profundas afinidades y vinculaciones con el porrismo ultraderechista, los halcones obedecieron a la misma lógica de la ultraderecha que ya conocemos: no sólo fueron furiosamente violentos al actuar contra la inteligencia y contra la vida, sino que fueron especialmente reclutados como “rompehuelgas” y para “controlar a los izquierdistas” y especialmente a los “estudiantes opositores de izquierda”, y obedecieron a la misma estrategia por la que el gobierno mexicano apoyaba financieramente a los grupos estudiantiles que rechazaran “las ideas marxistas y del sistema comunista”.

Los halcones mexicanos, con sus mandos bien entrenados en los Estados Unidos, forman parte de una estrategia más amplia del gobierno estadounidense y de la ultraderecha latinoamericana que se concretó desde 1966 o 1967 y que operó durante cuatro décadas. Me refiero a los grupos de militares y paramilitares conocidos como escuadrones de la muerte, compuestos generalmente de jóvenes provenientes de sectores populares marginados, maltratados y resentidos contra el resto de la sociedad, en los que podía encenderse y explotarse una furia elemental, muda y ciega, silenciosa e insensible, para acometer la carnicería de la que fueron protagonistas. Hoy conocemos los nombres de los más importantes de estos grupos, muchos de ellos bien adoctrinados en el ideario de la extrema derecha, que persiguieron, violaron, torturaron, mataron y desaparecieron a cientos de miles de militantes de izquierda en varios países de América Latina: en Guatemala, entre 1967 y 1982, fueron más de veinte grupos, entre ellos el ESA (Ejército Secreto Anticomunista), la NOA (Nueva Organización Anticomunista) y la MANO (Movimiento Anticomunista Nacionalista Organizado); en Brasil, entre 1969 y 1973, la OB u OBAN (Operación Bandeirantes); en Uruguay, entre 1971 y 1972, los Comandos Caza Tupamaros y la Defensa Armada Nacionalista (DAN); en República Dominicana, de 1971 a 1974, el Frente Democrático Anticomunista y Antiterrorista, mejor conocido como La Banda Colorá; en Argentina, entre 1969 y 1976, varios grupos, entre ellos la MANO (Movimiento Argentino Nacionalista Organizado), el Comando Libertadores de América y la famosa Triple A (Alianza Anticomunista Argentina); en El Salvador, entre 1979 y 1991, unos quince grupos directa o indirectamente vinculados con Roberto D’Aubuisson y con la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), entre ellos la BACSA (Brigada Anti-comunista Salvadoreña), la FALANGE (Fuerzas Armadas de Liberación Anticomunista – Guerra de Eliminación) y el FALCA (Frente Anti-comunista para la Liberación de Centroamérica); en Honduras, entre 1982 y 1997, el Batallón 3-16 de Gustavo Álvarez Martínez, destinado a combatir a comunistas en toda Centroamérica; en México, entre 1994 y 1999, Paz y Justicia, los Chinchulines, Máscara Roja y MIRA (Movimiento Indígena Revolucionario Antizapatista), dirigidos contra las bases de apoyo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN); en Colombia, entre 1996 y 2006, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), con cerca de 40,000 miembros y responsable de más de 300 mil asesinatos.

Aunque la mayoría de los escuadrones de la muerte fueran abiertamente anticomunistas y aunque muchos de ellos contaran con un buen adoctrinamiento ideológico de ultraderecha, todos ellos tendían espontáneamente a proceder como ciegos mecanismos que sólo sabían obedecer órdenes o pulsiones al herir, torturar, violar, matar, devastar y asolar todo lo que encontraban a su paso. Los crímenes, por lo general, no estaban mediados por ninguna conciencia, por ningún escrúpulo y por ningún ejercicio intelectual, sino que se limitaban a ejecutar de modo inmediato, ininteligente y no sólo inconsciente, una furia destructora y asesina. Volvemos a encontrar aquí, al igual que entre los porros y los halcones mexicanos, la realización efectiva de las fórmulas básicas de la ultraderecha: vida para la muerte muerte para la inteligencia.

El ascenso de la ultraderecha: camuflajes mexicanos y dictaduras sudamericanas

Entre 1974 y 1976, una vez que los porros ultraderechistas de México se han diseminado por todo el país y muchos ya se han hecho adultos, llegamos a un momento de culminación, consolidación e institucionalización de la ultraderecha mexicana. Es el momento en el que más de veinte organizaciones porriles de extrema derecha firman el Pacto de los Remedios, mientras que se fundan algunas de las principales organizaciones que servirán para camuflar a los sectores ultraderechistas y defender sus intereses en México: el Comité Nacional Pro-Vida contra el aborto, contra los métodos anticonceptivos y contra cualquier noción de libertad sexual; la Asociación Nacional Cívica Femenina (ANCIFEM) contra la igualdad de género, contra el feminismo y contra la emancipación de las mujeres; Desarrollo Humano Integral y Acción Ciudadana (DHIAC) contra la justicia y la igualdad social, contra las políticas redistributivas y contra los derechos y las reivindicaciones más justas de los trabajadores.

Algunos de los miembros de las organizaciones que acabamos de mencionar estarán estrechamente vinculados con El Yunque y Los Tecos, así como con otros grupos semisecretos aparecidos posteriormente, como el Movimiento Mexicanista de Integración Nacional (MMIN), fundado en 1970 y aún activo en la guerra contra la izquierda en México, y con ciertas congregaciones ultraconservadores de la Iglesia, como el Opus Dei, conocido por su adhesión al franquismo y a otras dictaduras, y los Legionarios de Cristo, famosos por su afición al abuso sexual de menores y por la influencia que ejercen en la sociedad mexicana a través de entes privados como la Universidad Anáhuac, el Instituto Cumbres, FAME (Familia Mexicana) y el movimiento de apostolado para seglares denominado “Regnum Christi”. Nos encontramos aquí ante una inmensa constelación de entidades ultraderechistas mexicanas que habrán de adquirir cada vez mayor poder político en las siguientes décadas a medida que, por un lado, el gobierno del centrista Partido Revolucionario Institucional (PRI) va derechizándose, y, por otro lado, el derechista Partido Acción Nacional (PAN) va tomando posiciones en la esfera gubernamental.

Los Legionarios de Cristo y el Opus Dei han tenido una presencia igualmente importante en Argentina, Venezuela, Colombia, Chile y Brasil. De modo paralelo, en estos mismos países y además en Perú, destacó también un grupo católico ultraderechista de laicos, Tradición, Familia y Propiedad (TFP), fundado en São Paulo, en 1960, por Plinio Corrêa de Oliveira, quien escribió un año antes la obra programática Revolución y Contrarrevolución, en la que defiende el catolicismo contra contra la modernidad revolucionaria, contra sus “valores metafísicos”, los de “igualdad absoluta y libertad completa”, y contra las pasiones correlativas, “el orgullo y la sensualidad”. Este grupo concentró toda su furia en los teólogos de la liberación y en otros sectores progresistas de la Iglesia Católica. También se vinculó con el MURO en México y con el paramilitarismo colombiano, y en 1984, en Venezuela, se le acusó de haber intentado asesinar al Papa Juan Pablo II. En general, por más influyente que haya llegado a ser en varios países, el TFP jamás consiguió incidir en las esferas gubernamentales como los otros grupos católicos ultraderechistas en el contexto mexicano.

En contraste con el ascenso relativamente pacífico de los sectores ultraderechistas en México, tenemos la situación de aquellos países latinoamericanos en los que las ultraderechas, invariablemente apoyadas por el gobierno estadounidense, tan sólo consiguieron llegar al poder a través de violentos golpes de estado. El primero fue el de Liberación Anticomunista en Guatemala, en 1954, con el que se derrocó a Jacobo Arbenz y se instauró el régimen del ultraderechista Movimiento de Liberación Nacional, que mantuvo el poder hasta 1982 y que se valió de sus ya mencionados escuadrones de la muerte para masacrar a varias decenas de miles de indígenas y comunistas. Luego, como sabemos, vinieron los golpes y las dictaduras furiosamente anticomunistas de Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989), Castelo Branco en Brasil (1964-1985), Hugo Banzer en Bolivia (1971-1978), Juan María Bordaberry en Uruguay (1973-1976), Augusto Pinochet en Chile (1974-1990) y Jorge Rafael Videla en Argentina (1976-1981). Hay que subrayar que varios de estos regímenes dictatoriales, como el pinochetista chileno, sirvieron para desmantelar estados intervencionistas y para implantar políticas salvajemente capitalistas, liberales o neoliberales y favorables a los intereses del capital estadounidense, mostrándose así, una vez más, como con la APEN colombiana, la posible compatibilidad entre los programas de la ultraderecha y los de la doctrina liberal o neoliberal.

Antes de los golpes militares y de los regímenes dictatoriales recién mencionados, hubo generalmente grupos de extrema derecha que parecían prefigurarlos y que a veces los prepararon o simplemente los favorecieron. En Chile, por ejemplo, hay que referirse al menos a tres importantes organizaciones ultraderechistas: el Movimiento Revolucionario Nacional Sindicalista de Chile (MRNS), fundado en 1952 y abiertamente anticomunista y antidemocrático; el estrambótico Partido Nacional Socialista Obrero de Chile (PNSO), formado en 1964, inspirado en el nazismo y con actividades como el concurso de belleza “Miss Nazi” o el intento por establecer la rama chilena del Ku Klux Klan; y el Frente Nacionalista Patria y Libertad, surgido en 1971, anticomunista y pretendidamente anticapitalista y antiimperialista, pero financiado por la CIA para que realizara diversos actos de terrorismo y sabotaje contra el gobierno democrático de Salvador Allende. Poco después, entre 1973 y 1976, en Argentina, surgieron dos organizaciones paramilitares y terroristas en el flanco ultraderechista del peronismo: Concentración Nacional Universitaria (CNU), fundada e inspirada por el prolífico filólogo, teólogo, escritor y poeta Carlos Alberto Disandro; y la ya mencionada Alianza Anticomunista Argentina, conocida como Triple A y dirigida por el siniestro José López Rega, que se dedicó a perseguir, amenazar, matar y desaparecer a todos aquellos a los que situaba en la izquierda, ya fueran artistas, intelectuales, docentes, estudiantes, profesionistas, sindicalistas o políticos.

La estafeta de la persecución anticomunista pasará directamente de los grupos ultraderechistas a unos regímenes dictatoriales que deben concebirse, tanto por sus idearios y sus estrategias como por sus filiaciones políticas y sus apoyos sociales, como una toma del poder gubernamental por la ultraderecha latinoamericana. Cabe afirmar, pues, que esta ultraderecha consigue una de sus mayores victorias en América Latina, quizás incluso la mayor de todas, en las dictaduras del cono sur. Es verdad que tales dictaduras intentaron a veces disimular su orientación ultraderechista. Sin embargo, por más que incurrieran en camuflajes como los mexicanos de la misma época, es un hecho indiscutible que reúnen la mayor parte los componentes ultraderechistas que mencionamos en el artículo anterior, como el nacionalista, el conservador, el oligárquico, el anticomunista, el antidemocrático, el autoritario, el violento y el furioso.

Los orígenes de la ultraderecha latinoamericana (1919-1945)

Ultraderecha1

Artículo publicado en la edición michoacana del periódico Revolución 3.0 el 13 de enero de 2018

David Pavón-Cuéllar

La ultraderecha

Sabemos que estamos ante la ultraderecha cuando notamos al menos algunos de los siguientes componentes: el autoritarismo, las tendencias antidemocráticas y oligárquicas, la enardecida justificación de ciertos privilegios, la exaltada hostilidad hacia políticas redistributivas y otras medidas tendientes a la igualdad, la creencia en la desigualdad natural o cultural entre los seres humanos, el rechazo o el desprecio de otras culturas o religiones, el repudio vehemente del secularismo y de la sociedad multicultural, el nacionalismo, el tradicionalismo, el conservadurismo, el anticomunismo y la oposición radical a todas las izquierdas, así como el clasismo, la xenofobia, el racismo, la mixofobia, el sexismo, la homofobia y otras actitudes prejuiciosas y discriminatorias.

Es poco frecuente que todos los componentes de la extrema derecha se presenten reunidos e integrados en una sola doctrina o programa. Lo común es que aparezcan tan sólo algunos de ellos combinados con otros ingredientes que a veces permiten disimularlos. Condimentos neoliberales, individualistas y libertarianos o libertaristas, por ejemplo, sirven actualmente para encubrir posiciones autoritarias, xenófobas, racistas, clasistas, anti-igualitarias y anticomunistas en discursos neofascistas como algunos que encontramos en la derecha alternativa estadounidense, en el joven libertarianismo anti-populista latinoamericano, en el nacional-liberalismo europeo y específicamente en fuerzas como el Partido de la Libertad en Austria, Vlaams Belang en Bélgica y la Nueva Derecha en Polonia.

Las fuerzas ultraderechistas no sólo se distinguen por su adopción y su posible ocultación de los componentes ya mencionados. Además de estos elementos que se refieren al contenido ideológico de ciertas creencias y actitudes, la ultraderecha se caracteriza también por aspectos formales como la falta de corrección política, la violencia, la irracionalidad, la racionalización compensatoria y lo que Walter Benjamin llamaba “estetización de la política” para describir el énfasis en la expresión a costa de lo que se expresa. Otro aspecto formal distintivo de los posicionamientos ultraderechistas es el de su carga pasional o afectiva, la cual, aunque tenga las más diversas expresiones, tiende a revestir una forma excesiva, exagerada, exaltada, vehemente, impetuosa, impulsiva, enardecida, colérica, iracunda, furiosa o enfurecida.

Liga Patriótica Argentina: un pogromo en Buenos Aires

La ultraderecha, con sus componentes recién mencionados, corresponde a un fenómeno contemporáneo, relativamente reciente, sin duda no anterior a finales del siglo XIX. En el contexto latinoamericano, su aparición quizás pudiera situarse hipotéticamente en tres momentos del México revolucionario: en 1911 y en los siguientes años, la persecución contra los chinos a la que haremos referencia más adelante; en 1913, el movimiento golpista reaccionario contra el gobierno maderista; en 1915, la fundación de la “U”, la Unión de Católicos Mexicanos (UCM), en la ciudad de Morelia. Sin embargo, en estos momentos, sentimos que todavía no alcanzamos a discernir la ultraderecha y que sus componentes aún se presentan de manera demasiado segmentada, separada y fragmentaria: primero la furia, el racismo y la xenofobia; luego las tendencias oligárquicas y antidemocráticas, así como la defensa de los privilegios y de la desigualdad; finalmente el conservadurismo y el rechazo del secularismo.

Los mencionados componentes de la ultraderecha tardarán varios años en reunirse y articularse en México, pero antes, en los tiempos en los que nacía el fascismo italiano, hacia 1919, en Buenos Aires, encontramos varios de ellos ya bien sintetizados en lo que se hizo llamar primero “Comisión pro-defensores del orden” y luego “Liga Patriótica Argentina”. Esta organización paramilitar, auxiliar de la policía y compuesta de jóvenes adinerados entrenados por militares, protagonizó tres episodios aciagos de la historia de Argentina: durante la Semana Trágica de 1919, la represión masiva de obreros huelguistas y el único pogromo antijudío que se haya registrado en el continente americano, con un saldo total de más de 700 muertos en los barrios populares de Buenos Aires; entre 1920 y 1922, durante la gesta de lucha conocida como “Patagonia Rebelde”, la masacre de unos 1500 peones rurales anarcosindicalistas que se habían declarado en huelga en la provincia de Santa Cruz; por último, en 1930, el golpe de estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen y que fue encabezado por el militar José Félix Uriburu, apoyado por la oligarquía del país y probablemente orquestado por la empresa estadounidense Standard Oil.

La violenta Liga Patriótica Argentina exhibe su odio en cada una de sus acciones: lanzándose impetuosamente a la “caza de rusos”, agrediendo a transeúntes identificados por su manera de vestir, saqueando y destruyendo casas de los barrios de trabajadores, persiguiendo a los anarquistas y a los comunistas o “maximalistas” (simpatizantes de la Revolución Rusa), atacando sinagogas y bibliotecas, incendiando sedes sindicales, golpeando y torturando y asesinando a centenares de obreros, peones rurales, judíos y extranjeros. La mejor elaboración ideológica de toda esta explosión de odio se encuentra en su fundador, su inspirador y su principal ideólogo, Manuel Carlés (1875-1946), furioso defensor de valores tradicionales de la ultraderecha latinoamericana: la patria y el patriotismo, pero también Dios y el orden, así como la propiedad y la autoridad.

Liga Republicana en Argentina y Acción Integralista Brasileña

En la historia de la ultraderecha latinoamericana, Carlés y su Liga Patriótica Argentina inauguran una primera etapa que se extenderá desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y que tendrá su apogeo en los años treinta, bajo el impulso de los fascismos del viejo continente. La influencia protofascista o fascista europea se hará sentir en Argentina muy pronto, hacia 1927, con la revista La Nueva República, en la cual, a través de escritores como Juan Emiliano Carulla (1888-1968), se adopta la perspectiva nacionalista, monárquica y antisemita del francés Charles Maurras y de la Acción Francesa (Action Française)así como las visiones del fascismo italiano de Benito Mussolini y de la Unión Patriótica del general y dictador español Miguel Primo de Rivera.

El director de La Nueva República, Rodolfo Irazusta (1897-1967), y el periodista Roberto de Laferrère (1900-1963) fundaron en 1929 la primera organización latinoamericana de inspiración fascista, la llamada “Liga Republicana”, que participó junto con la Liga Patriótica Argentina en el golpe de estado que llevó al poder a Uriburu en 1930. Dos años después, en Brasil, durante el régimen de Getulio Vargas, se fundó la Acción Integralista Brasileña (Ação Integralista Brasileira), un movimiento fascista de masas que dispuso de una organización paramilitar, las camisas verdes, y que no cesó de expandirse hasta su disolución en 1937, cuando llegó a tener más de un millón de miembros. El principal ideólogo del movimiento, Plínio Salgado, centró el integralismo en su noción de un hombre integral que habría sido mutilado por concepciones parciales que reducirían lo humano a lo individual, a lo colectivo, a lo estatal, a lo económico, a lo sexual, lo racial, etc.

El rechazo contundente del racismo fue un rasgo por el que el integralismo brasileño se distinguió de otros movimientos ultraderechistas. Incluso Gustavo Barroso (1888-1957), quizás el más intolerante de los ideólogos integralistas, rechazó abiertamente cualquier actitud racista, lo que no le impidió emitir uno de los discursos antisemitas más explícitos y frenéticos de la ultraderecha latinoamericana. De hecho, este discurso explicó su propio antisemitismo como una reacción anti-racista contra el racismo de los judíos: era precisamente por estar contra el racismo que debía combatirse lo que se describía como “racismo judaíco”.

Racismo y antisemitismo: de las matanzas de chinos en México a las organizaciones de corte nazi-fascista en todo el subcontinente

El antisemitismo de Barroso no es un caso aislado en la ultraderecha latinoamericana de los años treinta y cuarenta. La época de apogeo del nazismo y de los campos de concentración europeos nos ofrece innumerables ejemplos de organizaciones antisemitas en varios países de América Latina: en Costa Rica, el Partido Nazi (1931); en Argentina, la Alianza de la Juventud Nacionalista (1937-1943) y la Alianza Libertadora Nacionalista (1943-1955); en Chile, el Movimiento Nacional-Socialista (1932-1939), el Partido Nacional Fascista (1938-1940), el Movimiento Nacionalista (1940-1943) y el Partido Unión Nacionalista (1943-1945). Estas organizaciones tienen muchos rasgos en común: su antisemitismo, su racismo, su nacionalismo, su anticomunismo, su anti-marxismo, su inspiración directa en el fascismo italiano y en el nazismo alemán, su germanofilia, su organización jerarquizada y a veces militarizada, y su pretensión de trascender el tradicional espectro derecha-izquierda.

Algunas de las organizaciones mencionadas tendrán vínculos directos con los nazis alemanes, como será el caso del Partido Nazi de Costa Rica, el cual, además, influirá en el gobierno costarricense, que limitará e incluso impedirá la inmigración de judíos. Otras organizaciones, como el Movimiento Nacional-Socialista de Chile, terminarán distanciándose del nazismo, atenuando su antisemitismo y girando hacia la izquierda, pero esto mismo causará el surgimiento de grupos disidentes altamente antisemitas, como es el caso, en el contexto chileno, del Partido Nacional Fascista.

La orientación antisemita y nazi-fascista de la ultraderecha latinoamericana de los años treinta se hará sentir de modo particular en México, en donde se da un asombroso fenómeno de proliferación, propagación y ramificación de organizaciones ultraderechistas cuyos discursos promueven la furia nacionalista contra los judíos. Los nombres de tales organizaciones resultan bastante significativos: Unión Pro-Raza (1930), Acción Revolucionaria Mexicanista (1933), Liga Anti-Judía (1935), Confederación de la Clase Media (1936), Legión Mexicana Nacionalista (1937), Vanguardia Nacionalista Mexicana (1938) y Partido Nacional de Salvación Pública (1939). En algunas organizaciones, como la Unión Pro-Raza y la Confederación de la Clase Media, el rechazo de lo judío se insertaba en un hispanismo que exaltaba la cultura de la madre patria española, centrada en la estirpe, la jerarquía y el catolicismo, y que rechazaba lo mismo lo judío y lo indígena americano que lo francés, lo inglés y especialmente lo norteamericano. Esta serie de rechazos fue precedida, preparada y a menudo acompañada, especialmente en el norte de México, por la feroz persecución contra los chinos, durante la cual, entre 1911 y los años treinta, 600 miembros de esa comunidad fueron asesinados en Monterrey, 200 en Chihuahua, más de 300 destazados, acribillados y quemados vivos en Torreón, miles despojados de sus tierras en Durango, Chihuahua y Coahuila, cuatro mil confinados en guetos en Sonora y otros siete mil deportados al campo de concentración de la Isla María Magdalena, en donde la mayor parte murió de hambre.

Primeros delirios conspiratorios y camisas doradas en México

Al igual que el ardor anti-chino, la flama del furor anti-judío mexicano se enciende y se mantiene viva en discursos en los que se desarrollan sofisticadas argumentaciones de índole nacionalista, racista y xenófoba. Estas argumentaciones, como suele suceder en la ultraderecha, tienen un marcado elemento delirante de tipo conspiratorio con el que se racionaliza la furia intrínsecamente irracional. Si esta furia se presenta como racional, es bajo la suposición de que los mismos chinos y judíos la han provocado, ya sea involuntariamente al transmitir enfermedades y degenerar la raza, o bien de modo voluntario al conspirar contra los mexicanos, envenenarlos, explotarlos, prostituir a sus mujeres, pervertirlos, dividirlos, hacer que se odien unos a otros, disolver su sociedad y hacer todo para dominarla. Semejantes ideas emanan de los más diversos discursos, desde rumores espontáneos hasta maquinaciones con intereses económicos y políticos, pasando por la fantasía desbordante de periodistas y escritores mexicanos o extranjeros.

Muchas de las ideas antisemitas difundidas en México provienen de El Oculto y Doloso Enemigo del Mundo: una obra publicada en 1925 por el presbítero poblano Vicente Martínez Cantú (1860-1938), quien se basaba en los clásicos del antisemitismo, Los Protocolos de los Sabios de Sión y El judío internacional de Henry Ford, para denunciar la “nefasta acción de los israelitas”, a los que responsabilizaba de “sembrar odios y rencores” y “dividir las clases sociales”. Estos delirios y otros más de Martínez Cantú antecedieron de varias décadas a los principales exponentes del conspiracionismo en los países de habla hispana: los también mexicanos Salvador Borrego y Salvador Abascal Infante.

De las diversas organizaciones ultraderechistas antisemitas de México, la más grande y poderosa fue la Acción Revolucionaria Mexicanista (ARM), cuyos paramilitares, camisas doradas, emulaban a los demás encamisados fascistas de la época: camisas negras de Mussolini, camisas pardashitlerianos, camisas azules franceses, camisas verdes integralistas de Brasil y camisas plateadasestadounidenses. Los militantes de la ARM, dirigidos por el antiguo general villista Nicolás Rodríguez Carrasco (1890-1940), portaban sombrero, botas, macanas y a veces armas de fuego, entonaban las consignas “¡muerte al comunismo!” y “¡México para los mexicanos!”, y, al igual que los de la vieja Liga Patriótica Argentina, descargaban su furia lo mismo sobre comunistas y obreros huelguistas que sobre aquellos a quienes describían como “judíos apátridas” y “biológicamente degenerados”, a quienes amenazaban, extorsionaban y únicamente respetaban a cambio de recursos para su organización.

Otra organización antisemita mexicana muy importante en aquella época, tanto por su influencia como por su número de integrantes, fue la Confederación de la Clase Media (CCM), a la que se le acusó de orquestar, junto con el cacique revolucionario potosino Saturnino Cedillo, una fallida conspiración para asesinar al presidente Lázaro Cárdenas. La CCM también intentó en vano organizar un Primer Congreso Iberoamericano Anticomunista que habría de celebrarse en La Habana, Cuba, en septiembre de 1937. En una sorprendente carta abierta de 1939 dirigida a León Trotsky –por entonces refugiado en México–, la CCM aseguraba que el movimiento comunista era un “movimiento judío para saciar los odios semíticos contra los ‘boxy’ o ‘perros cristianos’, prostituyendo y comprando las conciencias de los hombres más abyectos, más crueles y con almas de judíos”.

Acción Patriótica Económica Nacional (APEN) en Colombia y Unión Nacional Sinarquista (UNS) en México

El elemento racista-antisemita y el parentesco nazi-fascista no estuvieron presentes o tan presentes en todos los movimientos ultraderechistas latinoamericanos de los años treinta y cuarenta. En esos mismos años, en algunos países, hubo también una ultraderecha centrada en tradiciones y situaciones locales o nacionales y relativamente descentrada con respecto a la coyuntura internacional. Tal es el caso de la Acción Patriótica Económica Nacional (APEN) de Colombia, fundada en 1935.

La APEN coincide con los movimientos nazi-fascistas de la época tanto por su furia nacionalista y anticomunista como por su pretensión de haber trascendido el espectro derecha-izquierda, pero se distingue de la mayor parte de ellos por su ferviente adhesión al capitalismo y por su orientación ultra-liberal con su oposición a cualquier intervencionismo estatal y especialmente a la redistribución de la riqueza. El discurso de la APEN, muy próximo al de la actual ultraderecha neoliberal o libertariana, es contra el Estado, los impuestos, los políticos y los burócratas. Su propósito más o menos encubierto es la defensa de los intereses de sus miembros: terratenientes y oligarcas de la industria, del comercio y de la finanza.

Al igual que la APEN colombiana, la Unión Nacional Sinarquista (UNS) mexicana, fundada en 1937 y existente hasta hoy en día, parece obedecer a una dinámica más nacional que internacional. Sin embargo, en contraste con la composición reducida y oligárquica de la APEN, la UNS habrá de ser un gran movimiento de masas compuesto de centenares de miles de campesinos y trabajadores provenientes principalmente de las clases medias y populares. Además, también a diferencia de la APEN, la UNS no es de ningún modo un movimiento capitalista ultra-liberal y anti-estatista, sino que admite el intervencionismo estatal y se nutre claramente del fascismo y del nazismo, así como del hispanismo al que ya nos hemos referido y que tenía también una gran influencia en varios grupos nazi-fascistas mexicanos de la misma época. No obstante, a diferencia de algunos de estos grupos, el sinarquismo tuvo una mayor implantación rural y no se distinguió por su racismo, sino más bien por su carácter marcadamente católico, antirrevolucionario, conservador y tradicionalista que lo acerca al falangismo español y que se explica por su origen en las milicias cristeras que se opusieron entre 1926 y 1929 a las políticas del gobierno revolucionario para limitar el poder social, económico y político del clero en México.

La UNS, por lo demás, adopta diversas posiciones características de la ultraderecha de la época, entre ellas el anticomunismo, el anti-marxismo, el nacionalismo, el hispanismo, el cristianismo, cierta dosis de antisemitismo y la supuesta superación del espectro derecha-izquierda. Estas posiciones fueron bien justificadas por los grandes ideólogos del movimiento, como Juan Ignacio Padilla, Manuel Torres Bueno y los hermanos Alfonso y José Trueba Olivares, y quedan sintetizadas en el término de “sinarquismo”, el cual, formado etimológicamente por el griego syn –“con”– y arjé–“autoridad” u “orden”–, se presenta como el término contrario al anarquismo.

El discurso de la UNS desata su odio contra el anarquismo y contra el comunismo, así como también contra el cosmopolitismo y el internacionalismo, denunciados como “antipatrióticos”. Estas posiciones habrán de acentuarse y radicalizarse en el ideólogo más conocido y polémico del sinarquismo, Salvador Abascal Infante (1910-2000), quien lideró el movimiento en su apogeo, entre 1940 y 1941, y quien fue además un frenético defensor de la inquisición, de la infalibilidad papal y del colonialismo español.

 

Continuación de la historia que se relata en el artículo:

La ultraderecha latinoamericana durante la guerra fría (1946-1991)

La nueva ultraderecha latinoamericana (1992-2018)

 

Otros artículos del autor sobre la ultraderecha latinoamericana:

Los más jóvenes líderes de la derecha latinoamericana: libertarismo neofascista e injerencia estadounidense

La ultraderecha latinoamericana: cien años de lucha por la desigualdad

Jair Bolsonaro en Brasil: humillación y amenaza para toda la humanidad

Bolsonaro y su verdad

 

 

Los más jóvenes líderes de la derecha latinoamericana: libertarismo neofascista e injerencia estadounidense

Artículo publicado en Rebelión del 11 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Vemos aparecer por todos lados a los más jóvenes líderes de la derecha latinoamericana. Suelen presentarse como libertaristas, liberales o neoliberales, y defienden el capitalismo, las políticas antiestatistas, el libre mercado y la libertad individual. Son mayoritariamente de tez blanca, descendientes de las élites locales y con estudios en universidades privadas. Nacieron después de 1970. Son carismáticos y exitosos. Muchos triunfan en YouTube y en las redes sociales. A veces también son promocionados por los imperios mediáticos de la región.

Sus nombres empiezan a ser bien conocidos: Gloria Álvarez Cross en Guatemala, Axel Kaiser en Chile, Agustín Laje y Nicolás Márquez en Argentina, Rodrigo Constantino y Fábio Ostermann en Brasil, Juan Carlos Hidalgo y Natalia Díaz Quintana en Costa Rica, etc.[1] Algunos de ellos demuestran ocasionalmente su modernidad al hacer gala de su ateísmo y al defender la legalización del aborto. Y es verdad que intentan cultivar un tono afable, sereno y racional, pero no consiguen disimular su odio feroz hacia el comunismo, el socialismo, el marxismo, el keynesianismo, el igualitarismo y en especial el populismo[2]. También dejan ver su desdén hacia el feminismo, el ambientalismo, el indigenismo, el latinoamericanismo, el anarquismo y el zapatismo. Desprecian igualmente ideales como los de la descolonización, la liberación nacional, la soberanía de los países latinoamericanos, la igualdad social y la redistribución de la riqueza. No dudan en burlarse de grandes íconos de la izquierda latinoamericana como Emiliano Zapata, el Che Guevara y Salvador Allende. Prefieren invocar a Friedrich Hayek y a Milton Friedman, a Ronald Reagan y a Margaret Thatcher, pero intentan ocultar su devoción hacia Pinochet y otros dictadores.

A veces aseguran que no son derechistas, que están más allá de la oposición entre la derecha y la izquierda, pero siempre, como por casualidad, los vemos aparecer en el campo de la derecha o de la ultraderecha. Es aquí en donde militan, se desarrollan, se dan a conocer, conquistan la fama, consiguen recursos, reciben patrocinios, encuentran los periódicos en los que escriben y las cadenas televisivas en las que se presentan. Cuentan siempre sospechosamente, por ejemplo, con el apoyo incondicional de los imperios mediáticos más reaccionarios y conservadores, antiguos cómplices de las dictaduras y de las estrategias golpistas, como el Grupo Globo en Brasil y El Mercurio en Chile.

Si remontamos sus filiaciones familiares, institucionales y políticas, generalmente llegamos hasta regímenes dictatoriales o hasta las más sórdidas organizaciones derechistas. Ellos mismos han apoyado recientes maniobras golpistas como las ocurridas en Argentina y Brasil, pero no dejan de rasgar sus vestiduras ante Cuba y Venezuela. Su altisonante severidad ante la izquierda es proporcional a su indulgencia ante la derecha, quizás precisamente porque su mundo es el de la derecha, el de las grandes empresas, el de los terratenientes y las demás oligarquías locales, el de las opulentas élites blancas, el de los bancos en Panamá y las mansiones en Miami, el de la más cara educación privada, el del Opus Dei y los Legionarios de Cristo, el de la Operación Cóndor y ahora la Red Atlas, punta de lanza de la actual injerencia de los Estados Unidos en América Latina.[3]

Los jóvenes derechistas no sólo cuentan con el apoyo de aquellas instituciones universitarias privadas, como la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, destinadas a la difusión del neoliberalismo y de las demás doctrinas que el gobierno estadounidense decide imponer en tierras latinoamericanas. También se mantienen estrechamente vinculados con organizaciones derechistas, anticomunistas, a veces racistas y clasistas, como el recientemente extinto Movimiento Cívico Nacional (MCN) de Guatemala, del que procede Gloria Álvarez. Al mismo tiempo, disponen del respaldo y de la orientación de los grandes think tanks de la derecha liberal y neoliberal, como Libertad y Desarrollo en Chile, el Instituto Liberal y el Instituto Millenium en Brasil, la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad en México, la Fundación Eléutera de Honduras, el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) en Argentina y Uruguay, y el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (CEDICE Libertad) en Venezuela. Tienen además, desde luego, sus propios grupos, como Estudiantes por la Libertad en dieciocho países latinoamericanos.

A sus agrupaciones y organizaciones les sobran los recursos financieros. No sólo son directamente financiadas por las clases más pudientes de cada país, sino por empresas nacionales y transnacionales.[4] Por mencionar un solo caso, el Instituto Millenium de Brasil es patrocinado por el gigante financiero Bank of America Merrill Lynch, las corporaciones mediáticas Globo y Abril, el holding Évora, el conglomerado industrial Gerdau y las grandes aseguradoras Pottencial y Porto Seguro.[5]

Además de las empresas y de las clases más acaudaladas, la otra fuente inagotable de recursos se encuentra en una constelación de fundaciones extranjeras y particularmente estadounidenses que financian a casi todas las organizaciones a las que nos referimos con anterioridad. Estas fundaciones disponen de una enorme capacidad financiera y suelen seguir una agenda política y económica centrada en la erosión de la izquierda, la desestabilización de los regímenes populistas, la liberalización de los mercados y el fortalecimiento de la derecha. Muchas de ellas aportan abiertamente recursos a través de la ya mencionada Red Atlas. Entre los mayores donantes de esta red, está el imperio petrolero de Exxon Mobil, con obvios intereses económicos en Venezuela y en el resto de Latinoamérica, y la ultraderechista Carthage Foundation, con la que se han financiado grupos islamófobos y anti-inmigrantes en los Estados Unidos.[6]

Al tener que obedecer a quienes les pagan, los jóvenes líderes de la derecha no pueden sino preparar el terreno para que las multinacionales y otras empresas puedan saquear lo que aún queda y recolonizar todo lo que todavía resiste o ha conseguido liberarse en América Latina. Es para esto que atacan la comunidad, la solidaridad y todo lo demás que pueda estorbar el avance del capitalismo globalizado y del renovado imperialismo estadounidense. Es por lo mismo que difunden los axiomas ideológicos del pensamiento único, del neoliberalismo y el libertarismo: la creencia en el egoísmo constitutivo del individuo, la libertad individual sin concesiones, la democracia liberal, la economía capitalista de libre mercado, la desregulación económica y las privatizaciones generalizadas, es decir, en definitiva, la expansión de lo privado a expensas de lo público, de lo individual a costa de lo social, de lo mercantil a costa de lo comunitario, de lo muerto a costa de lo vivo.

Además de los principios neoliberales y libertaristas, los jóvenes líderes de la derecha también defienden y propagan ideas que nos hacen pensar en el neofascismo y que están en perfecta consonancia con los programas de extrema derecha en otros países. Tras aclarar que no son derechistas, nuestros jóvenes ya pueden ser tan de ultraderecha como quieran y expresar toda clase ideas racistas, clasistas, elitistas, discriminatorias, xenofóbicas y homofóbicas.

El argentino Nicolás Márquez, por ejemplo, descarga su ira contra las organizaciones de izquierda por querer “disolver” la familia, cultivar el “relativismo igualitario”, fomentar la “desjerarquización”, promover “el homosexualismo” y ofrecer un “alivio moral” al “sodomita”.[7] El chileno Axel Kaiser arremete contra los inmigrantes que benefician de atención médica en los países ricos[8] y no ha dudado en publicar un libro intitulado Tiranía de la igualdad: por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad.[9] El brasileño Rodrigo Constantino llega más lejos al oponerse a la celebración de un Día de la Conciencia Negra[10], al acusar a los militantes de izquierda y “progresistas modernos” de tolerar la pedofilia y de sufrir un “desorden psiquiátrico”[11] y al describir a los “pobres y negros” que participan en flash mobs dentro de centros comerciales como “bárbaros incapaces de reconocer su propia inferioridad”[12]. Como lo he mostrado en otro lugar[13], la guatemalteca Gloria Álvarez no se queda atrás: atribuye a los indígenas guatemaltecos una tendencia a violar y tolerar la violación[14], acusa a los inmigrantes de “llegar a destruir la cultura” del país al que emigran, y aprecia positivamente la “valentía” de Trump, su “discurso elevado” y su capacidad para “hacer grande de nuevo a América”[15].

Resulta indiscutible que hay profundas afinidades y estrechas relaciones entre el actual gobierno de los Estados Unidos y la joven derecha liberal, neoliberal y libertarista latinoamericana. En ambos casos, no sólo tenemos a neoliberales a los que no les gusta ser llamados neoliberales, sino a neofascistas que niegan serlo: ultraderechistas descaradamente homófobos y xenófobos, racistas y clasistas, que no resultan muy convincentes cuando intentan persuadirnos de que están más allá de la división derecha/izquierda. Logramos discernir también, lo mismo en el norte que en el centro y sur de América, la misma ultraderecha rejuvenecida y presentada como alternativa (la alt-right estadounidense), la misma fascinación por lo políticamente incorrecto y la misma complicidad con las élites financieras.

En el gabinete de Trump, de hecho, hay múltiples funcionarios que tienen vínculos directos con la Red Atlas a la que ya nos referimos, entre ellos el propio vicepresidente Mike Pence, la magnate y Secretaria de Educación Nacional Betsy DeVos, el asesor islamófobo Sebastian Gorka y particularmente Judy Shelton, presidenta de la Fundación Nacional para la Democracia (NED), especializada precisamente en la injerencia en América Latina[16]. Todo resulta propicio para que el gobierno estadounidense, a través de la nueva derecha latinoamericana, mantenga y aumente su poder sobre América Latina. La coyuntura favorable a la emancipación parece haber quedado atrás.

Es como un regreso a la época de la Operación Cóndor, pero los métodos han cambiado. Los generales y coroneles han cedido su lugar a civiles tan aparentemente inofensivos como los jóvenes a los que nos hemos referido. Ahora debemos lidiar con personajes posmodernos, confusos, equívocos y evasivos, quizás generalmente con grandes carencias intelectuales, pero con un rico arsenal de tácticas político-empresariales y argucias ideológico-publicitarias como las que aprenden en sus think tanks. Además está su neofascismo, el cual, como cualquier fascismo, no es lo contrario ni del neoliberalismo ni del libertarismo, sino su evolución lógica y natural, como Franz Neumann lo evidenció magistralmente en el caso del nazismo[17] y como ya he intentado mostrarlo a propósito de Trump en otro artículo[18]. ¿No es acaso lo mismo que Pinochet y otros demostraron en Latinoamérica? Estaremos condenados a la dictadura, la ultraderecha, la violencia fascista o neofascista, mientras continuemos creyendo en los bien pagados vendedores y publicistas del capitalismo liberal, neoliberal y libertarista.

Referencias

[1] Marina Amaral, “La nueva vestimenta de la derecha: cómo las viejas ideas neoliberales han seducido a la juventud latinoamericana”, Global Voices, en https://es.globalvoices.org/2015/08/06/la-nueva-vestimenta-de-la-derecha-como-las-viejas-ideas-neoliberales-han-seducido-a-la-juventud-latinoamericana/

[2] Marina Amaral, “La nueva vestimenta de la derecha: El discreto encanto del antipopulismo”, Global Voices, en https://es.globalvoices.org/2015/11/25/la-nueva-vestimenta-de-la-derecha-parte-2/

[3] Aram Aharonian y Álvaro Verzi Rangel, “Red Atlas, libertarios de ultraderecha: entramado civil detrás de la ofensiva capitalista en Latinoamérica”, Rebelión, 9 de octubre 2017, en https://www.rebelion.org/noticia.php?id=232503

[4] Marina Amaral, “La nueva vestimenta de la derecha: La red de organizaciones libertarias”, Global Voices, en https://es.globalvoices.org/2015/11/27/la-nueva-vestimenta-de-la-derecha/

[5] Instituto Millenium, “Mantenedores e parceiros”, en http://www.institutomillenium.org.br/institucional/parceiros/

[6] The Center for Media and Democracy, “Atlas Network”, Source Watch, en https://www.sourcewatch.org/index.php/Atlas_Network. “Carthage Foundation”, Source Watch, en https://www.sourcewatch.org/index.php/Carthage_Foundation

[7] Nicolás Márquez, “¿Por qué la izquierda promueve el homosexualismo?”, Prensa Republicana, en https://prensarepublicana.com/la-izquierda-promueve-homosexualismo-nicolas-marquez/

[8] Axel Kaiser. “Si eres inmigrante no puedes venir aquí a vivir del Estado”. El Confidencial, 24 de enero 2017, consultado en https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2017-01-24/axel-kaiser_1321287/

[9] Libro publicado en Deusto, Grupo Planeta, Barcelona, 2017.

[10] Rodrigo Constantino. “Feriado Racista”, 20 de noviembre 2007, consultado en http://rodrigoconstantino.blogspot.mx/2007/11/feriado-racista.html

[11] Rodrigo Constantino. “Pedofilia: uma orientação sexual?”, 31 de octubre 2013, consultado en http://www.gazetadopovo.com.br/rodrigo-constantino/historico-veja/pedofilia-uma-orientacao-sexual/

[12] Rodrigo Constantino. “O rolezinho da inveja. Ou: A barbárie se protege sob o manto do preconceito”, 14 de enero 2014, consultado en http://www.gazetadopovo.com.br/rodrigo-constantino/artigos/o-rolezinho-da-inveja-ou-a-barbarie-se-protege-sob-o-manto-do-preconceito/

[13] David Pavón-Cuéllar, “Gloria Álvarez Cross y la quiebra intelectual de la Universidad Michoacana”, https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2017/10/08/gloria-alvarez-cross-y-la-quiebra-intelectual-de-la-universidad-michoacana/

[14] Sandra Xinico Batz, “Guatemala Racista”, La Hora, 18 de febrero 2017, consultado en http://lahora.gt/guatemala-racista/

[15] Gloria Álvarez, Cómo hablar con un progre, Barcelona, Deusto, 2017.

[16] Lee Fang, “Esfera de influencia: cómo los libertarians estadounidenses están reinventando la política de América Latina”, The Intercept, 25 de agosto 2017, en https://theintercept.com/2017/08/25/atlas-network-alejandro-chafuen-los-libertarians-estadounidenses-america-latina/

[17] Franz Neumann, Behemoth: the structure and practice of national socialism (1944), Chicago, Dee, 2009.

[18] David Pavón-Cuéllar, “Trump y el capital”, Izquierda Diario, 27 de enero 2017, https://www.laizquierdadiario.com/Trump-y-el-capital