La psicología crítica y su necesaria sensibilidad ante la violencia estructural: una opción ante el ocultamiento psicológico del racismo y la miseria en México

Conferencia en el auditorio de la Universidad La Salle de Pachuca, Hidalgo, México, martes 17 de octubre 2017

David Pavón-Cuéllar

Autocomplacencia y autocrítica

Todos conocemos bien la autocomplacencia. Uno es autocomplaciente cuando se muestra indulgente o poco exigente consigo mismo. Digamos que uno se ve a sí mismo con demasiada tolerancia y hasta optimismo. Uno piensa que es mejor de lo que realmente es. Aunque uno actúe mal, considera que actuó bien. Encuentra la manera de presentar sus propios actos como correctos al embellecerlos o al justificarlos. Es así como uno, complaciéndose a sí mismo, se conduce de modo autocomplaciente.

La autocomplacencia no sólo es frecuente en los individuos, sino también en los grupos. Todos conocemos el caso de los partidos políticos o de otros entes colectivos que son demasiado condescendientes consigo mismos. Intentan convencernos y quizás convencerse a sí mismos de que todo lo que hacen está bien, es correcto o al menos aceptable. Nunca se exigen a sí mismos todo lo que les exigen a los demás. Son tan severos con los otros como son poco severos consigo mismos. Cuando se trata de juzgarse a sí mismos, los grupos tienden a ser tan complacientes como los individuos.

La autocomplacencia es un rasgo común de casi todos los grupos, incluidos los de científicos y profesionales, entre ellos los psicólogos. Independientemente de nuestras especialidades y de nuestras orientaciones teóricas, los profesionales de la psicología constituimos un grupo, y, como los demás grupos, tenemos la buena o mala costumbre de mostrarnos demasiado complacientes hacia nosotros mismos. Nuestra idea sobre la psicología suele ser extremadamente optimista.

Muchos de nosotros los psicólogos valoramos demasiado nuestra profesión. Consideramos que lo que hacemos es tan valioso y tan útil que acabamos creyéndonos una especie de salvadores del género humano. De hecho, es tanto lo que nos embriagamos con la convicción de saber todo sobre la humanidad, que terminamos prescindiendo alegremente de las demás indagaciones en torno a su misterio.

Llegamos a ser despiadados con la psiquiatría, desde luego, pero no con la psicología. Y aunque a veces critiquemos con dureza una corriente psicológica particular diferente de la nuestra, es muy raro que nos atrevamos a dirigir nuestras invectivas a nuestra propia corriente o a la psicología en general. Esto es así porque la mayoría de nosotros nos caracterizamos por ser muy poco autocríticos.

La autocrítica es minoritaria en el campo de la disciplina psicológica. La psicología es mayoritariamente autocomplaciente y minoritariamente autocrítica. Somos pocos los psicólogos que intentamos criticar nuestra profesión. Y los demás, los mayoritarios, nos ven con desconfianza. Nos juzgan a veces como traidores, como simples inútiles o como una suerte de paranoides o depresivos que piensan demasiado mal sobre sus semejantes y que no saben divertirse con la gran fiesta de los psicólogos. Y es verdad que no seguimos el ritmo de la disciplina, sino que permanecemos en un rincón, malhumorados, murmurando contra lo que nos rodea.

Psicología crítica: más allá de la autocrítica de la psicología

Somos los aguafiestas de la psicología. Nos presentamos como “psicólogos críticos” y describimos nuestra labor con la expresión de “psicología crítica”. Tal vez pudiéramos llamarla también “psicología autocrítica”, ya que se trata, como hemos visto, de una psicología que se retorna críticamente contra sí misma. Sin embargo, aunque nuestra crítica sea principalmente una autocrítica, no es ni puede ser tan sólo eso, por diversas razones, entre ellas una que es quizás la más importante y en la que me gustaría concentrarme ahora.

Los psicólogos críticos no podemos limitarnos a criticar la psicología por algo muy sencillo: porque la psicología, por así decir, es más que ella misma, y, por lo tanto, no puede criticarse de verdad más que al criticar más que ella misma. Una verdadera crítica nos exige ir más allá de la psicología para impugnar lo que está en juego en ella, lo que presupone, lo que implica, sus determinaciones y sus condiciones de posibilidad. Todo esto está envuelto en la psicología y debe discutirse al discutirla.

De hecho, aun cuando intentamos limitarnos a criticar la psicología, no lo conseguimos, ya que su crítica nos conduce necesariamente a criticar muchas otras cosas que la trascienden y que la desbordan. La psicología se ve atravesada por todo aquello que debemos cuestionar al cuestionarla. No podemos ponerla en cuestión sin poner en tela de juicio al menos algo de aquello que la moldea y de lo que forma parte, como es la sociedad, la cultura, la ideología o simplemente la ciencia en general. Desde luego que tenemos derecho de hacer abstracción de todo esto, pero entonces no quedaría sino la psicología y deberíamos encerrar nuestra crítica dentro de su esfera. Nos encerraríamos así en lo mismo que intentamos criticar, lo cual, por lo tanto, no podría ser criticado en su conjunto.

¿Cómo criticar algo en su conjunto sin verlo desde fuera? La psicología crítica debe salir de la psicología, pero sin dejar de estar dentro, ya que, por más que sea crítica, no deja de ser también psicología. Es por esto que Ian Parker sitúa la psicología crítica tanto en el interior como en el exterior de la disciplina psicológica: tan psicológicamente adentro de ella como críticamente afuera y en contra de ella. Si nuestra situación interior nos permite conocer las entrañas de lo criticado, nuestra situación exterior es indispensable para conocer el aspecto unitario, el funcionamiento en bloque, de aquello que nos dedicamos a criticar. Y además, por lo mismo, nuestra crítica debe ser exterior para insertar lo criticado en el contexto en el que funciona. La necesidad lógica de contextualización, de consideración de la totalidad social y cultural, ideológica y científica, es también lo que hace que nuestra psicología crítica no sólo contenga una autocrítica de la psicología, sino más, mucho más que eso.

Más allá del retorno autocrítico del saber psicológico sobre sí mismo, la psicología crítica debe dirigirse críticamente al contexto que hace que la psicología sea precisamente lo que es. Todo lo criticable de nuestra psicología tiene que reconducirse a su origen y a su fundamento en el mundo en el que vivimos. Este mundo no debe ser ni sorteado ni obviado por la psicología crítica, la cual, por consiguiente, no puede restringir su horizonte al ámbito psicológico.

La psicología crítica ante el sistema socioeconómico y sus configuraciones ideológicas

La psicología crítica involucra primeramente una autocrítica de nuestra psicología, pero también, por necesidad, una crítica de todo aquello por lo que nuestra psicología se ve interiormente determinada y conformada. Tal es el caso, actualmente, del capitalismo neoliberal con su configuración ideológica individualista, presentista y adaptacionista, productivista y consumista. En esta ideología subyacente a las corrientes psicológicas dominantes, el ser humano se reduce a un simple individuo centrado en sí mismo, desvinculado y desarraigado, arrancado brutalmente de su historia y de su comunidad: un individuo mezquino, interesado y ambicioso, que será tanto mejor cuanto mejor se adapte a su entorno, cuanto más produzca y más consuma, cuanto más gane y menos pierda, y cuanto más capaz sea de pensar estratégicamente al traicionar su compromiso con el pasado y al renunciar al sueño de un futuro completamente diferente del presente.

La ideología recién mencionada, característica de la psicología contemporánea, cercena y destruye una parte inmensa de lo que somos: una parte que bien podríamos considerar la más valiosa de nuestra subjetividad. Me refiero a lo que excede y hace estallar nuestra individualidad, lo que nos trasciende, que es también lo que se mantiene fiel a lo más hondo en lo que somos, a nuestros orígenes y a nuestros sueños. Estoy pensando en lo histórico y comunitario, lo desinteresado y generoso, lo rebelde y revolucionario, y también, por qué no decirlo de otro modo, lo indomesticable y desadaptativo, lo imprevisible y heroico, lo idealista y soñador, lo irrealista y enloquecido, lo estigmatizado como anormal, desadaptativo y psicopatológico. Esto es quizás lo más grande y lo mejor de nosotros. Lo es al menos desde cierto punto de vista. Y es generalmente lo que se intenta curar en el trabajo profesional psicológico.

Si quisiéramos comparar la psicología con una máquina, diríamos que es una suerte de prensa y trituradora de nuestra subjetividad. Lo es al comprimirnos, quebrantarnos, hacernos menos, convertirnos en trozos de lo que somos. En este sentido, un psicólogo crítico estaría en condiciones de aseverar que una de las principales funciones sociales de la psicología contemporánea es confinar a los sujetos a su estrecha individualidad y ahí empequeñecerlos, contraerlos y mutilarlos, degradarlos y devaluarlos, para que así puedan cumplir mejor los papeles que deben desempeñar en el sistema capitalista: papeles realmente miserables y despreciables, como los del empresario insaciable, el trabajador explotable, el consumidor manipulable, el espectador sugestionable, el ciudadano dominable o el votante comprable. Aquí lo importante, sobre lo que deseo atraer su atención, es que no podemos criticar ni tales papeles ni las ideologías que los constituyen sin criticar el sistema en el que se desempeñan y los procesos que realizan en tal sistema, como es la dominación, la explotación o la manipulación. Al decir esto, intento poner de manifiesto la manera en que procedemos los psicólogos críticos al criticar cierto sistema socioeconómico a través de la crítica de la psicología, de las funciones que debe cumplir en este sistema y de la forma en que tiene que exteriorizar las configuraciones ideológicas del mismo sistema.

En suma, no hay manera de criticar la psicología sin criticar sus presupuestos ideológicos, pero tampoco hay manera de criticar estos presupuestos y la psicología misma sin criticar el sistema socioeconómico en el que se desarrollan. El capitalismo no puede soslayarse al cuestionar el actual individualismo, el cual, al igual que el capitalismo, tampoco puede ser obviado al aproximarse críticamente a la psicología. De ahí que nuestra psicología crítica deba incluir objeciones contra el sistema y contra su ideología, o lo que es lo mismo, actualmente, réplicas ante el capitalismo y el modo en que los recursos ideológicos del capitalismo nos hacen percibir el mundo, actuar en él y relacionarnos unos con otros. Estos recursos y el propio sistema que dispone de ellos operan también a través de la psicología y han de ser considerados en una crítica radical de la psicología, es decir, en una crítica de la psicología que vaya verdaderamente a la raíz de lo criticado.

La violencia y su psicologización

La raíz de la psicología estriba, pues, en sus operaciones ideológicas y en las funciones que debe cumplir en el sistema socioeconómico. De estas operaciones y funciones, la más básica y elemental, implicada en todas las demás, es aquella que hace existir a la psicología y que Jan De Vos y otros psicólogos críticos han identificado y estudiado con el nombre de “psicologización”. Psicologizar es hacer que algo sea psicológico para que luego pueda ser concebido, explicado y tratado psicológicamente.

La psicología vive y se nutre de la psicologización. Es ella la que abre una esfera psicológica y la llena de todo aquello de lo que se ocupan los psicólogos. Estos profesionales de la psicología carecerían de razón de ser si no hubiera la psicologización que les suministra sus temas y objetos. Una vez que psicologizamos un amplio sector del mundo, este sector se torna el ámbito de la psicología. Es aquí en donde la disciplina psicológica efectúa sus operaciones ideológicas y cumple con las funciones que le han sido asignadas en el sistema socioeconómico. Todo esto sólo puede funcionar sobre algo que ha sido primeramente psicologizado, es decir, convertido en algo psicológico.

Pensemos en un ejemplo como el de la violencia. Lo que denominamos “violencia” es algo que se observa en las más diversas situaciones: en la guerra de un país contra otro, en el exterminio de un pueblo, en los homicidios cometidos por el crimen organizado, en la tortura policiaca de un sospechoso, en las diferentes formas de represión o persecución política, en el maltrato físico de una mujer por su pareja o incluso en el puñetazo que da un chico a uno de sus compañeros, pero también en los insultos o las humillaciones que alguien puede recibir de otra persona, o en la discriminación o segregación de una persona por su color de piel o por cualquier otra causa.

En todas las situaciones mencionadas, tenemos escenarios en las que se inflige deliberadamente un daño a ciertos sujetos, lesionándolos o afectándolos de algún modo, tanto en su integridad física o corporal como en su dignidad moral o en otro aspecto de su persona. Esto es la violencia y es algo de lo que nos ocupamos frecuentemente los psicólogos. Ahora bien, cuando recurrimos a nuestro saber psicológico al abordar situaciones violentas, lo que suele suceder es que cedamos a la tentación de psicologizar la violencia. ¿Cómo es que la psicologizamos? Describiéndola como el acto de un sujeto individualizado y explicándola por los rasgos de personalidad antisocial de este sujeto, o bien por sus motivaciones internas, por sus pulsiones o sus emociones, o también por sus actitudes o representaciones de la realidad, por sus incapacidades para tolerar la frustración o controlar sus impulsos, o, en el mejor de los casos, por sus relaciones con el ambiente o con sus semejantes.

La psicologización hace que nos representemos la violencia como algo puramente psicológico, personal o interpersonal, individualizable y explicable psicológicamente por lo que ocurre dentro del individuo y en el curso de sus interacciones. La psicología coloniza el problema. Lo absorbe en su totalidad. El fenómeno violento se ve completamente asimilado a un fenómeno psicológico. Este fenómeno psicológico tiene sus causas y sus condiciones dentro de él mismo. Es como si no hubiera ya nada fuera de él. Se ignora todo lo demás, todo lo determinante que hay más allá de la psicología, como es la causalidad y el condicionamiento de índole social, cultural, económica, política o histórica. Se hace abstracción, en particular, del origen mismo de una gran parte de las situaciones violentas, de su arranque o de su desencadenamiento en las estructuras, es decir, de lo que denominamos “violencia estructural”.

El racismo como violencia estructural

El concepto de “violencia estructural”, tal como es propuesto y elaborado por Johann Galtung, se refiere a una violencia, generalmente constante y sistemática, ejercida por las grandes estructuras de la sociedad, por sus instituciones, por sus sistemas y por sus formas de organización, distribución y operación. Para Galtung, esta violencia no es necesariamente directa ni deliberada, y además resulta difícilmente detectable. Sin embargo, aunque poco evidente, la violencia estructural no deja de ser la más fundamental y originaria, la más insidiosa y perniciosa, quizás la más grave, la que tiene más y peores efectos, y, de hecho, la que suele suscitar las demás formas de violencia.

Encontramos innumerables ejemplos de violencia estructural en México. Mencionemos tan sólo un par de ellos. El primero al que deseo referirme es la discriminación y la segregación por motivos raciales. Nos gusta situar el racismo en Europa o en los Estados Unidos, pero lo cierto es que México se caracteriza por una violencia racial extrema y predominantemente estructural. Para empezar a vislumbrar el racismo feroz por el que se caracteriza nuestra sociedad, basta detenerse un momento en la publicidad comercial y apreciar cómo todos los modelos de belleza, riqueza, éxito y comportamiento adecuado suelen ser predominantemente europeos y blancos, aun cuando la mayoría de la población, al ser mestiza, difiera de ellos.

La violencia del racismo publicitario consiste en comunicarles una y otra vez a los indígenas y a los mestizos, mayoritarios en nuestra sociedad, que están desprovistos de belleza, que no pueden triunfar en la vida, que no son competentes, ya que los competentes, los triunfadores y los bellos, los guapos que merecen anunciar lo que se vende, tienen siempre la tez blanca y la fisonomía europea. La industria de la publicidad, en otras palabras, no deja de humillar a la mayor parte de los mexicanos, a los indígenas y a los mestizos, diciéndoles una y otra vez que son feos, incompetentes, fracasados. Y, al menos en lo que se refiere al fracaso, las imágenes publicitarias dicen una parte de verdad, no porque los indígenas y mestizos tengan una predisposición al fracaso en la vida, sino porque la sociedad mexicana hace todo lo posible para que fracasen.

Pensemos un momento en la exclusión y la inferiorización que sufren los indígenas entre los mestizos y los mestizos entre los blancos. No me refiero tan sólo al desprecio generalizado y a las humillaciones incesantes que sufren los pueblos indios en México. Estoy refiriéndome a algo todavía más grave: al hecho de que aquí, en este país, entre más moreno es uno, tendrá más obstáculos y dificultades en la vida, más pobreza, más violencia, menos servicios de salud y de educación a su disposición. Los mexicanos, en efecto, viven peor y viven menos a medida que su piel se ensombrece y que sus rasgos adquieren características menos europeas y más indígenas.

Aunque los indígenas sean los amos y los dueños originarios de este país, y aunque hayan sido constantemente despojados y masacrados en los últimos quinientos años, ahora paradójicamente se les castiga a ellos, a las víctimas, por todos los crímenes que se cometieron contra ellos. Digamos que se les hace pagar a ellos la deuda que se ha contraído con ellos. No sólo se les castiga como grupo, sino también como sangre, castigando a los mestizos por el simple hecho de tener algo de sangre indígena en sus venas. Esta sangre, en un país tan racista como México, se castiga con la pobreza, con el hambre, con la marginación, pues todos estos males, repito, afectan más a los mexicanos cuanto mayor es la proporción de sangre indígena que corre por sus venas.

La miseria como violencia estructural

Llegamos aquí al segundo ejemplo de violencia estructural que deseo mencionar, el de la miseria, que mata mucho más que el narco y que el crimen organizado, pues hace morir prematuramente, año tras año, a decenas de miles de mexicanos que habrían podido vivir más tiempo si hubiese un mejor reparto de la riqueza en México. Permítanme recordar aquí una banalidad: nuestro país es sumamente rico, pero su riqueza está muy mal repartida. En otras palabras, es la menor parte de la población la que acapara la mayor parte de la riqueza de México. Si consideramos la riqueza de los mexicanos, tal como puede valorarse por los indicadores per cápita del PIB y del ingreso, descubrimos que es comparable a la de países, como Letonia, Rumania o Uruguay, en los que no hay niveles de miseria como los de nuestro país. Esto sólo significa una cosa, y es que la miseria de los mexicanos, mucho mayor que la de otros países igualmente ricos, tiene su origen en la injusticia y no en la pobreza de México.

Podemos decir, entonces, que es la injusticia la que hace que decenas de miles de mexicanos pobres mueran año tras año prematuramente, a los treinta o cuarenta años, debido, por un lado, a sus malas condiciones de vida y especialmente de alimentación, y, por otro lado, a los deficientes servicios de salud para los sectores desfavorecidos. Estas personas habrían podido vivir hasta los setenta u ochenta años en caso de que su muerte hubiera obedecido a la esperanza de vida correspondiente a un país con la riqueza del nuestro. Al hacerlas morir antes de tiempo, las estamos asesinando, les estamos arrancando la mitad de su vida, tal como lo hace el crimen organizado al matar a personas de la misma edad. Se trata en los dos casos de violencia, pero el homicidio criminal en manos de un sicario es violencia directa que se persigue y se castiga como un delito, mientras que el asesinato masivo de personas por causa de la injusticia y de la miseria constituye una violencia estructural que no se castiga ni se persigue, aun cuando mate mucho más que la primera.

Considerando que es la estructura la que no deja de matar, ¿a quién habríamos de perseguir y castigar por el exterminio de los miserables? Desde luego que podríamos responsabilizar a nuestros gobernantes y a los empresarios que se enriquecen desmedidamente a costa de la muerte por miseria de la mayoría de los mexicanos. Es verdad que muchos ricos mexicanos, que sólo pudieron enriquecerse al empobrecer y así matar prematuramente a una gran parte de la población que trabajaba para ellos, podrían ser culpados por homicidio, como culpamos a los líderes de los cárteles de la droga. Sin embargo, en el caso de los ricos empresarios, no ordenaron directamente matar a sus empleados y a los trabajadores de sus empleados. Su responsabilidad, en efecto, se disuelve en la estructura. Es la estructura la que mata. Ellos únicamente son los operadores y beneficiarios de la estructura y de los crímenes de la estructura. Es por esto por lo que hablamos de “violencia estructural”.

Aquí lo interesante es que la violencia estructural, como ya lo he señalado, subyace a otras formas directas de violencia. Los delitos violentos que hemos visto incrementarse exponencialmente en México, muchos de ellos ejecutados por el crimen organizado, suelen tener sus causas primeras y más básicas en una violencia estructural como la del racismo y la miseria. No es tan sólo que los más pobres y discriminados reaccionen con la violencia directa delictiva contra la violencia estructural de la que han sido siempre víctimas por parte de los empresarios explotadores y de los gobernantes opresores. Esto puede ser verdad, al menos en parte, pero no pienso que sea todo ni tampoco lo más fundamental. Me parece que lo más fundamental aquí es que la violencia estructural de nuestro país, una violencia como la del racismo y la miseria, hace que vivamos en un mundo violento en el que no se deja de matar injustamente al prójimo.

En México, desde hace mucho tiempo, la violencia forma parte de nuestras vidas. Nos hemos acostumbrado a ella. La hemos naturalizado y banalizado. La hemos vuelto normal, cotidiana, tolerable. ¿Acaso no toleramos toda esa violencia que se adivina en los rostros de hambre y en los paisajes de penuria y escasez que nos rodean?

¿Por qué sorprendernos ahora cuando la guerra del narco asesina, desde hace diez años, a cien mil personas, cuando la sociedad mexicana viene asesinando siempre y en todo lugar, desde hace varias décadas y hasta siglos, a centenares de miles y hasta millones de indígenas y miserables? Nuestra sociedad es una en la que puede matarse impunemente. Es algo que no deja de hacerse desde hace mucho tiempo. La violencia estructural ha estado siempre ahí. Tiene toda clase de efectos. Uno de ellos está en los actos delictivos del crimen organizado.

La psicología y la violencia estructural

Hoy en día, y desde que se desencadenó la guerra del narco, la violencia se ha convertido en uno de los temas favoritos de los psicólogos mexicanos. La psicología de nuestro país descubre de pronto la violencia, como si nunca hubiera existido. El tema inspira encuentros, artículos, capítulos de libros, proyectos de investigación y hasta coloquios o congresos. Todos los psicólogos de México nos ponemos a estudiar la violencia, y, como siempre lo hemos hecho, psicologizamos lo que estudiamos.

En la psicología, como ya lo he señalado, la violencia tiende a individualizarse, explicarse por motivaciones internas, rasgos de carácter o interacciones interpersonales. Todo se torna psicológico. Y si hay algo que se oculta en esta psicologización, es el origen, el fundamento y la causa última de la violencia en la estructura. La dimensión estructural, en efecto, es lo que se disimula en las reflexiones e investigaciones psicológicas en torno a la violencia.

Los psicólogos dejan de lado el racismo y la miseria para concentrarse en la personalidad antisocial y en el control deficitario de los impulsos. Lo psíquico hace olvidar lo socioeconómico. La violencia estructural desaparece detrás de la agresividad, la hostilidad, la impulsividad y las demás palabras que llenan la boca de los psicólogos. Es entonces cuando la psicología crítica debe intervenir, alertar sobre la psicologización y denunciar la manera en que los psicólogos están siendo instrumentalizados para disimular una verdad que a muchos no les conviene que difunda, esto es, que la violencia no empezó con el narco ni tampoco en la guerra contra el narco, sino antes, mucho antes, y en un nivel más profundo, mucho más profundo.

La violencia en México hunde sus raíces en el nivel estructural en el que se da la discriminación de los indígenas, el empobrecimiento de las clases populares, los salarios de hambre de los explotados, la desaforada explotación de los trabajadores. La violencia tiene una de sus fuentes más decisivas en datos económicos tan duros como los de unas tasas de plusvalía y de explotación que están entre las más altas del planeta. Es aquí en donde tenemos el suelo de violencia estructural en el que brotan los comportamientos violentos de la población.

Si México se ha convertido en uno de los países más violentos del mundo, esto es en gran parte por ser también uno de aquellos en los que se padece más violencia estructural: uno de los países más racistas y clasistas, uno de los más injustos, uno de aquellos en los que más se explota, en los que más se mata con la injusticia y a través de la miseria. Esto es lo que se oculta en la psicología. Y tal ocultamiento, sobra decirlo, es uno de los factores que permiten que las cosas no cambien o que empeoren, y que el sistema capitalista neoliberal siga reproduciéndose y expandiéndose, reforzando su fundamento neocolonial racista y discriminatorio, manteniendo o agravando las desigualdades sociales, perpetuando y agudizando una injusticia y una miseria que no dejan de asesinar a los más pobres del país.

La violencia estructural se ve favorecida por su ocultamiento psicológico. La psicología facilita lo que disimula. Considerando esto, cabe afirmar que la culpa de que se mate masivamente a los más pobres de México no es tan sólo de la explotación y de la opresión, de los empresarios y de los gobernantes, sino también, al menos indirectamente, de procesos como el de la psicologización, y, a través de ella, de los psicólogos que emplean su profesión para encubrir lo que deberían denunciar. Desde luego que su responsabilidad es menor que la de quienes explotan y oprimen. Es una corresponsabilidad por omisión, y quizás debamos conceder que es mínima, pero no es nula. Nuestra psicología tendrá que rendir cuentas por la manera en que se las arregla para encubrir la violencia estructural y todo lo demás que desaparece tras la psicologización.

Conclusión: lucha política-ideológica y no sólo debate científico-académico

El encubrimiento posibilita la reproducción de lo que se encubre. Al invisibilizar una violencia estructural como la del racismo y la miseria en México, la psicología contribuye a que la estructura socioeconómica siga explotando a los pobres y discriminando a los mestizos e indígenas en la población mexicana. Esto es lo que un psicólogo crítico denuncia en su cuestionamiento de lo psicológico.

Vemos bien, como lo había subrayado antes, que la autocrítica de la psicología implica necesariamente una doble crítica de sus operaciones ideológicas y de sus funciones en el sistema socioeconómico, es decir, en el caso del que nos ocupamos, de la operación por la que oculta la violencia estructural y de la función de reproducción del sistema a través de tal ocultamiento. Es así como la autocrítica de la psicología se desdobla en una crítica del sistema capitalista neoliberal y de la manera en que utiliza la psicología para encubrirse y perpetuarse.

El posicionamiento político y el desenmascaramiento de la ideología son elementos primordiales de la psicología crítica. Ésta no puede consistir sólo en un ejercicio conceptual, especulativo, teórico y epistémico. Hay que ir más allá de la autocrítica. La actitud autocomplaciente a la que se opone la psicología crítica es la expresión de un poder contra el que tenemos que luchar. Se trata de una lucha política-ideológica y no sólo de un simple debate científico-académico.

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Aspectos psicosociales de la represión gubernamental: terrorismo de Estado, cortina de humo, efectos y remedios

Presentación del libro Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya: lucha por su presentación con vida que trasciende familia y militancia política, del Frente Nacional de Lucha por el Socialismo (FNLS), en la Plaza Melchor Ocampo de Morelia, el sábado 8 de octubre 2017

 David Pavón-Cuéllar

La obra que estoy presentando es verdaderamente colectiva. No la firman varios autores. Tampoco está compuesta de capítulos escritos por diferentes individuos. No hay aquí la individualidad que escribe para su propio beneficio, por el dinero, por la celebridad o por el prestigio universitario. El desinterés, la generosidad y la nobleza de quienes escribieron este libro se demuestra en el hecho mismo de que se hayan cubierto de anonimato. El único autor mencionado es un grupo, un colectivo, un frente: el Frente Nacional de Lucha por el Socialismo (FNLS).

El título de la obra es el nombre de dos luchadores sociales, Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya, ambos integrantes del Partido Democrático Popular Revolucionario (PDPR) y del Ejército Popular Revolucionario (EPR). Gabriel y Edmundo fueron desaparecidos por elementos policíacos y militares en mayo de 2007, en la ciudad de Oaxaca, bajo la presidencia federal de Felipe Calderón y el gobierno estatal de Ulises Ruíz. Ambos gobiernos, el federal panista y el estatal priista, deben ser considerados los responsables de esta desaparición, ya que Gabriel y Edmundo fueron desaparecidos por las fuerzas de seguridad, como lo han reconocido las propias instancias gubernamentales, entre ellas un tribunal federal.

Tenemos, entonces, a un gobierno panista y priista que admite haber desaparecido a dos luchadores sociales, pero que al mismo tiempo no hace nada ni para esclarecer su desaparición forzada ni tampoco para encontrar a los desaparecidos. Esta situación es, a primera vista, el tema central de la obra que estoy presentando. Sin embargo, a medida que uno avanza en la lectura del libro, va comprendiendo que dicho tema tiene una trascendencia tal que desborda su particularidad y nos permite resignificar la ola de violencia que vive actualmente el país. Toda esta violencia muestra su vínculo esencial con el gobierno represivo a través del caso de Gabriel y Edmundo.

Como leemos en el mismo libro, la desaparición forzada de Gabriel y Edmundo permite “desenmascarar al Estado mexicano” y mostrarlo como culpable de “miles de crímenes de lesa humanidad” (FNLS, 2017, p. 97). Todos estos crímenes terminan mostrándose como lo que son, como crímenes de Estado, cuando el Estado admite su responsabilidad en uno solo de ellos. Es así como el crimen contra Gabriel y Edmundo, citando nuevamente el libro, “ayuda a comprender la esencia represiva del gobierno mexicano” (p. 10). Esta esencia represiva y su encubrimiento son las dos tesis más importantes de la obra: dos tesis que a mí, personalmente, me interesan en especial por su aspecto psicosocial.

Terrorismo de Estado

El libro incursiona en el ámbito psicológico al ahondar en la represión gubernamental, en sus fines terroristas y en sus medios mistificadores. En lo que se refiere a los fines, se nos muestra cómo nuestro gobierno intenta “generar” emociones como “terror, zozobra y miedo” para inhibir así la movilización social y “los procesos organizativos” de la sociedad (FNLS, 2017, p. 242). El Estado Mexicano, en otras palabras, intenta neutralizar “la convicción de lucha” al “infundir miedo” en los luchadores potenciales (p. 241).

De lo que se trata, en definitiva, es de inmovilizar a través del terror. Es por esto que puede hablarse de terrorismo de Estado: el Estado Mexicano es terrorista, como lo es el Estado Islámico, porque busca y logra causar terror en sus enemigos, en sus opositores y en la sociedad en general. Una sociedad aterrorizada es por fuerza una sociedad acobardada e inmovilizada, achicada y paralizada, sumisa y pasiva, sin valor para protestar ni para levantarse contra el régimen que la oprime.

Al dejarse achicar y paralizar por el terrorismo de Estado, la sociedad está en condiciones de ser controlada por el mismo Estado. Es así como un gobierno, según los términos del mismo libro, consigue “mantener el control total de la población a través del terror” (FNLS, 2017, p. 241). El terrorismo se torna una estrategia gubernamental necesaria para gobernar, tan permanentemente necesaria que no se deja de recurrir a ella y acaba normalizándose, convirtiéndose en una forma de “normalidad social” que “aniquila toda voluntad y expresión de lucha” (p. 253).

Cortina de humo

Como bien lo muestra el libro, nuestra lucha no sólo se ve inhibida por el terrorismo de Estado, sino también por su encubrimiento. El Estado terrorista se oculta para que no se luche contra él. Para neutralizar a sus opositores, el gobierno represivo no se limita a reprimirlos y aterrorizarlos, sino que les hace creer que él no es el que los reprime y aterroriza. Los gobiernos panistas y priistas, por ejemplo, han encubierto su esencia represiva y su estrategia terrorista mediante la supuesta guerra contra el narcotráfico. Esta guerra se ha utilizado así como una “cortina de humo para ocultar el terrorismo de Estado” (FNLS, 2017, p. 71).

En el libro no se niega, desde luego, la realidad del narco. Por el contrario, se reconoce la droga como una “mercancía” y el tráfico de droga como “parte de la economía subterránea que oxigena al capital” (FNLS, 2017, pp. 71-72). Sin embargo, en lugar de creer en la ilusión ingenua de una guerra del gobierno contra el narco, se reconoce la inseparabilidad entre el crimen organizado y el sistema capitalista con su dispositivo gubernamental.

En lugar de la guerra del gobierno contra el narco, lo que hay es la guerra del sistema, con sus expresiones gubernamentales y criminales, contra la sociedad, contra el pueblo y contra los luchadores sociales. Y esta guerra se disimularía con la ilusión de un combate del narcotráfico, así como con la psicologización y psicopatologización de los guerreros, haciéndonos creer que se trata de criminales con “mentes perversas o contaminadas” (FNLS, 2017, p. 11). En realidad, no hay aquí los “individuos aislados” ni tampoco las “circunstancias” excepcionales de la supuesta guerra contra el narco, sino una estructura estable, implacable, que “rebasa los límites sexenales” (pp. 11-12).

Tras la supuesta guerra contra el narco, lo que hay es una “política transexenal” del gobierno contra el pueblo (FNLS, 2017, p. 11). Esta política tiene carácter estructural y no personal ni circunstancial. No es tan sólo que “la delincuencia y el narcotráfico hayan corrompido al Estado mexicano”, sino que no hay verdaderamente una “línea divisoria” entre el mecanismo criminal y el dispositivo estatal-gubernamental del sistema capitalista (p. 72).

Efectos

El capitalismo implica la criminalidad, así como también implica forzosamente una “corrupción” como la de nuestro gobierno (FNLS, 2017, p. 72). Y tanto la corrupción como la criminalidad son siempre contra el pueblo. Él es la víctima de la violencia. Él es el robado, el asesinado y el desaparecido. Como bien se explica en el libro, la “violencia que azota a todo el país tiene una condición de clase”, ya que afecta principalmente al “pueblo trabajador, asalariado, ejidatario, comunero”, el que “vive en barrios populares”, el “opositor-crítico del régimen” (p. 19).

El pueblo no sólo es violentado, sino criminalizado, culpado por la violencia que él mismo sufre. Lo que se hace contra él debe ser pagado, expiado por él mismo, como si fuera su crimen y no el del sistema. Y, además, por si fuera poco, se le culpabiliza: se le convence a él mismo de su criminalidad. El pueblo debe sentirse responsable de los crímenes que se han cometido contra él. Se le hace sufrir primero por la violencia y luego por la culpa de la violencia. El pueblo termina cargando todos los crímenes, condenándose a sí mismo como criminal, “repitiendo y haciéndose eco de la criminalización” al estigmatizar como delincuentes a sus hijos, incluso a los muertos y desaparecidos (FNLS, 2017, pp. 257-258). Ya conocemos los rumores: “en algo debían andar pa’ que los mataran”.

Es el mismo pueblo, pues, el que aprende a criminalizarse, imputándose los crímenes que el sistema comete contra él, convenciéndose así de que es culpable de lo que tan sólo es víctima. En cuanto a los verdaderos culpables, el sistema de muerte y su Estado terrorista, el mortífero capitalismo y el gobierno represivo, se hacen pasar por las víctimas. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se habla del supuesto daño a las empresas, a las instituciones, a la economía del país, como si todo esto no estuviera nutrido por el mismo dinero del narco.

Tenemos, entonces, una inversión entre los papeles del violento y del violentado. El violento se hace pasar por el violentado, mientras que su víctima se presenta como verdugo. La víctima se culpa de lo que le ocurrió. Esto es muy común, como sabemos, y puede observarse a veces incluso entre los familiares de las víctimas de los desaparecidos, que a veces prefieren aceptar la versión gubernamental para facilitar su proceso de duelo.

Remedios

Es verdad, como lo concede el libro, que el proceso de duelo tras las desapariciones resulta particularmente difícil, ya que, a diferencia de lo que sucede con las muertes bien conocidas como tales, hay un “duelo alterado” en el que “no es fácil llevar a cabo la reestructuración de la dinámica familiar porque sería aceptar la muerte del ser querido” (FNLS, 2017, p. 251). Esto hace que el duelo quede trabado, entrampado, y que el dolor no cese.

Ante el duelo suspendido por el misterio de la desaparición, el remedio que se propone en el libro es el único efectivo, como ya se ha puesto de manifiesto en otros contextos, como los de ciertas dictaduras latinoamericanas. Me refiero a la acción colectiva en la que se trasciende el duelo individual. Tan sólo podemos avanzar en el duelo al transmutar “la angustia y el dolor en indignación y en convicción de lucha” (FNLS, 2017, p. 118). De lo que se trata, en otras palabras, es de “transformar el dolor psíquico en organización popular” (p. 252).

Tan sólo un pueblo movilizado consigue levantar y poner a caminar al individuo postrado, sin esperanza, decaído y deprimido. La depresión individual, como bien se explica en el libro, puede superarse a través de “motivos y objetivos vitales que inspiran sentimientos superiores como el amor por los seres queridos” transformado en “la exigencia de presentación con vida de sus familiares, pero también de los miles de detenidos desaparecidos del régimen” (FNLS, 2017, pp. 259-260).

Lo colectivo reabsorbe lo individual y familiar. O más bien: la familia y el individuo se reconocen al fin como integrantes de una colectividad. Se recobra la identidad popular cuando los desaparecidos ya no se conciben como simples miembros de una familia, como hijos de unos padres determinados, sino como “hijos del pueblo” ante los que nadie “puede ser apático o indiferente” (pp. 260-261).

Los hijos del pueblo

Reivindicando la solidaridad y la lucha popular por la aparición de los hijos del pueblo, el libro critica la “actitud egoísta, producto del individualismo exacerbado”, en la que sólo importan los muertos o desaparecidos de la propia familia, del propio círculo de amigos o de la propia organización, lo que tal vez sea una “actitud comprensible ante el dolor”, pero que “no abona a la construcción de una conciencia política” y “sólo beneficia a los perpetradores de crímenes de Estado”, ya que “evita la coordinación y unidad entre los familiares de las víctimas para enfrentar organizadamente la violencia que azota al pueblo” (FNLS, 2017, p. 52). De lo que se trata es de luchar en la “solidaridad” con los otros en lugar de sumirse en la cerrazón familiar o en el “individualismo” y en el “sectarismo” de grupos u organizaciones (p. 413). Más allá del “sentido individual” de “mi familiar” o de “mi correligionario”, más allá de lo que sólo existe como “tú” o como “yo”, hay que ascender al “nosotros” del pueblo, de nuestro pueblo, de “nuestros detenidos desaparecidos” (p. 26), de nuestra “clase” y de nuestra “humanidad” (p. 52).

Nosotros podemos luchar ante lo que yo sólo puedo sufrir. El individuo y la familia deben claudicar ante lo que únicamente una colectividad es capaz de transformar. Nuestra solidaridad consigue vencer todo lo que nos vence a cada uno de nosotros por separado.

Nuestro duelo alterado, tal como se vive ante las desapariciones, no es forzosamente una dificultad o debilidad interior, sino que puede y debe exteriorizarse, desplegarse en el exterior, colectivizarse, compartirse y convertirse en la fuerza misma con la que luchamos colectivamente. Quizás esta idea sea una de las nociones psicosociales más penetrantes que encontramos en el libro sobre Gabriel y Edmundo. El mismo libro es él mismo una ilustración de tal noción, pues es un episodio, una batalla, un momento de lucha del pueblo por sus hijos desaparecidos. No hay en el libro, como comenté al principio, ningún autor individual, sino sólo uno colectivo, el del Frente Nacional de Lucha por el Socialismo. Se trata del pueblo que lucha por la aparición de sus hijos, de Gabriel y Edmundo, pero también de todos los demás.

Referencias

FNLS (2017). Gabriel Alberto Cruz Sánchez y Edmundo Reyes Amaya: lucha por su presentación con vida que trasciende familia y militancia política. México: FNLS.

Tras la matanza de Tlatelolco: la perseverancia de los verdugos y de sus víctimas

Charla en el Auditorio Aníbal Ponce de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), en Morelia, Michoacán, México, el lunes 2 de octubre de 2017

David Pavón-Cuéllar

Recuerdo y demora

El dos de octubre no se olvida. ¿Cómo habría de olvidarse cuando todo nos lo recuerda? Todo sabe aún a 1968 en el México en el que ahora vivimos. Aquí, en este país que tanto se ha transformado, todo tiene algo de aquellos tiempos en los que Tlatelolco se tiñó de rojo.

Lo que ocurrió hace medio siglo se vislumbra en todo lo que sucede hoy en día. Todo nos hace pensar en esa época. Desde luego que no se trata de lo mismo, pero sí de reflejos, variaciones, consecuencias y ramificaciones de lo mismo.

Todo se relaciona de algún modo con aquello que produjo la masacre de la Plaza de las Tres Culturas. El México de 1968 no ha quedado atrás, a nuestras espaldas, confinado en el pasado. No se han cortado los hilos invisibles que tan estrechamente nos unen a él. Su momento continúa siendo nuestro momento. La herida no deja de ser la nuestra. Sigue abierta. No se ha hecho nada para cerrarla, cicatrizarla, superarla y seguir adelante.

Seguimos atrás. Hay algo de nosotros que se ha demorado, que se ha quedado lesionado en la orilla del camino, que no ha llegado hasta el presente. Por más que hayamos avanzado, no hemos avanzado. Nos encontramos detrás de nosotros mismos.

Estamos aún atrapados en lo que acorraló a los mártires de Tlatelolco. El régimen autoritario contra el que se manifestaban era una versión anterior del mismo sistema opresivo y represivo contra el que seguimos protestando. Nosotros continuamos denunciando los mismos vicios que ellos denunciaban: la violencia y la injusticia, la falta de libertad y el déficit democrático, la corrupción y la demagogia, la censura y el control de la prensa.

Lo mismo que en 1968

Podemos hacerle al actual gobierno mexicano los mismos reproches que se le hacían al de 1968. Se trata, de hecho, del mismo gobierno, pero ahora más viejo, más degradado, aunque también más depravado, más taimado, con más colmillo, más experimentado, y, además, hay que reconocerlo, renovado, quirúrgicamente rejuvenecido y vestido a la moda tecnocrática neoliberal.

Desde luego que nuestros gobernantes no se parecen a Gustavo Díaz Ordaz. No suelen tener ya ni su fealdad ni su gesto adusto ni el tono duro de su voz. Los discursos también han cambiado. La mística revolucionaria se ha desvanecido. La retórica política del pueblo y la igualdad ha perdido terreno ante la jerga económica del mercado y la competitividad.

Sin embargo, ahora como en 1968, lo que domina en el discurso gubernamental es la vacuidad, la mentira, el ocultamiento, la discrepancia con respecto a los hechos y el objetivo fundamental de confundir, engañar y a veces intimidar. La estrategia intimidatoria no deja de servirse también de los policías y los militares, los cuales, tan desprestigiados como siempre, siguen caracterizándose por su lealtad hacia el gobierno y por su deslealtad hacia el pueblo. Y cuando no puede recurrirse a los uniformados, el gobierno actual, como los anteriores, cuenta con el apoyo de esbirros y matones asalariados. Las tareas ejecutadas por el Batallón Olimpia de Tlatelolco son las mismas que ahora se encomiendan a menudo al crimen organizado. El trabajo sucio no deja de hacerse rutinariamente. La represión continúa. La impunidad también.

Los empresarios, por su parte, llevan más de cincuenta años exigiendo, respaldando y aplaudiendo la violencia del gobierno contra la sociedad movilizada. El régimen sigue contando también con el apoyo y la simpatía del gobierno estadounidense. Ahora, como en 1968, es en Washington en donde se decide mucho de lo que aparentemente se decide aquí en México. La sumisión de Gustavo Díaz Ordaz ante Lyndon B. Johnson es comparable a la de todos y cada uno de los siguientes presidentes mexicanos ante sus homólogos estadounidenses.

Permítanme invocar las imágenes que guardamos en la memoria. La actitud acomplejada, nerviosa y pusilánime del pequeño Peña Nieto ante Obama y Trump es prácticamente igual a la que mostraba el pequeño Díaz Ordaz ante Johnson. Mientras que los relajados presidentes de Estados Unidos parecen tener una idea clara sobre sus propósitos y las direcciones hacia las que avanzan, los de México muestran una triste mezcla de rigidez, cordialidad servil y tensión de lacayos, y dan la impresión de concentrarse en sus homólogos, atenerse a ellos y actuar en función de su voluntad.

Las actitudes recién evocadas contrastan con los rostros valientes, libres y voluntariosos, dignos e indignados, que vemos lo mismo en las fotografías del movimiento del 68 que en las del movimiento por los 43 de Ayotzinapa. Quizás tengamos que tomar en serio estas imágenes y reconocer que aquí, en México, el reparto de la dignidad sigue siendo inverso a la distribución del poder. Tanto ahora como en 1968, los poderosos, los de arriba, son los más indignos, los más despreciables de nuestro país, mientras que los que no tienen poder alguno, los de abajo, suelen ser los más dignos, los más respetables.

El México de 1968, como el de ahora, es un país en el que la virtud y el mérito se castigan, mientras que la bajeza y la infamia permiten conquistar el poder y se recompensan con toda clase de riquezas y privilegios. Lo más bajo es curiosamente lo que se encuentra siempre más arriba, y cuando alguien consigue subir, sabemos que es generalmente porque baja, se rebaja, se degrada. Semejante configuración espacial, parcialmente responsable de la decadencia moral de las personas y las instituciones de México, se ve posibilitada, sostenida y apuntalada por todos los medios y especialmente por los medios entre los medios, los de comunicación masiva, cuyo espejo cóncavo hace que todo lo veamos al revés.

El espejo mediático

Las ilusiones ópticas de los medios prácticamente no han cambiado en los últimos cincuenta años. Tampoco hemos asistido a modificaciones sustanciales en las demás tácticas mediáticas utilizadas por Televisa y por los demás empresas oficialistas o gobiernistas. Las nubes de humo no se han disipado. Al mismo tiempo, el buen clima no deja de reconfortar. Los discursos de los funcionarios aún sirven como ruido para no escuchar las demandas populares. Lo que realmente ocurre en la sociedad no deja de ser disimulado por lo que se escenifica en el gobierno. Y, ya sea que se trate de la final de fútbol o de las Olimpiadas del 68, el deporte sigue operando como el distractor más efectivo.

La Televisa de hoy es como la de ayer. El Sol de México, el Excélsior, Novedades, La Prensa, El Nacional, El Universal y El Heraldo son también exactamente los mismos. Las noticias tras la noche de Tlatelolco son comparables a las que hubo tras la noche de Iguala y tras las demás noches de matanzas. Los soldados repelen siempre agresiones que vienen hoy de vándalos o de hombres armados como provenían ayer de francotiradores apostados en las azoteas de Tlatelolco. Recordemos los titulares del 3 de octubre de 1968. Ovaciones: “Decenas de Francotiradores se enfrentaron a las Tropas”. El Heraldo: “Francotiradores dispararon contra el Ejército: el General Toledo lesionado”. El Nacional: “El Ejército tuvo que repeler a los Francotiradores”. El Sol de México: “Francotiradores abrieron fuego contra la tropa en Tlatelolco, manos Extrañas se empeñan en desprestigiar a México, el objetivo es frustrar los XIX Juegos”.

Los agredidos son siempre los agresores. Lo justo se presenta como injusto y lo injusto se presenta como justo. En el mejor de los casos, lo más claro se oscurece y ya no discernimos ni a las víctimas ni a los responsables, ni tampoco las causas ni el contexto. Recordemos algunos titulares tras la matanza y desaparición de estudiantes en Iguala. El Heraldo: “Resurge la violencia, masacres en Chihuahua y Guerrero”. El Informador: “Ataques dejan al menos ocho muertos en Iguala”. Unión de Guanajuato: “Comando Armado ataca camión de equipo de futbol”. Milenio: “Enfrentamientos entre policías y normalistas dejan 6 muertos”. A Tiempo: “Deja 9 muertos violencia entre normalistas y policías en Guerrero”. El ataque unilateral de la policía es descrito como una batalla entre policías y normalistas. Las víctimas dejan de ser identificadas como normalistas. La violencia policiaca se difumina y se disipa en la violencia generalizada en el país.

La represión gubernamental desaparece tras la mistificación mediática. En los casos mencionados como en los demás, la prensa, los periódicos y los noticieros continúan obedeciendo una lógica de manipulación, distracción, desinformación, justificación del régimen y descalificación de las protestas y de las movilizaciones sociales. Y así como el gobierno mantiene su control de los medios, así también sigue cooptando a fuerzas opositoras como las sindicales y partidistas. Los sindicalistas charros y los partidos paleros no dejan de operar y adquieren incluso formas tan ambiciosas y elaboradas como la del Pacto por México. 

Más que un partido

El PRI no ha perdido su capacidad para corromper y absorber a sus enemigos. Al igual que el Partido Popular Socialista (PPS) y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) en 1968, ahora el PAN y el PRD se han dejado cooptar hasta el punto de convertirse en partidos priistas, simples avatares del PRI, como ya lo eran el Verde Ecologista y Nueva Alianza, y como quizás, muy pronto, lo sea también MORENA. Todas las diferencias terminan disolviéndose en ese caldo pútrido y corrosivo que ha ido carcomiendo la política mexicana. Me refiero, desde luego, a la hegemonía priista.

¿Qué es el PRI? No es tan sólo un partido. No es tampoco únicamente una constelación de partidos que se han dejado convertir al priismo. El PRI es más: es una forma de hacer política y de ser gobierno. Es un método para ejercer y acaparar el poder, para negociarlo y gestionarlo, para vencer a los contrincantes, para controlar a los medios, para cooptar o reprimir a fuerzas opositoras, para comprar votos y vender prebendas, para enriquecerse al desempeñar funciones públicas, para corromper el gobierno y la política. Es también, desde luego, desde un principio, una manera de preservar el espíritu de la revolución al institucionalizarlo. Sin embargo, como lo muestra la historia moderna de México, la institucionalidad revolucionaria no es verdaderamente revolucionaria. O si se prefiere: la revolución institucional es algo muy diferente a la revolución propiamente dicha.

Lo revolucionario es un impulso, un movimiento, y, por lo tanto, al institucionalizarse, al estabilizarse, al inmovilizarse, no se conserva, sino que, por el contrario, tiende a perderse, neutralizarse, anularse. De ahí que la Revolución Mexicana se haya visto literalmente anulada por la burocracia del PRI. El priismo acabó con la Revolución Mexicana tal como el estalinismo neutralizó la Revolución de octubre y tal como Napoleón se deshizo de la Revolución Francesa. En todos los casos, tenemos tiranías que tan sólo pueden asegurar la consumación y la victoria de las revoluciones al detenerlas y derrotarlas, al convertirlas en tiranías bonapartistas, estalinistas, priistas.

El PRI es la detención y la derrota de la gesta revolucionaria de 1910. La Revolución es lentamente desactivada y sofocada por el contragolpe de su institucionalización. Podemos decir, pues, que el priismo es también un dispositivo reaccionario para destruir lo revolucionario. El PRI ha sido esto en Tlatelolco. Lo ha sido también, ya desde sus orígenes carrancistas y obregonistas, cuando todavía no se llamaba PRI, en la Hacienda de Chinameca y en la ciudad de Parral, en donde fueron asesinados, respectivamente, Emiliano Zapata y Francisco Villa. ¿Quiénes los asesinaron? Los pioneros de la institucionalización, los precursores del PRI. 

La máquina de matar

El priismo se prefigura con los asesinatos de Villa y Zapata. La matanza de Tlatelolco es ya una forma consumada, madura, de ser priista. El PRI es también una máquina de matar. Lo fue ya en 1952 cuando masacró a unos 200 henriquistas en la Alameda Central de la Ciudad de México. Lo ha sido también al asesinar a más de cincuenta miembros de la Asociación Cívica Guerrerense entre 1960 y 1962, a unos 80 copreros en Acapulco en 1967, a unos cincuenta estudiantes en el Halconazo de 1971, a 9 personas en La Trinidad en 1982, a 17 campesinos en Aguas Blancas en 1995, a 45 en Acteal en 1997 y a 11 en El Charco en 1998, por mencionar los casos mejor conocidos.

Las múltiples matanzas perpetradas por los gobiernos priistas ponen de manifiesto que el priismo es también algo asesino. Lo es, y aun si aparentemente no lo siguiera siendo, lo sería porque lo ha sido. Los pasados crímenes del priismo comprometen por siempre lo que es en el presente y será en el futuro. Aunque haya prescripción jurídica, el asesino será siempre un asesino. Lo asesino sigue siendo lo que es: lo sigue siendo por haberlo sido.

Me atrevo incluso a sostener que no se puede ser priista sin tener algo de asesino, sí, algo, al menos aquello que viene simbólicamente implicado en la identidad nominal del priista, es decir, aquello que la define, que la caracteriza históricamente y que debe asumirse al adoptar la personalidad moral del priismo. Esta personalidad comporta su culpabilidad, su responsabilidad en una historia de crímenes horrendos, entre ellos el de la Plaza de las Tres Culturas. Habiendo sido perpetrada por un gobierno priista, la matanza de Tlatelolco es un crimen priista del que son culpables de algún modo, en su condición de priistas, quienes continúan llamándose así, o al menos quienes todavía no han sido capaces de repudiar abiertamente lo asesino que hay en su afiliación partidista.

Por así decir, cuando una persona física decide adoptar sin restricciones la personalidad moral del priismo, como es el caso de la inmensa mayoría de los priistas, entonces debe hacerse cargo también de aquello de lo que el priismo ha sido culpable. Su culpabilidad será desde luego como persona moral y no como persona física, pero no por ello será menor. El priista no será menos culpable por serlo tan sólo en tanto que integrante del PRI o exponente del priismo. Tendrá que rendir cuentas, quizás no en un juicio legal, pero sí ante su propia conciencia y en el juicio de la historia. Deberá explicar, por ejemplo, cómo fue que se atrevió a ser el priista que es aun al conocer los crímenes del PRI. Estando al tanto de los innumerables asesinatos cometidos por los priistas, ¿por qué decidió ser uno de ellos: uno de los asesinos? ¿Por qué se le ocurrió ser uno de aquellos que desearon y decidieron matar a los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas?

Supervivencia de los asesinados

Los asesinos de Tlatelolco permanecen aún entre nosotros, están vivos y hasta suelen tener suerte en la vida, ganan elecciones, ocupan altos puestos del gobierno y muestran una singular facilidad para enriquecerse. Al mismo tiempo, generalmente por debajo de ellos, los mártires de Tlatelolco, las víctimas del priismo, también continúan viviendo entre nosotros. Los hacemos vivir cada vez que los recordamos y salimos a la calle para corear que el 2 de octubre no se olvida.

Así como los asesinos de Tlatelolco subsisten de modo simbólico a través de los priistas, así también sus víctimas, los asesinados, pueden sobrevivir simbólicamente a través de quienes pensamos en ellos y llevamos adelante su lucha contra eso de lo que el priismo es el nombre. Nuestros muertos viven a través de nosotros: a través de nuestras vidas, nuestras marchas, pancartas y discursos, pero también a través de nuestro miedo, nuestro agotamiento, nuestra frustración y nuestra indignación. Gracias a lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos por ellos, ellos están vivos, vivos con el aliento que les damos, vivos de nuestra vida, vivos como nosotros, vivos al ser nosotros, vivos al sentirse, pensarse, decirse y hacerse dentro de aquello mismo que nosotros sentimos, pensamos, decimos y hacemos por ellos.

Los mártires de Tlatelolco sobreviven a las balas al sobrevivir al olvido. Mientras que nosotros los recordemos, el gobierno y sus militares no habrán podido matarlos por completo. Desde luego que seguirán asesinándolos, como lo hicieron una vez más en Iguala en 2014, pero nosotros podremos revivirlos, y así, de una vez, reviviremos a las siguientes víctimas.

Los de Ayotzinapa, movilizados por los de Tlatelolco, requieren ahora de nuestra movilización por unos y otros. Nosotros los necesitamos también a unos y a otros, los necesitamos para ser lo que somos, pues también somos nuestros muertos, y si nos los quitaran, si no pudiéramos hacerlos vivir a través de lo que somos, nos mutilarían y nos harían ser mucho menos de lo que somos.

 

Violencia y masculinidad en México

Artículo publicado en Michoacán 3.0, el 17 de septiembre de 2017

David Pavón-Cuéllar 

La violencia en México, la que se ha cobrado casi 300 vidas en la última década, es prácticamente un asunto de hombres. ¿Acaso no somos los mexicanos de sexo masculino los que nos matamos unos a otros y los que también matamos a personas del sexo femenino? Las matamos por ser personas, pero también por ser de sexo femenino, por violarlas, por callarlas o simplemente porque hay que ponerlas en su lugar.

Es verdad que los hombres nos matamos entre hombres aún más de lo que matamos a las mujeres. Sin embargo, a ellas las matamos también por ser mujeres y lo hacemos de manera únicamente ofensiva, unilateral, mientras que a nosotros nos matamos tan sólo como personas y lo hacemos recíprocamente, unos a otros, de modo tan ofensivo como defensivo, al pelearnos o al rivalizar entre nosotros o al intentar subyugarnos. Además, de cualquier modo, ya sea que nuestras víctimas sean hombres o mujeres, siempre somos nosotros, los hombres, los que matamos.

Desde luego que hay excepciones, pero la regla es que seamos nosotros, los hombres, los que nos asesinemos entre nosotros o asesinemos a las mujeres. Ellas simplemente lloran por nosotros o son asesinadas también por nosotros. Ellas sufren la muerte que nosotros nos damos y les damos. En la inmensa mayoría de los casos, nosotros nos arrogamos el privilegio de ser los victimarios, mientras que a ellas las condenamos a ser las víctimas.

De cada 15 homicidios en el país, 14 son cometidos por hombres y sólo uno por mujeres. Las asesinas son una rareza. Y lo más común es que actúen en defensa propia, que padezcan trastornos mentales o que interpreten roles masculinos en estructuras dominadas por hombres.

La violencia en México tiene un género bien determinado. Es perpetrada mayoritariamente por hombres. Es claramente viril. Es de sexo masculino tanto en su meollo estructural como en sus manifestaciones físicas y simbólicas, legales e ilegales, criminales y habituales, gubernamentales y extra-gubernamentales.

No pienso que haya manera de combatir eficazmente la violencia en México sin combatir de algún modo todo aquello tan violento que somos como varones mexicanos: lo que nos hace matarnos unos a otros y también matar a las mujeres. Nuestra violencia empieza por el destructor desprecio que mostramos hacia lo femenino, por los hirientes privilegios de los que gozamos, por el asfixiante poder que acaparamos, por el peso de la identidad masculina con la que aplastamos a las personas de sexo femenino. Todo esto podría ser el fundamento de todo lo demás. Para liberarnos del sistema que nos oprime, quizás haya que destrabarnos de nuestro vínculo sexual con el sistema, planteando abiertamente la cuestión de género y saldando nuestras cuentas pendientes con las mujeres.

Nuestra enorme deuda con lo femenino, al igual que nuestra no menos gigantesca deuda con lo indígena, tendrá que pagarse tarde o temprano. Mientras no la paguemos, estaremos en una total insolvencia para emprender cualquier transformación radical de nuestra sociedad. Nuestro país tan machista, el México de los feminicidios, está condenado a la desigualdad, la injusticia, la impunidad, la corrupción, el saqueo, el despotismo gubernamental y todo lo demás que sufrimos cotidianamente. Seguiremos destruyéndonos mientras continuemos destruyendo a las mujeres.